¿Tienes miedo?

¿Tienes miedo? Deberías.

Buscamos sentirnos seguros en nuestro hogar. Cuando llega la noche y el silencio espeso se instala, como una niebla viva recorriendo los pasillos y los dormitorios, queremos creer que las sábanas nos protegen de garras y dientes. Como si la cama fuese un perímetro impenetrable y la lámpara de la mesita de noche, un cañón capaz de desintegrar las sombras que parecen moverse por las paredes y debajo del colchón. Entonces, bajamos la guardia y nos dormimos quedando a merced de la oscuridad que nos acaricia los tobillos, las piernas y el cabello sin pedirnos permiso.

Hace semanas que no duermo, me quedo muy quieta vigilando y normalizando mi respiración para que David crea que estoy en el mundo de los sueños. Mantengo los ojos abiertos, por si puedo distinguir algo, en la negrura del dormitorio. Esa negrura que se ha vuelto mi aliada. Las sombras duermen a mi lado, se introducen en el interior de mi marido y le obligan a cambiar.

David me lo advirtió. “¿Tienes miedo, Sara? Deberías. Algo sucede en nuestro dormitorio cuando cae la noche y aparecen las sombras. Mis manos no me obedecen, mis piernas tampoco. Surge en mi cabeza la idea de hacerte daño e imagino mil y una maneras de torturarte.” Lloré por él y por nuestro futuro juntos, pero no por mí porque no le di a la confesión de David tanta importancia como él. Mantuvimos largas conversaciones, intentando descubrir de dónde surgían esos pensamientos, de qué conflicto se nutrían. “Creo que no soy yo, son ellas, las sombras que nos visitan. Han estado ahí siempre, supongo, aunque no sé por qué las siento ahora.”

Por supuesto, pedimos ayuda a diferentes médicos, neurólogos y psiquiatras. Mi marido se sometió a pruebas e interrogatorios empujado por mi insistencia. No obtuvimos respuestas, tal y como David había predecido. Y cada noche continuó despertándome con sus gritos cargados de frustración, ira y terror. Vociferaba a entes, invisibles para mí, que no podrían obligarle a hacerme daño. Hasta que contemplé unas siluetas que se alzaban en las esquinas de la habitación y comprendí por qué David estaba al borde de un abismo.

Las sombras no tienen una forma que pueda reconocer, pero siento con claridad su rabia y su ansia de alimentarse de nosotros. David está dormido, al menos eso quiero creer. Su respiración es brusca, entrecortada y eso me pone en alerta. Ellas se han introducido por los agujeros de su nariz y sus oídos. Alarga los brazos con fuerza y agita las manos como si alguien, algo, le estuviese asfixiando. Me acerco muy preocupada e intento despertarle. “¡No me toques! ¡No quiero hacerte daño!” David no puede más, entre lágrimas, me dice que me deja, que debemos vivir separados o nos engullirá el rencor y el dolor que visitan cada día nuestro dormitorio.

¿Tienes miedo? Deberías si quieres sobrevivir a las sombras que nos asaltan durante la noche. Mientras crees que duermes en territorio seguro amurallado por la realidad. En la oscuridad, la maldad busca nuevos aliados y, si te resistes, su odio te devorará por dentro hasta que dejes de servirle. David, según creo, duerme con otra mujer y las sombras han dejado de buscarle. Conozco el motivo de su libertad: el verdadero objetivo he sido yo desde el principio. Han empezado a devorarme, no opongo resistencia a mi destrucción. Pues nadie duerme a mi lado para protegerme de mí misma.

Puedo verte

En la esquina de mi habitación, abajo a la izquierda, puedo verte.

Agazapada, envuelta en una neblina que no me permite distinguir con claridad tus ojos. Aunque alcanzo a adivinar tus dedos a través de las sombras. Están encorvados, parecen rotos. ¿Te han hecho daño? No sé por qué insisto en hablarte, llevas semanas observándome desde el rincón sin darme respuestas.

