Monstruosa Navidad

Me cuesta confiar en las personas porque no soporto las mentiras y no soy muy bueno detectando la hipocresía. Durante años creí que mi madre me quería hasta que intentó matarme el día de Navidad. Si no fui capaz de detectar sus instintos asesinos hacia mí, mucho menos distinguir cuando un desconocido intenta engañarme. Así que decidí no tener amigos y dejar de lado la sociabilidad.

De todas maneras, no tengo muy claro si mi aislamiento es voluntario o una maldición. Desde que recuerdo, mi fealdad siempre ha provocado el alejamiento de los demás. Soy tan deforme que las enfermeras lloraban cuando me tenían en brazos, y lloraban también cuando me dejaban de nuevo en la cuna. Pues sabían que cuando volviesen a tenerme en su regazo seguiría siendo un monstruo. Un inocente bebé monstruoso.

Entiendo la repulsión que le provocaba a mi madre, yo mismo soy incapaz de mirarme en el espejo sin sentir un escalofrío. Sin embargo, mis emociones son como las de cualquier otro. Y mi cerebro funciona de la misma manera por lo que suelo olvidar mi drama con facilidad. Sólo recuerdo que no debo confiar en los demás cuando me veo reflejado en un cristal. Les comprendo, mi aspecto físico les empuja a tratarme con crueldad.

Como la vez en que una vieja me empujó para impedir que subiera al autobús.  O cuando un grupo de jóvenes me propinaron patadas hasta dejarme inconsciente. Por supuesto, grabaron la paliza con sus móviles y el video se convirtió en viral. Se ve que les gustó la experiencia y continuaron agrediendo a otras personas indefensas. Pero ningún video ha tenido tantas visualizaciones como el mío. Está bien ganar de vez en cuando.

Yo también me daría de golpes si coincidiera conmigo mismo en la calle. Mis ojos están cubiertos por venas demasiado hinchadas, tengo la nariz torcida, los dientes amarillos y demasiado grandes y… lo peor… mi cuerpo está cubierto por una piel escamosa, de un extraño y horrendo color verde. Ni yo soporto tocarme.

Creo que mi madre decidió acabar conmigo porque no conseguía obligarse por más tiempo a acariciar mi cara o darme los típicos abrazos maternales. La mañana de Navidad, mientras me tomaba mis cereales, agarró con fuerza uno de los cuchillos de trinchar la carne y corrió hacia a mí mientras gritaba como una loca. Recuerdo que pensé que sus alaridos sonaban a liberación. Demasiados años de dolor. Me quedé observándola con la boca abierta mientras el cereal se caía de la cuchara para refugiarse en el bol de la leche. Cerré mis ojos hinchados dispuesto a no resistirme. Mi madre es la persona a la que más he amado en mi vida.

El azar evitó que lo consiguiera. Resbaló y cayó sobre el cuchillo de cocina desgarrándose la yugular sin que yo pudiese evitarlo. Me abalancé aterrado sobre ella mientras se desangraba. Me acarició con repugnancia una última vez. Sus ojos se volvieron vidriosos y supe que me había quedado en la más absoluta soledad.

Qué me espera ahora.

Han pasado dos días y no puedo apartarme del cuerpo inerte de mi madre. Es lo único que tengo. A ella hinchándose en medio de la cocina. En sus últimas Navidades. He dormido a su lado estas noches, agarrado a su cintura como cuando era pequeño. Ahora está rígida y tiene un tacto extraño. Observo el techo pidiendo una oportunidad más. Un último llamamiento al universo para que me la devuelva.

Siento que me desmorono, que me desmonto como las piezas de una torre de bloques infantiles, algo se ha roto dentro de mí sin remedio. Es la única persona que he tenido a mi lado. Mi piel verde se seca sin sus abrazos.

Sé que hay una vecina que escudriña a través de las ventanas. La sirena de la policía se escucha llegar desde el otro lado de la calle. No quiero que se la lleven. Por favor no soporto la idea de quedarme sin ella. El cuchillo todavía lo tiene entre los dedos. Se los voy a romper para cogerlo. No pienso permitir que nos separen. Es una crueldad que no pienso tolerar. Esta vez no lo entiendo. El mundo nunca me ha dado nada, no lo he pedido, pero no voy a dejar que me lo quiten todo, que me la quiten.

