El cobijo

Dicen que el abrazo de una madre nos conecta con el amor que sentimos mientras flotamos en su vientre esperando nacer. Ese tiempo en el que disfrutamos del cobijo mágico donde se gesta nuestra existencia.

Había tachado los días del calendario los últimos meses como recordatorio de que ese último año estaba siendo una larga condena. Él se había largado de su vida dejando claro que no estaba enamorado de ella. No le tembló la voz ni se le nublaron los ojos cuando le dijo que la dejaba.

No la amaba y había descartado darle una segunda oportunidad a su relación.

La casa se llenó de ecos por culpa de los rincones deshabitados. Y por la noche, las sombras acariciaban las paredes con dedos afilados como cuchillas. El sofá pareció crecer de tamaño y ella prefirió ocupar su vieja butaca del salón por miedo a que éste se la tragara.

Comenzó a verse a sí misma como una bayeta usada, blanda y sucia. De manera que cuando le llamaban sus amigos para ir a verla o ayudarle a salir de la casa, se negaba. No soportaba que la viesen de aquella manera. Al final, dejaron de intentarlo y la dieron por perdida. Como ella había hecho consigo misma.

La falta de trato con el exterior la arrastró a una desconexión con la realidad que no le permitía conciliar el sueño, y menos en esa cama medio vacía, así que empezó a usar la butaca para eso también.

Sentada en ella se sentía segura. Allí le dio de mamar su madre y le hacía dormir al cobijo de su pecho y sus brazos mientras crecía. La necesidad de sentir ese amparo provocó que no se levantara de ella si no era para prepararse la comida o ir al baño.

Con el paso de los días, la comida pasó a ser innecesaria y decidió que podía orinar en una palangana. Un 12 de Noviembre dejó de moverse por la casa. Y una semana después, ya no sentía las piernas. Ni dolor. Se había convertido en un fantasma.

Pasaba el tiempo concentrada en la sensación de su tierna infancia cuando todavía podía disfrutar del cobijo de su madre. Cerraba los ojos y se mecía a sí misma mientras susurraba una canción de cuna.

Estaba serena. No necesitaba nada más. Y de esta manera fue como perdió la consciencia. La encontraron caída sobre el suelo y no reaccionaba cuando la llamaban por su nombre y la sacudían con cierta fuerza.

Despertó confusa en el hospital justo cuando una enfermera le estaba cambiando el gotero del suero. Se alegró de que hubiese abierto los ojos y le contó que estaba ingresada desde hacía dos días. Llegó a urgencias deshidratada y con una gran infección de orina que le había afectado a un riñón.

Menos mal que su madre la encontró a tiempo y llamó al hospital. Nadie pudo convencerla de que no la acompañara en la ambulancia y le estuvo sujetando la mano durante todo el trayecto. La enfermera, emocionada, le contó que después pasó la primera noche tumbada junto a ella abrazándola.

Cuando se marchó al día siguiente, les dijo a todos que siguieran cuidando de su hija. Ella debía marcharse a descansar. La enfermera continuó explicándole que nadie del personal dudaba que era una suerte tener una madre como la suya.

Ella no tenía fuerzas para hablar demasiado pero podía sonreír. Y lo hizo mientras daba media vuelta y acurrucaba las rodillas imaginándose en el regazo de su madre. No pensaba desilusionar a la enfermera explicándole que su madre llevaba muerta más de veinte años y  que no volvería a visitarla al hospital.

Suspiró y cerró los ojos para dormir por primera vez en meses. Su madre, que le había dado la vida, también se la había devuelto al mostrarle que valía mucho más que un vulgar trapo sucio. Era una mujer que merecía una segunda oportunidad.

No estaba sola.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Noviembre de 2017

Terminado a las 10:48h

Una casa con jardín

El día anterior había estado lloviendo durante horas, sin tregua. Una ligera cortina de agua había transformado en barro la suave tierra de los caminos. Era sábado y se había levantado temprano para disfrutar de algo de intimidad hasta que la casa se llenara de juegos y protestas de niños. Sintió un ligero escalofrío mientras se asomaba al dormitorio infantil para comprobar que sus hijos dormían tranquilos ajenos a todo. Se puso su vieja chaqueta de lana gris y se preparó un café con leche a la vez que revisaba el estado de la batería de su cámara.

Intentando no hacer ruido, se vistió con un viejo pantalón de lana negro, se puso unos calcetines gordos y se calzó sus botas de piel marrón oscuro. Eran sus botas preferidas, las que utilizaba para explorar caminos que ya no se transitaban y que estaban invadidos por hierbas que le llegaban hasta las rodillas y cuyos márgenes estaban formados por árboles secos que intentaban arañarla.

A ella le gustaba pensar que eran sus botas de buscar tesoros que esperaban ser encontrados. Lo que no sabía aquella mañana, mientras daba el primer sorbo a su leche caliente, era que estaba a punto de dar con el hallazgo más importante de su vida. Un encuentro que lo cambiaría todo para siempre.

Salió de la casa llevando consigo sólo la pequeña mochila de la cámara. Antes, les había dado un beso a los niños con cuidado de no despertarles. Observó el cielo gris sin sentir inquietud pues a los buenos misterios les gusta rodearse de una atmósfera turbia, envolverse en una ligera niebla para que no ser descubiertos con facilidad.

Así que sonrió mientras caminaba bajo ese cielo infinitamente grisáceo. Sus botas le ayudaban a dar pasos con seguridad sin necesidad de esquivar el barro de los charcos. Anduvo hasta el final del pueblo y siguió la carretera secundaria hasta llegar al punto en el que ésta se transformaba en un sendero sin asfaltar. Ese era el punto en el que comenzaba la magia y el mundo se transformaba en un lienzo creado por ella para ella.

Para su sorpresa, a escasos metros, emergió una pequeña sombra de entre los árboles que resultó ser un perro escuálido de color canela. El animal no le prestó atención y continuó su camino como si nada recorriendo el sendero delante de ella. Preparó la cámara y le siguió animada mientras le hacía fotos.

Perdió la noción del tiempo mientras recorrían juntos aquella linea de tierra que tenía forma de serpiente. Sin esperarlo, el animal giró hacia otro camino lateral en el que ella nunca había reparado. Esta vez sí que aparecieron árboles altos, antiguos, porque era la entrada a una gran casa en ruinas. Se quedó con la boca abierta contemplándola pues nunca habría podido imaginar algo tan hermoso. Observó con agrado las piedras del muro que la rodeaba y la espléndida puerta de madera y hierro que daba paso a un gran jardín que seguro que antaño tenía la misión de encandilar a los invitados. Abandonado y descuidado, ahora estaba dominado por grandes matorrales y zarzas llenas de espinas. Con un par de empujones, consiguió que la vieja puerta cediera y poder entrar.

