La receta

El amor siempre se ha relacionado con la comida porque conecta directamente con el acto primitivo de sobrevivir alimentándonos. Vinculándolo además con el placer de nutrir a nuestros sentidos mientras mantenemos vivo el fuego que hacer hervir el agua y que puede acabar consumiéndonos si no conseguimos frenar los impulsos.

Él eso lo sabía bien. Aunque hacía tiempo que había admitido que no era buen cocinero, ni siquiera un pinche decente. Ella estaba decepcionada, cansada de esperar a que aprendiese, y se había puesto a cocinar sola. De vez en cuando, sólo de vez en cuando, le daba a probar un sorbo de lo que preparaba. En esas pocas ocasiones, su mujer llenaba la cuchara de madera con placer humeante y se la acercaba mientras soplaba con delicadeza formando un delicado círculo con sus suaves labios. Como cuando le besaba tiempo atrás.

Ella ponía su pequeña mano debajo de la cuchara para evitar manchar el suelo. Él se consumía por el deseo de cogerla y lanzar la cuchara lejos para poder besar esos labios ligeramente apretados. La comida habría quemado sus pechos y el dolor hubiera sido palpable abandonando su corazón por un instante. Sin embargo, su mujer no le miraba a los ojos en ningún momento. Sólo estaba pendiente de la cuchara. Compartía con él el sabor de su nueva receta nada más y nada menos, pues sólo eran migajas.

Se metió en la ducha y abrió pronto el grifo buscando el calor del agua pues sentía que su cuerpo estaba demasiado frío ese día. Pronto una cortina de líquido tibio le acarició el rostro como una mano femenina invisible que le tranquilizaba. Cerró los ojos para poder sentirlo y así estuvo hasta que reunió las fuerzas necesarias para ir a buscarla.

Su mujer estaba en la cocina y lo que estaba preparando olía de maravilla. Y ella también. Su piel reaccionó con intensidad cuando sus sentidos se desbordaron con la mezcla de los perfumes. Rocas, árboles, nubes, sol, flores silvestres, ella rozando el mango del cuchillo y partiendo, desgarrando y cortando todo lo que caía en sus manos.

Él tenía el pelo húmedo y pensó que por eso le dolía tanto la cabeza de repente. Respiró hondo y se acercó hasta ella con una forzada sonrisa. Su mujer le daba la espalda porque trabajaba concentrada. No le importaba, sabía que tendría el gesto serio como últimamente.

—Vaya, por fin te has levantado.

—¿Qué hora es?

—Casi mediodía.

—Huele de maravilla. ¿Es una nueva receta?

—Sí. Creo que por fin he encontrado la mejor.

—¿Puedo probarla?

—Todavía no.

Se hizo un silencio espeso y vacío. Sólo el sonido del reloj marcaba el ritmo de la guerra sanguinaria que se estaba librando entre ellos. Ya no quedaba un resquicio de piedad. Él se limitó a quedarse junto a su mujer. Respirando como podía tras ella. Se consoló imaginando que sus alientos se unían en algún lugar mientras se elevaban hasta el techo de la cocina.

—Ya está. He terminado.

—¿Me dejas probarlo ahora?

Ella continuaba de espaldas y no contestó. Escuchó que alguien abría la puerta de la casa y se sobresaltó. Nadie aparte de ellos tenía la llave para entrar.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

La voz de su mujer retumbaba en la entrada, en el pasillo. A él se le hizo un nudo en la garganta mientras agudizaba el oído, la vista, intentando ver quién había entrado en su casa y por qué parecía ser su mujer.

—Cariño ¿sigues en la cama? Qué bien huele ¿qué estás cocinando?

Él no conseguía entender lo que estaba ocurriendo porque esa voz, esa manera de hablar inconfundible, la conocía desde hacía más de veinticinco años.

—Voy a ducharme ¿vale?

Volvió de nuevo la vista hacia la espalda de su mujer que continuaba cocinando como si nada. Decidió no decirle nada hasta comprobar por él mismo que todo era fruto de su imaginación agitada. Escuchó el agua de la ducha y entró en el cuarto de baño. Detrás de la cortina podía adivinar la silueta de su mujer. Se acercó despacio y abrió ligeramente la cortina. Allí estaba ella: magnífica, fuerte. Se giró hacia él y le sonrió.

—¡Cierra, por favor, que entra el frío!

Él obedeció y regresó a la cocina más confundido todavía. Albergaba la esperanza de no encontrar a nadie allí, pero su mujer seguía enfrascada en la nueva receta. La observó manteniendo la distancia porque comenzó a tenerle miedo. Su mente, su alma era incapaz de entender cómo era posible que estuviera dándose una ducha y en la cocina al mismo tiempo.

Sintió una pena profunda, un desasosiego estremecedor, y tuvo la necesidad de colocarse junto a ella al lado de aquel fuego que acababa de apagar. Estaban a punto de alimentarse con lo que había cocinado. Pudo observar cómo su mujer, que continuaba sin darse la vuelta, agarraba el cuchillo cuando ya no quedaba nada más que cortar y respiraba con bocanadas irregulares. Tenía la cabeza ligeramente agachada hacia adelante y el pelo le cubría gran parte del rostro.

Dio un respingo cuando escuchó que ella también cerraba el grifo de la ducha al otro lado de la casa. El tiempo pasó demasiado rápido y el pasillo se llenó de los pasos de su mujer que se asomó por la puerta de la cocina.

—Bueno, estoy muerta de hambre. ¿Podemos comer ya?

Él la vio en el umbral por el rabillo del ojo porque no podía apartar los ojos de su mujer que comenzaba a girarse sin soltar el cuchillo. Contempló aterrorizado la rabia y el miedo en sus ojos profundos e interminables. Ella gritó de rabia mientras le asestaba furiosas puñaladas y le despedazaba para siempre.

También gritó desde el umbral de la puerta de la cocina mientras era testigo de cómo su marido se hacía pedazos, se desmembraba a sí mismo en pequeñas partes para ser cocinado a fuego lento.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 30 de Abril de 2018

Terminado a las 09:29 horas.

12 comentarios sobre “La receta

  1. Parece que también alimentaron ademas del amor, el odio que como primo hermano del otro, conoce de los sigilos impropios para convertirlos suyos al destrozo de lo físico, con las papilas gustativas colapsadas de adrenalina vertida como saliva…me gusto Esther, beso enorme mujer.

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