Un despido improcedente

La pesadilla comenzó cuando su jefe les comunicó que iba a recortar gastos para poder mantener abierto el concesionario de coches. Y eso significaba que había decidido despedir a uno de los dos empleados. Un péndulo afilado pendía sobre sus cabezas y cualquiera de ellos podía acabar con el cuello rebanado.

Era un cobarde. Siempre lo había sido. Así que no protestó, no intentó hacerle la pelota al jefe, no jugó sus cartas. De hecho, ni siquiera llegó a repartirlas. Sin embargo, se consumía viendo cómo su compañero, día tras día, le tomaba la delantera sin ningún tipo de pudor. Como cuando llevó dos dibujos que había hecho su hija: uno para el jefe y otro para él. Qué juego tan sucio utilizar a la niña para tener ventaja.

Su compañero parecía estar muy seguro de que acabaría siendo él quien conservase el empleo. Así que le miraba con desprecio, mostrándole una sonrisa llena de cinismo mientras fumaba sus asquerosos puros y le echaba el humo en la cara hasta hacerle toser. Menudo gilipollas. 

Lo peor de todo era que vivía esta angustiosa situación en soledad. No podía compartirlo con su mujer porque estaba embarazada de cuatro meses. Sabía que se desmoronaría y no soportaba verla llorar. Tenían muy pocos ahorros y no podían permitirse estar los dos sin trabajo. Era cuestión de días que su jefe les comunicara su decisión, así que optó por esperar a contárselo hasta entonces.

Una tarde, a la vuelta del concesionario, su mujer le obligó a mantener una dura conversación respecto a su hija Judith. Le contó que la niña se mostraba triste cada vez más a menudo y se retraía en su mundo con demasiada facilidad. Ella creía que uno de los motivos era su escasa, por no decir nula, relación padre-hija y le pidió que hiciese un esfuerzo.

Él, como siempre hacía, puso como excusa el horario de trabajo que apenas le dejaba tiempo para poder pasarlo con la niña. Pero ella no cedió esta vez. O arreglaba las cosas entre ellos o habría consecuencias. Le confesó que se sentía muy decepcionada. Los dos sabían que su relación no pasaba por un buen momento y que este embarazo había sido un imprevisto con el que no contaban. No iba a permitir que las cosas en casa continuaran igual.

Desde luego, no se encontraba en su mejor momento para empezar a estrechar lazos con la niña. Lo que menos le apetecía era ponerse a jugar a princesas con el problema tan grande que tenía. Pero no podía decirlo y su mujer hablaba en serio. Su matrimonio corría serio peligro si no se esforzaba con Judith.

Tenía que admitir que apenas había mostrado interés por su hija porque todo lo relacionado con el color rosa, los vestidos brillantes o las muñecas le traían sin cuidado. Quizás si se hubiese tomado la molestia de mirarla a los ojos o de cogerla de la mano alguna vez, se hubiese percatado de que su color preferido era el amarillo (el color del sol) y que le encantaba subirse a los árboles para sentirse como los pájaros.

No la conocía en absoluto porque se la había perdido durante seis años. Se había perdido reír con sus ocurrencias locas o sus primeras caídas de la bici. No sabía muy bien por dónde empezar así que decidió imitar a su compañero de trabajo y pedirle a su hija un dibujo para ponérselo en el corcho de la oficina. Él también era capaz de jugar sucio si se lo proponía.

Judith estaba colgada boca abajo de la rama del árbol del jardín mientras canturreaba la última canción que le habían enseñado en la escuela. Su pelo castaño, mecido por el vaivén de sus movimientos, casi rozaba las puntas quemadas del césped.

Él carraspeó al llegar junto a ella y a punto estuvo de caerse por la sorpresa de verle. La niña le miró con cara de miedo, como si esperase que la regañara por alguna cosa. Se disculpó y le dijo que enseguida entraba en casa a jugar. Él le explicó que le gustaría mucho que le hiciera un dibujo para presumir en el trabajo.

A Judith se le iluminaron los ojos y una gran sonrisa mostraba la alegría que sentía en esos momentos. Apenas había terminado su frase, cuando la niña bajó del árbol y regresó al interior dispuesta a ponerse a trabajar con el lápiz y el papel. Se sorprendió de lo sencillo que había resultado relacionarse con su hija y así se lo contó a su mujer para intentar calmar sus ánimos.

