Dentro

Dentro no había nada.

Recorrió el largo y amplio pasillo mientras revisaba, habitación por habitación, si quedaba algún resto de las personas que habían habitado aquel lugar. Ya sabía la respuesta.

La luz que penetraba desde el exterior era insuficiente para iluminar los rincones de la casa. Que, por cierto, estaba llena de ellos. Rincones sucios, orinados, que olían a ratas.

El silencio era aplastante y le reconfortaba. Ni cantos de pájaros a lo lejos ni suaves susurros del viento atravesando las ventanas rotas. Relajó la espalda y el cuello con ligeros movimientos circulares como si de un luchador se tratara.

Aquella enorme y hermosa casa estaba vacía. Como él. Se encontraba en mitad del pasillo sin mochila, sin móvil. Había cargado hasta allí con una buena maza para derribar las paredes.

Hizo crujir sus dedos. Cogió el mango de la maza y lo estranguló con fuerza dispuesto a destrozar aquella casa hermosa y maldita que se lo había arrebatado todo.

Su mujer fue la primera en encontrarla. Había salido a dar un paseo y la descubrió por casualidad. Eso es lo que los dos creyeron entonces. Le sorprendió una tormenta que apenas le permitía ver por dónde pisaba. Acabó perdida y desesperada. Al toparse con la casa, que podía servirle de refugio, se sintió muy afortunada.

Cuando el cielo se despejó, la luz comenzó a entrar por puertas y ventanas. Ella pudo admirar de inmediato la grandiosidad de los detalles decorativos de la casa. Los techos altos, los arcos que formaban las puertas y las robustas paredes. Comenzó a hacer fotos de todo lo que le llamaba la atención y regresó a nuestro hogar entusiasmada.

Al día siguiente, fueron juntos y tuvo que darle la razón: era magnífica. Hicieron más fotografías de aquel lugar compuesto por una amplia planta baja llena de habitaciones y un piso superior al que no se podía acceder porque la escalera estaba en un pésimo estado.

Por la noche, acurrucados en la cama, revisaron juntos las imágenes que habían tomado. Ella estaba agotada y se quedó dormida antes. También había estado muy callada durante la cena. Quizás el agua de la tormenta le había provocado un resfriado.

Él continuó mirando el material que habían conseguido aquella tarde. Descubrió algunas instantáneas extrañas. Se veía claramente a su esposa, cámara en mano, en el marco de la puerta de una de las habitaciones. Y junto a ella aparecía una mujer. Para ser honestos, era más bien una sombra que parecía pertenecer a un ser femenino.

Aquella extraña silueta oscura sólo aparecía en las fotografías tomadas en esa habitación en concreto. Y se le veía tan próxima a su mujer que prácticamente estaba sobre ella. De hecho, en la última, parecía sujetarle del hombro y estar hablándole al oído.

Él olvidó conscientemente ese hallazgo, que le ponía los pelos de punta, porque ella pasó dos días con fiebre y no quiso sacar las cosas de quicio para no molestarla en ese estado. A veces, nuestros propios miedos pueden desvelar verdades que necesitan salir a la luz por muy horribles que sean. Prefirió mirar hacia otro lado y no volver a ver aquella sombra que se cernía sobre su mujer y que, de alguna manera, había empezado a cambiarla.

Durante ese estado febril, ella conversaba con alguien en la oscuridad del dormitorio. Delirios justificó él. Gimoteaba en sueños y, en más de una ocasión, se despertó en medio de alarmantes alaridos llenos de terror. Delirios.

Pocos días después de que se recuperara, su mujer llegó a casa con los brazos llenos de sangre y la mirada perdida. Él, alarmado, llamó a la policía. Ella no recordaba gran cosa, tan sólo que había vuelto a la vieja casa y después, sin saber cómo, estaba frente a su marido manchada de sangre. Cuando le limpiaron los brazos descubrieron que la sangre era suya y que procedía de unos profundos cortes que formaban la palabra Vuelve en sendos antebrazos.

Ella estaba confusa y muy preocupada. Le daba pavor no poder acordarse de lo que había sucedido durante las horas que pasó en interior de aquella casa. Pero él, aconsejado por la policía, le convenció de que todavía estaba débil por la fiebre y que lo mejor sería no volver a ese lugar que tanto parecía impresionarla.

Después del suceso, su mujer acudió a un terapeuta por iniciativa propia y, tras unas pocas sesiones, todo quedó olvidado. O eso quiso creer él. Una noche se despertó y ella no estaba en la cama. Tras buscarla por toda la casa, supo muy bien dónde debía buscarla. Le daba miedo admitirlo, pero la amaba y su obligación era salvarla de sí misma o de aquella sombra malvada que ansiaba arrebatársela.

Dejó el coche en la entrada del sendero. Las hierbas altas y los árboles curvados no le permitían llegar con él hasta la puerta. La noche era fría pero no lo notaba. Sólo pensaba en encontrarla a salvo y que no fuese tarde. Cogió la linterna y comenzó a gritar el nombre de su mujer. Silencio. Estaba temblando y apretaba tanto la mandíbula que podría haber roto sus dientes con sólo un poco más de fuerza.

Entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación en la que las fotografías habían mostrado aquella figura. Y allí estaba su mujer. Desnuda. Envuelta en la más absoluta oscuridad. Llevaba en las manos gran tornillo retorcido y oxidado con el que escribía algo en su piel.

Corrió hacia ella y vio que había trazado la palabra Vuelve, esta vez, por todo su cuerpo. Incluso había pintado este mensaje por las paredes también desnudas y con su propia sangre.

Él intentó quitarle el tornillo de las manos. Pero ella se resistía. Con los ojos opacos. Porque su mente estaba a quilómetros de allí. No se hallaba en aquel lugar y él no se sentía capaz de averiguar dónde estaba atrapada.

