La receta

El amor siempre se ha relacionado con la comida porque conecta directamente con el acto primitivo de sobrevivir alimentándonos. Vinculándolo además con el placer de nutrir a nuestros sentidos mientras mantenemos vivo el fuego que hacer hervir el agua y que puede acabar consumiéndonos si no conseguimos frenar los impulsos.

Él eso lo sabía bien. Aunque hacía tiempo que había admitido que no era buen cocinero, ni siquiera un pinche decente. Ella estaba decepcionada, cansada de esperar a que aprendiese, y se había puesto a cocinar sola. De vez en cuando, sólo de vez en cuando, le daba a probar un sorbo de lo que preparaba. En esas pocas ocasiones, su mujer llenaba la cuchara de madera con placer humeante y se la acercaba mientras soplaba con delicadeza formando un delicado círculo con sus suaves labios. Como cuando le besaba tiempo atrás.

Ella ponía su pequeña mano debajo de la cuchara para evitar manchar el suelo. Él se consumía por el deseo de cogerla y lanzar la cuchara lejos para poder besar esos labios ligeramente apretados. La comida habría quemado sus pechos y el dolor hubiera sido palpable abandonando su corazón por un instante. Sin embargo, su mujer no le miraba a los ojos en ningún momento. Sólo estaba pendiente de la cuchara. Compartía con él el sabor de su nueva receta nada más y nada menos, pues sólo eran migajas.

Se metió en la ducha y abrió pronto el grifo buscando el calor del agua pues sentía que su cuerpo estaba demasiado frío ese día. Pronto una cortina de líquido tibio le acarició el rostro como una mano femenina invisible que le tranquilizaba. Cerró los ojos para poder sentirlo y así estuvo hasta que reunió las fuerzas necesarias para ir a buscarla.

Su mujer estaba en la cocina y lo que estaba preparando olía de maravilla. Y ella también. Su piel reaccionó con intensidad cuando sus sentidos se desbordaron con la mezcla de los perfumes. Rocas, árboles, nubes, sol, flores silvestres, ella rozando el mango del cuchillo y partiendo, desgarrando y cortando todo lo que caía en sus manos.

Él tenía el pelo húmedo y pensó que por eso le dolía tanto la cabeza de repente. Respiró hondo y se acercó hasta ella con una forzada sonrisa. Su mujer le daba la espalda porque trabajaba concentrada. No le importaba, sabía que tendría el gesto serio como últimamente.

—Vaya, por fin te has levantado.

—¿Qué hora es?

—Casi mediodía.

—Huele de maravilla. ¿Es una nueva receta?

—Sí. Creo que por fin he encontrado la mejor.

—¿Puedo probarla?

—Todavía no.

Se hizo un silencio espeso y vacío. Sólo el sonido del reloj marcaba el ritmo de la guerra sanguinaria que se estaba librando entre ellos. Ya no quedaba un resquicio de piedad. Él se limitó a quedarse junto a su mujer. Respirando como podía tras ella. Se consoló imaginando que sus alientos se unían en algún lugar mientras se elevaban hasta el techo de la cocina.

—Ya está. He terminado.

—¿Me dejas probarlo ahora?

Ella continuaba de espaldas y no contestó. Escuchó que alguien abría la puerta de la casa y se sobresaltó. Nadie aparte de ellos tenía la llave para entrar.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

La voz de su mujer retumbaba en la entrada, en el pasillo. A él se le hizo un nudo en la garganta mientras agudizaba el oído, la vista, intentando ver quién había entrado en su casa y por qué parecía ser su mujer.

—Cariño ¿sigues en la cama? Qué bien huele ¿qué estás cocinando?

Él no conseguía entender lo que estaba ocurriendo porque esa voz, esa manera de hablar inconfundible, la conocía desde hacía más de veinticinco años.

—Voy a ducharme ¿vale?

Volvió de nuevo la vista hacia la espalda de su mujer que continuaba cocinando como si nada. Decidió no decirle nada hasta comprobar por él mismo que todo era fruto de su imaginación agitada. Escuchó el agua de la ducha y entró en el cuarto de baño. Detrás de la cortina podía adivinar la silueta de su mujer. Se acercó despacio y abrió ligeramente la cortina. Allí estaba ella: magnífica, fuerte. Se giró hacia él y le sonrió.

—¡Cierra, por favor, que entra el frío!

Él obedeció y regresó a la cocina más confundido todavía. Albergaba la esperanza de no encontrar a nadie allí, pero su mujer seguía enfrascada en la nueva receta. La observó manteniendo la distancia porque comenzó a tenerle miedo. Su mente, su alma era incapaz de entender cómo era posible que estuviera dándose una ducha y en la cocina al mismo tiempo.

Sintió una pena profunda, un desasosiego estremecedor, y tuvo la necesidad de colocarse junto a ella al lado de aquel fuego que acababa de apagar. Estaban a punto de alimentarse con lo que había cocinado. Pudo observar cómo su mujer, que continuaba sin darse la vuelta, agarraba el cuchillo cuando ya no quedaba nada más que cortar y respiraba con bocanadas irregulares. Tenía la cabeza ligeramente agachada hacia adelante y el pelo le cubría gran parte del rostro.

Dio un respingo cuando escuchó que ella también cerraba el grifo de la ducha al otro lado de la casa. El tiempo pasó demasiado rápido y el pasillo se llenó de los pasos de su mujer que se asomó por la puerta de la cocina.

—Bueno, estoy muerta de hambre. ¿Podemos comer ya?

Él la vio en el umbral por el rabillo del ojo porque no podía apartar los ojos de su mujer que comenzaba a girarse sin soltar el cuchillo. Contempló aterrorizado la rabia y el miedo en sus ojos profundos e interminables. Ella gritó de rabia mientras le asestaba furiosas puñaladas y le despedazaba para siempre.

También gritó desde el umbral de la puerta de la cocina mientras era testigo de cómo su marido se hacía pedazos, se desmembraba a sí mismo en pequeñas partes para ser cocinado a fuego lento.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 30 de Abril de 2018

Terminado a las 09:29 horas.

