Árbol seco

Estaba muerta. Lo sabía por todas las señales que estaba recibiendo de la Vida, del Universo, de lo que fuera.

Y no sólo porque veía a los demás seguir mirando el cielo cada día, poniéndose las gafas de sol y sonriendo a las nubes vaporosas. Sino porque había signos de continuidad para los demás excepto para ella. Estaba quieta, esperando, mecida por el viento mientras se secaba sin poder evitarlo.

En los últimos días sentía que sus brazos podían partirse de un momento a otro y que su tiempo de cordura acabaría cuando se desmembrara del todo. Su cuerpo crujía porque se moría. Sus venas estaban desapareciendo y sus raíces eran incapaces de sujetarla al mundo. Acabaría cayendo al suelo y quizás se desvaneciera para formar parte de él.

Estaba muerta. Condenada. Le había costado reconocerlo pero los indicios estaban ahí para que pudiera leerlos con facilidad, con dolorosa facilidad.

No se lo había buscado, no se lo merecía, pero iba a pasar de todas maneras. La espera era agotadora, espesa como el chocolate amargo y caliente. La conciencia viajaba a través de ella, a pesar de ella, en un vano intento de escapar.

El día y la noche significaban lo mismo. Y apenas podía recordar quién había sido en el pasado porque no sabía quién era ahora. Sólo alcanzaba a discernir el lugar en el que se encontraba.

Apareció allí una tarde mientras daba un paseo. Como solía hacer todas las semanas, al menos una vez. Ese día el cielo estaba ligeramente gris y una brisa fresca le recordó que debería haber cogido una chaqueta.

El camino lo conocía a la perfección, tanto, que podía recorrerlo con los ojos cerrados o mirando a su alrededor sin prestar atención de dónde pisaba. Lo amaba porque le llevaba hasta una pequeña arboleda formada por especímenes antiguos y gigantes en los que se sentaba a leer durante un par de horas.

Sin embargo, esa tarde ni el extraño silencio que la acompañaba le hizo temer que algo diferente, algo definitivo, iba a suceder antes de que acabara su excursión. Hasta que sus pasos le llevaron hasta los árboles secos que conformaban el bosque y lo comprendió todo sin tener la oportunidad de dar media vuelta para salvarse.

La brisa se transformó en viento y sintió miedo. Tanto, que apretó su libro con las manos hasta que sus dedos se quedaron blancos. La sangre se paralizó. Se agazapó en el cerebro y en el corazón con la esperanza de que no sucediese nada malo si se quedaba quieta. Pero no pudo evitarlo.

El pecho, las costillas se partieron como se parte un pedazo de pan duro. Al quebrarse, las hierbas se movieron. Y ella cerró los ojos esperando lo peor dejando caer el libro al suelo.

Y entonces supo que ya no podría dar más paseos. Los árboles no permitirían que regresara a casa. Sus pies se transformaron en raíces que se clavaron en el aquel suelo injusto, cruel, asesino que se había adueñado de sus sueños, de sus alegrías y que le alejaban del amor de los suyos.

Aquella tarde ella dejó de existir tal y como se conocía a sí misma para ser una árbol seco. Un árbol más de aquel bosque maldito. Muchas veces los niños jugaban a esconderse tras ella o unos enamorados compartían confidencias a sus pies, ahora raíces que intentaban alimentarse sin éxito del suelo. Incluso un chico encontró su libro, el que nunca acabó de leer, y lo disfrutó recostado en su tronco sin saber que pertenecía al árbol que le cobijaba.

Pequeños momentos de felicidad de otros en los que ella buscaba consuelo durante la larga espera. La eterna espera. Aunque el tiempo empezaba a acabarse para ella. Sentía su cuerpo seco y quebradizo.

¿Acaso el resto de árboles secos habían sido personas como ella? Lo desconocía. El viento no le hablaba, jamás lo hizo. Lo único que sabía con seguridad es que estaba muerta mientras la Vida le hablaba a los demás y guardaba silencio para ella.

Quizás si la buscas, podrías salvarla. Busca un camino, localiza el bosque que hay al final del sendero y acércate al árbol que esté más seco. Susúrrale, cógele de una de sus ramas ásperas y dile que la esperas. Que no permitirás que se rompa en pedazos y se funda como agua para terminar desapareciendo.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Junio de 2017

Terminado a las 18:12 h.