Por primera y última vez en mi vida seré el monstruo que todos creen que soy.

Barcelona, 20 de Diciembre de 2017

Terminado a las 18:07h

 

Navidad en rojo

Si nadie le había visto nunca ¿por qué todos pensaban que Santa Claus era un viejo regordete y bonachón al que le gustaba vestir con terciopelo rojo?

Ella pensaba en él como un anciano decrépito de piel acartonada y cubierto de arrugas. Con manos alargadas y dedos finos como ramas negras. De dientes amarillentos y una lengua áspera. Un ser que entraba por la noche a hurtadillas para vigilar las maldades infantiles. Si su aspecto era una incógnita, ella tenía todo el derecho del mundo para imaginárselo como le viniera en gana. Al fin y al cabo, Santa Claus pertenecía a toda la humanidad.

Había llegado la Nochebuena y estaba sola en casa pues no tenía ningún interés en celebrar la Navidad. Sin embargo, era imposible escapar de ella del todo así que había decorado el árbol sin las luces de colores como señal de rebeldía. Para pasar la noche lo más distraída posible, se había preparado una buena dosis de películas, llenado su despensa de bolsas de snacks y la nevera de refrescos. Había encendido sólo la lámpara de lectura y algunas bonitas velas doradas. Llevaba puesto el pijama de cuadros rojos y, encima, una esponjosa bata de color beige. Renunciar a la Nochebuena no significaba dar la espalda al confort hogareño.

Cogió un bol amarillo y lo llenó de palomitas de microondas. Sacó del frigorífico una botella de dos litros y medio de coca-cola y un gran vaso de color naranja del armario de la cocina. Caminó arrastrando las pantuflas acolchadas y se sentó en el sofá. Cruzó las piernas, adoptando la posición de un profesor de yoga, y agarró el mando. Seleccionó el clásico “Que bello es vivir” y pulsó el play. En unos segundos, el título aparecía en la pantalla de su televisor y surgían las primeras imágenes en blanco y negro. Con emoción, cubrió sus rodillas con su suave manta roja y empezó a comerse las palomitas de maíz.

Después de una hora, el bol estaba vacío y el sofá estaba cubierto de pañuelos de papel húmedos después de secar lágrimas y mocos. No quería reconocerlo pero estaba más triste de lo que quería admitir. No debería haber empezado la noche con esa película. La sustituyó por los Gremlins, otro clásico.

Sin embargo, fue una decisión terrible que le llevó a acordarse de él. De la primera vez que fueron al cine, precisamente a ver esta película. Otra vez se puso a llorar, esta vez por los recuerdos de un amor imposible.

Apagó la tele y escuchó a los vecinos de al lado cantando villancicos para celebrar la Nochebuena. Y, por un instante, sus vidas se fundieron con la suya. Imaginaba que ellos eran su familia  y que no estaba sola aquella noche tan larga. La estrategia mental pronto dejó de funcionar y el desánimo se apoderó de ella de nuevo. Maldijo a Santa Claus por ser el origen del desapego que sentía por la Navidad.

Ella desconocía los motivos pero en su infancia nunca le regaló lo que le pedía en aquellas largas cartas escritas con caligrafía infantil. Y eso que se esforzó siempre por portarse bien en la escuela, por obedecer a sus padres y querer a sus hermanos. Sin embargo no hubo deseos concedidos para ella debajo del árbol. Su padre no dejó el alcohol, su madre no recuperó las ganas de vivir y sus hermanos no entendieron que merecían un futuro mejor… Deseaba con todas sus fuerzas un hogar feliz y Santa no se lo concedió.

Así que abandonó la esperanza  de tener una familia con la que celebrar las Navidades, con la que sentirse a salvo. Y apartó definitivamente la ilusión después de que el amor de su vida la dejara. Desde que se marchó, comenzó a vagar por la ciudad como un alma en pena. Pasando las noches en vela porque el corazón le dolía con cada palpitación hueca que nacía de un recuerdo suyo.

La pena pesaba demasiado y ya no soportaba más la alegría de sus vecinos así que les gritó, golpeando la pared, para que dejaran de cantar y de restregarle su felicidad. Pero resultó inútil, aunque no le sorprendió, al fin y al cabo ¿quién iba a escuchar sus deseos? ¿Santa Claus?

