Un despido improcedente

La pesadilla comenzó cuando su jefe les comunicó que iba a recortar gastos para poder mantener abierto el concesionario de coches. Y eso significaba que había decidido despedir a uno de los dos empleados. Un péndulo afilado pendía sobre sus cabezas y cualquiera de ellos podía acabar con el cuello rebanado.

Era un cobarde. Siempre lo había sido. Así que no protestó, no intentó hacerle la pelota al jefe, no jugó sus cartas. De hecho, ni siquiera llegó a repartirlas. Sin embargo, se consumía viendo cómo su compañero, día tras día, le tomaba la delantera sin ningún tipo de pudor. Como cuando llevó dos dibujos que había hecho su hija: uno para el jefe y otro para él. Qué juego tan sucio utilizar a la niña para tener ventaja.

Su compañero parecía estar muy seguro de que acabaría siendo él quien conservase el empleo. Así que le miraba con desprecio, mostrándole una sonrisa llena de cinismo mientras fumaba sus asquerosos puros y le echaba el humo en la cara hasta hacerle toser. Menudo gilipollas. 

Lo peor de todo era que vivía esta angustiosa situación en soledad. No podía compartirlo con su mujer porque estaba embarazada de cuatro meses. Sabía que se desmoronaría y no soportaba verla llorar. Tenían muy pocos ahorros y no podían permitirse estar los dos sin trabajo. Era cuestión de días que su jefe les comunicara su decisión, así que optó por esperar a contárselo hasta entonces.

Una tarde, a la vuelta del concesionario, su mujer le obligó a mantener una dura conversación respecto a su hija Judith. Le contó que la niña se mostraba triste cada vez más a menudo y se retraía en su mundo con demasiada facilidad. Ella creía que uno de los motivos era su escasa, por no decir nula, relación padre-hija y le pidió que hiciese un esfuerzo.

Él, como siempre hacía, puso como excusa el horario de trabajo que apenas le dejaba tiempo para poder pasarlo con la niña. Pero ella no cedió esta vez. O arreglaba las cosas entre ellos o habría consecuencias. Le confesó que se sentía muy decepcionada. Los dos sabían que su relación no pasaba por un buen momento y que este embarazo había sido un imprevisto con el que no contaban. No iba a permitir que las cosas en casa continuaran igual.

Desde luego, no se encontraba en su mejor momento para empezar a estrechar lazos con la niña. Lo que menos le apetecía era ponerse a jugar a princesas con el problema tan grande que tenía. Pero no podía decirlo y su mujer hablaba en serio. Su matrimonio corría serio peligro si no se esforzaba con Judith.

Tenía que admitir que apenas había mostrado interés por su hija porque todo lo relacionado con el color rosa, los vestidos brillantes o las muñecas le traían sin cuidado. Quizás si se hubiese tomado la molestia de mirarla a los ojos o de cogerla de la mano alguna vez, se hubiese percatado de que su color preferido era el amarillo (el color del sol) y que le encantaba subirse a los árboles para sentirse como los pájaros.

No la conocía en absoluto porque se la había perdido durante seis años. Se había perdido reír con sus ocurrencias locas o sus primeras caídas de la bici. No sabía muy bien por dónde empezar así que decidió imitar a su compañero de trabajo y pedirle a su hija un dibujo para ponérselo en el corcho de la oficina. Él también era capaz de jugar sucio si se lo proponía.

Judith estaba colgada boca abajo de la rama del árbol del jardín mientras canturreaba la última canción que le habían enseñado en la escuela. Su pelo castaño, mecido por el vaivén de sus movimientos, casi rozaba las puntas quemadas del césped.

Él carraspeó al llegar junto a ella y a punto estuvo de caerse por la sorpresa de verle. La niña le miró con cara de miedo, como si esperase que la regañara por alguna cosa. Se disculpó y le dijo que enseguida entraba en casa a jugar. Él le explicó que le gustaría mucho que le hiciera un dibujo para presumir en el trabajo.

