Una tarde cualquiera

Eran las cinco de la tarde y había recogido a su hija del colegio. Era la primera vez que lo hacía en dos años. Acababa de perder el trabajo y, de repente, tenía todo el tiempo del mundo para pasarlo con ella. Lo que le había pasado debería haberle hecho sentir mal, sin embargo, era feliz como ya no recordaba. Y todo porque podía disfrutar de su pequeña. Su hija se lanzó a abrazarla en cuanto la vio pese a las protestas de la profesora por haberse salido de la fila. Pero a ninguna de las dos les preocupaba la maestra pues sólo querían aprovechar ese gran momento que les pertenecía por derecho propio.

Sacó el bocadillo del bolso, le quitó el papel que lo envolvía y se lo dio a la niña para que fuera merendando mientras llegaban al parque en el que habían previsto pasar la tarde. Caminaba sin poder evitar sonreír. Se sentía relajada y notaba el calor que se alojaba en su pecho al ver a su hija saltando y cantando mientras se comía el bocadillo. Recorrieron un par de calles y llegaron al camino de tierra que indicaba la entrada del parque.

La pequeña corrió hacia el tobogán en el que jugaban dos niños y ella supuso que eran amigos suyos. Así que se sentó en el banco que quedaba más cercano y que ocupaba un anciano que se protegía con un abrigo de lana gris y un sombrero negro. Parecía muy tranquilo y no apartaba la vista del tobogán. Ella supuso que era el abuelo de alguno de los niños con los que estaba jugando su hija.

Intentó entablar conversación con el viejo rompiendo el hielo hablando el frío que hacía esa tarde. Él no respondió, ni siquiera hizo un gesto que evidenciara que la había escuchado. Pero ella insistió en continuar hablándole con amabilidad. Con esa temperatura y tanta humedad era cuestión de tiempo que los niños empezaran a resfriarse. El anciano ni parpadeó. Seguía mirando fijamente a los tres pequeños. Esta vez se sintió algo avergonzada y optó por guardar silencio. No quería molestarle. Decidió pasar el tiempo con el libro que había cogido de casa. Cuando llegó el momento de irse, llamó a su hija y se despidió educadamente de él. El viejo no dijo nada y ella tampoco lo esperaba.

Las dos salieron del parque, recorriendo el camino de tierra, cogidas de la mano. Intentó sonsacarle a la niña información sobre el anciano, pero la pequeña estaba muy cansada y no tenía ganas de hablar. Acabó por llevarla en brazos durante todo el trayecto olvidándose del viejo del parque por completo.

Y no volvió a pensar en él hasta que le encontró en el mismo banco al día siguiente. Vestido con su característico abrigo gris y el sombrero negro. Su hija se reunió con sus amigos y ella aprovechó para intentar conversar con él. Así que le preguntó directamente cuál de los dos niños era su nieto. El anciano se mantuvo impasible y ella tomó la decisión de cogerle del antebrazo por si lo que pasaba es que estaba algo sordo.

Al tocarle, sintió ganas de vomitar. Bajo la manga de lana se escondía una masa hinchada y fofa que desprendía un olor asqueroso. Sorprendida no pudo reprimir alejarse y se cambió de banco. El viejo no se movió. Esa tarde, y esa noche, sí que pensó en él. Mucho. Durante horas estuvo analizando qué podía explicar lo que había sentido y qué le había empujado a salir huyendo de su lado.

A la tarde siguiente, no se sentó junto a él. Le apenaba no ser capaz de entender que era un señor mayor y que probablemente no pudiese cuidar de sí mismo demasiado bien. Pero no era sólo aquel olor, aquel cuerpo blando, era otra cosa mucho más profunda lo que le apartaba de él, una sensación como de… como de muerte. Sintió un nudo en la garganta. No le gustaba pensar así de aquel pobre anciano. Recordaba a sus abuelos, en cuánto les quiso y cuántas veces cuidaron de ella. Sin embargo, no conseguía controlar ese sentimiento que le espantaba y no tuvo el deseo de mirarle otra vez. Se limitó a quedarse observando a su hija mientras transcurría la tarde.

Los niños hacían turnos para deslizarse por el tobogán. Le tocaba a su pequeña cuando se tropezó con el último peldaño de la escalera y se cayó. La pequeña gritó al darse un fuerte golpe contra el suelo y empezó a llorar. Antes de que pudiese llegar hasta ella, el anciano se había levantado del banco y la había recogido. La niña se abrazó a él y se calmó. No parecía percibir nada extraño, en un instante, ya estaba reunida con sus amigos lanzándose otra vez por la rampa como si nada.

