Cuento de Halloween

Era la noche que más temía del año. La noche en la que sus pesadillas se hacían realidad y recorrían las calles. Claro que sabía que debajo de las máscaras estaban sus vecinos y sus amigos pero sólo podía sentir miedo al ver colmillos, sangre, encapuchados con hachas y zombis putrefactos. Así que esa noche volvía a casa en metro mirando preocupada la hora en el móvil porque quería llegar lo antes posible a casa. Hacía rato que le dolía el estómago y que respiraba algo más rápido de lo normal. Estaba enfadada por haberse entretenido más de la cuenta en el trabajo y estar ahora en esa situación tan incómoda. Sacó las llaves casa de su bolso y las metió en el bolsillo de la chaqueta para no perder tiempo buscándolas y entrar en su edificio lo antes posible.

Llegó, por fin, a su estación y se levantó del asiento. Se colocó delante de las puertas y, horrorizada, observó como en el andén había dos monjas con heridas abiertas en la cara y los ojos hundidos. Inconscientemente dio un par de pasos hacia atrás al ver que las monjas iban a subir precisamente por su puerta. Con el corazón a mil, tuvo que armarse de valor porque tenía que bajar. Guardó el móvil en el bolsillo junto a las llaves y bajó del metro atropelladamente, chocando y empujando a las monjas porque solo pensaba en dejarlas atrás y salir a la calle. La noche de los muertos estaba a punto de empezar y esas monjas eran una señal de ello.

La estación estaba a dos manzanas de su casa. A buen paso estaría a salvo en diez minutos. Cruzó algunas de veces de acera esquivando a un grupo de vampiros borrachos de sangre y a un trío de asesinos armados con machetes y sierras mecánicas. Cuando por fin divisó su portal, sacó de su bolsillo las llaves y entró casi corriendo en el edificio. Cerró la puerta, bruscamente por la tensión, y apoyó la espalda en el cristal mientras respiraba aliviada. Anduvo mucho más tranquila hacia el ascensor y, sonriendo, pensaba que ya había pasado el peligro. En nada estaría metida en la cama viendo su peli preferida “Desayuno con diamantes” mientras comía un sandwich en la bandeja que tenía para noches como esa en las que quería sentirse a salvo.

Pulsó el botón del ascensor de manera despreocupada. La flecha luminosa le indicó que estaba bajando. Entonces, inesperadamente, la iluminación del hall bajó de intensidad. No se apagó, solo parecía más débil y empezaron a crearse sombras en los rincones. No le gustó. El ascensor parecía tardar una eternidad así que, presa del nerviosismo otra vez, decidió subir las escaleras. Eran tres pisos, tampoco era para tanto. Sin embargo, volvió a moverse deprisa porque sintió de nuevo la necesidad de llegar ya a su casa. Llegó al primer rellano y, como la luz había adquirido un tono anaranjado, se había creado una atmósfera con cierto aire sobrenatural que la incomodó hasta el extremo. Imaginó a un asesino saliendo de cualquiera de las casas de ese piso. Con un cuchillo de carnicero en las manos y corriendo hacia ella fuera de sí. Pasó de ser razonable y subió corriendo las escaleras hasta llegar al segundo rellano. Recorrió muy deprisa los metros que le separaban del último tramo de escaleras cuando la luz se apagó del todo. Fue justo cuando iba a poner el pie en el primer escalón de manera que tropezó y cayó golpeándose muy fuerte en la rodilla. El bolso se le escapó del hombro y sus llaves salieron despedidas escapándose de su mano.

Gritó por la sorpresa y por el dolor pero se calló rápidamente porque no quería que nadie supiese que estaba allí. Su objetivo más inmediato era recuperar las llaves y su bolso. Menos mal que el móvil lo llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Encendió la linterna del teléfono y se puso a buscar moviéndose a cuatro patas. Estaba tan asustada que no notaba el dolor de la rodilla magullada por la caída. El bolso lo encontró enseguida pero las llaves no las veía. Forzó la vista y le pareció distinguir en la oscuridad un pequeño bulto en el suelo cerca de la puerta de uno de los apartamentos. Con los nervios se sentía desorientada y no tenía muy claro quién vivía allí pero se dio mucha prisa por acercarse y recuperar sus llaves si eso era lo que había visto.