A Judith se le iluminaron los ojos y una gran sonrisa mostraba la alegría que sentía en esos momentos. Apenas había terminado su frase, cuando la niña bajó del árbol y regresó al interior dispuesta a ponerse a trabajar con el lápiz y el papel. Se sorprendió de lo sencillo que había resultado relacionarse con su hija y así se lo contó a su mujer para intentar calmar sus ánimos.

Antes de cenar, la pequeña le entregó un sobre de color rosa en el que había escrito “Te quiero, papá” con un montón de soles alrededor. La niña le pidió que no lo abriese hasta que se fuesen a dormir. Sentó a la niña en sus rodillas y le agradeció el esfuerzo con un gran beso y un fuerte abrazo. De nuevo, sintió que era muy fácil quererla. Pero no lo dijo en voz alta, esta vez se lo guardó para él porque había sentido un amor sincero.

Después de cenar, su mujer se dispuso a darse una ducha y él se metió en la cama mientras la esperaba para ver juntos el dibujo de su hija. Pero no pudo aguantar la curiosidad y abrió el sobre. Extrajo con cuidado la hoja y la desplegó. Sonrió orgulloso al descubrir los bonitos trazos que había hecho la niña con mucho esmero.

Para su sorpresa, teniendo en cuenta que Judith sólo había estado en el concesionario un par de veces, no faltaban los detalles: las mesas en las que se cerraban los tratos con los clientes, las horribles plantas de tela y la puerta del despacho del jefe. Un escalofrío recorrió su cuerpo al leer las palabras que la niña había escrito y que parecían salir de la puerta entreabierta. “Dinero para papá”.

Escuchó que su mujer había terminado de ducharse y, sin saber muy bien por qué, volvió a guardar el dibujo. Aquellas letras infantiles se le habían enroscado en la garganta como el nudo de una corbata invisible. Tragó saliva con el afán de alejar la inquietud que sentía al pensar que su hija podría haber intuido sus problemas. Escondió el sobre en el cajón de su mesita de noche y se hizo el dormido para que su mujer no le preguntara por él.

La presión en el concesionario comenzó a ser insoportable. Su compañero y él apenas se cruzaban una palabra, se habían convertido en enemigos, y el jefe no salía de su despacho. Hacía un calor insoportable. Los pantalones se le humedecían en las zonas de la entrepierna y el trasero por culpa de su desgastada silla de polipiel de color negro.

No había manera de detener las gotas que le bajaban desde la frente y recorrían su rostro haciéndole molestas cosquillas. Se sentía sucio, viejo, desgastado como la silla. Era un cobarde que aguantaba estoicamente el devenir de la vida mientras ésta no le diese una buena patada en el culo para que avanzase.

Su compañero parecía una chimenea fumando sin parar sus asquerosos puros. Contaminando aún más el ambiente e impregnando su ropa de ese olor pegajoso y asqueroso. En un momento dado, cuando ya no sabía qué hacer para pasar el rato sin quedarse dormido o vomitar por el olor de los cigarros, decidió vaciar su vejiga por hacer algo de provecho.

De camino al cuarto de baño, cruzó por la puerta entreabierta del despacho de su jefe y le pareció verle contando una impresionante cantidad de dinero. De hecho, consiguió ver varios montones sobre la mesa al mirar por el rabillo del ojo. Siguió su camino hacia el baño aunque apenas sentía ya la vejiga, sólo pensaba en el dibujo de su hija. “Dinero para papá”.

Al regresar a casa por la tarde, le pidió a la niña que le hiciese otro. No tenía nada que perder. Probablemente la situación le estaba superando, porque parecía un loco pensando que su hija podía ayudarle, pero situaciones desesperadas, merecen medidas excepcionales. Además, su mujer quería que pasaran tiempo juntos ¿no?.