Divisó al perro sorteando los peligros del jardín mostrando que era conocedor del lugar y que sabía cómo atravesarlo sin hacerse daño. Siguiéndole comenzó a hacer zigzag hasta dar con la entrada de la casa. Decepcionada, observó que una gruesa cadena con candado había sustituido a la cerradura.

Escudriñó la fachada en busca de algún hueco o agujero que le permitiera pasar al interior. Descubrió que uno de los ventanales del primer piso tenía roto uno de los cristales. Si era capaz de encontrar la manera de subir hasta él, podría entrar. En estos pensamientos estaba entretenida cuando una sombra que tenía forma humana se asomó por ese mismo ventanal.

Ella dio un respingo y fijó la vista intentando distinguir quién era. La silueta no se movió. Pensó que sería algún reflejo en el cristal pero se dio cuenta de que el perro se había sentado y que observaba como si esperase una orden de aquella sombra. El animal estaba viendo lo mismo que ella. La mujer miró de nuevo hacia el ventanal y le pareció que la figura le hacía un gesto invitándola a entrar.

Ella le dedicó al perro una mirada preguntándole qué debía hacer, porque parecía todo una locura, pero el animal se limitó a tumbarse en el suelo y a lanzar un hondo suspiro. Decidió que su imaginación le había jugado una mala pasada y se dispuso a encontrar la manera de cruzar aquellas paredes. No estaba dispuesta a irse de allí sin ver el interior de la casa.

En ese preciso instante podría haber tomado la decisión correcta si se hubiese marchado, sin embargo, el jardín parecía haber ocultado la puerta de la salida y la atmósfera se había vuelto densa a causa de una niebla que confería al ambiente el halo de ensueño del que tanto le gustaba a ella envolverse. Parecía que aquella majestuosa villa pretendía aislarla del mundo y lo había conseguido. Ya no podía pensar en otra cosa que no fuese en entrar y ni siquiera valoró el hecho de que sus hijos se habrían despertado y la esperaban en casa.

Recorrió las paredes exteriores acariciando las piedras y el musgo rugoso, mientras fotografiaba los detalles ornamentales de la fachada elegidos con tanto acierto por los dueños. Al darle la vuelta a la casa, halló por fin una pequeña y humilde puerta trasera. Estaba abierta y daba paso a la cocina.

Se sorprendió gratamente al comprobar que, tal y como imaginaba, el mobiliario y la decoración no habían sido alterados. La escena era evidentemente fantasmagórica pero eso era lo que ella llevaba buscando desde hacía años y lo había encontrado gracias al perro vagabundo. Abrió una ventana y tuvo luz suficiente para empezar a hacer fotos.

Cuando terminó con la cocina, pasó al salón y abrió los ojos y la boca a la vez. Le pareció increíble la gran chimenea que lo presidía y la exuberante escalera que invitaba a subir a la planta de arriba. Hizo un par de disparos cuando, revisando los ajustes de la cámara, detectó en una de las imágenes un bulto al pie de la escalera. Miró pero a simple vista no distinguió nada. Enfocó adrede con la cámara hacia allí e hizo un par de fotografías más. Al repasarlas pudo comprobar que, efectivamente, aparecía una silueta oscura. Sin embargo, no parecía la misma que, minutos antes, le había parecido distinguir en la ventana.

El perro había entrado en la casa sin hacer ruido y se sobresaltó al verle a su lado. Otra vez, estaba observando muy atento hacia donde se situaba la sombra. Movía la cola y subió la escalera trotando animado. De nuevo, ella podía haber valorado bien las opciones pero acabó siguiéndole.

La escalera acababa en un pasillo lleno de puertas. Había cinco dormitorios por lo menos. O eso era lo que ella creía. Calculó en cuál estaría la ventana por la que había visto la primera silueta y se dirigió hacía allí. El corazón le iba muy deprisa cuando agarró el pomo de la puerta, que estaba helado, para entrar. No había rastro del perro.

De repente, empezó a sentir que el ambiente se había enrarecido y había dejado de resultarle placentero. Se dio cuenta de que el silencio que reinaba en la casa era estremecedor y tan profundo que podía escuchar sus propios latidos. Agudizó los sentidos en vano porque no se oían ni los típicos crujidos de la madera ni el viento atravesando las ventanas rotas. Estaba completamente sola en medio de aquel pasillo sujetando el frío pomo. No quería seguir en esa casa pero era incapaz de rechazar la oportunidad de atravesar el umbral que separaba el secreto oculto de la verdad.

Empujó despacio la puerta y comenzó a divisar lo que ella había supuesto que era un dormitorio. Pero no encontró una cama, sino una gran mesa de madera con una considerable mancha oscura en el centro. Una mancha que se extendía hasta las patas de la mesa. Sobre ella, se suspendían unos grandes ganchos de carnicero que colgaban de una larga barra de hierro. Los ganchos se mostraban inmóviles mientras ella los observaba entre la fascinación y la repulsión pues podía imaginar para qué los habían utilizado.

Enfocó la cámara para fotografiar los rincones llenos de grandes plásticos sucios y un armario empotrado que contenía todo tipo de cuchillos y extraños utensilios que prefirió no pensar qué podía hacerse con ellos. Se aproximó al mismo ventanal por el que la supuesta sombra la había observado y miró hacia el jardín. Le pareció distinguir entre la maleza a un hombre robusto arrastrando un gran bulto. Atónita pronto entendió que lo que trasladaba era el cuerpo de una joven que luchaba por liberarse.

Ella gritó y golpeó los cristales llamando su atención, quizás al verse descubierto dejara en paz a la chica. Sin embargo, fue en vano. Él miró hacia arriba y le dedicó una amplia sonrisa malévola. Después, continuó llevando a la fuerza a su pobre víctima cuyos alaridos fueron aumentando en intensidad hasta conseguir llenar el silencio de la casa con ellos.

Dio media vuelta dispuesta a enfrentarse a aquel sádico cuando se topó con el perro que se interponía entre la puerta y ella. Le gruñía y le mostraba los dientes como señal de que no iba a permitir que saliese de allí. Los gritos de la mujer cesaron de repente y ella corrió hacia la ventana. No había rastro de ninguno de los dos y el silencio espeso volvió a dominar la atmósfera. Roto tan sólo por el gruñido del perro. La luz se fue de repente, como si el sol se hubiese ocultado en el ocaso, pero eso no era posible, no podía llevar tantas horas metida en aquella casa.