Sí, lo eran y, de nuevo, recuperó la calma mientras las apretaba con fuerza. Entonces, todavía agachada, escuchó que la puerta del apartamento se abría muy despacio. Demasiado despacio, como si alguien hubiera querido asomarse a mirar. Su instinto la llevó a apagar la luz del móvil y a alejarse, lo que pudo, sin hacer ruido mientras intentaba ahogar sus jadeos asustados para que no se notara su presencia. Escuchó claramente cómo la puerta se abría de par en par. La luz de la casa estaba apagada así que no podía saber quién había abierto. El corazón le latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. Sólo quería llegar a su casa. Estaba muy cerca de conseguirlo pero le parecía estar a quilómetros de distancia en esos momentos. Quién había abierto la puerta y si era buena persona era lo único que quería averiguar. Pronto obtuvo una respuesta pues escuchó una risita masculina que claramente parecía estar burlándose de ella. No dejaba de reírse, cada vez más fuerte hasta que ella intentó moverse hacia las escaleras. Entonces la risita histérica cesó como adivinando sus intenciones.

Ella sintió cómo le agarraba del tobillo y la arrastraba hacia el interior del apartamento como si fuese un bulto de carne muerta. Gritó desesperada sintiendo cómo se le rompía la garganta por la fuerza de su voz, pero no parecía que nadie la escuchara. Su verdugo la metió dentro y cerró la puerta.

Al cabo de unos minutos, una mujer joven llena de heridas y manchada de sangre salía a la calle buscando ayuda utilizando el poco aliento de vida que le quedaba pero nadie la entendía, tan sólo la observaban alucinados por el realismo de su disfraz. Cayó desangrada al suelo junto a unos niños que se asustaron al ver que no era sangre de mentira ni cortes hechos con látex. Ella, sin esperarlo, se había convertido en una de las pesadillas que tanto miedo le daban. Y durante años, todos aquellos que la vieron muerta en la acera, contaban su historia en la noche de los muertos convirtiéndola en un terror nocturno más.

#halloween

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 31 de Octubre de 2016

La vieja puerta

Conocía la vieja puerta de memoria. Era capaz de cerrar los ojos y dibujar con sus dedos las grietas de la madera. De imaginar cómo se le clavaban las astillas en los dedos en busca de un resquicio, por el que meter la mano, para abrirla y entrar en aquella vieja casa del final del camino. Cuyas paredes de piedra lucían un extraño aspecto muerto y descolorido mezclado con el verde de un musgo pletórico. Siempre pasaba junto a esa casa al volver de la escuela. Caminaba más haciendo ese trayecto, pero no le importaba.

Aquella tarde gris, el sol tuvo mucha prisa por esconderse entre las montañas. Sentía algo de frío y aceleró el paso. Los pájaros volaban sobre su cabeza presagiando la llegada de la lluvia. Divisó la casa y su puerta de madera ennegrecida. Sus pies pisaban las pequeñas piedras del camino y el sonido que producían le hacían sentirse más solo en aquellas horas previas a la tormenta. El viento comenzó a soplar más fuerte cuando estuvo a unos metros de la casa. El mero hecho de estar tan cerca de aquella imponente puerta le reconfortó por un instante y se detuvo a su lado. El camino se terminaba allí y estaría con su madre en cuestión de minutos. El miedo se esfumó y sonrió aliviado.

Entonces, escuchó algo tras la puerta. Un leve sonido que tardó en identificar como pequeños arañazos hechos por alguien de su altura. Se quedó muy quieto y observó la puerta de reojo. Unas uñas negras asomaron por las grietas más grandes que se habían dibujado en aquellas viejas tablas de madera. El corazón se le aceleró y pensó que sólo quería salir corriendo de allí. Pero no lo hizo. Aquella casa significaba demasiado para él y no quería perder la oportunidad de averiguar lo que estaba pasando dentro. Se giró muy despacio, intentando no hacer ruido. Se acercó e intentó ver el interior pero era imposible distinguir nada. Todo estaba muy oscuro.

Los arañazos cesaron. Eso le animó a poner un ojo en una de las grietas y poder escudriñar así con más atención. Pero desde el otro lado, otro ojo asomó también. Gritó asustado mientras saltaba hacia atrás. Sin dar crédito todavía a lo que había visto, la puerta comenzó a abrirse lentamente y una mano huesuda y gris apareció haciéndole un gesto que le invitaba a entrar.