¿Cómo podía su hija no percibir ese olor dulzón y pegajoso de… de carne muerta? Pero debía darle las gracias así que se le acercó y lo hizo controlando las náuseas a duras penas. El viejo la miró en silencio con unos ojos que no la reconocían. Ella insistió y le preguntó su nombre. El anciano le contestó que no recordaba cuál era y regresó a su banco recuperando la costumbre de observar a los niños en silencio. Decidió seguirle para continuar hablando, hasta que consiguiera captar su atención, y no desistir por culpa del mal olor. De nuevo, le preguntó cómo se llamaba. Sin mirarla, le contestó que lo había olvidado. Ella quiso saber con quién iba al parque cada tarde y él levantó el dedo hacia el tobogán señalando a los niños. Después de eso, no consiguió que le dijera nada más y ella se sentó en otro banco porque ya no podía más.

Pero su hija sí tenía información para ella. De camino a casa, la niña quiso hablar de la caída del tobogán. Su amigo Sergio, por fin sabía cómo se llamaba, la había empujado porque quería tirarse antes que ella pero no era su turno. Después de aclarar quién era Sergio de los dos niños, le preguntó el nombre del otro amigo suyo. La niña no le entendía. Ella le describió a los dos amigos con los que jugaba y la pequeña le dijo que siempre jugaba con Sergio y nadie más.

-Entonces ¿Sergio es el nieto del abuelito que te ha ayudado a levantarte?

-Mamá, tú me has recogido del suelo.

Pasó la noche en vela y, sin saber por qué, sintió el fuerte impulso de dormir con su hija. Estaba asustada pero no sabía qué era lo que le preocupaba exactamente. Tenía la sensación de que algo iba a pasar. Quizás perder el trabajo de una manera tan repentina le había afectado más de lo que le gustaría admitir y le hacía temer que, detrás de cada esquina, le esperaba un peligro oculto que desconocía.

La tarde posterior se presentó extremadamente fría y ella hubiese preferido no pasarla en el parque. Pero no consiguió frenar a su hija que echó a correr en cuando vio a sus dos amigos en el tobogán. Ella estaba temblando. El frío le calaba hasta las huesos. Y empeoró al distinguir el abrigo gris y el sombrero negro en el banco. Una repentina rabia se adueñó de ella y fue directamente a por su hija.

Cogió a la niña, intentando disimular su ansiedad, y se acercaron al viejo. La colocó junto a él y señalándole preguntó quién era. Él contestó sin mirarlas que no recordaba su nombre mientras su hija le aseguraba que allí no había nadie más que ellas. Sin soltarle del brazo, y ya sin poder controlar el nerviosismo, regresaron al tobogán. Allí la pequeño le juró y perjuró que sólo estaba su amigo Sergio. La agarró de los dos brazos y la puso frente a ella, muy cerca, porque había perdido la paciencia y se había enfadado. No le gustaba que le mintiera y le gritó que parara. La niña se puso a llorar asustada al no entender lo que su madre le decía. Apareció la madre de Sergio y le lanzó una mirada preocupada mientras cogía a su hijo de la mano y salían del parque.

Les observó alejarse sintiéndose avergonzada y culpable. Pero se dio la vuelta y allí seguía el anciano observando al otro niño invisible deslizándose por la rampa. La tarde había terminado de repente y el cielo se había vuelto negro. Las farolas se encendieron y era hora de regresar a casa. Pero no podían irse, no hasta que aclarase lo que estaba pasando. Le pidió disculpas a su hija y le pidió, por favor, que no volviese al tobogán, lo mejor sería que fuese a los columpios. Cuando vio que estaba distraída se acercó al viejo. Tiritando por el frío y con las manos en los bolsillos en un intento absurdo de sentirse protegida.