Entonces fue cuando decidió que había llegado el momento de volver a casa. El perro era lo que menos miedo le daba así que caminó hacia la puerta cuando los ganchos comenzaron a balancearse chocando entre ellos produciendo fuertes sonidos metálicos.

Pasó junto al amenazante perro cerrando los ojos mientras suplicaba que no le atacara. Mientras recorría el pasillo en busca de la escalera, el animal se calló y volvió a trotar delante de ella moviendo la cola mientras entraba en la siguiente habitación. Muerta de miedo anduvo despacio, como si todavía pudiese pasar desapercibida a lo que fuese que habitaba entre aquellas paredes de piedra, y pasó junto a la puerta que había atravesado el perro. Había una luz encendida dentro y por el rabillo del ojo veía sombras que se movían en el interior. Escuchaba como alguien, que estaba amordazado, gemía de dolor mientras se oían ruidos de golpes y hachazos.

No quería mirar, pero lo hizo. El rojo brillante predominaba en la escena. Había sangre en las paredes, en el suelo, sobre el cuerpo inerte de dos personas que no podía saber si eran hombres o mujeres porque habían sido partidos a trozos. Ya no eran personas, eran trozos de carne como los que cuelgan los carniceros en las cámaras frigoríficas. Las cabezas estaban metidas en bolsas de plástico. El perro comía de los trozos con apetito mientras se manchaba el morro de sangre. La tenue luz que producían decenas de grandes velas le permitió comprobar que el autor de aquella masacre no estaba allí.

Ya había visto bastante. Siguió caminando hacia la escalera cuando distinguió a dos sombras en los primeros escalones. Dos sombras que comenzaron a correr hacia ella. Alucinación o no, ella no estaba dispuesta a que la cogieran y la metieran en una de esas habitaciones. Regresó, corriendo con una velocidad que ella no creía que tenía, a la que tenía el ventanal roto y utilizó la mesa para bloquear la puerta. Escuchaba golpes, gruñidos, gritos de rabia, risas burlonas, ladridos al otro lado. Pero no le importaba, estaba decidida a escapar. Envolvió sus manos con unos de los plásticos y, con varios puñetazos, acabó de romper los cristales.

Inspeccionó ansiosa el jardín y determinó qué montón de maleza le quedaba más cercano. Saltó, sin pensárselo dos veces, teniendo cuidando de no caer con los pies e intentando rodar al llegar al suelo. Las ramas le arañaron parte de la cara pero no sentía dolor. Vio el portalón, salió al camino de entrada y en cuanto se dio cuenta ya estaba corriendo sobre el asfalto de la carretera que llevaba al pueblo. Volvía a ser de día.

Entró en casa y sus hijos estaban en el sofá viendo la tele. Miró la hora que era y comprobó que sólo había estado fuera una hora y media. Su marido se acercó a ella y enseguida notó que le pasaba algo. Ella era incapaz de dejar de temblar y se pudo a llorar mientras él la abrazaba. Mientras le curaba los cortes, le recomendó que se acostase un rato.

Le hizo caso y durmió hasta la hora de comer. Cuando despertó, la pesadilla quedaba muy lejos y empezaba a tener la sensación de que quizás había exagerado las cosas. Escuchó reír a sus hijos en el jardín. Así que se levantó dispuesta a olvidar ese sábado e intentar acabar bien el fin de semana. Encontró a su marido revisando las fotografías que había hecho. Ella le previno sobre lo que podría ver pero comprobó que no había rastro de las sombras ni de los ganchos ni de la mesa manchada… aunque el perro sí que aparecía en ellas.

Él la miró sorprendido y le dijo que los niños estaban fuera jugando con ese mismo perro. Ella salió corriendo y comprobó que era cierto, allí estaba el animal que la había llevado hasta el horror. Cogió a sus hijos mientras le echaba a la calle a patadas. Entonces escuchó cómo se rompía un cristal de su casa. Se giró y vio a su marido tras la ventana rota del primer piso. Detrás de él había una sombra con forma humana que le levantaba por los aires rompiéndole la espalda y lanzándole a través de ella con una gran fuerza.

Su marido cayó inerte a sus pies mientras sus hijos gritaban muertos de miedo. Pero ella ya no podía escucharles pues un gancho acaba de atravesarle la nuca y un hombre corpulento la arrastraba para llevársela a la magnífica casa que tenía un gran jardín.

Barcelona, 18 de Diciembre de 2016

Adiós

El día ya había empezado mal porque había pasado la noche en vela. Le resultaba imposible recordar cuántas vueltas había dado en la cama. A qué hora se había soltado la sábana del colchón y se le habían quedado los pies al descubierto. Cuánto habría sudado y tiritado a la vez. Pero todo tenía una terrible explicación, se sentía al borde de un precipicio y su cuerpo intentaba librarse de la desgracia y el dolor como fuese. Aunque sin éxito. El día ya había empezado mal y sabía, a ciencia cierta, que acabaría de la peor manera posible. Porque iba a despedirse de su hermano y tenía claro que no iba a ser capaz de encontrar la fuerza necesaria para decirle adiós.

Le encontraron muerto en el taller de coches en el que trabajaba. Alguien había entrado a robar y, al intentar impedirlo, le dieron varios golpes en la cabeza con una de sus herramientas. Parecía flotar sobre un río de sangre. Eso escuchó que le comentaba el testigo que le encontró, en voz baja, a uno de los policías. No era justo que muriese de esa manera tan violenta y que el miedo y el dolor fuesen lo último que sintiera antes de dejar de existir. No era ese el final que merecía su vida. Ahora su hermano se encontraba en el hospital, solo, porque debían hacerle la autopsia. Tenían que abrirle, rebuscar, cortar… pero también limpiar. Dejarían su cuerpo sin rastro de toda la sangre que le cubrió. Al imaginarle así, se consoló pensando que estaría dormido y sereno sobre la mesa de aluminio del forense.

A primera hora de la mañana, con la sensación de que no había pasado el tiempo desde la tarde anterior, llegó al hospital para saber cuándo estaría terminada la autopsia y podría enterrar a su hermano. La enfermera le pidió amablemente que esperase, que iba a preguntarlo. Se sentó en la sala de espera. En una incómoda silla blanca de plástico que pronto acentuó el dolor de espalda que apareció inmediatamente después de recibir la dramática noticia por parte de la policía . Sacó su móvil del bolso. Y la botella de agua que había cogido de casa. Se le secaba la boca a cada momento. Sentía la lengua áspera, como si estuviese hecha de esparto, y los labios le dolían porque los tenía llenos de finos cortes. Bebió.