Ella soltó un alarido y le dio un empujón que le hizo caer hacia atrás. El tiempo justo para que se clavara el tornillo en los ojos hasta destrozarlos. Con el cuerpo y el rostro ensangrentados comenzó a caminar lentamente hacia él. Se movía con los brazos extendidos y una expresión extraña en la boca. Él no pudo soportar más horror y apagó la linterna.

Escuchó que se detenía a escasos pasos de él y que caía desplomada en el suelo. Encendió la linterna y la vio en el suelo con el tornillo clavado en la yugular. Estaba agonizando delante de él. Las piernas se agitaban con los últimos movimientos previos a la muerte.

Y acabó todo.

Vuelve.

Tardó un tiempo en darse cuenta de que el mensaje era para él. A él era a quién esperaba ese terror nocturno en aquella casa que se lo había quitado todo por ser un cobarde. Pero ya no. Y eso era lo que había hecho, regresar.

Dio el primer mazazo en una de las paredes en las que todavía había restos de la sangre de su mujer. La pared gritó. La casa entera gritó. Pero él no se detuvo y golpeó de nuevo. Quería que saliera. Quería verla.

Sintió que alguien ponía su mano inerte y helada en su hombro. Clavándole las uñas hasta rasgarle la carne. No le importaba el dolor. Ya no. Giró el rostro hacia ella y se encontró cara a cara con sus ojos enrojecidos, enloquecidos, con la fiereza de la venganza. Ella abrió su boca llena de gusanos y él levantó la maza. La oscuridad se cernió sobre él como un remolino.

Semanas después, una pareja de excursionistas encontró su cuerpo desnudo tirado en el suelo del amplio pasillo. Hinchado. Gris. En un lecho de sangre seca. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y era evidente que había muerto a causa de un fuerte golpe en la cabeza que le había destrozado el rostro.

Lo que no entendieron fue lo que parecía ser una especie de mensaje que había intentado escribir antes de morir. No vuel_

Debatieron, aquella noche mientras intentaban alejar el horror que habían descubierto, si ese pobre hombre habría intentando advertir a quién le encontrara de que no volvieran a aquella casa.

Pero lo hicieron. Primero, ella regresó. Y, más tarde, cuando ella apareció desangrada, él.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 13 de Mayo de 2017

Terminado a las 19:45 h

Una casa con jardín

El día anterior había estado lloviendo durante horas, sin tregua. Una ligera cortina de agua había transformado en barro la suave tierra de los caminos. Era sábado y se había levantado temprano para disfrutar de algo de intimidad hasta que la casa se llenara de juegos y protestas de niños. Sintió un ligero escalofrío mientras se asomaba al dormitorio infantil para comprobar que sus hijos dormían tranquilos ajenos a todo. Se puso su vieja chaqueta de lana gris y se preparó un café con leche a la vez que revisaba el estado de la batería de su cámara.

Intentando no hacer ruido, se vistió con un viejo pantalón de lana negro, se puso unos calcetines gordos y se calzó sus botas de piel marrón oscuro. Eran sus botas preferidas, las que utilizaba para explorar caminos que ya no se transitaban y que estaban invadidos por hierbas que le llegaban hasta las rodillas y cuyos márgenes estaban formados por árboles secos que intentaban arañarla.

A ella le gustaba pensar que eran sus botas de buscar tesoros que esperaban ser encontrados. Lo que no sabía aquella mañana, mientras daba el primer sorbo a su leche caliente, era que estaba a punto de dar con el hallazgo más importante de su vida. Un encuentro que lo cambiaría todo para siempre.

Salió de la casa llevando consigo sólo la pequeña mochila de la cámara. Antes, les había dado un beso a los niños con cuidado de no despertarles. Observó el cielo gris sin sentir inquietud pues a los buenos misterios les gusta rodearse de una atmósfera turbia, envolverse en una ligera niebla para que no ser descubiertos con facilidad.

Así que sonrió mientras caminaba bajo ese cielo infinitamente grisáceo. Sus botas le ayudaban a dar pasos con seguridad sin necesidad de esquivar el barro de los charcos. Anduvo hasta el final del pueblo y siguió la carretera secundaria hasta llegar al punto en el que ésta se transformaba en un sendero sin asfaltar. Ese era el punto en el que comenzaba la magia y el mundo se transformaba en un lienzo creado por ella para ella.

Para su sorpresa, a escasos metros, emergió una pequeña sombra de entre los árboles que resultó ser un perro escuálido de color canela. El animal no le prestó atención y continuó su camino como si nada recorriendo el sendero delante de ella. Preparó la cámara y le siguió animada mientras le hacía fotos.

Perdió la noción del tiempo mientras recorrían juntos aquella linea de tierra que tenía forma de serpiente. Sin esperarlo, el animal giró hacia otro camino lateral en el que ella nunca había reparado. Esta vez sí que aparecieron árboles altos, antiguos, porque era la entrada a una gran casa en ruinas. Se quedó con la boca abierta contemplándola pues nunca habría podido imaginar algo tan hermoso. Observó con agrado las piedras del muro que la rodeaba y la espléndida puerta de madera y hierro que daba paso a un gran jardín que seguro que antaño tenía la misión de encandilar a los invitados. Abandonado y descuidado, ahora estaba dominado por grandes matorrales y zarzas llenas de espinas. Con un par de empujones, consiguió que la vieja puerta cediera y poder entrar.

Divisó al perro sorteando los peligros del jardín mostrando que era conocedor del lugar y que sabía cómo atravesarlo sin hacerse daño. Siguiéndole comenzó a hacer zigzag hasta dar con la entrada de la casa. Decepcionada, observó que una gruesa cadena con candado había sustituido a la cerradura.