Mi enfermedad me retiene entre estas sábanas amarillentas. Las macetas con flores, que una mañana puse en la ventana, se han secado. Ni la lluvia de la primavera las ha salvado de la fiebre nocturna. En mi cama, sudor y lágrimas. En la ventana, hojas que se parten transformándose en polvo. Como los cadáveres cuando sus huesos descarnados comienzan a desvanecerse, borrando la historia de ese cuerpo que ya no puede hablar. De la misma manera que tú, envuelta en polvo negro, no contestas a mis preguntas.

Quizás has venido a acompañarme durante mi reposo. Quizás quieres que vaya contigo. No sé qué debo hacer. ¿Esperar? La puerta de mi casa hace tiempo que no se abre. Las visitas ya no cruzan el umbral. Existo en el olvido. Quizás he muerto y esta cama es un lecho de tierra coronado por flores secas. Te has movido. Te has puesto de pie. Eres más grande de lo que imaginaba. Tu sombra alargada llega hasta el techo y tus brazos recorren las paredes. Siento que me engulles en un abrazo profundo.

No quiero dejarme llevar, pero no encuentro la manera de escapar de mi dormitorio. Tu oscuridad ha empañado la ventana e impides que el recuerdo de las flores pueda consolarme. Noto que la fiebre intenta luchar contra el frío que hiela mis venas porque te estás acercando demasiado. Cierro los ojos. Huelo a tierra húmeda. Mis huesos se rompen.

Puedo verte.

66… 6

Relato finalista del “VI CONCURSO RELATO BREVE PROJECTE 
LOC/AJUNTAMENT DE CORNELLÀ”

 Tú y yo hablamos un día de ello. Cuando todavía éramos amigas. Recuerdo que el sol me hacía daño en la frente porque llevábamos demasiado tiempo metidas en el mar. Pero es que hacía un calor infernal y el agua se había convertido en nuestro paraíso particular.

Te comenté, es cierto que con algunos adornos porque no era capaz de enfrentarme a la verdad reflejada en tus ojos, que iba a marcharme. 

—¿De dónde te vas? —Querías parecer divertida, pero sonabas preocupada.

—De la vida. De la vida entera—. Frunciste el ceño y dejaste de jugar con el agua. Se acabaron los disimulos. Guardaste silencio intentando controlar el enfado. Estabas harta de mis promesas débiles.

—¿Quieres morir? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

—No, no quiero morir. Me voy de la vida que he tenido hasta ahora. Dejo a mi marido.

Y con aquellas palabras, permití que mi corazón saliese a flote para que se aliviara con la frescura del mar y que pudiera mecerse junto a nuestros cuerpos como la madera rota de un naufragio.

Han pasado cinco años desde aquella tarde de confesiones. Cinco años desde que quisiera romper la soga que me mantenía secuestrada en la oscuridad. Cautiva del demonio que me tenía entre sus garras y que apenas me había dejado sangre con la que alimentar mi cuerpo. Y mi alma.

Los números son una parte importante de mi vida. Le conocí en el año 1991 y nos casamos en el 2002. Fue algo casual, pero me gustaba pensar que eran números especiales, una señal de que debíamos estar juntos.

Ya que nos ponemos a conversar, ¿y si hablamos de números de verdad?

Uno: la primera vez que vi cómo la sangre se deslizaba por mi cuerpo después de que me golpeara en la nariz para hacerme callar. En ese instante se detuvo mi corazón y me transformé en un cristal que se llena de grietas como telas de araña. Ya había pasado la fase de hacerme sentir como una puta, como una mierda, como una imbécil. Aislada de todos. Me rompió la nariz con tanta fuerza que no lograron volver a ponerla recta. Empezó fuerte, con ganas. Y supo que me había poseído y no opondría resistencia.

Al demonio no le sirves muerta desde el principio. Experimenta el placer destruyéndote poco a poco como un muñeco de trapo al que le sacas el algodón que rellena su interior.  El muñeco está cada vez más blando y vacío y cada vez puedes apretarlo con más fuerza.

Dos: no podía gritar. Me había enseñado a no hacerlo. Sólo podía esperar a que terminara y esforzarme para no decepcionarle de nuevo. Su madre me explicaba que era un ser especial, que amaba de verdad, con todas sus fuerzas. Que su padre no le había tratado bien y merecía mi comprensión porque su alma estaba maltrecha. Al mal, lo que es del mal y sus padres habían desatado el infierno en su hogar. Le habían dado su poder en forma de alas negras que ahora alimentaba con mi carne.

