Obsesión

Ana había quedado con Marcos en la parada de metro como siempre. Nada más sentarse en el vagón, cogió el móvil y se puso a revisar Facebook aprovechando que sólo tendría cobertura hasta que el tren hiciera la siguiente parada. Entró en la sección de noticias y buscó un nombre concreto. El perfil que visitaba obsesivamente desde hacía tres semanas. Había vuelto a encontrarse con Jesús después de casi diez años. De manera virtual, claro, pero sus caminos se habían cruzado de nuevo. Aunque su relación con Marcos era buena, no podía negar que se había obsesionado con Jesús otra vez. Revisaba las fotografías que compartía, a quién etiquetaba, qué lugares visitaba, qué comentarios hacía… Cada momento que tenía libre, lo utilizaba para ver lo que estaba haciendo. Como ahora.

Para su regocijo vio que Jesús acaba de actualizar su estado: “Con ganas de volver a casa. Subiendo al metro”. ¡Qué fuerte, como ella! Tendría cobertura otros pocos segundos, así que esperó a ver si él compartía algo más. ¿Y si se encontraran esa tarde? ¿Se iría con él y dejaría a Marcos tirado? Un poco radical ¿no? Aunque deseaba con muchas ganas que pasara. Quería a Marcos, pero ahora mismo eso era lo de menos. Sólo le importaba Jesús y que también acababa de subir al metro.

Las puertas del vagón se cerraron y el tren se metió en el oscuro túnel. Tal y como esperaba, su móvil se quedó sin señal. Ana se quedó un poco decepcionada al no poder saber si Jesús viajaba en la misma línea que ella. Bloqueó el teléfono, antes de meterlo en el bolso, y prestó atención a su alrededor porque no tenía nada mejor que hacer. Para su sorpresa, estaba sola. Inmersa en su pensamiento obsesivo no se había percatado de ello. Y que no hubiese nadie más no le gustaba. Se vio reflejada en la ventana que tenía enfrente. Se arregló el pelo y se preguntó si Jesús pensaría que estaba guapa. Resopló aliviada cuando el tren llegó a la siguiente estación. Esperó con cierta ansiedad que alguien subiese, pero no fue así. Tenía por delante otro minuto en el agujero negro del metro, y sin cobertura, en la más absoluta soledad. Empezó a agobiarse así que se miró los zapatos en busca de distracción. Sin éxito. Miró hacia la derecha para comprobar si se le había pasado que hubiese otro pasajero. Vacío. Giró la cabeza hacia la izquierda e hizo un gran descubrimiento. Había alguien al final del vagón, sentado en el mismo lado de asientos que ella. Estaba bastante lejos así que supuso que por eso no se había percatado de su presencia. Era un chico joven que miraba al frente muy quieto. Apenas podía distinguir si respiraba. ¡Qué tontería! ¿Cómo iba a  percibir nada a esa distancia? Le veía de perfil, de manera que era imposible saber el aspecto que tenía y eso aumentó su curiosidad. Ahora que se había relajado al tener compañía, imaginar cómo sería su cara supuso todo un reto para ella. Pero tuvo que dejar pronto el juego porque las luces del metro empezaron a parpadear y el tren se agitó dando fuertes tirones como si tuviese problemas técnicos. Ella se asustó y ahogó, por vergüenza, un pequeño grito de preocupación. Sin embargo, el servicio se restableció enseguida y ella, con una sonrisa divertida, buscó la mirada cómplice del otro pasajero. Pronto dejó de sonreír. El chico estaba en el mismo asiento pero ahora en el lado contrario. Podía ver su cara perfectamente. Era Jesús.

