El cobijo

Dicen que el abrazo de una madre nos conecta con el amor que sentimos mientras flotamos en su vientre esperando nacer. Ese tiempo en el que disfrutamos del cobijo mágico donde se gesta nuestra existencia.

Había tachado los días del calendario los últimos meses como recordatorio de que ese último año estaba siendo una larga condena. Él se había largado de su vida dejando claro que no estaba enamorado de ella. No le tembló la voz ni se le nublaron los ojos cuando le dijo que la dejaba.

No la amaba y había descartado darle una segunda oportunidad a su relación.

La casa se llenó de ecos por culpa de los rincones deshabitados. Y por la noche, las sombras acariciaban las paredes con dedos afilados como cuchillas. El sofá pareció crecer de tamaño y ella prefirió ocupar su vieja butaca del salón por miedo a que éste se la tragara.

Comenzó a verse a sí misma como una bayeta usada, blanda y sucia. De manera que cuando le llamaban sus amigos para ir a verla o ayudarle a salir de la casa, se negaba. No soportaba que la viesen de aquella manera. Al final, dejaron de intentarlo y la dieron por perdida. Como ella había hecho consigo misma.

La falta de trato con el exterior la arrastró a una desconexión con la realidad que no le permitía conciliar el sueño, y menos en esa cama medio vacía, así que empezó a usar la butaca para eso también.

Sentada en ella se sentía segura. Allí le dio de mamar su madre y le hacía dormir al cobijo de su pecho y sus brazos mientras crecía. La necesidad de sentir ese amparo provocó que no se levantara de ella si no era para prepararse la comida o ir al baño.

Con el paso de los días, la comida pasó a ser innecesaria y decidió que podía orinar en una palangana. Un 12 de Noviembre dejó de moverse por la casa. Y una semana después, ya no sentía las piernas. Ni dolor. Se había convertido en un fantasma.

Pasaba el tiempo concentrada en la sensación de su tierna infancia cuando todavía podía disfrutar del cobijo de su madre. Cerraba los ojos y se mecía a sí misma mientras susurraba una canción de cuna.

Estaba serena. No necesitaba nada más. Y de esta manera fue como perdió la consciencia. La encontraron caída sobre el suelo y no reaccionaba cuando la llamaban por su nombre y la sacudían con cierta fuerza.

Despertó confusa en el hospital justo cuando una enfermera le estaba cambiando el gotero del suero. Se alegró de que hubiese abierto los ojos y le contó que estaba ingresada desde hacía dos días. Llegó a urgencias deshidratada y con una gran infección de orina que le había afectado a un riñón.

Menos mal que su madre la encontró a tiempo y llamó al hospital. Nadie pudo convencerla de que no la acompañara en la ambulancia y le estuvo sujetando la mano durante todo el trayecto. La enfermera, emocionada, le contó que después pasó la primera noche tumbada junto a ella abrazándola.

Cuando se marchó al día siguiente, les dijo a todos que siguieran cuidando de su hija. Ella debía marcharse a descansar. La enfermera continuó explicándole que nadie del personal dudaba que era una suerte tener una madre como la suya.

Ella no tenía fuerzas para hablar demasiado pero podía sonreír. Y lo hizo mientras daba media vuelta y acurrucaba las rodillas imaginándose en el regazo de su madre. No pensaba desilusionar a la enfermera explicándole que su madre llevaba muerta más de veinte años y  que no volvería a visitarla al hospital.

Suspiró y cerró los ojos para dormir por primera vez en meses. Su madre, que le había dado la vida, también se la había devuelto al mostrarle que valía mucho más que un vulgar trapo sucio. Era una mujer que merecía una segunda oportunidad.

No estaba sola.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Noviembre de 2017

Terminado a las 10:48h

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

En la cueva

En el agua de la lluvia halló la constatación de que se había salvado. Las gotas caían sobre su rostro aliviando su miedo y le hicieron saber que todavía le quedaba una oportunidad. No era capaz de apreciar que estaba rodeado por centenares de árboles desnudos de hojas y que se mostraban ante él como un ejército de lanzas apuntando hacia la tormenta desafiándola. Lanzas negras afiladas dispuestas a morir por él. Inclinó la cabeza hacia atrás, dirigiéndola hacia el cielo gris con los ojos cerrados, disfrutando de la libertad pues había logrado salir de la cueva.

Un domingo por la tarde recibió una llamada que puso todo su mundo del revés. Un policía le habló despacio, con la voz forzadamente tranquila, le dijo que era su deber informarle del accidente que había sufrido su mujer. Mortal. Muerta. Hospital. Esas fueron las únicas palabras que su cerebro consiguió procesar por culpa del frío desgarrador que había congelado su cuerpo.