No puedo ni quiero recordar las manifestaciones demoníacas que he soportado. Si lo hago, sé que iré al puente más cercano para saltar al vacío. A veces, la muerte parece la única opción que consigue acabar con el miedo. Sus dientes dispuestos a despedazarme. Esos ojos llenos de rabia y violencia. Esas manos como cuchillas que pueden desgarrar mi piel y romper mis huesos. 

Tres: regresaba del hospital en autobús. Eran las tres de la tarde. Me habían retenido en Urgencias para hacerme entender que debía denunciar los malos tratos. La última paliza me había provocado una hemorragia en el riñón derecho. No lo hice.

Tenía la cabeza apoyada en el cristal de la ventanilla y me protegía el vientre con los brazos. El suave movimiento del autobús me mecía a la vez que me recordaba que no quedaba un rincón en mi cuerpo que no estuviera maltrecho. Cerré los ojos, las lágrimas se desbordaron e imaginé que yo era una madre protectora que abrazaba a mi yo herido. Yo todavía era alguien.

Me quedé dormida y abrí los ojos cuando el autobús se acercaba a la última parada. No tenía prisa por regresar a casa. Aquel apartamento infecto no era mi hogar, sino mi fosa. En aquel trayecto se había despertado un pequeño fuego en mi corazón al sentir mi propio abrazo, mi único consuelo. En algún rincón de mi ser quedaba algo de la mujer que era antes de conocerle y decidí escapar realizando un exorcismo.

Al llegar, él estaba durmiendo la borrachera en el sofá. No me permitía tener teléfono móvil, pero no me hacía falta. Te llamé, amiga mía, y aceptaste quedar conmigo al día siguiente. Y,  metidas en el mar como si me estuviese bautizando de nuevo, te confesé mis planes. Te necesitaba para convencerme de que iba en serio. Y para que el mundo no me recordase como una víctima callada si moría en el intento.

Cuatro: nunca he pasado de aquí. Por eso hemos dejado de ser amigas. Cinco años. Sé que no eres capaz de verme porque te duelen mis heridas que ya no cicatrizan. Pero queda poco, de verdad, falta muy poco para que me vaya de mi vida. Y te buscaré para mecernos en el mar como aves que descansan de un largo camino en busca de un lugar mejor en el que vivir. Quizás a las seis de la tarde de un seis de junio porque, como sabes, los números son importantes en mi vida. Y para el demonio, también.

El escondite

La buscaba sin ocultar su desasosiego. La había perdido otras veces, eso era cierto, pero no recordaba otra ocasión en la que le hubiese costado tanto dar con ella. Se dejó caer exhausta y derrotada en el sofá. Había recorrido la casa, rincón a rincón, escondite tras escondite, varias veces. ¿Y si se había quedado atrapada para siempre?

Una ventana se abrió de golpe permitiendo la entrada al frío del invierno. Pedazos de hielo se introdujeron en su sangre cuando ella se protegió el rostro con los brazos. Y pese a que la escarcha se derritió en su corazón ardiente, el resto de su cuerpo se agitaba sin remedio. Sintió que no quería cerrar aquella ventana, que el viento le estaba hablando. Quizás le ayudase a rescatar a su hija de su escondrijo. Se levantó y escuchó con toda la atención de la que fue capaz.

Escuchó la voz lejana y débil de su hija, que la llamaba por fin, desde un lugar que no alcanzaba a identificar. Cerró los ojos para concentrarse mejor y, tras unos instantes,advirtió que su mano infantil le agarraba con fuerza la suya. No se atrevió a abrirlos para no entorpecer el reencuentro. El frío continuaba conquistando más y más los rincones de la casa. Pero el hielo seguía derritiéndose al entrar en sus corazones. Continuaron cogidas de la mano enfrentándose al invierno, sin miedo a asomarse por la ventana.

Los escondites no sirven para nada. Ni siquiera para jugar.

