Árbol seco

Estaba muerta. Lo sabía por todas las señales que estaba recibiendo de la Vida, del Universo, de lo que fuera.

Y no sólo porque veía a los demás seguir mirando el cielo cada día, poniéndose las gafas de sol y sonriendo a las nubes vaporosas. Sino porque había signos de continuidad para los demás excepto para ella. Estaba quieta, esperando, mecida por el viento mientras se secaba sin poder evitarlo.

En los últimos días sentía que sus brazos podían partirse de un momento a otro y que su tiempo de cordura acabaría cuando se desmembrara del todo. Su cuerpo crujía porque se moría. Sus venas estaban desapareciendo y sus raíces eran incapaces de sujetarla al mundo. Acabaría cayendo al suelo y quizás se desvaneciera para formar parte de él.

Estaba muerta. Condenada. Le había costado reconocerlo pero los indicios estaban ahí para que pudiera leerlos con facilidad, con dolorosa facilidad.

No se lo había buscado, no se lo merecía, pero iba a pasar de todas maneras. La espera era agotadora, espesa como el chocolate amargo y caliente. La conciencia viajaba a través de ella, a pesar de ella, en un vano intento de escapar.

El día y la noche significaban lo mismo. Y apenas podía recordar quién había sido en el pasado porque no sabía quién era ahora. Sólo alcanzaba a discernir el lugar en el que se encontraba.

Apareció allí una tarde mientras daba un paseo. Como solía hacer todas las semanas, al menos una vez. Ese día el cielo estaba ligeramente gris y una brisa fresca le recordó que debería haber cogido una chaqueta.

El camino lo conocía a la perfección, tanto, que podía recorrerlo con los ojos cerrados o mirando a su alrededor sin prestar atención de dónde pisaba. Lo amaba porque le llevaba hasta una pequeña arboleda formada por especímenes antiguos y gigantes en los que se sentaba a leer durante un par de horas.

Sin embargo, esa tarde ni el extraño silencio que la acompañaba le hizo temer que algo diferente, algo definitivo, iba a suceder antes de que acabara su excursión. Hasta que sus pasos le llevaron hasta los árboles secos que conformaban el bosque y lo comprendió todo sin tener la oportunidad de dar media vuelta para salvarse.

La brisa se transformó en viento y sintió miedo. Tanto, que apretó su libro con las manos hasta que sus dedos se quedaron blancos. La sangre se paralizó. Se agazapó en el cerebro y en el corazón con la esperanza de que no sucediese nada malo si se quedaba quieta. Pero no pudo evitarlo.

El pecho, las costillas se partieron como se parte un pedazo de pan duro. Al quebrarse, las hierbas se movieron. Y ella cerró los ojos esperando lo peor dejando caer el libro al suelo.

Y entonces supo que ya no podría dar más paseos. Los árboles no permitirían que regresara a casa. Sus pies se transformaron en raíces que se clavaron en el aquel suelo injusto, cruel, asesino que se había adueñado de sus sueños, de sus alegrías y que le alejaban del amor de los suyos.

Aquella tarde ella dejó de existir tal y como se conocía a sí misma para ser una árbol seco. Un árbol más de aquel bosque maldito. Muchas veces los niños jugaban a esconderse tras ella o unos enamorados compartían confidencias a sus pies, ahora raíces que intentaban alimentarse sin éxito del suelo. Incluso un chico encontró su libro, el que nunca acabó de leer, y lo disfrutó recostado en su tronco sin saber que pertenecía al árbol que le cobijaba.

Pequeños momentos de felicidad de otros en los que ella buscaba consuelo durante la larga espera. La eterna espera. Aunque el tiempo empezaba a acabarse para ella. Sentía su cuerpo seco y quebradizo.

¿Acaso el resto de árboles secos habían sido personas como ella? Lo desconocía. El viento no le hablaba, jamás lo hizo. Lo único que sabía con seguridad es que estaba muerta mientras la Vida le hablaba a los demás y guardaba silencio para ella.

Quizás si la buscas, podrías salvarla. Busca un camino, localiza el bosque que hay al final del sendero y acércate al árbol que esté más seco. Susúrrale, cógele de una de sus ramas ásperas y dile que la esperas. Que no permitirás que se rompa en pedazos y se funda como agua para terminar desapareciendo.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Junio de 2017

Terminado a las 18:12 h.