Escudriñó la fachada en busca de algún hueco o agujero que le permitiera pasar al interior. Descubrió que uno de los ventanales del primer piso tenía roto uno de los cristales. Si era capaz de encontrar la manera de subir hasta él, podría entrar. En estos pensamientos estaba entretenida cuando una sombra que tenía forma humana se asomó por ese mismo ventanal.

Ella dio un respingo y fijó la vista intentando distinguir quién era. La silueta no se movió. Pensó que sería algún reflejo en el cristal pero se dio cuenta de que el perro se había sentado y que observaba como si esperase una orden de aquella sombra. El animal estaba viendo lo mismo que ella. La mujer miró de nuevo hacia el ventanal y le pareció que la figura le hacía un gesto invitándola a entrar.

Ella le dedicó al perro una mirada preguntándole qué debía hacer, porque parecía todo una locura, pero el animal se limitó a tumbarse en el suelo y a lanzar un hondo suspiro. Decidió que su imaginación le había jugado una mala pasada y se dispuso a encontrar la manera de cruzar aquellas paredes. No estaba dispuesta a irse de allí sin ver el interior de la casa.

En ese preciso instante podría haber tomado la decisión correcta si se hubiese marchado, sin embargo, el jardín parecía haber ocultado la puerta de la salida y la atmósfera se había vuelto densa a causa de una niebla que confería al ambiente el halo de ensueño del que tanto le gustaba a ella envolverse. Parecía que aquella majestuosa villa pretendía aislarla del mundo y lo había conseguido. Ya no podía pensar en otra cosa que no fuese en entrar y ni siquiera valoró el hecho de que sus hijos se habrían despertado y la esperaban en casa.

Recorrió las paredes exteriores acariciando las piedras y el musgo rugoso, mientras fotografiaba los detalles ornamentales de la fachada elegidos con tanto acierto por los dueños. Al darle la vuelta a la casa, halló por fin una pequeña y humilde puerta trasera. Estaba abierta y daba paso a la cocina.

Se sorprendió gratamente al comprobar que, tal y como imaginaba, el mobiliario y la decoración no habían sido alterados. La escena era evidentemente fantasmagórica pero eso era lo que ella llevaba buscando desde hacía años y lo había encontrado gracias al perro vagabundo. Abrió una ventana y tuvo luz suficiente para empezar a hacer fotos.

Cuando terminó con la cocina, pasó al salón y abrió los ojos y la boca a la vez. Le pareció increíble la gran chimenea que lo presidía y la exuberante escalera que invitaba a subir a la planta de arriba. Hizo un par de disparos cuando, revisando los ajustes de la cámara, detectó en una de las imágenes un bulto al pie de la escalera. Miró pero a simple vista no distinguió nada. Enfocó adrede con la cámara hacia allí e hizo un par de fotografías más. Al repasarlas pudo comprobar que, efectivamente, aparecía una silueta oscura. Sin embargo, no parecía la misma que, minutos antes, le había parecido distinguir en la ventana.

El perro había entrado en la casa sin hacer ruido y se sobresaltó al verle a su lado. Otra vez, estaba observando muy atento hacia donde se situaba la sombra. Movía la cola y subió la escalera trotando animado. De nuevo, ella podía haber valorado bien las opciones pero acabó siguiéndole.

La escalera acababa en un pasillo lleno de puertas. Había cinco dormitorios por lo menos. O eso era lo que ella creía. Calculó en cuál estaría la ventana por la que había visto la primera silueta y se dirigió hacía allí. El corazón le iba muy deprisa cuando agarró el pomo de la puerta, que estaba helado, para entrar. No había rastro del perro.

De repente, empezó a sentir que el ambiente se había enrarecido y había dejado de resultarle placentero. Se dio cuenta de que el silencio que reinaba en la casa era estremecedor y tan profundo que podía escuchar sus propios latidos. Agudizó los sentidos en vano porque no se oían ni los típicos crujidos de la madera ni el viento atravesando las ventanas rotas. Estaba completamente sola en medio de aquel pasillo sujetando el frío pomo. No quería seguir en esa casa pero era incapaz de rechazar la oportunidad de atravesar el umbral que separaba el secreto oculto de la verdad.

Empujó despacio la puerta y comenzó a divisar lo que ella había supuesto que era un dormitorio. Pero no encontró una cama, sino una gran mesa de madera con una considerable mancha oscura en el centro. Una mancha que se extendía hasta las patas de la mesa. Sobre ella, se suspendían unos grandes ganchos de carnicero que colgaban de una larga barra de hierro. Los ganchos se mostraban inmóviles mientras ella los observaba entre la fascinación y la repulsión pues podía imaginar para qué los habían utilizado.

Enfocó la cámara para fotografiar los rincones llenos de grandes plásticos sucios y un armario empotrado que contenía todo tipo de cuchillos y extraños utensilios que prefirió no pensar qué podía hacerse con ellos. Se aproximó al mismo ventanal por el que la supuesta sombra la había observado y miró hacia el jardín. Le pareció distinguir entre la maleza a un hombre robusto arrastrando un gran bulto. Atónita pronto entendió que lo que trasladaba era el cuerpo de una joven que luchaba por liberarse.

Ella gritó y golpeó los cristales llamando su atención, quizás al verse descubierto dejara en paz a la chica. Sin embargo, fue en vano. Él miró hacia arriba y le dedicó una amplia sonrisa malévola. Después, continuó llevando a la fuerza a su pobre víctima cuyos alaridos fueron aumentando en intensidad hasta conseguir llenar el silencio de la casa con ellos.