Al sentarse junto a él detectó claramente que el olor que desprendía era mucho más pestilente que antes. Incluso, ahora que se fijaba más, vio que el color de su piel no era normal y parecía hincharse poco a poco. Le pidió, por favor, que le explicara quién era. La boca le temblaba tanto que temió que no le hubiese entendido. Pero pronto comprobó que sí y el anciano señaló a su nieto fantasma. Ella observó al niño detenidamente y cayó en la cuenta de que siempre hacía lo mismo, que una y otra vez subía y bajaba por el tobogán, nada más. No recordaba que hubiese hablado con Sergio o con su hija. Entonces el anciano se levantó y abrió los ojos y la boca de una manera antinatural y excesiva. Gritando tan fuerte que el suelo retumbó y se agitaron los árboles. Pero sólo ella le escuchó. Todos pensaban que se había levantado un viento enérgico que arrancaba las hojas secas de las ramas.

El viejo gritaba mientras señalaba a su hija que se columpiaba muy fuerte y estaba llegando demasiado arriba. Sintió que debía correr hacia ella y así lo hizo con el corazón en la garganta. Mientras se acercaba, vio horrorizada que una de las cadenas se rompía haciendo que su pequeña saliese despedida. Su cuerpo sacó una fuerza inesperada y llegó a tiempo para cogerla. La niña lloró en sus brazos y ella lloró también porque tenía la certeza de que el anciano le había salvado la vida. Le buscó con la mirada pero ya no estaba en el banco. Ni el niño en el tobogán. No le importaba. Tan sólo quería seguir abrazada a su hija mientras el resto de padres y niños se acercaban preocupados por ellas. Todos llegaron a la conclusión de que esa tarde podría haber acabado en tragedia.

Nunca más volvió a ver al viejo en el parque y eso que lo deseaba con todas sus fuerzas pues se había convertido en su ángel de la guarda. Incluso estaba dispuesta a tolerar su mal olor y a limitarse a estar sentada a su lado en silencio. Buscó durante años reconocer su característico abrigo gris y su sombrero negro. Lamentaba profundamente no haber podido conocer su historia. Así que, por su nieto y por él, siempre se sentó en su banco respetando el lugar que él ocupaba y observaba fijamente a los niños que jugaban en el tobogán. Por si acaso.

Esther Paredes Hernández

27 de Noviembre de 2016

Un extraño libro

Me hablaron de este libro varias veces en los últimos años. Recuerdo perfectamente quién fue la primera persona que lo hizo, mi amiga Sara. 

Sucedió una tarde mientras estudiábamos en la biblioteca para los parciales de Navidad. Las dos estábamos muy cansadas y no podíamos controlar los bostezos. Nos  contagiábamos la una a la otra y empezó a suponer un problema. A ella se le ocurrió parar cinco minutos y salir al pasillo para despejarnos. Así lo hicimos y, al llegar a la puerta, nos cruzamos con  un chico peculiar. Abrazaba un libro al que no presté atención  porque me sorprendió la palidez de su cara y una extrema delgadez que destacaba sus pómulos y hacía que sus ojos resultasen extrañamente grandes. Me pareció ver, asomando por una manga, restos de sangre seca como si se hubiese hecho un pequeño corte. Pero en lo que Sara se fijó fue en el ejemplar que apretaba contra su pecho huesudo con tanta determinación. Me contó, cuando él estaba lo suficientemente lejos como para no escucharla, que había leído en internet sobre esa novela. Se llamaba “La herida”.

Había muy pocos ejemplares aunque todo eso eran suposiciones porque nadie era capaz de ofrecer una información veraz sobre la edición del libro.  Por lo que parecía, no podía encontrarse ni en bibliotecas ni en librerías. Le rodeaba un halo de misterio que ayudaba a que muchos lo buscasen con gran interés así que probablemente fuese todo una buena estrategia de marketing. Sara le confesó que no conocía personalmente a nadie que lo hubiese leído. La gente escribía opiniones en las redes sociales sobre aquella historia que te atrapaba y te ayudaba a ver la realidad tal y como era. Pero todo eso podían ser mentiras. No volvimos a cruzarnos con aquel chico nunca más. Si lo analizo objetivamente, quizás fuese normal no verlo de nuevo. Y lo más seguro que nosotras tuviésemos tan mal aspecto como él porque pasábamos horas y horas encerradas en la biblioteca y comiendo mal. Al fin y al cabo, era época de exámenes para todo el mundo, también para él. Sin embargo, ahora mismo ya no sé qué pensar.

