El túnel

Resultaba cómico lo que estaba pasando, aunque no tuviese ninguna gracia en realidad. Pero no podía dejar de pensar que todo lo sucedido respondía a una broma macabra que alguien o algo había preparado expresamente para él.

La gente le miraba fijamente en aquel túnel subterráneo sucio, viejo y mal iluminado. ¿Con cuántas personas se habría cruzado mientras lo recorría? ¿Cincuenta? ¿Cien? Pues todas ellas le observaban serias y asqueadas, así era cómo le miraban. Vale, sí, sólo durante unos segundos y después volvían a lo suyo… pero ¿por qué?

Todo había comenzado al bajar las escaleras de la estación de metro cuando volvía a casa. Marcó un viaje en la tarjeta de transporte y caminó rápido para llegar al largo túnel, que le llevaría hasta su andén, lo antes posible. Enseguida se percató de que todos con los que se cruzaba le observaban descaradamente con gran desprecio. Pensó que podría ser porque tenía la cara manchada o la ropa o que olía mal… Sin embargo, no descubrió nada que pudiese despertar esa animadversión, no disimulada, en los demás.

Mirada tras mirada, después de muchos ojos molestos, empezó a sentir que las paredes de aquel maldito túnel encogían y que la luz amarillenta se convertía en una soga invisible que se arremolinaba lentamente en su garganta secándole la boca. Decidió caminar más rápido, casi llegó a correr, intentando divisar el final del túnel. Pero no había manera. Con el corazón encogido y latiendo demasiado deprisa, descubrió que, por más que se apresurase, siempre parecía estar en el mismo punto. Empezó a dolerle el pecho pues ya no soportaba que tantas personas le examinaran con esa rabia contenida, con esa dureza, una y otra vez. Se vio obligado a detenerse para recuperar el aliento y decidió dar la espalda a los transeúntes quedándose quieto de cara a la pared. Tenía a pocos centímetros las sucias baldosas, de color indefinido por la suciedad y la atmósfera negruzca del metro, y las líneas que se dibujan en ellas fruto de los líquidos hediondos que las recorrían. Pero prefería toda esta inmundicia a tener que ver la cara de nadie más. Resultó cómo esperaba: consiguió serenarse y recuperar el aliento que tanto necesitaba si no quería que alguna vena del cerebro le estallara o le explotara su corazón agotado.

Recuperada cierta calma, ideó un pequeño plan. Caminaría de cara a la pared. Tenía la intuición que, de esta manera, recorrería los metros que le separaban del andén sin tener más complicaciones puesto que, si no les veía, no le molestaban. Se entusiasmó y no pudo reprimir un pequeño grito de triunfo. Pronto, pronto se subiría al tren y volvería a casa. Y, una vez se sintiese a salvo, la pesadilla quedaría atrás. Empezó a dar pasos laterales y se pegó a las paredes intentando alejarse lo máximo posible de las personas con las que se cruzaba. Las palmas de las manos se iban volviendo negras y la ropa se le manchaba con la humedad que bajaba desde el techo, pero no le importaba. Sólo estaba centrado en comprobar que su instinto no le había fallado y que conseguiría llegar a la salida del túnel. Así que miró de reojo para comprobar que esta vez sí que avanzaba cuando la vio. Cerca de él había una mujer de cara a la pared, con los brazos caídos a los lados, que se balanceaba ligeramente hacia adelante y hacia atrás mientras balbuceaba palabras que él no alcanzaba a escuchar. Se acercó horrorizado, todo lo deprisa que le permitía caminar de lado, y se colocó junto a ella, brazo con brazo. Parecían dos niños traviesos castigados por su profesor del colegio.

Ella no se inmutó con su presencia y continuó hablando para sí misma de manera mecánica. Él observó que tenía los ojos cerrados, con los párpados muy apretados como cuando tenemos miedo y no queremos ver lo que tanto nos asusta. Él le preguntó qué le pasaba. Que si a ella también le miraban mal los demás. Pero la mujer no reaccionó. Entonces, la analizó con detenimiento y descubrió que estaba muy demacrada, que su pelo estaba muy sucio y húmedo por el sudor y que su ropa se había ennegrecido por el aire denso que se acumulaba en el túnel. Sintió pánico al pensar que ella estaba allí desde hacía mucho más tiempo que él y que no había conseguido escapar. ¿Correría la misma suerte entonces? No pensaba darse por vencido y, pasándole el brazo por la espalda, la agarró intentando transmitirle seguridad. Ella no opuso resistencia así que comenzaron a caminar de lado juntos. Poco a poco, dando pasos a trompicones, él vio de soslayo que se acercaban, por fin, a la boca arqueada del final del túnel. Animado, le contó al oído su descubrimiento y entonces ella despertó. De repente. Dejando salir un grito profundo en el que se mezclaban todo el horror y el frenesí que había acumulado. Logró zafarse de su brazo y corrió desesperada, tapándose la cara para no mirar de frente al resto de los pasajeros. Él no pudo detenerla y, pocos segundos después, escuchó el alarido de aquella pobre mujer muriendo destrozada en los raíles al ser atropellada por el metro que pasaba en esos instantes.