La pequeña, por supuesto, se mostró encantada. Él se sentó junto a ella y aprovechó para hacerle un pequeño interrogatorio, intentando averiguar cómo había sabido que su jefe guardaba tanto dinero en su despacho. Y, sobre todo, por qué había escrito que era para papá.

Ella, mientras dibujaba, se limitó a encogerse de hombros. Esta vez le pidió que imaginara el despacho de su jefe aunque la niña nunca había entrado allí. Cuando Judith le entregó el papel, no pudo abrir más los ojos. Había conseguido plasmar el despacho de su jefe a la perfección. Pero añadiendo algunos elementos que parecían ser fruto de su fantasía. Aunque sintió una especie de alarma al valorar la posibilidad de que pudiesen existir.

En la hoja se veía una pequeña caja fuerte escondida detrás de una de las horrendas plantas de tela. Era una especie de un cuadrado pequeño en la pared dónde podían guardarse muchos billetes. La niña había escrito una serie de números. Era el código de la caja fuerte. Había otro detalle que le provocó un escalofrío: una pistola sobre la mesa del despacho. Y, de nuevo, escrito del puño y letra de su pequeña Judith “Para papá”. Estas palabras estaban escritas al lado del arma.

La niña le miraba alegre como si no entendiese la envergadura del mensaje que se escondía detrás de aquel regalo. Él, asustadizo por naturaleza, lo rompió en pedazos provocando el llanto desconsolado de su hija. Su mujer, encolerizada, le desterró a dormir en el sofá por tiempo indefinido hasta que tomase una decisión sobre su matrimonio. Al llegar la noche, la familia estaba rota lo mismo que el dibujo.

La oscuridad que había invadido la casa era espesa y él no podía dormir. Volvía a sudar sin poder evitarlo. Esta vez por el nerviosismo de sentirse a merced de los demás, su jefe y su mujer iban a decidir por él su futuro sin preguntarle si tenía algo que decir al respecto. Sin embargo, quizás Judith le había proporcionado la llave sin saberlo.

Su hija le había brindado la oportunidad de ir por delante por una vez en su vida. Se levantó del sofá y fue al dormitorio de la niña. Descubrió que la pequeña había intentado pegar los pedazos del dibujo. Sus inexpertas manos no lo habían hecho demasiado bien pero podían leerse lo números de la supuesta caja fuerte que estaba oculta tras la planta de tela.

Eso era todo lo que necesitaba. Cogió una hoja en blanco y esbozó un sol enorme en el que escribió sus nombres dentro. Después besó a Judith, teniendo cuidado de no despertarla, y dejó el mensaje en una esquina de la almohada para que lo descubriera por la mañana. Después, entró en la cocina para coger un par de guantes de látex de los que utilizaba su mujer para limpiar.

Eran las dos de la madrugada cuando aparcó el coche a dos manzanas del concesionario para que nadie pudiese identificar su coche cerca del lugar. Mientras se dirigía hacia allí caminando, elaboró un pequeño plan. Iba a coger todo el dinero. Bueno, lo que necesitara en caso de despido. Tampoco quería abusar. Eso sí, estaba dispuesto a que fuese su compañero el que pareciese el culpable. Quería darle una lección a ese imbécil engreído.

Atravesó el parking del concesionario ocultándose entre los contenedores  de basura y los arbustos secos que rodeaban los pequeños muros. Apretaba el dibujo de su hija con una mano y con la otra, las llaves de la puerta de entrada. Volvían a sudarle las manos por culpa del látex y se sentía torpe, pero todo aquello lo hacía por su familia, por él. Tras asegurarse de que nadie pasaba por la calle, entró en el local.

Pronto encontró lo que buscaba. En la papelera de su compañero, había varias colillas de sus apestosos puros. Cogió un par y se dirigió al despacho de su jefe. Enseguida se dio cuenta de que había alguien dentro porque un halo de luz asomaba de la puerta que estaba algo abierta.