Sabía que no debía hacerlo. Sabía que debía marcharse lo antes posible. Pero amaba aquella casa del final del camino y cruzó el umbral. Traspasó aquella puerta con la que soñaba desde que era muy pequeño y que conocía como la palma de su propia mano. Tras él, la puerta se cerró despacio, casi con amor. La tormenta se acercaba y los pájaros cruzaban el cielo en grandes bandadas. Nadie pudo escuchar sus gritos aterrorizados y nunca más le volvieron a ver.

Aunque algunos vecinos, que paseando se cruzan con la vieja casa, aseguran que han escuchado la voz de un niño que les pide que le saquen de allí susurrando desde el otro lado de la puerta.

Esther Paredes Hernández

23 de Octubre de 2016

Quería ir al bosque

Quería ir al bosque. Penetrar en su oscuridad mientras las gotas frías, que resbalaban del cielo, humedecían su cara. Necesitaba sentirse viva en aquella espesa negrura situada en el corazón del bosque. No prestaba atención a los murmullos de las hojas, a los gritos aislados que daban los pájaros ni al viento airado. Sólo quería ir al bosque. Se quitó las zapatillas y los calcetines. Notó cómo se le clavaban agujas de hielo en las plantas de sus pies y le gustó. Caminó despacio para sentir las piedras punzantes y el barro en toda su plenitud. Empezó a dar vueltas lentamente para desorientarse y poder conseguir así encontrar su lugar en el mundo. Se mareó y empezó a tambalearse como si estuviese ebria. Abrió los ojos. Continuaba sin poder dormir porque la estrategia no estaba funcionando.

Quería ir al bosque pero era en su dormitorio dónde estaba. Atrapada en aquella habitación inerte cuyas cortinas se habían convertido en telas de araña donde los insectos eran devorados lentamente. Como en su imaginación, estaba descalza. Pero su cuerpo, tumbado en la cama, parecía un gran bloque de piedra y no podía moverse. Pese a la oscuridad podía sentir a las arañas correteando por las paredes y el moho de la moqueta expandiéndose con cada respiración. Temía seriamente no poder salir de aquella prisión, al menos con vida. Había algo más en la casa desde hacía unos días y se lo estaba poniendo muy difícil.

Todo empezó una noche en la que regresó del trabajo agotada. Cenó sobras del día anterior, se dio una ducha rápida y se metió deprisa en la cama. Debía intentar dormir lo máximo posible. No le costaría porque la ducha había relajado su cuerpo y su mente se trasladó al bosque imaginario al que siempre recurría para serenarse. Se giró y observó cómo las cortinas ondulaban con el aire fresco que entraba por la ventana. Cerró los ojos y visualizó el viento acariciando las copas de los árboles y el reflejo de la luna en la humedad de la tierra.

El silencio la acunaba y sentía que empezaba a dormirse cuando escuchó con absoluta claridad que algo se había movido en la habitación. Algo vivo estaba correteando por su dormitorio. Pensó, asqueada, que sería una rata y se mantuvo muy quieta con la esperanza de que su oído le hubiese jugado una mala pasada. Pero no estaba equivocada, algo había invadido su cuarto. Encendió la luz de la mesita y, tal como esperaba, no vio nada.

Pero a la noche siguiente, en cuanto apagó la luz, volvieron los ruidos. Esta vez tomó la decisión de quedarse a oscuras y escuchar para poder tener más información de la criatura. Pronto, por los sonidos que provocaban sus movimientos, tuvo claro que parecía haberse instalado en la armario. Ni una sola vez escuchó a eso acercarse a la cama. Así que acabó quedándose dormida presa del cansancio. De madrugada, se despertó al sentir un aliento frío y putrefacto peligrosamente cerca de sus ojos.  Gritó despavorida al distinguir, a pocos centímetros de su cara, unos ojillos rojos y unos dientecitos afilados que asomaban a través de una sonrisa. Esa cosa le arañó el párpado antes de escapar hacia la oscuridad del dormitorio.