 

 

La fortaleza vencible

La fortaleza, al igual que los ásperos troncos de los árboles enfermos, termina por quebrarse y caer cuando lucha en una guerra sin igualdad de condiciones.

Los muros, construidos con duras piedras, soportan el azote de las tormentas mientras se transforman en telas de araña cubiertas de espinas que hacen sangrar a cualquiera que se aproxime ni siquiera a mirar.

Pero no es tan dura como aparenta y los cañonazos hacen agujeros en su cuerpo consiguiendo romper su forma original.

Ella sabe que todo lo que se destruye puede construirse de nuevo. Cuando sea. En algún momento los agujeros se cubrirán con piedras nuevas. Sacadas de la montaña más antigua.

Ahora mismo sólo alcanzo a sentir que los cimientos tiemblan a mi alrededor mientras espero encontrar que alguien deje esas nuevas piedras en mi camino lo antes posible.

El dolor se clava como agujas en mis huesos y mi espíritu lucha por no desmoronarse. Está maltrecho, malherido, pero no puedo darme por vencida. No a estas alturas.

Esther Paredes Hernández

¿Mens sana o psicosomatizando que es gerundio?

Llamadme ilusa pero creo que esto de la psicomatización del estrés o cómo nuestra mente gobierna nuestro nave corporal mientras atraviesa el océano de la vida me parece una solemne tontería.

Siempre, siempre, he intentado luchar contra mi estrés, buscar maneras de vivir con más felicidad, he hecho terapia, yoga, deporte, he cuidado mi alimentación… Ahora tengo cáncer pese a todo.

¿Debo pensar, entonces, que mi mente enferma ha enfermado mi cuerpo? Ya sé que todos lo que decimos es que “ayuda” o “favorece” en nuestra salud, no nos pillamos los dedos con eso, pero al final es lo que pensamos: qué estrés llevaba o es que se toma las cosas muy a pecho.

Tengo, además, un cáncer que no debería tener. Según las estadísticas, no cumplo los parámetros de la edad ni el sexo ni siquiera tengo el linfoma en un lugar común. Y la quimioterapia me hace sentir extraña constantemente, me produce muchos dolores y ha cambiado mi cuerpo por fuera. Que yo sepa, mi mente no está jugando otro papel ahora mismo que no sea el de intentar llevarlo como pueda día a día, rato a rato. Mi mente es una mera espectadora que intenta disfrutar de la película mientras le sienten bien las palomitas de colores.

Llamadme ilusa pero he descubierto que en las enfermedades graves, que son las que de verdad nos asustan y preocupan porque está nuestra vida en juego, la mente es la mente e influye lo que influye. En esos momentos, es el cuerpo y la medicina, lo estrictamente médico lo que nos hará mejorar o no. Ya podemos sonreír todo lo que queramos, hasta que se nos desencaje la mandíbula, si el tratamiento no funciona, no funciona.

Tengo la sensación de que nos esforzamos por creer que la mente nos salvará de la muerte o de padecer enfermedades peligrosas. Porque todos tenemos miedo. Pero olvidamos que nuestro cuerpo físico es realmente el protagonista en estos momentos.

Mi enfermedad va a marcar mi futuro el resto de mi vida. Podré llevarlo mejor o peor a nivel emocional, pero no quiero tener la responsabilidad de pensar que el estrés, que mi falta de control de las emociones o una mente “insana” es la que me pone en peligro. Porque no es verdad.

Cuidemos nuestro cuerpo para que nuestra mente no deba cuidarlo, sino disfrutarlo.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 17 de Mayo de 2017

Un círculo que debe ser un cuadrado

Hoy es mi cumpleaños. Y, aunque ya lo sabía, ha coincidido con el primer día de la fase de dolor que sufro tras las sesiones de quimio. Pese a saberlo de antemano, me ha dejado algo rota por dentro. Supongo que no ha ayudado que la última semana, antes de esta sesión, no me sentí demasiado bien y ayer desperté tras varios días de haberme marchado mentalmente Dios sabe dónde. Es un lugar al que mi cerebro viaja cuando la realidad física me supera y me quedo sin recursos mentales para combatirla.

Antes del diagnóstico, pasé más de ochenta días con fiebre alta. Ni un solo día dejé de tener fiebre. Un mínimo de quince horas al días. Había intervalos de unos veinte minutos de descanso pero nada más. Mi cerebro se transformó en una especie de calabaza asada. Era incapaz de mantener una conversación o de leer. Tenía graves lapsus de memoria y en lo único que podía centrarme era en intentar no volverme loca y sufrir una crisis nerviosa.

