Alas gemelas

Este relato nace de la colaboración con Danielis. Una seguidora de mi Página de Facebook @elesconditedelacuentista. Es una jovencita venezolana entusiasta, sensible y todo un encanto. Me propuso que escribiese un cuento de miedo, dándome completa libertad, a partir de un argumento que ella había elaborado. Me fascinó la idea. Unir mis miedos con los suyos. Dos generaciones compartiendo un sentimiento universal: el terror de convertirnos en la obsesión de otra persona. Mi tema favorito por cierto. Ahí va para todos vosotros. ¡Esperamos que disfrutéis con la lectura!
Iván no tenía por costumbre quedarse en casa un sábado por la noche. Y menos cuando su madre estaba de viaje y podía hacer lo que le diera la gana. Pero por mucho que costase creerlo, allí estaba. Tumbado en el sofá, con las zapatillas sucias de deporte puestas y como única luz el resplandor que emanaba de la pantalla del televisor. Apenas podía distinguirse en la oscuridad del salón su rostro aburrido.
Todo porque sus amigos estaban estudiando, el lunes siguiente comenzaban los exámenes finales. Suspiró enfadado y se dio la vuelta para observar fijamente el techo. La televisión había dejado de interesarle. Cruzó los brazos sobre su pecho. Qué largo se le iba a hacer el fin de semana.
Cogió el móvil y revisó todos los chats para comprobar que no hubiese nadie más con ganas de charlar y aprovechar esa noche. Nada. Silencio. Resopló y optó por irse a su habitación. Llevaba horas tumbado y ya estaba harto. Entró en su dormitorio y encendió el ordenador. De acuerdo. Lo haría. Estudiaría un rato por no morir de aburrimiento.
Se metió en el grupo de la Universidad, en Facebook, y preguntó si alguien podía pasarle los esquemas para el examen de Química aplicada. Mientras contestaba alguna alma caritativa, buscó música en su ordenador. Comenzó a sonar The race de Thirty seconds to Mars a todo volumen.
La ventana de su habitación estaba medio abierta y un pájaro blanco se golpeó primero en el cristal para acabar entrando mientras cacareaba tan fuerte que la música no lograba ocultar aquellos sonidos tan molestos. Iván saltó de la silla sobresaltado y observó atemorizado al pequeño animal que se había roto un ala e intentaba despegar del suelo sin éxito. Abría su pico una y otra vez quejándose.
Era un extraño pájaro. No reconocía la especie a simple vista. Las blancas plumas se habían manchado de sangre. Lo agarró con repugnancia y sintió el ala rota en su mano derecha. Desencajada, extrañamente deformada. El ave no dejaba de agitarse y comenzó a darle fuertes picotazos en los dedos. Iván podía ver cómo se teñían de rojo sus dedos mezclándose su sangre con la del pájaro. Apretó más las manos en aquel pequeño cuerpo y notó cómo le rompía la otra ala.
Ya no soportaba más ese calvario. Gritó fuera de sí y, como si se tratase de una pelota de béisbol, lo lanzó a la calle. Cerró los ojos y esperó un instante. Terminó la canción que sonaba por los altavoces del ordenador. Al igual que el cacareo del animal. Se había callado por fin y sabía por qué. Ya sólo se escuchaban sus tensos jadeos intentando recomponerse. Acaba de matar a un pájaro. De delicadas plumas blancas. Recordó la sensación de los huesos partiéndose en las palmas de sus manos. Corrió hasta el cuarto de baño y vomitó.
Se frotó las manos enérgicamente para borrar la huella sanguinolenta de su crimen. No le dolían los cortes provocados por los picotazos. Le dolía el pecho. Al contemplarse en el espejo no le gustó lo que vio. Estaba muy demacrado y se le habían ensombrecido los ojos. Se notaba que lo había pasado francamente mal unos minutos antes. Cerró los párpados y se obligó a olvidar lo que había sucedido. Se prometió a sí mismo no asomarse por la ventana para ver al animal muerto.
Con pasos cansados, regresó a su habitación. Rozó el ratón y se iluminó la pantalla. Buscó el nombre de la especie a la que pertenecía el pájaro. No tardó en comprobar que se trataba de un mirlo blanco. No le gustó averiguar lo especial que resultaba un mirlo de ese color. Por lo extraño e inusual. De repente tuvo deseos mirar afuera para comprobar lo que ya sabía, que aquel pequeño corazón había dejado de latir simplemente por haber entrado en su dormitorio. De manera inconsciente se apretó los dedos dónde estaban las mancha de sangre hacía unos minutos. La culpa se había instalado en su cuerpo.
El aviso de un mensaje en el chat de estudiantes le sacó de su torbellino de sentimientos confusos. Ariana, una estudiante de otra clase, le mandaba los resúmenes del temario que había pedido. Agradeció tanto poder alejar de sus pensamientos al mirlo blanco que se animó a mantener con ella una conversación. No la conocía y corría el riesgo de que la chica notase el acercamiento un poco forzado pero no le importaba.
Ari, que así le pidió que la llamara, le confesó que llevaba horas estudiando y ya comenzaban a bailarle las frases del libro. Además, le parecía una tontería sacrificar de esa manera la noche del sábado. Pero sus padres eran muy estrictos y no la dejaban salir cuando llegaban los exámenes. De hecho, llevaba ya dos semanas viviendo entre la Universidad y su habitación.
Iván comprendió en las palabras de aquella chica que se encontraba tan sola como él en aquella larga noche. Rió para sí mismo al fijarse en la foto de perfil de Ari, llevaba gafas. No podía ser de otra manera, era una cerebrito en toda regla. Qué regalo tan oportuno le había brindado el destino para los exámenes finales. Y para olvidar que había un pequeño bulto de carne inerte con alas bajo su ventana. No se conocían en persona, pero habían conectado de manera virtual y él se sentía muy agradecido.
Los días siguientes transcurrieron deprisa. Estudiando con Ari a través del chat y mensajes de audio. El mirlo que mató quedó enterrado en algún lugar de su cerebro junto a otros recuerdos y trastos viejos que no quería rememorar. Ari ayudó también a este olvido necesario pues la chica supo cómo enternecerle con sus conversaciones íntimas en las que le confesaba sus secretos. Iván, por su parte, le respondía con la misma confianza. Pues entendió que Ari era de esas pocas personas honestas y leales en las que podía refugiarse.
Pasaron los finales e Iván pudo celebrarlo con sus amigos. Antes de salir hacia la fiesta, le mandó un mensaje a la chica para que se uniera a ellos. Pero Ari quería descansar. Cada vez le costaba más sobrellevar la presión de sus padres. Además, no le iban a dejar. Él, agradecido por todo lo que le había ayudado, le propuso quedar en una cafetería cercana a la Universidad la tarde siguiente. Ella le confesó que a sus padres no les gustaba que quedara con chicos que ellos no hubiesen aprobado antes.
Aunque en realidad nunca aceptaban a ninguno y ella apenas podía salir. Iván insistió. Tenía que enfrentarse a ellos. Ari tenía dudas. Sin embargo aceptó. Nada podía ser peor que estar encerrada en casa día tras día.
La diversión nocturna duró más de lo que Iván esperaba y llegó a casa a la mañana del día siguiente. Su madre le esperaba en el salón. Sentada en el mismo sofá dónde, un par de semanas antes, él se moría de aburrimiento. Su cara reflejaba mucho enfado. Pero no le importaba. Se lo había pasado demasiado bien como para permitir que se lo estropeara. No contestó a sus preguntas y calló su voz dando un portazo al meterse en su habitación.
Se quitó la ropa que olía a humo pegajoso y a alcohol. Su último pensamiento fue para Ari. Sonrió al pensar que la conocería por fin en persona. La cama le resultó muy cómoda y refrescante. Un sueño piadoso le engulló en cuestión de segundos. Tiró de él y le llevó lejos a través de un profundo túnel. Sin embargo, no todo iba a ser tan placentero en su descanso. De repente, la cavidad se transformó en otra cosa. Iván conducía su coche atravesando la oscuridad. Los faros iluminaban el asfalto haciendo destacar las líneas blancas discontinuas de la carretera.
En la radio sonaba The race de los Thirty seconds to Mars. Apretó las manos en el volante y comenzó a sudar. Pero otros sonidos se mezclaron con la canción. El precioso canto de un pájaro. Líneas blancas en el negro suelo. Pisó con fuerza el acelerador como queriendo escapar de un recuerdo “terrible. Sus manos se contrajeron intentando convertirse en unas garras y el volante comenzó a crujir. Huesos rotos. El motor rugió cuando Iván aumentó la velocidad de manera alarmante. Líneas blancas.
No supo de dónde surgió pero no puedo evitar golpear a una figura blanca que se encontraba plantada en medio de la carretera. Perdió el control del coche durante u instantes hasta que logró frenar. Gritó despavorido porque sabía que acaba de atropellar a una persona. Corrió hacia el bulto blanco que yacía inmóvil en el suelo pero, por más que lo intentaba, no lograba llegar hasta él.
Lloró impotente, apretó la mandíbula y alargó los brazos para conseguir zafarse de la fuerza invisible que le impedía socorrer a aquella persona. Se despertó con los zarandeos de su madre preocupada por los alaridos que profería. Respiró aliviado al comprobar que todo había sido una pesadilla.
Le preguntó desorientado a su madre qué hora ella. Le contestó que las doce del mediodía. Iván le confesó que había quedado por la tarde con una chica y que no quería dormir demasiado. Tenía mucho interés en conocerla. Su madre le retiró el pelo de su frente sudorosa mientras sonreía de manera maternal. Esto causó el efecto que ella deseaba y el chico volvió a conciliar el sueño. Esta vez fue plácido y reparador.
Abrió los ojos lentamente. Le dolía mucho la cabeza. Parecía como si le hubiese arrollado un tren de mercancías. Había dormido tan profundamente que sus músculos no conseguían recuperar las ganas de moverse. Miró el reloj y su corazón dio un brinco. Eran las diez de la noche. Había quedado con Ari y había faltado a la cita. Suspiró perezoso. Seguro que estaría molesta. Le había fallado. Sintió un peso sobre él que no le apetecía cargar. Al fin y al cabo se conocían desde hacía poco. Tampoco le debía nada.
Le recriminó a su madre que no le despertara. Pero ella insistió en que lo había intentado varias veces pero que él no conseguía despertarse del todo. Después de cenar la culpabilidad le reconcomía por dentro. Así que quiso asumir su responsabilidad y se sentó en el ordenador. Le escribió a su amiga un mensaje de disculpa y aguardó impaciente una respuesta. Era de madrugada y era posible que ya estuviese dormida, pero quiso intentarlo. Empezó a frotarse las manos como la noche en la que se las manchó con el mirlo herido.
Un nuevo mensaje iluminó la pantalla. Ari aceptaba sus disculpas. Se había sentido una idiota esperando en la cafetería. Viendo a compañeros suyos pasándolo bien con sus amigos mientras ella estaba sentada sola en una mesa disimulando su decepción. Iván se apresuró en llamarla por teléfono. Quiso hablar con ella para demostrarle lo importante que era para él. Que no había acudido a la cita porque se había dormido. Sólo eso. Ari le escribió que no se preocupase. Estaba cansada. Sus padres habían montado en cólera. Daba igual, estaba aliviada ahora que él le había dado explicaciones. Quedaron en verse para desayunar.
Iván entendió que Ari no quisiera seguir hablando con él. Bastante generosa había sido. Otra persona no habría sido tan comprensiva. Además, se le encogía el corazón al imaginar el conflicto que le podría haber originado con sus padres. Mañana la vería y nunca más la dejaría sola.
Apareció una noticia en el grupo de estudiantes. Una compañera de la Universidad se había suicidado esa tarde arrojándose desde de la ventana de su dormitorio. Abrió el enlace y leyó el suceso. La fotografía le dejó sin aliento. Un bulto blanco en medio de la carretera. El mismo bulto de su pesadilla. Podía adivinarse el cuerpo de la chica que vestía un camisón de tirantes. Sus brazos parecían rotos por el golpe. Parecía flotar en un charco rojo. Una alarma se disparó en su cabeza.
Bajó el cursor hasta leer el nombre de la joven. Ariana. El corazón amenazaba con pararse. Buscó en la información otra foto de la fallecida. La encontró. Esas gafas tan reconocibles. Su sonrisa tímida. Lanzó la pantalla del ordenador contra el suelo sin entender lo que estaba pasando. La pantalla se apagó y se volvió negra. Empezó a vestirse. Iba a ir al lugar del accidente. Necesitaba información, necesitaba saber.
Empezó a ponerse la chaqueta cuando la pantalla se iluminó. Ari le había mandado un mensaje al móvil. Iván, al verlo, rió descontrolado. ¿Podría haber sido todo un malentendido? Se apresuró a leerlo. Ari quería que se vieran ahora mismo. No quería esperar hasta el día siguiente. De hecho, ya estaba de camino. Iba caminando pero llegaría en unos diez minutos. Iván aceptó gustoso. Saldría a recogerla con su coche. También estaba impaciente por comprobar que se encontraba bien.
Conducía aliviado. Enamorado de aquella chica a la que nunca había visto pero que tanto conocía. La encontró tras recorrer dos manzanas. Encendió las luces de emergencia y bajó ansioso del vehículo. Ella sonrió ruborizada. Estaba preciosa. La abrazó con fuerza con miedo de perderla y se besaron unos segundos que se convirtieron en horas, en años.
Subieron al coche y salieron de la ciudad. Durmieron juntos en el asiento trasero después de aparcar cerca de la playa. Habían hablado de todo y de nada. Poco importaban ya las palabras. Sólo la piel era lo que contaba ahora su historia.
El sol apareció entre las nubes mañaneras. Iván abrió satisfecho los ojos y contempló a Ari entre sus brazos. El móvil vibró con la entrada de un mensaje de uno de sus amigos. El cadáver de la chica muerta estaría en el tanatorio al mediodía para que todo el mundo pudiese despedirse de ella antes de enterrarla. Estaban quedando todos los compañeros para acudir juntos. Iba a resultar muy duro.
Iván dijo que iría. Antes de despedirse de su amigo, le preguntó quién era la chica que se había suicidado. Él le contestó que no la conocía, no iba a su clase. Se llamaba Ari. Ariana en realidad. Era muy callada y no se relacionaba mucho pero era buena estudiante y amable con todos. No merecía morir. No estaba bien lo que había pasado. Se comentaba que los padres la tenían demasiado amarrada. Pero vete a saber… ¿No había leído la noticia en el chat?
Iván ya no le escuchaba desde hacía rato. Dejó caer su móvil al suelo. Volvió a mirar a Ari entre sus brazos. Su cerebro intentaba saber si era una casualidad, si había muerto otra Ariana o si se estaba volviendo loco. La apretó contra su pecho. Ella gimió dormida. Notaba la fragilidad de su cuerpo entre sus manos. Detectó la extrema palidez de su piel, casi era blanca.
Contrajo todavía más las manos. Sentía los huesos y percibía su debilidad. Ella se despertó y gritó por el dolor. Él estaba fuera de sí y la agarró tan fuerte como pudo sujetándola de los brazos. Ella comenzó a agitarse, intentando liberarse. Primero le dislocó el hombro derecho. Los alaridos de Ari a causa del dolor retumbaban en el interior del coche. Pero parecían lejanos para él.
Ella continuaba resistiéndose y se escuchó cómo se le quebraba el brazo. Un mirlo blanco se estrelló contra la ventanilla. Iván se distrajo y aflojó. Pero Ari no podía moverse por el dolor. Otros mirlos, decenas, comenzaron a estrellarse contra los cristales. Primero aparecieron unas grietas. Después estallaron. Los pájaros cubrieron a Iván y le picotearon desgarrando su carne, haciendo trizas su piel. El dolor lo llenaba todo. Y el blanco se manchaba de rojo.
Encontraron a Iván en el interior de su coche cerca de la playa. Nadie pudo explicar cómo pudo romperse a sí mismo los brazos y morir desangrado a causa de las heridas que se provocó. Pequeñas y centenares heridas. Tuvo que sufrir en extremo durante horas hasta entrar en shock por el dolor.
Descubrieron en su móvil abierta la página en la que apareció la noticia del suicidio de Ari. En ella se contaba que los padres de la chica habían encontrado una carta de despedida en su habitación.
Iván, abriste la ventana de mi libertad para después lanzarme al vacío con las alas rotas.
El chico debió sentirse muy culpable. De alguna manera tenía las manos manchadas de sangre.
©Danielis Tovar ©Esther Paredes Hernández
Barcelona, 18 de Marzo de 2018
Este es el argumento que me envió Danielis y en el que he basado el relato. No lo puse antes para no hacer spoiler .
“Dos personas que se conocieron en línea gracias a amigos en común. Dani y Jesús se la pasaban siempre hablando por chat. Tenían tantas cosas en común que ya se habían hecho demasiado cercanos. Jesús se identificaba perfectamente con la chica de lentes, y siempre se sentía cómodo para decirle sus problemas. Un día, quedan de acuerdo para encontrarse, conociendo así finalmente. Él ese día amanece con una pereza horrible, y no va a verla a dónde acordaron. No le avisa sino hasta que ya había pasado la hora del encuentro. Ella contesta el mensaje, nada molesta con él por dejarla plantada. Siguen hablando con su cotidianeidad. Cierto día, Jesús lee el periódico local, encontrando algo que le heló los vellos. El reporte de una chica asesinada, muerta por un accidente gracias al descuido de un conductor por la calle. Responde al nombre de Dani, y sucedió el día que se encontrarían a la hora después de lo acordado. Jesús se tensa, y en ese momento, recibe un mensaje de ella.”

