La mecedora

Estaba a punto de asomarse por la puerta y descubrir lo que su marido estaba haciendo desde hacía varias noches. Pero no quería verlo.

Inmovilizada por el espanto, estaba allí de pie, con los pies descalzos en mitad de la noche. Envuelta por la oscuridad fría que se había apoderado de su casa. Un sonido rítmico la mortificaba, el vaivén de la mecedora que su marido y ella habían comprado para la habitación del bebé. Una mecedora, que ayudaría al pequeño a dormir mejor, le había arrebatado el sueño. Porque lo que le preocupaba no era que se estuviera moviendo, sino averiguar por qué su marido estaba sentado en ella. Ese era el motivo de su miedo.

Pasara lo que pasara después de esa noche, se decía a sí misma que no era culpable del grave deterioro mental de su marido. Porque estaba segura de que él no había descubierto sus mentiras. Nunca le confesó que no quería ser madre. Se limitó a evitar quedarse embarazada mientras era cómplice de las obras que se hacían en casa para tener una habitación más, la que sería para el bebé. Dos semanas más tarde, el dormitorio estaba preparado con todo lo necesario y su marido esperaba ilusionado a que llegara el momento de la magia de la fecundación. A la habitación no le faltaba el más mínimo detalle. Hasta había comprado una bonita mecedora en la que poder relajar al pequeño.

La noche en la que todo empezó, ella estaba inmersa en un sueño profundo y le costó entender qué era lo que se escuchaba al otro lado del pasillo. Pero pronto dedujo que era el sonido rítmico de la mecedora. Miró a su lado y comprobó que estaba sola en la cama. Tuvo un presentimiento extraño que le aceleró el corazón. Prestó mucha atención y alcanzó a oír a su marido susurrando una nana con una voz mecánica y fría. Sintió una punzada de miedo y dolor pero se obligó a dormirse. Se mintió con la misma intensidad con la que engañaba a su marido. No estaba pasando, no estaba sucediendo nada.

Varias noches después, volvió a despertarse de madrugada. Esta vez, por el sollozo de un bebé. Tuvo que abrir los ojos de par en par para asegurarse de que, efectivamente, un niño lloraba en algún lugar de la casa. Buscó a su marido pero, de nuevo, no estaba. El bebé seguía gimiendo sin consuelo y ella creyó identificar que venía de la habitación infantil… pero eso no era posible. Escuchó cómo su marido susurraba algo que conseguía calmarle. El silencio volvió a adueñarse de la noche. Su marido salió al pasillo y regresó al dormitorio. Ella fingió estar dormida mientras se acostaba a su lado intentando no despertarla. Después, él se aproximó despacio y le cogió de la mano de manera amorosa. Esa noche ella no pudo dormir. Quería preguntarle qué estaba pasando pero no estaba preparada para escuchar la respuesta.

Así que la noche siguiente esperó, con los ojos mirando al techo en medio de la negra madrugada, a que se repitiese. Y no se equivocaba. El ritual nocturno comenzó con el llanto del bebé, después su marido se levantó de la cama, pronto se escuchó el vaivén de la mecedora al ritmo de la canción de cuna susurrada y mecánica y…gorgoteos infantiles agradecidos por la atención amorosa del padre. No podía soportarlo otra vez, así que decidió comprobar por sí misma que no eran imaginaciones suyas. Aunque las piernas le pesaban como si fuesen de piedra, se levantó y fue hacía la habitación que tanto temía. Y allí, en medio del pasillo, seguía con el dilema de si estaba segura de querer descubrir la verdad. Fingiendo seguridad, se asomó para averiguar cómo era ese bebé que habitaba en la casa cuando llegaba la noche y que sólo parecía ser real para su marido. Ese bebé que nunca iba a nacer porque ella no estaba dispuesta a permitirlo.

Dio el primer paso hacia la puerta entreabierta. Y la empujó despacio. La sangre le bombeaba en la cabeza a la velocidad que marcaba la mecedora que cada vez se movía con una rapidez más enfurecida. Entonces, el bebé comenzó a llorar muy fuerte y se vio obligada a taparse los oídos porque el sonido era demasiado penetrante, como un fino taladro que le perforaba el cerebro. Cerró los ojos porque el dolor era insoportable. Una mano se puso en su hombro y se le escapó un alarido profundo. Escuchó la voz de su marido como un eco apagado al principio. Poco a poco supo que la estaba llamando mientras la abrazaba. Abrió los ojos. La luz de la habitación estaba encendida y no era su marido el que ocupaba la mecedora. Ella se mecía hacia adelante y hacia atrás con un bulto entre los brazos del tamaño de un recién nacido. Su marido le preguntaba preocupado qué estaba haciendo allí. Ella dejó caer el bulto al suelo que resultó ser un rulo hecho con una de las mantitas que habían comprado. Se quedó quieta mientras intentaba aclarar sus borrosos pensamientos. Pero no podía.

Su marido la llevó, sujeta por la cintura, hasta su dormitorio y la metió en la cama con suavidad. Ella le contó lo que había estado pasando las últimas noches. Él, como pudo, le explicó que no había sucedido así, en realidad era ella la que iba al cuarto del bebé. Pero eso no tenía sentido. Sin embargo, los ojos de su marido, preocupados y ansiosos por obtener respuestas, le obligaron plantearse que quizás le estuviese diciendo la verdad. Entonces, ella le miró muy seria. Tragó saliva y sintió cómo le dolía la garganta. Le confesó que no quería ser madre.

Dos semanas después, había un nuevo despacho en casa y una mecedora se vendía en una página de muebles de segunda mano.

Y ella dejó de levantarse por las noches.

 

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 18 de Septiembre de 2016

El juego

Los segundos pasaban demasiado despacio para las ganas que tenía de llevar a cabo su plan. Unas ganas contenidas durante las semanas posteriores al momento en el que tomó la decisión de acabar con la vida de su vecina, la que vivía en el edificio situado al otro lado de la calle y cuyas ventanas estaban situadas frente a las suyas.

La odiaba desde el mismo día en el que se mudó al mediocre apartamento que acababa de alquilar. Se cruzaron en la acera y él percibió, con toda claridad, la mueca de repugnancia que intentaba asomar entre sus labios y que ella controló sin éxito. Y pudo sentir cómo sus profundos ojos de color miel se esforzaban por no mirarle de reojo asqueada. Porque eso era lo que él solía despertar en los demás: desdén. Y ella no era diferente al resto del mundo.

