¿Llamaste?

¿Llamaste? Porque estuve esperando hasta que los ojos no me aguantaban abiertos ni un segundo más. Me moría de ganas por escuchar tu voz, pero cumplí tu deseo de respetar tu silencio. Hablaremos cuando sea el momento. Eso fue lo que dijiste. Así que aguardo ansiosa que cada minuto que pasa sea el momento. Como lo esperé anoche hasta que no pude más. Y no por tener poco interés, sino porque llevo sin dormir desde que te marchaste.

Nunca imaginé que acabaríamos así, tan lejos, tan desconocidos. Y esa sorprendente dependencia hacia ti que he empezado a manifestar… Pero es que no sé, no sé qué tengo que hacer ahora. Ni siquiera entiendo por qué no vas a volver a casa a recoger tus cosas. ¿No soportas verme ni una vez más? Sólo quiero, sólo necesito entender… Estoy flotando en una nube negra desde entonces. Una nube tormentosa contenida sin saber cuándo debe estallar y cómo.

He venido a pasear al parque, nuestro parque, y me he sentado a la sombra del sauce. El sol me ha deslumbrado en varias ocasiones, supongo que tengo los ojos agotados. Un perro está jugando a coger una pelota. Cada vez está más cerca, hasta que, al final, cae la pelota en mis piernas. Aparece su dueño para disculparse. Me observa, escudriñándome, y suspira levemente, lo suficientemente intenso para que yo emita un pequeño desahogo también.

No estoy pendiente de lo que me dice. Debería haberle escuchado porque me sorprende sentándose a mi lado y soy incapaz de decirle que me encuentro dolorida, exhausta y que vivo flotando a la deriva en el vacío. Sin embargo, él no me exige nada. Se limita a observar a su perro, sin manifestar ninguna emoción, mientras le lanza la pelota.

El animal viene una y otra vez sin que su dueño cambie la expresión. No sé si es porque proyecto mi tristeza en el desconocido o porque es real, pero aprecio que sus ojos están igual de enfermos que los míos. También tiene roto el corazón y, aunque parezca que soy cruel, me reconforta estar al lado de alguien que está sufriendo tanto como yo.

Tiernamente, pongo mi mano sobre la suya y él se sobresalta. Pero no la retira. Y así, cogidos de la mano, observamos los dos el infinito durante varias horas. El perro, cansado, se tumba junto a nosotros. Siento que, cogida de su mano, tengo peso de nuevo y puedo aterrizar sobre la realidad. Soy alguien, sigo existiendo, sigo estando presente sin ti. Él es testigo de ello.

Se ha hecho de noche y hace frío. Suelto su mano y, sin mirarle ni mediar palabra alguna, me marcho.

Esta noche he dormido de un tirón. Y no me ha preocupado si has llamado o no. Estoy en el parque, sentada a la sombra del sauce. Escucho de lejos ladrar a un perro y sonrío. Una pelota cae en mis piernas y él se coloca frente a mí, tapando el sol, sonriéndome. Estamos aquí aunque os hayáis marchado. Seguimos siendo nosotros sin vosotros.

©Esther Paredes Hernández

Valencia, 29 de Junio del 2014

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