La segunda persona que mencionó “La herida” fue mi hermano Sergio. Cuando me habló del pintoresco libro, cuyo primer capítulo se compartía por internet  y que todo el mundo se descargaba, me costó caer en la cuenta de que se trataba de la misma novela a la que se refirió Sara un año antes. Me contaba, emocionado y divertido, que no había manera de que nadie pudiese encontrar el resto de los capítulos. Así que el morbo crecía de manera imparable. Sergio tenía el capítulo en el ordenador y me dijo que esa misma noche lo iba a leer. Yo no entendía a qué venía tanto revuelo, me parecía todo desmesurado y bastante absurdo la verdad. Pero lo que estaba sucediendo era más importante de lo que imaginaba.

A la mañana siguiente, Sergio salió de casa diciendo que debía encontrar el resto del libro y que no pararía hasta encontrarlo. Mis padres y yo pensamos que era una tontería de las suyas. Pero lo cierto, es que no regresó a casa hasta dos años después. Llamó a la puerta y entró con un ejemplar completo de “La herida” en sus manos. Para entonces, mis padres estaban muy mal de salud porque había sido muy duro no tener apenas noticias de él en todo ese tiempo. Mi madre, sobre todo, ya no pudo reponerse y, a las pocas semanas, murió.

Durante el tiempo que pasó Sergio fuera de casa, la fama del libro había superado cualquier desquiciada previsión. Nadie sabe cómo, empezaron a encontrarse ejemplares por todas partes: bancos de parques, asientos  de metro, librerías, escuelas y universidades… Hasta en las salas de espera de los hospitales, allí el título resultaba una broma.

Sergio estuvo recluido en su habitación desde el principio. Sólo quería leer, una y otra vez el libro, olvidando comer, lavarse e incluso hablar con nosotros. No salió de allí ni para asistir al entierro de mi madre. Aunque casi nadie vino. Por aquel entonces, la gente ya se comportaba de manera extraña. Y se respiraba obsesión y locura en las calles. En cada esquina podías encontrarte a alguien con un ejemplar de “La herida” que lo agitaba apretándolo con fuerza con la mano,  como si fuese un predicador, y que vociferaba espantosas ideas sobre la maldad de los seres humanos que habían herido al mundo creando una gran grieta  que dejaba libre el infierno. Empecé a preocuparme al observar pequeños cortes en el cuerpo de mi hermano. Al principio, sólo aparecían en los brazos. Sin embargo, acabaron ocupando cualquier trocito de piel que quedase intacta. No sangraba demasiado, pero sospecho que se los hacía él mismo y eso me rompe el corazón. Sólo pienso que fue mejor para mi madre no vivir para verlo así. Mi padre… mi…

Mi hermano agoniza en su cama pues su debilidad es tan grande que apenas puede seguir latiendo su corazón. Y mi padre, que habla solo desde hace unos días, sé que está a punto de acabar el libro. Ya no come y tiene los ojos hundidos. Cuando le hablo no me mira y no suelta la novela en ningún momento. Es la tercera persona que me habla de “La herida” aunque, en su caso, apenas consigo entender lo que me dice porque balbucea y suelta frases sin sentido. Esta mañana le he descubierto en la cocina haciéndose pequeñas heridas en los brazos con un cuchillo. 

No hay programas de televisión, tampoco nadie nos habla desde la radio y los periódicos han dejado de imprimirse. Una extraña epidemia se ha extendido entre la población que no sale de sus casas y se aíslan entre ellos. Ya nadie contesta al teléfono. Hace mucho que no sé de Sara. Los predicadores se pudren en las esquinas y no se les recoge para darles sepultura. No sé qué hacer porque no entiendo a lo que me enfrento. Pero pronto lo sabré porque he encerrado a mi padre en el sótano y le he arrebatado el libro. Ha llegado el momento de cerrar las heridas y pasar página. Por primera vez en semanas, no temo llegar al final que alguien ha escrito para mí, para ti… para todos nosotros.

Esther Paredes Hernández

19 de Noviembre de 2016

 

Adiós

El día ya había empezado mal porque había pasado la noche en vela. Le resultaba imposible recordar cuántas vueltas había dado en la cama. A qué hora se había soltado la sábana del colchón y se le habían quedado los pies al descubierto. Cuánto habría sudado y tiritado a la vez. Pero todo tenía una terrible explicación, se sentía al borde de un precipicio y su cuerpo intentaba librarse de la desgracia y el dolor como fuese. Aunque sin éxito. El día ya había empezado mal y sabía, a ciencia cierta, que acabaría de la peor manera posible. Porque iba a despedirse de su hermano y tenía claro que no iba a ser capaz de encontrar la fuerza necesaria para decirle adiós.