El hombre que no esperaba

Relato ganador del 2º Premio del I Certamen Literario “Entre tus páginas y las mías”

Envuelto en un halo de espesa soledad, se sitúa tan tieso en la acera que se le puede confundir con una farola negra cualquiera. Su rostro es un trozo de cristal opaco y, si se molestaran en observarle con atención, descubrirían que no alberga luz en su interior. Con los pies clavados en el cemento, aguarda a que el semáforo le dé permiso para cruzar de una vez.

Lleva las manos resguardadas en los bolsillos y aprieta contra él los brazos en un vano intento de sentir algo de calor. Tanto se contrae que pasa de ser una farola a una rama esmirriada por culpa del frío. Sus ojos de rata escudriñan con ansiedad la luz roja del semáforo y la parada de autobús situada al otro lado de la calle. Teme que su transporte llegue antes que él.

Su cálculo de experto no le falla. El autobús número 109, cuyo color rojo destaca en el gris invernal, surge de sopetón de la rotonda como si lo escupiese. Gira demasiado rápido para su gusto y para sus intenciones. Su corazón sobresaltado le pide a gritos que cruce. Pero continúa sin encenderse la luz verde.

El monstruo rojo se detiene y abre las puertas resoplando. Al fin el diminuto hombre verde se ilumina y cobra vida en el semáforo. Él también y atraviesa el carril de la avenida casi corriendo sin sacar las manos de sus bolsillos. Parece un actor cómico de los años cincuenta que camina dando zancadas y de esta guisa sube de un salto al autobús. Cierra los ojos aliviado mientras recupera el aliento. Marca un viaje en la tarjeta y las puertas se cierran a su espalda dando comienzo a su viaje.

Si ese autobús se le hubiese escapado habría llegado tarde. Y no soporta ser impuntual. Sabe bien lo duro que resulta esperar a alguien y poner tu tiempo bajo su control.  Porque las dudas te asaltan y ya no puedes dejar de pensar si esa persona ha olvidado la cita o que equivocaste el día o que se lo ha pensado mejor y no le interesas. Y entonces quizás no le interesas a ella ni a nadie. Por eso respeta el tiempo de los demás y el suyo. Ya no pierde ni un segundo esperando. Dejó de hacerlo veinticinco años atrás.

Sentado en el autobús la recuerda. Quizás es el viento helado de aquella tarde lo que le traslada hasta el pasado desprovisto ahora de vida.  A ese maldito decorado lleno de árboles negros de dedos puntiagudos que se alzaban bajo un cielo demacrado. Junto a uno de ellos, sin sombra a la que cobijarse del dolor, ella le confesó, sin mirarle a los ojos pues no podía ser de otra manera, que no se verían nunca más. Hubiese preferido morir asesinado de un balazo que tener que sentir esas palabras desgarrando su corazón. Convirtiéndole en un muerto viviente, en un caminante entre las sombras. No hubo disparo, no hubo arma piadosa, sólo unos labios rojos y suaves dando forma a unos sentimientos arrolladores. El frío del desamor penetró en su torrente sanguíneo, momificándolo, secando sus ojos y su cerebro. Su rostro se volvió opaco y su tiempo le perteneció a ella desde entonces.

Sólo ella existía.

No había nada más. Aún así la esperó de manera estúpida y acabó por consumirse. Se secó y se acartonó su piel. Unos días el mundo se encogía asfixiándole y otros, se expandía hasta que sus pies dejaban de tocar el suelo. No tuvo más remedio que inventarse un ritual para no acabar atrapado en las garras del infierno, pues entendió que la muerte conseguiría separarles sin remedio. Pensó qué podría hacer para llenar sus pulmones lo suficiente y que le permitiera seguir abriendo los ojos cada mañana. Al final, llegó a la conclusión de que solo podía hacer una cosa.

Así que ha pasado los últimos veinticinco años yendo en el interior de un dragón rojo de metal, escupiendo humo negro y rugiendo sobre el asfalto, hasta la casa de su princesa. Después se sienta en un banco desde dónde puede observarla sin que ella descubra su plan. Y allí la ha estado esperando mientras ha sido un testigo invisible de los besos que compartía con su nueva pareja, de cómo crecían sus hijos y la aparición de la vejez en sus ojos y en su boca. Aquellos labios jugosos que le condenaron a la horca con las palabras del adiós. Poco le ha importado sentarse bajo la lluvia o el sol feroz porque aquellas visiones son lo único que han conseguido seguir alimentando su sangre. Es un hombre que no espera nada porque la espera a ella y suyo es su tiempo.