Él se quedó sin fuerzas y volvió a colocarse frente a todos aquellos que recorrían el túnel y que le miraban de esa manera tan horrible. No se habían alterado tras la muerte de esa pobre mujer enloquecida. Seguían transitando por el túnel como autómatas, sin mostrar otro sentimiento que el desprecio que le dedicaban. El metro asesino no se detuvo, no fue hasta allí personal de seguridad y todo siguió como si nada. Se puso, otra vez, de cara a la pared y cerró los ojos con fuerza para intentar alejar el miedo y la tristeza que le envolvían. Y empezó a balbucear una frase que acabó convirtiéndose en una especie de mantra para él: si no les veo, no están.

Dos días más tarde, una joven estudiante le rodeará con su brazo, situándose junto a él de espaldas a la gente, y le preguntará cuánto tiempo lleva allí y por qué todos les miran con tanto menosprecio. Sin embargo, él ya no podrá escucharla pues su cordura estará demasiado lejos como para darle una respuesta que tenga  sentido. Tan sólo soltará una gran carcajada pues todo le parecerá una gran broma que alguien o algo ha planeado para él.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 5 de Noviembre de 2016

Obsesión

Ana había quedado con Marcos en la parada de metro como siempre. Nada más sentarse en el vagón, cogió el móvil y se puso a revisar Facebook aprovechando que sólo tendría cobertura hasta que el tren hiciera la siguiente parada. Entró en la sección de noticias y buscó un nombre concreto. El perfil que visitaba obsesivamente desde hacía tres semanas. Había vuelto a encontrarse con Jesús después de casi diez años. De manera virtual, claro, pero sus caminos se habían cruzado de nuevo. Aunque su relación con Marcos era buena, no podía negar que se había obsesionado con Jesús otra vez. Revisaba las fotografías que compartía, a quién etiquetaba, qué lugares visitaba, qué comentarios hacía… Cada momento que tenía libre, lo utilizaba para ver lo que estaba haciendo. Como ahora.

Para su regocijo vio que Jesús acaba de actualizar su estado: “Con ganas de volver a casa. Subiendo al metro”. ¡Qué fuerte, como ella! Tendría cobertura otros pocos segundos, así que esperó a ver si él compartía algo más. ¿Y si se encontraran esa tarde? ¿Se iría con él y dejaría a Marcos tirado? Un poco radical ¿no? Aunque deseaba con muchas ganas que pasara. Quería a Marcos, pero ahora mismo eso era lo de menos. Sólo le importaba Jesús y que también acababa de subir al metro.

Las puertas del vagón se cerraron y el tren se metió en el oscuro túnel. Tal y como esperaba, su móvil se quedó sin señal. Ana se quedó un poco decepcionada al no poder saber si Jesús viajaba en la misma línea que ella. Bloqueó el teléfono, antes de meterlo en el bolso, y prestó atención a su alrededor porque no tenía nada mejor que hacer. Para su sorpresa, estaba sola. Inmersa en su pensamiento obsesivo no se había percatado de ello. Y que no hubiese nadie más no le gustaba. Se vio reflejada en la ventana que tenía enfrente. Se arregló el pelo y se preguntó si Jesús pensaría que estaba guapa. Resopló aliviada cuando el tren llegó a la siguiente estación. Esperó con cierta ansiedad que alguien subiese, pero no fue así. Tenía por delante otro minuto en el agujero negro del metro, y sin cobertura, en la más absoluta soledad. Empezó a agobiarse así que se miró los zapatos en busca de distracción. Sin éxito. Miró hacia la derecha para comprobar si se le había pasado que hubiese otro pasajero. Vacío. Giró la cabeza hacia la izquierda e hizo un gran descubrimiento. Había alguien al final del vagón, sentado en el mismo lado de asientos que ella. Estaba bastante lejos así que supuso que por eso no se había percatado de su presencia. Era un chico joven que miraba al frente muy quieto. Apenas podía distinguir si respiraba. ¡Qué tontería! ¿Cómo iba a  percibir nada a esa distancia? Le veía de perfil, de manera que era imposible saber el aspecto que tenía y eso aumentó su curiosidad. Ahora que se había relajado al tener compañía, imaginar cómo sería su cara supuso todo un reto para ella. Pero tuvo que dejar pronto el juego porque las luces del metro empezaron a parpadear y el tren se agitó dando fuertes tirones como si tuviese problemas técnicos. Ella se asustó y ahogó, por vergüenza, un pequeño grito de preocupación. Sin embargo, el servicio se restableció enseguida y ella, con una sonrisa divertida, buscó la mirada cómplice del otro pasajero. Pronto dejó de sonreír. El chico estaba en el mismo asiento pero ahora en el lado contrario. Podía ver su cara perfectamente. Era Jesús.