Dio media vuelta dispuesta a enfrentarse a aquel sádico cuando se topó con el perro que se interponía entre la puerta y ella. Le gruñía y le mostraba los dientes como señal de que no iba a permitir que saliese de allí. Los gritos de la mujer cesaron de repente y ella corrió hacia la ventana. No había rastro de ninguno de los dos y el silencio espeso volvió a dominar la atmósfera. Roto tan sólo por el gruñido del perro. La luz se fue de repente, como si el sol se hubiese ocultado en el ocaso, pero eso no era posible, no podía llevar tantas horas metida en aquella casa.

Entonces fue cuando decidió que había llegado el momento de volver a casa. El perro era lo que menos miedo le daba así que caminó hacia la puerta cuando los ganchos comenzaron a balancearse chocando entre ellos produciendo fuertes sonidos metálicos.

Pasó junto al amenazante perro cerrando los ojos mientras suplicaba que no le atacara. Mientras recorría el pasillo en busca de la escalera, el animal se calló y volvió a trotar delante de ella moviendo la cola mientras entraba en la siguiente habitación. Muerta de miedo anduvo despacio, como si todavía pudiese pasar desapercibida a lo que fuese que habitaba entre aquellas paredes de piedra, y pasó junto a la puerta que había atravesado el perro. Había una luz encendida dentro y por el rabillo del ojo veía sombras que se movían en el interior. Escuchaba como alguien, que estaba amordazado, gemía de dolor mientras se oían ruidos de golpes y hachazos.

No quería mirar, pero lo hizo. El rojo brillante predominaba en la escena. Había sangre en las paredes, en el suelo, sobre el cuerpo inerte de dos personas que no podía saber si eran hombres o mujeres porque habían sido partidos a trozos. Ya no eran personas, eran trozos de carne como los que cuelgan los carniceros en las cámaras frigoríficas. Las cabezas estaban metidas en bolsas de plástico. El perro comía de los trozos con apetito mientras se manchaba el morro de sangre. La tenue luz que producían decenas de grandes velas le permitió comprobar que el autor de aquella masacre no estaba allí.

Ya había visto bastante. Siguió caminando hacia la escalera cuando distinguió a dos sombras en los primeros escalones. Dos sombras que comenzaron a correr hacia ella. Alucinación o no, ella no estaba dispuesta a que la cogieran y la metieran en una de esas habitaciones. Regresó, corriendo con una velocidad que ella no creía que tenía, a la que tenía el ventanal roto y utilizó la mesa para bloquear la puerta. Escuchaba golpes, gruñidos, gritos de rabia, risas burlonas, ladridos al otro lado. Pero no le importaba, estaba decidida a escapar. Envolvió sus manos con unos de los plásticos y, con varios puñetazos, acabó de romper los cristales.

Inspeccionó ansiosa el jardín y determinó qué montón de maleza le quedaba más cercano. Saltó, sin pensárselo dos veces, teniendo cuidando de no caer con los pies e intentando rodar al llegar al suelo. Las ramas le arañaron parte de la cara pero no sentía dolor. Vio el portalón, salió al camino de entrada y en cuanto se dio cuenta ya estaba corriendo sobre el asfalto de la carretera que llevaba al pueblo. Volvía a ser de día.

Entró en casa y sus hijos estaban en el sofá viendo la tele. Miró la hora que era y comprobó que sólo había estado fuera una hora y media. Su marido se acercó a ella y enseguida notó que le pasaba algo. Ella era incapaz de dejar de temblar y se pudo a llorar mientras él la abrazaba. Mientras le curaba los cortes, le recomendó que se acostase un rato.

Le hizo caso y durmió hasta la hora de comer. Cuando despertó, la pesadilla quedaba muy lejos y empezaba a tener la sensación de que quizás había exagerado las cosas. Escuchó reír a sus hijos en el jardín. Así que se levantó dispuesta a olvidar ese sábado e intentar acabar bien el fin de semana. Encontró a su marido revisando las fotografías que había hecho. Ella le previno sobre lo que podría ver pero comprobó que no había rastro de las sombras ni de los ganchos ni de la mesa manchada… aunque el perro sí que aparecía en ellas.

Él la miró sorprendido y le dijo que los niños estaban fuera jugando con ese mismo perro. Ella salió corriendo y comprobó que era cierto, allí estaba el animal que la había llevado hasta el horror. Cogió a sus hijos mientras le echaba a la calle a patadas. Entonces escuchó cómo se rompía un cristal de su casa. Se giró y vio a su marido tras la ventana rota del primer piso. Detrás de él había una sombra con forma humana que le levantaba por los aires rompiéndole la espalda y lanzándole a través de ella con una gran fuerza.

Su marido cayó inerte a sus pies mientras sus hijos gritaban muertos de miedo. Pero ella ya no podía escucharles pues un gancho acaba de atravesarle la nuca y un hombre corpulento la arrastraba para llevársela a la magnífica casa que tenía un gran jardín.

Barcelona, 18 de Diciembre de 2016

La vieja puerta

Conocía la vieja puerta de memoria. Era capaz de cerrar los ojos y dibujar con sus dedos las grietas de la madera. De imaginar cómo se le clavaban las astillas en los dedos en busca de un resquicio, por el que meter la mano, para abrirla y entrar en aquella vieja casa del final del camino. Cuyas paredes de piedra lucían un extraño aspecto muerto y descolorido mezclado con el verde de un musgo pletórico. Siempre pasaba junto a esa casa al volver de la escuela. Caminaba más haciendo ese trayecto, pero no le importaba.

Aquella tarde gris, el sol tuvo mucha prisa por esconderse entre las montañas. Sentía algo de frío y aceleró el paso. Los pájaros volaban sobre su cabeza presagiando la llegada de la lluvia. Divisó la casa y su puerta de madera ennegrecida. Sus pies pisaban las pequeñas piedras del camino y el sonido que producían le hacían sentirse más solo en aquellas horas previas a la tormenta. El viento comenzó a soplar más fuerte cuando estuvo a unos metros de la casa. El mero hecho de estar tan cerca de aquella imponente puerta le reconfortó por un instante y se detuvo a su lado. El camino se terminaba allí y estaría con su madre en cuestión de minutos. El miedo se esfumó y sonrió aliviado.