Alas gemelas

Este relato nace de la colaboración con Danielis. Una seguidora de mi Página de Facebook @elesconditedelacuentista. Es una jovencita venezolana entusiasta, sensible y todo un encanto. Me propuso que escribiese un cuento de miedo, dándome completa libertad, a partir de un argumento que ella había elaborado. Me fascinó la idea. Unir mis miedos con los suyos. Dos generaciones compartiendo un sentimiento universal: el terror de convertirnos en la obsesión de otra persona. Mi tema favorito por cierto. Ahí va para todos vosotros. ¡Esperamos que disfrutéis con la lectura!
Iván no tenía por costumbre quedarse en casa un sábado por la noche. Y menos cuando su madre estaba de viaje y podía hacer lo que le diera la gana. Pero por mucho que costase creerlo, allí estaba. Tumbado en el sofá, con las zapatillas sucias de deporte puestas y como única luz el resplandor que emanaba de la pantalla del televisor. Apenas podía distinguirse en la oscuridad del salón su rostro aburrido.
Todo porque sus amigos estaban estudiando, el lunes siguiente comenzaban los exámenes finales. Suspiró enfadado y se dio la vuelta para observar fijamente el techo. La televisión había dejado de interesarle. Cruzó los brazos sobre su pecho. Qué largo se le iba a hacer el fin de semana.
Cogió el móvil y revisó todos los chats para comprobar que no hubiese nadie más con ganas de charlar y aprovechar esa noche. Nada. Silencio. Resopló y optó por irse a su habitación. Llevaba horas tumbado y ya estaba harto. Entró en su dormitorio y encendió el ordenador. De acuerdo. Lo haría. Estudiaría un rato por no morir de aburrimiento.
Se metió en el grupo de la Universidad, en Facebook, y preguntó si alguien podía pasarle los esquemas para el examen de Química aplicada. Mientras contestaba alguna alma caritativa, buscó música en su ordenador. Comenzó a sonar The race de Thirty seconds to Mars a todo volumen.
La ventana de su habitación estaba medio abierta y un pájaro blanco se golpeó primero en el cristal para acabar entrando mientras cacareaba tan fuerte que la música no lograba ocultar aquellos sonidos tan molestos. Iván saltó de la silla sobresaltado y observó atemorizado al pequeño animal que se había roto un ala e intentaba despegar del suelo sin éxito. Abría su pico una y otra vez quejándose.
Era un extraño pájaro. No reconocía la especie a simple vista. Las blancas plumas se habían manchado de sangre. Lo agarró con repugnancia y sintió el ala rota en su mano derecha. Desencajada, extrañamente deformada. El ave no dejaba de agitarse y comenzó a darle fuertes picotazos en los dedos. Iván podía ver cómo se teñían de rojo sus dedos mezclándose su sangre con la del pájaro. Apretó más las manos en aquel pequeño cuerpo y notó cómo le rompía la otra ala.
Ya no soportaba más ese calvario. Gritó fuera de sí y, como si se tratase de una pelota de béisbol, lo lanzó a la calle. Cerró los ojos y esperó un instante. Terminó la canción que sonaba por los altavoces del ordenador. Al igual que el cacareo del animal. Se había callado por fin y sabía por qué. Ya sólo se escuchaban sus tensos jadeos intentando recomponerse. Acaba de matar a un pájaro. De delicadas plumas blancas. Recordó la sensación de los huesos partiéndose en las palmas de sus manos. Corrió hasta el cuarto de baño y vomitó.
Se frotó las manos enérgicamente para borrar la huella sanguinolenta de su crimen. No le dolían los cortes provocados por los picotazos. Le dolía el pecho. Al contemplarse en el espejo no le gustó lo que vio. Estaba muy demacrado y se le habían ensombrecido los ojos. Se notaba que lo había pasado francamente mal unos minutos antes. Cerró los párpados y se obligó a olvidar lo que había sucedido. Se prometió a sí mismo no asomarse por la ventana para ver al animal muerto.
Con pasos cansados, regresó a su habitación. Rozó el ratón y se iluminó la pantalla. Buscó el nombre de la especie a la que pertenecía el pájaro. No tardó en comprobar que se trataba de un mirlo blanco. No le gustó averiguar lo especial que resultaba un mirlo de ese color. Por lo extraño e inusual. De repente tuvo deseos mirar afuera para comprobar lo que ya sabía, que aquel pequeño corazón había dejado de latir simplemente por haber entrado en su dormitorio. De manera inconsciente se apretó los dedos dónde estaban las mancha de sangre hacía unos minutos. La culpa se había instalado en su cuerpo.
El aviso de un mensaje en el chat de estudiantes le sacó de su torbellino de sentimientos confusos. Ariana, una estudiante de otra clase, le mandaba los resúmenes del temario que había pedido. Agradeció tanto poder alejar de sus pensamientos al mirlo blanco que se animó a mantener con ella una conversación. No la conocía y corría el riesgo de que la chica notase el acercamiento un poco forzado pero no le importaba.
Ari, que así le pidió que la llamara, le confesó que llevaba horas estudiando y ya comenzaban a bailarle las frases del libro. Además, le parecía una tontería sacrificar de esa manera la noche del sábado. Pero sus padres eran muy estrictos y no la dejaban salir cuando llegaban los exámenes. De hecho, llevaba ya dos semanas viviendo entre la Universidad y su habitación.
Iván comprendió en las palabras de aquella chica que se encontraba tan sola como él en aquella larga noche. Rió para sí mismo al fijarse en la foto de perfil de Ari, llevaba gafas. No podía ser de otra manera, era una cerebrito en toda regla. Qué regalo tan oportuno le había brindado el destino para los exámenes finales. Y para olvidar que había un pequeño bulto de carne inerte con alas bajo su ventana. No se conocían en persona, pero habían conectado de manera virtual y él se sentía muy agradecido.