Y así seguirá siendo hasta que un niño rompa el rostro de cristal de aquella farola cualquiera con una piedra. El rostro de un hombre que no guarda luz alguna en su pecho y que ha pasado a ser un elemento más de la ciudad.

Roma

Me resulta mucho más sencillo hablar de la muerte que del amor. La muerte es simple de explicar: el tiempo se para, la luz se apaga, adiós. Y a partir de ahí, dejamos de ser conscientes de nuestra existencia. O no, pero si viajamos a algún punto del universo, en ese caso, nos darán la respuesta al misterio de la vida y la muerte volverá a ser fácil de entender.

Sin embargo, ay, amigos míos, el amor es otro cantar. No se destruye, no se diluye, se transforma como si fuese materia, pero es un sentimiento y se lo debería llevar el viento. Si este relato fuese un poema ya lo habría terminado con este pareado.

Se transforma y no siempre en algo bueno o interesante. La mayoría de las veces en una araña negra con patas peludas y pegajosas que te atrapa en sus redes de recuerdos y lágrimas negras también. Eso sí, solo sucede cuando se ama-ama, cuando no puedes dejar de mirarlo ni de tocarlo y ya no respiras por cuenta propia.

En esas ocasiones el amor no te dejará libre nunca. Por mucho tiempo que pase, por muy lejos que se mude tu corazón, por muy profunda que sea la cueva en la que te escondas. Nada importará. Como la araña tiene entre seis u ocho ojos, dependiendo de la especie en la que se transforme tu amor, vigilará que no intentes sacarte de encima el amor perdido que llevas a cuestas.

Me enamoré. Mucho. Demasiado. Aunque describirlo así es redundante. Como he dicho antes, cuando amas, AMAS. No es mucho o poco, es todo. Me en-amoré porque empecé a vivir en el amor. Allí es donde construí mi nueva casa: en el amor. Una casa habitada también por mi compañero, por un hombre que me cogía de la mano con seguridad y ternura. Compartíamos besos, secretos, risas y películas. Parece demasiado perfecto, pero era así y era real. Nada de fantasías de adolescente. Sentía hasta el último poro de mi piel invadido por su olor, su sudor, sus caricias. Estaba tan llena de él que apenas tenía apetito durante el día. La noche, como buena enamorada, era otra cosa. La noche era para re-encontrarnos, soltar lastres incómodos de la vida diaria y disfrutar de nuestra nueva casa de amor.

Por eso, cuando comenzamos a perdernos y a no rozarnos bajo las sábanas, cuando tocarle me producía escalofríos eléctricos que me helaban la sangre y mi corazón dejó de latir al mismo ritmo que el suyo, no supe qué hacer. Él tampoco. Nos separamos, pero siempre buscábamos excusas para gritarnos, para culparnos de nuestra infelicidad hasta hacernos llorar y provocar que nuestros pulmones estallaran liberando la rabia contenida.

Intentamos continuar con nuestras vidas, cada uno recorriendo su propio camino, buscando de nuevo un nuevo amor en el que habitar. Pero teníamos miedo de volver a pasar otra vez por el mismo sufrimiento y perpetuar la existencia de las arañas o, peor todavía, multiplicarlas.

No sé explicar el amor. Sólo sé que existe y que tiene mil caras, mil versiones y todas conviven a la vez en la misma vida, la mía, dentro de mí. Desconozco qué hacer con él, me gustaría darle a un interruptor y apagarlo para siempre. Como cuando la vida se acaba. A lo mejor debería darle la vuelta al amor e irme a vivir a Roma.

 

El sonido

Sujetó la manivela y supo lo que iba a suceder a continuación. Sintió la rabia en su mano y apretó el pedazo de metal agarrotando los dedos. Esa fuerza le ayudó a dar el portazo más sonoro del que fue capaz.

