Cuento de Halloween

Era la noche que más temía del año. La noche en la que sus pesadillas se hacían realidad y recorrían las calles. Claro que sabía que debajo de las máscaras estaban sus vecinos y sus amigos pero sólo podía sentir miedo al ver colmillos, sangre, encapuchados con hachas y zombis putrefactos. Así que esa noche volvía a casa en metro mirando preocupada la hora en el móvil porque quería llegar lo antes posible a casa. Hacía rato que le dolía el estómago y que respiraba algo más rápido de lo normal. Estaba enfadada por haberse entretenido más de la cuenta en el trabajo y estar ahora en esa situación tan incómoda. Sacó las llaves casa de su bolso y las metió en el bolsillo de la chaqueta para no perder tiempo buscándolas y entrar en su edificio lo antes posible.

Llegó, por fin, a su estación y se levantó del asiento. Se colocó delante de las puertas y, horrorizada, observó como en el andén había dos monjas con heridas abiertas en la cara y los ojos hundidos. Inconscientemente dio un par de pasos hacia atrás al ver que las monjas iban a subir precisamente por su puerta. Con el corazón a mil, tuvo que armarse de valor porque tenía que bajar. Guardó el móvil en el bolsillo junto a las llaves y bajó del metro atropelladamente, chocando y empujando a las monjas porque solo pensaba en dejarlas atrás y salir a la calle. La noche de los muertos estaba a punto de empezar y esas monjas eran una señal de ello.

La estación estaba a dos manzanas de su casa. A buen paso estaría a salvo en diez minutos. Cruzó algunas de veces de acera esquivando a un grupo de vampiros borrachos de sangre y a un trío de asesinos armados con machetes y sierras mecánicas. Cuando por fin divisó su portal, sacó de su bolsillo las llaves y entró casi corriendo en el edificio. Cerró la puerta, bruscamente por la tensión, y apoyó la espalda en el cristal mientras respiraba aliviada. Anduvo mucho más tranquila hacia el ascensor y, sonriendo, pensaba que ya había pasado el peligro. En nada estaría metida en la cama viendo su peli preferida “Desayuno con diamantes” mientras comía un sandwich en la bandeja que tenía para noches como esa en las que quería sentirse a salvo.

Pulsó el botón del ascensor de manera despreocupada. La flecha luminosa le indicó que estaba bajando. Entonces, inesperadamente, la iluminación del hall bajó de intensidad. No se apagó, solo parecía más débil y empezaron a crearse sombras en los rincones. No le gustó. El ascensor parecía tardar una eternidad así que, presa del nerviosismo otra vez, decidió subir las escaleras. Eran tres pisos, tampoco era para tanto. Sin embargo, volvió a moverse deprisa porque sintió de nuevo la necesidad de llegar ya a su casa. Llegó al primer rellano y, como la luz había adquirido un tono anaranjado, se había creado una atmósfera con cierto aire sobrenatural que la incomodó hasta el extremo. Imaginó a un asesino saliendo de cualquiera de las casas de ese piso. Con un cuchillo de carnicero en las manos y corriendo hacia ella fuera de sí. Pasó de ser razonable y subió corriendo las escaleras hasta llegar al segundo rellano. Recorrió muy deprisa los metros que le separaban del último tramo de escaleras cuando la luz se apagó del todo. Fue justo cuando iba a poner el pie en el primer escalón de manera que tropezó y cayó golpeándose muy fuerte en la rodilla. El bolso se le escapó del hombro y sus llaves salieron despedidas escapándose de su mano.

Gritó por la sorpresa y por el dolor pero se calló rápidamente porque no quería que nadie supiese que estaba allí. Su objetivo más inmediato era recuperar las llaves y su bolso. Menos mal que el móvil lo llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Encendió la linterna del teléfono y se puso a buscar moviéndose a cuatro patas. Estaba tan asustada que no notaba el dolor de la rodilla magullada por la caída. El bolso lo encontró enseguida pero las llaves no las veía. Forzó la vista y le pareció distinguir en la oscuridad un pequeño bulto en el suelo cerca de la puerta de uno de los apartamentos. Con los nervios se sentía desorientada y no tenía muy claro quién vivía allí pero se dio mucha prisa por acercarse y recuperar sus llaves si eso era lo que había visto.

Sí, lo eran y, de nuevo, recuperó la calma mientras las apretaba con fuerza. Entonces, todavía agachada, escuchó que la puerta del apartamento se abría muy despacio. Demasiado despacio, como si alguien hubiera querido asomarse a mirar. Su instinto la llevó a apagar la luz del móvil y a alejarse, lo que pudo, sin hacer ruido mientras intentaba ahogar sus jadeos asustados para que no se notara su presencia. Escuchó claramente cómo la puerta se abría de par en par. La luz de la casa estaba apagada así que no podía saber quién había abierto. El corazón le latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. Sólo quería llegar a su casa. Estaba muy cerca de conseguirlo pero le parecía estar a quilómetros de distancia en esos momentos. Quién había abierto la puerta y si era buena persona era lo único que quería averiguar. Pronto obtuvo una respuesta pues escuchó una risita masculina que claramente parecía estar burlándose de ella. No dejaba de reírse, cada vez más fuerte hasta que ella intentó moverse hacia las escaleras. Entonces la risita histérica cesó como adivinando sus intenciones.

Ella sintió cómo le agarraba del tobillo y la arrastraba hacia el interior del apartamento como si fuese un bulto de carne muerta. Gritó desesperada sintiendo cómo se le rompía la garganta por la fuerza de su voz, pero no parecía que nadie la escuchara. Su verdugo la metió dentro y cerró la puerta.

Al cabo de unos minutos, una mujer joven llena de heridas y manchada de sangre salía a la calle buscando ayuda utilizando el poco aliento de vida que le quedaba pero nadie la entendía, tan sólo la observaban alucinados por el realismo de su disfraz. Cayó desangrada al suelo junto a unos niños que se asustaron al ver que no era sangre de mentira ni cortes hechos con látex. Ella, sin esperarlo, se había convertido en una de las pesadillas que tanto miedo le daban. Y durante años, todos aquellos que la vieron muerta en la acera, contaban su historia en la noche de los muertos convirtiéndola en un terror nocturno más.