Su primer impulso fue esconderse tras una mesa sin hacer ruido. Esperó y, tras extrañarse al no escuchar ningún ruido, salió del escondrijo para acercarse al despacho. Quizás su jefe se había dejado la luz encendida al marcharse a casa.

Su mujer a varios quilómetros de allí se levantó de la cama sintiendo los ardores típicos del embarazo. Fue hacia la cocina a por un poco de agua que aliviara ese pequeño infierno desatado en la boca del estómago. Al pasar junto al dormitorio de su hija, se extrañó al descubrir que estaba encendida la luz de la mesita de noche. Abrió la puerta y encontró a Judith dibujando frenéticamente en la cama.

La llamó por su nombre y se acercó preocupada porque la pequeña no levantaba la vista del papel. Tuvo que arrancárselo de las manos para conseguir que reaccionara. Lo que vio reflejado en la hoja le puso los pelos de punta y le hizo olvidar el dolor de estómago en un segundo. Corrió al salón en busca de su marido. Aunque, en su fuero interno ya sabía que no le encontraría durmiendo en el sofá. Intentó llamarle pero pronto descubrió que había dejado su móvil sobre la mesa.

Judith fue hasta su madre que tenía la mirada agitada porque su cerebro buscaba una explicación a lo que estaba sucediendo. Decidió llamar al concesionario. El dibujo de su hija le decía que era allí dónde estaba su marido y ella, sin saber por qué, creyó que era cierto lo que se veía en esa hoja llena de manchas de color rojo sangre.

Él se dirigió al despacho con las colillas en la mano. Comprobó que era cierto que no había nadie dentro. Suspiró aliviado y colocó los restos de los puros de manera que pareciese que su compañero era el ladrón. Después, siguiendo el dibujo, tecleó los números de la caja fuerte. Sin embargo, al abrir la puerta de metal no había rastro del dinero.

No sabía qué pensar. Se sentía estúpido. Escuchó el ruido de la cisterna y el sobresalto le sacó de golpe de su ensimismamiento. El teléfono de la oficina empezó a sonar y se fijó en que había pistola dónde había indicado su hija. Pero vio algo más, una bolsa llena de billetes. Alguien se le había adelantado y todavía no se había marchado.

A partir de ese instante, los acontecimientos se precipitaron como rocas que se despeñan de las montañas. Escuchó unos pasos que se acercaban al despacho y sólo pensaba en su mujer y en su hija. Entonces recordó que el arma le estaba esperando, tal y como había escrito Judith: “Para papá”. La agarró y apuntó hacia la puerta.

Ella esperaba con ansiedad que su marido cogiera el teléfono. Sin embargo, fue su compañero de trabajo el que contestó. Y le contó una historia que no podía creer. Una mentira que también contó a la policía. Les dijo que él llevaba unos días comportándose de manera extraña y decidió vigilarle de cerca. No se equivocaba y le sorprendió robando el dinero de la caja fuerte. Al verse descubierto, cogió el arma y se suicidó.

Ese embustero no contaba con que Judith y su madre conocían la verdad. Porque el dibujo que la niña había hecho aquella noche mostraba algo muy diferente. Su padre había muerto asesinado por su compañero.

Con el paso de los años, siguieron de cerca al homicida y esperaron con paciencia una señal, una muestra de cómo acabar con él. Sin embargo, parecía que Judith ya no era capaz de evocar el futuro en sus dibujos. Había perdido ese don.