Al deslizar la pantalla del teléfono con el dedo tembloroso por culpa de los nervios, descubrió que tenía una gran cantidad de mensajes de amigos que se interesaban por ella. Amigos, porque familiares ninguno. Su hermano era el único pariente que le quedaba. Los fue revisando aunque no tenía intención de leer ninguno. Hasta que descubrió, con gran sorpresa, que su hermano le había enviado un mensaje y  estaba claro que fue poco antes de morir porque la hora así lo determinaba. Al verlo, una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo provocándole una incómoda sacudida. Era muy doloroso leerlo pero, al mismo tiempo, necesitaba sentirle vivo aunque fuese por un instante más. Así que abrió el mensaje y lo que leyó le alteró el pulso todavía más. “Papá esta aquí. No me preguntes cómo es posible. Pero lo está. Te quiero, hermana.”

Estuvo mirando estas palabras mucho, mucho tiempo. Cerraba el mensaje, lo abría, apagaba el móvil, lo encendía de nuevo… y siempre aparecían las mismas palabras. “Papá está aquí…”.  Sintió que se convertía en agua y se deslizaba por el asiento resbalando hasta el suelo. Porque esa frase acababa de dejarla sin fuerzas, ni siquiera para seguir sentada. No. No podía ser. Se levantó y se dirigió a la salida, caminando con pasos lentos de anciana, cuando regresó la enfermera con noticias sobre su hermano y le impidió que se marchara. Podría trasladar su cuerpo al tanatorio en pocas horas. Estaría bien que esperase un poco más. Ella le indicó con un ligero movimiento de cabeza que accedía a quedarse. La enfermera apreció lo pálida que estaba y se lo hizo saber. Si se encontraba mal podría visitarla un médico, era normal perder las fuerzas en momentos tan difíciles. Ella le contestó, con un hilillo de voz, que no era necesario. Pero su corazón pedía ayuda a gritos ayuda.

Regresó a la sala de espera y se sentó detrás del todo. Quería pasar desapercibida mientras su cerebro intentaba procesar la información. Pasar desapercibida y mantenerse oculta. Pues, aunque parecía todo una locura de su hermano, no dejaba de pensar que su padre podría aparecer también allí. Quizás para reclamar el cuerpo de su hijo. Y quizás, el de su hija. Tal vez también la estaba buscando a ella. Sin embargo, qué tontería… ¿cómo iba a estar su padre…?

Allí. En ese preciso instante le vio allí mismo recorriendo lentamente el largo pasillo beige iluminado por los tubos fluorescentes. Desde lejos, no tenía mal aspecto teniendo en cuenta los años que llevaba muerto. Sintió que el tiempo se detenía y desparecían todas las personas que estaban a su alrededor. Sólo importaban su padre y ella.

Se levantó del asiento de plástico y caminó hacia él. Su padre la miró con unos ojos oscuros infinitos que ya habían visto la muerte y entendido la inmensidad de lo eterno. Abrió la boca pero de ella no salía sonido alguno. Se acercó y, próxima a él, pudo detectar los pequeños gusanos que se lo estaban comiendo poco a poco y algunos huesos descarnados que asomaban entre las grietas de su piel reblandecida. Seguía con la boca abierta cuando, por sorpresa, alargó el brazo derecho y abrió la mano dispuesto a cogerla. Ella gritó y echó a correr sin saber muy bien hacia dónde.

Recorrió pasillos, que parecían no tener fin, y bajó escaleras que la llevaban a nuevos laberintos. Hasta que llegó al sótano. A ese tétrico y frío lugar en el que se guardan los cadáveres. Y su padre la había seguido hasta allí. Pero por nada del mundo quería volver a verle de cerca. No sería capaz de revivir el dolor por su pérdida. Ahora no. Todavía no había podido llorar a su hermano. Todo le parecía de una crueldad inmensa e innecesaria. No necesitaba tanto dolor de golpe. Pero le resultaba difícil obviar que su padre había visitado a su hermano poco antes de morir. Se detuvo. Dio media vuelta y se colocó delante de él. Estaba frente a frente de esos ojos infinitamente negros que volvieron a mirarla. Él abrió la boca y, esta vez, sí que gritó. Con rabia. Una furia que retumbó en su pecho. Ella ya no pudo más y dejó escapar el dolor de su interior.

La enfermera la zarandeaba cuando despertó. Seguía sentada en el asiento blanco de la sala de espera y tenía alrededor a un hombre de seguridad del hospital y a varios curiosos que cuchicheaban y la observaban con extrañeza. A los pocos minutos, estaba tumbada en una camilla con un gotero de tranquilizantes. El médico de guardia se los había recetado. Le quedaban muchas horas de tensión por delante y debía fortalecerse. Le tranquilizó pensar que todo había sido fruto de los nervios y, al empezar a sentir los efectos de la medicación, pudo empezar a llorar. Eso era lo que necesitaba. Llorar y comenzar el duelo por la pérdida de su hermano. Ahora le quedaba toda una vida por delante llena de soledad y no se había preparado para eso. Las lágrimas le cansaban los ojos aunque aliviasen su corazón. Su teléfono se iluminó con la llegada de un nuevo mensaje. Confiada, deslizó el dedo por la pantalla y vio que provenía del móvil de su hermano. ¿No se suponía que todo había sido una alucinación? Lo abrió. “Papá y yo estamos aquí. Y hemos venido a verte. Te queremos hermana.”

Se sacó las agujas de los goteros de un tirón. Bajó de la camilla como pudo pues estaba muy mareada. Recorrió el pasillo, que la llevaría a la calle, con pasos torpes. Llegó a una bifurcación y, desorientada, no sabía hacia dónde debía dirigirse. Cayó en la cuenta de que la gente había desaparecido de nuevo, lo que le llevó a pensar que quizás volvía a estar alucinando, está vez con más intensidad por las drogas de los goteros. Se detuvo en medio de la encrucijada. Agotada y mareada. Y entonces regresó. Su padre apareció al final del pasillo que le quedaba a la derecha. Ella intentó no perder el control. Pero le resultaba muy difícil pues su padre esta vez se acercaba más deprisa que antes. Casi podía oler su cuerpo putrefacto cuando ya no pudo más y echó a correr hacia el lado contrario.

