La sed

Desde que soy consciente no he experimentado que las personas se percataran de mi presencia cuando me cruzaba en su camino. Incluso probé a ir desnuda por la calle en un par de ocasiones. Sin éxito. Invisible. De manera que hace una semana decidí que no tenía porqué seguir viviendo ni un día más en esa soledad no merecida y comencé a planear mi suicidio. Pero no pensaba matarme de cualquier manera, quería que reflejara los años de condena a la que había sido sometida sin ningún motivo. Sentía sed de venganza. Una sed profunda que no sabía si podría satisfacerse con mi muerte pero debía intentarlo. Por mí.

Tras considerar durante varias horas el arma que utilizaría, acabé comprando por internet un cuchillo de una recomendadísima marca japonesa. Encargué el más grande que encontré en su página web. Visualicé que tendría un filo que me degollaría con sólo rozar mi piel. Que dibujaría una línea perfecta y mortal como si mi cuello fuese pescado crudo de textura mantecosa.

Había decidido suicidarme en medio de la plaza más concurrida de la ciudad. Seguro que una vez muerta me pisotearían y caminarían sobre mí como si fuese basura. Pero no me importaría, una vez muerta ya no sería consciente de su desdén.

No quería morir sola. Eso era todo. Por mucho que la sed de justicia me hiciese sentir como si ardiese por dentro,  lo cierto es que necesitaba percibir el calor humano cerca de mí para reunir el valor suficiente para cumplir mi plan y degollarme correctamente. No cabía la posibilidad de quedar malherida. La meta era la muerte.

Salí de casa con el cuchillo en la mano y la piel de gallina pues no quise vestirme de otra cosa que no fuera con odio y abandono. Sabía que no era necesario esconder el arma porque nadie iba a mirarme. Una vez que llegué a la plaza me situé en el centro. Me gustó sentirme como una gran actriz en su espectáculo final. La actuación más sublime. Sin embargo, como era de esperar, ni un ojo me prestó atención y ya se sabe que sin público no hay actuación.

El sol se reflejó en el cuchillo y experimenté un escalofrío. Por primera vez, el miedo me hizo vacilar. Desnuda, temblando, no contaba con más apoyo que el afilado metal que podía quitarme la vida. Llevaba la muerte entre mis dedos.

Les observé suplicante y me acerqué a ellos pues no deseaba morir, pero tras su conocida ignorancia recordé que no podía continuar viviendo de aquella manera. Así que alcé el cuchillo y grité con toda la furia que pude hasta que se me quebraron las cuerdas vocales.

Entonces las personas que paseaban por la plaza empezaron a girarse hacia donde yo estaba y me miraron. Uno a uno, fueron abriendo los ojos y las bocas de par en par, aterrados porque habían descubierto a una mujer desnuda con un cuchillo en la mano. ¡Qué maravilloso momento! En aquel instante empecé a existir para ellos ¡yo era real! Gritamos todos juntos, con un terror compartido, asustados por el cambio.

Pero pensé que quizás ya era tarde. Para ellos y para mí. La sed se volvió más fuerte, secando mis emociones, mis ojos. Y me hizo entender que el plan había dado un giro inesperado. Que en realidad la historia no había hecho más que empezar. Y corrí hacia ellos rebanando aquellas gargantas desagradecidas mientras me miraban. Esta vez sí que me veían.

Y su sangre calma mi sed desde entonces y hasta siempre.

©Esther Paredes Hernández

Valencia, 13 de Octubre de 2017

Terminado a las 13:49