El vestido rojo

Eran las dos de la madrugada y acababa de regresar a casa. El turno de noche era duro pero lo toleraba bien. Mientras se duchaba y el agua resbalaba por su cuerpo, sintió desgana, frustración, al pensar que al día siguiente todo iba a seguir siendo igual. Ella continuaría sintiéndose incapaz de conseguir que su mundo brillase de alguna manera. Tampoco es que pensara que ella era la única que no sabía cómo cambiar las cosas, se consideraba parte de ese porcentaje de la especie humana que no aportaba demasiado a la posteridad. Y aquí dejó de pensar porque era cierto que no era buena filósofa, al igual que no destacaba en su trabajo, no sabía tocar ningún instrumento ni hacer raíces cuadradas o buenas croquetas de jamón. Se metió en la cama e imaginó qué le gustaría que tuviera el día siguiente de diferente. Y con algo que se encendió en su mente, una imagen fugaz, se quedó dormida.

El sol estaba alto cuando sonó el despertador a la hora de siempre. Tardó cinco segundos en apagarlo como todas las mañanas. Su marido ya había dejado a los niños en el colegio antes de irse a trabajar como esperaba. Todo parecía aburridamente cotidiano y su gesto se endureció mientras su pecho respiraba hastiado por la monotonía. Hasta que se dio media vuelta y lo vio.

Allí lo tenía, delante de sus narices, colgado de la puerta de su armario. El último pensamiento que tuvo antes de dormirse: un vestido rojo, con escote palabra de honor, ceñido y largo hasta los pies. Con una abertura que arrancaba desde la mitad del muslo y bajaba vertiginosamente hasta el final. Además, había un extra: unos fantásticos zapatos de tacón a juego. Parpadeó incrédula mientras se levantaba de la cama y caminaba hacia su deseo cumplido. Acarició la suave seda, se deleitó con los reflejos brillantes de la tela roja, miró cauta la talla… Cuando subió la cremallera del costado con facilidad comprobó que el vestido le quedaba como un guante. Era tan cómodo, ¡tan vigorizante! Entusiasmada se puso los zapatos para ver el conjunto delante del espejo. Se observó y no pudo evitar sonreír, era el vestido más bonito que había visto nunca. Y le hacía parecer una mujer segura de sí misma, sin miedo a ser el centro de atención. Le gustaba el color, marcaba sus caderas y sus piernas, siempre escondidas, asomaban por la abertura. Sus hombros descubiertos al sol se erguían porque ya no sentían el peso de una vida con pocos alicientes, con unos días vacíos de aventuras y sorpresas. No tenía talento, sus neuronas no eran tan eficientes como querría, pero se había cumplido su deseo: que ese día fuese emocionante. ¿Se pondría el vestido para ir a hacer la compra? Un trueno amenazaba con la llegada de la lluvia. Ella se asomó a la ventana y comprobó que el cielo se había cubierto de nubes grises. Miró el exterior, observó su imagen en el espejo y tomó una decisión.

Fue poner un pie en la calle y ser el centro de las miradas y los cuchicheos de sus vecinos porque, aunque llevaba paraguas, no se ocultaba. Le daban igual sus prejuicios, sabía que al día siguiente se habrían olvidado de ella y estarían hablando de cualquier otro. Cuando las puertas automáticas del supermercado se abrieron a su paso, ella se sentía valiente por haberse puesto ese increíble vestido saltándose el absurdo protocolo establecido para el día a día. Se reía por dentro al observar las caras estupefactas de los clientes, de las cajeras. A los reponedores se les cayeron las cajas que tenían en las manos y los dependientes balbuceaban cuando le preguntaban qué quería comprar. Era cierto que el vigilante de seguridad no la sacaba de allí, por comportarse de manera extraña, porque la conocía desde hacía años.

Después de volver a casa y preparar la comida, siempre con el vestido puesto, se hizo unas fotos con el móvil como recuerdo. Ignoraba si el vestido se desvanecería cuando llegase la medianoche, así que llamó a la puerta de su vecina y le pidió que le hiciese una foto. La vecina, sin saber cómo reaccionar, prefirió no decir nada y obedecer, no fuese que estuviese en mitad de una crisis nerviosa y se volviese violenta.

Le mandó la foto a su marido por whatsapp, por si quería ponérsela de fondo de pantalla, y fue al colegio a recoger a sus hijos. La lluvia primaveral había cesado así que optó por ir caminando. Los zapatos, pese al tacón, eran muy cómodos y le gustaba escuchar el repiqueteo rítmico que producían en el asfalto. Cuando giró la esquina de la calle y el resto de padres que esperaban en la puerta la vieron, una exclamación de sorpresa se extendió como una brisa de otoño que te eriza el vello porque es ligeramente fría. La primavera parecía haberse esfumado de repente y ella sintió que caminaba sobre las hojas secas que caen en Noviembre y dejan a los árboles negros como si estuviesen muertos.

Perdió su seguridad ante las miradas despectivas, ante el temor de que llamasen al centro médico porque se había vuelto loca. Todos comenzaron a rodearle, a tocarle el vestido sin respeto, a intentar cerrarle la abertura que dejaba respirar a sus piernas, a despeinarla… Se estaba mareando, temía caerse al suelo de un momento a otro. Las voces se volvieron una maraña de sonidos inconexos que resonaban en su cabeza como un eco. Se vio a sí misma en una cueva oscura y húmeda. Y entonces, cuando ya no lo soportaba más, se abrió el círculo y vio que sus hijos habían ido hasta ella. Sentía vergüenza, se arrepentía tanto de haber hecho el ridículo, de que sus hijos pagaran las consecuencias de que su madre quisiera ser diferente por un día, que no podía mirarles a la cara. Sin embargo, vio admiración en los ojos de su hija que le dijo que nunca la había visto tan guapa mientras su hijo pequeño le abrazaba fuerte. Volvió a centrarse en ella, en ellos, en su vestido y recuperó la calma. Así que cogió al pequeño en brazos, le dio la mano a su hija y volvieron a casa dando un paseo ignorando al porcentaje de la especie humana que pretende que todo sea gris. Ella les contó las reacciones que había vivido y sus hijos se reían imaginando las caras de todos.

Aquella noche hizo el turno vestida de rojo después de tener una cena romántica con su marido y disfrutar de él una vez los niños se fueron a dormir. Decididamente, había sido un día especial y, puesto que no era una mujer brillante, guardó el vestido rojo en una bolsa de plástico y no volvió a ponérselo. Pues con un día de emociones tuvo bastante.

©Esther Paredes Hernández

 

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