Que se escuchase bien que estaba herida. Que sus vecinos lo tuviesen claro. No podía gritar, pero sí hacer retumbar el marco de la puerta. Pronto entendió que no había sido suficiente y comenzó a dar patadas contra la madera. Alternando los pies para soportar el dolor.

Golpes. El sonido de la rabia.

No conseguía parar, como si aquello no fuese suficiente para sacar lo que anidaba en su estómago. ¿Cuánto ruido necesitaría su alma para calmarse? Lo desconocía. Sus vecinos no se asomaron a ver qué estaba pasando. El sonido de la desesperación viajaba con el eco recorriendo el edificio. Pero ellos estaban sordos.

La puerta crujió y ella se detuvo entre jadeos cansados. Cerró los ojos y recuperó algo de paz. Al menos había conseguido romper algo del exterior. Aunque todavía quedaba mucho por destrozar si quería igualar lo fragmentada que estaba por dentro.

¿Cuánto ruido serían capaces de tolerar sus vecinos?

Esther Paredes Hernández

El último escalón

La oscuridad tenía manchas borrosas, recuerdos fugaces y fragmentos de sueños ininteligibles. Flotaba en la oscuridad antes de conseguir poder abrir los ojos. Tenía miedo de averiguar dónde estaba, aunque lo suponía. Se sentía confusa pero no había olvidado lo sucedido.

Sacó con esfuerzo la mano derecha que había quedado atrapada con su cadera. Una punzada de dolor le atravesó el cuerpo como un rayo hasta explotar en su cerebro. Estaba peor de lo que imaginaba. Su ansiedad aumentó de manera exponencial. Ya no sólo le preocupaba aquel lugar, sino su estado físico para poder salir de allí lo antes posible con vida.

Abrió la boca, todo lo que fue capaz, para que entrara algo de aire en sus pulmones y rozó su cuerpo con la yema de los dedos. Recordó y descubrió heridas profundas y arañazos nuevos en  brazos piernas, en el abdomen, en el cuello. Su rostro estaba hinchado, ninguno de aquellos que la amaron una vez podrían haberla reconocido. Ni ella misma podía. No le importaba eso ahora, su alma estaba demasiado castigada y no volvería a ser la mujer que era antes de entrar en esa oscuridad.

Y estaba empapada. Supuso que por su propia sangre, la que escapaba de su cuerpo buscando la ansiada libertad. Le dolía la garganta y tragar saliva era un esfuerzo que no podía exigirse. Sin embargo, lo hizo motivada por un acto reflejo. Una manera inconsciente de comenzar a digerir la penosa situación en la que se encontraba.

Continuaba tirada en la misma posición cuando escuchó un ruido. Más de uno. Eran pasos que provenían de algún lugar poco específico encima de su cabeza. Sabía lo que eso significaba y tuvo que luchar consigo misma por hacer el intento de levantarse. Si no lo lograba, la matarían.

Abrió los ojos y se puso boca arriba. La oscuridad de su mente también estaba en aquel sótano húmedo, que olía a ratas muertas y a ratas vivas que orinaban y defecaban a sus anchas entre los muebles viejos que le habían preparado a modo de  macabro dormitorio sus captores.

Aquel sótano, esa cueva sin salida en la que llevaba encerrada demasiado tiempo y que había hecho trizas su vida. Una cueva de la que había intentado escapar en más de una ocasión y por ello había sido torturada. Qué le importaba eso ahora. Qué le importaba ya nada. Estaba tirada en el último escalón de la escalera, el escalón que le alejaba definitivamente del mundo real. Del mundo en el que los demás vivían ajenos a lo que sucedía en aquel agujero profundo y mohoso. Era su última tabla de salvación.

Los pasos se escuchaban al otro lado de la puerta. No pasaría mucho tiempo hasta que uno de ellos bajase hasta ese último escalón, el más profundo de la escalera, y la agarrase del pelo para lanzarla contra el suelo. Contra el infierno. Ese último escalón era lo que la separaba del infierno. Esa hoguera eterna que la mantenía viva mientras la devoraba lentamente.

Pero se habían excedido en su último castigo. No habían medido bien la fiereza de sus mordiscos y ella había perdido mucha sangre. Echó un vistazo a su cuerpo, al escalón y comprobó que sus sospechan eran ciertas: estaba tumbada sobre un gran charco rojo.