Pero, tal y como comprobó a partir de ese momento, ella no iba a contentarse con eso. Siguió poniéndole a prueba y, día tras día, le permitía observarla a todas horas. Sus ventanas no tenían cortinas y no se escondía cuando salía desnuda de la ducha o cuando metía a algún hombre en su cama. Le torturaba de la manera más cruel que se podía imaginar. Le mostraba lo que nunca podría tener porque era un perdedor. Ella disfrutaba mirándole a los ojos desde el otro lado de la calle y mostrando, cada vez con más descaro, una sonrisa malévola sabedora de la crueldad que desprendía su desprecio hacia él.  Su expresión burlona se había instalado en su mente y, cada vez que intentaba dormir, la veía acercándose desde la oscuridad dispuesta a despedazar su alma.

Intentó mudarse, buscó otros apartamentos, pero había firmado un contrato y no podía permitirse incumplirlo. Estaba atrapado entre unas paredes que parecían encoger y unas ventanas que eran cada vez más altas. A veces sentía que su vecina podía agarrarle con solo alargar la mano. Pero eso era una locura ¿no?. Ella estaba al otro lado de la calle. Lejos de él.

Una noche, después de muchas en las que el sueño no llegaba, determinó que debía poner fin a ese suplicio. La maldad de aquella mujer debía recibir su castigo. Él no merecía ese trato vejatorio. Debía enseñarle quién era el que mandaba y quién marcaba las reglas. A la mañana siguiente, comenzó a apuntar los horarios de su vecina y a planear cómo iba a asesinarla.

Desde entonces habían pasado dos meses y, según su reloj, regresaría del trabajo en veinte minutos. Estaba tan impaciente, por poner en marcha el plan, que empezó a sentir la garganta seca. Se levantó de la silla y fue hacia la cocina. Sacó la jarra de la nevera y se llenó un vaso. Por el calor que hacía, varias gotas comenzaron a resbalar por el cristal. Se le alteró el pulso al recordar las gotas de agua recorriendo la piel morena y suave de su vecina mientras le observaba de pie a sólo unos metros de distancia. Intentó apartar esa imagen de su recuerdo, aún así, se le quitaron las ganas de tocar ese vaso y no bebió.

Regresó a su dormitorio con pasos rápidos. Decidió cambiar el plan. Se adelantaría y la esperaría dentro de su casa. Quería pillarla por sorpresa, notar la perplejidad en su mirada al comprobar que él era el verdadero ganador de aquel juego de locos. Pero al entrar en su habitación, se quedó petrificado. Ella había vuelto antes de tiempo. No. No podía ser. Estuvo valorando la posibilidad de dejarlo para el día siguiente, sin embargo, ya no podía soportarlo ni un día más. Lo haría esa noche o corría el riesgo de querer saltar desde la azotea. Pero todo parecía ponerse en su contra. Había invitado a un hombre a su apartamento. De acuerdo, entonces esperaría a que se marchara. Vio que empezaban a quitarse la ropa y que se metían en la cama. Lo que sucedió después hizo que su cerebro entrara en un espiral de la que no conseguía despertar.

Ella sacó un cuchillo y, con fuerza, se lo clavó sin piedad a aquel hombre varias veces, una y otra vez, hasta que él dejó de luchar por su vida. Ella se quedó sobre su cuerpo inerte. Mirándole a los ojos. Unos segundos después, salió de la cama y desnuda, vestida tan solo con la sangre de aquel desgraciado, se colocó frente a la ventana como siempre. Clavándole la mirada y sonriendo tan abiertamente que podía ver la mueca burlona por la que asomaba su perfecta dentadura. Él tragó saliva pero su garganta seca no pudo apreciar ningún alivio. El miedo se le enroscaba en el cuello como una soga áspera. Ella le hizo un gesto con la mano para que se acercara al cristal. Él, hipnotizado y bajo su voluntad, dio unos pasos hasta que pegó su rostro a la ventana. Y entonces, al ver la expresión de triunfo que transmitía su mirada, entendió lo que ella se había propuesto hacer con él. Le había convertido en su marioneta y seguiría jugando hasta que dejara de ser divertido. Y entonces llegaría su hora. Ella cortaría el hilo y él no sabría cuándo sucedería. O sí. Porque en el juego, a veces, puedes tener escondido un As en la manga. Él se alejó de la ventana y sonrió cuando estaba seguro de que no le veía. Ella no podría impedir que subiese a la azotea para lanzarse al vacío, no podría detenerle a tiempo porque, al fin y al cabo, ella vivía al otro lado de la calle. Había encontrado la manera de ganar la última partida de su vida.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 9 de Septiembre de 2016

 

Medianoche

Eran las doce de la noche y Elisa estaba observando el rellano a través de la mirilla de su puerta. Sólo llevaba puesta la camiseta con la que dormía y tenía la piel de gallina. Aunque no por el frío, que apenas percibía, sino por el espanto que estaba presenciando en secreto.

Cinco minutos antes, se había despertado a la fuerza porque algo se estrelló contra la pared del cabecero de su cama. Elisa, con el corazón latiéndole a mil por hora, se sentó en la cama intentando centrar sus pensamientos pero no pudo porque los alaridos de dolor que empezó a proferir Sara, su vecina que vivía sola, impidieron que pudiera racionalizar lo que estaba pasando. Pegó la oreja porque los gritos parecían alejarse de la pared y los siguió por toda la casa hasta llegar a la puerta de entrada. Allí escuchó otro fuerte golpe, que tampoco pudo identificar, y que consiguió hacer callar a la pobre Sara. Elisa decidió ir a por el móvil y avisar a la policía pero escuchó que se abría la puerta del apartamento de al lado. No quería perder la oportunidad de ver quién había cometido la atrocidad y comprobar el estado físico de Sara.

Se puso a observar el rellano a través de la mirilla. La luz estaba apagada así que apenas podía distinguir nada, sólo alcanzó a reconocer los contornos de dos personas que salían del apartamento. Una, que evidenciaba ser un hombre corpulento, cargaba a la espalda lo que parecía ser el cuerpo de Sara. Elisa temió que estuviese muerta, no apreció ninguna muestra de resistencia ni escuchó el más mínimo gemido. En ese mismo instante, fue consciente de que corría serio peligro si él descubría que había un testigo del espantoso crimen.