Antes de cenar, la pequeña le entregó un sobre de color rosa en el que había escrito “Te quiero, papá” con un montón de soles alrededor. La niña le pidió que no lo abriese hasta que se fuesen a dormir. Sentó a la niña en sus rodillas y le agradeció el esfuerzo con un gran beso y un fuerte abrazo. De nuevo, sintió que era muy fácil quererla. Pero no lo dijo en voz alta, esta vez se lo guardó para él porque había sentido un amor sincero.

Después de cenar, su mujer se dispuso a darse una ducha y él se metió en la cama mientras la esperaba para ver juntos el dibujo de su hija. Pero no pudo aguantar la curiosidad y abrió el sobre. Extrajo con cuidado la hoja y la desplegó. Sonrió orgulloso al descubrir los bonitos trazos que había hecho la niña con mucho esmero.

Para su sorpresa, teniendo en cuenta que Judith sólo había estado en el concesionario un par de veces, no faltaban los detalles: las mesas en las que se cerraban los tratos con los clientes, las horribles plantas de tela y la puerta del despacho del jefe. Un escalofrío recorrió su cuerpo al leer las palabras que la niña había escrito y que parecían salir de la puerta entreabierta. “Dinero para papá”.

Escuchó que su mujer había terminado de ducharse y, sin saber muy bien por qué, volvió a guardar el dibujo. Aquellas letras infantiles se le habían enroscado en la garganta como el nudo de una corbata invisible. Tragó saliva con el afán de alejar la inquietud que sentía al pensar que su hija podría haber intuido sus problemas. Escondió el sobre en el cajón de su mesita de noche y se hizo el dormido para que su mujer no le preguntara por él.

La presión en el concesionario comenzó a ser insoportable. Su compañero y él apenas se cruzaban una palabra, se habían convertido en enemigos, y el jefe no salía de su despacho. Hacía un calor insoportable. Los pantalones se le humedecían en las zonas de la entrepierna y el trasero por culpa de su desgastada silla de polipiel de color negro.

No había manera de detener las gotas que le bajaban desde la frente y recorrían su rostro haciéndole molestas cosquillas. Se sentía sucio, viejo, desgastado como la silla. Era un cobarde que aguantaba estoicamente el devenir de la vida mientras ésta no le diese una buena patada en el culo para que avanzase.

Su compañero parecía una chimenea fumando sin parar sus asquerosos puros. Contaminando aún más el ambiente e impregnando su ropa de ese olor pegajoso y asqueroso. En un momento dado, cuando ya no sabía qué hacer para pasar el rato sin quedarse dormido o vomitar por el olor de los cigarros, decidió vaciar su vejiga por hacer algo de provecho.

De camino al cuarto de baño, cruzó por la puerta entreabierta del despacho de su jefe y le pareció verle contando una impresionante cantidad de dinero. De hecho, consiguió ver varios montones sobre la mesa al mirar por el rabillo del ojo. Siguió su camino hacia el baño aunque apenas sentía ya la vejiga, sólo pensaba en el dibujo de su hija. “Dinero para papá”.

Al regresar a casa por la tarde, le pidió a la niña que le hiciese otro. No tenía nada que perder. Probablemente la situación le estaba superando, porque parecía un loco pensando que su hija podía ayudarle, pero situaciones desesperadas, merecen medidas excepcionales. Además, su mujer quería que pasaran tiempo juntos ¿no?.

La pequeña, por supuesto, se mostró encantada. Él se sentó junto a ella y aprovechó para hacerle un pequeño interrogatorio, intentando averiguar cómo había sabido que su jefe guardaba tanto dinero en su despacho. Y, sobre todo, por qué había escrito que era para papá.

Ella, mientras dibujaba, se limitó a encogerse de hombros. Esta vez le pidió que imaginara el despacho de su jefe aunque la niña nunca había entrado allí. Cuando Judith le entregó el papel, no pudo abrir más los ojos. Había conseguido plasmar el despacho de su jefe a la perfección. Pero añadiendo algunos elementos que parecían ser fruto de su fantasía. Aunque sintió una especie de alarma al valorar la posibilidad de que pudiesen existir.

En la hoja se veía una pequeña caja fuerte escondida detrás de una de las horrendas plantas de tela. Era una especie de un cuadrado pequeño en la pared dónde podían guardarse muchos billetes. La niña había escrito una serie de números. Era el código de la caja fuerte. Había otro detalle que le provocó un escalofrío: una pistola sobre la mesa del despacho. Y, de nuevo, escrito del puño y letra de su pequeña Judith “Para papá”. Estas palabras estaban escritas al lado del arma.

