Feroz

Era sábado por la tarde. Tenía 32 años y no debería estar en ese sitio infecto pasando el fin de semana. Su lugar, por derecho propio, era un bar en el que se tomaría unas cervezas y podría ligar con algún tío. Pero estaba atrapada escuchando como única música los pitidos de la máquina a la que estaba enchufada y que controlaba la velocidad con la que la medicación de los goteros se introducía en sus venas. 

En realidad, desde fuera, se podría pensar que no se estaba tan mal en el hospital. La cama era bastante cómoda y tenía la suerte de poder ver algo de cielo gracias a la pequeña ventana que tenía junto a ella. Así, a través del cristal, era capaz de distinguir el paso de las horas.

En un hospital, el tiempo se convierte en algo denso, pegajoso, que se estira y se encoge según el capricho de la enfermedad. El dolor ralentiza los segundos hasta conseguir que parezca que has dejado de respirar. Pero cuando el camillero te traslada al quirófano, el mundo tiembla demasiado fuerte creando ondas expansivas y llega el momento de lo que más temes antes de poder soltar si quiera un corto jadeo.

Después de dos semanas, todos estos contrastes temporales habían afectado a su cerebro que también formaba parte de su cuerpo enfermo aunque los médicos no le diesen importancia. Sin embargo, pese a que mente y cuerpo siempre están conectados, no existen protocolos médicos para tratar los pensamientos turbios con antibióticos ni con calmantes. De manera que sus emociones se estaban deshidratando y desnutriendo sin que ella pudiese hacer nada para evitarlo.

Hacía varios días que se limitaba a mirar la mano hinchada, por culpa de la vía que la mantenía atada a varios tubos, y la ventana. Constantemente dibujaba esta linea imaginaria con los ojos de forma obsesiva para escapar de la realidad. Lo que no podía dejar de percibir era pobre su corazón, tan castigado ya como su mano: inflado, lleno de agujas y que no cesaba de sangrar.

Ella era la primera paciente que llegó a la habitación 032 y se sentía como una veterana aventajada. La habitación, para dos pacientes, acababa de ser inaugurada tras una buena reforma. Si no prestabas atención a la cama, rodeada de goteros que simulaban coronas de flores de funeral, podías imaginar que era un hotel de tres estrellas como mínimo.

Entró en la habitación un camillero que trasladaba a un viejo medio dormido todavía por la anestesia. Las enfermeras y él comentaron algo sobre desatascar una de las arterias del corazón. Máximo dos días y le darían el alta. Una enfermera corrió la cortina que separaba las dos camas. Aún así, le dio tiempo de ver la amarilla piel del viejo, tan fina que parecía las alas de una mosca. Distinguió, por el rabillo del ojo, esa textura transparente que se sostiene exclusivamente por las conexiones que dibujan las venas. Tan repugnante y tan delicado a la vez.

Su aspecto era el de una persona desarmada, sin fuerza alguna y a merced de los sanitarios. Lo que ese viejo no sabía era que ella había sido la primera y era la soberana de aquella fortaleza. Él iba a salir de la habitación antes de que llegara el  nuevo día.

Una vez solos, el abuelo no tardó ni un minuto en empezar a toser como si tuviese la obligación de echar por la boca los mocos acumulados durante sus ochenta años. Mocos que subían y bajaban por su garganta aferrándose a ella con garras negándose a abandonarle. Por fin, cuando se calmó, cayó en un profundo sopor.

El sueño dio paso a los odiosos ronquidos. Y eran tan arrítmicos y tan extrañamente agudos que le disparaban directamente al cerebro haciendo estallar las pocas partes que todavía estaban enteras. Además, el viejo consiguió llenar la habitación de un hedor asqueroso y las enfermeras tuvieron que venir a lavarle el culo… dos veces. Acababa de llegar y ya no le soportaba.