Nada le quedaba por hacer. El sol ya se había alejado de ella para no volver. Los pájaros cruzaban los cielos en grandes bandadas buscando lugares más cálidos. Las manecillas del reloj estaban a punto de pararse y ningún relojero sería capaz de ponerlo en marcha de nuevo. No existe manera alguna de darle un portazo a la muerte.

Los pasos se detuvieron y ella prestó toda la atención que pudo mientras se esforzaba en hacer caso omiso al dolor penetrante de sus huesos y su carne desgarrada. El pomo de la puerta se movió. No lo vio, pero pudo escucharlo. Un haz de luz rasgó la oscuridad de aquella cloaca. Las sombras de sus torturadores se proyectaron en el suelo, en el infierno.

Ella ya había comprobado otras veces cómo el ser humano es capaz de transformarse en una máquina bajo el yugo del terror. Se levantó y ellos descendieron despacio los escalones sonriendo y mostrándole sus dientes. Había llegado la hora del almuerzo.

Ella, de pie y tambaleándose, gritó, soltó un alarido ronco y roto. Porque todavía estaba viva y, aunque le quedase poco tiempo, quería ser la dueña de los jirones que le quedaban de sí misma. Subió los escalones y llegó hasta ellos. Esto no les sorprendió, les gustaba precisamente porque era una luchadora, y permitieron que se les acercara a modo de divertimento. Cojeaba, sangraba pero sus ojos tenían el fuego que ellos ansiaban.

Sin embargo, ella se guardaba la última sorpresa. Desde lo alto de la escalera, saltó precipitándose y rompiéndose el cuello contra el suelo. Al menos consiguió un poco de libertad. Si debía acabar devorada por el infierno, al menos eligió cuándo.

Ellos se encogieron con violencia al sentir que su corazón estallaba al verla sin vida y rota en el fondo del sótano. Sin ella, sin el dolor de su muñeca de carne y hueso ¿cómo podrían seguir viviendo? Ellos eran alguien si ella sufría. Sin eso, no eran nada. Sólo escoria humana.

Esther Paredes Hernández

29 de Junio de 2018

 

 

 

 

 

 

 

De pie

Volveré a esperar la noche. De pie. Sin tambalearme si quiera. Ansiaré que subas las escaleras cobijando las llaves en tus manos. Escucharé con atención tus pasos lentos y ruidosos, pues aparecerás arrastrando tu cuerpo.Tu vientre aplastado contra el frío suelo dejará tras de sí un camino limpio de polvo.

La luz del rellano resultará escasa. Mis ojos se esforzarán demasiado por distinguir tu silueta entre las sombras espesas y sudorosas. Alguna lágrima recorrerá mi mejilla derecha. Pero no lo percibiré pues mis pensamientos estarán contigo en el suelo deslizante.

No llegaremos a tocarnos ni a rozarnos. Nunca lo haremos. Ninguna noche se abrirá para que el agua presa llegue hasta el río. La sequía de los campos continuará hasta el final de los años.

De pie. Volveré a esperar la noche. Sujeta de la mano por la desesperanza.

Esther Paredes Hernández

11 de Junio de 2018

Colaboración con Extinta

Fernando J. Palacios nos acompaña en nuestra travesía. Tenemos mucha suerte.

El tintero

Es la primera vez que me dejan sin palabras. Lo cierto es que no sé cómo empezó todo, creo que fue a finales del otoño pasado. Navegando por el lector de WordPress me encontré con las historias de Esther Paredes; la portada de su libro me enamoró y, preso de su extraño influjo, me intercambié un par de correos para hacerme con él y, si el libro me convencía tanto como los relatos que ya había leído en su página, escribirle una reseña. Esther tuvo la generosidad de hacérmelo llegar en un sobre al que no le faltaba detalle; hoy sé, pasados los meses, que en aquel sobre venía también el comienzo de una valiosa amistad, un antes y un después.
Leí el libro en dos tardes y escribí la reseña de “Buenas noches, cuentos de miedo para dormir mejor” todavía bajo el hechizo de su lectura; la reacción de…

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