Entonces, escuchó algo tras la puerta. Un leve sonido que tardó en identificar como pequeños arañazos hechos por alguien de su altura. Se quedó muy quieto y observó la puerta de reojo. Unas uñas negras asomaron por las grietas más grandes que se habían dibujado en aquellas viejas tablas de madera. El corazón se le aceleró y pensó que sólo quería salir corriendo de allí. Pero no lo hizo. Aquella casa significaba demasiado para él y no quería perder la oportunidad de averiguar lo que estaba pasando dentro. Se giró muy despacio, intentando no hacer ruido. Se acercó e intentó ver el interior pero era imposible distinguir nada. Todo estaba muy oscuro.

Los arañazos cesaron. Eso le animó a poner un ojo en una de las grietas y poder escudriñar así con más atención. Pero desde el otro lado, otro ojo asomó también. Gritó asustado mientras saltaba hacia atrás. Sin dar crédito todavía a lo que había visto, la puerta comenzó a abrirse lentamente y una mano huesuda y gris apareció haciéndole un gesto que le invitaba a entrar.

Sabía que no debía hacerlo. Sabía que debía marcharse lo antes posible. Pero amaba aquella casa del final del camino y cruzó el umbral. Traspasó aquella puerta con la que soñaba desde que era muy pequeño y que conocía como la palma de su propia mano. Tras él, la puerta se cerró despacio, casi con amor. La tormenta se acercaba y los pájaros cruzaban el cielo en grandes bandadas. Nadie pudo escuchar sus gritos aterrorizados y nunca más le volvieron a ver.

Aunque algunos vecinos, que paseando se cruzan con la vieja casa, aseguran que han escuchado la voz de un niño que les pide que le saquen de allí susurrando desde el otro lado de la puerta.

Esther Paredes Hernández

23 de Octubre de 2016

Quería ir al bosque

Quería ir al bosque. Penetrar en su oscuridad mientras las gotas frías, que resbalaban del cielo, humedecían su cara. Necesitaba sentirse viva en aquella espesa negrura situada en el corazón del bosque. No prestaba atención a los murmullos de las hojas, a los gritos aislados que daban los pájaros ni al viento airado. Sólo quería ir al bosque. Se quitó las zapatillas y los calcetines. Notó cómo se le clavaban agujas de hielo en las plantas de sus pies y le gustó. Caminó despacio para sentir las piedras punzantes y el barro en toda su plenitud. Empezó a dar vueltas lentamente para desorientarse y poder conseguir así encontrar su lugar en el mundo. Se mareó y empezó a tambalearse como si estuviese ebria. Abrió los ojos. Continuaba sin poder dormir porque la estrategia no estaba funcionando.

Quería ir al bosque pero era en su dormitorio dónde estaba. Atrapada en aquella habitación inerte cuyas cortinas se habían convertido en telas de araña donde los insectos eran devorados lentamente. Como en su imaginación, estaba descalza. Pero su cuerpo, tumbado en la cama, parecía un gran bloque de piedra y no podía moverse. Pese a la oscuridad podía sentir a las arañas correteando por las paredes y el moho de la moqueta expandiéndose con cada respiración. Temía seriamente no poder salir de aquella prisión, al menos con vida. Había algo más en la casa desde hacía unos días y se lo estaba poniendo muy difícil.

Todo empezó una noche en la que regresó del trabajo agotada. Cenó sobras del día anterior, se dio una ducha rápida y se metió deprisa en la cama. Debía intentar dormir lo máximo posible. No le costaría porque la ducha había relajado su cuerpo y su mente se trasladó al bosque imaginario al que siempre recurría para serenarse. Se giró y observó cómo las cortinas ondulaban con el aire fresco que entraba por la ventana. Cerró los ojos y visualizó el viento acariciando las copas de los árboles y el reflejo de la luna en la humedad de la tierra.

El silencio la acunaba y sentía que empezaba a dormirse cuando escuchó con absoluta claridad que algo se había movido en la habitación. Algo vivo estaba correteando por su dormitorio. Pensó, asqueada, que sería una rata y se mantuvo muy quieta con la esperanza de que su oído le hubiese jugado una mala pasada. Pero no estaba equivocada, algo había invadido su cuarto. Encendió la luz de la mesita y, tal como esperaba, no vio nada.

Pero a la noche siguiente, en cuanto apagó la luz, volvieron los ruidos. Esta vez tomó la decisión de quedarse a oscuras y escuchar para poder tener más información de la criatura. Pronto, por los sonidos que provocaban sus movimientos, tuvo claro que parecía haberse instalado en la armario. Ni una sola vez escuchó a eso acercarse a la cama. Así que acabó quedándose dormida presa del cansancio. De madrugada, se despertó al sentir un aliento frío y putrefacto peligrosamente cerca de sus ojos.  Gritó despavorida al distinguir, a pocos centímetros de su cara, unos ojillos rojos y unos dientecitos afilados que asomaban a través de una sonrisa. Esa cosa le arañó el párpado antes de escapar hacia la oscuridad del dormitorio.

