Una tarde cualquiera

Eran las cinco de la tarde y había recogido a su hija del colegio. Era la primera vez que lo hacía en dos años. Acababa de perder el trabajo y, de repente, tenía todo el tiempo del mundo para pasarlo con ella. Lo que le había pasado debería haberle hecho sentir mal, sin embargo, era feliz como ya no recordaba. Y todo porque podía disfrutar de su pequeña. Su hija se lanzó a abrazarla en cuanto la vio pese a las protestas de la profesora por haberse salido de la fila. Pero a ninguna de las dos les preocupaba la maestra pues sólo querían aprovechar ese gran momento que les pertenecía por derecho propio.

Sacó el bocadillo del bolso, le quitó el papel que lo envolvía y se lo dio a la niña para que fuera merendando mientras llegaban al parque en el que habían previsto pasar la tarde. Caminaba sin poder evitar sonreír. Se sentía relajada y notaba el calor que se alojaba en su pecho al ver a su hija saltando y cantando mientras se comía el bocadillo. Recorrieron un par de calles y llegaron al camino de tierra que indicaba la entrada del parque.

La pequeña corrió hacia el tobogán en el que jugaban dos niños y ella supuso que eran amigos suyos. Así que se sentó en el banco que quedaba más cercano y que ocupaba un anciano que se protegía con un abrigo de lana gris y un sombrero negro. Parecía muy tranquilo y no apartaba la vista del tobogán. Ella supuso que era el abuelo de alguno de los niños con los que estaba jugando su hija.

Intentó entablar conversación con el viejo rompiendo el hielo hablando el frío que hacía esa tarde. Él no respondió, ni siquiera hizo un gesto que evidenciara que la había escuchado. Pero ella insistió en continuar hablándole con amabilidad. Con esa temperatura y tanta humedad era cuestión de tiempo que los niños empezaran a resfriarse. El anciano ni parpadeó. Seguía mirando fijamente a los tres pequeños. Esta vez se sintió algo avergonzada y optó por guardar silencio. No quería molestarle. Decidió pasar el tiempo con el libro que había cogido de casa. Cuando llegó el momento de irse, llamó a su hija y se despidió educadamente de él. El viejo no dijo nada y ella tampoco lo esperaba.

Las dos salieron del parque, recorriendo el camino de tierra, cogidas de la mano. Intentó sonsacarle a la niña información sobre el anciano, pero la pequeña estaba muy cansada y no tenía ganas de hablar. Acabó por llevarla en brazos durante todo el trayecto olvidándose del viejo del parque por completo.

Y no volvió a pensar en él hasta que le encontró en el mismo banco al día siguiente. Vestido con su característico abrigo gris y el sombrero negro. Su hija se reunió con sus amigos y ella aprovechó para intentar conversar con él. Así que le preguntó directamente cuál de los dos niños era su nieto. El anciano se mantuvo impasible y ella tomó la decisión de cogerle del antebrazo por si lo que pasaba es que estaba algo sordo.

Al tocarle, sintió ganas de vomitar. Bajo la manga de lana se escondía una masa hinchada y fofa que desprendía un olor asqueroso. Sorprendida no pudo reprimir alejarse y se cambió de banco. El viejo no se movió. Esa tarde, y esa noche, sí que pensó en él. Mucho. Durante horas estuvo analizando qué podía explicar lo que había sentido y qué le había empujado a salir huyendo de su lado.

A la tarde siguiente, no se sentó junto a él. Le apenaba no ser capaz de entender que era un señor mayor y que probablemente no pudiese cuidar de sí mismo demasiado bien. Pero no era sólo aquel olor, aquel cuerpo blando, era otra cosa mucho más profunda lo que le apartaba de él, una sensación como de… como de muerte. Sintió un nudo en la garganta. No le gustaba pensar así de aquel pobre anciano. Recordaba a sus abuelos, en cuánto les quiso y cuántas veces cuidaron de ella. Sin embargo, no conseguía controlar ese sentimiento que le espantaba y no tuvo el deseo de mirarle otra vez. Se limitó a quedarse observando a su hija mientras transcurría la tarde.

Los niños hacían turnos para deslizarse por el tobogán. Le tocaba a su pequeña cuando se tropezó con el último peldaño de la escalera y se cayó. La pequeña gritó al darse un fuerte golpe contra el suelo y empezó a llorar. Antes de que pudiese llegar hasta ella, el anciano se había levantado del banco y la había recogido. La niña se abrazó a él y se calmó. No parecía percibir nada extraño, en un instante, ya estaba reunida con sus amigos lanzándose otra vez por la rampa como si nada.

¿Cómo podía su hija no percibir ese olor dulzón y pegajoso de… de carne muerta? Pero debía darle las gracias así que se le acercó y lo hizo controlando las náuseas a duras penas. El viejo la miró en silencio con unos ojos que no la reconocían. Ella insistió y le preguntó su nombre. El anciano le contestó que no recordaba cuál era y regresó a su banco recuperando la costumbre de observar a los niños en silencio. Decidió seguirle para continuar hablando, hasta que consiguiera captar su atención, y no desistir por culpa del mal olor. De nuevo, le preguntó cómo se llamaba. Sin mirarla, le contestó que lo había olvidado. Ella quiso saber con quién iba al parque cada tarde y él levantó el dedo hacia el tobogán señalando a los niños. Después de eso, no consiguió que le dijera nada más y ella se sentó en otro banco porque ya no podía más.