Pero necesitaba intentarlo una vez más. Porque se sentía al borde del abismo esa noche. Quizás podría probar una última Nochebuena. Así que decidió escribir unas líneas en el único pañuelo de papel que le queda seco. “Por favor, quiero que vuelva a casa. Quiero que esté conmigo esta noche.” No firmó la carta, Santa no necesitaba que lo hiciera porque sabía quién la escribía, él lo sabe todo ¿no?

Abrió la ventana, cerró los ojos mientras un ligero viento helado acariciaba sus párpados y dejó que el pañuelo se alejase hacia el cielo transportado por una corriente de aire como si se tratara de una paloma blanca. Pensó que Santa Claus la escucharía y que, por una vez en su vida, le llevaría el regalo que había pedido. Para que estuviera orgulloso de ella, colocó las lucecitas alrededor del árbol y las encendió. Comenzaron a parpadear como pequeños estallidos de alegría.

Entró en su habitación y, tras dejar la puerta entreabierta, se metió en la cama con una agradable esperanza en su interior. Escuchaba de fondo, ahora animada, las canciones de sus vecinos que traspasaban las paredes. Tumbada, se quedó de lado mirando el reloj de la mesita. Eran las once y media de la noche. Pensó en su carta atravesando las nubes y llegando hasta el trineo mágico de Santa que estaría acercándose a la ciudad. Vale, la había mandado en el último momento pero la magia no sabía de tiempos ni de límites. Se quedó dormida sin darse cuenta.

Una ventana se cerró en el salón, un poco más fuerte de lo normal, y se despertó. El reloj marcaba ahora las dos de la madrugada. Estaba segura de que Santa Claus había entrado en su casa. ¿Cuál era el ritual? ¿Debía quedarse en la cama hasta que fuese por la mañana y descubrir su regalo junto al árbol?

Pero estaba impaciente así que se sentó en el borde. Pudo escuchar con claridad cómo Santa depositaba varios paquetes en el suelo. Esto la desconcertó un poco. Y también la enfureció porque, de nuevo, había vuelto a fallarle y no le había concedido el regalo que había pedido. Salió al salón dispuesta a aclarar las cosas cuando distinguió la sombra de un ser encorvado que llegaba hasta el techo y que tenía la consistencia de un árbol muerto al que han cubierto con una sábana de terciopelo rojo sangre.

Santa Claus salió como una exhalación por la ventana dejando la casa en silencio tras él. Ella corrió siguiéndole y se asomó a la calle sin encontrarle. Miró hacia el cielo y nada, no había rastro de aquel viejo decrépito ni de su trineo hortera. Mientras volvía a sentirse defraudada, se percató de que los pies se le humedecían y eso le hizo prestar atención al suelo. Algo le estaba mojando los calcetines. Se dio cuenta de que había, por lo menos, cinco paquetes de diferentes tamaños. Se acercó y agarró uno mediano. Notó que un líquido se escapaba entre el papel brillante oscureciendo la cinta roja que lo rodeaba.

Las luces del árbol le permitieron reconocer que los paquetes contenían algo que se estaba deshaciendo y que había una gran mancha alrededor del árbol. Con el regalo en las manos todavía, se acercó al interruptor y encendió la lámpara grande del techo. Entonces se puso a temblar, de una manera tan incontrolable que el paquete se le cayó al suelo produciendo un sonido hueco. Del golpe, y también por lo mojado que estaba, se rompió, prácticamente se deshizo mostrando lo que contenía. Lanzó un alarido al comprender que Santa Claus había satisfecho su petición.

Horrorizada por el descubrimiento, desgarró el papel del resto de los bultos brillantes. Con todo lo que sacó pudo montar, como si de un puzzle se tratara, el cuerpo inerte del amor de su vida.

Entre la sangre y los pedazos de papel de regalo apareció su pañuelo de papel manchado de rojo con un mensaje para ella: “Hubiera preferido entregar el regalo en mejor estado. La próxima vez manda antes la carta. Tu regalo se ha resistido y no tenía tiempo para negociaciones. Es para ti, disfrútalo. Atentamente, Santa Claus”

Esther Paredes Hernández

24 de Diciembre de 2016