Se quedó atónita. Literalmente de piedra. Sentía su cuerpo tan pesado que no podía moverse. Acabó igual que él, inmóvil mirando al frente fijamente. Evitando que sus miradas se cruzaran sin ella haber decidido cómo iba a afrontar su encuentro. Claramente, era una gran coincidencia y una señal de que debía actuar. No le quedaba mucho tiempo. Pensó y valoró que, teniendo en cuenta que no había hablado directamente con Jesús, cabía la posibilidad de que él no sintiera lo mismo que ella. Habían intercambiado en Facebook varios me gusta, algunos me encanta y dos me divierte. Ni siquiera se habían escrito por privado. Con esa escasa información, podía pasar cualquier cosa. ¡Pero se habían encontrado en medio de un vagón… vacío! ¿No era eso una señal muy clara de que el Universo les había querido juntar y se había encargado de que tuviesen intimidad? Ella que había llegado a sentir que su obsesión con Jesús comenzaba a írsele de las manos y no podía entender ese suceso como otra cosa que no fuese que el destino había intervenido. La luz volvió a a funcionar mal. El vagón frenó con tanta fuerza que Ana casi se cayó del asiento. Tuvo que apoyar las manos en el suelo para no acabar con la cara aplastada.

El tren se quedó quieto y completamente a oscuras. Dos segundos. La luz regresó y descubrió que Jesús estaba sentado mucho más cerca de ella. Se levantó y dio un par de pasos hacia él pero algo la detuvo. Su instinto. Porque algo no marchaba bien. Teniéndole más cerca, era evidente que Jesús sí que respiraba, pero de una manera muy débil y apenas se notaba cuando se hinchaba su pecho. Muy débil, eso quiso creer. ¿Por qué había cambiado de sitio? ¿La había visto quizás? Sin embargo, no la miraba y no mostraba ningún interés por lo que sucedía a su alrededor. Ana se fijó para comprobar que no fuese que llevaba los auriculares puestos y por eso tenía esa mirada vacía. No.

Estaba preocupada. Intentó tranquilizarse pensando que en la siguiente parada bajaría y se reuniría con Marcos. Por otra parte, eso significaba que el tiempo para entablar una conversación de verdad con Jesús se acababa. Reunió valor y dio otro paso más hacia él. El tren se paró en seco y se quedó a oscuras. Esta vez, los segundos pasaban y el vagón no se iluminaba. Ana sacó el móvil para conseguir algo de luz. Entonces escuchó las respiraciones débiles de Jesús y detectó que éstas eran demasiado rápidas. Se imaginó el pecho de Jesús agitándose con ansiedad y eso le asustó. Así que se pensó dos veces lo de activar la linterna del móvil. No quería verle de esa manera. Probó otra cosa. Le llamó por su nombre. Pero no obtuvo respuesta. Deseó que la luz volviera y llegar hasta Marcos lo antes posible. Todavía estaban a medio camino de la siguiente estación. No le quedaba otra opción que activar la linterna del teléfono. Le temblaban las manos violentamente y le costó más de los que había previsto. Las respiraciones de Jesús seguían siendo lo único que se escuchaba en medio de la oscuridad. Finalmente lo consiguió y un haz de luz trazó un camino diagonal en el vagón. Jesús no estaba dónde ella recordaba. Asustada, giró la cabeza y le vio de pie, mirándola fijamente, respirando cada vez más deprisa. Ahora podía ver perfectamente como hinchaba el pecho y como resoplaba con fuerza. Ella volvió a decir su nombre. El tren dio un fuerte tirón y el móvil se le escurrió de las manos. Se agachó deprisa para recogerlo. Pudo ver cómo Jesús corría hacia ella cuando sus pies entraron dentro del rayo de luz que producía el teléfono.

Marcos observó cómo se iluminaba el túnel con la llegada del tren a la estación. Puntual como siempre. Buscó el vagón que siempre ocupaba Ana para recibirla con un apasionado beso. Últimamente parecía distante y estaba preocupado. Se colocó en un lateral mientras las puertas se abrían. Intentó distinguir entre los pasajeros el bonito rostro de Ana. Pero no la veía. De hecho, descubrió para su sorpresa que no iba en ese tren. Marcos sacó su móvil y revisó los mensajes. No había ninguno de ella. La llamó pero el teléfono de Ana estaba fuera de cobertura.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 29 de Agosto de 2016

 

 

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