El hombre descargó el cuerpo en el suelo sin miramientos y encendió un cigarrillo. La pequeña llama del mechero iluminó una parte de su rostro. Por lo que veía, era un hombre normal. De unos cuarenta años. Se sorprendió a sí misma extrañada porque fuese alguien corriente y no un monstruo con cuatro ojos y lleno de escamas. Le vio fumar con tranquilidad, no parecía estar preocupado por si alguien había escuchado los gritos de Sara. Entonces, como si le hubiese leído los pensamientos, el hombre empezó a acercarse lentamente hacia su puerta. Ella se sobresaltó y dio un salto hacia atrás chocándose con el cuadro de la pared y tirándolo al suelo. No podía haberlo hecho peor. Se quedó inmóvil, deseando que no la hubiese descubierto. Agudizó los sentidos y prestó mucha atención. No se escuchaba nada al otro lado, pero debía asegurarse o no podría dormir tranquila el resto de su vida. Se acercó despacio y pegó la oreja a la madera. Nada. Puso el ojo en la mirilla. Todo estaba oscuro otra vez y no había señales del cigarrillo. Quizás se había marchado sabiéndose descubierto. Sin embargo, le pareció ver que algo se movió en el pasillo. Se concentró y vio que una gran sombra se abalanzaba hacia ella. Gritó presa del pánico mientras corría hacia su dormitorio para coger el móvil. Tras ella, el hombre embistió un par de veces contra la puerta hasta romper las bisagras. Elisa consiguió llegar a su habitación, con la cara desencajada por el pánico, pero él también. Y su expresión era una extraña mezcla de violencia y satisfacción.

Eran las doce y cuarto de la noche. David se despertó porque algo golpeó la pared del cabecero de su cama desde la casa de su vecina Elisa.

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 31 de Agosto de 2016

Obsesión

Ana había quedado con Marcos en la parada de metro como siempre. Nada más sentarse en el vagón, cogió el móvil y se puso a revisar Facebook aprovechando que sólo tendría cobertura hasta que el tren hiciera la siguiente parada. Entró en la sección de noticias y buscó un nombre concreto. El perfil que visitaba obsesivamente desde hacía tres semanas. Había vuelto a encontrarse con Jesús después de casi diez años. De manera virtual, claro, pero sus caminos se habían cruzado de nuevo. Aunque su relación con Marcos era buena, no podía negar que se había obsesionado con Jesús otra vez. Revisaba las fotografías que compartía, a quién etiquetaba, qué lugares visitaba, qué comentarios hacía… Cada momento que tenía libre, lo utilizaba para ver lo que estaba haciendo. Como ahora.

Para su regocijo vio que Jesús acaba de actualizar su estado: “Con ganas de volver a casa. Subiendo al metro”. ¡Qué fuerte, como ella! Tendría cobertura otros pocos segundos, así que esperó a ver si él compartía algo más. ¿Y si se encontraran esa tarde? ¿Se iría con él y dejaría a Marcos tirado? Un poco radical ¿no? Aunque deseaba con muchas ganas que pasara. Quería a Marcos, pero ahora mismo eso era lo de menos. Sólo le importaba Jesús y que también acababa de subir al metro.

Las puertas del vagón se cerraron y el tren se metió en el oscuro túnel. Tal y como esperaba, su móvil se quedó sin señal. Ana se quedó un poco decepcionada al no poder saber si Jesús viajaba en la misma línea que ella. Bloqueó el teléfono, antes de meterlo en el bolso, y prestó atención a su alrededor porque no tenía nada mejor que hacer. Para su sorpresa, estaba sola. Inmersa en su pensamiento obsesivo no se había percatado de ello. Y que no hubiese nadie más no le gustaba. Se vio reflejada en la ventana que tenía enfrente. Se arregló el pelo y se preguntó si Jesús pensaría que estaba guapa. Resopló aliviada cuando el tren llegó a la siguiente estación. Esperó con cierta ansiedad que alguien subiese, pero no fue así. Tenía por delante otro minuto en el agujero negro del metro, y sin cobertura, en la más absoluta soledad. Empezó a agobiarse así que se miró los zapatos en busca de distracción. Sin éxito. Miró hacia la derecha para comprobar si se le había pasado que hubiese otro pasajero. Vacío. Giró la cabeza hacia la izquierda e hizo un gran descubrimiento. Había alguien al final del vagón, sentado en el mismo lado de asientos que ella. Estaba bastante lejos así que supuso que por eso no se había percatado de su presencia. Era un chico joven que miraba al frente muy quieto. Apenas podía distinguir si respiraba. ¡Qué tontería! ¿Cómo iba a  percibir nada a esa distancia? Le veía de perfil, de manera que era imposible saber el aspecto que tenía y eso aumentó su curiosidad. Ahora que se había relajado al tener compañía, imaginar cómo sería su cara supuso todo un reto para ella. Pero tuvo que dejar pronto el juego porque las luces del metro empezaron a parpadear y el tren se agitó dando fuertes tirones como si tuviese problemas técnicos. Ella se asustó y ahogó, por vergüenza, un pequeño grito de preocupación. Sin embargo, el servicio se restableció enseguida y ella, con una sonrisa divertida, buscó la mirada cómplice del otro pasajero. Pronto dejó de sonreír. El chico estaba en el mismo asiento pero ahora en el lado contrario. Podía ver su cara perfectamente. Era Jesús.

Se quedó atónita. Literalmente de piedra. Sentía su cuerpo tan pesado que no podía moverse. Acabó igual que él, inmóvil mirando al frente fijamente. Evitando que sus miradas se cruzaran sin ella haber decidido cómo iba a afrontar su encuentro. Claramente, era una gran coincidencia y una señal de que debía actuar. No le quedaba mucho tiempo. Pensó y valoró que, teniendo en cuenta que no había hablado directamente con Jesús, cabía la posibilidad de que él no sintiera lo mismo que ella. Habían intercambiado en Facebook varios me gusta, algunos me encanta y dos me divierte. Ni siquiera se habían escrito por privado. Con esa escasa información, podía pasar cualquier cosa. ¡Pero se habían encontrado en medio de un vagón… vacío! ¿No era eso una señal muy clara de que el Universo les había querido juntar y se había encargado de que tuviesen intimidad? Ella que había llegado a sentir que su obsesión con Jesús comenzaba a írsele de las manos y no podía entender ese suceso como otra cosa que no fuese que el destino había intervenido. La luz volvió a a funcionar mal. El vagón frenó con tanta fuerza que Ana casi se cayó del asiento. Tuvo que apoyar las manos en el suelo para no acabar con la cara aplastada.