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

En la cueva

En el agua de la lluvia halló la constatación de que se había salvado. Las gotas caían sobre su rostro aliviando su miedo y le hicieron saber que todavía le quedaba una oportunidad. No era capaz de apreciar que estaba rodeado por centenares de árboles desnudos de hojas y que se mostraban ante él como un ejército de lanzas apuntando hacia la tormenta desafiándola. Lanzas negras afiladas dispuestas a morir por él. Inclinó la cabeza hacia atrás, dirigiéndola hacia el cielo gris con los ojos cerrados, disfrutando de la libertad pues había logrado salir de la cueva.

Un domingo por la tarde recibió una llamada que puso todo su mundo del revés. Un policía le habló despacio, con la voz forzadamente tranquila, le dijo que era su deber informarle del accidente que había sufrido su mujer. Mortal. Muerta. Hospital. Esas fueron las únicas palabras que su cerebro consiguió procesar por culpa del frío desgarrador que había congelado su cuerpo.

Muerta. Vacío. La vida sin ella se transformó en un infierno que le engullía día tras día. Un gran agujero surgió en su estómago y era una presa fácil para el dolor. De ahí nació el nudo con el que tiraban de él hacia las profundidades. Apareció una gran mancha de sudor en el colchón provocada por la tristeza de no poder escuchar respirar a su mujer a su lado. El mundo que le rodeaba cambió drásticamente hasta el punto de no poder reconocerse a sí mismo cuando se miraba en el espejo.

Pensó que no recuperaría la tranquilidad. Que su mente se volvería insaciable y le consumiría. No quería vivir así. Pero tampoco acertaba a encontrar una solución. Hasta que una salida se mostró ante él en forma de llamada telefónica. Su móvil sonó varias veces hasta que decidió contestar porque en la pantalla aparecía el nombre de su mujer y aquella llamada no pertenecía a la realidad.

Resolvió la cuestión respondiendo. Quería escucharla aunque fuese producto de su cerebro descontrolado. Al otro lado, se escuchó una respiración agitada que reconoció. Pronunció su nombre pero no consiguió que ella profiriese algo más aparte de esos jadeos profundos y extraños. La conexión se cortó dejándolo en la más absoluta oscuridad. Perdido.

Sonó, retumbando entre las paredes desnudas de su casa, el aviso de un mensaje. De nuevo, enviado desde el número de su mujer. No había palabras escritas, sino números. Sus neuronas se agitaron con ansiedad. Deseaba descifrar el enigma más que cualquier otra cosa en aquellos momentos. ¿Un mensaje encriptado? No ¿Una fecha? No ¿Un lugar? Sí. Unas coordenadas que pertenecían a un lugar situado a escasos kilómetros de su casa.