La niña le miraba alegre como si no entendiese la envergadura del mensaje que se escondía detrás de aquel regalo. Él, asustadizo por naturaleza, lo rompió en pedazos provocando el llanto desconsolado de su hija. Su mujer, encolerizada, le desterró a dormir en el sofá por tiempo indefinido hasta que tomase una decisión sobre su matrimonio. Al llegar la noche, la familia estaba rota lo mismo que el dibujo.

La oscuridad que había invadido la casa era espesa y él no podía dormir. Volvía a sudar sin poder evitarlo. Esta vez por el nerviosismo de sentirse a merced de los demás, su jefe y su mujer iban a decidir por él su futuro sin preguntarle si tenía algo que decir al respecto. Sin embargo, quizás Judith le había proporcionado la llave sin saberlo.

Su hija le había brindado la oportunidad de ir por delante por una vez en su vida. Se levantó del sofá y fue al dormitorio de la niña. Descubrió que la pequeña había intentado pegar los pedazos del dibujo. Sus inexpertas manos no lo habían hecho demasiado bien pero podían leerse lo números de la supuesta caja fuerte que estaba oculta tras la planta de tela.

Eso era todo lo que necesitaba. Cogió una hoja en blanco y esbozó un sol enorme en el que escribió sus nombres dentro. Después besó a Judith, teniendo cuidado de no despertarla, y dejó el mensaje en una esquina de la almohada para que lo descubriera por la mañana. Después, entró en la cocina para coger un par de guantes de látex de los que utilizaba su mujer para limpiar.

Eran las dos de la madrugada cuando aparcó el coche a dos manzanas del concesionario para que nadie pudiese identificar su coche cerca del lugar. Mientras se dirigía hacia allí caminando, elaboró un pequeño plan. Iba a coger todo el dinero. Bueno, lo que necesitara en caso de despido. Tampoco quería abusar. Eso sí, estaba dispuesto a que fuese su compañero el que pareciese el culpable. Quería darle una lección a ese imbécil engreído.

Atravesó el parking del concesionario ocultándose entre los contenedores  de basura y los arbustos secos que rodeaban los pequeños muros. Apretaba el dibujo de su hija con una mano y con la otra, las llaves de la puerta de entrada. Volvían a sudarle las manos por culpa del látex y se sentía torpe, pero todo aquello lo hacía por su familia, por él. Tras asegurarse de que nadie pasaba por la calle, entró en el local.

Pronto encontró lo que buscaba. En la papelera de su compañero, había varias colillas de sus apestosos puros. Cogió un par y se dirigió al despacho de su jefe. Enseguida se dio cuenta de que había alguien dentro porque un halo de luz asomaba de la puerta que estaba algo abierta.

Su primer impulso fue esconderse tras una mesa sin hacer ruido. Esperó y, tras extrañarse al no escuchar ningún ruido, salió del escondrijo para acercarse al despacho. Quizás su jefe se había dejado la luz encendida al marcharse a casa.

Su mujer a varios quilómetros de allí se levantó de la cama sintiendo los ardores típicos del embarazo. Fue hacia la cocina a por un poco de agua que aliviara ese pequeño infierno desatado en la boca del estómago. Al pasar junto al dormitorio de su hija, se extrañó al descubrir que estaba encendida la luz de la mesita de noche. Abrió la puerta y encontró a Judith dibujando frenéticamente en la cama.

La llamó por su nombre y se acercó preocupada porque la pequeña no levantaba la vista del papel. Tuvo que arrancárselo de las manos para conseguir que reaccionara. Lo que vio reflejado en la hoja le puso los pelos de punta y le hizo olvidar el dolor de estómago en un segundo. Corrió al salón en busca de su marido. Aunque, en su fuero interno ya sabía que no le encontraría durmiendo en el sofá. Intentó llamarle pero pronto descubrió que había dejado su móvil sobre la mesa.

Judith fue hasta su madre que tenía la mirada agitada porque su cerebro buscaba una explicación a lo que estaba sucediendo. Decidió llamar al concesionario. El dibujo de su hija le decía que era allí dónde estaba su marido y ella, sin saber por qué, creyó que era cierto lo que se veía en esa hoja llena de manchas de color rojo sangre.

Él se dirigió al despacho con las colillas en la mano. Comprobó que era cierto que no había nadie dentro. Suspiró aliviado y colocó los restos de los puros de manera que pareciese que su compañero era el ladrón. Después, siguiendo el dibujo, tecleó los números de la caja fuerte. Sin embargo, al abrir la puerta de metal no había rastro del dinero.