Los días siguientes transcurrieron deprisa. Estudiando con Ari a través del chat y mensajes de audio. El mirlo que mató quedó enterrado en algún lugar de su cerebro junto a otros recuerdos y trastos viejos que no quería rememorar. Ari ayudó también a este olvido necesario pues la chica supo cómo enternecerle con sus conversaciones íntimas en las que le confesaba sus secretos. Iván, por su parte, le respondía con la misma confianza. Pues entendió que Ari era de esas pocas personas honestas y leales en las que podía refugiarse.
Pasaron los finales e Iván pudo celebrarlo con sus amigos. Antes de salir hacia la fiesta, le mandó un mensaje a la chica para que se uniera a ellos. Pero Ari quería descansar. Cada vez le costaba más sobrellevar la presión de sus padres. Además, no le iban a dejar. Él, agradecido por todo lo que le había ayudado, le propuso quedar en una cafetería cercana a la Universidad la tarde siguiente. Ella le confesó que a sus padres no les gustaba que quedara con chicos que ellos no hubiesen aprobado antes.
Aunque en realidad nunca aceptaban a ninguno y ella apenas podía salir. Iván insistió. Tenía que enfrentarse a ellos. Ari tenía dudas. Sin embargo aceptó. Nada podía ser peor que estar encerrada en casa día tras día.
La diversión nocturna duró más de lo que Iván esperaba y llegó a casa a la mañana del día siguiente. Su madre le esperaba en el salón. Sentada en el mismo sofá dónde, un par de semanas antes, él se moría de aburrimiento. Su cara reflejaba mucho enfado. Pero no le importaba. Se lo había pasado demasiado bien como para permitir que se lo estropeara. No contestó a sus preguntas y calló su voz dando un portazo al meterse en su habitación.
Se quitó la ropa que olía a humo pegajoso y a alcohol. Su último pensamiento fue para Ari. Sonrió al pensar que la conocería por fin en persona. La cama le resultó muy cómoda y refrescante. Un sueño piadoso le engulló en cuestión de segundos. Tiró de él y le llevó lejos a través de un profundo túnel. Sin embargo, no todo iba a ser tan placentero en su descanso. De repente, la cavidad se transformó en otra cosa. Iván conducía su coche atravesando la oscuridad. Los faros iluminaban el asfalto haciendo destacar las líneas blancas discontinuas de la carretera.
En la radio sonaba The race de los Thirty seconds to Mars. Apretó las manos en el volante y comenzó a sudar. Pero otros sonidos se mezclaron con la canción. El precioso canto de un pájaro. Líneas blancas en el negro suelo. Pisó con fuerza el acelerador como queriendo escapar de un recuerdo “terrible. Sus manos se contrajeron intentando convertirse en unas garras y el volante comenzó a crujir. Huesos rotos. El motor rugió cuando Iván aumentó la velocidad de manera alarmante. Líneas blancas.
No supo de dónde surgió pero no puedo evitar golpear a una figura blanca que se encontraba plantada en medio de la carretera. Perdió el control del coche durante u instantes hasta que logró frenar. Gritó despavorido porque sabía que acaba de atropellar a una persona. Corrió hacia el bulto blanco que yacía inmóvil en el suelo pero, por más que lo intentaba, no lograba llegar hasta él.
Lloró impotente, apretó la mandíbula y alargó los brazos para conseguir zafarse de la fuerza invisible que le impedía socorrer a aquella persona. Se despertó con los zarandeos de su madre preocupada por los alaridos que profería. Respiró aliviado al comprobar que todo había sido una pesadilla.
Le preguntó desorientado a su madre qué hora ella. Le contestó que las doce del mediodía. Iván le confesó que había quedado por la tarde con una chica y que no quería dormir demasiado. Tenía mucho interés en conocerla. Su madre le retiró el pelo de su frente sudorosa mientras sonreía de manera maternal. Esto causó el efecto que ella deseaba y el chico volvió a conciliar el sueño. Esta vez fue plácido y reparador.
Abrió los ojos lentamente. Le dolía mucho la cabeza. Parecía como si le hubiese arrollado un tren de mercancías. Había dormido tan profundamente que sus músculos no conseguían recuperar las ganas de moverse. Miró el reloj y su corazón dio un brinco. Eran las diez de la noche. Había quedado con Ari y había faltado a la cita. Suspiró perezoso. Seguro que estaría molesta. Le había fallado. Sintió un peso sobre él que no le apetecía cargar. Al fin y al cabo se conocían desde hacía poco. Tampoco le debía nada.
Le recriminó a su madre que no le despertara. Pero ella insistió en que lo había intentado varias veces pero que él no conseguía despertarse del todo. Después de cenar la culpabilidad le reconcomía por dentro. Así que quiso asumir su responsabilidad y se sentó en el ordenador. Le escribió a su amiga un mensaje de disculpa y aguardó impaciente una respuesta. Era de madrugada y era posible que ya estuviese dormida, pero quiso intentarlo. Empezó a frotarse las manos como la noche en la que se las manchó con el mirlo herido.
Un nuevo mensaje iluminó la pantalla. Ari aceptaba sus disculpas. Se había sentido una idiota esperando en la cafetería. Viendo a compañeros suyos pasándolo bien con sus amigos mientras ella estaba sentada sola en una mesa disimulando su decepción. Iván se apresuró en llamarla por teléfono. Quiso hablar con ella para demostrarle lo importante que era para él. Que no había acudido a la cita porque se había dormido. Sólo eso. Ari le escribió que no se preocupase. Estaba cansada. Sus padres habían montado en cólera. Daba igual, estaba aliviada ahora que él le había dado explicaciones. Quedaron en verse para desayunar.
Iván entendió que Ari no quisiera seguir hablando con él. Bastante generosa había sido. Otra persona no habría sido tan comprensiva. Además, se le encogía el corazón al imaginar el conflicto que le podría haber originado con sus padres. Mañana la vería y nunca más la dejaría sola.