Se quedó atónita. Literalmente de piedra. Sentía su cuerpo tan pesado que no podía moverse. Acabó igual que él, inmóvil mirando al frente fijamente. Evitando que sus miradas se cruzaran sin ella haber decidido cómo iba a afrontar su encuentro. Claramente, era una gran coincidencia y una señal de que debía actuar. No le quedaba mucho tiempo. Pensó y valoró que, teniendo en cuenta que no había hablado directamente con Jesús, cabía la posibilidad de que él no sintiera lo mismo que ella. Habían intercambiado en Facebook varios me gusta, algunos me encanta y dos me divierte. Ni siquiera se habían escrito por privado. Con esa escasa información, podía pasar cualquier cosa. ¡Pero se habían encontrado en medio de un vagón… vacío! ¿No era eso una señal muy clara de que el Universo les había querido juntar y se había encargado de que tuviesen intimidad? Ella que había llegado a sentir que su obsesión con Jesús comenzaba a írsele de las manos y no podía entender ese suceso como otra cosa que no fuese que el destino había intervenido. La luz volvió a a funcionar mal. El vagón frenó con tanta fuerza que Ana casi se cayó del asiento. Tuvo que apoyar las manos en el suelo para no acabar con la cara aplastada.

El tren se quedó quieto y completamente a oscuras. Dos segundos. La luz regresó y descubrió que Jesús estaba sentado mucho más cerca de ella. Se levantó y dio un par de pasos hacia él pero algo la detuvo. Su instinto. Porque algo no marchaba bien. Teniéndole más cerca, era evidente que Jesús sí que respiraba, pero de una manera muy débil y apenas se notaba cuando se hinchaba su pecho. Muy débil, eso quiso creer. ¿Por qué había cambiado de sitio? ¿La había visto quizás? Sin embargo, no la miraba y no mostraba ningún interés por lo que sucedía a su alrededor. Ana se fijó para comprobar que no fuese que llevaba los auriculares puestos y por eso tenía esa mirada vacía. No.

Estaba preocupada. Intentó tranquilizarse pensando que en la siguiente parada bajaría y se reuniría con Marcos. Por otra parte, eso significaba que el tiempo para entablar una conversación de verdad con Jesús se acababa. Reunió valor y dio otro paso más hacia él. El tren se paró en seco y se quedó a oscuras. Esta vez, los segundos pasaban y el vagón no se iluminaba. Ana sacó el móvil para conseguir algo de luz. Entonces escuchó las respiraciones débiles de Jesús y detectó que éstas eran demasiado rápidas. Se imaginó el pecho de Jesús agitándose con ansiedad y eso le asustó. Así que se pensó dos veces lo de activar la linterna del móvil. No quería verle de esa manera. Probó otra cosa. Le llamó por su nombre. Pero no obtuvo respuesta. Deseó que la luz volviera y llegar hasta Marcos lo antes posible. Todavía estaban a medio camino de la siguiente estación. No le quedaba otra opción que activar la linterna del teléfono. Le temblaban las manos violentamente y le costó más de los que había previsto. Las respiraciones de Jesús seguían siendo lo único que se escuchaba en medio de la oscuridad. Finalmente lo consiguió y un haz de luz trazó un camino diagonal en el vagón. Jesús no estaba dónde ella recordaba. Asustada, giró la cabeza y le vio de pie, mirándola fijamente, respirando cada vez más deprisa. Ahora podía ver perfectamente como hinchaba el pecho y como resoplaba con fuerza. Ella volvió a decir su nombre. El tren dio un fuerte tirón y el móvil se le escurrió de las manos. Se agachó deprisa para recogerlo. Pudo ver cómo Jesús corría hacia ella cuando sus pies entraron dentro del rayo de luz que producía el teléfono.

Marcos observó cómo se iluminaba el túnel con la llegada del tren a la estación. Puntual como siempre. Buscó el vagón que siempre ocupaba Ana para recibirla con un apasionado beso. Últimamente parecía distante y estaba preocupado. Se colocó en un lateral mientras las puertas se abrían. Intentó distinguir entre los pasajeros el bonito rostro de Ana. Pero no la veía. De hecho, descubrió para su sorpresa que no iba en ese tren. Marcos sacó su móvil y revisó los mensajes. No había ninguno de ella. La llamó pero el teléfono de Ana estaba fuera de cobertura.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 29 de Agosto de 2016