No sabía qué pensar. Se sentía estúpido. Escuchó el ruido de la cisterna y el sobresalto le sacó de golpe de su ensimismamiento. El teléfono de la oficina empezó a sonar y se fijó en que había pistola dónde había indicado su hija. Pero vio algo más, una bolsa llena de billetes. Alguien se le había adelantado y todavía no se había marchado.

A partir de ese instante, los acontecimientos se precipitaron como rocas que se despeñan de las montañas. Escuchó unos pasos que se acercaban al despacho y sólo pensaba en su mujer y en su hija. Entonces recordó que el arma le estaba esperando, tal y como había escrito Judith: “Para papá”. La agarró y apuntó hacia la puerta.

Ella esperaba con ansiedad que su marido cogiera el teléfono. Sin embargo, fue su compañero de trabajo el que contestó. Y le contó una historia que no podía creer. Una mentira que también contó a la policía. Les dijo que él llevaba unos días comportándose de manera extraña y decidió vigilarle de cerca. No se equivocaba y le sorprendió robando el dinero de la caja fuerte. Al verse descubierto, cogió el arma y se suicidó.

Ese embustero no contaba con que Judith y su madre conocían la verdad. Porque el dibujo que la niña había hecho aquella noche mostraba algo muy diferente. Su padre había muerto asesinado por su compañero.

Con el paso de los años, siguieron de cerca al homicida y esperaron con paciencia una señal, una muestra de cómo acabar con él. Sin embargo, parecía que Judith ya no era capaz de evocar el futuro en sus dibujos. Había perdido ese don.

Hasta que Daniel, el pequeño de la casa que nunca conoció a su padre, aprendió a hacer trazos en las hojas de un viejo bloc. Unos dibujos que plasmaban cómo podían vengarle. Y así lo hicieron en honor a un padre que dio la vida por ellos.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 26 de Mayo de 2017

Terminado a las 11:49 h

¿Mens sana o psicosomatizando que es gerundio?

Llamadme ilusa pero creo que esto de la psicomatización del estrés o cómo nuestra mente gobierna nuestro nave corporal mientras atraviesa el océano de la vida me parece una solemne tontería.

Siempre, siempre, he intentado luchar contra mi estrés, buscar maneras de vivir con más felicidad, he hecho terapia, yoga, deporte, he cuidado mi alimentación… Ahora tengo cáncer pese a todo.

¿Debo pensar, entonces, que mi mente enferma ha enfermado mi cuerpo? Ya sé que todos lo que decimos es que “ayuda” o “favorece” en nuestra salud, no nos pillamos los dedos con eso, pero al final es lo que pensamos: qué estrés llevaba o es que se toma las cosas muy a pecho.

Tengo, además, un cáncer que no debería tener. Según las estadísticas, no cumplo los parámetros de la edad ni el sexo ni siquiera tengo el linfoma en un lugar común. Y la quimioterapia me hace sentir extraña constantemente, me produce muchos dolores y ha cambiado mi cuerpo por fuera. Que yo sepa, mi mente no está jugando otro papel ahora mismo que no sea el de intentar llevarlo como pueda día a día, rato a rato. Mi mente es una mera espectadora que intenta disfrutar de la película mientras le sienten bien las palomitas de colores.

Llamadme ilusa pero he descubierto que en las enfermedades graves, que son las que de verdad nos asustan y preocupan porque está nuestra vida en juego, la mente es la mente e influye lo que influye. En esos momentos, es el cuerpo y la medicina, lo estrictamente médico lo que nos hará mejorar o no. Ya podemos sonreír todo lo que queramos, hasta que se nos desencaje la mandíbula, si el tratamiento no funciona, no funciona.

Tengo la sensación de que nos esforzamos por creer que la mente nos salvará de la muerte o de padecer enfermedades peligrosas. Porque todos tenemos miedo. Pero olvidamos que nuestro cuerpo físico es realmente el protagonista en estos momentos.

Mi enfermedad va a marcar mi futuro el resto de mi vida. Podré llevarlo mejor o peor a nivel emocional, pero no quiero tener la responsabilidad de pensar que el estrés, que mi falta de control de las emociones o una mente “insana” es la que me pone en peligro. Porque no es verdad.

Cuidemos nuestro cuerpo para que nuestra mente no deba cuidarlo, sino disfrutarlo.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 17 de Mayo de 2017

Dentro

Dentro no había nada.