La tarde pasó lentamente, acompañada del aliento repugnante del amasijo de carne, y llegó el cambio de turno. Tras darles la cena, las auxiliares les comprobaron la tensión arterial y la temperatura. Estaban bien. Pero si le hubiesen prestado un poco más de atención, hubiesen detectado que ella tenía el pecho duro como una roca. Pero, claro, no hay protocolos establecidos para asuntos emocionales.

El tórax lo tenía tan rígido que imaginaba que había crecido una montaña entera sobre él. Aplastándola hasta dejarla sin respiración. Tuvo que quedarse boca arriba, concentrándose en la luz suave del techo, para continuar aspirando aire aunque fuese con débiles bocanadas, intentando atrapar algo de oxígeno. Era un pez moribundo tirado en el fondo de una barca ahogándose.

El viejo tosió de nuevo hasta vomitar la cena. Esta vez la mucosidad salió de una, abandonando su cuerpo para siempre. De esta manera se inauguraba la fantástica fiesta nocturna del sábado. La noche entró en los pasillos en forma de niebla negra que convirtió la atmósfera del hospital en un aire contaminado que podía palparse.

Ella continuaba respirando soportando la carga de una montaña sobre su pecho. Si se lo proponía, era capaz de escuchar cómo crujía su esternón bajo el pijama. Estaba a punto de romperse por la mitad, de resquebrajarse como si se cortara un papel de lija con las manos. La piedra se separaría de manera antinatural, físicamente imposible, con un objetivo: que el fuego vivo de su interior, la lava que allí se había gestado, se liberase fundiendo la piel y los huesos.

Se originó el estallido con un rugido interno que la ensordeció. La lava originó un gran agujero en la mitad de su cuerpo. Su color rojo se hizo tan intenso que se tornó negro oscuridad. Sucio. Y traspasó el colchón alcanzando el suelo que era su objetivo. Sobre los azulejos, el líquido comenzó a adquirir forma al volverse más y más denso. Ella no podía mirar pues estaba abierta en canal esperando a descubrir qué era lo que debía hacer.

A través de una sombra en la pared, observó cómo se dibujaba la silueta de una mujer que se arrastraba con las manos hasta llegar a la cama del viejo mientras sus piernas se creaban. Se colocó debajo y comenzó a desgarrar con los dedos el amasijo de hierros de la cama con toda la ferocidad de la que era capaz. Pronto alcanzó el colchón.

Ella, con el pecho abierto, escuchaba los rasguños y podía ver en la pared el reflejo de cómo iban cayendo trozos de la cama al suelo. Las manos continuaron trabajando unos segundos más y por fin llegaron hasta el viejo. Su piel de mosca se separó como mantequilla y era feliz imaginando que ella misma le estaba arrancando el cuerpo a tiras y que sentía cómo se le quedaban entre las uñas. Ensuciándose las manos de piel y sangre mientras partía esas venas desgastadas que ya nada esperaban de la vida.

El viejo se quedó descarnado antes de que pudiese despertar. Y la mujer de lava negra acabó de transformarlo en polvo sin dejar rastro. Había dejado de existir y de incordiar. Regresó a su estado líquido y se deslizó hasta regresar a ella para volver a rellenar la seca piedra construyendo, de nuevo, su cuerpo enfermo. Recuperó la normalidad de su respiración. Ahora sus pulmones se llenaban de la brisa fresca que ocupaba la habitación 032. Su habitación. Su castillo.

Y, aunque ella ya no le veía porque creía que había acabado con su vida, el viejo continuó su recuperación hasta que recibió el alta dos días después. Sin embargo ¿qué importaba lo que era real o no? Ella pudo dormir  las noches siguientes mientras los goteros intentaban salvarle la vida siguiendo los protocolos médicos.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 4 de abril de 2017

Terminado a las 18:32 horas.