#halloween

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 31 de Octubre de 2016

La vieja puerta

Conocía la vieja puerta de memoria. Era capaz de cerrar los ojos y dibujar con sus dedos las grietas de la madera. De imaginar cómo se le clavaban las astillas en los dedos en busca de un resquicio, por el que meter la mano, para abrirla y entrar en aquella vieja casa del final del camino. Cuyas paredes de piedra lucían un extraño aspecto muerto y descolorido mezclado con el verde de un musgo pletórico. Siempre pasaba junto a esa casa al volver de la escuela. Caminaba más haciendo ese trayecto, pero no le importaba.

Aquella tarde gris, el sol tuvo mucha prisa por esconderse entre las montañas. Sentía algo de frío y aceleró el paso. Los pájaros volaban sobre su cabeza presagiando la llegada de la lluvia. Divisó la casa y su puerta de madera ennegrecida. Sus pies pisaban las pequeñas piedras del camino y el sonido que producían le hacían sentirse más solo en aquellas horas previas a la tormenta. El viento comenzó a soplar más fuerte cuando estuvo a unos metros de la casa. El mero hecho de estar tan cerca de aquella imponente puerta le reconfortó por un instante y se detuvo a su lado. El camino se terminaba allí y estaría con su madre en cuestión de minutos. El miedo se esfumó y sonrió aliviado.

Entonces, escuchó algo tras la puerta. Un leve sonido que tardó en identificar como pequeños arañazos hechos por alguien de su altura. Se quedó muy quieto y observó la puerta de reojo. Unas uñas negras asomaron por las grietas más grandes que se habían dibujado en aquellas viejas tablas de madera. El corazón se le aceleró y pensó que sólo quería salir corriendo de allí. Pero no lo hizo. Aquella casa significaba demasiado para él y no quería perder la oportunidad de averiguar lo que estaba pasando dentro. Se giró muy despacio, intentando no hacer ruido. Se acercó e intentó ver el interior pero era imposible distinguir nada. Todo estaba muy oscuro.

Los arañazos cesaron. Eso le animó a poner un ojo en una de las grietas y poder escudriñar así con más atención. Pero desde el otro lado, otro ojo asomó también. Gritó asustado mientras saltaba hacia atrás. Sin dar crédito todavía a lo que había visto, la puerta comenzó a abrirse lentamente y una mano huesuda y gris apareció haciéndole un gesto que le invitaba a entrar.

Sabía que no debía hacerlo. Sabía que debía marcharse lo antes posible. Pero amaba aquella casa del final del camino y cruzó el umbral. Traspasó aquella puerta con la que soñaba desde que era muy pequeño y que conocía como la palma de su propia mano. Tras él, la puerta se cerró despacio, casi con amor. La tormenta se acercaba y los pájaros cruzaban el cielo en grandes bandadas. Nadie pudo escuchar sus gritos aterrorizados y nunca más le volvieron a ver.

Aunque algunos vecinos, que paseando se cruzan con la vieja casa, aseguran que han escuchado la voz de un niño que les pide que le saquen de allí susurrando desde el otro lado de la puerta.

Esther Paredes Hernández

23 de Octubre de 2016

Quería ir al bosque

Quería ir al bosque. Penetrar en su oscuridad mientras las gotas frías, que resbalaban del cielo, humedecían su cara. Necesitaba sentirse viva en aquella espesa negrura situada en el corazón del bosque. No prestaba atención a los murmullos de las hojas, a los gritos aislados que daban los pájaros ni al viento airado. Sólo quería ir al bosque. Se quitó las zapatillas y los calcetines. Notó cómo se le clavaban agujas de hielo en las plantas de sus pies y le gustó. Caminó despacio para sentir las piedras punzantes y el barro en toda su plenitud. Empezó a dar vueltas lentamente para desorientarse y poder conseguir así encontrar su lugar en el mundo. Se mareó y empezó a tambalearse como si estuviese ebria. Abrió los ojos. Continuaba sin poder dormir porque la estrategia no estaba funcionando.

Quería ir al bosque pero era en su dormitorio dónde estaba. Atrapada en aquella habitación inerte cuyas cortinas se habían convertido en telas de araña donde los insectos eran devorados lentamente. Como en su imaginación, estaba descalza. Pero su cuerpo, tumbado en la cama, parecía un gran bloque de piedra y no podía moverse. Pese a la oscuridad podía sentir a las arañas correteando por las paredes y el moho de la moqueta expandiéndose con cada respiración. Temía seriamente no poder salir de aquella prisión, al menos con vida. Había algo más en la casa desde hacía unos días y se lo estaba poniendo muy difícil.

Todo empezó una noche en la que regresó del trabajo agotada. Cenó sobras del día anterior, se dio una ducha rápida y se metió deprisa en la cama. Debía intentar dormir lo máximo posible. No le costaría porque la ducha había relajado su cuerpo y su mente se trasladó al bosque imaginario al que siempre recurría para serenarse. Se giró y observó cómo las cortinas ondulaban con el aire fresco que entraba por la ventana. Cerró los ojos y visualizó el viento acariciando las copas de los árboles y el reflejo de la luna en la humedad de la tierra.

El silencio la acunaba y sentía que empezaba a dormirse cuando escuchó con absoluta claridad que algo se había movido en la habitación. Algo vivo estaba correteando por su dormitorio. Pensó, asqueada, que sería una rata y se mantuvo muy quieta con la esperanza de que su oído le hubiese jugado una mala pasada. Pero no estaba equivocada, algo había invadido su cuarto. Encendió la luz de la mesita y, tal como esperaba, no vio nada.

Pero a la noche siguiente, en cuanto apagó la luz, volvieron los ruidos. Esta vez tomó la decisión de quedarse a oscuras y escuchar para poder tener más información de la criatura. Pronto, por los sonidos que provocaban sus movimientos, tuvo claro que parecía haberse instalado en la armario. Ni una sola vez escuchó a eso acercarse a la cama. Así que acabó quedándose dormida presa del cansancio. De madrugada, se despertó al sentir un aliento frío y putrefacto peligrosamente cerca de sus ojos.  Gritó despavorida al distinguir, a pocos centímetros de su cara, unos ojillos rojos y unos dientecitos afilados que asomaban a través de una sonrisa. Esa cosa le arañó el párpado antes de escapar hacia la oscuridad del dormitorio.