Le encontraron muerto en el taller de coches en el que trabajaba. Alguien había entrado a robar y, al intentar impedirlo, le dieron varios golpes en la cabeza con una de sus herramientas. Parecía flotar sobre un río de sangre. Eso escuchó que le comentaba el testigo que le encontró, en voz baja, a uno de los policías. No era justo que muriese de esa manera tan violenta y que el miedo y el dolor fuesen lo último que sintiera antes de dejar de existir. No era ese el final que merecía su vida. Ahora su hermano se encontraba en el hospital, solo, porque debían hacerle la autopsia. Tenían que abrirle, rebuscar, cortar… pero también limpiar. Dejarían su cuerpo sin rastro de toda la sangre que le cubrió. Al imaginarle así, se consoló pensando que estaría dormido y sereno sobre la mesa de aluminio del forense.

A primera hora de la mañana, con la sensación de que no había pasado el tiempo desde la tarde anterior, llegó al hospital para saber cuándo estaría terminada la autopsia y podría enterrar a su hermano. La enfermera le pidió amablemente que esperase, que iba a preguntarlo. Se sentó en la sala de espera. En una incómoda silla blanca de plástico que pronto acentuó el dolor de espalda que apareció inmediatamente después de recibir la dramática noticia por parte de la policía . Sacó su móvil del bolso. Y la botella de agua que había cogido de casa. Se le secaba la boca a cada momento. Sentía la lengua áspera, como si estuviese hecha de esparto, y los labios le dolían porque los tenía llenos de finos cortes. Bebió.

Al deslizar la pantalla del teléfono con el dedo tembloroso por culpa de los nervios, descubrió que tenía una gran cantidad de mensajes de amigos que se interesaban por ella. Amigos, porque familiares ninguno. Su hermano era el único pariente que le quedaba. Los fue revisando aunque no tenía intención de leer ninguno. Hasta que descubrió, con gran sorpresa, que su hermano le había enviado un mensaje y  estaba claro que fue poco antes de morir porque la hora así lo determinaba. Al verlo, una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo provocándole una incómoda sacudida. Era muy doloroso leerlo pero, al mismo tiempo, necesitaba sentirle vivo aunque fuese por un instante más. Así que abrió el mensaje y lo que leyó le alteró el pulso todavía más. “Papá esta aquí. No me preguntes cómo es posible. Pero lo está. Te quiero, hermana.”

Estuvo mirando estas palabras mucho, mucho tiempo. Cerraba el mensaje, lo abría, apagaba el móvil, lo encendía de nuevo… y siempre aparecían las mismas palabras. “Papá está aquí…”.  Sintió que se convertía en agua y se deslizaba por el asiento resbalando hasta el suelo. Porque esa frase acababa de dejarla sin fuerzas, ni siquiera para seguir sentada. No. No podía ser. Se levantó y se dirigió a la salida, caminando con pasos lentos de anciana, cuando regresó la enfermera con noticias sobre su hermano y le impidió que se marchara. Podría trasladar su cuerpo al tanatorio en pocas horas. Estaría bien que esperase un poco más. Ella le indicó con un ligero movimiento de cabeza que accedía a quedarse. La enfermera apreció lo pálida que estaba y se lo hizo saber. Si se encontraba mal podría visitarla un médico, era normal perder las fuerzas en momentos tan difíciles. Ella le contestó, con un hilillo de voz, que no era necesario. Pero su corazón pedía ayuda a gritos ayuda.

Regresó a la sala de espera y se sentó detrás del todo. Quería pasar desapercibida mientras su cerebro intentaba procesar la información. Pasar desapercibida y mantenerse oculta. Pues, aunque parecía todo una locura de su hermano, no dejaba de pensar que su padre podría aparecer también allí. Quizás para reclamar el cuerpo de su hijo. Y quizás, el de su hija. Tal vez también la estaba buscando a ella. Sin embargo, qué tontería… ¿cómo iba a estar su padre…?

Allí. En ese preciso instante le vio allí mismo recorriendo lentamente el largo pasillo beige iluminado por los tubos fluorescentes. Desde lejos, no tenía mal aspecto teniendo en cuenta los años que llevaba muerto. Sintió que el tiempo se detenía y desparecían todas las personas que estaban a su alrededor. Sólo importaban su padre y ella.