Apareció una noticia en el grupo de estudiantes. Una compañera de la Universidad se había suicidado esa tarde arrojándose desde de la ventana de su dormitorio. Abrió el enlace y leyó el suceso. La fotografía le dejó sin aliento. Un bulto blanco en medio de la carretera. El mismo bulto de su pesadilla. Podía adivinarse el cuerpo de la chica que vestía un camisón de tirantes. Sus brazos parecían rotos por el golpe. Parecía flotar en un charco rojo. Una alarma se disparó en su cabeza.
Bajó el cursor hasta leer el nombre de la joven. Ariana. El corazón amenazaba con pararse. Buscó en la información otra foto de la fallecida. La encontró. Esas gafas tan reconocibles. Su sonrisa tímida. Lanzó la pantalla del ordenador contra el suelo sin entender lo que estaba pasando. La pantalla se apagó y se volvió negra. Empezó a vestirse. Iba a ir al lugar del accidente. Necesitaba información, necesitaba saber.
Empezó a ponerse la chaqueta cuando la pantalla se iluminó. Ari le había mandado un mensaje al móvil. Iván, al verlo, rió descontrolado. ¿Podría haber sido todo un malentendido? Se apresuró a leerlo. Ari quería que se vieran ahora mismo. No quería esperar hasta el día siguiente. De hecho, ya estaba de camino. Iba caminando pero llegaría en unos diez minutos. Iván aceptó gustoso. Saldría a recogerla con su coche. También estaba impaciente por comprobar que se encontraba bien.
Conducía aliviado. Enamorado de aquella chica a la que nunca había visto pero que tanto conocía. La encontró tras recorrer dos manzanas. Encendió las luces de emergencia y bajó ansioso del vehículo. Ella sonrió ruborizada. Estaba preciosa. La abrazó con fuerza con miedo de perderla y se besaron unos segundos que se convirtieron en horas, en años.
Subieron al coche y salieron de la ciudad. Durmieron juntos en el asiento trasero después de aparcar cerca de la playa. Habían hablado de todo y de nada. Poco importaban ya las palabras. Sólo la piel era lo que contaba ahora su historia.
El sol apareció entre las nubes mañaneras. Iván abrió satisfecho los ojos y contempló a Ari entre sus brazos. El móvil vibró con la entrada de un mensaje de uno de sus amigos. El cadáver de la chica muerta estaría en el tanatorio al mediodía para que todo el mundo pudiese despedirse de ella antes de enterrarla. Estaban quedando todos los compañeros para acudir juntos. Iba a resultar muy duro.
Iván dijo que iría. Antes de despedirse de su amigo, le preguntó quién era la chica que se había suicidado. Él le contestó que no la conocía, no iba a su clase. Se llamaba Ari. Ariana en realidad. Era muy callada y no se relacionaba mucho pero era buena estudiante y amable con todos. No merecía morir. No estaba bien lo que había pasado. Se comentaba que los padres la tenían demasiado amarrada. Pero vete a saber… ¿No había leído la noticia en el chat?
Iván ya no le escuchaba desde hacía rato. Dejó caer su móvil al suelo. Volvió a mirar a Ari entre sus brazos. Su cerebro intentaba saber si era una casualidad, si había muerto otra Ariana o si se estaba volviendo loco. La apretó contra su pecho. Ella gimió dormida. Notaba la fragilidad de su cuerpo entre sus manos. Detectó la extrema palidez de su piel, casi era blanca.
Contrajo todavía más las manos. Sentía los huesos y percibía su debilidad. Ella se despertó y gritó por el dolor. Él estaba fuera de sí y la agarró tan fuerte como pudo sujetándola de los brazos. Ella comenzó a agitarse, intentando liberarse. Primero le dislocó el hombro derecho. Los alaridos de Ari a causa del dolor retumbaban en el interior del coche. Pero parecían lejanos para él.
Ella continuaba resistiéndose y se escuchó cómo se le quebraba el brazo. Un mirlo blanco se estrelló contra la ventanilla. Iván se distrajo y aflojó. Pero Ari no podía moverse por el dolor. Otros mirlos, decenas, comenzaron a estrellarse contra los cristales. Primero aparecieron unas grietas. Después estallaron. Los pájaros cubrieron a Iván y le picotearon desgarrando su carne, haciendo trizas su piel. El dolor lo llenaba todo. Y el blanco se manchaba de rojo.
Encontraron a Iván en el interior de su coche cerca de la playa. Nadie pudo explicar cómo pudo romperse a sí mismo los brazos y morir desangrado a causa de las heridas que se provocó. Pequeñas y centenares heridas. Tuvo que sufrir en extremo durante horas hasta entrar en shock por el dolor.
Descubrieron en su móvil abierta la página en la que apareció la noticia del suicidio de Ari. En ella se contaba que los padres de la chica habían encontrado una carta de despedida en su habitación.
Iván, abriste la ventana de mi libertad para después lanzarme al vacío con las alas rotas.
El chico debió sentirse muy culpable. De alguna manera tenía las manos manchadas de sangre.
©Danielis Tovar ©Esther Paredes Hernández
Barcelona, 18 de Marzo de 2018
Este es el argumento que me envió Danielis y en el que he basado el relato. No lo puse antes para no hacer spoiler .
“Dos personas que se conocieron en línea gracias a amigos en común. Dani y Jesús se la pasaban siempre hablando por chat. Tenían tantas cosas en común que ya se habían hecho demasiado cercanos. Jesús se identificaba perfectamente con la chica de lentes, y siempre se sentía cómodo para decirle sus problemas. Un día, quedan de acuerdo para encontrarse, conociendo así finalmente. Él ese día amanece con una pereza horrible, y no va a verla a dónde acordaron. No le avisa sino hasta que ya había pasado la hora del encuentro. Ella contesta el mensaje, nada molesta con él por dejarla plantada. Siguen hablando con su cotidianeidad. Cierto día, Jesús lee el periódico local, encontrando algo que le heló los vellos. El reporte de una chica asesinada, muerta por un accidente gracias al descuido de un conductor por la calle. Responde al nombre de Dani, y sucedió el día que se encontrarían a la hora después de lo acordado. Jesús se tensa, y en ese momento, recibe un mensaje de ella.”