Recorrió el largo y amplio pasillo mientras revisaba, habitación por habitación, si quedaba algún resto de las personas que habían habitado aquel lugar. Ya sabía la respuesta.

La luz que penetraba desde el exterior era insuficiente para iluminar los rincones de la casa. Que, por cierto, estaba llena de ellos. Rincones sucios, orinados, que olían a ratas.

El silencio era aplastante y le reconfortaba. Ni cantos de pájaros a lo lejos ni suaves susurros del viento atravesando las ventanas rotas. Relajó la espalda y el cuello con ligeros movimientos circulares como si de un luchador se tratara.

Aquella enorme y hermosa casa estaba vacía. Como él. Se encontraba en mitad del pasillo sin mochila, sin móvil. Había cargado hasta allí con una buena maza para derribar las paredes.

Hizo crujir sus dedos. Cogió el mango de la maza y lo estranguló con fuerza dispuesto a destrozar aquella casa hermosa y maldita que se lo había arrebatado todo.

Su mujer fue la primera en encontrarla. Había salido a dar un paseo y la descubrió por casualidad. Eso es lo que los dos creyeron entonces. Le sorprendió una tormenta que apenas le permitía ver por dónde pisaba. Acabó perdida y desesperada. Al toparse con la casa, que podía servirle de refugio, se sintió muy afortunada.

Cuando el cielo se despejó, la luz comenzó a entrar por puertas y ventanas. Ella pudo admirar de inmediato la grandiosidad de los detalles decorativos de la casa. Los techos altos, los arcos que formaban las puertas y las robustas paredes. Comenzó a hacer fotos de todo lo que le llamaba la atención y regresó a nuestro hogar entusiasmada.

Al día siguiente, fueron juntos y tuvo que darle la razón: era magnífica. Hicieron más fotografías de aquel lugar compuesto por una amplia planta baja llena de habitaciones y un piso superior al que no se podía acceder porque la escalera estaba en un pésimo estado.

Por la noche, acurrucados en la cama, revisaron juntos las imágenes que habían tomado. Ella estaba agotada y se quedó dormida antes. También había estado muy callada durante la cena. Quizás el agua de la tormenta le había provocado un resfriado.

Él continuó mirando el material que habían conseguido aquella tarde. Descubrió algunas instantáneas extrañas. Se veía claramente a su esposa, cámara en mano, en el marco de la puerta de una de las habitaciones. Y junto a ella aparecía una mujer. Para ser honestos, era más bien una sombra que parecía pertenecer a un ser femenino.

Aquella extraña silueta oscura sólo aparecía en las fotografías tomadas en esa habitación en concreto. Y se le veía tan próxima a su mujer que prácticamente estaba sobre ella. De hecho, en la última, parecía sujetarle del hombro y estar hablándole al oído.

Él olvidó conscientemente ese hallazgo, que le ponía los pelos de punta, porque ella pasó dos días con fiebre y no quiso sacar las cosas de quicio para no molestarla en ese estado. A veces, nuestros propios miedos pueden desvelar verdades que necesitan salir a la luz por muy horribles que sean. Prefirió mirar hacia otro lado y no volver a ver aquella sombra que se cernía sobre su mujer y que, de alguna manera, había empezado a cambiarla.

Durante ese estado febril, ella conversaba con alguien en la oscuridad del dormitorio. Delirios justificó él. Gimoteaba en sueños y, en más de una ocasión, se despertó en medio de alarmantes alaridos llenos de terror. Delirios.

Pocos días después de que se recuperara, su mujer llegó a casa con los brazos llenos de sangre y la mirada perdida. Él, alarmado, llamó a la policía. Ella no recordaba gran cosa, tan sólo que había vuelto a la vieja casa y después, sin saber cómo, estaba frente a su marido manchada de sangre. Cuando le limpiaron los brazos descubrieron que la sangre era suya y que procedía de unos profundos cortes que formaban la palabra Vuelve en sendos antebrazos.

Ella estaba confusa y muy preocupada. Le daba pavor no poder acordarse de lo que había sucedido durante las horas que pasó en interior de aquella casa. Pero él, aconsejado por la policía, le convenció de que todavía estaba débil por la fiebre y que lo mejor sería no volver a ese lugar que tanto parecía impresionarla.

Después del suceso, su mujer acudió a un terapeuta por iniciativa propia y, tras unas pocas sesiones, todo quedó olvidado. O eso quiso creer él. Una noche se despertó y ella no estaba en la cama. Tras buscarla por toda la casa, supo muy bien dónde debía buscarla. Le daba miedo admitirlo, pero la amaba y su obligación era salvarla de sí misma o de aquella sombra malvada que ansiaba arrebatársela.