Se vistió con las manos temblorosas y con una sonrisa en la cara que parecía una mueca por la tensión que se escondía en el interior de su boca. Escasos minutos después, introdujo la llave de contacto y puso en marcha su coche dirigiéndose al lugar en el que esperaba volver a ver a su esposa muerta.

La dirección le llevó hasta lo más profundo del bosque. A una cueva que tenía la forma de una boca abierta al abismo más negro. Su móvil sonó. Apareció el nombre de su mujer. Al aceptar la llamada, reconoció las inspiraciones entrecortadas y artificiales. Esta vez dieron paso a una risita nerviosa y enloquecida. La voz juguetona y macabra de su mujer le dijo. “entra” antes de cortar.

Encendió la luz de linterna del móvil y eso hizo.Tras dejar atrás el mundo exterior, se encontró rodeado de paredes de piedra y nada más. Cerró los ojos un instante. Por primera vez, vaciló en sus intenciones y valoró la posibilidad de que allí le hubiese convocado su dolor extremo y desquiciado. No iba a encontrar a su esposa. Las dudas le envolvieron cuando algo le acarició el rostro sobresaltándolo. La luz de su móvil se apagó.

Sintió otra caricia. Fría pero que le quemaba la piel. Y percibió perfectamente que provenía de una mano. Llamó a su mujer y su nombre retumbó entre la piedra dando paso al eco. El móvil iluminó la cueva y la observó con más atención. El eco le mostró la pequeña entrada de un túnel. Debería arrastrarse por el suelo si decidía investigar hasta dónde le llevaba.

Con el móvil en la boca, comenzó a recorrerlo sin importarle lo que la tierra le hacía a sus antebrazos ni los arañazos que las piedras dibujaban en su rostro. El mismo rostro que acababa de acariciar una mano sobrenatural.

El túnel se alargaba demasiado y esto empezaba a pasarle factura. La sangre le resbalaba por la frente y le goteaba sobre sus ojos produciéndole picor mientras le nublaba su vista. La mandíbula le dolía y apenas podía sujetar el teléfono con la boca unos metros más. Los pulmones le ardían por la falta de oxígeno y se sentía muy mareado. La sangre golpeaba sus sienes con la fuerza de un martillo.

Se detuvo a descansar. Aunque más bien para morir. Aquel agujero subterráneo era una trampa mortal. Ni más ni menos. Escupió el móvil y se estiró. Apoyó la cabeza sobre su brazo izquierdo y se dispuso a abandonarse. Escuchaba su respiración exhausta y supo que le quedaba poco tiempo.

Recordó los ojos llenos de vida de su mujer, grandes y brillantes, resplandecientes. Y su mano suave cuando le cogía del brazo cuando paseaban. Y el olor de su pelo al recostarse sobre su hombro… Empezó a sentirse reconfortado por condenarse en aquella oscuridad al intentar recuperarla.

Y entonces escuchó su respiración pausada junto a él, escondida tras la pared. Sonaba como cuando ocupaba su lado de la cama. Volvían a dormir juntos compartiendo un sueño eterno. Disfrutó de su compañía aunque no pudiese verla porque habitaba en el interior de la roca.

Sintió que no era suficiente, que quería encontrar su mano y su pelo. Así que usando primero el móvil y después sus dedos, comenzó a escarbar las duras paredes del túnel. Ahora sólo escuchaba los esfuerzos que hacía por no dejarse llevar por el dolor de sus manos descarnadas que apenas conseguían separar las piedras de la tierra húmeda.

Comenzó a distinguir que la risa nerviosa de su mujer provenía de todas partes. Como una burla injusta. Y eso le enfureció. No iba a consentir que todo aquello fuese un juego. Estaba dispuesto a morir por ella si no conseguía sacarla de aquel agujero en el que estaba enterrada. Porque los separaron antes de tiempo, porque su vida no debería haber terminado tan pronto, porque ella no merecía desaparecer.

Arañó con toda su rabia, con la frustración de no haber podido protegerla y sus dedos se quedaron sin uñas mientras conseguía abrir un agujero, un camino que le ayudase a liberarla. El pequeño gusano por el que se introducía mientras sacaba tierra era más estrecho que el túnel que dejaba atrás. Y no había luz que le indicase hacia dónde se dirigía.

Su cuerpo estaba cada vez más oprimido y la sangre no recorría sus venas con libertad lo que hacía que sus extremidades se fuesen durmiendo. Esto le daba ventaja sobre el dolor que deberían producirle los cortes profundos. Cada vez que la idea de abandonar se le pasaba por la cabeza, la voz llena de locura de su mujer le animaba a seguir. Cada metro que conquistaba disminuía la distancia que le separaba de ella.

No supo cuánto tiempo había pasado ni lo que había recorrido cuando cayó al vacío. Se quedó paralizado por la sorpresa. Sin entender hacia dónde se dirigía, se golpeó contra el suelo. Continuaba a oscuras. Supo enseguida que se había roto dos costillas por lo menos. Le dolía el abdomen cuando lo hinchaba pero había más oxígeno en aquel lugar y podía respirar con menos esfuerzo al respirar. Cuando consiguió calmarse, supo que la había encontrado.

En mitad de aquella nada, apareció un punto brillante. Un diminuto rayo de luz que comenzó a crecer e iluminó la cueva en la que había caído. Sí, estaba otra vez en la cueva a la que había entrado. La luz provenía claramente del túnel que tanto sufrimiento le había causado.

De allí asomaron dos manos que se arrastraban por el suelo. Dos manos, dos brazos rígidos, una melena larga y sucia que ocultaba un rostro conocido. El cuerpo roto de su mujer, manchado de sangre y barro, le provocó pavor y tristeza a partes iguales. Se dio cuenta de que así la había enterrado: rota.

Continuaba sangrando, en una muerte infinita que la mantenía atrapada en aquel lugar. Ese cuerpo maltrecho y desnudo, gris y rojo, se incorporó tambaleándose y alzó la cabeza para que viera la sonrisa malvada con la que le despreciaba. Ella no merecía morir. Los dos lo sabían. Ella no quería morir. Él tampoco. Sólo había pretendido recuperarla pero eso que estaba temblando y retorciéndose delante de él ya no era su mujer. Era otra cosa. Ya no quedaba amor en ella. Sólo miedo y dolor.

Se acercó y le cogió de la mano. Percibió el intenso olor dulzón de la podredumbre de la carne y se sintió asqueado. Los huesos de su mujer se volvieron cuchillas que comenzaron a rasgar su piel. Ella soltó su risa siniestra. Y él entendió que iba a matarle.

No estaba dispuesto a pasar la eternidad atrapado en aquella oscuridad pegajosa como una tela de araña.  Intentó dar media vuelta para escapar. Pero ella sujetó su otra mano retorciéndola hasta partirle la muñeca y el dolor le nubló la consciencia por unos instantes. Reaccionó al sentir cómo tiraba de él para llevarle hasta las profundidades.

Clavó en ella sus uñas y sus dientes, como hiciera antes en las paredes del túnel cuando la buscaba, y la traspasó. Partiéndola en dos. Consiguió liberarse y salir de aquella cueva en la que nunca debió entrar. La noche lloraba desatando una tormenta. Y los árboles del bosque le rodeaban dispuestos a luchar por él contra la muerte.

Pensó que nunca volvería a entrar en ese lugar, a acercarse hasta ese portal que conducía al abismo. Sin embargo, lo que no sabía era que le costaría mucho cumplir esa promesa. Pues en más de una noche fría, se despertaría con el profundo deseo de encontrarse de nuevo con aquello en lo que se había transformado su mujer.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 7 de Noviembre de 2017

Terminado a las 12:19h

Dentro

Dentro no había nada.

Recorrió el largo y amplio pasillo mientras revisaba, habitación por habitación, si quedaba algún resto de las personas que habían habitado aquel lugar. Ya sabía la respuesta.

La luz que penetraba desde el exterior era insuficiente para iluminar los rincones de la casa. Que, por cierto, estaba llena de ellos. Rincones sucios, orinados, que olían a ratas.

El silencio era aplastante y le reconfortaba. Ni cantos de pájaros a lo lejos ni suaves susurros del viento atravesando las ventanas rotas. Relajó la espalda y el cuello con ligeros movimientos circulares como si de un luchador se tratara.

Aquella enorme y hermosa casa estaba vacía. Como él. Se encontraba en mitad del pasillo sin mochila, sin móvil. Había cargado hasta allí con una buena maza para derribar las paredes.

Hizo crujir sus dedos. Cogió el mango de la maza y lo estranguló con fuerza dispuesto a destrozar aquella casa hermosa y maldita que se lo había arrebatado todo.

Su mujer fue la primera en encontrarla. Había salido a dar un paseo y la descubrió por casualidad. Eso es lo que los dos creyeron entonces. Le sorprendió una tormenta que apenas le permitía ver por dónde pisaba. Acabó perdida y desesperada. Al toparse con la casa, que podía servirle de refugio, se sintió muy afortunada.

Cuando el cielo se despejó, la luz comenzó a entrar por puertas y ventanas. Ella pudo admirar de inmediato la grandiosidad de los detalles decorativos de la casa. Los techos altos, los arcos que formaban las puertas y las robustas paredes. Comenzó a hacer fotos de todo lo que le llamaba la atención y regresó a nuestro hogar entusiasmada.

Al día siguiente, fueron juntos y tuvo que darle la razón: era magnífica. Hicieron más fotografías de aquel lugar compuesto por una amplia planta baja llena de habitaciones y un piso superior al que no se podía acceder porque la escalera estaba en un pésimo estado.

Por la noche, acurrucados en la cama, revisaron juntos las imágenes que habían tomado. Ella estaba agotada y se quedó dormida antes. También había estado muy callada durante la cena. Quizás el agua de la tormenta le había provocado un resfriado.

Él continuó mirando el material que habían conseguido aquella tarde. Descubrió algunas instantáneas extrañas. Se veía claramente a su esposa, cámara en mano, en el marco de la puerta de una de las habitaciones. Y junto a ella aparecía una mujer. Para ser honestos, era más bien una sombra que parecía pertenecer a un ser femenino.