Encendió la luz, cogió uno de sus zapatos y se dispuso a darle un escarmiento o, en el mejor de los casos,  a matarla. Unas gotas le resbalaban hacia la nariz desde el ojo. Creyó que sería sudor pero al limpiarse descubrió preocupada que era sangre. El arañazo era más profundo de lo que había calculado. Se vio obligada a dejar la cacería por el momento y fue al cuarto de baño para curarse la herida. Al mirarse en el espejo comprobó que tenía razón con su diagnóstico. Sonó el despertador en el dormitorio y se sobresaltó. Tiró la botella del alcohol al suelo y se cabreó mucho con su mala suerte. No le daba tiempo a buscar a esa cosa antes de irse a trabajar y a saber lo que haría durante el día estando a sus anchas. Pero lo que más ansiedad le daba era saber que, al volver a casa, le esperaría ese algo que ya le había atacado. El miedo creció en su interior de repente. Se taponó el corte. Cogió ropa de la secadora y no quiso entrar de nuevo en su habitación y, mucho menos, acercarse al armario.

Acabó la jornada y no tenía ganas de volver a casa. Había estado buscando en Internet y no había encontrado ninguna referencia a un animalillo que presentase el aspecto de la criatura que vio la noche anterior. Llegó a la conclusión de que era una rata, más por la necesidad de etiquetar a aquella cosa que porque estuviese segura de que eso es lo que era. Aparcó el coche en su calle iluminada por las viejas farolas que estaban encendidas aunque no sirviesen de mucho. Había cenado fuera para alargar el momento de su vuelta porque no se sentía con el ánimo suficiente para enfrentarse a lo que le daba tanto miedo. Recostó la cabeza sobre el volante. El corazón le latía con fuerza y encendió la radio para calmarse. Con el locutor de fondo, repasó qué elementos eran lo que la habían asustado tanto para intentar recuperar el control de la situación. A) El aliento en su cara, a tan pocos centímetros. B) Que se moviera con tanto cuidado como para que no notase que se había subido a la cama. C) Le hizo saber de su presencia, en el momento que quiso, echándole el aliento: -¡Oye, tú, mírame! D) Y luego le dedicó una sonrisa para que entendiera que lo había hecho a propósito. D) La cosa era capaz de pensar. Pasó la noche durmiendo en el asiento trasero de su coche tapada con su abrigo largo.

El resto de la semana la pasó en casa de su madre, mintiendo sobre el motivo por el que estaba allí. Sin embargo, el viernes por la tarde, con todo el fin de semana por delante, se dispuso a reconquistar su hogar. Tenía tiempo suficiente para conseguirlo y había ideado un plan muy sencillo. Sería ella la que observase ahora. Determinaría sus horarios y sus costumbres. En eso estaba pensando cuando abrió la puerta de su casa y se encontró en el Reino del Caos. Todos los cajones y los armarios estaban abiertos con claros signos de haber sido asaltados. Restos de comida y excrementos esparcidos por todas partes. Las cortinas estaban rasgadas y arrancadas de los rieles. Estaba claro que nadie le había echado de menos. Cerró la puerta haciendo mucho ruido para que las cartas quedasen sobre la mesa. Había vuelto con muchas ganas de pelear. Tras dar unos pasos, enseguida se dio cuenta de que, en diferentes puntos de la casa, esa alimaña había sacado de la pared y roído los cables de la luz. Parecía haberlo hecho adrede. Se tocó inconscientemente la cicatriz del arañazo que le dio en el párpado la última vez que se vieron cara a cara. Un escalofrío recorrió su cuerpo pero rápidamente lo controló. No iba a permitir que el miedo fuese por delante de ella, ya no. Lamentaba su suerte por no tener ni linternas ni velas. Tenía la costumbre de irse a dormir si alguna noche se cortaba la luz.

Subió directamente a su dormitorio prestando atención dónde pisaba porque sólo contaba con lo poco que iluminaban las tristes farolas de la calle. No hacía falta ver para darse cuenta de que la habitación estaba infinitamente más sucia que el resto de la casa y llena de arañas. Escuchó con sumo cuidado y anduvo muy despacio hasta la cama. Se sentó en la cama y se descalzó para moverse con más sigilo. Estaba dispuesta a indagar dentro del armario. Sintió la alfombra pegajosa y húmeda. Asqueada levantó los pies guiada por sus reflejos que le decían que tuviese cuidado con lo que tocaba. Apoyó con determinación los pies cuando sintió que la piel de su tobillo derecho se desgarraba y que unas garras llegaban hasta el hueso con facilidad como si los tendones fuesen mantequilla. Esas pequeñas zarpas habían salido de debajo de la cama. Tras el alarido cayó al suelo sobre las rodillas, el dolor y la confusión eran enormes. Entonces, esa cosa saltó sobre su espalda y le arañó los hombros mientras saltaba hacia adelante para meterse en el armario. Ella intentó coger sus patas sin éxito. Temiendo lo peor, rozó con las yemas de los dedos la herida para ver sus dimensiones. Como pensaba, los arañazos eran muy profundos y pudo tocar el hueso. Además, estaba perdiendo mucha sangre. Comprobó las heridas de los hombros pero eran superficiales. Así que se centró en arrancar un trozo de tela de la sábana e intentar presionar la herida del pie y disminuir el abundante sangrado.