Encendió la luz, cogió uno de sus zapatos y se dispuso a darle un escarmiento o, en el mejor de los casos,  a matarla. Unas gotas le resbalaban hacia la nariz desde el ojo. Creyó que sería sudor pero al limpiarse descubrió preocupada que era sangre. El arañazo era más profundo de lo que había calculado. Se vio obligada a dejar la cacería por el momento y fue al cuarto de baño para curarse la herida. Al mirarse en el espejo comprobó que tenía razón con su diagnóstico. Sonó el despertador en el dormitorio y se sobresaltó. Tiró la botella del alcohol al suelo y se cabreó mucho con su mala suerte. No le daba tiempo a buscar a esa cosa antes de irse a trabajar y a saber lo que haría durante el día estando a sus anchas. Pero lo que más ansiedad le daba era saber que, al volver a casa, le esperaría ese algo que ya le había atacado. El miedo creció en su interior de repente. Se taponó el corte. Cogió ropa de la secadora y no quiso entrar de nuevo en su habitación y, mucho menos, acercarse al armario.

Acabó la jornada y no tenía ganas de volver a casa. Había estado buscando en Internet y no había encontrado ninguna referencia a un animalillo que presentase el aspecto de la criatura que vio la noche anterior. Llegó a la conclusión de que era una rata, más por la necesidad de etiquetar a aquella cosa que porque estuviese segura de que eso es lo que era. Aparcó el coche en su calle iluminada por las viejas farolas que estaban encendidas aunque no sirviesen de mucho. Había cenado fuera para alargar el momento de su vuelta porque no se sentía con el ánimo suficiente para enfrentarse a lo que le daba tanto miedo. Recostó la cabeza sobre el volante. El corazón le latía con fuerza y encendió la radio para calmarse. Con el locutor de fondo, repasó qué elementos eran lo que la habían asustado tanto para intentar recuperar el control de la situación. A) El aliento en su cara, a tan pocos centímetros. B) Que se moviera con tanto cuidado como para que no notase que se había subido a la cama. C) Le hizo saber de su presencia, en el momento que quiso, echándole el aliento: -¡Oye, tú, mírame! D) Y luego le dedicó una sonrisa para que entendiera que lo había hecho a propósito. D) La cosa era capaz de pensar. Pasó la noche durmiendo en el asiento trasero de su coche tapada con su abrigo largo.

El resto de la semana la pasó en casa de su madre, mintiendo sobre el motivo por el que estaba allí. Sin embargo, el viernes por la tarde, con todo el fin de semana por delante, se dispuso a reconquistar su hogar. Tenía tiempo suficiente para conseguirlo y había ideado un plan muy sencillo. Sería ella la que observase ahora. Determinaría sus horarios y sus costumbres. En eso estaba pensando cuando abrió la puerta de su casa y se encontró en el Reino del Caos. Todos los cajones y los armarios estaban abiertos con claros signos de haber sido asaltados. Restos de comida y excrementos esparcidos por todas partes. Las cortinas estaban rasgadas y arrancadas de los rieles. Estaba claro que nadie le había echado de menos. Cerró la puerta haciendo mucho ruido para que las cartas quedasen sobre la mesa. Había vuelto con muchas ganas de pelear. Tras dar unos pasos, enseguida se dio cuenta de que, en diferentes puntos de la casa, esa alimaña había sacado de la pared y roído los cables de la luz. Parecía haberlo hecho adrede. Se tocó inconscientemente la cicatriz del arañazo que le dio en el párpado la última vez que se vieron cara a cara. Un escalofrío recorrió su cuerpo pero rápidamente lo controló. No iba a permitir que el miedo fuese por delante de ella, ya no. Lamentaba su suerte por no tener ni linternas ni velas. Tenía la costumbre de irse a dormir si alguna noche se cortaba la luz.

Subió directamente a su dormitorio prestando atención dónde pisaba porque sólo contaba con lo poco que iluminaban las tristes farolas de la calle. No hacía falta ver para darse cuenta de que la habitación estaba infinitamente más sucia que el resto de la casa y llena de arañas. Escuchó con sumo cuidado y anduvo muy despacio hasta la cama. Se sentó en la cama y se descalzó para moverse con más sigilo. Estaba dispuesta a indagar dentro del armario. Sintió la alfombra pegajosa y húmeda. Asqueada levantó los pies guiada por sus reflejos que le decían que tuviese cuidado con lo que tocaba. Apoyó con determinación los pies cuando sintió que la piel de su tobillo derecho se desgarraba y que unas garras llegaban hasta el hueso con facilidad como si los tendones fuesen mantequilla. Esas pequeñas zarpas habían salido de debajo de la cama. Tras el alarido cayó al suelo sobre las rodillas, el dolor y la confusión eran enormes. Entonces, esa cosa saltó sobre su espalda y le arañó los hombros mientras saltaba hacia adelante para meterse en el armario. Ella intentó coger sus patas sin éxito. Temiendo lo peor, rozó con las yemas de los dedos la herida para ver sus dimensiones. Como pensaba, los arañazos eran muy profundos y pudo tocar el hueso. Además, estaba perdiendo mucha sangre. Comprobó las heridas de los hombros pero eran superficiales. Así que se centró en arrancar un trozo de tela de la sábana e intentar presionar la herida del pie y disminuir el abundante sangrado.

Por momentos se sentía más y más cansada, así que se tumbó en la cama como pudo y, sin darse cuenta, se quedó dormida. La noche avanzaba con tranquilidad, el silencio reinaba en la casa hasta que ella empezó a agitarse en sueños. Empezó a balbucear como si le hablara a la alimaña pidiéndole que la dejara tranquila, que le dolía el tobillo y quería descansar cuando sintió que algo le mordía bajo la tela de el vendaje. Tardó unos instantes en comprobar que lo que notaba era cierto: algo estaba alimentándose de su herida. Abandonó la cama de un salto y se colocó junto a la ventana dónde la luz. Se quitó la venda con rapidez y estuvo a punto de desmayarse al ver a decenas de arañas entrando y saliendo de su piel. Salió al pasillo y se lavó la herida en el cuarto de baño hasta que no quedó rastro de ellas. Cogió la barra de la cortina de la ducha porque estaba claro que necesitaba tener un arma de algún tipo. Le costaba mucho esfuerzo dar mínimos pasos pues el tobillo le dolía tanto que le subían descargas más arriba de la espalda. Empezó a jadear con cada movimiento que hacía. Tuvo que aceptar que aquello había mermado su seguridad antes de regresar a su cuarto.