El tren se quedó quieto y completamente a oscuras. Dos segundos. La luz regresó y descubrió que Jesús estaba sentado mucho más cerca de ella. Se levantó y dio un par de pasos hacia él pero algo la detuvo. Su instinto. Porque algo no marchaba bien. Teniéndole más cerca, era evidente que Jesús sí que respiraba, pero de una manera muy débil y apenas se notaba cuando se hinchaba su pecho. Muy débil, eso quiso creer. ¿Por qué había cambiado de sitio? ¿La había visto quizás? Sin embargo, no la miraba y no mostraba ningún interés por lo que sucedía a su alrededor. Ana se fijó para comprobar que no fuese que llevaba los auriculares puestos y por eso tenía esa mirada vacía. No.

Estaba preocupada. Intentó tranquilizarse pensando que en la siguiente parada bajaría y se reuniría con Marcos. Por otra parte, eso significaba que el tiempo para entablar una conversación de verdad con Jesús se acababa. Reunió valor y dio otro paso más hacia él. El tren se paró en seco y se quedó a oscuras. Esta vez, los segundos pasaban y el vagón no se iluminaba. Ana sacó el móvil para conseguir algo de luz. Entonces escuchó las respiraciones débiles de Jesús y detectó que éstas eran demasiado rápidas. Se imaginó el pecho de Jesús agitándose con ansiedad y eso le asustó. Así que se pensó dos veces lo de activar la linterna del móvil. No quería verle de esa manera. Probó otra cosa. Le llamó por su nombre. Pero no obtuvo respuesta. Deseó que la luz volviera y llegar hasta Marcos lo antes posible. Todavía estaban a medio camino de la siguiente estación. No le quedaba otra opción que activar la linterna del teléfono. Le temblaban las manos violentamente y le costó más de los que había previsto. Las respiraciones de Jesús seguían siendo lo único que se escuchaba en medio de la oscuridad. Finalmente lo consiguió y un haz de luz trazó un camino diagonal en el vagón. Jesús no estaba dónde ella recordaba. Asustada, giró la cabeza y le vio de pie, mirándola fijamente, respirando cada vez más deprisa. Ahora podía ver perfectamente como hinchaba el pecho y como resoplaba con fuerza. Ella volvió a decir su nombre. El tren dio un fuerte tirón y el móvil se le escurrió de las manos. Se agachó deprisa para recogerlo. Pudo ver cómo Jesús corría hacia ella cuando sus pies entraron dentro del rayo de luz que producía el teléfono.

Marcos observó cómo se iluminaba el túnel con la llegada del tren a la estación. Puntual como siempre. Buscó el vagón que siempre ocupaba Ana para recibirla con un apasionado beso. Últimamente parecía distante y estaba preocupado. Se colocó en un lateral mientras las puertas se abrían. Intentó distinguir entre los pasajeros el bonito rostro de Ana. Pero no la veía. De hecho, descubrió para su sorpresa que no iba en ese tren. Marcos sacó su móvil y revisó los mensajes. No había ninguno de ella. La llamó pero el teléfono de Ana estaba fuera de cobertura.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 29 de Agosto de 2016

 

 

18 años

Ana se acostó con una sonrisa. Cuando se levantase al día siguiente, tendría dieciocho años. Eso significaba mucha libertad de golpe: conducir un coche, beber alcohol, marcharse de casa de sus padres sin que la policía tuviese que llevarla de regreso… En cuestión de horas podría emanciparse, o lo que era lo mismo, cambiar el concepto escaparse de casa por irse sin más. Sin una nota de despedida y con las cosas que consideraba suyas: un chándal que le regaló su mejor amiga, dos libros que nunca devolvió de la biblioteca, agua, bocadillos, dinero y el peluche que heredó de su hermana Silvia poco antes de que la asesinaran.

 

Mientras estaba metida en la cama, vestida y con las zapatillas puestas bajo las sábanas, no pudo evitar sentir un escalofrío al recordar la noche en la que perdió a su hermana. Lejanas, pero cada vez más nítidas, empezó a escuchar los ecos de las últimas palabras que compartieron. Silvia le contaba los detalles de la fiesta que celebraría en casa, al día siguiente, con motivo de su décimo octavo cumpleaños. Asistiría prácticamente toda su clase y estaba muy emocionada. Sobre todo, porque el chico que le gustaba le había confirmado que también iría. Las dos se rieron con los nervios y la alegría adolescentes hasta que tuvieron que guardar silencio al escuchar unos ruidos terribles, metálicos, que venían del piso de abajo. Algo producía esos fuertes sonidos y, lo que fuese, parecía retorcer los cimientos de la casa. Las dos se miraron asustadas, pálidas, algo había entrado. Silvia gritó llamando a sus padres, pero nadie contestó. Ana, siguiendo las indicaciones de su hermana, se escondió debajo de la cama tan rápido como pudo, tropezando y cayendo de rodillas por la tensión. Silvia le ordenó que, pasara lo que pasara, no saliese de allí. Ana dijo que sí con un susurro porque su respiración agitada no le permitía hablar más alto. Agachada, vio cómo los pies descalzos de su hermana se acercaban con prudencia a la puerta del dormitorio que estaba entreabierta y se quedó quieta a escasos centímetros. Hasta que dio un pequeño salto hacia atrás al escuchar los desagradables sonidos otra vez.  Ahora más fuertes y más cercanos, pero ya no eran metálicos, algo húmedo y viscoso parecía arrastrarse por el pasillo hacia su habitación. Ana, aterrorizada, se tapó los oídos. Silvia se alejó todavía más de la puerta y se asomó para pedirle con un gesto que guardara silencio. Le sonrió con la clara intención de tranquilizarla pero no funcionó. Y entonces, inesperadamente, hizo una temeridad y abrió la puerta de par en par. Ana no tuvo tiempo de impedirlo y ahogó el profundo alarido que emergía de su pecho al ver unos hilillos de sangre descendiendo por las piernas de Silvia.