Hasta que Daniel, el pequeño de la casa que nunca conoció a su padre, aprendió a hacer trazos en las hojas de un viejo bloc. Unos dibujos que plasmaban cómo podían vengarle. Y así lo hicieron en honor a un padre que dio la vida por ellos.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 26 de Mayo de 2017

Terminado a las 11:49 h

Adiós

El día ya había empezado mal porque había pasado la noche en vela. Le resultaba imposible recordar cuántas vueltas había dado en la cama. A qué hora se había soltado la sábana del colchón y se le habían quedado los pies al descubierto. Cuánto habría sudado y tiritado a la vez. Pero todo tenía una terrible explicación, se sentía al borde de un precipicio y su cuerpo intentaba librarse de la desgracia y el dolor como fuese. Aunque sin éxito. El día ya había empezado mal y sabía, a ciencia cierta, que acabaría de la peor manera posible. Porque iba a despedirse de su hermano y tenía claro que no iba a ser capaz de encontrar la fuerza necesaria para decirle adiós.

Le encontraron muerto en el taller de coches en el que trabajaba. Alguien había entrado a robar y, al intentar impedirlo, le dieron varios golpes en la cabeza con una de sus herramientas. Parecía flotar sobre un río de sangre. Eso escuchó que le comentaba el testigo que le encontró, en voz baja, a uno de los policías. No era justo que muriese de esa manera tan violenta y que el miedo y el dolor fuesen lo último que sintiera antes de dejar de existir. No era ese el final que merecía su vida. Ahora su hermano se encontraba en el hospital, solo, porque debían hacerle la autopsia. Tenían que abrirle, rebuscar, cortar… pero también limpiar. Dejarían su cuerpo sin rastro de toda la sangre que le cubrió. Al imaginarle así, se consoló pensando que estaría dormido y sereno sobre la mesa de aluminio del forense.

A primera hora de la mañana, con la sensación de que no había pasado el tiempo desde la tarde anterior, llegó al hospital para saber cuándo estaría terminada la autopsia y podría enterrar a su hermano. La enfermera le pidió amablemente que esperase, que iba a preguntarlo. Se sentó en la sala de espera. En una incómoda silla blanca de plástico que pronto acentuó el dolor de espalda que apareció inmediatamente después de recibir la dramática noticia por parte de la policía . Sacó su móvil del bolso. Y la botella de agua que había cogido de casa. Se le secaba la boca a cada momento. Sentía la lengua áspera, como si estuviese hecha de esparto, y los labios le dolían porque los tenía llenos de finos cortes. Bebió.

Al deslizar la pantalla del teléfono con el dedo tembloroso por culpa de los nervios, descubrió que tenía una gran cantidad de mensajes de amigos que se interesaban por ella. Amigos, porque familiares ninguno. Su hermano era el único pariente que le quedaba. Los fue revisando aunque no tenía intención de leer ninguno. Hasta que descubrió, con gran sorpresa, que su hermano le había enviado un mensaje y  estaba claro que fue poco antes de morir porque la hora así lo determinaba. Al verlo, una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo provocándole una incómoda sacudida. Era muy doloroso leerlo pero, al mismo tiempo, necesitaba sentirle vivo aunque fuese por un instante más. Así que abrió el mensaje y lo que leyó le alteró el pulso todavía más. “Papá esta aquí. No me preguntes cómo es posible. Pero lo está. Te quiero, hermana.”

Estuvo mirando estas palabras mucho, mucho tiempo. Cerraba el mensaje, lo abría, apagaba el móvil, lo encendía de nuevo… y siempre aparecían las mismas palabras. “Papá está aquí…”.  Sintió que se convertía en agua y se deslizaba por el asiento resbalando hasta el suelo. Porque esa frase acababa de dejarla sin fuerzas, ni siquiera para seguir sentada. No. No podía ser. Se levantó y se dirigió a la salida, caminando con pasos lentos de anciana, cuando regresó la enfermera con noticias sobre su hermano y le impidió que se marchara. Podría trasladar su cuerpo al tanatorio en pocas horas. Estaría bien que esperase un poco más. Ella le indicó con un ligero movimiento de cabeza que accedía a quedarse. La enfermera apreció lo pálida que estaba y se lo hizo saber. Si se encontraba mal podría visitarla un médico, era normal perder las fuerzas en momentos tan difíciles. Ella le contestó, con un hilillo de voz, que no era necesario. Pero su corazón pedía ayuda a gritos ayuda.