En el final no había nada

Quería decirle a su amigo que se estaba leyendo el primer borrador de su novela. Quería preguntarle a su hermana cómo se encontraba de lo suyo. Ansiaba, suspiraba por acabar de leer las lecciones de escritura que Cortázar impartió en Berkeley. Le estaba conociendo mejor después de enamorarse de él, tres décadas atrás, a través de las frases de sus relatos. Pensaba mandar un mensaje a su compañero y contarle que se marchó de la fiesta quince minutos después que él porque no le gusta bailar. Le pedía al universo aliento para gritar hasta mover la luna de su órbita. Debía decirle que ya no le amaba. Cuanto antes. Presionó delete y la página se quedó en blanco de nuevo. Y quedaba todo por hacer.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 11 de Enero de 2018

El vacío que nos absorbe

Se encontraba de pie, descalza, en la terraza de su edificio. Con el viento frío meciendo su cabello negro y rodeada de sombras nocturnas producidas por la escasa luz que emitía la luna esa noche y la que emanaba de algunas ventanas de los apartamentos. Iba a saltar al vacío desde una altura de más de diez pisos.

Estaba gravemente enferma y no se lo había dicho a nadie. Desconocía lo que le estaba pasando a su cuerpo, pero sabía que algo no funcionaba bien y algo estaba acabando con ella desde su interior. Llevaba viviendo sola demasiado tiempo y no tenía ganas de luchar. Había decidido que las oportunidades se habían acabado para ella.

Así que simplemente permitió que transcurriera el tiempo mientras sentía que sus venas se secaban. Y que su estómago y sus intestinos se pudrían dentro de ella. Sencillamente se dejó caer en el gran vacío inevitable del desaliento. Ese vacío frío y oscuro en el que los cerebros melancólicos se sumergen mientras una fuerza invisible tira de ellos hacia las profundidades mortales.

Ella estaba siendo empujada con tanto ímpetu que imaginaba curvado su cuerpo maltrecho mientras veía que sus brazos y sus piernas se elevaban hacia arriba transformándose en tentáculos que se agitaban como gelatina.

Albergaba todavía, en algún rincón de su cuerpo, una minúscula esperanza. Desde luego no era consciente de que existiera, pero ahí estaba. Quizás escondida entre sus costillas o en un punto oculto entre su hígado y el páncreas. Podía suceder que si sus pies lograban tocar el fondo, consiguiera impulso para regresar a la superficie.

Sin embargo, la oportunidad llegó desde fuera. Un suceso inesperado le hizo flotar hacia arriba y le ofreció una nueva perspectiva. Fue la tarde en la que se cruzaron en el rellano y él la miró por primera vez. Con esos ojos verdes, cansados, envueltos por las arrugas de la madurez.

Fijó en ella la mirada con tanta intensidad que sintió que el corazón se le paralizaba sin que pudiera remediarlo. La magia se rompió cuando sintió dolor porque le ardía la cara. La sangre se había empeñado en arremolinarse en su cabeza como un volcán erupción.

Él se dirigió hacia su apartamento situado al lado contrario del suyo sin mostrarle ni siquiera una pequeña sonrisa educada. A partir de ese día, ella salía de casa con la necesidad de verle. De contemplarse otra vez en aquellos ojos verdes. Agotados. Tan cansados como los suyos. Quizás pudieran recuperar las fuerzas juntos.

Pero, por más que lo deseara, por más que mirara el techo de su dormitorio noche tras noche pidiendo, clamando, un encuentro fugaz, no volvió a toparse con él. Cada tarde, a la vuelta del trabajo, controlaba a todos los vecinos que pasaban por su puerta. Estaba al acecho tras la mirilla como una vieja loca.

La obsesión aceleró su deterioro físico y su jefe le insinuó que necesitaba unos días libres. Estaba mucho más delgada y demacrada. Ella aceptó. Pero sólo porque podría estar más tiempo en casa y así tener más posibilidades para poder encontrarse con él. No porque mejorar su salud fuese su objetivo.

Hora tras hora, espiando, pronto pudo conocer las costumbres de su vecino. Nunca salía de su casa. Por eso no había vuelto a cruzarse con él. Pero algunas noches recibía visitas. En intervalos de dos o tres noches, una chica llamaba a su puerta. Ella no conseguía verlas. Y de él, adivinaba su silueta recortada en el umbral de la puerta pues se quedaba a contraluz cuando les abría.

Pudo advertir con claridad la ausencia de movimiento de los protagonistas. No reaccionaban al verse. No se saludaban,  sólo existía silencio entre ellos. La chica entraba y él cerraba despacio. Nunca las vio salir por la mañana por más que estuviese haciendo guardia hasta la madrugada.

Como físicamente necesitaba descansar, por mucho que ella intentara negarse ya había sufrido algunos desvanecimientos, llegó a la conclusión de que aquellas jóvenes se le escapaban en esos períodos en los que se permitía una tregua.

Su curiosidad seguía sin estar satisfecha y continuaba sin poder estar cerca de él. Tomó una decisión pues no tenía nada que perder, así que esperó pacientemente a que llegara la noche siguiente.

Intentó no pensar en el dolor de su cuerpo. En los gusanos que estaban a punto de comérsela y que parecía que ya habían empezado a crecer en su interior. Tras las ventanas, contempló cómo el sol le decía adiós y el cielo se tornaba negro. Espeso. Como a ella le gustaba. Era como un lecho vaporoso que la estaba esperando.

Antes de abandonar su apartamento, se cepilló amorosamente su larga melena de color negro. Ese cabello suave que se enroscaba en su espalda intentando alcanzar sus piernas. Se pintó los labios y le dio fuerza a su mirada. Si iba a presentarse ante él, quería que la deseara tanto como ella.

Se acercó a la mirilla. No tuvo que esperar demasiado para ver llegar a una nueva chica. Había tenido suerte. Podía haber tenido que esperar unos días más y no pensaba que su enfermedad le permitiese tanto tiempo. La joven entró siguiendo el mismo ritual de siempre.

Cuando él cerró la puerta, salió al rellano. Llegó al apartamento y se acercó para intentar escuchar. Y lo consiguió. Del interior, se escapaban jadeos que no parecían producidos por placer, gorgoteos, pequeños gritos ahogados por golpes… Lo que estaba sucediendo allí dentro era peligroso y comenzó a aporrear la puerta con todas sus fuerzas. Los ruidos cesaron de repente y ella también se detuvo.

Tras esperar segundos, que se le hicieron eternos, él abrió la puerta y casi se desmaya del terrible olor que escapaba del interior del apartamento. Quiso dar media vuelta pero no tuvo fuerzas para escapar. Estaba frente a esos ojos que tanto amaba. Se aproximó lentamente hacia él hasta rozar su cuerpo mientras entraba.

La puerta se cerró tras ella. La casa apenas estaba iluminada. Pero eso no le importaba. Él la cogió de la mano y la llevó hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha y no había rastro de la chica. Eso tampoco le interesaba. Ahora era su turno de perderse en aquella mirada hueca, en aquel profundo vacío inevitable y dejarse llevar mecida por la brisa helada y muerta.