Una mancha de color rojo brillante que se extendía con rapidez se acercó al cuerpo oculto de Ana que sentía que estaba a punto de perder el control. Pronto la sangre dejó de preocuparle porque instantes la cabeza de su hermana cayó rodando por el suelo. Jamás olvidaría esos ojos inertes y el espanto que reflejaba su rostro. El cerebro de la niña intentaba racionalizar lo que estaba pasando pero no podía. Entonces, unos cánticos repetitivos, que no escuchaba con claridad, empezaron a resonar en el pasillo. En toda la casa de hecho. Ana sentía que el miedo le asfixiaba, como si su pecho estuviese siendo aplastado por una gran piedra, y se desmayó al darse cuenta de que no era algo, no era uno solo, porque pudo distinguir dos voces. Cuando despertó a la mañana siguiente, descubrió que estaba metida en su cama y no había rastro de sangre en el suelo. Por un instante, pensó que todo había sido un sueño pero enseguida comprobó que Silvia no estaba en la cama. Ni en ninguna parte.

 

A partir de ese día, tuvo que superar el dolor por la pérdida de su hermana y por la de sus padres. Porque ellos, que siempre habían sido cariñosos y atentos, habían muerto también para ella tras convertirse en sanguinarios asesinos. Llegó a esa conclusión por las mentiras que lanzaron sobre la desaparición de Silvia y todo el teatro que hicieron fingiendo dolor de puertas para afuera. Aunque seguían teniendo el mismo aspecto, ella sabía que no eran sus padres. Desconocía lo que había sucedido en realidad, pero no eran ellos. De puertas para adentro, empezaron a vivir aislados en el sótano, dónde instalaron una cama, un sofá y un televisor. No sabía lo que hacían allí exactamente. Sólo escuchaba, algunas noches oscuras, los terribles cánticos que la niña no entendía. Nunca más le hablaron ni se preocuparon por ella. Simplemente parecía que se estuviesen limitando a esperar. ¿Hasta cuándo? Según la teoría de Ana, hasta que cumpliese los dieciocho años y llegase su turno para morir. Precisamente hoy el tiempo se había agotado y era el momento de escapar porque se cumplía su décimo octavo cumpleaños.

 

Tantos pensamientos estaban resultando peligrosos, la distraían demasiado. Salió de la cama y sacó la mochila que tenía escondida debajo de la cama. No encendió la luz, así se sentía protegida por la oscuridad y los rayos de luna que entraban por la ventana eran suficientes para no tropezar. Pero mientras se la colgaba en la espalda, escuchó los sonidos metálicos que tan bien recordaba de la noche en la que Silvia murió decapitada y que tanto espanto le producía volver a oír. Sabía qué significaban, el ritual había comenzado.

 

Los cimientos de la casa se estremecieron como mucho tiempo atrás. Ana acabó de ponerse los tirantes de la mochila y abrió la ventana. No podía perder ni un segundo. Por el sonido próximo de las voces y sus movimientos húmedos y pegajosos, supuso que los dos seres habían llegado al pasillo. Ana, sin pensárselo, saltó al jardín intentando rodar en el suelo para no hacerse daño. Pero no lo pudo evitar. Se había lastimado el tobillo. Lanzó un alarido de dolor y desesperación maldiciendo su suerte. Entonces vio, desde abajo, a dos sombras entrando en su habitación. Lo que alcanzaba a ver, a través del cuadro de la ventana, no era muy nítido pero sí lo suficiente para entender algunas cosas. Las sombras se movían con rapidez, lanzando alaridos frustrados. Levantando y moviendo los muebles buscándola. Hablando entre ellos con un lenguaje que no era humano. Las figuras proyectadas comenzaron a cambiar de forma. Crecieron hasta alcanzar el techo. Y en sus cuerpos amorfos crecieron otro par de brazos que se agitaban como tentáculos. Ana se quedó inmovilizada por el espanto hasta que distinguió dos pares de ojos rojos, enormes, que se asomaron al jardín buscándola. Unos ojos que no podían pertenecer a ningún ser humano. Con eso ya tenía más que suficiente y Ana echó a correr todo lo deprisa que le permitía su tobillo magullado. Se alejó sin mirar atrás.

 

Las dos criaturas emitieron intensos gruñidos que agitaron las copas de los árboles. Estaban frustradas, temerosas, pues necesitaban el sacrificio para poder seguir con vida. Deberían buscar una sustituta para Ana. Podrían esperar, al fin y al cabo, era cuestión de tiempo que la encontraran. La búsqueda empezaba esa misma noche.

 

© Esther Paredes Hernández

27 de Agosto de 2016

Ruptura

Iba a morir y había decidido no resistirse.
Él pensaba acabar con su relación. Parecía haber olvidado la cantidad de obstáculos que habían superado juntos los últimos tres años. Y ese amor iba a morir porque él no pensaba darle una oportunidad. Llevaban tanto tiempo solos que sus sentimientos se habían transformado en una enfermedad.

No quería retrasarlo más y subió al primer piso, sintiendo que el pecho le ardía por el miedo y las piernas le temblaban, hacia el dormitorio. La puerta estaba cerrada. Atrancada por un mueble que colocó ella misma hacía una semana. Pronto escuchó los arañazos. Se mareó. Al acercarse a la puerta le llegó el olor que él emanaba. Demasiado calor los últimos días. Él también la percibió y comenzó a dar gruñidos y golpes frenéticos.

Despejó la entrada del dormitorio. Él parecía escuchar atentamente lo que estaba pasando. Intentando adivinar sus intenciones. Ella cerró los ojos y se propuso abrir la puerta. No llegó a hacerlo. Él salió como una ráfaga de aire putrefacto directo a comerse su garganta. Habían roto para siempre. Ella no gritó, tan sólo tuvo tiempo de decirle:

­­–Siempre te querré.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Agosto de 2016

Simplemente estaba

Buscaba su sonrisa. Quizás con demasiada impaciencia lo que le provocaba sufrimiento. Pero es que sin ese gesto, se sentía a merced del sol y pronto se secaría convirtiéndose en polvo.

No habían hablado en los últimos días y el sonido mecánico del reloj se había convertido en su compañero. Él estaba sentado en el sofá, impertérrito, mudo, sin comer y vestido con la misma ropa desde hacía más de setenta y dos horas.