Por momentos se sentía más y más cansada, así que se tumbó en la cama como pudo y, sin darse cuenta, se quedó dormida. La noche avanzaba con tranquilidad, el silencio reinaba en la casa hasta que ella empezó a agitarse en sueños. Empezó a balbucear como si le hablara a la alimaña pidiéndole que la dejara tranquila, que le dolía el tobillo y quería descansar cuando sintió que algo le mordía bajo la tela de el vendaje. Tardó unos instantes en comprobar que lo que notaba era cierto: algo estaba alimentándose de su herida. Abandonó la cama de un salto y se colocó junto a la ventana dónde la luz. Se quitó la venda con rapidez y estuvo a punto de desmayarse al ver a decenas de arañas entrando y saliendo de su piel. Salió al pasillo y se lavó la herida en el cuarto de baño hasta que no quedó rastro de ellas. Cogió la barra de la cortina de la ducha porque estaba claro que necesitaba tener un arma de algún tipo. Le costaba mucho esfuerzo dar mínimos pasos pues el tobillo le dolía tanto que le subían descargas más arriba de la espalda. Empezó a jadear con cada movimiento que hacía. Tuvo que aceptar que aquello había mermado su seguridad antes de regresar a su cuarto.

Se acercó como pudo al armario-madriguera y siempre intentando que el ruido no la delatase. Levantó la barra con una mano y con la otra, abrió una de las puertas. Olía como si un millón de gatos se hubiesen orinado allí a la vez durante un mes. Con prudencia, dolor y asco, abrió la otra puerta. Se quedó inmóvil frente a la madriguera con la barra de aluminio sobre su cabeza y las dos manos sujetándola con toda la fuerza con la que era capaz. Y miró a la oscuridad frente a frente. Y la oscuridad le devolvió la mirada a través de los pequeños ojos de fuego y esos dientes torcidos pero afilados como agujas que le habían arrebatado su tranquilidad. Bajó los brazos tan rápido como fue capaz y casi pudo sentir que la barra le rompía el cuello a aquella criatura. Pero eso no llegó a suceder. La cosa le arañó los ojos hasta casi sacárselos de las cuencas y regresó al interior del armario. Ella se desmayó.

Despertó ciega y muy débil. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. Era incapaz de distinguir si seguía siendo de noche o ya había amanecido. Se arrastró hasta su cama y se tumbó agradeciendo la comodidad. Podía escuchar a las arañas corretear por las paredes, cerca de ella. Y a la alimaña moviéndose a sus anchas por su territorio. Había dejado de ser una amenaza para ella. ¿Sería quizás su próximo alimento? No lo sabía. Sentía su cuerpo como si fuese un pesado bloque de granito y sólo pensaba en dormir. Pensó en trasladarse mentalmente a su bosque como hacía las noches en las que no podía dormir. Pero pronto se dio cuenta de que no sería posible.

Ella quería ir al bosque, y recorrerlo descalza hasta encontrar su sitio en el mundo, pero no sería posible hacer ese camino. Sentía claramente cómo decenas de diminutos seres destrozaban su piel con pequeños mordiscos dispuestos a no dejar que encontrase la paz nunca más.

 

Esther Paredes Hernández

16 de Octubre de 2016

 

 

La mecedora

Estaba a punto de asomarse por la puerta y descubrir lo que su marido estaba haciendo desde hacía varias noches. Pero no quería verlo.

Inmovilizada por el espanto, estaba allí de pie, con los pies descalzos en mitad de la noche. Envuelta por la oscuridad fría que se había apoderado de su casa. Un sonido rítmico la mortificaba, el vaivén de la mecedora que su marido y ella habían comprado para la habitación del bebé. Una mecedora, que ayudaría al pequeño a dormir mejor, le había arrebatado el sueño. Porque lo que le preocupaba no era que se estuviera moviendo, sino averiguar por qué su marido estaba sentado en ella. Ese era el motivo de su miedo.

Pasara lo que pasara después de esa noche, se decía a sí misma que no era culpable del grave deterioro mental de su marido. Porque estaba segura de que él no había descubierto sus mentiras. Nunca le confesó que no quería ser madre. Se limitó a evitar quedarse embarazada mientras era cómplice de las obras que se hacían en casa para tener una habitación más, la que sería para el bebé. Dos semanas más tarde, el dormitorio estaba preparado con todo lo necesario y su marido esperaba ilusionado a que llegara el momento de la magia de la fecundación. A la habitación no le faltaba el más mínimo detalle. Hasta había comprado una bonita mecedora en la que poder relajar al pequeño.

La noche en la que todo empezó, ella estaba inmersa en un sueño profundo y le costó entender qué era lo que se escuchaba al otro lado del pasillo. Pero pronto dedujo que era el sonido rítmico de la mecedora. Miró a su lado y comprobó que estaba sola en la cama. Tuvo un presentimiento extraño que le aceleró el corazón. Prestó mucha atención y alcanzó a oír a su marido susurrando una nana con una voz mecánica y fría. Sintió una punzada de miedo y dolor pero se obligó a dormirse. Se mintió con la misma intensidad con la que engañaba a su marido. No estaba pasando, no estaba sucediendo nada.

Varias noches después, volvió a despertarse de madrugada. Esta vez, por el sollozo de un bebé. Tuvo que abrir los ojos de par en par para asegurarse de que, efectivamente, un niño lloraba en algún lugar de la casa. Buscó a su marido pero, de nuevo, no estaba. El bebé seguía gimiendo sin consuelo y ella creyó identificar que venía de la habitación infantil… pero eso no era posible. Escuchó cómo su marido susurraba algo que conseguía calmarle. El silencio volvió a adueñarse de la noche. Su marido salió al pasillo y regresó al dormitorio. Ella fingió estar dormida mientras se acostaba a su lado intentando no despertarla. Después, él se aproximó despacio y le cogió de la mano de manera amorosa. Esa noche ella no pudo dormir. Quería preguntarle qué estaba pasando pero no estaba preparada para escuchar la respuesta.

Así que la noche siguiente esperó, con los ojos mirando al techo en medio de la negra madrugada, a que se repitiese. Y no se equivocaba. El ritual nocturno comenzó con el llanto del bebé, después su marido se levantó de la cama, pronto se escuchó el vaivén de la mecedora al ritmo de la canción de cuna susurrada y mecánica y…gorgoteos infantiles agradecidos por la atención amorosa del padre. No podía soportarlo otra vez, así que decidió comprobar por sí misma que no eran imaginaciones suyas. Aunque las piernas le pesaban como si fuesen de piedra, se levantó y fue hacía la habitación que tanto temía. Y allí, en medio del pasillo, seguía con el dilema de si estaba segura de querer descubrir la verdad. Fingiendo seguridad, se asomó para averiguar cómo era ese bebé que habitaba en la casa cuando llegaba la noche y que sólo parecía ser real para su marido. Ese bebé que nunca iba a nacer porque ella no estaba dispuesta a permitirlo.