Muerta. Vacío. La vida sin ella se transformó en un infierno que le engullía día tras día. Un gran agujero surgió en su estómago y era una presa fácil para el dolor. De ahí nació el nudo con el que tiraban de él hacia las profundidades. Apareció una gran mancha de sudor en el colchón provocada por la tristeza de no poder escuchar respirar a su mujer a su lado. El mundo que le rodeaba cambió drásticamente hasta el punto de no poder reconocerse a sí mismo cuando se miraba en el espejo.

Pensó que no recuperaría la tranquilidad. Que su mente se volvería insaciable y le consumiría. No quería vivir así. Pero tampoco acertaba a encontrar una solución. Hasta que una salida se mostró ante él en forma de llamada telefónica. Su móvil sonó varias veces hasta que decidió contestar porque en la pantalla aparecía el nombre de su mujer y aquella llamada no pertenecía a la realidad.

Resolvió la cuestión respondiendo. Quería escucharla aunque fuese producto de su cerebro descontrolado. Al otro lado, se escuchó una respiración agitada que reconoció. Pronunció su nombre pero no consiguió que ella profiriese algo más aparte de esos jadeos profundos y extraños. La conexión se cortó dejándolo en la más absoluta oscuridad. Perdido.

Sonó, retumbando entre las paredes desnudas de su casa, el aviso de un mensaje. De nuevo, enviado desde el número de su mujer. No había palabras escritas, sino números. Sus neuronas se agitaron con ansiedad. Deseaba descifrar el enigma más que cualquier otra cosa en aquellos momentos. ¿Un mensaje encriptado? No ¿Una fecha? No ¿Un lugar? Sí. Unas coordenadas que pertenecían a un lugar situado a escasos kilómetros de su casa.

Se vistió con las manos temblorosas y con una sonrisa en la cara que parecía una mueca por la tensión que se escondía en el interior de su boca. Escasos minutos después, introdujo la llave de contacto y puso en marcha su coche dirigiéndose al lugar en el que esperaba volver a ver a su esposa muerta.

La dirección le llevó hasta lo más profundo del bosque. A una cueva que tenía la forma de una boca abierta al abismo más negro. Su móvil sonó. Apareció el nombre de su mujer. Al aceptar la llamada, reconoció las inspiraciones entrecortadas y artificiales. Esta vez dieron paso a una risita nerviosa y enloquecida. La voz juguetona y macabra de su mujer le dijo. “entra” antes de cortar.

Encendió la luz de linterna del móvil y eso hizo.Tras dejar atrás el mundo exterior, se encontró rodeado de paredes de piedra y nada más. Cerró los ojos un instante. Por primera vez, vaciló en sus intenciones y valoró la posibilidad de que allí le hubiese convocado su dolor extremo y desquiciado. No iba a encontrar a su esposa. Las dudas le envolvieron cuando algo le acarició el rostro sobresaltándolo. La luz de su móvil se apagó.

Sintió otra caricia. Fría pero que le quemaba la piel. Y percibió perfectamente que provenía de una mano. Llamó a su mujer y su nombre retumbó entre la piedra dando paso al eco. El móvil iluminó la cueva y la observó con más atención. El eco le mostró la pequeña entrada de un túnel. Debería arrastrarse por el suelo si decidía investigar hasta dónde le llevaba.

Con el móvil en la boca, comenzó a recorrerlo sin importarle lo que la tierra le hacía a sus antebrazos ni los arañazos que las piedras dibujaban en su rostro. El mismo rostro que acababa de acariciar una mano sobrenatural.

El túnel se alargaba demasiado y esto empezaba a pasarle factura. La sangre le resbalaba por la frente y le goteaba sobre sus ojos produciéndole picor mientras le nublaba su vista. La mandíbula le dolía y apenas podía sujetar el teléfono con la boca unos metros más. Los pulmones le ardían por la falta de oxígeno y se sentía muy mareado. La sangre golpeaba sus sienes con la fuerza de un martillo.

Se detuvo a descansar. Aunque más bien para morir. Aquel agujero subterráneo era una trampa mortal. Ni más ni menos. Escupió el móvil y se estiró. Apoyó la cabeza sobre su brazo izquierdo y se dispuso a abandonarse. Escuchaba su respiración exhausta y supo que le quedaba poco tiempo.

Recordó los ojos llenos de vida de su mujer, grandes y brillantes, resplandecientes. Y su mano suave cuando le cogía del brazo cuando paseaban. Y el olor de su pelo al recostarse sobre su hombro… Empezó a sentirse reconfortado por condenarse en aquella oscuridad al intentar recuperarla.

Y entonces escuchó su respiración pausada junto a él, escondida tras la pared. Sonaba como cuando ocupaba su lado de la cama. Volvían a dormir juntos compartiendo un sueño eterno. Disfrutó de su compañía aunque no pudiese verla porque habitaba en el interior de la roca.

