Dentro

Dentro no había nada.

Recorrió el largo y amplio pasillo mientras revisaba, habitación por habitación, si quedaba algún resto de las personas que habían habitado aquel lugar. Ya sabía la respuesta.

La luz que penetraba desde el exterior era insuficiente para iluminar los rincones de la casa. Que, por cierto, estaba llena de ellos. Rincones sucios, orinados, que olían a ratas.

El silencio era aplastante y le reconfortaba. Ni cantos de pájaros a lo lejos ni suaves susurros del viento atravesando las ventanas rotas. Relajó la espalda y el cuello con ligeros movimientos circulares como si de un luchador se tratara.

Aquella enorme y hermosa casa estaba vacía. Como él. Se encontraba en mitad del pasillo sin mochila, sin móvil. Había cargado hasta allí con una buena maza para derribar las paredes.

Hizo crujir sus dedos. Cogió el mango de la maza y lo estranguló con fuerza dispuesto a destrozar aquella casa hermosa y maldita que se lo había arrebatado todo.

Su mujer fue la primera en encontrarla. Había salido a dar un paseo y la descubrió por casualidad. Eso es lo que los dos creyeron entonces. Le sorprendió una tormenta que apenas le permitía ver por dónde pisaba. Acabó perdida y desesperada. Al toparse con la casa, que podía servirle de refugio, se sintió muy afortunada.

Cuando el cielo se despejó, la luz comenzó a entrar por puertas y ventanas. Ella pudo admirar de inmediato la grandiosidad de los detalles decorativos de la casa. Los techos altos, los arcos que formaban las puertas y las robustas paredes. Comenzó a hacer fotos de todo lo que le llamaba la atención y regresó a nuestro hogar entusiasmada.

Al día siguiente, fueron juntos y tuvo que darle la razón: era magnífica. Hicieron más fotografías de aquel lugar compuesto por una amplia planta baja llena de habitaciones y un piso superior al que no se podía acceder porque la escalera estaba en un pésimo estado.

Por la noche, acurrucados en la cama, revisaron juntos las imágenes que habían tomado. Ella estaba agotada y se quedó dormida antes. También había estado muy callada durante la cena. Quizás el agua de la tormenta le había provocado un resfriado.

Él continuó mirando el material que habían conseguido aquella tarde. Descubrió algunas instantáneas extrañas. Se veía claramente a su esposa, cámara en mano, en el marco de la puerta de una de las habitaciones. Y junto a ella aparecía una mujer. Para ser honestos, era más bien una sombra que parecía pertenecer a un ser femenino.

Aquella extraña silueta oscura sólo aparecía en las fotografías tomadas en esa habitación en concreto. Y se le veía tan próxima a su mujer que prácticamente estaba sobre ella. De hecho, en la última, parecía sujetarle del hombro y estar hablándole al oído.

Él olvidó conscientemente ese hallazgo, que le ponía los pelos de punta, porque ella pasó dos días con fiebre y no quiso sacar las cosas de quicio para no molestarla en ese estado. A veces, nuestros propios miedos pueden desvelar verdades que necesitan salir a la luz por muy horribles que sean. Prefirió mirar hacia otro lado y no volver a ver aquella sombra que se cernía sobre su mujer y que, de alguna manera, había empezado a cambiarla.

Durante ese estado febril, ella conversaba con alguien en la oscuridad del dormitorio. Delirios justificó él. Gimoteaba en sueños y, en más de una ocasión, se despertó en medio de alarmantes alaridos llenos de terror. Delirios.

Pocos días después de que se recuperara, su mujer llegó a casa con los brazos llenos de sangre y la mirada perdida. Él, alarmado, llamó a la policía. Ella no recordaba gran cosa, tan sólo que había vuelto a la vieja casa y después, sin saber cómo, estaba frente a su marido manchada de sangre. Cuando le limpiaron los brazos descubrieron que la sangre era suya y que procedía de unos profundos cortes que formaban la palabra Vuelve en sendos antebrazos.

Ella estaba confusa y muy preocupada. Le daba pavor no poder acordarse de lo que había sucedido durante las horas que pasó en interior de aquella casa. Pero él, aconsejado por la policía, le convenció de que todavía estaba débil por la fiebre y que lo mejor sería no volver a ese lugar que tanto parecía impresionarla.