Aquella extraña silueta oscura sólo aparecía en las fotografías tomadas en esa habitación en concreto. Y se le veía tan próxima a su mujer que prácticamente estaba sobre ella. De hecho, en la última, parecía sujetarle del hombro y estar hablándole al oído.

Él olvidó conscientemente ese hallazgo, que le ponía los pelos de punta, porque ella pasó dos días con fiebre y no quiso sacar las cosas de quicio para no molestarla en ese estado. A veces, nuestros propios miedos pueden desvelar verdades que necesitan salir a la luz por muy horribles que sean. Prefirió mirar hacia otro lado y no volver a ver aquella sombra que se cernía sobre su mujer y que, de alguna manera, había empezado a cambiarla.

Durante ese estado febril, ella conversaba con alguien en la oscuridad del dormitorio. Delirios justificó él. Gimoteaba en sueños y, en más de una ocasión, se despertó en medio de alarmantes alaridos llenos de terror. Delirios.

Pocos días después de que se recuperara, su mujer llegó a casa con los brazos llenos de sangre y la mirada perdida. Él, alarmado, llamó a la policía. Ella no recordaba gran cosa, tan sólo que había vuelto a la vieja casa y después, sin saber cómo, estaba frente a su marido manchada de sangre. Cuando le limpiaron los brazos descubrieron que la sangre era suya y que procedía de unos profundos cortes que formaban la palabra Vuelve en sendos antebrazos.

Ella estaba confusa y muy preocupada. Le daba pavor no poder acordarse de lo que había sucedido durante las horas que pasó en interior de aquella casa. Pero él, aconsejado por la policía, le convenció de que todavía estaba débil por la fiebre y que lo mejor sería no volver a ese lugar que tanto parecía impresionarla.

Después del suceso, su mujer acudió a un terapeuta por iniciativa propia y, tras unas pocas sesiones, todo quedó olvidado. O eso quiso creer él. Una noche se despertó y ella no estaba en la cama. Tras buscarla por toda la casa, supo muy bien dónde debía buscarla. Le daba miedo admitirlo, pero la amaba y su obligación era salvarla de sí misma o de aquella sombra malvada que ansiaba arrebatársela.

Dejó el coche en la entrada del sendero. Las hierbas altas y los árboles curvados no le permitían llegar con él hasta la puerta. La noche era fría pero no lo notaba. Sólo pensaba en encontrarla a salvo y que no fuese tarde. Cogió la linterna y comenzó a gritar el nombre de su mujer. Silencio. Estaba temblando y apretaba tanto la mandíbula que podría haber roto sus dientes con sólo un poco más de fuerza.

Entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación en la que las fotografías habían mostrado aquella figura. Y allí estaba su mujer. Desnuda. Envuelta en la más absoluta oscuridad. Llevaba en las manos gran tornillo retorcido y oxidado con el que escribía algo en su piel.

Corrió hacia ella y vio que había trazado la palabra Vuelve, esta vez, por todo su cuerpo. Incluso había pintado este mensaje por las paredes también desnudas y con su propia sangre.

Él intentó quitarle el tornillo de las manos. Pero ella se resistía. Con los ojos opacos. Porque su mente estaba a quilómetros de allí. No se hallaba en aquel lugar y él no se sentía capaz de averiguar dónde estaba atrapada.

Ella soltó un alarido y le dio un empujón que le hizo caer hacia atrás. El tiempo justo para que se clavara el tornillo en los ojos hasta destrozarlos. Con el cuerpo y el rostro ensangrentados comenzó a caminar lentamente hacia él. Se movía con los brazos extendidos y una expresión extraña en la boca. Él no pudo soportar más horror y apagó la linterna.

Escuchó que se detenía a escasos pasos de él y que caía desplomada en el suelo. Encendió la linterna y la vio en el suelo con el tornillo clavado en la yugular. Estaba agonizando delante de él. Las piernas se agitaban con los últimos movimientos previos a la muerte.

Y acabó todo.

Vuelve.

Tardó un tiempo en darse cuenta de que el mensaje era para él. A él era a quién esperaba ese terror nocturno en aquella casa que se lo había quitado todo por ser un cobarde. Pero ya no. Y eso era lo que había hecho, regresar.

Dio el primer mazazo en una de las paredes en las que todavía había restos de la sangre de su mujer. La pared gritó. La casa entera gritó. Pero él no se detuvo y golpeó de nuevo. Quería que saliera. Quería verla.

Sintió que alguien ponía su mano inerte y helada en su hombro. Clavándole las uñas hasta rasgarle la carne. No le importaba el dolor. Ya no. Giró el rostro hacia ella y se encontró cara a cara con sus ojos enrojecidos, enloquecidos, con la fiereza de la venganza. Ella abrió su boca llena de gusanos y él levantó la maza. La oscuridad se cernió sobre él como un remolino.

Semanas después, una pareja de excursionistas encontró su cuerpo desnudo tirado en el suelo del amplio pasillo. Hinchado. Gris. En un lecho de sangre seca. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y era evidente que había muerto a causa de un fuerte golpe en la cabeza que le había destrozado el rostro.

Lo que no entendieron fue lo que parecía ser una especie de mensaje que había intentado escribir antes de morir. No vuel_

Debatieron, aquella noche mientras intentaban alejar el horror que habían descubierto, si ese pobre hombre habría intentando advertir a quién le encontrara de que no volvieran a aquella casa.

Pero lo hicieron. Primero, ella regresó. Y, más tarde, cuando ella apareció desangrada, él.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 13 de Mayo de 2017

Terminado a las 19:45 h

El vacío que nos absorbe

Se encontraba de pie, descalza, en la terraza de su edificio. Con el viento frío meciendo su cabello negro y rodeada de sombras nocturnas producidas por la escasa luz que emitía la luna esa noche y la que emanaba de algunas ventanas de los apartamentos. Iba a saltar al vacío desde una altura de más de diez pisos.

Estaba gravemente enferma y no se lo había dicho a nadie. Desconocía lo que le estaba pasando a su cuerpo, pero sabía que algo no funcionaba bien y algo estaba acabando con ella desde su interior. Llevaba viviendo sola demasiado tiempo y no tenía ganas de luchar. Había decidido que las oportunidades se habían acabado para ella.

Así que simplemente permitió que transcurriera el tiempo mientras sentía que sus venas se secaban. Y que su estómago y sus intestinos se pudrían dentro de ella. Sencillamente se dejó caer en el gran vacío inevitable del desaliento. Ese vacío frío y oscuro en el que los cerebros melancólicos se sumergen mientras una fuerza invisible tira de ellos hacia las profundidades mortales.

Ella estaba siendo empujada con tanto ímpetu que imaginaba curvado su cuerpo maltrecho mientras veía que sus brazos y sus piernas se elevaban hacia arriba transformándose en tentáculos que se agitaban como gelatina.

Albergaba todavía, en algún rincón de su cuerpo, una minúscula esperanza. Desde luego no era consciente de que existiera, pero ahí estaba. Quizás escondida entre sus costillas o en un punto oculto entre su hígado y el páncreas. Podía suceder que si sus pies lograban tocar el fondo, consiguiera impulso para regresar a la superficie.

Sin embargo, la oportunidad llegó desde fuera. Un suceso inesperado le hizo flotar hacia arriba y le ofreció una nueva perspectiva. Fue la tarde en la que se cruzaron en el rellano y él la miró por primera vez. Con esos ojos verdes, cansados, envueltos por las arrugas de la madurez.

Fijó en ella la mirada con tanta intensidad que sintió que el corazón se le paralizaba sin que pudiera remediarlo. La magia se rompió cuando sintió dolor porque le ardía la cara. La sangre se había empeñado en arremolinarse en su cabeza como un volcán erupción.

Él se dirigió hacia su apartamento situado al lado contrario del suyo sin mostrarle ni siquiera una pequeña sonrisa educada. A partir de ese día, ella salía de casa con la necesidad de verle. De contemplarse otra vez en aquellos ojos verdes. Agotados. Tan cansados como los suyos. Quizás pudieran recuperar las fuerzas juntos.

Pero, por más que lo deseara, por más que mirara el techo de su dormitorio noche tras noche pidiendo, clamando, un encuentro fugaz, no volvió a toparse con él. Cada tarde, a la vuelta del trabajo, controlaba a todos los vecinos que pasaban por su puerta. Estaba al acecho tras la mirilla como una vieja loca.

La obsesión aceleró su deterioro físico y su jefe le insinuó que necesitaba unos días libres. Estaba mucho más delgada y demacrada. Ella aceptó. Pero sólo porque podría estar más tiempo en casa y así tener más posibilidades para poder encontrarse con él. No porque mejorar su salud fuese su objetivo.

Hora tras hora, espiando, pronto pudo conocer las costumbres de su vecino. Nunca salía de su casa. Por eso no había vuelto a cruzarse con él. Pero algunas noches recibía visitas. En intervalos de dos o tres noches, una chica llamaba a su puerta. Ella no conseguía verlas. Y de él, adivinaba su silueta recortada en el umbral de la puerta pues se quedaba a contraluz cuando les abría.

Pudo advertir con claridad la ausencia de movimiento de los protagonistas. No reaccionaban al verse. No se saludaban,  sólo existía silencio entre ellos. La chica entraba y él cerraba despacio. Nunca las vio salir por la mañana por más que estuviese haciendo guardia hasta la madrugada.

Como físicamente necesitaba descansar, por mucho que ella intentara negarse ya había sufrido algunos desvanecimientos, llegó a la conclusión de que aquellas jóvenes se le escapaban en esos períodos en los que se permitía una tregua.

Su curiosidad seguía sin estar satisfecha y continuaba sin poder estar cerca de él. Tomó una decisión pues no tenía nada que perder, así que esperó pacientemente a que llegara la noche siguiente.

Intentó no pensar en el dolor de su cuerpo. En los gusanos que estaban a punto de comérsela y que parecía que ya habían empezado a crecer en su interior. Tras las ventanas, contempló cómo el sol le decía adiós y el cielo se tornaba negro. Espeso. Como a ella le gustaba. Era como un lecho vaporoso que la estaba esperando.