No podía salir de casa y pasaba las horas delirando o viendo (sin ver) todo lo que contenía Netflix a través de la tablet tumbada en la cama. Descubrí, con el paso de las semanas, que mi cerebro se desconectaba. Que se marchaba a alguna parte. Como si sufriera una especie de desmayo pero con los ojos abiertos y sin perder la consciencia. Porque era capaz de controlarme la temperatura con el termómetro, de beber, de comer, de hablar… Sin embargo, existen grandes agujeros temporales en los que no sé qué pasó a mi alrededor, qué hicieron mis hijos y mi marido, qué les hice o les dije yo…

Por lo visto, es una especie de mecanismo de defensa que he desarrollado. Ahora que ya tengo el tratamiento, he advertido que en las semanas más duras continuo haciéndolo. Sin darme cuenta de cuando sucede, entro en un círculo del que no soy capaz de salir porque no sé que estoy dentro. Solo soy consciente de ello al regresar. Lo peor de esto es que no vuelvo renovada, con energía, con ideas, motivada… No. Simplemente despierto.

Creo que voy a algún lugar inerte, inactivo y frío que existe en un rincón de mi cerebro. Y esto empieza a preocuparme. Esos días en los que me sumo en esa especie de sopor camino, hablo, me relaciono… pero no estoy presente. Después, apenas recuerdo nada.

Lo he comentado con mi hematólogo, me ha explicado que probablemente sea fruto del estrés, un mecanismo que me ha ayudado en estos largos cinco meses. Así que está en mis manos transformar ese círculo tóxico en, quizás, un cuadrado. Hoy era el día perfecto para entrar en el círculo otra vez. Pero le he hecho una promesa a mi hermana: escribir aunque fuese una línea. Y yo por ella, hago lo que sea.

Es mi cumpleaños y sí, me duelen los dedos al teclear. Pero precisamente para eso empecé a escribir esta especie de diario. Para poder seguir sintiendo que soy yo misma y dibujar un cuadrado mental lleno de luz y con una gran puerta por la que salir o entrar cuando quiera.

Me comprometí a escribir la verdad. Aquí tenéis un pedazo más.

Escribí los dos primeros párrafos de la novela (sí ya sé que es muy poco) y me sentí muy bien por arrancar. Pero mi cerebro de calabaza asada no dio más de sí y todavía no he podido terminar el relato de este mes. Quizás si hoy no me dejo arrastrar por el tornado circular consiga mañana centrarme en mi pantalla cuadrada del ordenador.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Mayo de 2017

Dedicado a mi Hermana, que es mi General en esta guerra y que siempre lo ha sido también en mi vida. Te quiero.

Una pequeña mentira y Metallica

Esta fotografía muestra la sonrisa traviesa de alguien que sabe que no cumple su palabra. O al menos, no del todo.

¿Cuándo dije que había llegado el momento de arrancar las primeras frases de esa novela que quiero escribir? ¿En el post publicado el 27 de abril? Ya sé que no será una historia que cambiará el mundo ni a las personas. Ni siquiera a las que tengo alrededor. Es cierto que apenas sé qué pretendo contar en ella. Sin embargo, me cambiará a mí. Porque habré cumplido el trato que me he hecho a mí misma: proporcionarme el placer de la escritura y alimentar mi artista interior como si fuese una caprichosa niña pequeña mientras aprendo.

Vale, pues nada. Tengo las primeras líneas en mi cabeza pero no han pasado a la pantalla del ordenador. De manera, que en cuanto termine este post voy a vomitarlas sin pensármelo.

stephen

¿Recordáis que tengo este vinilo en mi pared? Está en mi dormitorio para poder leerlo cada día. Y lo veo bastante teniendo en cuenta las veces que necesito reposo. Pues el miedo está haciendo que me distraiga constantemente y no me centre en el principio. Sin embargo, voy a hacer el esfuerzo de dejar aparcado el nuevo relato hasta que arranque. Y eso que me apetece mucho terminarlo porque ya tengo pensado el final. Pero distracciones tramposas 0, Esther 1.