Encendió la luz, cogió uno de sus zapatos y se dispuso a darle un escarmiento o, en el mejor de los casos,  a matarla. Unas gotas le resbalaban hacia la nariz desde el ojo. Creyó que sería sudor pero al limpiarse descubrió preocupada que era sangre. El arañazo era más profundo de lo que había calculado. Se vio obligada a dejar la cacería por el momento y fue al cuarto de baño para curarse la herida. Al mirarse en el espejo comprobó que tenía razón con su diagnóstico. Sonó el despertador en el dormitorio y se sobresaltó. Tiró la botella del alcohol al suelo y se cabreó mucho con su mala suerte. No le daba tiempo a buscar a esa cosa antes de irse a trabajar y a saber lo que haría durante el día estando a sus anchas. Pero lo que más ansiedad le daba era saber que, al volver a casa, le esperaría ese algo que ya le había atacado. El miedo creció en su interior de repente. Se taponó el corte. Cogió ropa de la secadora y no quiso entrar de nuevo en su habitación y, mucho menos, acercarse al armario.

Acabó la jornada y no tenía ganas de volver a casa. Había estado buscando en Internet y no había encontrado ninguna referencia a un animalillo que presentase el aspecto de la criatura que vio la noche anterior. Llegó a la conclusión de que era una rata, más por la necesidad de etiquetar a aquella cosa que porque estuviese segura de que eso es lo que era. Aparcó el coche en su calle iluminada por las viejas farolas que estaban encendidas aunque no sirviesen de mucho. Había cenado fuera para alargar el momento de su vuelta porque no se sentía con el ánimo suficiente para enfrentarse a lo que le daba tanto miedo. Recostó la cabeza sobre el volante. El corazón le latía con fuerza y encendió la radio para calmarse. Con el locutor de fondo, repasó qué elementos eran lo que la habían asustado tanto para intentar recuperar el control de la situación. A) El aliento en su cara, a tan pocos centímetros. B) Que se moviera con tanto cuidado como para que no notase que se había subido a la cama. C) Le hizo saber de su presencia, en el momento que quiso, echándole el aliento: -¡Oye, tú, mírame! D) Y luego le dedicó una sonrisa para que entendiera que lo había hecho a propósito. D) La cosa era capaz de pensar. Pasó la noche durmiendo en el asiento trasero de su coche tapada con su abrigo largo.

El resto de la semana la pasó en casa de su madre, mintiendo sobre el motivo por el que estaba allí. Sin embargo, el viernes por la tarde, con todo el fin de semana por delante, se dispuso a reconquistar su hogar. Tenía tiempo suficiente para conseguirlo y había ideado un plan muy sencillo. Sería ella la que observase ahora. Determinaría sus horarios y sus costumbres. En eso estaba pensando cuando abrió la puerta de su casa y se encontró en el Reino del Caos. Todos los cajones y los armarios estaban abiertos con claros signos de haber sido asaltados. Restos de comida y excrementos esparcidos por todas partes. Las cortinas estaban rasgadas y arrancadas de los rieles. Estaba claro que nadie le había echado de menos. Cerró la puerta haciendo mucho ruido para que las cartas quedasen sobre la mesa. Había vuelto con muchas ganas de pelear. Tras dar unos pasos, enseguida se dio cuenta de que, en diferentes puntos de la casa, esa alimaña había sacado de la pared y roído los cables de la luz. Parecía haberlo hecho adrede. Se tocó inconscientemente la cicatriz del arañazo que le dio en el párpado la última vez que se vieron cara a cara. Un escalofrío recorrió su cuerpo pero rápidamente lo controló. No iba a permitir que el miedo fuese por delante de ella, ya no. Lamentaba su suerte por no tener ni linternas ni velas. Tenía la costumbre de irse a dormir si alguna noche se cortaba la luz.