Dio el primer paso hacia la puerta entreabierta. Y la empujó despacio. La sangre le bombeaba en la cabeza a la velocidad que marcaba la mecedora que cada vez se movía con una rapidez más enfurecida. Entonces, el bebé comenzó a llorar muy fuerte y se vio obligada a taparse los oídos porque el sonido era demasiado penetrante, como un fino taladro que le perforaba el cerebro. Cerró los ojos porque el dolor era insoportable. Una mano se puso en su hombro y se le escapó un alarido profundo. Escuchó la voz de su marido como un eco apagado al principio. Poco a poco supo que la estaba llamando mientras la abrazaba. Abrió los ojos. La luz de la habitación estaba encendida y no era su marido el que ocupaba la mecedora. Ella se mecía hacia adelante y hacia atrás con un bulto entre los brazos del tamaño de un recién nacido. Su marido le preguntaba preocupado qué estaba haciendo allí. Ella dejó caer el bulto al suelo que resultó ser un rulo hecho con una de las mantitas que habían comprado. Se quedó quieta mientras intentaba aclarar sus borrosos pensamientos. Pero no podía.

Su marido la llevó, sujeta por la cintura, hasta su dormitorio y la metió en la cama con suavidad. Ella le contó lo que había estado pasando las últimas noches. Él, como pudo, le explicó que no había sucedido así, en realidad era ella la que iba al cuarto del bebé. Pero eso no tenía sentido. Sin embargo, los ojos de su marido, preocupados y ansiosos por obtener respuestas, le obligaron plantearse que quizás le estuviese diciendo la verdad. Entonces, ella le miró muy seria. Tragó saliva y sintió cómo le dolía la garganta. Le confesó que no quería ser madre.

Dos semanas después, había un nuevo despacho en casa y una mecedora se vendía en una página de muebles de segunda mano.

Y ella dejó de levantarse por las noches.

 

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 18 de Septiembre de 2016

El juego

Los segundos pasaban demasiado despacio para las ganas que tenía de llevar a cabo su plan. Unas ganas contenidas durante las semanas posteriores al momento en el que tomó la decisión de acabar con la vida de su vecina, la que vivía en el edificio situado al otro lado de la calle y cuyas ventanas estaban situadas frente a las suyas.

La odiaba desde el mismo día en el que se mudó al mediocre apartamento que acababa de alquilar. Se cruzaron en la acera y él percibió, con toda claridad, la mueca de repugnancia que intentaba asomar entre sus labios y que ella controló sin éxito. Y pudo sentir cómo sus profundos ojos de color miel se esforzaban por no mirarle de reojo asqueada. Porque eso era lo que él solía despertar en los demás: desdén. Y ella no era diferente al resto del mundo.

Pero, tal y como comprobó a partir de ese momento, ella no iba a contentarse con eso. Siguió poniéndole a prueba y, día tras día, le permitía observarla a todas horas. Sus ventanas no tenían cortinas y no se escondía cuando salía desnuda de la ducha o cuando metía a algún hombre en su cama. Le torturaba de la manera más cruel que se podía imaginar. Le mostraba lo que nunca podría tener porque era un perdedor. Ella disfrutaba mirándole a los ojos desde el otro lado de la calle y mostrando, cada vez con más descaro, una sonrisa malévola sabedora de la crueldad que desprendía su desprecio hacia él.  Su expresión burlona se había instalado en su mente y, cada vez que intentaba dormir, la veía acercándose desde la oscuridad dispuesta a despedazar su alma.

Intentó mudarse, buscó otros apartamentos, pero había firmado un contrato y no podía permitirse incumplirlo. Estaba atrapado entre unas paredes que parecían encoger y unas ventanas que eran cada vez más altas. A veces sentía que su vecina podía agarrarle con solo alargar la mano. Pero eso era una locura ¿no?. Ella estaba al otro lado de la calle. Lejos de él.

Una noche, después de muchas en las que el sueño no llegaba, determinó que debía poner fin a ese suplicio. La maldad de aquella mujer debía recibir su castigo. Él no merecía ese trato vejatorio. Debía enseñarle quién era el que mandaba y quién marcaba las reglas. A la mañana siguiente, comenzó a apuntar los horarios de su vecina y a planear cómo iba a asesinarla.

Desde entonces habían pasado dos meses y, según su reloj, regresaría del trabajo en veinte minutos. Estaba tan impaciente, por poner en marcha el plan, que empezó a sentir la garganta seca. Se levantó de la silla y fue hacia la cocina. Sacó la jarra de la nevera y se llenó un vaso. Por el calor que hacía, varias gotas comenzaron a resbalar por el cristal. Se le alteró el pulso al recordar las gotas de agua recorriendo la piel morena y suave de su vecina mientras le observaba de pie a sólo unos metros de distancia. Intentó apartar esa imagen de su recuerdo, aún así, se le quitaron las ganas de tocar ese vaso y no bebió.

Regresó a su dormitorio con pasos rápidos. Decidió cambiar el plan. Se adelantaría y la esperaría dentro de su casa. Quería pillarla por sorpresa, notar la perplejidad en su mirada al comprobar que él era el verdadero ganador de aquel juego de locos. Pero al entrar en su habitación, se quedó petrificado. Ella había vuelto antes de tiempo. No. No podía ser. Estuvo valorando la posibilidad de dejarlo para el día siguiente, sin embargo, ya no podía soportarlo ni un día más. Lo haría esa noche o corría el riesgo de querer saltar desde la azotea. Pero todo parecía ponerse en su contra. Había invitado a un hombre a su apartamento. De acuerdo, entonces esperaría a que se marchara. Vio que empezaban a quitarse la ropa y que se metían en la cama. Lo que sucedió después hizo que su cerebro entrara en un espiral de la que no conseguía despertar.