Antes de abandonar su apartamento, se cepilló amorosamente su larga melena de color negro. Ese cabello suave que se enroscaba en su espalda intentando alcanzar sus piernas. Se pintó los labios y le dio fuerza a su mirada. Si iba a presentarse ante él, quería que la deseara tanto como ella.

Se acercó a la mirilla. No tuvo que esperar demasiado para ver llegar a una nueva chica. Había tenido suerte. Podía haber tenido que esperar unos días más y no pensaba que su enfermedad le permitiese tanto tiempo. La joven entró siguiendo el mismo ritual de siempre.

Cuando él cerró la puerta, salió al rellano. Llegó al apartamento y se acercó para intentar escuchar. Y lo consiguió. Del interior, se escapaban jadeos que no parecían producidos por placer, gorgoteos, pequeños gritos ahogados por golpes… Lo que estaba sucediendo allí dentro era peligroso y comenzó a aporrear la puerta con todas sus fuerzas. Los ruidos cesaron de repente y ella también se detuvo.

Tras esperar segundos, que se le hicieron eternos, él abrió la puerta y casi se desmaya del terrible olor que escapaba del interior del apartamento. Quiso dar media vuelta pero no tuvo fuerzas para escapar. Estaba frente a esos ojos que tanto amaba. Se aproximó lentamente hacia él hasta rozar su cuerpo mientras entraba.

La puerta se cerró tras ella. La casa apenas estaba iluminada. Pero eso no le importaba. Él la cogió de la mano y la llevó hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha y no había rastro de la chica. Eso tampoco le interesaba. Ahora era su turno de perderse en aquella mirada hueca, en aquel profundo vacío inevitable y dejarse llevar mecida por la brisa helada y muerta.

Aquella noche la pasaron juntos. Compartiendo lecho y sábanas con la oscuridad más temible. Engullida en un gran océano fue incapaz de darse cuenta de que la muerte se respiraba en aquel apartamento. De que los gusanos a los que ella tanto temía se arrastraban por el suelo y las moscas revoloteaban a sus anchas.

Cuando se despertó, era de madrugada y su piel estaba contraída por el frío. Él no estaba en la cama. Se vistió únicamente con su jersey y, descalza, salió de la habitación buscándole. El silencio era aplastante y comenzó a sentir que la asfixia se arremolinaba en su garganta. Algo no iba bien. Recordó a la chica.

Salió al salón y le vio de pie, observando el exterior por la ventana abierta de par en par. No se giró a mirarla en ningún momento. Parecía absorto contemplando el lienzo oscuro de la noche que comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol. Ella se acercó hasta él.

Entonces su pies pisaron algo líquido. Miró hacia abajo y vio que estaba en medio de un reguero de sangre que provenía de la cocina. Lo siguió poniendo cuidado en no mancharse más todavía pues le había provocado una sensación pegajosa y repulsiva.

Cuando entró en la cocina se llevó las manos a los ojos para evitar perder la poca cordura que le quedaba. Cuatro chicas. Cuatro cadáveres desparramados. Una de ellas se había cortado las venas sobre la mesa con tanta intensidad que asomaban los huesos a través de los cortes. Unos cortes que daban cobijo y alimento a un ejército de moscas carroñeras que entraban y salían de aquel cuerpo putrefacto con total impunidad.

Otra chica se había ahorcado y colgaba de la lámpara del techo. Su cuerpo estaba hinchado y su piel gris denotaba que estaba a punto de resquebrajarse. Probablemente, a través de las grietas los gusanos hiciesen su aparición estelar.

La tercera, se había tragado lo que parecía un cuchillo y la punta asomaba por la nuez. Apartó la mirada de su cuello. No podía mirarlo. Pero al girar la cabeza, dio con la cuarta, la última que había llegado a aquel paraíso del suicidio.

Se había dado golpes contra la pared hasta romperse el cráneo. Sus ojos muertos no mostraban ningún tipo de emoción: ni miedo ni dolor ni arrepentimiento. Ella no sabía si acababa de entender la magnitud de lo que se gestaba en aquel lugar. Regresó al salón buscando respuestas o quizás para dejar atrás ese cementerio terrible en el que los cuerpos todavía no habían sido enterrados.

Él, que continuaba en la ventana, la observó cansado pero pudo ver que una ligera sonrisa se dibujaba en su boca por primera vez. Entonces, agarró con las manos el marco y saltó sin que ella tuviese tiempo para impedirlo. Pudo escuchar como su cabeza se rompía contra el pavimento como si fuese una fruta podrida.

Ella gritó haciendo temblar el edificio aunque no iba a servir para nada. Ya no volvería a verse en esos ojos verdes ni a dejarse llevar en las corrientes nocturnas que la llevaban al vacío más cruel. O quizás sí.

Subió a la azotea. Cuando se asomó hacia abajo, él ya estaba sumergiéndose en un charco de sangre que se expandía con rapidez. Sus gritos habían alertado a los vecinos y las sirenas de la policía y la ambulancia se aproximaban. El tiempo apremiaba.

Caminó lentamente hasta el mismo borde. Se subió al muro tambaleándose hasta conseguir erguirse y quedar cara a cara con la inmensidad. Con lo poco que quedaba de aquella noche fría acariciándole su precioso cabello negro. Cerró los ojos y se dejó caer.

Fueron unos pocos segundos los que tardó en estar junto a él. Pronto sus sangres se mezclaron creando un nuevo lecho. Antes de que nadie llegase hasta ellos, el cuerpo de él comenzó a absorber toda la sangre que les envolvía. La suya y la de ella. Y se incorporó despacio. 

Tambaleándose, se alejó de allí. El sol comenzaba a calentar las calles. Aunque su cuerpo estaba frío como la muerte.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 24 de Abril de 2017

Terminado a las 19:31 horas

 

El secreto

Eran las 05:14 horas. Demasiado temprano para cualquiera. Llevaba los guantes de lana puestos pero, aún así, el frío le provocaba un dolor intenso en los nudillos. Estuvo a punto de caerse de la bicicleta por culpa de no prestar atención a la correcta sujeción del manillar.

Le quedaban un par de calles para llegar. Nunca había estado en el lugar a dónde se dirigía pero no estaba preocupado. ¿Acaso la vida no te lleva a destinos desconocidos constantemente? Al menos, esa mañana, él era quién tomaba la decisión de embarcarse en lo inexplorado. Y, de alguna manera, creer que tenía el control alejaba el malestar que provoca la incertidumbre cuando temes descubrir algo que te cambie para siempre.

Aceptar los cambios y adaptarte a ellos era una cuestión que le obsesionaba desde que era pequeño. Tuvo que apañárselas solo en casi todo, bueno, completamente en todo. Porque su padre nunca existió y su madre sólo se preocupaba por ella misma. Se vio obligado a vivir con un desasosiego continuo y desarrolló un gran olfato científico-detectivesco para poder subsistir en un mundo que no entendía. A la fuerza, se convirtió en un gran autodidacta.

Sin embargo, por mucho que lo intentó, su madre acabó marchándose de este mundo sin quererle. Y eso no era por decir. Realmente siempre le despreció. No le dio tiempo a  encontrar la fórmula perfecta para conseguir su amor.

Lo que sí que había logrado era ser un profesor de referencia para el mundo educativo. Porque ayudar a sus alumnos se había convertido en el eje de su existencia. Y brindaba una atención de calidad a niños y jóvenes para compensar la que él no había recibido. Precisamente pedaleaba a esa hora intempestiva por uno de sus alumnos.

Un chaval que le preocupaba desde el primer día. Detectó los peores síntomas posibles en cuestión de un par de clases. Por regla general, incluso cuando no miran a los ojos al profesor como muestra de chulería, se atisba la energía propia de la juventud en el brillo que desprenden los globos oculares, la medio sonrisa perpetua que se dibuja en la comisura de su boca (originando un pequeña arruga en forma de media luna perfecta) y les resulta imposible no mover ningún músculo de su cuerpo (hacen garabatos en el libro, manifiestan el Síndrome de Piernas Inquietas o juegan con el bolígrafo a modo de baqueta)

Pues bien, este chico no se movía. Nada. Cero. Una estatua. Podría decirse que parecía que estaba muerto, pero no rígido, era como un zombi fofo al que si le dabas un pequeño empujón se caía al suelo. Era el peor caso con el que se había topado.

Se convirtió en su principal objetivo. Según su criterio, una cosa era perder la partida contra tu madre y otra, muy distinta, no ser capaz de conseguir un poco de chispa vital de aquel alumno.

Así que se puso manos a la obra. Sacó su viejo bloc, en el que apuntaba hipótesis y conjeturas cada vez que se enfrentaba a un nuevo reto, y comenzó a escribir sobre el chico. Repasó los detalles que recordaba: siempre se vestía con la misma ropa (una roída sudadera gris y unos vaqueros que le quedaban cortos), no desprendía ningún tipo de olor y no le había escuchado hablar ni una sola vez.

Con los labios ligeramente apretados a causa de la preocupación, cerró el bloc y, durante unos segundos, los ojos. Sin duda era el caso más difícil que se había enfrentado hasta el momento. Tras pensar durante casi una hora, supo cuál sería su primer paso: observarle fuera del entorno en el que parecía camuflarse. Ese lugar era el aula.

Así que se dedicó a tomar nota de sus costumbres fuera de ella el resto de la semana. Tenía la posibilidad de conocer su horario de clases y así consiguió espiarle cuando no le tocaba hacer de profesor. Pronto se sintió frustrado, pues lo que descubrió no le ayudó a avanzar en la investigación.

Daba lo mismo en qué lugar se encontrase, el chico siempre estaba sentado como si fuese un bulto de carne dejado caer sobre el trasero, con la misma mirada ausente que helaba la sangre de cualquiera y con una boca que más que cerrada, parecía estar cosida con un hilo invisible. Harto, decidió seguirle hasta su casa una tarde oscura en la que las nubes habían apagado el sol.

Disimulando para no ser descubierto, con la cabeza oculta dentro de la capucha, salió de la ciudad tras él poniendo rumbo a un grupo de edificios peligrosos situados en la periferia. Entonces tuvo claro que su personalidad cuadraba con la típica familia de pocos recursos que vive en un barrio dónde la droga es la reina. Entendía que no esperara mucho del futuro. 