 

 

 

 

 

Adiós

El día ya había empezado mal porque había pasado la noche en vela. Le resultaba imposible recordar cuántas vueltas había dado en la cama. A qué hora se había soltado la sábana del colchón y se le habían quedado los pies al descubierto. Cuánto habría sudado y tiritado a la vez. Pero todo tenía una terrible explicación, se sentía al borde de un precipicio y su cuerpo intentaba librarse de la desgracia y el dolor como fuese. Aunque sin éxito. El día ya había empezado mal y sabía, a ciencia cierta, que acabaría de la peor manera posible. Porque iba a despedirse de su hermano y tenía claro que no iba a ser capaz de encontrar la fuerza necesaria para decirle adiós.

Le encontraron muerto en el taller de coches en el que trabajaba. Alguien había entrado a robar y, al intentar impedirlo, le dieron varios golpes en la cabeza con una de sus herramientas. Parecía flotar sobre un río de sangre. Eso escuchó que le comentaba el testigo que le encontró, en voz baja, a uno de los policías. No era justo que muriese de esa manera tan violenta y que el miedo y el dolor fuesen lo último que sintiera antes de dejar de existir. No era ese el final que merecía su vida. Ahora su hermano se encontraba en el hospital, solo, porque debían hacerle la autopsia. Tenían que abrirle, rebuscar, cortar… pero también limpiar. Dejarían su cuerpo sin rastro de toda la sangre que le cubrió. Al imaginarle así, se consoló pensando que estaría dormido y sereno sobre la mesa de aluminio del forense.

A primera hora de la mañana, con la sensación de que no había pasado el tiempo desde la tarde anterior, llegó al hospital para saber cuándo estaría terminada la autopsia y podría enterrar a su hermano. La enfermera le pidió amablemente que esperase, que iba a preguntarlo. Se sentó en la sala de espera. En una incómoda silla blanca de plástico que pronto acentuó el dolor de espalda que apareció inmediatamente después de recibir la dramática noticia por parte de la policía . Sacó su móvil del bolso. Y la botella de agua que había cogido de casa. Se le secaba la boca a cada momento. Sentía la lengua áspera, como si estuviese hecha de esparto, y los labios le dolían porque los tenía llenos de finos cortes. Bebió.

Al deslizar la pantalla del teléfono con el dedo tembloroso por culpa de los nervios, descubrió que tenía una gran cantidad de mensajes de amigos que se interesaban por ella. Amigos, porque familiares ninguno. Su hermano era el único pariente que le quedaba. Los fue revisando aunque no tenía intención de leer ninguno. Hasta que descubrió, con gran sorpresa, que su hermano le había enviado un mensaje y  estaba claro que fue poco antes de morir porque la hora así lo determinaba. Al verlo, una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo provocándole una incómoda sacudida. Era muy doloroso leerlo pero, al mismo tiempo, necesitaba sentirle vivo aunque fuese por un instante más. Así que abrió el mensaje y lo que leyó le alteró el pulso todavía más. “Papá esta aquí. No me preguntes cómo es posible. Pero lo está. Te quiero, hermana.”

Estuvo mirando estas palabras mucho, mucho tiempo. Cerraba el mensaje, lo abría, apagaba el móvil, lo encendía de nuevo… y siempre aparecían las mismas palabras. “Papá está aquí…”.  Sintió que se convertía en agua y se deslizaba por el asiento resbalando hasta el suelo. Porque esa frase acababa de dejarla sin fuerzas, ni siquiera para seguir sentada. No. No podía ser. Se levantó y se dirigió a la salida, caminando con pasos lentos de anciana, cuando regresó la enfermera con noticias sobre su hermano y le impidió que se marchara. Podría trasladar su cuerpo al tanatorio en pocas horas. Estaría bien que esperase un poco más. Ella le indicó con un ligero movimiento de cabeza que accedía a quedarse. La enfermera apreció lo pálida que estaba y se lo hizo saber. Si se encontraba mal podría visitarla un médico, era normal perder las fuerzas en momentos tan difíciles. Ella le contestó, con un hilillo de voz, que no era necesario. Pero su corazón pedía ayuda a gritos ayuda.