Ella sacó un cuchillo y, con fuerza, se lo clavó sin piedad a aquel hombre varias veces, una y otra vez, hasta que él dejó de luchar por su vida. Ella se quedó sobre su cuerpo inerte. Mirándole a los ojos. Unos segundos después, salió de la cama y desnuda, vestida tan solo con la sangre de aquel desgraciado, se colocó frente a la ventana como siempre. Clavándole la mirada y sonriendo tan abiertamente que podía ver la mueca burlona por la que asomaba su perfecta dentadura. Él tragó saliva pero su garganta seca no pudo apreciar ningún alivio. El miedo se le enroscaba en el cuello como una soga áspera. Ella le hizo un gesto con la mano para que se acercara al cristal. Él, hipnotizado y bajo su voluntad, dio unos pasos hasta que pegó su rostro a la ventana. Y entonces, al ver la expresión de triunfo que transmitía su mirada, entendió lo que ella se había propuesto hacer con él. Le había convertido en su marioneta y seguiría jugando hasta que dejara de ser divertido. Y entonces llegaría su hora. Ella cortaría el hilo y él no sabría cuándo sucedería. O sí. Porque en el juego, a veces, puedes tener escondido un As en la manga. Él se alejó de la ventana y sonrió cuando estaba seguro de que no le veía. Ella no podría impedir que subiese a la azotea para lanzarse al vacío, no podría detenerle a tiempo porque, al fin y al cabo, ella vivía al otro lado de la calle. Había encontrado la manera de ganar la última partida de su vida.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 9 de Septiembre de 2016

 

Obsesión

Ana había quedado con Marcos en la parada de metro como siempre. Nada más sentarse en el vagón, cogió el móvil y se puso a revisar Facebook aprovechando que sólo tendría cobertura hasta que el tren hiciera la siguiente parada. Entró en la sección de noticias y buscó un nombre concreto. El perfil que visitaba obsesivamente desde hacía tres semanas. Había vuelto a encontrarse con Jesús después de casi diez años. De manera virtual, claro, pero sus caminos se habían cruzado de nuevo. Aunque su relación con Marcos era buena, no podía negar que se había obsesionado con Jesús otra vez. Revisaba las fotografías que compartía, a quién etiquetaba, qué lugares visitaba, qué comentarios hacía… Cada momento que tenía libre, lo utilizaba para ver lo que estaba haciendo. Como ahora.

Para su regocijo vio que Jesús acaba de actualizar su estado: “Con ganas de volver a casa. Subiendo al metro”. ¡Qué fuerte, como ella! Tendría cobertura otros pocos segundos, así que esperó a ver si él compartía algo más. ¿Y si se encontraran esa tarde? ¿Se iría con él y dejaría a Marcos tirado? Un poco radical ¿no? Aunque deseaba con muchas ganas que pasara. Quería a Marcos, pero ahora mismo eso era lo de menos. Sólo le importaba Jesús y que también acababa de subir al metro.

Las puertas del vagón se cerraron y el tren se metió en el oscuro túnel. Tal y como esperaba, su móvil se quedó sin señal. Ana se quedó un poco decepcionada al no poder saber si Jesús viajaba en la misma línea que ella. Bloqueó el teléfono, antes de meterlo en el bolso, y prestó atención a su alrededor porque no tenía nada mejor que hacer. Para su sorpresa, estaba sola. Inmersa en su pensamiento obsesivo no se había percatado de ello. Y que no hubiese nadie más no le gustaba. Se vio reflejada en la ventana que tenía enfrente. Se arregló el pelo y se preguntó si Jesús pensaría que estaba guapa. Resopló aliviada cuando el tren llegó a la siguiente estación. Esperó con cierta ansiedad que alguien subiese, pero no fue así. Tenía por delante otro minuto en el agujero negro del metro, y sin cobertura, en la más absoluta soledad. Empezó a agobiarse así que se miró los zapatos en busca de distracción. Sin éxito. Miró hacia la derecha para comprobar si se le había pasado que hubiese otro pasajero. Vacío. Giró la cabeza hacia la izquierda e hizo un gran descubrimiento. Había alguien al final del vagón, sentado en el mismo lado de asientos que ella. Estaba bastante lejos así que supuso que por eso no se había percatado de su presencia. Era un chico joven que miraba al frente muy quieto. Apenas podía distinguir si respiraba. ¡Qué tontería! ¿Cómo iba a  percibir nada a esa distancia? Le veía de perfil, de manera que era imposible saber el aspecto que tenía y eso aumentó su curiosidad. Ahora que se había relajado al tener compañía, imaginar cómo sería su cara supuso todo un reto para ella. Pero tuvo que dejar pronto el juego porque las luces del metro empezaron a parpadear y el tren se agitó dando fuertes tirones como si tuviese problemas técnicos. Ella se asustó y ahogó, por vergüenza, un pequeño grito de preocupación. Sin embargo, el servicio se restableció enseguida y ella, con una sonrisa divertida, buscó la mirada cómplice del otro pasajero. Pronto dejó de sonreír. El chico estaba en el mismo asiento pero ahora en el lado contrario. Podía ver su cara perfectamente. Era Jesús.

Se quedó atónita. Literalmente de piedra. Sentía su cuerpo tan pesado que no podía moverse. Acabó igual que él, inmóvil mirando al frente fijamente. Evitando que sus miradas se cruzaran sin ella haber decidido cómo iba a afrontar su encuentro. Claramente, era una gran coincidencia y una señal de que debía actuar. No le quedaba mucho tiempo. Pensó y valoró que, teniendo en cuenta que no había hablado directamente con Jesús, cabía la posibilidad de que él no sintiera lo mismo que ella. Habían intercambiado en Facebook varios me gusta, algunos me encanta y dos me divierte. Ni siquiera se habían escrito por privado. Con esa escasa información, podía pasar cualquier cosa. ¡Pero se habían encontrado en medio de un vagón… vacío! ¿No era eso una señal muy clara de que el Universo les había querido juntar y se había encargado de que tuviesen intimidad? Ella que había llegado a sentir que su obsesión con Jesús comenzaba a írsele de las manos y no podía entender ese suceso como otra cosa que no fuese que el destino había intervenido. La luz volvió a a funcionar mal. El vagón frenó con tanta fuerza que Ana casi se cayó del asiento. Tuvo que apoyar las manos en el suelo para no acabar con la cara aplastada.