La curiosidad aumentó al ver que el chico entraba en un edificio concreto. Se detuvo en la puerta y se bajó de la bicicleta mientras se quitaba la capucha para poder ver mejor. No quería dejarla aparcada fuera. Desaparecería en cuestión de segundos. Decidió adentrarse cargando con ella hasta conseguir asomarse por la escalera y determinar, más o menos, en qué apartamento se metía.

A la mañana siguiente, el director del Instituto le asaltó a la hora del almuerzo. Le dijo que había recibido una queja formal de los padres de un alumno. Según ellos, siguió a su hijo hasta su casa ayer por la tarde. Según ellos, claro, porque no era cierto ¿verdad?. El director se quedó blanco al comprobar que su profesor estrella no era capaz de negar la acusación ni con palabras ni con los ojos.

Le explicó los motivos, eso sí. Incluso se ofreció para hablar con el chaval y aclarar las cosas. Al fin y al cabo, sólo pretendía ayudarle a estar más integrado en el aula y mejorar sus notas. El director declinó el ofrecimiento. No estaban las cosas como para eso. Le recomendó que pusiera tierra por el medio y ver si así los padres se tranquilizaban hasta el punto de retirar la denuncia.

Aceptó la propuesta del director y estaba dispuesto a seguir sus indicaciones, hasta que entró en clase y le vio. Tenía un ojo morado y, claramente, el labio partido. Se sentía responsable por aquellos golpes que había recibido en el hogar familiar. No hacía falta ser muy perspicaz para sumar dos más dos. Quería ayudarle, conocerle de verdad, más que nunca. Cuando el timbre avisó de que la clase había concluido, el chico pasó junto a él. Y sin mirarle, sin apenas vocalizar, le dijo:

—En mi casa. Cinco y media de la mañana.

No se puede describir en palabras la sensación de triunfo, de júbilo que sintió. El muro que se interponía entre ese chico y el mundo había abierto un pequeño hueco para que él pudiese entrar. Para ese alumno, siempre sería aquella persona que consiguió cambiarle la vida y le brindó una oportunidad cuando nadie más creía en sus posibilidades. Pasó la noche prácticamente en vela. Mirando el techo con el corazón lleno de satisfacción.

—Mamá, ya puedes darte por jodida, lo que he conseguido gana por puntos tu desprecio.

Miró la hora en su reloj. 05:25 de la mañana. Las manos le temblaban por el frío pero también de la emoción contenida. Cargaba con una pequeña mochila en la que había metido su bloc. A modo de triunfo. Su esfuerzo había sido recompensado. Se acercaba al edificio y pudo distinguir que el chico le esperaba en la puerta.

Llegó hasta él sin poder contener una sonrisa de victoria, pero no recibió nada a cambio. El chico dio media vuelta y entró. Claramente, era una invitación para que le siguiera. Dudó qué hacer con la bicicleta. Pero el aire helado, porque el sol todavía no se había desperezado, controlaba las calles. La bicicleta no corría peligro. De todas maneras, se sintió mejor dejándola en el hall que a la intemperie.

Pasó junto a los buzones hechos trizas, el ascensor que no funcionaba y subió las escaleras. Alcanzó el tercer piso y, utilizando sus ojos de detective, pronto detectó qué apartamento tenía la puerta ligeramente entreabierta. La empujó con cautela mientras pedía permiso para pasar. Nadie contestó, recibió un fuerte golpe en la cabeza como respuesta. Inconsciente, no pudo hacer nada para evitar que le arrastraran por el suelo y le llevasen hasta la habitación del fondo.

Sentía que la cabeza como si hubiera adquirido un peso de treinta quilos. Y la sangre le palpitaba en las sienes provocándole un intenso dolor. Abrió los ojos como pudo. No tenía demasiada fuerza y las punzadas de la cabeza eran demasiado intensas. Descubrió que estaba sentado en una vieja silla de barbero y atado con correas de cuero por las muñecas y los tobillos. De cada uno de los antebrazos salía una aguja que daba paso a un delgado tubo que recordaba al gotero de un hospital.

Estaba muy mareado y no conseguía centrar la visión. La escena era borrosa para él. Cerró los ojos en un vano intento de coger fuerzas y escuchó unos siseos, unos… Algo aspiraba… Fijó la vista dirigiendo la cabeza hacia el lugar del que provenía ese extraño sonido que no podía identificar. Del antebrazo derecho.

Al final del tubo, sujetándolo con las dos manos, se encontraba su alumno estrella, el chico que iba a dar sentido a su existencia, a su profesión, que le iba hacer olvidar a su madre. Y estaba absorbiendo su sangre a través del delgado conducto.

Lo hacía con cierta ansiedad, pero controlando el ritmo. Era evidente que tenía mucha experiencia. ¿Con cuántas personas habría fallado para alcanzar tal perfección? Se sentía muy débil para preguntárselo. Y ni hablar de intentar escapar o resistirse.

Entonces, escuchó el mismo sonido del brazo izquierdo. Allí se encontraba aspirando la que parecía ser la madre del chico. Físicamente se parecían mucho. Detrás de ella, amontonados contra la pared pudo distinguir unos bultos en el suelo. Cadáveres que habían sufrido la misma muerte que él. Aún conservaban los tubos en los brazos. Entonces, entró en la habitación el padre que sustituyó a la madre en el sanguinario banquete.

La luz empezó a alejarse de su cerebro. Sus últimos pensamientos los dedicó a valorar que morir así no era tan malo en realidad. Al fin y al cabo, siempre estuvo dispuesto a darlo todo por aquel chico. Y, por primera vez, pudo verle sonreír aunque fuese su propia sangre la que resbalaba por aquella barbilla monstruosa. Al menos, él contaba con una madre que le enseñaba cómo sobrevivir en este extraño mundo. Qué pena no poder escribir eso en su bloc. 

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 8 de Abril de 2017

Terminado a las 20:28 horas

La libélula

La ninfa se metamorfoseó convirtiéndose en una elegante y mortal libélula. Veloz y carnívora, el mundo que existía fuera del agua había dejado de estar a salvo.

Cruzó la calle atravesando las líneas blancas pintadas en el asfalto. Había guardado las manos en los bolsillos de su chaqueta en un vano intento de aislarlas del frío. Llevaba la cabeza ligeramente agachada evitando lo máximo posible que el viento helado le rozase. Notaba los dedos de los pies fríos y las botas empezaron a resultarle extremadamente duras e incómodas. 

No importaba. Al otro lado de la carretera, en la acera de enfrente, estaba la librería que se disponía a visitar por tercera vez esa semana. Empujó la puerta de madera y cristal provocando que sonaran las campanitas que colgaban del techo y que la librera había colocado para que le avisaran de la entrada de alguien en el local. El sonido era metálico y dulce como ella, fría e irresistible a la vez.

Se dirigió al mostrador esperando con ansiedad que ella apareciera desde el interior de la trastienda. Un lugar vetado para los clientes y que alimentaba la imaginación. Llevaba noches sin dormir haciendo cábalas sobre lo que aquella magnífica mujer guardaba en el interior del local. Aunque lo que en realidad deseaba era poder descubrirla a ella en su totalidad, en su verdadero hábitat.

Escuchó cómo se acercaba y, sin poder impedirlo, su corazón comenzó a palpitar muy deprisa. Ella apartó la cortina con la mano y salió al mostrador. Le miró sonriente con sus ojos cristalinos, transparentes como el agua más pura y él no consiguió decir nada. Tragó saliva para desanudarse la garganta y consiguió, a duras penas, que surgiera de ella un hilillo de voz lo suficientemente comprensible. Preguntó si había llegado el libro que le había encargado.

Se disculpó por visitarla por tercera vez pero era urgente, lo necesitaba para mandárselo a su hermano como regalo de cumpleaños. Ella le miró fijamente unos instantes en silencio y sin dejar de sonreír. Después pronunció las palabras que él tanto ansiaba escuchar desde hacía semanas: “Pasa adentro. Ha llegado una caja de libros esta mañana y todavía no he tenido tiempo de sacarlos. Puede que tu libro esté ahí.” La mujer dio media vuelta y pasó a la trastienda sin esperar a que le contestara.

Cuando entró en el almacén, no pudo evitar abrir la boca por la sorpresa. Triplicaba el tamaño de la tienda y estaba rodeado de enormes librerías ocupadas por ejemplares raros y que parecían únicos. Había un gran ventanal por el que entraba toda la luz del sol necesaria para crear una atmósfera de ensueño. Una gran mesa central, de madera de roble, presidía aquel lugar y estaba rodeada de sillas antiguas tapizadas con telas de seda. Sobre ella, estaban colocadas dos lámparas doradas de lectura y una gran caja de cartón.

La mujer estaba de espaldas a la ventana y, a contraluz, su silueta se dibujaba espléndida. Ella adquirió tal dimensión que comenzaron temblarle las rodillas. Se conmovió al tener la certeza de que saldría de allí amándola para siempre.

Ella le indicó que se acercara. Había abierto las tapas de la caja y sacaba los libros que allí se guardaban. Él se colocó a su lado, sintiendo el roce de su brazo junto al suyo, percibiendo su calor. Revisaron, uno por uno, los ejemplares y sus manos se rozaron al encontrar el título que le había encargado para su hermano.

Él apartó la mano con rapidez, tímido, lamentando haber podido traspasar los límites. Sin embargo, ella le sujetó la mano suavemente mientras volvía a atravesarle el corazón con aquella mirada trasparente que le hacía recordar las aguas de un río. Sin saber por qué cerró los ojos y comenzó a escuchar el murmullo de un arroyo y el rumor de la brisa serpenteando entre las hojas de los árboles.  En un instante,  había dejado atrás la librería y se había trasladado a un bosque.

Se dejó mecer por esta visión mientras continuaba sintiendo cómo ella le cogía de la mano cada vez con más fuerza. Los sonidos bucólicos se mezclaron con un intenso zumbido provocado por el aleteo de un insecto. Le pareció notar que unas finas alas le rozaban la mejilla y abrió los ojos sorprendido y ligeramente asustado.