Aquella noche la pasaron juntos. Compartiendo lecho y sábanas con la oscuridad más temible. Engullida en un gran océano fue incapaz de darse cuenta de que la muerte se respiraba en aquel apartamento. De que los gusanos a los que ella tanto temía se arrastraban por el suelo y las moscas revoloteaban a sus anchas.

Cuando se despertó, era de madrugada y su piel estaba contraída por el frío. Él no estaba en la cama. Se vistió únicamente con su jersey y, descalza, salió de la habitación buscándole. El silencio era aplastante y comenzó a sentir que la asfixia se arremolinaba en su garganta. Algo no iba bien. Recordó a la chica.

Salió al salón y le vio de pie, observando el exterior por la ventana abierta de par en par. No se giró a mirarla en ningún momento. Parecía absorto contemplando el lienzo oscuro de la noche que comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol. Ella se acercó hasta él.

Entonces su pies pisaron algo líquido. Miró hacia abajo y vio que estaba en medio de un reguero de sangre que provenía de la cocina. Lo siguió poniendo cuidado en no mancharse más todavía pues le había provocado una sensación pegajosa y repulsiva.

Cuando entró en la cocina se llevó las manos a los ojos para evitar perder la poca cordura que le quedaba. Cuatro chicas. Cuatro cadáveres desparramados. Una de ellas se había cortado las venas sobre la mesa con tanta intensidad que asomaban los huesos a través de los cortes. Unos cortes que daban cobijo y alimento a un ejército de moscas carroñeras que entraban y salían de aquel cuerpo putrefacto con total impunidad.

Otra chica se había ahorcado y colgaba de la lámpara del techo. Su cuerpo estaba hinchado y su piel gris denotaba que estaba a punto de resquebrajarse. Probablemente, a través de las grietas los gusanos hiciesen su aparición estelar.

La tercera, se había tragado lo que parecía un cuchillo y la punta asomaba por la nuez. Apartó la mirada de su cuello. No podía mirarlo. Pero al girar la cabeza, dio con la cuarta, la última que había llegado a aquel paraíso del suicidio.

Se había dado golpes contra la pared hasta romperse el cráneo. Sus ojos muertos no mostraban ningún tipo de emoción: ni miedo ni dolor ni arrepentimiento. Ella no sabía si acababa de entender la magnitud de lo que se gestaba en aquel lugar. Regresó al salón buscando respuestas o quizás para dejar atrás ese cementerio terrible en el que los cuerpos todavía no habían sido enterrados.

Él, que continuaba en la ventana, la observó cansado pero pudo ver que una ligera sonrisa se dibujaba en su boca por primera vez. Entonces, agarró con las manos el marco y saltó sin que ella tuviese tiempo para impedirlo. Pudo escuchar como su cabeza se rompía contra el pavimento como si fuese una fruta podrida.

Ella gritó haciendo temblar el edificio aunque no iba a servir para nada. Ya no volvería a verse en esos ojos verdes ni a dejarse llevar en las corrientes nocturnas que la llevaban al vacío más cruel. O quizás sí.

Subió a la azotea. Cuando se asomó hacia abajo, él ya estaba sumergiéndose en un charco de sangre que se expandía con rapidez. Sus gritos habían alertado a los vecinos y las sirenas de la policía y la ambulancia se aproximaban. El tiempo apremiaba.

Caminó lentamente hasta el mismo borde. Se subió al muro tambaleándose hasta conseguir erguirse y quedar cara a cara con la inmensidad. Con lo poco que quedaba de aquella noche fría acariciándole su precioso cabello negro. Cerró los ojos y se dejó caer.

Fueron unos pocos segundos los que tardó en estar junto a él. Pronto sus sangres se mezclaron creando un nuevo lecho. Antes de que nadie llegase hasta ellos, el cuerpo de él comenzó a absorber toda la sangre que les envolvía. La suya y la de ella. Y se incorporó despacio. 

Tambaleándose, se alejó de allí. El sol comenzaba a calentar las calles. Aunque su cuerpo estaba frío como la muerte.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 24 de Abril de 2017

Terminado a las 19:31 horas

 

Navidad en rojo

Si nadie le había visto nunca ¿por qué todos pensaban que Santa Claus era un viejo regordete y bonachón al que le gustaba vestir con terciopelo rojo?

Ella pensaba en él como un anciano decrépito de piel acartonada y cubierto de arrugas. Con manos alargadas y dedos finos como ramas negras. De dientes amarillentos y una lengua áspera. Un ser que entraba por la noche a hurtadillas para vigilar las maldades infantiles. Si su aspecto era una incógnita, ella tenía todo el derecho del mundo para imaginárselo como le viniera en gana. Al fin y al cabo, Santa Claus pertenecía a toda la humanidad.

Había llegado la Nochebuena y estaba sola en casa pues no tenía ningún interés en celebrar la Navidad. Sin embargo, era imposible escapar de ella del todo así que había decorado el árbol sin las luces de colores como señal de rebeldía. Para pasar la noche lo más distraída posible, se había preparado una buena dosis de películas, llenado su despensa de bolsas de snacks y la nevera de refrescos. Había encendido sólo la lámpara de lectura y algunas bonitas velas doradas. Llevaba puesto el pijama de cuadros rojos y, encima, una esponjosa bata de color beige. Renunciar a la Nochebuena no significaba dar la espalda al confort hogareño.

Cogió un bol amarillo y lo llenó de palomitas de microondas. Sacó del frigorífico una botella de dos litros y medio de coca-cola y un gran vaso de color naranja del armario de la cocina. Caminó arrastrando las pantuflas acolchadas y se sentó en el sofá. Cruzó las piernas, adoptando la posición de un profesor de yoga, y agarró el mando. Seleccionó el clásico “Que bello es vivir” y pulsó el play. En unos segundos, el título aparecía en la pantalla de su televisor y surgían las primeras imágenes en blanco y negro. Con emoción, cubrió sus rodillas con su suave manta roja y empezó a comerse las palomitas de maíz.

Después de una hora, el bol estaba vacío y el sofá estaba cubierto de pañuelos de papel húmedos después de secar lágrimas y mocos. No quería reconocerlo pero estaba más triste de lo que quería admitir. No debería haber empezado la noche con esa película. La sustituyó por los Gremlins, otro clásico.