Pero su hija sí tenía información para ella. De camino a casa, la niña quiso hablar de la caída del tobogán. Su amigo Sergio, por fin sabía cómo se llamaba, la había empujado porque quería tirarse antes que ella pero no era su turno. Después de aclarar quién era Sergio de los dos niños, le preguntó el nombre del otro amigo suyo. La niña no le entendía. Ella le describió a los dos amigos con los que jugaba y la pequeña le dijo que siempre jugaba con Sergio y nadie más.

-Entonces ¿Sergio es el nieto del abuelito que te ha ayudado a levantarte?

-Mamá, tú me has recogido del suelo.

Pasó la noche en vela y, sin saber por qué, sintió el fuerte impulso de dormir con su hija. Estaba asustada pero no sabía qué era lo que le preocupaba exactamente. Tenía la sensación de que algo iba a pasar. Quizás perder el trabajo de una manera tan repentina le había afectado más de lo que le gustaría admitir y le hacía temer que, detrás de cada esquina, le esperaba un peligro oculto que desconocía.

La tarde posterior se presentó extremadamente fría y ella hubiese preferido no pasarla en el parque. Pero no consiguió frenar a su hija que echó a correr en cuando vio a sus dos amigos en el tobogán. Ella estaba temblando. El frío le calaba hasta las huesos. Y empeoró al distinguir el abrigo gris y el sombrero negro en el banco. Una repentina rabia se adueñó de ella y fue directamente a por su hija.

Cogió a la niña, intentando disimular su ansiedad, y se acercaron al viejo. La colocó junto a él y señalándole preguntó quién era. Él contestó sin mirarlas que no recordaba su nombre mientras su hija le aseguraba que allí no había nadie más que ellas. Sin soltarle del brazo, y ya sin poder controlar el nerviosismo, regresaron al tobogán. Allí la pequeño le juró y perjuró que sólo estaba su amigo Sergio. La agarró de los dos brazos y la puso frente a ella, muy cerca, porque había perdido la paciencia y se había enfadado. No le gustaba que le mintiera y le gritó que parara. La niña se puso a llorar asustada al no entender lo que su madre le decía. Apareció la madre de Sergio y le lanzó una mirada preocupada mientras cogía a su hijo de la mano y salían del parque.

Les observó alejarse sintiéndose avergonzada y culpable. Pero se dio la vuelta y allí seguía el anciano observando al otro niño invisible deslizándose por la rampa. La tarde había terminado de repente y el cielo se había vuelto negro. Las farolas se encendieron y era hora de regresar a casa. Pero no podían irse, no hasta que aclarase lo que estaba pasando. Le pidió disculpas a su hija y le pidió, por favor, que no volviese al tobogán, lo mejor sería que fuese a los columpios. Cuando vio que estaba distraída se acercó al viejo. Tiritando por el frío y con las manos en los bolsillos en un intento absurdo de sentirse protegida.

Al sentarse junto a él detectó claramente que el olor que desprendía era mucho más pestilente que antes. Incluso, ahora que se fijaba más, vio que el color de su piel no era normal y parecía hincharse poco a poco. Le pidió, por favor, que le explicara quién era. La boca le temblaba tanto que temió que no le hubiese entendido. Pero pronto comprobó que sí y el anciano señaló a su nieto fantasma. Ella observó al niño detenidamente y cayó en la cuenta de que siempre hacía lo mismo, que una y otra vez subía y bajaba por el tobogán, nada más. No recordaba que hubiese hablado con Sergio o con su hija. Entonces el anciano se levantó y abrió los ojos y la boca de una manera antinatural y excesiva. Gritando tan fuerte que el suelo retumbó y se agitaron los árboles. Pero sólo ella le escuchó. Todos pensaban que se había levantado un viento enérgico que arrancaba las hojas secas de las ramas.

El viejo gritaba mientras señalaba a su hija que se columpiaba muy fuerte y estaba llegando demasiado arriba. Sintió que debía correr hacia ella y así lo hizo con el corazón en la garganta. Mientras se acercaba, vio horrorizada que una de las cadenas se rompía haciendo que su pequeña saliese despedida. Su cuerpo sacó una fuerza inesperada y llegó a tiempo para cogerla. La niña lloró en sus brazos y ella lloró también porque tenía la certeza de que el anciano le había salvado la vida. Le buscó con la mirada pero ya no estaba en el banco. Ni el niño en el tobogán. No le importaba. Tan sólo quería seguir abrazada a su hija mientras el resto de padres y niños se acercaban preocupados por ellas. Todos llegaron a la conclusión de que esa tarde podría haber acabado en tragedia.

Nunca más volvió a ver al viejo en el parque y eso que lo deseaba con todas sus fuerzas pues se había convertido en su ángel de la guarda. Incluso estaba dispuesta a tolerar su mal olor y a limitarse a estar sentada a su lado en silencio. Buscó durante años reconocer su característico abrigo gris y su sombrero negro. Lamentaba profundamente no haber podido conocer su historia. Así que, por su nieto y por él, siempre se sentó en su banco respetando el lugar que él ocupaba y observaba fijamente a los niños que jugaban en el tobogán. Por si acaso.

Esther Paredes Hernández

27 de Noviembre de 2016

2 comentarios sobre “Una tarde cualquiera

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