Ella le observaba de reojo. ¿Por qué no parpadeaba siquiera? ¿Acaso sus ojos no necesitaban respirar? Muerto no estaba, ella ya se había asegurado tocándole y poniéndole un espejo junto a la nariz. Parecía que, simplemente estaba, sólo eso, estaba ocupando su viejo y raído sofá de piel marrón. Prácticamente se había vuelto parte de él y, como un elemento más, había pasado a formar parte del mobiliario del salón.

Ella había barajado la posibilidad, por lo menos en veinte ocasiones, de llamar por teléfono a sus hijos para que fuesen urgentemente y solucionasen lo que fuese que le había sucedido a su padre. Sin embargo, era de esas madres a las que no les gustaba involucrar a los hijos en los conflictos paternos. Además, no parecía correr peligro de muerte… simplemente estaba.

Harta de no poder apoltronarse en el sofá para ver la tele, por si le hacía empeorar, se armó de valor y se sentó junto a él por primera vez en tres días. Y así pasó la tarde: con el mando en la mano y sin percatarse de que el sol comenzaba a esconderse. El reloj marcó las nueve de la noche avisándole de que debía preparar la cena. Agradeció, un día más, no tener que hacer la pregunta de siempre ¿qué quieres que te haga?. Cocinaría lo que le diera la gana y en paz.

Ufffff, qué bien sonaba eso. Se dijo a sí misma que debía empezar a disfrutar de esa soledad-no soledad porque, si lo pensaba fríamente, él estar… estaba. Tampoco era tan grave ¿no? De camino a la cocina, sin prisa porque no había nadie que le achuchara, se percató de que, en realidad, ya debería haberse acostumbrado a la ausencia de la sonrisa de su marido. Se puso a recordar cuando fue la última vez que su marido le sonrió: el día en el que él cumplió los cincuenta años.

Aquella noche, sus hijos fueron a casa para prepararle una fiesta sorpresa. Todo parecía ir perfectamente… hasta que ella colocó la bonita tarta con cincuenta velas en la mesa. Entonces él le miró de una manera extraña, melancólica, lejana. Y sopló la velas. Hubo unos segundos de oscuridad en el salón, lo que tardó en encender las luces. Y, al ver a su marido, ella percibió algo que no pudo determinar entonces, pero que había ido observando día a día, año tras año: que había dejado de sonreír.

Al principio, a ella no le dolía, no era consciente de la gravedad del asunto, hasta que comenzó a añorarla. Aquella sonrisa que la enamoró cuando se conocieron y le preguntó su nombre. Una sonrisa que hacía que todo lo demás desapareciera, que el tiempo se detuviera y no importara nada más en el mundo. Una sonrisa que la había mantenido a flote en los tiempos difíciles, que la había consolado en las despedidas más dolorosas.

Acabó de prepararse la cena y regresó al sofá para comer junto a él. Pero no pudo probar bocado. Se le hizo un nudo en la garganta. No lo soportaba, no era capaz de continuar viviendo sin él. Quería recuperarle, de alguna manera siempre había creído que serían un equipo fuerte hasta el final del camino. Que seguirían juntos afrontando el futuro, ese futuro tan incierto e inquietante que les esperaba. Se sintió frustrada, traicionada y la rabia afloró.

Volcó, con violencia, el plato sobre las piernas de su marido peso éste siguió sin inmutarse, sin pestañear. Se levantó y se colocó delante de él, con los brazos en la cintura, desafiándole con la mirada. Pero no consiguió nada. Le zarandeó, le gritó… todo fue en vano. Se dio por vencida. Si él había tirado la toalla pues ella también lo haría. Así que limpió lo que había ensuciado, cogió el mando y se sentó dispuesta a respetar su decisión de solamente estar.

Sin embargo, después de un par de horas, volvió a mirarle y sintió la necesidad de despedirse del gran amor de su vida. Se sentó en sus rodillas, las que había manchado con la cena, y suavemente sujetó el rostro de su marido con las dos manos. Se miró en sus pupilas y le besó tiernamente.

No se dio cuenta de que había comenzado a llorar hasta que abrió los ojos y las lágrimas cayeron a sus mejillas con rapidez. Se las secó con la mano y su visión se volvió clara de nuevo. Entonces descubrió una sonrisa en el rostro de su marido. Y que parpadeaba otra vez. Ella se llenó de alegría al notar que que su respiración se agitaba mientras le agarraba con firmeza, con ganas, para darle un beso de esos que hacen historia.

Y aquella noche se juraron ser felices hasta el final, no dejar de sonreír nunca, de besarse cada día y de cogerse de la mano. Habían envejecido por fuera pero lo que sentían el uno por el otro se mantenía tan joven como el día que se encontraron.

©Esther Paredes Hernández

Valencia, 29 de Junio de 2014

¿Llamaste?

¿Llamaste? Porque estuve esperando hasta que los ojos no me aguantaban abiertos ni un segundo más. Me moría de ganas por escuchar tu voz, pero cumplí tu deseo de respetar tu silencio. Hablaremos cuando sea el momento. Eso fue lo que dijiste. Así que aguardo ansiosa que cada minuto que pasa sea el momento. Como lo esperé anoche hasta que no pude más. Y no por tener poco interés, sino porque llevo sin dormir desde que te marchaste.

Nunca imaginé que acabaríamos así, tan lejos, tan desconocidos. Y esa sorprendente dependencia hacia ti que he empezado a manifestar… Pero es que no sé, no sé qué tengo que hacer ahora. Ni siquiera entiendo por qué no vas a volver a casa a recoger tus cosas. ¿No soportas verme ni una vez más? Sólo quiero, sólo necesito entender… Estoy flotando en una nube negra desde entonces. Una nube tormentosa contenida sin saber cuándo debe estallar y cómo.

He venido a pasear al parque, nuestro parque, y me he sentado a la sombra del sauce. El sol me ha deslumbrado en varias ocasiones, supongo que tengo los ojos agotados. Un perro está jugando a coger una pelota. Cada vez está más cerca, hasta que, al final, cae la pelota en mis piernas. Aparece su dueño para disculparse. Me observa, escudriñándome, y suspira levemente, lo suficientemente intenso para que yo emita un pequeño desahogo también.