El tren se quedó quieto y completamente a oscuras. Dos segundos. La luz regresó y descubrió que Jesús estaba sentado mucho más cerca de ella. Se levantó y dio un par de pasos hacia él pero algo la detuvo. Su instinto. Porque algo no marchaba bien. Teniéndole más cerca, era evidente que Jesús sí que respiraba, pero de una manera muy débil y apenas se notaba cuando se hinchaba su pecho. Muy débil, eso quiso creer. ¿Por qué había cambiado de sitio? ¿La había visto quizás? Sin embargo, no la miraba y no mostraba ningún interés por lo que sucedía a su alrededor. Ana se fijó para comprobar que no fuese que llevaba los auriculares puestos y por eso tenía esa mirada vacía. No.

Estaba preocupada. Intentó tranquilizarse pensando que en la siguiente parada bajaría y se reuniría con Marcos. Por otra parte, eso significaba que el tiempo para entablar una conversación de verdad con Jesús se acababa. Reunió valor y dio otro paso más hacia él. El tren se paró en seco y se quedó a oscuras. Esta vez, los segundos pasaban y el vagón no se iluminaba. Ana sacó el móvil para conseguir algo de luz. Entonces escuchó las respiraciones débiles de Jesús y detectó que éstas eran demasiado rápidas. Se imaginó el pecho de Jesús agitándose con ansiedad y eso le asustó. Así que se pensó dos veces lo de activar la linterna del móvil. No quería verle de esa manera. Probó otra cosa. Le llamó por su nombre. Pero no obtuvo respuesta. Deseó que la luz volviera y llegar hasta Marcos lo antes posible. Todavía estaban a medio camino de la siguiente estación. No le quedaba otra opción que activar la linterna del teléfono. Le temblaban las manos violentamente y le costó más de los que había previsto. Las respiraciones de Jesús seguían siendo lo único que se escuchaba en medio de la oscuridad. Finalmente lo consiguió y un haz de luz trazó un camino diagonal en el vagón. Jesús no estaba dónde ella recordaba. Asustada, giró la cabeza y le vio de pie, mirándola fijamente, respirando cada vez más deprisa. Ahora podía ver perfectamente como hinchaba el pecho y como resoplaba con fuerza. Ella volvió a decir su nombre. El tren dio un fuerte tirón y el móvil se le escurrió de las manos. Se agachó deprisa para recogerlo. Pudo ver cómo Jesús corría hacia ella cuando sus pies entraron dentro del rayo de luz que producía el teléfono.

Marcos observó cómo se iluminaba el túnel con la llegada del tren a la estación. Puntual como siempre. Buscó el vagón que siempre ocupaba Ana para recibirla con un apasionado beso. Últimamente parecía distante y estaba preocupado. Se colocó en un lateral mientras las puertas se abrían. Intentó distinguir entre los pasajeros el bonito rostro de Ana. Pero no la veía. De hecho, descubrió para su sorpresa que no iba en ese tren. Marcos sacó su móvil y revisó los mensajes. No había ninguno de ella. La llamó pero el teléfono de Ana estaba fuera de cobertura.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 29 de Agosto de 2016

 

 

18 años

Ana se acostó con una sonrisa. Cuando se levantase al día siguiente, tendría dieciocho años. Eso significaba mucha libertad de golpe: conducir un coche, beber alcohol, marcharse de casa de sus padres sin que la policía tuviese que llevarla de regreso… En cuestión de horas podría emanciparse, o lo que era lo mismo, cambiar el concepto escaparse de casa por irse sin más. Sin una nota de despedida y con las cosas que consideraba suyas: un chándal que le regaló su mejor amiga, dos libros que nunca devolvió de la biblioteca, agua, bocadillos, dinero y el peluche que heredó de su hermana Silvia poco antes de que la asesinaran.

 

Mientras estaba metida en la cama, vestida y con las zapatillas puestas bajo las sábanas, no pudo evitar sentir un escalofrío al recordar la noche en la que perdió a su hermana. Lejanas, pero cada vez más nítidas, empezó a escuchar los ecos de las últimas palabras que compartieron. Silvia le contaba los detalles de la fiesta que celebraría en casa, al día siguiente, con motivo de su décimo octavo cumpleaños. Asistiría prácticamente toda su clase y estaba muy emocionada. Sobre todo, porque el chico que le gustaba le había confirmado que también iría. Las dos se rieron con los nervios y la alegría adolescentes hasta que tuvieron que guardar silencio al escuchar unos ruidos terribles, metálicos, que venían del piso de abajo. Algo producía esos fuertes sonidos y, lo que fuese, parecía retorcer los cimientos de la casa. Las dos se miraron asustadas, pálidas, algo había entrado. Silvia gritó llamando a sus padres, pero nadie contestó. Ana, siguiendo las indicaciones de su hermana, se escondió debajo de la cama tan rápido como pudo, tropezando y cayendo de rodillas por la tensión. Silvia le ordenó que, pasara lo que pasara, no saliese de allí. Ana dijo que sí con un susurro porque su respiración agitada no le permitía hablar más alto. Agachada, vio cómo los pies descalzos de su hermana se acercaban con prudencia a la puerta del dormitorio que estaba entreabierta y se quedó quieta a escasos centímetros. Hasta que dio un pequeño salto hacia atrás al escuchar los desagradables sonidos otra vez.  Ahora más fuertes y más cercanos, pero ya no eran metálicos, algo húmedo y viscoso parecía arrastrarse por el pasillo hacia su habitación. Ana, aterrorizada, se tapó los oídos. Silvia se alejó todavía más de la puerta y se asomó para pedirle con un gesto que guardara silencio. Le sonrió con la clara intención de tranquilizarla pero no funcionó. Y entonces, inesperadamente, hizo una temeridad y abrió la puerta de par en par. Ana no tuvo tiempo de impedirlo y ahogó el profundo alarido que emergía de su pecho al ver unos hilillos de sangre descendiendo por las piernas de Silvia.