Desde hace meses me siento como si anduviera temblorosa sobre arenas movedizas ¿podré aprovecharlo para conseguir un valor que parece que no tengo? Lo que de verdad temo no es escribir, sino lo que puede suponer para mí hacerme un regalo cuando he creído, desde que era pequeña, que no lo merecía. No deja de ser una cuestión de trampas mentales y emociones mal gestionadas, ya lo sé.

Pero no hablemos del pasado otra vez. Ya he puesto la lista de Spotify de Metallica con la que trabajo (cuando trabajaba de guionista y no estaba de baja). Así que termino el post y empiezo la novela. O al menos vomito lo que tengo en la cabeza.

Suena Enter Sandman. Vamos allá. Os cuento pronto.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 2 de Mayo de 2017

 

 

 

 

 

 

 

¡Red-volución! o cuando se crea una red de ideas y sentimientos compartidos

Cumplir años tiene ventajas y desventajas (como todo en la vida). Pero un aliciente que he descubierto desde hace poco más de dos años, quizás la crisis de los 40 tuvo algo que ver, es que las nuevas generaciones son tan generosas como para enseñarme cuestiones que jamás hubiese imaginado poder llegar a conocer o entender.

Estas generaciones, a las que se les cuestiona demasiadas veces injustamente, han resultado para mí ser un aliciente, un aire fresco que estimula mis ideas, mi manera de comunicarme y me hace abrir los ojos a una nueva forma de comprender el mundo.

Todo esto me lleva a poner un ejemplo, a la magnífica Elia Santos y para que sirva como muestra, este es su blog: https://eliasantosblog.wordpress.com

Elia se ha tomado la molestia de leerme, de comentar y de guiarme. Precisamente en esta etapa compleja de mi vida en la que no siempre tengo la mente clara y pensar con claridad se reduce a días concretos. Así que Elia, gracias. Millones de gracias.

Que me hayas regalado este corazón y creas que tengo historias interesantes que contar me alienta. No sabes hasta qué punto. Así que me comprometo contigo a aumentar el tamaño de ese corazón con trabajo y con ganas.

Al enviarme este corazón debo continuar con la cadena de buenos sentimientos (tal y como lo describiste tú misma en tu post) los blogs que elijo son:

https://macalderblog.wordpress.com Porque los poetas son las personas más valientes del mundo. Son capaces de despojarse de su traje de piel y dejar el corazón al descubierto, en nuestras manos.

https://circolunar.wordpress.com   porque su particular manera de ver el mundo, su pasión y su energía son contagiosas. Tanto, que cuando lees sus textos puedes llegar a sentir cómo sus ideas caminan por tu interior.

https://donovanrocester.com porque su talento habla por él y no es necesario que añada nada más.

Obviamente, debería poder poner a todos los blogs con los que comparto mi tiempo y mis sentimientos. Porque es un placer poder seguiros y leeros cada día. Abrís de par en par la ventana de mi cerebro y el oxígeno es vital para la vida. Muchas gracias, Elia y muchas gracias a todos los demás.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 1 de Mayo de 2017

Un cáncer y una novela

Algunos viven con tranquilidad y otros nos martirizamos evitando conseguir aquello que ansiamos. Por tonto que nos parezca, por mucho que sea una nimiedad, nos vamos a años luz. Soy una cobarde. Lo confieso. Y tener cáncer me ha mostrado que no soy cobarde para enfrentarme a la enfermedad, sino porque nunca me he tomado en serio y nunca me he dado una oportunidad real.

Desde que era muy pequeña, como muchos otros niños, imaginaba que me convertiría en escritora. Lo que siempre he querido ha sido vivir en el campo y tener un buen rincón en el que disfrutar escribiendo. Sentir ese placer íntimo en el que nada ni nadie importan más que las aventuras que viven los personajes.

Contado así, parece muy simple. Sin embargo, tengo más de cuarenta años y sigo en ese mismo punto soñado a los nueve años en los que me regalaron una máquina de escribir Olympia. Para mí, ese regalo fue una revelación, la constatación de que (no) sería novelista.

Casi cuarenta años después (repito la cifra para que podáis asimilar mi torpeza emocional y mi falta de madurez) he hecho de todo excepto ponerme las primeras frases de una mísera novela corta.

Me diagnosticaron un linfoma hace apenas dos meses. Previamente tuve que sobrevivir, sin volverme loca, a casi ochenta días de fiebre sin tregua. Ahora he empezado la quimioterapia y estoy en la fase de asumir mis cambios físicos internos y externos que son más difíciles de llevar de lo que puede parecer hasta que los sufres tú mismo.