Subió directamente a su dormitorio prestando atención dónde pisaba porque sólo contaba con lo poco que iluminaban las tristes farolas de la calle. No hacía falta ver para darse cuenta de que la habitación estaba infinitamente más sucia que el resto de la casa y llena de arañas. Escuchó con sumo cuidado y anduvo muy despacio hasta la cama. Se sentó en la cama y se descalzó para moverse con más sigilo. Estaba dispuesta a indagar dentro del armario. Sintió la alfombra pegajosa y húmeda. Asqueada levantó los pies guiada por sus reflejos que le decían que tuviese cuidado con lo que tocaba. Apoyó con determinación los pies cuando sintió que la piel de su tobillo derecho se desgarraba y que unas garras llegaban hasta el hueso con facilidad como si los tendones fuesen mantequilla. Esas pequeñas zarpas habían salido de debajo de la cama. Tras el alarido cayó al suelo sobre las rodillas, el dolor y la confusión eran enormes. Entonces, esa cosa saltó sobre su espalda y le arañó los hombros mientras saltaba hacia adelante para meterse en el armario. Ella intentó coger sus patas sin éxito. Temiendo lo peor, rozó con las yemas de los dedos la herida para ver sus dimensiones. Como pensaba, los arañazos eran muy profundos y pudo tocar el hueso. Además, estaba perdiendo mucha sangre. Comprobó las heridas de los hombros pero eran superficiales. Así que se centró en arrancar un trozo de tela de la sábana e intentar presionar la herida del pie y disminuir el abundante sangrado.

Por momentos se sentía más y más cansada, así que se tumbó en la cama como pudo y, sin darse cuenta, se quedó dormida. La noche avanzaba con tranquilidad, el silencio reinaba en la casa hasta que ella empezó a agitarse en sueños. Empezó a balbucear como si le hablara a la alimaña pidiéndole que la dejara tranquila, que le dolía el tobillo y quería descansar cuando sintió que algo le mordía bajo la tela de el vendaje. Tardó unos instantes en comprobar que lo que notaba era cierto: algo estaba alimentándose de su herida. Abandonó la cama de un salto y se colocó junto a la ventana dónde la luz. Se quitó la venda con rapidez y estuvo a punto de desmayarse al ver a decenas de arañas entrando y saliendo de su piel. Salió al pasillo y se lavó la herida en el cuarto de baño hasta que no quedó rastro de ellas. Cogió la barra de la cortina de la ducha porque estaba claro que necesitaba tener un arma de algún tipo. Le costaba mucho esfuerzo dar mínimos pasos pues el tobillo le dolía tanto que le subían descargas más arriba de la espalda. Empezó a jadear con cada movimiento que hacía. Tuvo que aceptar que aquello había mermado su seguridad antes de regresar a su cuarto.

Se acercó como pudo al armario-madriguera y siempre intentando que el ruido no la delatase. Levantó la barra con una mano y con la otra, abrió una de las puertas. Olía como si un millón de gatos se hubiesen orinado allí a la vez durante un mes. Con prudencia, dolor y asco, abrió la otra puerta. Se quedó inmóvil frente a la madriguera con la barra de aluminio sobre su cabeza y las dos manos sujetándola con toda la fuerza con la que era capaz. Y miró a la oscuridad frente a frente. Y la oscuridad le devolvió la mirada a través de los pequeños ojos de fuego y esos dientes torcidos pero afilados como agujas que le habían arrebatado su tranquilidad. Bajó los brazos tan rápido como fue capaz y casi pudo sentir que la barra le rompía el cuello a aquella criatura. Pero eso no llegó a suceder. La cosa le arañó los ojos hasta casi sacárselos de las cuencas y regresó al interior del armario. Ella se desmayó.

Despertó ciega y muy débil. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. Era incapaz de distinguir si seguía siendo de noche o ya había amanecido. Se arrastró hasta su cama y se tumbó agradeciendo la comodidad. Podía escuchar a las arañas corretear por las paredes, cerca de ella. Y a la alimaña moviéndose a sus anchas por su territorio. Había dejado de ser una amenaza para ella. ¿Sería quizás su próximo alimento? No lo sabía. Sentía su cuerpo como si fuese un pesado bloque de granito y sólo pensaba en dormir. Pensó en trasladarse mentalmente a su bosque como hacía las noches en las que no podía dormir. Pero pronto se dio cuenta de que no sería posible.

Ella quería ir al bosque, y recorrerlo descalza hasta encontrar su sitio en el mundo, pero no sería posible hacer ese camino. Sentía claramente cómo decenas de diminutos seres destrozaban su piel con pequeños mordiscos dispuestos a no dejar que encontrase la paz nunca más.

 

Esther Paredes Hernández

16 de Octubre de 2016