Dejó el coche en la entrada del sendero. Las hierbas altas y los árboles curvados no le permitían llegar con él hasta la puerta. La noche era fría pero no lo notaba. Sólo pensaba en encontrarla a salvo y que no fuese tarde. Cogió la linterna y comenzó a gritar el nombre de su mujer. Silencio. Estaba temblando y apretaba tanto la mandíbula que podría haber roto sus dientes con sólo un poco más de fuerza.

Entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación en la que las fotografías habían mostrado aquella figura. Y allí estaba su mujer. Desnuda. Envuelta en la más absoluta oscuridad. Llevaba en las manos gran tornillo retorcido y oxidado con el que escribía algo en su piel.

Corrió hacia ella y vio que había trazado la palabra Vuelve, esta vez, por todo su cuerpo. Incluso había pintado este mensaje por las paredes también desnudas y con su propia sangre.

Él intentó quitarle el tornillo de las manos. Pero ella se resistía. Con los ojos opacos. Porque su mente estaba a quilómetros de allí. No se hallaba en aquel lugar y él no se sentía capaz de averiguar dónde estaba atrapada.

Ella soltó un alarido y le dio un empujón que le hizo caer hacia atrás. El tiempo justo para que se clavara el tornillo en los ojos hasta destrozarlos. Con el cuerpo y el rostro ensangrentados comenzó a caminar lentamente hacia él. Se movía con los brazos extendidos y una expresión extraña en la boca. Él no pudo soportar más horror y apagó la linterna.

Escuchó que se detenía a escasos pasos de él y que caía desplomada en el suelo. Encendió la linterna y la vio en el suelo con el tornillo clavado en la yugular. Estaba agonizando delante de él. Las piernas se agitaban con los últimos movimientos previos a la muerte.

Y acabó todo.

Vuelve.

Tardó un tiempo en darse cuenta de que el mensaje era para él. A él era a quién esperaba ese terror nocturno en aquella casa que se lo había quitado todo por ser un cobarde. Pero ya no. Y eso era lo que había hecho, regresar.

Dio el primer mazazo en una de las paredes en las que todavía había restos de la sangre de su mujer. La pared gritó. La casa entera gritó. Pero él no se detuvo y golpeó de nuevo. Quería que saliera. Quería verla.

Sintió que alguien ponía su mano inerte y helada en su hombro. Clavándole las uñas hasta rasgarle la carne. No le importaba el dolor. Ya no. Giró el rostro hacia ella y se encontró cara a cara con sus ojos enrojecidos, enloquecidos, con la fiereza de la venganza. Ella abrió su boca llena de gusanos y él levantó la maza. La oscuridad se cernió sobre él como un remolino.

Semanas después, una pareja de excursionistas encontró su cuerpo desnudo tirado en el suelo del amplio pasillo. Hinchado. Gris. En un lecho de sangre seca. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y era evidente que había muerto a causa de un fuerte golpe en la cabeza que le había destrozado el rostro.

Lo que no entendieron fue lo que parecía ser una especie de mensaje que había intentado escribir antes de morir. No vuel_

Debatieron, aquella noche mientras intentaban alejar el horror que habían descubierto, si ese pobre hombre habría intentando advertir a quién le encontrara de que no volvieran a aquella casa.

Pero lo hicieron. Primero, ella regresó. Y, más tarde, cuando ella apareció desangrada, él.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 13 de Mayo de 2017

Terminado a las 19:45 h

Un círculo que debe ser un cuadrado

Hoy es mi cumpleaños. Y, aunque ya lo sabía, ha coincidido con el primer día de la fase de dolor que sufro tras las sesiones de quimio. Pese a saberlo de antemano, me ha dejado algo rota por dentro. Supongo que no ha ayudado que la última semana, antes de esta sesión, no me sentí demasiado bien y ayer desperté tras varios días de haberme marchado mentalmente Dios sabe dónde. Es un lugar al que mi cerebro viaja cuando la realidad física me supera y me quedo sin recursos mentales para combatirla.

Antes del diagnóstico, pasé más de ochenta días con fiebre alta. Ni un solo día dejé de tener fiebre. Un mínimo de quince horas al días. Había intervalos de unos veinte minutos de descanso pero nada más. Mi cerebro se transformó en una especie de calabaza asada. Era incapaz de mantener una conversación o de leer. Tenía graves lapsus de memoria y en lo único que podía centrarme era en intentar no volverme loca y sufrir una crisis nerviosa.