Regresó a la sala de espera y se sentó detrás del todo. Quería pasar desapercibida mientras su cerebro intentaba procesar la información. Pasar desapercibida y mantenerse oculta. Pues, aunque parecía todo una locura de su hermano, no dejaba de pensar que su padre podría aparecer también allí. Quizás para reclamar el cuerpo de su hijo. Y quizás, el de su hija. Tal vez también la estaba buscando a ella. Sin embargo, qué tontería… ¿cómo iba a estar su padre…?

Allí. En ese preciso instante le vio allí mismo recorriendo lentamente el largo pasillo beige iluminado por los tubos fluorescentes. Desde lejos, no tenía mal aspecto teniendo en cuenta los años que llevaba muerto. Sintió que el tiempo se detenía y desparecían todas las personas que estaban a su alrededor. Sólo importaban su padre y ella.

Se levantó del asiento de plástico y caminó hacia él. Su padre la miró con unos ojos oscuros infinitos que ya habían visto la muerte y entendido la inmensidad de lo eterno. Abrió la boca pero de ella no salía sonido alguno. Se acercó y, próxima a él, pudo detectar los pequeños gusanos que se lo estaban comiendo poco a poco y algunos huesos descarnados que asomaban entre las grietas de su piel reblandecida. Seguía con la boca abierta cuando, por sorpresa, alargó el brazo derecho y abrió la mano dispuesto a cogerla. Ella gritó y echó a correr sin saber muy bien hacia dónde.

Recorrió pasillos, que parecían no tener fin, y bajó escaleras que la llevaban a nuevos laberintos. Hasta que llegó al sótano. A ese tétrico y frío lugar en el que se guardan los cadáveres. Y su padre la había seguido hasta allí. Pero por nada del mundo quería volver a verle de cerca. No sería capaz de revivir el dolor por su pérdida. Ahora no. Todavía no había podido llorar a su hermano. Todo le parecía de una crueldad inmensa e innecesaria. No necesitaba tanto dolor de golpe. Pero le resultaba difícil obviar que su padre había visitado a su hermano poco antes de morir. Se detuvo. Dio media vuelta y se colocó delante de él. Estaba frente a frente de esos ojos infinitamente negros que volvieron a mirarla. Él abrió la boca y, esta vez, sí que gritó. Con rabia. Una furia que retumbó en su pecho. Ella ya no pudo más y dejó escapar el dolor de su interior.

La enfermera la zarandeaba cuando despertó. Seguía sentada en el asiento blanco de la sala de espera y tenía alrededor a un hombre de seguridad del hospital y a varios curiosos que cuchicheaban y la observaban con extrañeza. A los pocos minutos, estaba tumbada en una camilla con un gotero de tranquilizantes. El médico de guardia se los había recetado. Le quedaban muchas horas de tensión por delante y debía fortalecerse. Le tranquilizó pensar que todo había sido fruto de los nervios y, al empezar a sentir los efectos de la medicación, pudo empezar a llorar. Eso era lo que necesitaba. Llorar y comenzar el duelo por la pérdida de su hermano. Ahora le quedaba toda una vida por delante llena de soledad y no se había preparado para eso. Las lágrimas le cansaban los ojos aunque aliviasen su corazón. Su teléfono se iluminó con la llegada de un nuevo mensaje. Confiada, deslizó el dedo por la pantalla y vio que provenía del móvil de su hermano. ¿No se suponía que todo había sido una alucinación? Lo abrió. “Papá y yo estamos aquí. Y hemos venido a verte. Te queremos hermana.”