Se levantó del asiento de plástico y caminó hacia él. Su padre la miró con unos ojos oscuros infinitos que ya habían visto la muerte y entendido la inmensidad de lo eterno. Abrió la boca pero de ella no salía sonido alguno. Se acercó y, próxima a él, pudo detectar los pequeños gusanos que se lo estaban comiendo poco a poco y algunos huesos descarnados que asomaban entre las grietas de su piel reblandecida. Seguía con la boca abierta cuando, por sorpresa, alargó el brazo derecho y abrió la mano dispuesto a cogerla. Ella gritó y echó a correr sin saber muy bien hacia dónde.

Recorrió pasillos, que parecían no tener fin, y bajó escaleras que la llevaban a nuevos laberintos. Hasta que llegó al sótano. A ese tétrico y frío lugar en el que se guardan los cadáveres. Y su padre la había seguido hasta allí. Pero por nada del mundo quería volver a verle de cerca. No sería capaz de revivir el dolor por su pérdida. Ahora no. Todavía no había podido llorar a su hermano. Todo le parecía de una crueldad inmensa e innecesaria. No necesitaba tanto dolor de golpe. Pero le resultaba difícil obviar que su padre había visitado a su hermano poco antes de morir. Se detuvo. Dio media vuelta y se colocó delante de él. Estaba frente a frente de esos ojos infinitamente negros que volvieron a mirarla. Él abrió la boca y, esta vez, sí que gritó. Con rabia. Una furia que retumbó en su pecho. Ella ya no pudo más y dejó escapar el dolor de su interior.

La enfermera la zarandeaba cuando despertó. Seguía sentada en el asiento blanco de la sala de espera y tenía alrededor a un hombre de seguridad del hospital y a varios curiosos que cuchicheaban y la observaban con extrañeza. A los pocos minutos, estaba tumbada en una camilla con un gotero de tranquilizantes. El médico de guardia se los había recetado. Le quedaban muchas horas de tensión por delante y debía fortalecerse. Le tranquilizó pensar que todo había sido fruto de los nervios y, al empezar a sentir los efectos de la medicación, pudo empezar a llorar. Eso era lo que necesitaba. Llorar y comenzar el duelo por la pérdida de su hermano. Ahora le quedaba toda una vida por delante llena de soledad y no se había preparado para eso. Las lágrimas le cansaban los ojos aunque aliviasen su corazón. Su teléfono se iluminó con la llegada de un nuevo mensaje. Confiada, deslizó el dedo por la pantalla y vio que provenía del móvil de su hermano. ¿No se suponía que todo había sido una alucinación? Lo abrió. “Papá y yo estamos aquí. Y hemos venido a verte. Te queremos hermana.”

Se sacó las agujas de los goteros de un tirón. Bajó de la camilla como pudo pues estaba muy mareada. Recorrió el pasillo, que la llevaría a la calle, con pasos torpes. Llegó a una bifurcación y, desorientada, no sabía hacia dónde debía dirigirse. Cayó en la cuenta de que la gente había desaparecido de nuevo, lo que le llevó a pensar que quizás volvía a estar alucinando, está vez con más intensidad por las drogas de los goteros. Se detuvo en medio de la encrucijada. Agotada y mareada. Y entonces regresó. Su padre apareció al final del pasillo que le quedaba a la derecha. Ella intentó no perder el control. Pero le resultaba muy difícil pues su padre esta vez se acercaba más deprisa que antes. Casi podía oler su cuerpo putrefacto cuando ya no pudo más y echó a correr hacia el lado contrario.

Giró la cabeza para ver si su padre seguía tras ella cuando resbaló y se dio un gran golpe contra el suelo. Se hizo mucho daño en el codo y en la cadera. Miró sus manos. Estaban llenas de sangre. Recorrió su cuerpo con la mirada y observó que se había vuelto de color rojo brillante. Pero ella no estaba herida. Había resbalado con un gran charco de sangre. Un río rojo que emanaba del cuerpo de su hermano que estaba en el suelo, a pocos centímetros de ella. Desnudo, gris y con la cabeza destrozada. Inerte y desangrado. Ella se echó hacia atrás, yendo hasta la pared a gatas. Él parecía no moverse… hasta que los dedos de su mano comenzaron a agitarse como si estuviese tocando las teclas de un piano invisible. Después de la mano, siguió el brazo y, tras él, la cabeza abierta se giró hacia ella. Sentía que se alejaba, que salía de sí misma para huir pues su cuerpo pesaba demasiado para levantarse y escapar de ese pasillo. La oscuridad parecía engullirla y ella se dejaba llevar.

