El juego

Los segundos pasaban demasiado despacio para las ganas que tenía de llevar a cabo su plan. Unas ganas contenidas durante las semanas posteriores al momento en el que tomó la decisión de acabar con la vida de su vecina, la que vivía en el edificio situado al otro lado de la calle y cuyas ventanas estaban situadas frente a las suyas.

La odiaba desde el mismo día en el que se mudó al mediocre apartamento que acababa de alquilar. Se cruzaron en la acera y él percibió, con toda claridad, la mueca de repugnancia que intentaba asomar entre sus labios y que ella controló sin éxito. Y pudo sentir cómo sus profundos ojos de color miel se esforzaban por no mirarle de reojo asqueada. Porque eso era lo que él solía despertar en los demás: desdén. Y ella no era diferente al resto del mundo.

Pero, tal y como comprobó a partir de ese momento, ella no iba a contentarse con eso. Siguió poniéndole a prueba y, día tras día, le permitía observarla a todas horas. Sus ventanas no tenían cortinas y no se escondía cuando salía desnuda de la ducha o cuando metía a algún hombre en su cama. Le torturaba de la manera más cruel que se podía imaginar. Le mostraba lo que nunca podría tener porque era un perdedor. Ella disfrutaba mirándole a los ojos desde el otro lado de la calle y mostrando, cada vez con más descaro, una sonrisa malévola sabedora de la crueldad que desprendía su desprecio hacia él.  Su expresión burlona se había instalado en su mente y, cada vez que intentaba dormir, la veía acercándose desde la oscuridad dispuesta a despedazar su alma.

Intentó mudarse, buscó otros apartamentos, pero había firmado un contrato y no podía permitirse incumplirlo. Estaba atrapado entre unas paredes que parecían encoger y unas ventanas que eran cada vez más altas. A veces sentía que su vecina podía agarrarle con solo alargar la mano. Pero eso era una locura ¿no?. Ella estaba al otro lado de la calle. Lejos de él.

Una noche, después de muchas en las que el sueño no llegaba, determinó que debía poner fin a ese suplicio. La maldad de aquella mujer debía recibir su castigo. Él no merecía ese trato vejatorio. Debía enseñarle quién era el que mandaba y quién marcaba las reglas. A la mañana siguiente, comenzó a apuntar los horarios de su vecina y a planear cómo iba a asesinarla.

Desde entonces habían pasado dos meses y, según su reloj, regresaría del trabajo en veinte minutos. Estaba tan impaciente, por poner en marcha el plan, que empezó a sentir la garganta seca. Se levantó de la silla y fue hacia la cocina. Sacó la jarra de la nevera y se llenó un vaso. Por el calor que hacía, varias gotas comenzaron a resbalar por el cristal. Se le alteró el pulso al recordar las gotas de agua recorriendo la piel morena y suave de su vecina mientras le observaba de pie a sólo unos metros de distancia. Intentó apartar esa imagen de su recuerdo, aún así, se le quitaron las ganas de tocar ese vaso y no bebió.

Regresó a su dormitorio con pasos rápidos. Decidió cambiar el plan. Se adelantaría y la esperaría dentro de su casa. Quería pillarla por sorpresa, notar la perplejidad en su mirada al comprobar que él era el verdadero ganador de aquel juego de locos. Pero al entrar en su habitación, se quedó petrificado. Ella había vuelto antes de tiempo. No. No podía ser. Estuvo valorando la posibilidad de dejarlo para el día siguiente, sin embargo, ya no podía soportarlo ni un día más. Lo haría esa noche o corría el riesgo de querer saltar desde la azotea. Pero todo parecía ponerse en su contra. Había invitado a un hombre a su apartamento. De acuerdo, entonces esperaría a que se marchara. Vio que empezaban a quitarse la ropa y que se metían en la cama. Lo que sucedió después hizo que su cerebro entrara en un espiral de la que no conseguía despertar.