Después del suceso, su mujer acudió a un terapeuta por iniciativa propia y, tras unas pocas sesiones, todo quedó olvidado. O eso quiso creer él. Una noche se despertó y ella no estaba en la cama. Tras buscarla por toda la casa, supo muy bien dónde debía buscarla. Le daba miedo admitirlo, pero la amaba y su obligación era salvarla de sí misma o de aquella sombra malvada que ansiaba arrebatársela.

Dejó el coche en la entrada del sendero. Las hierbas altas y los árboles curvados no le permitían llegar con él hasta la puerta. La noche era fría pero no lo notaba. Sólo pensaba en encontrarla a salvo y que no fuese tarde. Cogió la linterna y comenzó a gritar el nombre de su mujer. Silencio. Estaba temblando y apretaba tanto la mandíbula que podría haber roto sus dientes con sólo un poco más de fuerza.

Entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación en la que las fotografías habían mostrado aquella figura. Y allí estaba su mujer. Desnuda. Envuelta en la más absoluta oscuridad. Llevaba en las manos gran tornillo retorcido y oxidado con el que escribía algo en su piel.

Corrió hacia ella y vio que había trazado la palabra Vuelve, esta vez, por todo su cuerpo. Incluso había pintado este mensaje por las paredes también desnudas y con su propia sangre.

Él intentó quitarle el tornillo de las manos. Pero ella se resistía. Con los ojos opacos. Porque su mente estaba a quilómetros de allí. No se hallaba en aquel lugar y él no se sentía capaz de averiguar dónde estaba atrapada.

Ella soltó un alarido y le dio un empujón que le hizo caer hacia atrás. El tiempo justo para que se clavara el tornillo en los ojos hasta destrozarlos. Con el cuerpo y el rostro ensangrentados comenzó a caminar lentamente hacia él. Se movía con los brazos extendidos y una expresión extraña en la boca. Él no pudo soportar más horror y apagó la linterna.

Escuchó que se detenía a escasos pasos de él y que caía desplomada en el suelo. Encendió la linterna y la vio en el suelo con el tornillo clavado en la yugular. Estaba agonizando delante de él. Las piernas se agitaban con los últimos movimientos previos a la muerte.

Y acabó todo.

Vuelve.

Tardó un tiempo en darse cuenta de que el mensaje era para él. A él era a quién esperaba ese terror nocturno en aquella casa que se lo había quitado todo por ser un cobarde. Pero ya no. Y eso era lo que había hecho, regresar.

Dio el primer mazazo en una de las paredes en las que todavía había restos de la sangre de su mujer. La pared gritó. La casa entera gritó. Pero él no se detuvo y golpeó de nuevo. Quería que saliera. Quería verla.

Sintió que alguien ponía su mano inerte y helada en su hombro. Clavándole las uñas hasta rasgarle la carne. No le importaba el dolor. Ya no. Giró el rostro hacia ella y se encontró cara a cara con sus ojos enrojecidos, enloquecidos, con la fiereza de la venganza. Ella abrió su boca llena de gusanos y él levantó la maza. La oscuridad se cernió sobre él como un remolino.

Semanas después, una pareja de excursionistas encontró su cuerpo desnudo tirado en el suelo del amplio pasillo. Hinchado. Gris. En un lecho de sangre seca. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y era evidente que había muerto a causa de un fuerte golpe en la cabeza que le había destrozado el rostro.

Lo que no entendieron fue lo que parecía ser una especie de mensaje que había intentado escribir antes de morir. No vuel_

Debatieron, aquella noche mientras intentaban alejar el horror que habían descubierto, si ese pobre hombre habría intentando advertir a quién le encontrara de que no volvieran a aquella casa.

Pero lo hicieron. Primero, ella regresó. Y, más tarde, cuando ella apareció desangrada, él.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 13 de Mayo de 2017

Terminado a las 19:45 h

Una casa con jardín

El día anterior había estado lloviendo durante horas, sin tregua. Una ligera cortina de agua había transformado en barro la suave tierra de los caminos. Era sábado y se había levantado temprano para disfrutar de algo de intimidad hasta que la casa se llenara de juegos y protestas de niños. Sintió un ligero escalofrío mientras se asomaba al dormitorio infantil para comprobar que sus hijos dormían tranquilos ajenos a todo. Se puso su vieja chaqueta de lana gris y se preparó un café con leche a la vez que revisaba el estado de la batería de su cámara.