Abrió los ojos tras un fuerte bofetón de la enfermera. Vio que estaba en la camilla. Ni pasillo ensangrentado, ni padre, ni hermano… Ella se puso a llorar y la enfermera se disculpó por haberle pegado pero se asustó porque no conseguía que volviera en sí. Su hermano estaba preparado para ir al tanatorio. Así que ya podía avisar a los de la funeraria. Pero no debía estar triste porque su padre había llamado para preguntar por ella. Había dejado un mensaje: “Díganle que pronto estaré allí. Y que la quiero.”

La enfermera la miraba con ansiedad pues estaba preocupada por su estado emocional, pero era cierto que se sentía aliviada al pensar que no estaría allí sola por mucho tiempo. Sin embargo, ella no podía explicarle la verdad pues no la creería. Aprovechó un descuido para salir del hospital. Cuando sintió el aire fresco de la calle, y escuchó los sonidos cotidianos de la ciudad, recuperó el control de nuevo. Todo volvía a ser real. Dejó sus cosas, incluso su móvil, en el hospital. No le importaba, ya le diría a algún amigo que lo recogiese. Obviamente, ella no estaba bien y debía protegerse o acabaría con una crisis nerviosa peligrosa. Se dispuso a cruzar la calle. Los semáforos estaban llenos de peatones. De personas normales que iban y volvían de sus trabajos o de sus casas… Entonces, todos desaparecieron y escuchó el grito de una mujer a la que no veía.

Se despertó en mitad de la avenida cuando un autobús esta a punto de arrollarla. Tuvo el tiempo justo para cerrar los ojos antes de sentir el fuerte impacto que le rompía por dentro las entrañas. Y después la oscuridad acompañada por las voces de su padre y su hermano que la llamaban desde el otro lado.

Antes de que la enfermera se enterase de lo que acababa de suceder, estaba preocupada por la chica que se había marchado del hospital sin sus cosas. Vio que llegaba un mensaje al móvil que se había dejado. Lo abrió. “Nunca debimos separarnos.” A la enfermera se le hizo un nudo en la garganta y, sin saber muy bien por qué, sintió la necesidad de llamar a su madre a la que no veía desde hacía varias semanas.

Esther Paredes Hernández

13 de Noviembre de 2016

El túnel

Resultaba cómico lo que estaba pasando, aunque no tuviese ninguna gracia en realidad. Pero no podía dejar de pensar que todo lo sucedido respondía a una broma macabra que alguien o algo había preparado expresamente para él.

La gente le miraba fijamente en aquel túnel subterráneo sucio, viejo y mal iluminado. ¿Con cuántas personas se habría cruzado mientras lo recorría? ¿Cincuenta? ¿Cien? Pues todas ellas le observaban serias y asqueadas, así era cómo le miraban. Vale, sí, sólo durante unos segundos y después volvían a lo suyo… pero ¿por qué?

Todo había comenzado al bajar las escaleras de la estación de metro cuando volvía a casa. Marcó un viaje en la tarjeta de transporte y caminó rápido para llegar al largo túnel, que le llevaría hasta su andén, lo antes posible. Enseguida se percató de que todos con los que se cruzaba le observaban descaradamente con gran desprecio. Pensó que podría ser porque tenía la cara manchada o la ropa o que olía mal… Sin embargo, no descubrió nada que pudiese despertar esa animadversión, no disimulada, en los demás.

Mirada tras mirada, después de muchos ojos molestos, empezó a sentir que las paredes de aquel maldito túnel encogían y que la luz amarillenta se convertía en una soga invisible que se arremolinaba lentamente en su garganta secándole la boca. Decidió caminar más rápido, casi llegó a correr, intentando divisar el final del túnel. Pero no había manera. Con el corazón encogido y latiendo demasiado deprisa, descubrió que, por más que se apresurase, siempre parecía estar en el mismo punto. Empezó a dolerle el pecho pues ya no soportaba que tantas personas le examinaran con esa rabia contenida, con esa dureza, una y otra vez. Se vio obligado a detenerse para recuperar el aliento y decidió dar la espalda a los transeúntes quedándose quieto de cara a la pared. Tenía a pocos centímetros las sucias baldosas, de color indefinido por la suciedad y la atmósfera negruzca del metro, y las líneas que se dibujan en ellas fruto de los líquidos hediondos que las recorrían. Pero prefería toda esta inmundicia a tener que ver la cara de nadie más. Resultó cómo esperaba: consiguió serenarse y recuperar el aliento que tanto necesitaba si no quería que alguna vena del cerebro le estallara o le explotara su corazón agotado.