Sintió que no era suficiente, que quería encontrar su mano y su pelo. Así que usando primero el móvil y después sus dedos, comenzó a escarbar las duras paredes del túnel. Ahora sólo escuchaba los esfuerzos que hacía por no dejarse llevar por el dolor de sus manos descarnadas que apenas conseguían separar las piedras de la tierra húmeda.

Comenzó a distinguir que la risa nerviosa de su mujer provenía de todas partes. Como una burla injusta. Y eso le enfureció. No iba a consentir que todo aquello fuese un juego. Estaba dispuesto a morir por ella si no conseguía sacarla de aquel agujero en el que estaba enterrada. Porque los separaron antes de tiempo, porque su vida no debería haber terminado tan pronto, porque ella no merecía desaparecer.

Arañó con toda su rabia, con la frustración de no haber podido protegerla y sus dedos se quedaron sin uñas mientras conseguía abrir un agujero, un camino que le ayudase a liberarla. El pequeño gusano por el que se introducía mientras sacaba tierra era más estrecho que el túnel que dejaba atrás. Y no había luz que le indicase hacia dónde se dirigía.

Su cuerpo estaba cada vez más oprimido y la sangre no recorría sus venas con libertad lo que hacía que sus extremidades se fuesen durmiendo. Esto le daba ventaja sobre el dolor que deberían producirle los cortes profundos. Cada vez que la idea de abandonar se le pasaba por la cabeza, la voz llena de locura de su mujer le animaba a seguir. Cada metro que conquistaba disminuía la distancia que le separaba de ella.

No supo cuánto tiempo había pasado ni lo que había recorrido cuando cayó al vacío. Se quedó paralizado por la sorpresa. Sin entender hacia dónde se dirigía, se golpeó contra el suelo. Continuaba a oscuras. Supo enseguida que se había roto dos costillas por lo menos. Le dolía el abdomen cuando lo hinchaba pero había más oxígeno en aquel lugar y podía respirar con menos esfuerzo al respirar. Cuando consiguió calmarse, supo que la había encontrado.

En mitad de aquella nada, apareció un punto brillante. Un diminuto rayo de luz que comenzó a crecer e iluminó la cueva en la que había caído. Sí, estaba otra vez en la cueva a la que había entrado. La luz provenía claramente del túnel que tanto sufrimiento le había causado.

De allí asomaron dos manos que se arrastraban por el suelo. Dos manos, dos brazos rígidos, una melena larga y sucia que ocultaba un rostro conocido. El cuerpo roto de su mujer, manchado de sangre y barro, le provocó pavor y tristeza a partes iguales. Se dio cuenta de que así la había enterrado: rota.

Continuaba sangrando, en una muerte infinita que la mantenía atrapada en aquel lugar. Ese cuerpo maltrecho y desnudo, gris y rojo, se incorporó tambaleándose y alzó la cabeza para que viera la sonrisa malvada con la que le despreciaba. Ella no merecía morir. Los dos lo sabían. Ella no quería morir. Él tampoco. Sólo había pretendido recuperarla pero eso que estaba temblando y retorciéndose delante de él ya no era su mujer. Era otra cosa. Ya no quedaba amor en ella. Sólo miedo y dolor.

Se acercó y le cogió de la mano. Percibió el intenso olor dulzón de la podredumbre de la carne y se sintió asqueado. Los huesos de su mujer se volvieron cuchillas que comenzaron a rasgar su piel. Ella soltó su risa siniestra. Y él entendió que iba a matarle.

No estaba dispuesto a pasar la eternidad atrapado en aquella oscuridad pegajosa como una tela de araña.  Intentó dar media vuelta para escapar. Pero ella sujetó su otra mano retorciéndola hasta partirle la muñeca y el dolor le nubló la consciencia por unos instantes. Reaccionó al sentir cómo tiraba de él para llevarle hasta las profundidades.

Clavó en ella sus uñas y sus dientes, como hiciera antes en las paredes del túnel cuando la buscaba, y la traspasó. Partiéndola en dos. Consiguió liberarse y salir de aquella cueva en la que nunca debió entrar. La noche lloraba desatando una tormenta. Y los árboles del bosque le rodeaban dispuestos a luchar por él contra la muerte.

Pensó que nunca volvería a entrar en ese lugar, a acercarse hasta ese portal que conducía al abismo. Sin embargo, lo que no sabía era que le costaría mucho cumplir esa promesa. Pues en más de una noche fría, se despertaría con el profundo deseo de encontrarse de nuevo con aquello en lo que se había transformado su mujer.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 7 de Noviembre de 2017

Terminado a las 12:19h