Intentando no hacer ruido, se vistió con un viejo pantalón de lana negro, se puso unos calcetines gordos y se calzó sus botas de piel marrón oscuro. Eran sus botas preferidas, las que utilizaba para explorar caminos que ya no se transitaban y que estaban invadidos por hierbas que le llegaban hasta las rodillas y cuyos márgenes estaban formados por árboles secos que intentaban arañarla.

A ella le gustaba pensar que eran sus botas de buscar tesoros que esperaban ser encontrados. Lo que no sabía aquella mañana, mientras daba el primer sorbo a su leche caliente, era que estaba a punto de dar con el hallazgo más importante de su vida. Un encuentro que lo cambiaría todo para siempre.

Salió de la casa llevando consigo sólo la pequeña mochila de la cámara. Antes, les había dado un beso a los niños con cuidado de no despertarles. Observó el cielo gris sin sentir inquietud pues a los buenos misterios les gusta rodearse de una atmósfera turbia, envolverse en una ligera niebla para que no ser descubiertos con facilidad.

Así que sonrió mientras caminaba bajo ese cielo infinitamente grisáceo. Sus botas le ayudaban a dar pasos con seguridad sin necesidad de esquivar el barro de los charcos. Anduvo hasta el final del pueblo y siguió la carretera secundaria hasta llegar al punto en el que ésta se transformaba en un sendero sin asfaltar. Ese era el punto en el que comenzaba la magia y el mundo se transformaba en un lienzo creado por ella para ella.

Para su sorpresa, a escasos metros, emergió una pequeña sombra de entre los árboles que resultó ser un perro escuálido de color canela. El animal no le prestó atención y continuó su camino como si nada recorriendo el sendero delante de ella. Preparó la cámara y le siguió animada mientras le hacía fotos.

Perdió la noción del tiempo mientras recorrían juntos aquella linea de tierra que tenía forma de serpiente. Sin esperarlo, el animal giró hacia otro camino lateral en el que ella nunca había reparado. Esta vez sí que aparecieron árboles altos, antiguos, porque era la entrada a una gran casa en ruinas. Se quedó con la boca abierta contemplándola pues nunca habría podido imaginar algo tan hermoso. Observó con agrado las piedras del muro que la rodeaba y la espléndida puerta de madera y hierro que daba paso a un gran jardín que seguro que antaño tenía la misión de encandilar a los invitados. Abandonado y descuidado, ahora estaba dominado por grandes matorrales y zarzas llenas de espinas. Con un par de empujones, consiguió que la vieja puerta cediera y poder entrar.

Divisó al perro sorteando los peligros del jardín mostrando que era conocedor del lugar y que sabía cómo atravesarlo sin hacerse daño. Siguiéndole comenzó a hacer zigzag hasta dar con la entrada de la casa. Decepcionada, observó que una gruesa cadena con candado había sustituido a la cerradura.

Escudriñó la fachada en busca de algún hueco o agujero que le permitiera pasar al interior. Descubrió que uno de los ventanales del primer piso tenía roto uno de los cristales. Si era capaz de encontrar la manera de subir hasta él, podría entrar. En estos pensamientos estaba entretenida cuando una sombra que tenía forma humana se asomó por ese mismo ventanal.

Ella dio un respingo y fijó la vista intentando distinguir quién era. La silueta no se movió. Pensó que sería algún reflejo en el cristal pero se dio cuenta de que el perro se había sentado y que observaba como si esperase una orden de aquella sombra. El animal estaba viendo lo mismo que ella. La mujer miró de nuevo hacia el ventanal y le pareció que la figura le hacía un gesto invitándola a entrar.

Ella le dedicó al perro una mirada preguntándole qué debía hacer, porque parecía todo una locura, pero el animal se limitó a tumbarse en el suelo y a lanzar un hondo suspiro. Decidió que su imaginación le había jugado una mala pasada y se dispuso a encontrar la manera de cruzar aquellas paredes. No estaba dispuesta a irse de allí sin ver el interior de la casa.

En ese preciso instante podría haber tomado la decisión correcta si se hubiese marchado, sin embargo, el jardín parecía haber ocultado la puerta de la salida y la atmósfera se había vuelto densa a causa de una niebla que confería al ambiente el halo de ensueño del que tanto le gustaba a ella envolverse. Parecía que aquella majestuosa villa pretendía aislarla del mundo y lo había conseguido. Ya no podía pensar en otra cosa que no fuese en entrar y ni siquiera valoró el hecho de que sus hijos se habrían despertado y la esperaban en casa.