Sin embargo, fue una decisión terrible que le llevó a acordarse de él. De la primera vez que fueron al cine, precisamente a ver esta película. Otra vez se puso a llorar, esta vez por los recuerdos de un amor imposible.

Apagó la tele y escuchó a los vecinos de al lado cantando villancicos para celebrar la Nochebuena. Y, por un instante, sus vidas se fundieron con la suya. Imaginaba que ellos eran su familia  y que no estaba sola aquella noche tan larga. La estrategia mental pronto dejó de funcionar y el desánimo se apoderó de ella de nuevo. Maldijo a Santa Claus por ser el origen del desapego que sentía por la Navidad.

Ella desconocía los motivos pero en su infancia nunca le regaló lo que le pedía en aquellas largas cartas escritas con caligrafía infantil. Y eso que se esforzó siempre por portarse bien en la escuela, por obedecer a sus padres y querer a sus hermanos. Sin embargo no hubo deseos concedidos para ella debajo del árbol. Su padre no dejó el alcohol, su madre no recuperó las ganas de vivir y sus hermanos no entendieron que merecían un futuro mejor… Deseaba con todas sus fuerzas un hogar feliz y Santa no se lo concedió.

Así que abandonó la esperanza  de tener una familia con la que celebrar las Navidades, con la que sentirse a salvo. Y apartó definitivamente la ilusión después de que el amor de su vida la dejara. Desde que se marchó, comenzó a vagar por la ciudad como un alma en pena. Pasando las noches en vela porque el corazón le dolía con cada palpitación hueca que nacía de un recuerdo suyo.

La pena pesaba demasiado y ya no soportaba más la alegría de sus vecinos así que les gritó, golpeando la pared, para que dejaran de cantar y de restregarle su felicidad. Pero resultó inútil, aunque no le sorprendió, al fin y al cabo ¿quién iba a escuchar sus deseos? ¿Santa Claus?

Pero necesitaba intentarlo una vez más. Porque se sentía al borde del abismo esa noche. Quizás podría probar una última Nochebuena. Así que decidió escribir unas líneas en el único pañuelo de papel que le queda seco. “Por favor, quiero que vuelva a casa. Quiero que esté conmigo esta noche.” No firmó la carta, Santa no necesitaba que lo hiciera porque sabía quién la escribía, él lo sabe todo ¿no?

Abrió la ventana, cerró los ojos mientras un ligero viento helado acariciaba sus párpados y dejó que el pañuelo se alejase hacia el cielo transportado por una corriente de aire como si se tratara de una paloma blanca. Pensó que Santa Claus la escucharía y que, por una vez en su vida, le llevaría el regalo que había pedido. Para que estuviera orgulloso de ella, colocó las lucecitas alrededor del árbol y las encendió. Comenzaron a parpadear como pequeños estallidos de alegría.

Entró en su habitación y, tras dejar la puerta entreabierta, se metió en la cama con una agradable esperanza en su interior. Escuchaba de fondo, ahora animada, las canciones de sus vecinos que traspasaban las paredes. Tumbada, se quedó de lado mirando el reloj de la mesita. Eran las once y media de la noche. Pensó en su carta atravesando las nubes y llegando hasta el trineo mágico de Santa que estaría acercándose a la ciudad. Vale, la había mandado en el último momento pero la magia no sabía de tiempos ni de límites. Se quedó dormida sin darse cuenta.

Una ventana se cerró en el salón, un poco más fuerte de lo normal, y se despertó. El reloj marcaba ahora las dos de la madrugada. Estaba segura de que Santa Claus había entrado en su casa. ¿Cuál era el ritual? ¿Debía quedarse en la cama hasta que fuese por la mañana y descubrir su regalo junto al árbol?

Pero estaba impaciente así que se sentó en el borde. Pudo escuchar con claridad cómo Santa depositaba varios paquetes en el suelo. Esto la desconcertó un poco. Y también la enfureció porque, de nuevo, había vuelto a fallarle y no le había concedido el regalo que había pedido. Salió al salón dispuesta a aclarar las cosas cuando distinguió la sombra de un ser encorvado que llegaba hasta el techo y que tenía la consistencia de un árbol muerto al que han cubierto con una sábana de terciopelo rojo sangre.

Santa Claus salió como una exhalación por la ventana dejando la casa en silencio tras él. Ella corrió siguiéndole y se asomó a la calle sin encontrarle. Miró hacia el cielo y nada, no había rastro de aquel viejo decrépito ni de su trineo hortera. Mientras volvía a sentirse defraudada, se percató de que los pies se le humedecían y eso le hizo prestar atención al suelo. Algo le estaba mojando los calcetines. Se dio cuenta de que había, por lo menos, cinco paquetes de diferentes tamaños. Se acercó y agarró uno mediano. Notó que un líquido se escapaba entre el papel brillante oscureciendo la cinta roja que lo rodeaba.

Las luces del árbol le permitieron reconocer que los paquetes contenían algo que se estaba deshaciendo y que había una gran mancha alrededor del árbol. Con el regalo en las manos todavía, se acercó al interruptor y encendió la lámpara grande del techo. Entonces se puso a temblar, de una manera tan incontrolable que el paquete se le cayó al suelo produciendo un sonido hueco. Del golpe, y también por lo mojado que estaba, se rompió, prácticamente se deshizo mostrando lo que contenía. Lanzó un alarido al comprender que Santa Claus había satisfecho su petición.

Horrorizada por el descubrimiento, desgarró el papel del resto de los bultos brillantes. Con todo lo que sacó pudo montar, como si de un puzzle se tratara, el cuerpo inerte del amor de su vida.

Entre la sangre y los pedazos de papel de regalo apareció su pañuelo de papel manchado de rojo con un mensaje para ella: “Hubiera preferido entregar el regalo en mejor estado. La próxima vez manda antes la carta. Tu regalo se ha resistido y no tenía tiempo para negociaciones. Es para ti, disfrútalo. Atentamente, Santa Claus”

Esther Paredes Hernández

24 de Diciembre de 2016

Ruptura

Iba a morir y había decidido no resistirse.
Él pensaba acabar con su relación. Parecía haber olvidado la cantidad de obstáculos que habían superado juntos los últimos tres años. Y ese amor iba a morir porque él no pensaba darle una oportunidad. Llevaban tanto tiempo solos que sus sentimientos se habían transformado en una enfermedad.