Se acercó como pudo al armario-madriguera y siempre intentando que el ruido no la delatase. Levantó la barra con una mano y con la otra, abrió una de las puertas. Olía como si un millón de gatos se hubiesen orinado allí a la vez durante un mes. Con prudencia, dolor y asco, abrió la otra puerta. Se quedó inmóvil frente a la madriguera con la barra de aluminio sobre su cabeza y las dos manos sujetándola con toda la fuerza con la que era capaz. Y miró a la oscuridad frente a frente. Y la oscuridad le devolvió la mirada a través de los pequeños ojos de fuego y esos dientes torcidos pero afilados como agujas que le habían arrebatado su tranquilidad. Bajó los brazos tan rápido como fue capaz y casi pudo sentir que la barra le rompía el cuello a aquella criatura. Pero eso no llegó a suceder. La cosa le arañó los ojos hasta casi sacárselos de las cuencas y regresó al interior del armario. Ella se desmayó.

Despertó ciega y muy débil. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. Era incapaz de distinguir si seguía siendo de noche o ya había amanecido. Se arrastró hasta su cama y se tumbó agradeciendo la comodidad. Podía escuchar a las arañas corretear por las paredes, cerca de ella. Y a la alimaña moviéndose a sus anchas por su territorio. Había dejado de ser una amenaza para ella. ¿Sería quizás su próximo alimento? No lo sabía. Sentía su cuerpo como si fuese un pesado bloque de granito y sólo pensaba en dormir. Pensó en trasladarse mentalmente a su bosque como hacía las noches en las que no podía dormir. Pero pronto se dio cuenta de que no sería posible.

Ella quería ir al bosque, y recorrerlo descalza hasta encontrar su sitio en el mundo, pero no sería posible hacer ese camino. Sentía claramente cómo decenas de diminutos seres destrozaban su piel con pequeños mordiscos dispuestos a no dejar que encontrase la paz nunca más.

 

Esther Paredes Hernández

16 de Octubre de 2016

 

 

La mecedora

Estaba a punto de asomarse por la puerta y descubrir lo que su marido estaba haciendo desde hacía varias noches. Pero no quería verlo.

Inmovilizada por el espanto, estaba allí de pie, con los pies descalzos en mitad de la noche. Envuelta por la oscuridad fría que se había apoderado de su casa. Un sonido rítmico la mortificaba, el vaivén de la mecedora que su marido y ella habían comprado para la habitación del bebé. Una mecedora, que ayudaría al pequeño a dormir mejor, le había arrebatado el sueño. Porque lo que le preocupaba no era que se estuviera moviendo, sino averiguar por qué su marido estaba sentado en ella. Ese era el motivo de su miedo.

Pasara lo que pasara después de esa noche, se decía a sí misma que no era culpable del grave deterioro mental de su marido. Porque estaba segura de que él no había descubierto sus mentiras. Nunca le confesó que no quería ser madre. Se limitó a evitar quedarse embarazada mientras era cómplice de las obras que se hacían en casa para tener una habitación más, la que sería para el bebé. Dos semanas más tarde, el dormitorio estaba preparado con todo lo necesario y su marido esperaba ilusionado a que llegara el momento de la magia de la fecundación. A la habitación no le faltaba el más mínimo detalle. Hasta había comprado una bonita mecedora en la que poder relajar al pequeño.

La noche en la que todo empezó, ella estaba inmersa en un sueño profundo y le costó entender qué era lo que se escuchaba al otro lado del pasillo. Pero pronto dedujo que era el sonido rítmico de la mecedora. Miró a su lado y comprobó que estaba sola en la cama. Tuvo un presentimiento extraño que le aceleró el corazón. Prestó mucha atención y alcanzó a oír a su marido susurrando una nana con una voz mecánica y fría. Sintió una punzada de miedo y dolor pero se obligó a dormirse. Se mintió con la misma intensidad con la que engañaba a su marido. No estaba pasando, no estaba sucediendo nada.

Varias noches después, volvió a despertarse de madrugada. Esta vez, por el sollozo de un bebé. Tuvo que abrir los ojos de par en par para asegurarse de que, efectivamente, un niño lloraba en algún lugar de la casa. Buscó a su marido pero, de nuevo, no estaba. El bebé seguía gimiendo sin consuelo y ella creyó identificar que venía de la habitación infantil… pero eso no era posible. Escuchó cómo su marido susurraba algo que conseguía calmarle. El silencio volvió a adueñarse de la noche. Su marido salió al pasillo y regresó al dormitorio. Ella fingió estar dormida mientras se acostaba a su lado intentando no despertarla. Después, él se aproximó despacio y le cogió de la mano de manera amorosa. Esa noche ella no pudo dormir. Quería preguntarle qué estaba pasando pero no estaba preparada para escuchar la respuesta.

Así que la noche siguiente esperó, con los ojos mirando al techo en medio de la negra madrugada, a que se repitiese. Y no se equivocaba. El ritual nocturno comenzó con el llanto del bebé, después su marido se levantó de la cama, pronto se escuchó el vaivén de la mecedora al ritmo de la canción de cuna susurrada y mecánica y…gorgoteos infantiles agradecidos por la atención amorosa del padre. No podía soportarlo otra vez, así que decidió comprobar por sí misma que no eran imaginaciones suyas. Aunque las piernas le pesaban como si fuesen de piedra, se levantó y fue hacía la habitación que tanto temía. Y allí, en medio del pasillo, seguía con el dilema de si estaba segura de querer descubrir la verdad. Fingiendo seguridad, se asomó para averiguar cómo era ese bebé que habitaba en la casa cuando llegaba la noche y que sólo parecía ser real para su marido. Ese bebé que nunca iba a nacer porque ella no estaba dispuesta a permitirlo.