Recorrió las paredes exteriores acariciando las piedras y el musgo rugoso, mientras fotografiaba los detalles ornamentales de la fachada elegidos con tanto acierto por los dueños. Al darle la vuelta a la casa, halló por fin una pequeña y humilde puerta trasera. Estaba abierta y daba paso a la cocina.

Se sorprendió gratamente al comprobar que, tal y como imaginaba, el mobiliario y la decoración no habían sido alterados. La escena era evidentemente fantasmagórica pero eso era lo que ella llevaba buscando desde hacía años y lo había encontrado gracias al perro vagabundo. Abrió una ventana y tuvo luz suficiente para empezar a hacer fotos.

Cuando terminó con la cocina, pasó al salón y abrió los ojos y la boca a la vez. Le pareció increíble la gran chimenea que lo presidía y la exuberante escalera que invitaba a subir a la planta de arriba. Hizo un par de disparos cuando, revisando los ajustes de la cámara, detectó en una de las imágenes un bulto al pie de la escalera. Miró pero a simple vista no distinguió nada. Enfocó adrede con la cámara hacia allí e hizo un par de fotografías más. Al repasarlas pudo comprobar que, efectivamente, aparecía una silueta oscura. Sin embargo, no parecía la misma que, minutos antes, le había parecido distinguir en la ventana.

El perro había entrado en la casa sin hacer ruido y se sobresaltó al verle a su lado. Otra vez, estaba observando muy atento hacia donde se situaba la sombra. Movía la cola y subió la escalera trotando animado. De nuevo, ella podía haber valorado bien las opciones pero acabó siguiéndole.

La escalera acababa en un pasillo lleno de puertas. Había cinco dormitorios por lo menos. O eso era lo que ella creía. Calculó en cuál estaría la ventana por la que había visto la primera silueta y se dirigió hacía allí. El corazón le iba muy deprisa cuando agarró el pomo de la puerta, que estaba helado, para entrar. No había rastro del perro.

De repente, empezó a sentir que el ambiente se había enrarecido y había dejado de resultarle placentero. Se dio cuenta de que el silencio que reinaba en la casa era estremecedor y tan profundo que podía escuchar sus propios latidos. Agudizó los sentidos en vano porque no se oían ni los típicos crujidos de la madera ni el viento atravesando las ventanas rotas. Estaba completamente sola en medio de aquel pasillo sujetando el frío pomo. No quería seguir en esa casa pero era incapaz de rechazar la oportunidad de atravesar el umbral que separaba el secreto oculto de la verdad.

Empujó despacio la puerta y comenzó a divisar lo que ella había supuesto que era un dormitorio. Pero no encontró una cama, sino una gran mesa de madera con una considerable mancha oscura en el centro. Una mancha que se extendía hasta las patas de la mesa. Sobre ella, se suspendían unos grandes ganchos de carnicero que colgaban de una larga barra de hierro. Los ganchos se mostraban inmóviles mientras ella los observaba entre la fascinación y la repulsión pues podía imaginar para qué los habían utilizado.

Enfocó la cámara para fotografiar los rincones llenos de grandes plásticos sucios y un armario empotrado que contenía todo tipo de cuchillos y extraños utensilios que prefirió no pensar qué podía hacerse con ellos. Se aproximó al mismo ventanal por el que la supuesta sombra la había observado y miró hacia el jardín. Le pareció distinguir entre la maleza a un hombre robusto arrastrando un gran bulto. Atónita pronto entendió que lo que trasladaba era el cuerpo de una joven que luchaba por liberarse.

Ella gritó y golpeó los cristales llamando su atención, quizás al verse descubierto dejara en paz a la chica. Sin embargo, fue en vano. Él miró hacia arriba y le dedicó una amplia sonrisa malévola. Después, continuó llevando a la fuerza a su pobre víctima cuyos alaridos fueron aumentando en intensidad hasta conseguir llenar el silencio de la casa con ellos.

Dio media vuelta dispuesta a enfrentarse a aquel sádico cuando se topó con el perro que se interponía entre la puerta y ella. Le gruñía y le mostraba los dientes como señal de que no iba a permitir que saliese de allí. Los gritos de la mujer cesaron de repente y ella corrió hacia la ventana. No había rastro de ninguno de los dos y el silencio espeso volvió a dominar la atmósfera. Roto tan sólo por el gruñido del perro. La luz se fue de repente, como si el sol se hubiese ocultado en el ocaso, pero eso no era posible, no podía llevar tantas horas metida en aquella casa.