Se sacó las agujas de los goteros de un tirón. Bajó de la camilla como pudo pues estaba muy mareada. Recorrió el pasillo, que la llevaría a la calle, con pasos torpes. Llegó a una bifurcación y, desorientada, no sabía hacia dónde debía dirigirse. Cayó en la cuenta de que la gente había desaparecido de nuevo, lo que le llevó a pensar que quizás volvía a estar alucinando, está vez con más intensidad por las drogas de los goteros. Se detuvo en medio de la encrucijada. Agotada y mareada. Y entonces regresó. Su padre apareció al final del pasillo que le quedaba a la derecha. Ella intentó no perder el control. Pero le resultaba muy difícil pues su padre esta vez se acercaba más deprisa que antes. Casi podía oler su cuerpo putrefacto cuando ya no pudo más y echó a correr hacia el lado contrario.

Giró la cabeza para ver si su padre seguía tras ella cuando resbaló y se dio un gran golpe contra el suelo. Se hizo mucho daño en el codo y en la cadera. Miró sus manos. Estaban llenas de sangre. Recorrió su cuerpo con la mirada y observó que se había vuelto de color rojo brillante. Pero ella no estaba herida. Había resbalado con un gran charco de sangre. Un río rojo que emanaba del cuerpo de su hermano que estaba en el suelo, a pocos centímetros de ella. Desnudo, gris y con la cabeza destrozada. Inerte y desangrado. Ella se echó hacia atrás, yendo hasta la pared a gatas. Él parecía no moverse… hasta que los dedos de su mano comenzaron a agitarse como si estuviese tocando las teclas de un piano invisible. Después de la mano, siguió el brazo y, tras él, la cabeza abierta se giró hacia ella. Sentía que se alejaba, que salía de sí misma para huir pues su cuerpo pesaba demasiado para levantarse y escapar de ese pasillo. La oscuridad parecía engullirla y ella se dejaba llevar.

Abrió los ojos tras un fuerte bofetón de la enfermera. Vio que estaba en la camilla. Ni pasillo ensangrentado, ni padre, ni hermano… Ella se puso a llorar y la enfermera se disculpó por haberle pegado pero se asustó porque no conseguía que volviera en sí. Su hermano estaba preparado para ir al tanatorio. Así que ya podía avisar a los de la funeraria. Pero no debía estar triste porque su padre había llamado para preguntar por ella. Había dejado un mensaje: “Díganle que pronto estaré allí. Y que la quiero.”

La enfermera la miraba con ansiedad pues estaba preocupada por su estado emocional, pero era cierto que se sentía aliviada al pensar que no estaría allí sola por mucho tiempo. Sin embargo, ella no podía explicarle la verdad pues no la creería. Aprovechó un descuido para salir del hospital. Cuando sintió el aire fresco de la calle, y escuchó los sonidos cotidianos de la ciudad, recuperó el control de nuevo. Todo volvía a ser real. Dejó sus cosas, incluso su móvil, en el hospital. No le importaba, ya le diría a algún amigo que lo recogiese. Obviamente, ella no estaba bien y debía protegerse o acabaría con una crisis nerviosa peligrosa. Se dispuso a cruzar la calle. Los semáforos estaban llenos de peatones. De personas normales que iban y volvían de sus trabajos o de sus casas… Entonces, todos desaparecieron y escuchó el grito de una mujer a la que no veía.

Se despertó en mitad de la avenida cuando un autobús esta a punto de arrollarla. Tuvo el tiempo justo para cerrar los ojos antes de sentir el fuerte impacto que le rompía por dentro las entrañas. Y después la oscuridad acompañada por las voces de su padre y su hermano que la llamaban desde el otro lado.

Antes de que la enfermera se enterase de lo que acababa de suceder, estaba preocupada por la chica que se había marchado del hospital sin sus cosas. Vio que llegaba un mensaje al móvil que se había dejado. Lo abrió. “Nunca debimos separarnos.” A la enfermera se le hizo un nudo en la garganta y, sin saber muy bien por qué, sintió la necesidad de llamar a su madre a la que no veía desde hacía varias semanas.

Esther Paredes Hernández

13 de Noviembre de 2016