La vieja puerta

Conocía la vieja puerta de memoria. Era capaz de cerrar los ojos y dibujar con sus dedos las grietas de la madera. De imaginar cómo se le clavaban las astillas en los dedos en busca de un resquicio, por el que meter la mano, para abrirla y entrar en aquella vieja casa del final del camino. Cuyas paredes de piedra lucían un extraño aspecto muerto y descolorido mezclado con el verde de un musgo pletórico. Siempre pasaba junto a esa casa al volver de la escuela. Caminaba más haciendo ese trayecto, pero no le importaba.

Aquella tarde gris, el sol tuvo mucha prisa por esconderse entre las montañas. Sentía algo de frío y aceleró el paso. Los pájaros volaban sobre su cabeza presagiando la llegada de la lluvia. Divisó la casa y su puerta de madera ennegrecida. Sus pies pisaban las pequeñas piedras del camino y el sonido que producían le hacían sentirse más solo en aquellas horas previas a la tormenta. El viento comenzó a soplar más fuerte cuando estuvo a unos metros de la casa. El mero hecho de estar tan cerca de aquella imponente puerta le reconfortó por un instante y se detuvo a su lado. El camino se terminaba allí y estaría con su madre en cuestión de minutos. El miedo se esfumó y sonrió aliviado.

Entonces, escuchó algo tras la puerta. Un leve sonido que tardó en identificar como pequeños arañazos hechos por alguien de su altura. Se quedó muy quieto y observó la puerta de reojo. Unas uñas negras asomaron por las grietas más grandes que se habían dibujado en aquellas viejas tablas de madera. El corazón se le aceleró y pensó que sólo quería salir corriendo de allí. Pero no lo hizo. Aquella casa significaba demasiado para él y no quería perder la oportunidad de averiguar lo que estaba pasando dentro. Se giró muy despacio, intentando no hacer ruido. Se acercó e intentó ver el interior pero era imposible distinguir nada. Todo estaba muy oscuro.

Los arañazos cesaron. Eso le animó a poner un ojo en una de las grietas y poder escudriñar así con más atención. Pero desde el otro lado, otro ojo asomó también. Gritó asustado mientras saltaba hacia atrás. Sin dar crédito todavía a lo que había visto, la puerta comenzó a abrirse lentamente y una mano huesuda y gris apareció haciéndole un gesto que le invitaba a entrar.

Sabía que no debía hacerlo. Sabía que debía marcharse lo antes posible. Pero amaba aquella casa del final del camino y cruzó el umbral. Traspasó aquella puerta con la que soñaba desde que era muy pequeño y que conocía como la palma de su propia mano. Tras él, la puerta se cerró despacio, casi con amor. La tormenta se acercaba y los pájaros cruzaban el cielo en grandes bandadas. Nadie pudo escuchar sus gritos aterrorizados y nunca más le volvieron a ver.

Aunque algunos vecinos, que paseando se cruzan con la vieja casa, aseguran que han escuchado la voz de un niño que les pide que le saquen de allí susurrando desde el otro lado de la puerta.

Esther Paredes Hernández

23 de Octubre de 2016

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