Ella sacó un cuchillo y, con fuerza, se lo clavó sin piedad a aquel hombre varias veces, una y otra vez, hasta que él dejó de luchar por su vida. Ella se quedó sobre su cuerpo inerte. Mirándole a los ojos. Unos segundos después, salió de la cama y desnuda, vestida tan solo con la sangre de aquel desgraciado, se colocó frente a la ventana como siempre. Clavándole la mirada y sonriendo tan abiertamente que podía ver la mueca burlona por la que asomaba su perfecta dentadura. Él tragó saliva pero su garganta seca no pudo apreciar ningún alivio. El miedo se le enroscaba en el cuello como una soga áspera. Ella le hizo un gesto con la mano para que se acercara al cristal. Él, hipnotizado y bajo su voluntad, dio unos pasos hasta que pegó su rostro a la ventana. Y entonces, al ver la expresión de triunfo que transmitía su mirada, entendió lo que ella se había propuesto hacer con él. Le había convertido en su marioneta y seguiría jugando hasta que dejara de ser divertido. Y entonces llegaría su hora. Ella cortaría el hilo y él no sabría cuándo sucedería. O sí. Porque en el juego, a veces, puedes tener escondido un As en la manga. Él se alejó de la ventana y sonrió cuando estaba seguro de que no le veía. Ella no podría impedir que subiese a la azotea para lanzarse al vacío, no podría detenerle a tiempo porque, al fin y al cabo, ella vivía al otro lado de la calle. Había encontrado la manera de ganar la última partida de su vida.

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 9 de Septiembre de 2016

 

Medianoche

Eran las doce de la noche y Elisa estaba observando el rellano a través de la mirilla de su puerta. Sólo llevaba puesta la camiseta con la que dormía y tenía la piel de gallina. Aunque no por el frío, que apenas percibía, sino por el espanto que estaba presenciando en secreto.

Cinco minutos antes, se había despertado a la fuerza porque algo se estrelló contra la pared del cabecero de su cama. Elisa, con el corazón latiéndole a mil por hora, se sentó en la cama intentando centrar sus pensamientos pero no pudo porque los alaridos de dolor que empezó a proferir Sara, su vecina que vivía sola, impidieron que pudiera racionalizar lo que estaba pasando. Pegó la oreja porque los gritos parecían alejarse de la pared y los siguió por toda la casa hasta llegar a la puerta de entrada. Allí escuchó otro fuerte golpe, que tampoco pudo identificar, y que consiguió hacer callar a la pobre Sara. Elisa decidió ir a por el móvil y avisar a la policía pero escuchó que se abría la puerta del apartamento de al lado. No quería perder la oportunidad de ver quién había cometido la atrocidad y comprobar el estado físico de Sara.

Se puso a observar el rellano a través de la mirilla. La luz estaba apagada así que apenas podía distinguir nada, sólo alcanzó a reconocer los contornos de dos personas que salían del apartamento. Una, que evidenciaba ser un hombre corpulento, cargaba a la espalda lo que parecía ser el cuerpo de Sara. Elisa temió que estuviese muerta, no apreció ninguna muestra de resistencia ni escuchó el más mínimo gemido. En ese mismo instante, fue consciente de que corría serio peligro si él descubría que había un testigo del espantoso crimen.

El hombre descargó el cuerpo en el suelo sin miramientos y encendió un cigarrillo. La pequeña llama del mechero iluminó una parte de su rostro. Por lo que veía, era un hombre normal. De unos cuarenta años. Se sorprendió a sí misma extrañada porque fuese alguien corriente y no un monstruo con cuatro ojos y lleno de escamas. Le vio fumar con tranquilidad, no parecía estar preocupado por si alguien había escuchado los gritos de Sara. Entonces, como si le hubiese leído los pensamientos, el hombre empezó a acercarse lentamente hacia su puerta. Ella se sobresaltó y dio un salto hacia atrás chocándose con el cuadro de la pared y tirándolo al suelo. No podía haberlo hecho peor. Se quedó inmóvil, deseando que no la hubiese descubierto. Agudizó los sentidos y prestó mucha atención. No se escuchaba nada al otro lado, pero debía asegurarse o no podría dormir tranquila el resto de su vida. Se acercó despacio y pegó la oreja a la madera. Nada. Puso el ojo en la mirilla. Todo estaba oscuro otra vez y no había señales del cigarrillo. Quizás se había marchado sabiéndose descubierto. Sin embargo, le pareció ver que algo se movió en el pasillo. Se concentró y vio que una gran sombra se abalanzaba hacia ella. Gritó presa del pánico mientras corría hacia su dormitorio para coger el móvil. Tras ella, el hombre embistió un par de veces contra la puerta hasta romper las bisagras. Elisa consiguió llegar a su habitación, con la cara desencajada por el pánico, pero él también. Y su expresión era una extraña mezcla de violencia y satisfacción.

Eran las doce y cuarto de la noche. David se despertó porque algo golpeó la pared del cabecero de su cama desde la casa de su vecina Elisa.

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 31 de Agosto de 2016