Una mancha de color rojo brillante que se extendía con rapidez se acercó al cuerpo oculto de Ana que sentía que estaba a punto de perder el control. Pronto la sangre dejó de preocuparle porque instantes la cabeza de su hermana cayó rodando por el suelo. Jamás olvidaría esos ojos inertes y el espanto que reflejaba su rostro. El cerebro de la niña intentaba racionalizar lo que estaba pasando pero no podía. Entonces, unos cánticos repetitivos, que no escuchaba con claridad, empezaron a resonar en el pasillo. En toda la casa de hecho. Ana sentía que el miedo le asfixiaba, como si su pecho estuviese siendo aplastado por una gran piedra, y se desmayó al darse cuenta de que no era algo, no era uno solo, porque pudo distinguir dos voces. Cuando despertó a la mañana siguiente, descubrió que estaba metida en su cama y no había rastro de sangre en el suelo. Por un instante, pensó que todo había sido un sueño pero enseguida comprobó que Silvia no estaba en la cama. Ni en ninguna parte.

 

A partir de ese día, tuvo que superar el dolor por la pérdida de su hermana y por la de sus padres. Porque ellos, que siempre habían sido cariñosos y atentos, habían muerto también para ella tras convertirse en sanguinarios asesinos. Llegó a esa conclusión por las mentiras que lanzaron sobre la desaparición de Silvia y todo el teatro que hicieron fingiendo dolor de puertas para afuera. Aunque seguían teniendo el mismo aspecto, ella sabía que no eran sus padres. Desconocía lo que había sucedido en realidad, pero no eran ellos. De puertas para adentro, empezaron a vivir aislados en el sótano, dónde instalaron una cama, un sofá y un televisor. No sabía lo que hacían allí exactamente. Sólo escuchaba, algunas noches oscuras, los terribles cánticos que la niña no entendía. Nunca más le hablaron ni se preocuparon por ella. Simplemente parecía que se estuviesen limitando a esperar. ¿Hasta cuándo? Según la teoría de Ana, hasta que cumpliese los dieciocho años y llegase su turno para morir. Precisamente hoy el tiempo se había agotado y era el momento de escapar porque se cumplía su décimo octavo cumpleaños.

 

Tantos pensamientos estaban resultando peligrosos, la distraían demasiado. Salió de la cama y sacó la mochila que tenía escondida debajo de la cama. No encendió la luz, así se sentía protegida por la oscuridad y los rayos de luna que entraban por la ventana eran suficientes para no tropezar. Pero mientras se la colgaba en la espalda, escuchó los sonidos metálicos que tan bien recordaba de la noche en la que Silvia murió decapitada y que tanto espanto le producía volver a oír. Sabía qué significaban, el ritual había comenzado.

 

Los cimientos de la casa se estremecieron como mucho tiempo atrás. Ana acabó de ponerse los tirantes de la mochila y abrió la ventana. No podía perder ni un segundo. Por el sonido próximo de las voces y sus movimientos húmedos y pegajosos, supuso que los dos seres habían llegado al pasillo. Ana, sin pensárselo, saltó al jardín intentando rodar en el suelo para no hacerse daño. Pero no lo pudo evitar. Se había lastimado el tobillo. Lanzó un alarido de dolor y desesperación maldiciendo su suerte. Entonces vio, desde abajo, a dos sombras entrando en su habitación. Lo que alcanzaba a ver, a través del cuadro de la ventana, no era muy nítido pero sí lo suficiente para entender algunas cosas. Las sombras se movían con rapidez, lanzando alaridos frustrados. Levantando y moviendo los muebles buscándola. Hablando entre ellos con un lenguaje que no era humano. Las figuras proyectadas comenzaron a cambiar de forma. Crecieron hasta alcanzar el techo. Y en sus cuerpos amorfos crecieron otro par de brazos que se agitaban como tentáculos. Ana se quedó inmovilizada por el espanto hasta que distinguió dos pares de ojos rojos, enormes, que se asomaron al jardín buscándola. Unos ojos que no podían pertenecer a ningún ser humano. Con eso ya tenía más que suficiente y Ana echó a correr todo lo deprisa que le permitía su tobillo magullado. Se alejó sin mirar atrás.

 

Las dos criaturas emitieron intensos gruñidos que agitaron las copas de los árboles. Estaban frustradas, temerosas, pues necesitaban el sacrificio para poder seguir con vida. Deberían buscar una sustituta para Ana. Podrían esperar, al fin y al cabo, era cuestión de tiempo que la encontraran. La búsqueda empezaba esa misma noche.

 

© Esther Paredes Hernández

27 de Agosto de 2016

Ruptura

Iba a morir y había decidido no resistirse.
Él pensaba acabar con su relación. Parecía haber olvidado la cantidad de obstáculos que habían superado juntos los últimos tres años. Y ese amor iba a morir porque él no pensaba darle una oportunidad. Llevaban tanto tiempo solos que sus sentimientos se habían transformado en una enfermedad.

No quería retrasarlo más y subió al primer piso, sintiendo que el pecho le ardía por el miedo y las piernas le temblaban, hacia el dormitorio. La puerta estaba cerrada. Atrancada por un mueble que colocó ella misma hacía una semana. Pronto escuchó los arañazos. Se mareó. Al acercarse a la puerta le llegó el olor que él emanaba. Demasiado calor los últimos días. Él también la percibió y comenzó a dar gruñidos y golpes frenéticos.

Despejó la entrada del dormitorio. Él parecía escuchar atentamente lo que estaba pasando. Intentando adivinar sus intenciones. Ella cerró los ojos y se propuso abrir la puerta. No llegó a hacerlo. Él salió como una ráfaga de aire putrefacto directo a comerse su garganta. Habían roto para siempre. Ella no gritó, tan sólo tuvo tiempo de decirle:

­­–Siempre te querré.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Agosto de 2016