Llevo bien la parte de cuidar y proteger mi cuerpo; y la de enfrentarme con fuerzas y ganas a la quimioterapia… Pero muy, muy mal no poder tener la cabeza despejada para escribir.

Aunque no me convertí en novelista, sí que fui incapaz de dejar de lado mi parte creativa y soy guionista desde hace quince años. Fue una manera cobarde de no perseguir aquel rinconcito privado en el que elaborar historias en una pequeña casa de campo.

Estoy de baja. Así que he dejado de ser guionista. Mi cerebro a veces es como una calabaza asada pero… ¿ha llegado el momento de escribir las primeras frases por fin? ¿he debido temer por mi salud para poder hacerlo? ¿Uno de los motivos de que apareciera ese linfoma en mi cuerpo fue porque siempre me he sentido insatisfecha conmigo misma?

Bueno, tengo estas y muchas más preguntas. Y estoy tan asustada, tan agotada, tan perdida, tan descolocada que necesito sacarlo a la luz.

Este diario me servirá para los días en los que el dolor no me permite escribir ficción. Pero no quiero dejarlo una vez más, precisamente ahora cuando todo se ha puesto tan serio.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 27 de Abril de 2017

18 años

Ana se acostó con una sonrisa. Cuando se levantase al día siguiente, tendría dieciocho años. Eso significaba mucha libertad de golpe: conducir un coche, beber alcohol, marcharse de casa de sus padres sin que la policía tuviese que llevarla de regreso… En cuestión de horas podría emanciparse, o lo que era lo mismo, cambiar el concepto escaparse de casa por irse sin más. Sin una nota de despedida y con las cosas que consideraba suyas: un chándal que le regaló su mejor amiga, dos libros que nunca devolvió de la biblioteca, agua, bocadillos, dinero y el peluche que heredó de su hermana Silvia poco antes de que la asesinaran.

 

Mientras estaba metida en la cama, vestida y con las zapatillas puestas bajo las sábanas, no pudo evitar sentir un escalofrío al recordar la noche en la que perdió a su hermana. Lejanas, pero cada vez más nítidas, empezó a escuchar los ecos de las últimas palabras que compartieron. Silvia le contaba los detalles de la fiesta que celebraría en casa, al día siguiente, con motivo de su décimo octavo cumpleaños. Asistiría prácticamente toda su clase y estaba muy emocionada. Sobre todo, porque el chico que le gustaba le había confirmado que también iría. Las dos se rieron con los nervios y la alegría adolescentes hasta que tuvieron que guardar silencio al escuchar unos ruidos terribles, metálicos, que venían del piso de abajo. Algo producía esos fuertes sonidos y, lo que fuese, parecía retorcer los cimientos de la casa. Las dos se miraron asustadas, pálidas, algo había entrado. Silvia gritó llamando a sus padres, pero nadie contestó. Ana, siguiendo las indicaciones de su hermana, se escondió debajo de la cama tan rápido como pudo, tropezando y cayendo de rodillas por la tensión. Silvia le ordenó que, pasara lo que pasara, no saliese de allí. Ana dijo que sí con un susurro porque su respiración agitada no le permitía hablar más alto. Agachada, vio cómo los pies descalzos de su hermana se acercaban con prudencia a la puerta del dormitorio que estaba entreabierta y se quedó quieta a escasos centímetros. Hasta que dio un pequeño salto hacia atrás al escuchar los desagradables sonidos otra vez.  Ahora más fuertes y más cercanos, pero ya no eran metálicos, algo húmedo y viscoso parecía arrastrarse por el pasillo hacia su habitación. Ana, aterrorizada, se tapó los oídos. Silvia se alejó todavía más de la puerta y se asomó para pedirle con un gesto que guardara silencio. Le sonrió con la clara intención de tranquilizarla pero no funcionó. Y entonces, inesperadamente, hizo una temeridad y abrió la puerta de par en par. Ana no tuvo tiempo de impedirlo y ahogó el profundo alarido que emergía de su pecho al ver unos hilillos de sangre descendiendo por las piernas de Silvia.