Regresó a la sala de espera y se sentó detrás del todo. Quería pasar desapercibida mientras su cerebro intentaba procesar la información. Pasar desapercibida y mantenerse oculta. Pues, aunque parecía todo una locura de su hermano, no dejaba de pensar que su padre podría aparecer también allí. Quizás para reclamar el cuerpo de su hijo. Y quizás, el de su hija. Tal vez también la estaba buscando a ella. Sin embargo, qué tontería… ¿cómo iba a estar su padre…?

Allí. En ese preciso instante le vio allí mismo recorriendo lentamente el largo pasillo beige iluminado por los tubos fluorescentes. Desde lejos, no tenía mal aspecto teniendo en cuenta los años que llevaba muerto. Sintió que el tiempo se detenía y desparecían todas las personas que estaban a su alrededor. Sólo importaban su padre y ella.

Se levantó del asiento de plástico y caminó hacia él. Su padre la miró con unos ojos oscuros infinitos que ya habían visto la muerte y entendido la inmensidad de lo eterno. Abrió la boca pero de ella no salía sonido alguno. Se acercó y, próxima a él, pudo detectar los pequeños gusanos que se lo estaban comiendo poco a poco y algunos huesos descarnados que asomaban entre las grietas de su piel reblandecida. Seguía con la boca abierta cuando, por sorpresa, alargó el brazo derecho y abrió la mano dispuesto a cogerla. Ella gritó y echó a correr sin saber muy bien hacia dónde.

Recorrió pasillos, que parecían no tener fin, y bajó escaleras que la llevaban a nuevos laberintos. Hasta que llegó al sótano. A ese tétrico y frío lugar en el que se guardan los cadáveres. Y su padre la había seguido hasta allí. Pero por nada del mundo quería volver a verle de cerca. No sería capaz de revivir el dolor por su pérdida. Ahora no. Todavía no había podido llorar a su hermano. Todo le parecía de una crueldad inmensa e innecesaria. No necesitaba tanto dolor de golpe. Pero le resultaba difícil obviar que su padre había visitado a su hermano poco antes de morir. Se detuvo. Dio media vuelta y se colocó delante de él. Estaba frente a frente de esos ojos infinitamente negros que volvieron a mirarla. Él abrió la boca y, esta vez, sí que gritó. Con rabia. Una furia que retumbó en su pecho. Ella ya no pudo más y dejó escapar el dolor de su interior.

La enfermera la zarandeaba cuando despertó. Seguía sentada en el asiento blanco de la sala de espera y tenía alrededor a un hombre de seguridad del hospital y a varios curiosos que cuchicheaban y la observaban con extrañeza. A los pocos minutos, estaba tumbada en una camilla con un gotero de tranquilizantes. El médico de guardia se los había recetado. Le quedaban muchas horas de tensión por delante y debía fortalecerse. Le tranquilizó pensar que todo había sido fruto de los nervios y, al empezar a sentir los efectos de la medicación, pudo empezar a llorar. Eso era lo que necesitaba. Llorar y comenzar el duelo por la pérdida de su hermano. Ahora le quedaba toda una vida por delante llena de soledad y no se había preparado para eso. Las lágrimas le cansaban los ojos aunque aliviasen su corazón. Su teléfono se iluminó con la llegada de un nuevo mensaje. Confiada, deslizó el dedo por la pantalla y vio que provenía del móvil de su hermano. ¿No se suponía que todo había sido una alucinación? Lo abrió. “Papá y yo estamos aquí. Y hemos venido a verte. Te queremos hermana.”