Continuaba estando en la trastienda y el zumbido había cesado. No se había marchado a ninguna parte. Ella le observaba curiosa y hermosa con su larga melena brillando con la luz del sol. Sin embargo, sintió una especie de repulsa repentina al tacto de su mano y la soltó con cierta brusquedad. Le dio la espalda para que no descubriese sus sentimientos.

Se apresuró a disculparse, tenía prisa y el libro que había encargado ya había llegado así que podía marcharse y dejarla desempaquetar tranquila. De nuevo, escuchó el aleteo incomprensible de antes. Giró la cabeza y descubrió aterrorizado el rostro de una libélula gigante a escasos centímetros del suyo.

Vio reflejado su horror en sus enormes ojos abultados que parecían dispuestos a tragárselo, a comérselo vivo lentamente. Gritó e intentó librarse de aquellas patas delgadas pero se le clavaban en el cuello como alambres traspasándole la piel y haciéndole sangrar. Supo que la situación se volvía crítica al percibir que sus pies empezaban a separarse del suelo.

Las dos patas delanteras de ese monstruo le sujetaban la cabeza y las otras cuatro, le habían cogido de tal manera que volaba en posición horizontal. Mientras llegaban hasta el techo, vio que la libélula abría su poderosa mandíbula dispuesto a devorarlo. Reaccionó con rapidez y le atacó a los ojos hundiendo en ellos sus dedos para destrozarlos.

Funcionó y el terrible insecto le dejó caer mientras emitía un alarido de dolor agudo y penetrante. Se golpeó contra el suelo y pudo ver, antes de incorporarse, que la mujer se acercaba a la libélula gigantesca y saltaba sobre ella mientras se la comía con una voracidad que no fue capaz de soportar. Se desmayó al ver en qué se transformaba su mandíbula al engullirla.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando se despertó. Estaba recostado sobre la mesa, junto a la caja de cartón y los libros que habían sacado antes. Ella le contó que se había desvanecido y que había estado así diez minutos. Estaba realmente preocupada. Sin esperarlo, ella le besó suavemente en los labios y él respondió con intensidad pues su contacto volvía a resultarle placentero.

Sin embargo, tuvo que detenerse porque volvía a sentirse mareado y, de nuevo, le zumbaban los oídos como si un insecto rondase a su alrededor. No quería mostrarse ante ella como un paranoico de manera que le ocultó su extraño sueño, pues esa era la explicación racional que le había dado al asunto de la libélula, y se dispuso a despedirse. 

Tras prodigarse varios besos más y concretar una cita para el día siguiente, él puso rumbo a la calle mientras la mujer le seguía con la mirada sabedora de que pronto él se convertiría en lo que ella necesitaba. Una vez estuvo sola, desplegó sus alas de libélula y recorrió la trastienda con su elegante vuelo iluminada por la luz del sol. Su fuerte aleteo removía el polvo y las motas flotaban por el almacén como si fuesen fragmentos brillantes de purpurina. Cogió un libro y se dispuso a leer.

La ninfa se metamorfoseó convirtiéndose en una elegante y mortal libélula. Veloz y carnívora, el mundo que existía fuera del agua había dejado de estar a salvo. Porque había encontrado un nuevo y joven compañero que cazaría para ella.

©Esther Paredes Hernández

30 de Diciembre de 2016

Navidad en rojo

Si nadie le había visto nunca ¿por qué todos pensaban que Santa Claus era un viejo regordete y bonachón al que le gustaba vestir con terciopelo rojo?

Ella pensaba en él como un anciano decrépito de piel acartonada y cubierto de arrugas. Con manos alargadas y dedos finos como ramas negras. De dientes amarillentos y una lengua áspera. Un ser que entraba por la noche a hurtadillas para vigilar las maldades infantiles. Si su aspecto era una incógnita, ella tenía todo el derecho del mundo para imaginárselo como le viniera en gana. Al fin y al cabo, Santa Claus pertenecía a toda la humanidad.

Había llegado la Nochebuena y estaba sola en casa pues no tenía ningún interés en celebrar la Navidad. Sin embargo, era imposible escapar de ella del todo así que había decorado el árbol sin las luces de colores como señal de rebeldía. Para pasar la noche lo más distraída posible, se había preparado una buena dosis de películas, llenado su despensa de bolsas de snacks y la nevera de refrescos. Había encendido sólo la lámpara de lectura y algunas bonitas velas doradas. Llevaba puesto el pijama de cuadros rojos y, encima, una esponjosa bata de color beige. Renunciar a la Nochebuena no significaba dar la espalda al confort hogareño.

Cogió un bol amarillo y lo llenó de palomitas de microondas. Sacó del frigorífico una botella de dos litros y medio de coca-cola y un gran vaso de color naranja del armario de la cocina. Caminó arrastrando las pantuflas acolchadas y se sentó en el sofá. Cruzó las piernas, adoptando la posición de un profesor de yoga, y agarró el mando. Seleccionó el clásico “Que bello es vivir” y pulsó el play. En unos segundos, el título aparecía en la pantalla de su televisor y surgían las primeras imágenes en blanco y negro. Con emoción, cubrió sus rodillas con su suave manta roja y empezó a comerse las palomitas de maíz.

Después de una hora, el bol estaba vacío y el sofá estaba cubierto de pañuelos de papel húmedos después de secar lágrimas y mocos. No quería reconocerlo pero estaba más triste de lo que quería admitir. No debería haber empezado la noche con esa película. La sustituyó por los Gremlins, otro clásico.

Sin embargo, fue una decisión terrible que le llevó a acordarse de él. De la primera vez que fueron al cine, precisamente a ver esta película. Otra vez se puso a llorar, esta vez por los recuerdos de un amor imposible.

Apagó la tele y escuchó a los vecinos de al lado cantando villancicos para celebrar la Nochebuena. Y, por un instante, sus vidas se fundieron con la suya. Imaginaba que ellos eran su familia  y que no estaba sola aquella noche tan larga. La estrategia mental pronto dejó de funcionar y el desánimo se apoderó de ella de nuevo. Maldijo a Santa Claus por ser el origen del desapego que sentía por la Navidad.

Ella desconocía los motivos pero en su infancia nunca le regaló lo que le pedía en aquellas largas cartas escritas con caligrafía infantil. Y eso que se esforzó siempre por portarse bien en la escuela, por obedecer a sus padres y querer a sus hermanos. Sin embargo no hubo deseos concedidos para ella debajo del árbol. Su padre no dejó el alcohol, su madre no recuperó las ganas de vivir y sus hermanos no entendieron que merecían un futuro mejor… Deseaba con todas sus fuerzas un hogar feliz y Santa no se lo concedió.

Así que abandonó la esperanza  de tener una familia con la que celebrar las Navidades, con la que sentirse a salvo. Y apartó definitivamente la ilusión después de que el amor de su vida la dejara. Desde que se marchó, comenzó a vagar por la ciudad como un alma en pena. Pasando las noches en vela porque el corazón le dolía con cada palpitación hueca que nacía de un recuerdo suyo.

La pena pesaba demasiado y ya no soportaba más la alegría de sus vecinos así que les gritó, golpeando la pared, para que dejaran de cantar y de restregarle su felicidad. Pero resultó inútil, aunque no le sorprendió, al fin y al cabo ¿quién iba a escuchar sus deseos? ¿Santa Claus?

Pero necesitaba intentarlo una vez más. Porque se sentía al borde del abismo esa noche. Quizás podría probar una última Nochebuena. Así que decidió escribir unas líneas en el único pañuelo de papel que le queda seco. “Por favor, quiero que vuelva a casa. Quiero que esté conmigo esta noche.” No firmó la carta, Santa no necesitaba que lo hiciera porque sabía quién la escribía, él lo sabe todo ¿no?

Abrió la ventana, cerró los ojos mientras un ligero viento helado acariciaba sus párpados y dejó que el pañuelo se alejase hacia el cielo transportado por una corriente de aire como si se tratara de una paloma blanca. Pensó que Santa Claus la escucharía y que, por una vez en su vida, le llevaría el regalo que había pedido. Para que estuviera orgulloso de ella, colocó las lucecitas alrededor del árbol y las encendió. Comenzaron a parpadear como pequeños estallidos de alegría.

Entró en su habitación y, tras dejar la puerta entreabierta, se metió en la cama con una agradable esperanza en su interior. Escuchaba de fondo, ahora animada, las canciones de sus vecinos que traspasaban las paredes. Tumbada, se quedó de lado mirando el reloj de la mesita. Eran las once y media de la noche. Pensó en su carta atravesando las nubes y llegando hasta el trineo mágico de Santa que estaría acercándose a la ciudad. Vale, la había mandado en el último momento pero la magia no sabía de tiempos ni de límites. Se quedó dormida sin darse cuenta.

Una ventana se cerró en el salón, un poco más fuerte de lo normal, y se despertó. El reloj marcaba ahora las dos de la madrugada. Estaba segura de que Santa Claus había entrado en su casa. ¿Cuál era el ritual? ¿Debía quedarse en la cama hasta que fuese por la mañana y descubrir su regalo junto al árbol?

Pero estaba impaciente así que se sentó en el borde. Pudo escuchar con claridad cómo Santa depositaba varios paquetes en el suelo. Esto la desconcertó un poco. Y también la enfureció porque, de nuevo, había vuelto a fallarle y no le había concedido el regalo que había pedido. Salió al salón dispuesta a aclarar las cosas cuando distinguió la sombra de un ser encorvado que llegaba hasta el techo y que tenía la consistencia de un árbol muerto al que han cubierto con una sábana de terciopelo rojo sangre.

Santa Claus salió como una exhalación por la ventana dejando la casa en silencio tras él. Ella corrió siguiéndole y se asomó a la calle sin encontrarle. Miró hacia el cielo y nada, no había rastro de aquel viejo decrépito ni de su trineo hortera. Mientras volvía a sentirse defraudada, se percató de que los pies se le humedecían y eso le hizo prestar atención al suelo. Algo le estaba mojando los calcetines. Se dio cuenta de que había, por lo menos, cinco paquetes de diferentes tamaños. Se acercó y agarró uno mediano. Notó que un líquido se escapaba entre el papel brillante oscureciendo la cinta roja que lo rodeaba.