No podía salir de casa y pasaba las horas delirando o viendo (sin ver) todo lo que contenía Netflix a través de la tablet tumbada en la cama. Descubrí, con el paso de las semanas, que mi cerebro se desconectaba. Que se marchaba a alguna parte. Como si sufriera una especie de desmayo pero con los ojos abiertos y sin perder la consciencia. Porque era capaz de controlarme la temperatura con el termómetro, de beber, de comer, de hablar… Sin embargo, existen grandes agujeros temporales en los que no sé qué pasó a mi alrededor, qué hicieron mis hijos y mi marido, qué les hice o les dije yo…

Por lo visto, es una especie de mecanismo de defensa que he desarrollado. Ahora que ya tengo el tratamiento, he advertido que en las semanas más duras continuo haciéndolo. Sin darme cuenta de cuando sucede, entro en un círculo del que no soy capaz de salir porque no sé que estoy dentro. Solo soy consciente de ello al regresar. Lo peor de esto es que no vuelvo renovada, con energía, con ideas, motivada… No. Simplemente despierto.

Creo que voy a algún lugar inerte, inactivo y frío que existe en un rincón de mi cerebro. Y esto empieza a preocuparme. Esos días en los que me sumo en esa especie de sopor camino, hablo, me relaciono… pero no estoy presente. Después, apenas recuerdo nada.

Lo he comentado con mi hematólogo, me ha explicado que probablemente sea fruto del estrés, un mecanismo que me ha ayudado en estos largos cinco meses. Así que está en mis manos transformar ese círculo tóxico en, quizás, un cuadrado. Hoy era el día perfecto para entrar en el círculo otra vez. Pero le he hecho una promesa a mi hermana: escribir aunque fuese una línea. Y yo por ella, hago lo que sea.

Es mi cumpleaños y sí, me duelen los dedos al teclear. Pero precisamente para eso empecé a escribir esta especie de diario. Para poder seguir sintiendo que soy yo misma y dibujar un cuadrado mental lleno de luz y con una gran puerta por la que salir o entrar cuando quiera.

Me comprometí a escribir la verdad. Aquí tenéis un pedazo más.

Escribí los dos primeros párrafos de la novela (sí ya sé que es muy poco) y me sentí muy bien por arrancar. Pero mi cerebro de calabaza asada no dio más de sí y todavía no he podido terminar el relato de este mes. Quizás si hoy no me dejo arrastrar por el tornado circular consiga mañana centrarme en mi pantalla cuadrada del ordenador.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Mayo de 2017

Dedicado a mi Hermana, que es mi General en esta guerra y que siempre lo ha sido también en mi vida. Te quiero.

Una pequeña mentira y Metallica

Esta fotografía muestra la sonrisa traviesa de alguien que sabe que no cumple su palabra. O al menos, no del todo.

¿Cuándo dije que había llegado el momento de arrancar las primeras frases de esa novela que quiero escribir? ¿En el post publicado el 27 de abril? Ya sé que no será una historia que cambiará el mundo ni a las personas. Ni siquiera a las que tengo alrededor. Es cierto que apenas sé qué pretendo contar en ella. Sin embargo, me cambiará a mí. Porque habré cumplido el trato que me he hecho a mí misma: proporcionarme el placer de la escritura y alimentar mi artista interior como si fuese una caprichosa niña pequeña mientras aprendo.

Vale, pues nada. Tengo las primeras líneas en mi cabeza pero no han pasado a la pantalla del ordenador. De manera, que en cuanto termine este post voy a vomitarlas sin pensármelo.

stephen

¿Recordáis que tengo este vinilo en mi pared? Está en mi dormitorio para poder leerlo cada día. Y lo veo bastante teniendo en cuenta las veces que necesito reposo. Pues el miedo está haciendo que me distraiga constantemente y no me centre en el principio. Sin embargo, voy a hacer el esfuerzo de dejar aparcado el nuevo relato hasta que arranque. Y eso que me apetece mucho terminarlo porque ya tengo pensado el final. Pero distracciones tramposas 0, Esther 1.

Desde hace meses me siento como si anduviera temblorosa sobre arenas movedizas ¿podré aprovecharlo para conseguir un valor que parece que no tengo? Lo que de verdad temo no es escribir, sino lo que puede suponer para mí hacerme un regalo cuando he creído, desde que era pequeña, que no lo merecía. No deja de ser una cuestión de trampas mentales y emociones mal gestionadas, ya lo sé.