No estoy pendiente de lo que me dice. Debería haberle escuchado porque me sorprende sentándose a mi lado y soy incapaz de decirle que me encuentro dolorida, exhausta y que vivo flotando a la deriva en el vacío. Sin embargo, él no me exige nada. Se limita a observar a su perro, sin manifestar ninguna emoción, mientras le lanza la pelota.

El animal viene una y otra vez sin que su dueño cambie la expresión. No sé si es porque proyecto mi tristeza en el desconocido o porque es real, pero aprecio que sus ojos están igual de enfermos que los míos. También tiene roto el corazón y, aunque parezca que soy cruel, me reconforta estar al lado de alguien que está sufriendo tanto como yo.

Tiernamente, pongo mi mano sobre la suya y él se sobresalta. Pero no la retira. Y así, cogidos de la mano, observamos los dos el infinito durante varias horas. El perro, cansado, se tumba junto a nosotros. Siento que, cogida de su mano, tengo peso de nuevo y puedo aterrizar sobre la realidad. Soy alguien, sigo existiendo, sigo estando presente sin ti. Él es testigo de ello.

Se ha hecho de noche y hace frío. Suelto su mano y, sin mirarle ni mediar palabra alguna, me marcho.

Esta noche he dormido de un tirón. Y no me ha preocupado si has llamado o no. Estoy en el parque, sentada a la sombra del sauce. Escucho de lejos ladrar a un perro y sonrío. Una pelota cae en mis piernas y él se coloca frente a mí, tapando el sol, sonriéndome. Estamos aquí aunque os hayáis marchado. Seguimos siendo nosotros sin vosotros.

©Esther Paredes Hernández

Valencia, 29 de Junio del 2014

El vestido rojo

Eran las dos de la madrugada y acababa de regresar a casa. El turno de noche era duro pero lo toleraba bien. Mientras se duchaba y el agua resbalaba por su cuerpo, sintió desgana, frustración, al pensar que al día siguiente todo iba a seguir siendo igual. Ella continuaría sintiéndose incapaz de conseguir que su mundo brillase de alguna manera. Tampoco es que pensara que ella era la única que no sabía cómo cambiar las cosas, se consideraba parte de ese porcentaje de la especie humana que no aportaba demasiado a la posteridad. Y aquí dejó de pensar porque era cierto que no era buena filósofa, al igual que no destacaba en su trabajo, no sabía tocar ningún instrumento ni hacer raíces cuadradas o buenas croquetas de jamón. Se metió en la cama e imaginó qué le gustaría que tuviera el día siguiente de diferente. Y con algo que se encendió en su mente, una imagen fugaz, se quedó dormida.

El sol estaba alto cuando sonó el despertador a la hora de siempre. Tardó cinco segundos en apagarlo como todas las mañanas. Su marido ya había dejado a los niños en el colegio antes de irse a trabajar como esperaba. Todo parecía aburridamente cotidiano y su gesto se endureció mientras su pecho respiraba hastiado por la monotonía. Hasta que se dio media vuelta y lo vio.

Allí lo tenía, delante de sus narices, colgado de la puerta de su armario. El último pensamiento que tuvo antes de dormirse: un vestido rojo, con escote palabra de honor, ceñido y largo hasta los pies. Con una abertura que arrancaba desde la mitad del muslo y bajaba vertiginosamente hasta el final. Además, había un extra: unos fantásticos zapatos de tacón a juego. Parpadeó incrédula mientras se levantaba de la cama y caminaba hacia su deseo cumplido. Acarició la suave seda, se deleitó con los reflejos brillantes de la tela roja, miró cauta la talla… Cuando subió la cremallera del costado con facilidad comprobó que el vestido le quedaba como un guante. Era tan cómodo, ¡tan vigorizante! Entusiasmada se puso los zapatos para ver el conjunto delante del espejo. Se observó y no pudo evitar sonreír, era el vestido más bonito que había visto nunca. Y le hacía parecer una mujer segura de sí misma, sin miedo a ser el centro de atención. Le gustaba el color, marcaba sus caderas y sus piernas, siempre escondidas, asomaban por la abertura. Sus hombros descubiertos al sol se erguían porque ya no sentían el peso de una vida con pocos alicientes, con unos días vacíos de aventuras y sorpresas. No tenía talento, sus neuronas no eran tan eficientes como querría, pero se había cumplido su deseo: que ese día fuese emocionante. ¿Se pondría el vestido para ir a hacer la compra? Un trueno amenazaba con la llegada de la lluvia. Ella se asomó a la ventana y comprobó que el cielo se había cubierto de nubes grises. Miró el exterior, observó su imagen en el espejo y tomó una decisión.

Fue poner un pie en la calle y ser el centro de las miradas y los cuchicheos de sus vecinos porque, aunque llevaba paraguas, no se ocultaba. Le daban igual sus prejuicios, sabía que al día siguiente se habrían olvidado de ella y estarían hablando de cualquier otro. Cuando las puertas automáticas del supermercado se abrieron a su paso, ella se sentía valiente por haberse puesto ese increíble vestido saltándose el absurdo protocolo establecido para el día a día. Se reía por dentro al observar las caras estupefactas de los clientes, de las cajeras. A los reponedores se les cayeron las cajas que tenían en las manos y los dependientes balbuceaban cuando le preguntaban qué quería comprar. Era cierto que el vigilante de seguridad no la sacaba de allí, por comportarse de manera extraña, porque la conocía desde hacía años.

Después de volver a casa y preparar la comida, siempre con el vestido puesto, se hizo unas fotos con el móvil como recuerdo. Ignoraba si el vestido se desvanecería cuando llegase la medianoche, así que llamó a la puerta de su vecina y le pidió que le hiciese una foto. La vecina, sin saber cómo reaccionar, prefirió no decir nada y obedecer, no fuese que estuviese en mitad de una crisis nerviosa y se volviese violenta.

Le mandó la foto a su marido por whatsapp, por si quería ponérsela de fondo de pantalla, y fue al colegio a recoger a sus hijos. La lluvia primaveral había cesado así que optó por ir caminando. Los zapatos, pese al tacón, eran muy cómodos y le gustaba escuchar el repiqueteo rítmico que producían en el asfalto. Cuando giró la esquina de la calle y el resto de padres que esperaban en la puerta la vieron, una exclamación de sorpresa se extendió como una brisa de otoño que te eriza el vello porque es ligeramente fría. La primavera parecía haberse esfumado de repente y ella sintió que caminaba sobre las hojas secas que caen en Noviembre y dejan a los árboles negros como si estuviesen muertos.