Entonces fue cuando decidió que había llegado el momento de volver a casa. El perro era lo que menos miedo le daba así que caminó hacia la puerta cuando los ganchos comenzaron a balancearse chocando entre ellos produciendo fuertes sonidos metálicos.

Pasó junto al amenazante perro cerrando los ojos mientras suplicaba que no le atacara. Mientras recorría el pasillo en busca de la escalera, el animal se calló y volvió a trotar delante de ella moviendo la cola mientras entraba en la siguiente habitación. Muerta de miedo anduvo despacio, como si todavía pudiese pasar desapercibida a lo que fuese que habitaba entre aquellas paredes de piedra, y pasó junto a la puerta que había atravesado el perro. Había una luz encendida dentro y por el rabillo del ojo veía sombras que se movían en el interior. Escuchaba como alguien, que estaba amordazado, gemía de dolor mientras se oían ruidos de golpes y hachazos.

No quería mirar, pero lo hizo. El rojo brillante predominaba en la escena. Había sangre en las paredes, en el suelo, sobre el cuerpo inerte de dos personas que no podía saber si eran hombres o mujeres porque habían sido partidos a trozos. Ya no eran personas, eran trozos de carne como los que cuelgan los carniceros en las cámaras frigoríficas. Las cabezas estaban metidas en bolsas de plástico. El perro comía de los trozos con apetito mientras se manchaba el morro de sangre. La tenue luz que producían decenas de grandes velas le permitió comprobar que el autor de aquella masacre no estaba allí.

Ya había visto bastante. Siguió caminando hacia la escalera cuando distinguió a dos sombras en los primeros escalones. Dos sombras que comenzaron a correr hacia ella. Alucinación o no, ella no estaba dispuesta a que la cogieran y la metieran en una de esas habitaciones. Regresó, corriendo con una velocidad que ella no creía que tenía, a la que tenía el ventanal roto y utilizó la mesa para bloquear la puerta. Escuchaba golpes, gruñidos, gritos de rabia, risas burlonas, ladridos al otro lado. Pero no le importaba, estaba decidida a escapar. Envolvió sus manos con unos de los plásticos y, con varios puñetazos, acabó de romper los cristales.

Inspeccionó ansiosa el jardín y determinó qué montón de maleza le quedaba más cercano. Saltó, sin pensárselo dos veces, teniendo cuidando de no caer con los pies e intentando rodar al llegar al suelo. Las ramas le arañaron parte de la cara pero no sentía dolor. Vio el portalón, salió al camino de entrada y en cuanto se dio cuenta ya estaba corriendo sobre el asfalto de la carretera que llevaba al pueblo. Volvía a ser de día.

Entró en casa y sus hijos estaban en el sofá viendo la tele. Miró la hora que era y comprobó que sólo había estado fuera una hora y media. Su marido se acercó a ella y enseguida notó que le pasaba algo. Ella era incapaz de dejar de temblar y se pudo a llorar mientras él la abrazaba. Mientras le curaba los cortes, le recomendó que se acostase un rato.

Le hizo caso y durmió hasta la hora de comer. Cuando despertó, la pesadilla quedaba muy lejos y empezaba a tener la sensación de que quizás había exagerado las cosas. Escuchó reír a sus hijos en el jardín. Así que se levantó dispuesta a olvidar ese sábado e intentar acabar bien el fin de semana. Encontró a su marido revisando las fotografías que había hecho. Ella le previno sobre lo que podría ver pero comprobó que no había rastro de las sombras ni de los ganchos ni de la mesa manchada… aunque el perro sí que aparecía en ellas.

Él la miró sorprendido y le dijo que los niños estaban fuera jugando con ese mismo perro. Ella salió corriendo y comprobó que era cierto, allí estaba el animal que la había llevado hasta el horror. Cogió a sus hijos mientras le echaba a la calle a patadas. Entonces escuchó cómo se rompía un cristal de su casa. Se giró y vio a su marido tras la ventana rota del primer piso. Detrás de él había una sombra con forma humana que le levantaba por los aires rompiéndole la espalda y lanzándole a través de ella con una gran fuerza.

Su marido cayó inerte a sus pies mientras sus hijos gritaban muertos de miedo. Pero ella ya no podía escucharles pues un gancho acaba de atravesarle la nuca y un hombre corpulento la arrastraba para llevársela a la magnífica casa que tenía un gran jardín.

Barcelona, 18 de Diciembre de 2016