Roma

Me resulta mucho más sencillo hablar de la muerte que del amor. La muerte es simple de explicar: el tiempo se para, la luz se apaga, adiós. Y a partir de ahí, dejamos de ser conscientes de nuestra existencia. O no, pero si viajamos a algún punto del universo, en ese caso, nos darán la respuesta al misterio de la vida y la muerte volverá a ser fácil de entender.

Sin embargo, ay, amigos míos, el amor es otro cantar. No se destruye, no se diluye, se transforma como si fuese materia, pero es un sentimiento y se lo debería llevar el viento. Si este relato fuese un poema ya lo habría terminado con este pareado.

Se transforma y no siempre en algo bueno o interesante. La mayoría de las veces en una araña negra con patas peludas y pegajosas que te atrapa en sus redes de recuerdos y lágrimas negras también. Eso sí, solo sucede cuando se ama-ama, cuando no puedes dejar de mirarlo ni de tocarlo y ya no respiras por cuenta propia.

En esas ocasiones el amor no te dejará libre nunca. Por mucho tiempo que pase, por muy lejos que se mude tu corazón, por muy profunda que sea la cueva en la que te escondas. Nada importará. Como la araña tiene entre seis u ocho ojos, dependiendo de la especie en la que se transforme tu amor, vigilará que no intentes sacarte de encima el amor perdido que llevas a cuestas.

Me enamoré. Mucho. Demasiado. Aunque describirlo así es redundante. Como he dicho antes, cuando amas, AMAS. No es mucho o poco, es todo. Me en-amoré porque empecé a vivir en el amor. Allí es donde construí mi nueva casa: en el amor. Una casa habitada también por mi compañero, por un hombre que me cogía de la mano con seguridad y ternura. Compartíamos besos, secretos, risas y películas. Parece demasiado perfecto, pero era así y era real. Nada de fantasías de adolescente. Sentía hasta el último poro de mi piel invadido por su olor, su sudor, sus caricias. Estaba tan llena de él que apenas tenía apetito durante el día. La noche, como buena enamorada, era otra cosa. La noche era para re-encontrarnos, soltar lastres incómodos de la vida diaria y disfrutar de nuestra nueva casa de amor.

Por eso, cuando comenzamos a perdernos y a no rozarnos bajo las sábanas, cuando tocarle me producía escalofríos eléctricos que me helaban la sangre y mi corazón dejó de latir al mismo ritmo que el suyo, no supe qué hacer. Él tampoco. Nos separamos, pero siempre buscábamos excusas para gritarnos, para culparnos de nuestra infelicidad hasta hacernos llorar y provocar que nuestros pulmones estallaran liberando la rabia contenida.

Intentamos continuar con nuestras vidas, cada uno recorriendo su propio camino, buscando de nuevo un nuevo amor en el que habitar. Pero teníamos miedo de volver a pasar otra vez por el mismo sufrimiento y perpetuar la existencia de las arañas o, peor todavía, multiplicarlas.

No sé explicar el amor. Sólo sé que existe y que tiene mil caras, mil versiones y todas conviven a la vez en la misma vida, la mía, dentro de mí. Desconozco qué hacer con él, me gustaría darle a un interruptor y apagarlo para siempre. Como cuando la vida se acaba. A lo mejor debería darle la vuelta al amor e irme a vivir a Roma.