Simplemente estaba

Buscaba su sonrisa. Quizás con demasiada impaciencia lo que le provocaba sufrimiento. Pero es que sin ese gesto, se sentía a merced del sol y pronto se secaría convirtiéndose en polvo.

No habían hablado en los últimos días y el sonido mecánico del reloj se había convertido en su compañero. Él estaba sentado en el sofá, impertérrito, mudo, sin comer y vestido con la misma ropa desde hacía más de setenta y dos horas.

Ella le observaba de reojo. ¿Por qué no parpadeaba siquiera? ¿Acaso sus ojos no necesitaban respirar? Muerto no estaba, ella ya se había asegurado tocándole y poniéndole un espejo junto a la nariz. Parecía que, simplemente estaba, sólo eso, estaba ocupando su viejo y raído sofá de piel marrón. Prácticamente se había vuelto parte de él y, como un elemento más, había pasado a formar parte del mobiliario del salón.

Ella había barajado la posibilidad, por lo menos en veinte ocasiones, de llamar por teléfono a sus hijos para que fuesen urgentemente y solucionasen lo que fuese que le había sucedido a su padre. Sin embargo, era de esas madres a las que no les gustaba involucrar a los hijos en los conflictos paternos. Además, no parecía correr peligro de muerte… simplemente estaba.

Harta de no poder apoltronarse en el sofá para ver la tele, por si le hacía empeorar, se armó de valor y se sentó junto a él por primera vez en tres días. Y así pasó la tarde: con el mando en la mano y sin percatarse de que el sol comenzaba a esconderse. El reloj marcó las nueve de la noche avisándole de que debía preparar la cena. Agradeció, un día más, no tener que hacer la pregunta de siempre ¿qué quieres que te haga?. Cocinaría lo que le diera la gana y en paz.

Ufffff, qué bien sonaba eso. Se dijo a sí misma que debía empezar a disfrutar de esa soledad-no soledad porque, si lo pensaba fríamente, él estar… estaba. Tampoco era tan grave ¿no? De camino a la cocina, sin prisa porque no había nadie que le achuchara, se percató de que, en realidad, ya debería haberse acostumbrado a la ausencia de la sonrisa de su marido. Se puso a recordar cuando fue la última vez que su marido le sonrió: el día en el que él cumplió los cincuenta años.

Aquella noche, sus hijos fueron a casa para prepararle una fiesta sorpresa. Todo parecía ir perfectamente… hasta que ella colocó la bonita tarta con cincuenta velas en la mesa. Entonces él le miró de una manera extraña, melancólica, lejana. Y sopló la velas. Hubo unos segundos de oscuridad en el salón, lo que tardó en encender las luces. Y, al ver a su marido, ella percibió algo que no pudo determinar entonces, pero que había ido observando día a día, año tras año: que había dejado de sonreír.

Al principio, a ella no le dolía, no era consciente de la gravedad del asunto, hasta que comenzó a añorarla. Aquella sonrisa que la enamoró cuando se conocieron y le preguntó su nombre. Una sonrisa que hacía que todo lo demás desapareciera, que el tiempo se detuviera y no importara nada más en el mundo. Una sonrisa que la había mantenido a flote en los tiempos difíciles, que la había consolado en las despedidas más dolorosas.

Acabó de prepararse la cena y regresó al sofá para comer junto a él. Pero no pudo probar bocado. Se le hizo un nudo en la garganta. No lo soportaba, no era capaz de continuar viviendo sin él. Quería recuperarle, de alguna manera siempre había creído que serían un equipo fuerte hasta el final del camino. Que seguirían juntos afrontando el futuro, ese futuro tan incierto e inquietante que les esperaba. Se sintió frustrada, traicionada y la rabia afloró.

Volcó, con violencia, el plato sobre las piernas de su marido peso éste siguió sin inmutarse, sin pestañear. Se levantó y se colocó delante de él, con los brazos en la cintura, desafiándole con la mirada. Pero no consiguió nada. Le zarandeó, le gritó… todo fue en vano. Se dio por vencida. Si él había tirado la toalla pues ella también lo haría. Así que limpió lo que había ensuciado, cogió el mando y se sentó dispuesta a respetar su decisión de solamente estar.

Sin embargo, después de un par de horas, volvió a mirarle y sintió la necesidad de despedirse del gran amor de su vida. Se sentó en sus rodillas, las que había manchado con la cena, y suavemente sujetó el rostro de su marido con las dos manos. Se miró en sus pupilas y le besó tiernamente.

No se dio cuenta de que había comenzado a llorar hasta que abrió los ojos y las lágrimas cayeron a sus mejillas con rapidez. Se las secó con la mano y su visión se volvió clara de nuevo. Entonces descubrió una sonrisa en el rostro de su marido. Y que parpadeaba otra vez. Ella se llenó de alegría al notar que que su respiración se agitaba mientras le agarraba con firmeza, con ganas, para darle un beso de esos que hacen historia.

Y aquella noche se juraron ser felices hasta el final, no dejar de sonreír nunca, de besarse cada día y de cogerse de la mano. Habían envejecido por fuera pero lo que sentían el uno por el otro se mantenía tan joven como el día que se encontraron.

©Esther Paredes Hernández

Valencia, 29 de Junio de 2014

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