Recuperada cierta calma, ideó un pequeño plan. Caminaría de cara a la pared. Tenía la intuición que, de esta manera, recorrería los metros que le separaban del andén sin tener más complicaciones puesto que, si no les veía, no le molestaban. Se entusiasmó y no pudo reprimir un pequeño grito de triunfo. Pronto, pronto se subiría al tren y volvería a casa. Y, una vez se sintiese a salvo, la pesadilla quedaría atrás. Empezó a dar pasos laterales y se pegó a las paredes intentando alejarse lo máximo posible de las personas con las que se cruzaba. Las palmas de las manos se iban volviendo negras y la ropa se le manchaba con la humedad que bajaba desde el techo, pero no le importaba. Sólo estaba centrado en comprobar que su instinto no le había fallado y que conseguiría llegar a la salida del túnel. Así que miró de reojo para comprobar que esta vez sí que avanzaba cuando la vio. Cerca de él había una mujer de cara a la pared, con los brazos caídos a los lados, que se balanceaba ligeramente hacia adelante y hacia atrás mientras balbuceaba palabras que él no alcanzaba a escuchar. Se acercó horrorizado, todo lo deprisa que le permitía caminar de lado, y se colocó junto a ella, brazo con brazo. Parecían dos niños traviesos castigados por su profesor del colegio.

Ella no se inmutó con su presencia y continuó hablando para sí misma de manera mecánica. Él observó que tenía los ojos cerrados, con los párpados muy apretados como cuando tenemos miedo y no queremos ver lo que tanto nos asusta. Él le preguntó qué le pasaba. Que si a ella también le miraban mal los demás. Pero la mujer no reaccionó. Entonces, la analizó con detenimiento y descubrió que estaba muy demacrada, que su pelo estaba muy sucio y húmedo por el sudor y que su ropa se había ennegrecido por el aire denso que se acumulaba en el túnel. Sintió pánico al pensar que ella estaba allí desde hacía mucho más tiempo que él y que no había conseguido escapar. ¿Correría la misma suerte entonces? No pensaba darse por vencido y, pasándole el brazo por la espalda, la agarró intentando transmitirle seguridad. Ella no opuso resistencia así que comenzaron a caminar de lado juntos. Poco a poco, dando pasos a trompicones, él vio de soslayo que se acercaban, por fin, a la boca arqueada del final del túnel. Animado, le contó al oído su descubrimiento y entonces ella despertó. De repente. Dejando salir un grito profundo en el que se mezclaban todo el horror y el frenesí que había acumulado. Logró zafarse de su brazo y corrió desesperada, tapándose la cara para no mirar de frente al resto de los pasajeros. Él no pudo detenerla y, pocos segundos después, escuchó el alarido de aquella pobre mujer muriendo destrozada en los raíles al ser atropellada por el metro que pasaba en esos instantes.

Él se quedó sin fuerzas y volvió a colocarse frente a todos aquellos que recorrían el túnel y que le miraban de esa manera tan horrible. No se habían alterado tras la muerte de esa pobre mujer enloquecida. Seguían transitando por el túnel como autómatas, sin mostrar otro sentimiento que el desprecio que le dedicaban. El metro asesino no se detuvo, no fue hasta allí personal de seguridad y todo siguió como si nada. Se puso, otra vez, de cara a la pared y cerró los ojos con fuerza para intentar alejar el miedo y la tristeza que le envolvían. Y empezó a balbucear una frase que acabó convirtiéndose en una especie de mantra para él: si no les veo, no están.

Dos días más tarde, una joven estudiante le rodeará con su brazo, situándose junto a él de espaldas a la gente, y le preguntará cuánto tiempo lleva allí y por qué todos les miran con tanto menosprecio. Sin embargo, él ya no podrá escucharla pues su cordura estará demasiado lejos como para darle una respuesta que tenga  sentido. Tan sólo soltará una gran carcajada pues todo le parecerá una gran broma que alguien o algo ha planeado para él.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 5 de Noviembre de 2016