No quería retrasarlo más y subió al primer piso, sintiendo que el pecho le ardía por el miedo y las piernas le temblaban, hacia el dormitorio. La puerta estaba cerrada. Atrancada por un mueble que colocó ella misma hacía una semana. Pronto escuchó los arañazos. Se mareó. Al acercarse a la puerta le llegó el olor que él emanaba. Demasiado calor los últimos días. Él también la percibió y comenzó a dar gruñidos y golpes frenéticos.

Despejó la entrada del dormitorio. Él parecía escuchar atentamente lo que estaba pasando. Intentando adivinar sus intenciones. Ella cerró los ojos y se propuso abrir la puerta. No llegó a hacerlo. Él salió como una ráfaga de aire putrefacto directo a comerse su garganta. Habían roto para siempre. Ella no gritó, tan sólo tuvo tiempo de decirle:

­­–Siempre te querré.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Agosto de 2016

Simplemente estaba

Buscaba su sonrisa. Quizás con demasiada impaciencia lo que le provocaba sufrimiento. Pero es que sin ese gesto, se sentía a merced del sol y pronto se secaría convirtiéndose en polvo.

No habían hablado en los últimos días y el sonido mecánico del reloj se había convertido en su compañero. Él estaba sentado en el sofá, impertérrito, mudo, sin comer y vestido con la misma ropa desde hacía más de setenta y dos horas.

Ella le observaba de reojo. ¿Por qué no parpadeaba siquiera? ¿Acaso sus ojos no necesitaban respirar? Muerto no estaba, ella ya se había asegurado tocándole y poniéndole un espejo junto a la nariz. Parecía que, simplemente estaba, sólo eso, estaba ocupando su viejo y raído sofá de piel marrón. Prácticamente se había vuelto parte de él y, como un elemento más, había pasado a formar parte del mobiliario del salón.

Ella había barajado la posibilidad, por lo menos en veinte ocasiones, de llamar por teléfono a sus hijos para que fuesen urgentemente y solucionasen lo que fuese que le había sucedido a su padre. Sin embargo, era de esas madres a las que no les gustaba involucrar a los hijos en los conflictos paternos. Además, no parecía correr peligro de muerte… simplemente estaba.

Harta de no poder apoltronarse en el sofá para ver la tele, por si le hacía empeorar, se armó de valor y se sentó junto a él por primera vez en tres días. Y así pasó la tarde: con el mando en la mano y sin percatarse de que el sol comenzaba a esconderse. El reloj marcó las nueve de la noche avisándole de que debía preparar la cena. Agradeció, un día más, no tener que hacer la pregunta de siempre ¿qué quieres que te haga?. Cocinaría lo que le diera la gana y en paz.

Ufffff, qué bien sonaba eso. Se dijo a sí misma que debía empezar a disfrutar de esa soledad-no soledad porque, si lo pensaba fríamente, él estar… estaba. Tampoco era tan grave ¿no? De camino a la cocina, sin prisa porque no había nadie que le achuchara, se percató de que, en realidad, ya debería haberse acostumbrado a la ausencia de la sonrisa de su marido. Se puso a recordar cuando fue la última vez que su marido le sonrió: el día en el que él cumplió los cincuenta años.

Aquella noche, sus hijos fueron a casa para prepararle una fiesta sorpresa. Todo parecía ir perfectamente… hasta que ella colocó la bonita tarta con cincuenta velas en la mesa. Entonces él le miró de una manera extraña, melancólica, lejana. Y sopló la velas. Hubo unos segundos de oscuridad en el salón, lo que tardó en encender las luces. Y, al ver a su marido, ella percibió algo que no pudo determinar entonces, pero que había ido observando día a día, año tras año: que había dejado de sonreír.

Al principio, a ella no le dolía, no era consciente de la gravedad del asunto, hasta que comenzó a añorarla. Aquella sonrisa que la enamoró cuando se conocieron y le preguntó su nombre. Una sonrisa que hacía que todo lo demás desapareciera, que el tiempo se detuviera y no importara nada más en el mundo. Una sonrisa que la había mantenido a flote en los tiempos difíciles, que la había consolado en las despedidas más dolorosas.

Acabó de prepararse la cena y regresó al sofá para comer junto a él. Pero no pudo probar bocado. Se le hizo un nudo en la garganta. No lo soportaba, no era capaz de continuar viviendo sin él. Quería recuperarle, de alguna manera siempre había creído que serían un equipo fuerte hasta el final del camino. Que seguirían juntos afrontando el futuro, ese futuro tan incierto e inquietante que les esperaba. Se sintió frustrada, traicionada y la rabia afloró.

Volcó, con violencia, el plato sobre las piernas de su marido peso éste siguió sin inmutarse, sin pestañear. Se levantó y se colocó delante de él, con los brazos en la cintura, desafiándole con la mirada. Pero no consiguió nada. Le zarandeó, le gritó… todo fue en vano. Se dio por vencida. Si él había tirado la toalla pues ella también lo haría. Así que limpió lo que había ensuciado, cogió el mando y se sentó dispuesta a respetar su decisión de solamente estar.

Sin embargo, después de un par de horas, volvió a mirarle y sintió la necesidad de despedirse del gran amor de su vida. Se sentó en sus rodillas, las que había manchado con la cena, y suavemente sujetó el rostro de su marido con las dos manos. Se miró en sus pupilas y le besó tiernamente.

No se dio cuenta de que había comenzado a llorar hasta que abrió los ojos y las lágrimas cayeron a sus mejillas con rapidez. Se las secó con la mano y su visión se volvió clara de nuevo. Entonces descubrió una sonrisa en el rostro de su marido. Y que parpadeaba otra vez. Ella se llenó de alegría al notar que que su respiración se agitaba mientras le agarraba con firmeza, con ganas, para darle un beso de esos que hacen historia.

Y aquella noche se juraron ser felices hasta el final, no dejar de sonreír nunca, de besarse cada día y de cogerse de la mano. Habían envejecido por fuera pero lo que sentían el uno por el otro se mantenía tan joven como el día que se encontraron.

©Esther Paredes Hernández

Valencia, 29 de Junio de 2014