Giró la cabeza para ver si su padre seguía tras ella cuando resbaló y se dio un gran golpe contra el suelo. Se hizo mucho daño en el codo y en la cadera. Miró sus manos. Estaban llenas de sangre. Recorrió su cuerpo con la mirada y observó que se había vuelto de color rojo brillante. Pero ella no estaba herida. Había resbalado con un gran charco de sangre. Un río rojo que emanaba del cuerpo de su hermano que estaba en el suelo, a pocos centímetros de ella. Desnudo, gris y con la cabeza destrozada. Inerte y desangrado. Ella se echó hacia atrás, yendo hasta la pared a gatas. Él parecía no moverse… hasta que los dedos de su mano comenzaron a agitarse como si estuviese tocando las teclas de un piano invisible. Después de la mano, siguió el brazo y, tras él, la cabeza abierta se giró hacia ella. Sentía que se alejaba, que salía de sí misma para huir pues su cuerpo pesaba demasiado para levantarse y escapar de ese pasillo. La oscuridad parecía engullirla y ella se dejaba llevar.

Abrió los ojos tras un fuerte bofetón de la enfermera. Vio que estaba en la camilla. Ni pasillo ensangrentado, ni padre, ni hermano… Ella se puso a llorar y la enfermera se disculpó por haberle pegado pero se asustó porque no conseguía que volviera en sí. Su hermano estaba preparado para ir al tanatorio. Así que ya podía avisar a los de la funeraria. Pero no debía estar triste porque su padre había llamado para preguntar por ella. Había dejado un mensaje: “Díganle que pronto estaré allí. Y que la quiero.”

La enfermera la miraba con ansiedad pues estaba preocupada por su estado emocional, pero era cierto que se sentía aliviada al pensar que no estaría allí sola por mucho tiempo. Sin embargo, ella no podía explicarle la verdad pues no la creería. Aprovechó un descuido para salir del hospital. Cuando sintió el aire fresco de la calle, y escuchó los sonidos cotidianos de la ciudad, recuperó el control de nuevo. Todo volvía a ser real. Dejó sus cosas, incluso su móvil, en el hospital. No le importaba, ya le diría a algún amigo que lo recogiese. Obviamente, ella no estaba bien y debía protegerse o acabaría con una crisis nerviosa peligrosa. Se dispuso a cruzar la calle. Los semáforos estaban llenos de peatones. De personas normales que iban y volvían de sus trabajos o de sus casas… Entonces, todos desaparecieron y escuchó el grito de una mujer a la que no veía.

Se despertó en mitad de la avenida cuando un autobús esta a punto de arrollarla. Tuvo el tiempo justo para cerrar los ojos antes de sentir el fuerte impacto que le rompía por dentro las entrañas. Y después la oscuridad acompañada por las voces de su padre y su hermano que la llamaban desde el otro lado.

Antes de que la enfermera se enterase de lo que acababa de suceder, estaba preocupada por la chica que se había marchado del hospital sin sus cosas. Vio que llegaba un mensaje al móvil que se había dejado. Lo abrió. “Nunca debimos separarnos.” A la enfermera se le hizo un nudo en la garganta y, sin saber muy bien por qué, sintió la necesidad de llamar a su madre a la que no veía desde hacía varias semanas.

Esther Paredes Hernández

13 de Noviembre de 2016

Cuento de Halloween

Era la noche que más temía del año. La noche en la que sus pesadillas se hacían realidad y recorrían las calles. Claro que sabía que debajo de las máscaras estaban sus vecinos y sus amigos pero sólo podía sentir miedo al ver colmillos, sangre, encapuchados con hachas y zombis putrefactos. Así que esa noche volvía a casa en metro mirando preocupada la hora en el móvil porque quería llegar lo antes posible a casa. Hacía rato que le dolía el estómago y que respiraba algo más rápido de lo normal. Estaba enfadada por haberse entretenido más de la cuenta en el trabajo y estar ahora en esa situación tan incómoda. Sacó las llaves casa de su bolso y las metió en el bolsillo de la chaqueta para no perder tiempo buscándolas y entrar en su edificio lo antes posible.

Llegó, por fin, a su estación y se levantó del asiento. Se colocó delante de las puertas y, horrorizada, observó como en el andén había dos monjas con heridas abiertas en la cara y los ojos hundidos. Inconscientemente dio un par de pasos hacia atrás al ver que las monjas iban a subir precisamente por su puerta. Con el corazón a mil, tuvo que armarse de valor porque tenía que bajar. Guardó el móvil en el bolsillo junto a las llaves y bajó del metro atropelladamente, chocando y empujando a las monjas porque solo pensaba en dejarlas atrás y salir a la calle. La noche de los muertos estaba a punto de empezar y esas monjas eran una señal de ello.

La estación estaba a dos manzanas de su casa. A buen paso estaría a salvo en diez minutos. Cruzó algunas de veces de acera esquivando a un grupo de vampiros borrachos de sangre y a un trío de asesinos armados con machetes y sierras mecánicas. Cuando por fin divisó su portal, sacó de su bolsillo las llaves y entró casi corriendo en el edificio. Cerró la puerta, bruscamente por la tensión, y apoyó la espalda en el cristal mientras respiraba aliviada. Anduvo mucho más tranquila hacia el ascensor y, sonriendo, pensaba que ya había pasado el peligro. En nada estaría metida en la cama viendo su peli preferida “Desayuno con diamantes” mientras comía un sandwich en la bandeja que tenía para noches como esa en las que quería sentirse a salvo.

Pulsó el botón del ascensor de manera despreocupada. La flecha luminosa le indicó que estaba bajando. Entonces, inesperadamente, la iluminación del hall bajó de intensidad. No se apagó, solo parecía más débil y empezaron a crearse sombras en los rincones. No le gustó. El ascensor parecía tardar una eternidad así que, presa del nerviosismo otra vez, decidió subir las escaleras. Eran tres pisos, tampoco era para tanto. Sin embargo, volvió a moverse deprisa porque sintió de nuevo la necesidad de llegar ya a su casa. Llegó al primer rellano y, como la luz había adquirido un tono anaranjado, se había creado una atmósfera con cierto aire sobrenatural que la incomodó hasta el extremo. Imaginó a un asesino saliendo de cualquiera de las casas de ese piso. Con un cuchillo de carnicero en las manos y corriendo hacia ella fuera de sí. Pasó de ser razonable y subió corriendo las escaleras hasta llegar al segundo rellano. Recorrió muy deprisa los metros que le separaban del último tramo de escaleras cuando la luz se apagó del todo. Fue justo cuando iba a poner el pie en el primer escalón de manera que tropezó y cayó golpeándose muy fuerte en la rodilla. El bolso se le escapó del hombro y sus llaves salieron despedidas escapándose de su mano.