Se sacó las agujas de los goteros de un tirón. Bajó de la camilla como pudo pues estaba muy mareada. Recorrió el pasillo, que la llevaría a la calle, con pasos torpes. Llegó a una bifurcación y, desorientada, no sabía hacia dónde debía dirigirse. Cayó en la cuenta de que la gente había desaparecido de nuevo, lo que le llevó a pensar que quizás volvía a estar alucinando, está vez con más intensidad por las drogas de los goteros. Se detuvo en medio de la encrucijada. Agotada y mareada. Y entonces regresó. Su padre apareció al final del pasillo que le quedaba a la derecha. Ella intentó no perder el control. Pero le resultaba muy difícil pues su padre esta vez se acercaba más deprisa que antes. Casi podía oler su cuerpo putrefacto cuando ya no pudo más y echó a correr hacia el lado contrario.

Giró la cabeza para ver si su padre seguía tras ella cuando resbaló y se dio un gran golpe contra el suelo. Se hizo mucho daño en el codo y en la cadera. Miró sus manos. Estaban llenas de sangre. Recorrió su cuerpo con la mirada y observó que se había vuelto de color rojo brillante. Pero ella no estaba herida. Había resbalado con un gran charco de sangre. Un río rojo que emanaba del cuerpo de su hermano que estaba en el suelo, a pocos centímetros de ella. Desnudo, gris y con la cabeza destrozada. Inerte y desangrado. Ella se echó hacia atrás, yendo hasta la pared a gatas. Él parecía no moverse… hasta que los dedos de su mano comenzaron a agitarse como si estuviese tocando las teclas de un piano invisible. Después de la mano, siguió el brazo y, tras él, la cabeza abierta se giró hacia ella. Sentía que se alejaba, que salía de sí misma para huir pues su cuerpo pesaba demasiado para levantarse y escapar de ese pasillo. La oscuridad parecía engullirla y ella se dejaba llevar.

Abrió los ojos tras un fuerte bofetón de la enfermera. Vio que estaba en la camilla. Ni pasillo ensangrentado, ni padre, ni hermano… Ella se puso a llorar y la enfermera se disculpó por haberle pegado pero se asustó porque no conseguía que volviera en sí. Su hermano estaba preparado para ir al tanatorio. Así que ya podía avisar a los de la funeraria. Pero no debía estar triste porque su padre había llamado para preguntar por ella. Había dejado un mensaje: “Díganle que pronto estaré allí. Y que la quiero.”

La enfermera la miraba con ansiedad pues estaba preocupada por su estado emocional, pero era cierto que se sentía aliviada al pensar que no estaría allí sola por mucho tiempo. Sin embargo, ella no podía explicarle la verdad pues no la creería. Aprovechó un descuido para salir del hospital. Cuando sintió el aire fresco de la calle, y escuchó los sonidos cotidianos de la ciudad, recuperó el control de nuevo. Todo volvía a ser real. Dejó sus cosas, incluso su móvil, en el hospital. No le importaba, ya le diría a algún amigo que lo recogiese. Obviamente, ella no estaba bien y debía protegerse o acabaría con una crisis nerviosa peligrosa. Se dispuso a cruzar la calle. Los semáforos estaban llenos de peatones. De personas normales que iban y volvían de sus trabajos o de sus casas… Entonces, todos desaparecieron y escuchó el grito de una mujer a la que no veía.

Se despertó en mitad de la avenida cuando un autobús esta a punto de arrollarla. Tuvo el tiempo justo para cerrar los ojos antes de sentir el fuerte impacto que le rompía por dentro las entrañas. Y después la oscuridad acompañada por las voces de su padre y su hermano que la llamaban desde el otro lado.

Antes de que la enfermera se enterase de lo que acababa de suceder, estaba preocupada por la chica que se había marchado del hospital sin sus cosas. Vio que llegaba un mensaje al móvil que se había dejado. Lo abrió. “Nunca debimos separarnos.” A la enfermera se le hizo un nudo en la garganta y, sin saber muy bien por qué, sintió la necesidad de llamar a su madre a la que no veía desde hacía varias semanas.

Esther Paredes Hernández

13 de Noviembre de 2016