Pero no hablemos del pasado otra vez. Ya he puesto la lista de Spotify de Metallica con la que trabajo (cuando trabajaba de guionista y no estaba de baja). Así que termino el post y empiezo la novela. O al menos vomito lo que tengo en la cabeza.

Suena Enter Sandman. Vamos allá. Os cuento pronto.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 2 de Mayo de 2017

 

 

 

 

 

 

 

Escribir (desde) la verdad

Hoy es uno de esos días en los que el dolor no me permite concentrarme en personajes de ficción. Tengo a medias el próximo relato pero debo controlar la ansiedad de terminarlo. Hoy, desde luego, no podrá ser.

El dolor agota, desgasta pero te recuerda en qué lugar te encuentras. Tu cuerpo agotado es una realidad aplastante, una verdad imposible de ignorar.

Pero es la verdad el aspecto que más quiero trabajar y desarrollar en mis textos ahora mismo.

De diferentes autores he extraído la conclusión de que escribir bien puede hacerlo cualquiera que lea mucho y tenga cierto talento. Pero escribir de verdad eso requiere valor, riesgo y hay que aprender a desarrollarlo.

Para mí ha sido una revelación. Nuestros libros favoritos no siempre están escritos por el mismo autor y, por ello, no tienen el mismo estilo. Sin embargo, todos ellos irradian verdad. Sus personajes existen para nosotros. El autor está en cada línea, en cada diálogo, en cada descripción.

Por mi profesión de guionista, nunca he tenido que preocuparme por este tema. A veces se escribe en equipo; otras, interfiere la Productora o la Cadena de televisión. Por lo que “mi verdad” puedo no mostrarla del todo y tener mis emociones protegidas casi siempre.

Desconozco en qué punto me sitúa a mí todo esto a partir de ahora, pero es cierto que debo mostrar verdad en lo que escribo si quiero que mis relatos y la novela emocionen a aquellos que los lean.

De nuevo, la enfermedad me ayudará a trabajar este aspecto pues no hay más verdad que saber que hoy mi cuerpo necesita descansar y que, haga lo que haga, él tiene el control.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 1 de mayo de 2017

¡Red-volución! o cuando se crea una red de ideas y sentimientos compartidos

Cumplir años tiene ventajas y desventajas (como todo en la vida). Pero un aliciente que he descubierto desde hace poco más de dos años, quizás la crisis de los 40 tuvo algo que ver, es que las nuevas generaciones son tan generosas como para enseñarme cuestiones que jamás hubiese imaginado poder llegar a conocer o entender.

Estas generaciones, a las que se les cuestiona demasiadas veces injustamente, han resultado para mí ser un aliciente, un aire fresco que estimula mis ideas, mi manera de comunicarme y me hace abrir los ojos a una nueva forma de comprender el mundo.

Todo esto me lleva a poner un ejemplo, a la magnífica Elia Santos y para que sirva como muestra, este es su blog: https://eliasantosblog.wordpress.com

Elia se ha tomado la molestia de leerme, de comentar y de guiarme. Precisamente en esta etapa compleja de mi vida en la que no siempre tengo la mente clara y pensar con claridad se reduce a días concretos. Así que Elia, gracias. Millones de gracias.

Que me hayas regalado este corazón y creas que tengo historias interesantes que contar me alienta. No sabes hasta qué punto. Así que me comprometo contigo a aumentar el tamaño de ese corazón con trabajo y con ganas.

Al enviarme este corazón debo continuar con la cadena de buenos sentimientos (tal y como lo describiste tú misma en tu post) los blogs que elijo son:

https://macalderblog.wordpress.com Porque los poetas son las personas más valientes del mundo. Son capaces de despojarse de su traje de piel y dejar el corazón al descubierto, en nuestras manos.

https://circolunar.wordpress.com   porque su particular manera de ver el mundo, su pasión y su energía son contagiosas. Tanto, que cuando lees sus textos puedes llegar a sentir cómo sus ideas caminan por tu interior.

https://donovanrocester.com porque su talento habla por él y no es necesario que añada nada más.

Obviamente, debería poder poner a todos los blogs con los que comparto mi tiempo y mis sentimientos. Porque es un placer poder seguiros y leeros cada día. Abrís de par en par la ventana de mi cerebro y el oxígeno es vital para la vida. Muchas gracias, Elia y muchas gracias a todos los demás.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 1 de Mayo de 2017