Gritó por la sorpresa y por el dolor pero se calló rápidamente porque no quería que nadie supiese que estaba allí. Su objetivo más inmediato era recuperar las llaves y su bolso. Menos mal que el móvil lo llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Encendió la linterna del teléfono y se puso a buscar moviéndose a cuatro patas. Estaba tan asustada que no notaba el dolor de la rodilla magullada por la caída. El bolso lo encontró enseguida pero las llaves no las veía. Forzó la vista y le pareció distinguir en la oscuridad un pequeño bulto en el suelo cerca de la puerta de uno de los apartamentos. Con los nervios se sentía desorientada y no tenía muy claro quién vivía allí pero se dio mucha prisa por acercarse y recuperar sus llaves si eso era lo que había visto.

Sí, lo eran y, de nuevo, recuperó la calma mientras las apretaba con fuerza. Entonces, todavía agachada, escuchó que la puerta del apartamento se abría muy despacio. Demasiado despacio, como si alguien hubiera querido asomarse a mirar. Su instinto la llevó a apagar la luz del móvil y a alejarse, lo que pudo, sin hacer ruido mientras intentaba ahogar sus jadeos asustados para que no se notara su presencia. Escuchó claramente cómo la puerta se abría de par en par. La luz de la casa estaba apagada así que no podía saber quién había abierto. El corazón le latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. Sólo quería llegar a su casa. Estaba muy cerca de conseguirlo pero le parecía estar a quilómetros de distancia en esos momentos. Quién había abierto la puerta y si era buena persona era lo único que quería averiguar. Pronto obtuvo una respuesta pues escuchó una risita masculina que claramente parecía estar burlándose de ella. No dejaba de reírse, cada vez más fuerte hasta que ella intentó moverse hacia las escaleras. Entonces la risita histérica cesó como adivinando sus intenciones.

Ella sintió cómo le agarraba del tobillo y la arrastraba hacia el interior del apartamento como si fuese un bulto de carne muerta. Gritó desesperada sintiendo cómo se le rompía la garganta por la fuerza de su voz, pero no parecía que nadie la escuchara. Su verdugo la metió dentro y cerró la puerta.

Al cabo de unos minutos, una mujer joven llena de heridas y manchada de sangre salía a la calle buscando ayuda utilizando el poco aliento de vida que le quedaba pero nadie la entendía, tan sólo la observaban alucinados por el realismo de su disfraz. Cayó desangrada al suelo junto a unos niños que se asustaron al ver que no era sangre de mentira ni cortes hechos con látex. Ella, sin esperarlo, se había convertido en una de las pesadillas que tanto miedo le daban. Y durante años, todos aquellos que la vieron muerta en la acera, contaban su historia en la noche de los muertos convirtiéndola en un terror nocturno más.

#halloween

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 31 de Octubre de 2016

El juego

Los segundos pasaban demasiado despacio para las ganas que tenía de llevar a cabo su plan. Unas ganas contenidas durante las semanas posteriores al momento en el que tomó la decisión de acabar con la vida de su vecina, la que vivía en el edificio situado al otro lado de la calle y cuyas ventanas estaban situadas frente a las suyas.

La odiaba desde el mismo día en el que se mudó al mediocre apartamento que acababa de alquilar. Se cruzaron en la acera y él percibió, con toda claridad, la mueca de repugnancia que intentaba asomar entre sus labios y que ella controló sin éxito. Y pudo sentir cómo sus profundos ojos de color miel se esforzaban por no mirarle de reojo asqueada. Porque eso era lo que él solía despertar en los demás: desdén. Y ella no era diferente al resto del mundo.

Pero, tal y como comprobó a partir de ese momento, ella no iba a contentarse con eso. Siguió poniéndole a prueba y, día tras día, le permitía observarla a todas horas. Sus ventanas no tenían cortinas y no se escondía cuando salía desnuda de la ducha o cuando metía a algún hombre en su cama. Le torturaba de la manera más cruel que se podía imaginar. Le mostraba lo que nunca podría tener porque era un perdedor. Ella disfrutaba mirándole a los ojos desde el otro lado de la calle y mostrando, cada vez con más descaro, una sonrisa malévola sabedora de la crueldad que desprendía su desprecio hacia él.  Su expresión burlona se había instalado en su mente y, cada vez que intentaba dormir, la veía acercándose desde la oscuridad dispuesta a despedazar su alma.

Intentó mudarse, buscó otros apartamentos, pero había firmado un contrato y no podía permitirse incumplirlo. Estaba atrapado entre unas paredes que parecían encoger y unas ventanas que eran cada vez más altas. A veces sentía que su vecina podía agarrarle con solo alargar la mano. Pero eso era una locura ¿no?. Ella estaba al otro lado de la calle. Lejos de él.

Una noche, después de muchas en las que el sueño no llegaba, determinó que debía poner fin a ese suplicio. La maldad de aquella mujer debía recibir su castigo. Él no merecía ese trato vejatorio. Debía enseñarle quién era el que mandaba y quién marcaba las reglas. A la mañana siguiente, comenzó a apuntar los horarios de su vecina y a planear cómo iba a asesinarla.

Desde entonces habían pasado dos meses y, según su reloj, regresaría del trabajo en veinte minutos. Estaba tan impaciente, por poner en marcha el plan, que empezó a sentir la garganta seca. Se levantó de la silla y fue hacia la cocina. Sacó la jarra de la nevera y se llenó un vaso. Por el calor que hacía, varias gotas comenzaron a resbalar por el cristal. Se le alteró el pulso al recordar las gotas de agua recorriendo la piel morena y suave de su vecina mientras le observaba de pie a sólo unos metros de distancia. Intentó apartar esa imagen de su recuerdo, aún así, se le quitaron las ganas de tocar ese vaso y no bebió.