Una mancha de color rojo brillante que se extendía con rapidez se acercó al cuerpo oculto de Ana que sentía que estaba a punto de perder el control. Pronto la sangre dejó de preocuparle porque instantes la cabeza de su hermana cayó rodando por el suelo. Jamás olvidaría esos ojos inertes y el espanto que reflejaba su rostro. El cerebro de la niña intentaba racionalizar lo que estaba pasando pero no podía. Entonces, unos cánticos repetitivos, que no escuchaba con claridad, empezaron a resonar en el pasillo. En toda la casa de hecho. Ana sentía que el miedo le asfixiaba, como si su pecho estuviese siendo aplastado por una gran piedra, y se desmayó al darse cuenta de que no era algo, no era uno solo, porque pudo distinguir dos voces. Cuando despertó a la mañana siguiente, descubrió que estaba metida en su cama y no había rastro de sangre en el suelo. Por un instante, pensó que todo había sido un sueño pero enseguida comprobó que Silvia no estaba en la cama. Ni en ninguna parte.

 

A partir de ese día, tuvo que superar el dolor por la pérdida de su hermana y por la de sus padres. Porque ellos, que siempre habían sido cariñosos y atentos, habían muerto también para ella tras convertirse en sanguinarios asesinos. Llegó a esa conclusión por las mentiras que lanzaron sobre la desaparición de Silvia y todo el teatro que hicieron fingiendo dolor de puertas para afuera. Aunque seguían teniendo el mismo aspecto, ella sabía que no eran sus padres. Desconocía lo que había sucedido en realidad, pero no eran ellos. De puertas para adentro, empezaron a vivir aislados en el sótano, dónde instalaron una cama, un sofá y un televisor. No sabía lo que hacían allí exactamente. Sólo escuchaba, algunas noches oscuras, los terribles cánticos que la niña no entendía. Nunca más le hablaron ni se preocuparon por ella. Simplemente parecía que se estuviesen limitando a esperar. ¿Hasta cuándo? Según la teoría de Ana, hasta que cumpliese los dieciocho años y llegase su turno para morir. Precisamente hoy el tiempo se había agotado y era el momento de escapar porque se cumplía su décimo octavo cumpleaños.

 

Tantos pensamientos estaban resultando peligrosos, la distraían demasiado. Salió de la cama y sacó la mochila que tenía escondida debajo de la cama. No encendió la luz, así se sentía protegida por la oscuridad y los rayos de luna que entraban por la ventana eran suficientes para no tropezar. Pero mientras se la colgaba en la espalda, escuchó los sonidos metálicos que tan bien recordaba de la noche en la que Silvia murió decapitada y que tanto espanto le producía volver a oír. Sabía qué significaban, el ritual había comenzado.

 

Los cimientos de la casa se estremecieron como mucho tiempo atrás. Ana acabó de ponerse los tirantes de la mochila y abrió la ventana. No podía perder ni un segundo. Por el sonido próximo de las voces y sus movimientos húmedos y pegajosos, supuso que los dos seres habían llegado al pasillo. Ana, sin pensárselo, saltó al jardín intentando rodar en el suelo para no hacerse daño. Pero no lo pudo evitar. Se había lastimado el tobillo. Lanzó un alarido de dolor y desesperación maldiciendo su suerte. Entonces vio, desde abajo, a dos sombras entrando en su habitación. Lo que alcanzaba a ver, a través del cuadro de la ventana, no era muy nítido pero sí lo suficiente para entender algunas cosas. Las sombras se movían con rapidez, lanzando alaridos frustrados. Levantando y moviendo los muebles buscándola. Hablando entre ellos con un lenguaje que no era humano. Las figuras proyectadas comenzaron a cambiar de forma. Crecieron hasta alcanzar el techo. Y en sus cuerpos amorfos crecieron otro par de brazos que se agitaban como tentáculos. Ana se quedó inmovilizada por el espanto hasta que distinguió dos pares de ojos rojos, enormes, que se asomaron al jardín buscándola. Unos ojos que no podían pertenecer a ningún ser humano. Con eso ya tenía más que suficiente y Ana echó a correr todo lo deprisa que le permitía su tobillo magullado. Se alejó sin mirar atrás.

 

Las dos criaturas emitieron intensos gruñidos que agitaron las copas de los árboles. Estaban frustradas, temerosas, pues necesitaban el sacrificio para poder seguir con vida. Deberían buscar una sustituta para Ana. Podrían esperar, al fin y al cabo, era cuestión de tiempo que la encontraran. La búsqueda empezaba esa misma noche.

 

© Esther Paredes Hernández

27 de Agosto de 2016