Perdió su seguridad ante las miradas despectivas, ante el temor de que llamasen al centro médico porque se había vuelto loca. Todos comenzaron a rodearle, a tocarle el vestido sin respeto, a intentar cerrarle la abertura que dejaba respirar a sus piernas, a despeinarla… Se estaba mareando, temía caerse al suelo de un momento a otro. Las voces se volvieron una maraña de sonidos inconexos que resonaban en su cabeza como un eco. Se vio a sí misma en una cueva oscura y húmeda. Y entonces, cuando ya no lo soportaba más, se abrió el círculo y vio que sus hijos habían ido hasta ella. Sentía vergüenza, se arrepentía tanto de haber hecho el ridículo, de que sus hijos pagaran las consecuencias de que su madre quisiera ser diferente por un día, que no podía mirarles a la cara. Sin embargo, vio admiración en los ojos de su hija que le dijo que nunca la había visto tan guapa mientras su hijo pequeño le abrazaba fuerte. Volvió a centrarse en ella, en ellos, en su vestido y recuperó la calma. Así que cogió al pequeño en brazos, le dio la mano a su hija y volvieron a casa dando un paseo ignorando al porcentaje de la especie humana que pretende que todo sea gris. Ella les contó las reacciones que había vivido y sus hijos se reían imaginando las caras de todos.

Aquella noche hizo el turno vestida de rojo después de tener una cena romántica con su marido y disfrutar de él una vez los niños se fueron a dormir. Decididamente, había sido un día especial y, puesto que no era una mujer brillante, guardó el vestido rojo en una bolsa de plástico y no volvió a ponérselo. Pues con un día de emociones tuvo bastante.

©Esther Paredes Hernández

 

Una caja de recuerdos 

Cuando abrió la verja oxidada, contempló el salvaje jardín que tenía ante sus ojos y supo enseguida dónde debía buscar para encontrar la caja de madera en la que escondió recuerdos importantes treinta años atrás.

No sólo recordaba de memoria el punto exacto, sino que lo dibujó en un papel para no correr el riesgo de que se le olvidase. Sin prestar atención a la vieja escuela, cuyas ruinas se erguían todavía majestuosas e intimidantes, caminó sobre las hierbas secas y el sonido que producían al romperse le sirvieron de compañía mientras se le encogía el corazón pensando en la posibilidad de que la caja no estuviese donde la enterró.

En medio de aquella maraña de viejos sentimientos y ramas secas, se alzaba, dominando el paisaje, un magnífico roble que llevaba vividos muchos más años que aquella escuela. Llegó hasta él, jadeante por la tensión, y pegó la espalda en el áspero tronco, mirando hacia el oeste. Sacó el amarillento trozo de papel de libreta en el que había escrito con bonita caligrafía y leyó las instrucciones para encontrar el tesoro que iba a recuperar. Anduvo veinte pasos hacia adelante, contó otros diez a la izquierda y luego, quince a la derecha. Se detuvo solemne en ese punto, sacó de la mochila una pequeña pala de jardín y comenzó a cavar.

Cuando el metal golpeó la madera no pudo contener un grito de satisfacción. Comenzó a sacar tierra con manos impacientes y, en cuanto notó los cantos de la caja, la sujetó con fuerza y la sacó a la luz. Era tan bonita como la recordaba, con esas flores pintadas a mano por su madre, cierto era que estaba muy deteriorada pero seguía conservando todo su encanto. Regresó deprisa a su coche y, una vez dentro, abrió la caja acompañando el ruido que produjo la madera vieja con un gran suspiro emocionado lleno de recuerdos.

En su interior, se escondían una goma de borrar de las que olían a caramelo de nata, un lápiz que llevaba escrito su nombre, una lazo del pelo de color rosa, un anillo de plástico, unos cromos y, lo más importante, lo que había ido a buscar: una pequeña foto en la que estaba con sus amigas del colegio, tenían nueve años. Todas aparecían luciendo amplias sonrisas y los ojos encogidos por las risas. Algún que otro sueño de aquellas niñas se había cumplido pero no demasiados y, mucho menos, los importantes. De eso iba aquella visita al pasado, por eso había recorrido varios quilómetros hasta allí.

Acarició el arrugado papel de la fotografía y sonrió. Volvió a meter todas las cosas dentro de la caja de madera y puso el coche en marcha. Recogió a los niños del colegio y, una vez en casa y mientras estaban en la bañera, escaneó la foto y la guardó en el ordenador. Repasó el email que ya había preparado y adjuntó la imagen. Las voces divertidas de sus hijos, jugando con el agua del baño, eran el escenario perfecto para la misión que aquella tarde iba a cumplir.

Muy lejos de allí, una mujer desgastada por la mala vida, que ya no sentía el sabor del sol y no distinguía los colores del mar, observaba las olas ir y venir y deseaba desvanecerse lentamente lo mismo que la espuma blanca se fundía en la arena. El móvil sonó porque que le había llegado un nuevo email. No tenía muchas ganas de leerlo pero tampoco tenía nada más que hacer.

Le costó reconocerse en la vieja fotografía y también reconocer a las demás. Cuando recordó, lloró amargamente por todo lo que había sucedido desde ese día. Poco podía imaginar entonces que el futuro era tan escurridizo e impredecible, caprichoso, y que iba a cambiarla tanto por dentro. Temorosa, leyó lo que su amiga le había escrito. Con cada palabra iba sintiendo, cada vez más, la sal marina en su boca; cada sentimiento recuperado, le llenaba los pulmones de brisa soleada; recuerdo tras recuerdo, su cuerpo entraba en calor.

Su amiga sabía que necesitaba ayuda y quiso recordarle quién era de verdad. Quién había sido siempre pese a todo. Porque ella la conoció en el inicio, cuando los tropiezos y los dramas todavía no le habían tocado el alma.

Unos meses después, recuperándose poco a poco, fue a ver a su amiga con la foto en la mano. Se abrazaron y acabó de sanarse al recuperar aquellos sentimientos profundos y sinceros que compartieron treinta años antes. Huellas del pasado que había enterrado dentro de su corazón y su vieja amiga en una caja de madera. Estelas de lo que fueron que no debían continuar escondidas.