Regresó a su dormitorio con pasos rápidos. Decidió cambiar el plan. Se adelantaría y la esperaría dentro de su casa. Quería pillarla por sorpresa, notar la perplejidad en su mirada al comprobar que él era el verdadero ganador de aquel juego de locos. Pero al entrar en su habitación, se quedó petrificado. Ella había vuelto antes de tiempo. No. No podía ser. Estuvo valorando la posibilidad de dejarlo para el día siguiente, sin embargo, ya no podía soportarlo ni un día más. Lo haría esa noche o corría el riesgo de querer saltar desde la azotea. Pero todo parecía ponerse en su contra. Había invitado a un hombre a su apartamento. De acuerdo, entonces esperaría a que se marchara. Vio que empezaban a quitarse la ropa y que se metían en la cama. Lo que sucedió después hizo que su cerebro entrara en un espiral de la que no conseguía despertar.

Ella sacó un cuchillo y, con fuerza, se lo clavó sin piedad a aquel hombre varias veces, una y otra vez, hasta que él dejó de luchar por su vida. Ella se quedó sobre su cuerpo inerte. Mirándole a los ojos. Unos segundos después, salió de la cama y desnuda, vestida tan solo con la sangre de aquel desgraciado, se colocó frente a la ventana como siempre. Clavándole la mirada y sonriendo tan abiertamente que podía ver la mueca burlona por la que asomaba su perfecta dentadura. Él tragó saliva pero su garganta seca no pudo apreciar ningún alivio. El miedo se le enroscaba en el cuello como una soga áspera. Ella le hizo un gesto con la mano para que se acercara al cristal. Él, hipnotizado y bajo su voluntad, dio unos pasos hasta que pegó su rostro a la ventana. Y entonces, al ver la expresión de triunfo que transmitía su mirada, entendió lo que ella se había propuesto hacer con él. Le había convertido en su marioneta y seguiría jugando hasta que dejara de ser divertido. Y entonces llegaría su hora. Ella cortaría el hilo y él no sabría cuándo sucedería. O sí. Porque en el juego, a veces, puedes tener escondido un As en la manga. Él se alejó de la ventana y sonrió cuando estaba seguro de que no le veía. Ella no podría impedir que subiese a la azotea para lanzarse al vacío, no podría detenerle a tiempo porque, al fin y al cabo, ella vivía al otro lado de la calle. Había encontrado la manera de ganar la última partida de su vida.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 9 de Septiembre de 2016

 

Medianoche

Eran las doce de la noche y Elisa estaba observando el rellano a través de la mirilla de su puerta. Sólo llevaba puesta la camiseta con la que dormía y tenía la piel de gallina. Aunque no por el frío, que apenas percibía, sino por el espanto que estaba presenciando en secreto.

Cinco minutos antes, se había despertado a la fuerza porque algo se estrelló contra la pared del cabecero de su cama. Elisa, con el corazón latiéndole a mil por hora, se sentó en la cama intentando centrar sus pensamientos pero no pudo porque los alaridos de dolor que empezó a proferir Sara, su vecina que vivía sola, impidieron que pudiera racionalizar lo que estaba pasando. Pegó la oreja porque los gritos parecían alejarse de la pared y los siguió por toda la casa hasta llegar a la puerta de entrada. Allí escuchó otro fuerte golpe, que tampoco pudo identificar, y que consiguió hacer callar a la pobre Sara. Elisa decidió ir a por el móvil y avisar a la policía pero escuchó que se abría la puerta del apartamento de al lado. No quería perder la oportunidad de ver quién había cometido la atrocidad y comprobar el estado físico de Sara.

Se puso a observar el rellano a través de la mirilla. La luz estaba apagada así que apenas podía distinguir nada, sólo alcanzó a reconocer los contornos de dos personas que salían del apartamento. Una, que evidenciaba ser un hombre corpulento, cargaba a la espalda lo que parecía ser el cuerpo de Sara. Elisa temió que estuviese muerta, no apreció ninguna muestra de resistencia ni escuchó el más mínimo gemido. En ese mismo instante, fue consciente de que corría serio peligro si él descubría que había un testigo del espantoso crimen.

El hombre descargó el cuerpo en el suelo sin miramientos y encendió un cigarrillo. La pequeña llama del mechero iluminó una parte de su rostro. Por lo que veía, era un hombre normal. De unos cuarenta años. Se sorprendió a sí misma extrañada porque fuese alguien corriente y no un monstruo con cuatro ojos y lleno de escamas. Le vio fumar con tranquilidad, no parecía estar preocupado por si alguien había escuchado los gritos de Sara. Entonces, como si le hubiese leído los pensamientos, el hombre empezó a acercarse lentamente hacia su puerta. Ella se sobresaltó y dio un salto hacia atrás chocándose con el cuadro de la pared y tirándolo al suelo. No podía haberlo hecho peor. Se quedó inmóvil, deseando que no la hubiese descubierto. Agudizó los sentidos y prestó mucha atención. No se escuchaba nada al otro lado, pero debía asegurarse o no podría dormir tranquila el resto de su vida. Se acercó despacio y pegó la oreja a la madera. Nada. Puso el ojo en la mirilla. Todo estaba oscuro otra vez y no había señales del cigarrillo. Quizás se había marchado sabiéndose descubierto. Sin embargo, le pareció ver que algo se movió en el pasillo. Se concentró y vio que una gran sombra se abalanzaba hacia ella. Gritó presa del pánico mientras corría hacia su dormitorio para coger el móvil. Tras ella, el hombre embistió un par de veces contra la puerta hasta romper las bisagras. Elisa consiguió llegar a su habitación, con la cara desencajada por el pánico, pero él también. Y su expresión era una extraña mezcla de violencia y satisfacción.

Eran las doce y cuarto de la noche. David se despertó porque algo golpeó la pared del cabecero de su cama desde la casa de su vecina Elisa.

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 31 de Agosto de 2016

18 años

Ana se acostó con una sonrisa. Cuando se levantase al día siguiente, tendría dieciocho años. Eso significaba mucha libertad de golpe: conducir un coche, beber alcohol, marcharse de casa de sus padres sin que la policía tuviese que llevarla de regreso… En cuestión de horas podría emanciparse, o lo que era lo mismo, cambiar el concepto escaparse de casa por irse sin más. Sin una nota de despedida y con las cosas que consideraba suyas: un chándal que le regaló su mejor amiga, dos libros que nunca devolvió de la biblioteca, agua, bocadillos, dinero y el peluche que heredó de su hermana Silvia poco antes de que la asesinaran.