Dio el primer paso hacia la puerta entreabierta. Y la empujó despacio. La sangre le bombeaba en la cabeza a la velocidad que marcaba la mecedora que cada vez se movía con una rapidez más enfurecida. Entonces, el bebé comenzó a llorar muy fuerte y se vio obligada a taparse los oídos porque el sonido era demasiado penetrante, como un fino taladro que le perforaba el cerebro. Cerró los ojos porque el dolor era insoportable. Una mano se puso en su hombro y se le escapó un alarido profundo. Escuchó la voz de su marido como un eco apagado al principio. Poco a poco supo que la estaba llamando mientras la abrazaba. Abrió los ojos. La luz de la habitación estaba encendida y no era su marido el que ocupaba la mecedora. Ella se mecía hacia adelante y hacia atrás con un bulto entre los brazos del tamaño de un recién nacido. Su marido le preguntaba preocupado qué estaba haciendo allí. Ella dejó caer el bulto al suelo que resultó ser un rulo hecho con una de las mantitas que habían comprado. Se quedó quieta mientras intentaba aclarar sus borrosos pensamientos. Pero no podía.

Su marido la llevó, sujeta por la cintura, hasta su dormitorio y la metió en la cama con suavidad. Ella le contó lo que había estado pasando las últimas noches. Él, como pudo, le explicó que no había sucedido así, en realidad era ella la que iba al cuarto del bebé. Pero eso no tenía sentido. Sin embargo, los ojos de su marido, preocupados y ansiosos por obtener respuestas, le obligaron plantearse que quizás le estuviese diciendo la verdad. Entonces, ella le miró muy seria. Tragó saliva y sintió cómo le dolía la garganta. Le confesó que no quería ser madre.

Dos semanas después, había un nuevo despacho en casa y una mecedora se vendía en una página de muebles de segunda mano.

Y ella dejó de levantarse por las noches.

 

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 18 de Septiembre de 2016

Medianoche

Eran las doce de la noche y Elisa estaba observando el rellano a través de la mirilla de su puerta. Sólo llevaba puesta la camiseta con la que dormía y tenía la piel de gallina. Aunque no por el frío, que apenas percibía, sino por el espanto que estaba presenciando en secreto.

Cinco minutos antes, se había despertado a la fuerza porque algo se estrelló contra la pared del cabecero de su cama. Elisa, con el corazón latiéndole a mil por hora, se sentó en la cama intentando centrar sus pensamientos pero no pudo porque los alaridos de dolor que empezó a proferir Sara, su vecina que vivía sola, impidieron que pudiera racionalizar lo que estaba pasando. Pegó la oreja porque los gritos parecían alejarse de la pared y los siguió por toda la casa hasta llegar a la puerta de entrada. Allí escuchó otro fuerte golpe, que tampoco pudo identificar, y que consiguió hacer callar a la pobre Sara. Elisa decidió ir a por el móvil y avisar a la policía pero escuchó que se abría la puerta del apartamento de al lado. No quería perder la oportunidad de ver quién había cometido la atrocidad y comprobar el estado físico de Sara.

Se puso a observar el rellano a través de la mirilla. La luz estaba apagada así que apenas podía distinguir nada, sólo alcanzó a reconocer los contornos de dos personas que salían del apartamento. Una, que evidenciaba ser un hombre corpulento, cargaba a la espalda lo que parecía ser el cuerpo de Sara. Elisa temió que estuviese muerta, no apreció ninguna muestra de resistencia ni escuchó el más mínimo gemido. En ese mismo instante, fue consciente de que corría serio peligro si él descubría que había un testigo del espantoso crimen.

El hombre descargó el cuerpo en el suelo sin miramientos y encendió un cigarrillo. La pequeña llama del mechero iluminó una parte de su rostro. Por lo que veía, era un hombre normal. De unos cuarenta años. Se sorprendió a sí misma extrañada porque fuese alguien corriente y no un monstruo con cuatro ojos y lleno de escamas. Le vio fumar con tranquilidad, no parecía estar preocupado por si alguien había escuchado los gritos de Sara. Entonces, como si le hubiese leído los pensamientos, el hombre empezó a acercarse lentamente hacia su puerta. Ella se sobresaltó y dio un salto hacia atrás chocándose con el cuadro de la pared y tirándolo al suelo. No podía haberlo hecho peor. Se quedó inmóvil, deseando que no la hubiese descubierto. Agudizó los sentidos y prestó mucha atención. No se escuchaba nada al otro lado, pero debía asegurarse o no podría dormir tranquila el resto de su vida. Se acercó despacio y pegó la oreja a la madera. Nada. Puso el ojo en la mirilla. Todo estaba oscuro otra vez y no había señales del cigarrillo. Quizás se había marchado sabiéndose descubierto. Sin embargo, le pareció ver que algo se movió en el pasillo. Se concentró y vio que una gran sombra se abalanzaba hacia ella. Gritó presa del pánico mientras corría hacia su dormitorio para coger el móvil. Tras ella, el hombre embistió un par de veces contra la puerta hasta romper las bisagras. Elisa consiguió llegar a su habitación, con la cara desencajada por el pánico, pero él también. Y su expresión era una extraña mezcla de violencia y satisfacción.

Eran las doce y cuarto de la noche. David se despertó porque algo golpeó la pared del cabecero de su cama desde la casa de su vecina Elisa.

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 31 de Agosto de 2016