Las luces del árbol le permitieron reconocer que los paquetes contenían algo que se estaba deshaciendo y que había una gran mancha alrededor del árbol. Con el regalo en las manos todavía, se acercó al interruptor y encendió la lámpara grande del techo. Entonces se puso a temblar, de una manera tan incontrolable que el paquete se le cayó al suelo produciendo un sonido hueco. Del golpe, y también por lo mojado que estaba, se rompió, prácticamente se deshizo mostrando lo que contenía. Lanzó un alarido al comprender que Santa Claus había satisfecho su petición.

Horrorizada por el descubrimiento, desgarró el papel del resto de los bultos brillantes. Con todo lo que sacó pudo montar, como si de un puzzle se tratara, el cuerpo inerte del amor de su vida.

Entre la sangre y los pedazos de papel de regalo apareció su pañuelo de papel manchado de rojo con un mensaje para ella: “Hubiera preferido entregar el regalo en mejor estado. La próxima vez manda antes la carta. Tu regalo se ha resistido y no tenía tiempo para negociaciones. Es para ti, disfrútalo. Atentamente, Santa Claus”

Esther Paredes Hernández

24 de Diciembre de 2016

Obsesión

Ana había quedado con Marcos en la parada de metro como siempre. Nada más sentarse en el vagón, cogió el móvil y se puso a revisar Facebook aprovechando que sólo tendría cobertura hasta que el tren hiciera la siguiente parada. Entró en la sección de noticias y buscó un nombre concreto. El perfil que visitaba obsesivamente desde hacía tres semanas. Había vuelto a encontrarse con Jesús después de casi diez años. De manera virtual, claro, pero sus caminos se habían cruzado de nuevo. Aunque su relación con Marcos era buena, no podía negar que se había obsesionado con Jesús otra vez. Revisaba las fotografías que compartía, a quién etiquetaba, qué lugares visitaba, qué comentarios hacía… Cada momento que tenía libre, lo utilizaba para ver lo que estaba haciendo. Como ahora.

Para su regocijo vio que Jesús acaba de actualizar su estado: “Con ganas de volver a casa. Subiendo al metro”. ¡Qué fuerte, como ella! Tendría cobertura otros pocos segundos, así que esperó a ver si él compartía algo más. ¿Y si se encontraran esa tarde? ¿Se iría con él y dejaría a Marcos tirado? Un poco radical ¿no? Aunque deseaba con muchas ganas que pasara. Quería a Marcos, pero ahora mismo eso era lo de menos. Sólo le importaba Jesús y que también acababa de subir al metro.

Las puertas del vagón se cerraron y el tren se metió en el oscuro túnel. Tal y como esperaba, su móvil se quedó sin señal. Ana se quedó un poco decepcionada al no poder saber si Jesús viajaba en la misma línea que ella. Bloqueó el teléfono, antes de meterlo en el bolso, y prestó atención a su alrededor porque no tenía nada mejor que hacer. Para su sorpresa, estaba sola. Inmersa en su pensamiento obsesivo no se había percatado de ello. Y que no hubiese nadie más no le gustaba. Se vio reflejada en la ventana que tenía enfrente. Se arregló el pelo y se preguntó si Jesús pensaría que estaba guapa. Resopló aliviada cuando el tren llegó a la siguiente estación. Esperó con cierta ansiedad que alguien subiese, pero no fue así. Tenía por delante otro minuto en el agujero negro del metro, y sin cobertura, en la más absoluta soledad. Empezó a agobiarse así que se miró los zapatos en busca de distracción. Sin éxito. Miró hacia la derecha para comprobar si se le había pasado que hubiese otro pasajero. Vacío. Giró la cabeza hacia la izquierda e hizo un gran descubrimiento. Había alguien al final del vagón, sentado en el mismo lado de asientos que ella. Estaba bastante lejos así que supuso que por eso no se había percatado de su presencia. Era un chico joven que miraba al frente muy quieto. Apenas podía distinguir si respiraba. ¡Qué tontería! ¿Cómo iba a  percibir nada a esa distancia? Le veía de perfil, de manera que era imposible saber el aspecto que tenía y eso aumentó su curiosidad. Ahora que se había relajado al tener compañía, imaginar cómo sería su cara supuso todo un reto para ella. Pero tuvo que dejar pronto el juego porque las luces del metro empezaron a parpadear y el tren se agitó dando fuertes tirones como si tuviese problemas técnicos. Ella se asustó y ahogó, por vergüenza, un pequeño grito de preocupación. Sin embargo, el servicio se restableció enseguida y ella, con una sonrisa divertida, buscó la mirada cómplice del otro pasajero. Pronto dejó de sonreír. El chico estaba en el mismo asiento pero ahora en el lado contrario. Podía ver su cara perfectamente. Era Jesús.

Se quedó atónita. Literalmente de piedra. Sentía su cuerpo tan pesado que no podía moverse. Acabó igual que él, inmóvil mirando al frente fijamente. Evitando que sus miradas se cruzaran sin ella haber decidido cómo iba a afrontar su encuentro. Claramente, era una gran coincidencia y una señal de que debía actuar. No le quedaba mucho tiempo. Pensó y valoró que, teniendo en cuenta que no había hablado directamente con Jesús, cabía la posibilidad de que él no sintiera lo mismo que ella. Habían intercambiado en Facebook varios me gusta, algunos me encanta y dos me divierte. Ni siquiera se habían escrito por privado. Con esa escasa información, podía pasar cualquier cosa. ¡Pero se habían encontrado en medio de un vagón… vacío! ¿No era eso una señal muy clara de que el Universo les había querido juntar y se había encargado de que tuviesen intimidad? Ella que había llegado a sentir que su obsesión con Jesús comenzaba a írsele de las manos y no podía entender ese suceso como otra cosa que no fuese que el destino había intervenido. La luz volvió a a funcionar mal. El vagón frenó con tanta fuerza que Ana casi se cayó del asiento. Tuvo que apoyar las manos en el suelo para no acabar con la cara aplastada.

El tren se quedó quieto y completamente a oscuras. Dos segundos. La luz regresó y descubrió que Jesús estaba sentado mucho más cerca de ella. Se levantó y dio un par de pasos hacia él pero algo la detuvo. Su instinto. Porque algo no marchaba bien. Teniéndole más cerca, era evidente que Jesús sí que respiraba, pero de una manera muy débil y apenas se notaba cuando se hinchaba su pecho. Muy débil, eso quiso creer. ¿Por qué había cambiado de sitio? ¿La había visto quizás? Sin embargo, no la miraba y no mostraba ningún interés por lo que sucedía a su alrededor. Ana se fijó para comprobar que no fuese que llevaba los auriculares puestos y por eso tenía esa mirada vacía. No.

Estaba preocupada. Intentó tranquilizarse pensando que en la siguiente parada bajaría y se reuniría con Marcos. Por otra parte, eso significaba que el tiempo para entablar una conversación de verdad con Jesús se acababa. Reunió valor y dio otro paso más hacia él. El tren se paró en seco y se quedó a oscuras. Esta vez, los segundos pasaban y el vagón no se iluminaba. Ana sacó el móvil para conseguir algo de luz. Entonces escuchó las respiraciones débiles de Jesús y detectó que éstas eran demasiado rápidas. Se imaginó el pecho de Jesús agitándose con ansiedad y eso le asustó. Así que se pensó dos veces lo de activar la linterna del móvil. No quería verle de esa manera. Probó otra cosa. Le llamó por su nombre. Pero no obtuvo respuesta. Deseó que la luz volviera y llegar hasta Marcos lo antes posible. Todavía estaban a medio camino de la siguiente estación. No le quedaba otra opción que activar la linterna del teléfono. Le temblaban las manos violentamente y le costó más de los que había previsto. Las respiraciones de Jesús seguían siendo lo único que se escuchaba en medio de la oscuridad. Finalmente lo consiguió y un haz de luz trazó un camino diagonal en el vagón. Jesús no estaba dónde ella recordaba. Asustada, giró la cabeza y le vio de pie, mirándola fijamente, respirando cada vez más deprisa. Ahora podía ver perfectamente como hinchaba el pecho y como resoplaba con fuerza. Ella volvió a decir su nombre. El tren dio un fuerte tirón y el móvil se le escurrió de las manos. Se agachó deprisa para recogerlo. Pudo ver cómo Jesús corría hacia ella cuando sus pies entraron dentro del rayo de luz que producía el teléfono.

Marcos observó cómo se iluminaba el túnel con la llegada del tren a la estación. Puntual como siempre. Buscó el vagón que siempre ocupaba Ana para recibirla con un apasionado beso. Últimamente parecía distante y estaba preocupado. Se colocó en un lateral mientras las puertas se abrían. Intentó distinguir entre los pasajeros el bonito rostro de Ana. Pero no la veía. De hecho, descubrió para su sorpresa que no iba en ese tren. Marcos sacó su móvil y revisó los mensajes. No había ninguno de ella. La llamó pero el teléfono de Ana estaba fuera de cobertura.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 29 de Agosto de 2016

 

 

Ruptura

Iba a morir y había decidido no resistirse.
Él pensaba acabar con su relación. Parecía haber olvidado la cantidad de obstáculos que habían superado juntos los últimos tres años. Y ese amor iba a morir porque él no pensaba darle una oportunidad. Llevaban tanto tiempo solos que sus sentimientos se habían transformado en una enfermedad.

No quería retrasarlo más y subió al primer piso, sintiendo que el pecho le ardía por el miedo y las piernas le temblaban, hacia el dormitorio. La puerta estaba cerrada. Atrancada por un mueble que colocó ella misma hacía una semana. Pronto escuchó los arañazos. Se mareó. Al acercarse a la puerta le llegó el olor que él emanaba. Demasiado calor los últimos días. Él también la percibió y comenzó a dar gruñidos y golpes frenéticos.

Despejó la entrada del dormitorio. Él parecía escuchar atentamente lo que estaba pasando. Intentando adivinar sus intenciones. Ella cerró los ojos y se propuso abrir la puerta. No llegó a hacerlo. Él salió como una ráfaga de aire putrefacto directo a comerse su garganta. Habían roto para siempre. Ella no gritó, tan sólo tuvo tiempo de decirle:

­­–Siempre te querré.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Agosto de 2016