 

Mientras estaba metida en la cama, vestida y con las zapatillas puestas bajo las sábanas, no pudo evitar sentir un escalofrío al recordar la noche en la que perdió a su hermana. Lejanas, pero cada vez más nítidas, empezó a escuchar los ecos de las últimas palabras que compartieron. Silvia le contaba los detalles de la fiesta que celebraría en casa, al día siguiente, con motivo de su décimo octavo cumpleaños. Asistiría prácticamente toda su clase y estaba muy emocionada. Sobre todo, porque el chico que le gustaba le había confirmado que también iría. Las dos se rieron con los nervios y la alegría adolescentes hasta que tuvieron que guardar silencio al escuchar unos ruidos terribles, metálicos, que venían del piso de abajo. Algo producía esos fuertes sonidos y, lo que fuese, parecía retorcer los cimientos de la casa. Las dos se miraron asustadas, pálidas, algo había entrado. Silvia gritó llamando a sus padres, pero nadie contestó. Ana, siguiendo las indicaciones de su hermana, se escondió debajo de la cama tan rápido como pudo, tropezando y cayendo de rodillas por la tensión. Silvia le ordenó que, pasara lo que pasara, no saliese de allí. Ana dijo que sí con un susurro porque su respiración agitada no le permitía hablar más alto. Agachada, vio cómo los pies descalzos de su hermana se acercaban con prudencia a la puerta del dormitorio que estaba entreabierta y se quedó quieta a escasos centímetros. Hasta que dio un pequeño salto hacia atrás al escuchar los desagradables sonidos otra vez.  Ahora más fuertes y más cercanos, pero ya no eran metálicos, algo húmedo y viscoso parecía arrastrarse por el pasillo hacia su habitación. Ana, aterrorizada, se tapó los oídos. Silvia se alejó todavía más de la puerta y se asomó para pedirle con un gesto que guardara silencio. Le sonrió con la clara intención de tranquilizarla pero no funcionó. Y entonces, inesperadamente, hizo una temeridad y abrió la puerta de par en par. Ana no tuvo tiempo de impedirlo y ahogó el profundo alarido que emergía de su pecho al ver unos hilillos de sangre descendiendo por las piernas de Silvia.

Una mancha de color rojo brillante que se extendía con rapidez se acercó al cuerpo oculto de Ana que sentía que estaba a punto de perder el control. Pronto la sangre dejó de preocuparle porque instantes la cabeza de su hermana cayó rodando por el suelo. Jamás olvidaría esos ojos inertes y el espanto que reflejaba su rostro. El cerebro de la niña intentaba racionalizar lo que estaba pasando pero no podía. Entonces, unos cánticos repetitivos, que no escuchaba con claridad, empezaron a resonar en el pasillo. En toda la casa de hecho. Ana sentía que el miedo le asfixiaba, como si su pecho estuviese siendo aplastado por una gran piedra, y se desmayó al darse cuenta de que no era algo, no era uno solo, porque pudo distinguir dos voces. Cuando despertó a la mañana siguiente, descubrió que estaba metida en su cama y no había rastro de sangre en el suelo. Por un instante, pensó que todo había sido un sueño pero enseguida comprobó que Silvia no estaba en la cama. Ni en ninguna parte.

 

A partir de ese día, tuvo que superar el dolor por la pérdida de su hermana y por la de sus padres. Porque ellos, que siempre habían sido cariñosos y atentos, habían muerto también para ella tras convertirse en sanguinarios asesinos. Llegó a esa conclusión por las mentiras que lanzaron sobre la desaparición de Silvia y todo el teatro que hicieron fingiendo dolor de puertas para afuera. Aunque seguían teniendo el mismo aspecto, ella sabía que no eran sus padres. Desconocía lo que había sucedido en realidad, pero no eran ellos. De puertas para adentro, empezaron a vivir aislados en el sótano, dónde instalaron una cama, un sofá y un televisor. No sabía lo que hacían allí exactamente. Sólo escuchaba, algunas noches oscuras, los terribles cánticos que la niña no entendía. Nunca más le hablaron ni se preocuparon por ella. Simplemente parecía que se estuviesen limitando a esperar. ¿Hasta cuándo? Según la teoría de Ana, hasta que cumpliese los dieciocho años y llegase su turno para morir. Precisamente hoy el tiempo se había agotado y era el momento de escapar porque se cumplía su décimo octavo cumpleaños.

 

Tantos pensamientos estaban resultando peligrosos, la distraían demasiado. Salió de la cama y sacó la mochila que tenía escondida debajo de la cama. No encendió la luz, así se sentía protegida por la oscuridad y los rayos de luna que entraban por la ventana eran suficientes para no tropezar. Pero mientras se la colgaba en la espalda, escuchó los sonidos metálicos que tan bien recordaba de la noche en la que Silvia murió decapitada y que tanto espanto le producía volver a oír. Sabía qué significaban, el ritual había comenzado.

 

Los cimientos de la casa se estremecieron como mucho tiempo atrás. Ana acabó de ponerse los tirantes de la mochila y abrió la ventana. No podía perder ni un segundo. Por el sonido próximo de las voces y sus movimientos húmedos y pegajosos, supuso que los dos seres habían llegado al pasillo. Ana, sin pensárselo, saltó al jardín intentando rodar en el suelo para no hacerse daño. Pero no lo pudo evitar. Se había lastimado el tobillo. Lanzó un alarido de dolor y desesperación maldiciendo su suerte. Entonces vio, desde abajo, a dos sombras entrando en su habitación. Lo que alcanzaba a ver, a través del cuadro de la ventana, no era muy nítido pero sí lo suficiente para entender algunas cosas. Las sombras se movían con rapidez, lanzando alaridos frustrados. Levantando y moviendo los muebles buscándola. Hablando entre ellos con un lenguaje que no era humano. Las figuras proyectadas comenzaron a cambiar de forma. Crecieron hasta alcanzar el techo. Y en sus cuerpos amorfos crecieron otro par de brazos que se agitaban como tentáculos. Ana se quedó inmovilizada por el espanto hasta que distinguió dos pares de ojos rojos, enormes, que se asomaron al jardín buscándola. Unos ojos que no podían pertenecer a ningún ser humano. Con eso ya tenía más que suficiente y Ana echó a correr todo lo deprisa que le permitía su tobillo magullado. Se alejó sin mirar atrás.

 

Las dos criaturas emitieron intensos gruñidos que agitaron las copas de los árboles. Estaban frustradas, temerosas, pues necesitaban el sacrificio para poder seguir con vida. Deberían buscar una sustituta para Ana. Podrían esperar, al fin y al cabo, era cuestión de tiempo que la encontraran. La búsqueda empezaba esa misma noche.

 

© Esther Paredes Hernández

27 de Agosto de 2016