¿Tienes miedo?

¿Tienes miedo? Deberías.

Buscamos sentirnos seguros en nuestro hogar. Cuando llega la noche y el silencio espeso se instala, como una niebla viva recorriendo los pasillos y los dormitorios, queremos creer que las sábanas nos protegen de garras y dientes. Como si la cama fuese un perímetro impenetrable y la lámpara de la mesita de noche, un cañón capaz de desintegrar las sombras que parecen moverse por las paredes y debajo del colchón. Entonces, bajamos la guardia y nos dormimos quedando a merced de la oscuridad que nos acaricia los tobillos, las piernas y el cabello sin pedirnos permiso.

Hace semanas que no duermo, me quedo muy quieta vigilando y normalizando mi respiración para que David crea que estoy en el mundo de los sueños. Mantengo los ojos abiertos, por si puedo distinguir algo, en la negrura del dormitorio. Esa negrura que se ha vuelto mi aliada. Las sombras duermen a mi lado, se introducen en el interior de mi marido y le obligan a cambiar.

David me lo advirtió. “¿Tienes miedo, Sara? Deberías. Algo sucede en nuestro dormitorio cuando cae la noche y aparecen las sombras. Mis manos no me obedecen, mis piernas tampoco. Surge en mi cabeza la idea de hacerte daño e imagino mil y una maneras de torturarte.” Lloré por él y por nuestro futuro juntos, pero no por mí porque no le di a la confesión de David tanta importancia como él. Mantuvimos largas conversaciones, intentando descubrir de dónde surgían esos pensamientos, de qué conflicto se nutrían. “Creo que no soy yo, son ellas, las sombras que nos visitan. Han estado ahí siempre, supongo, aunque no sé por qué las siento ahora.”

Por supuesto, pedimos ayuda a diferentes médicos, neurólogos y psiquiatras. Mi marido se sometió a pruebas e interrogatorios empujado por mi insistencia. No obtuvimos respuestas, tal y como David había predecido. Y cada noche continuó despertándome con sus gritos cargados de frustración, ira y terror. Vociferaba a entes, invisibles para mí, que no podrían obligarle a hacerme daño. Hasta que contemplé unas siluetas que se alzaban en las esquinas de la habitación y comprendí por qué David estaba al borde de un abismo.

Las sombras no tienen una forma que pueda reconocer, pero siento con claridad su rabia y su ansia de alimentarse de nosotros. David está dormido, al menos eso quiero creer. Su respiración es brusca, entrecortada y eso me pone en alerta. Ellas se han introducido por los agujeros de su nariz y sus oídos. Alarga los brazos con fuerza y agita las manos como si alguien, algo, le estuviese asfixiando. Me acerco muy preocupada e intento despertarle. “¡No me toques! ¡No quiero hacerte daño!” David no puede más, entre lágrimas, me dice que me deja, que debemos vivir separados o nos engullirá el rencor y el dolor que visitan cada día nuestro dormitorio.

¿Tienes miedo? Deberías si quieres sobrevivir a las sombras que nos asaltan durante la noche. Mientras crees que duermes en territorio seguro amurallado por la realidad. En la oscuridad, la maldad busca nuevos aliados y, si te resistes, su odio te devorará por dentro hasta que dejes de servirle. David, según creo, duerme con otra mujer y las sombras han dejado de buscarle. Conozco el motivo de su libertad: el verdadero objetivo he sido yo desde el principio. Han empezado a devorarme, no opongo resistencia a mi destrucción. Pues nadie duerme a mi lado para protegerme de mí misma.

Puedo verte

En la esquina de mi habitación, abajo a la izquierda, puedo verte.

Agazapada, envuelta en una neblina que no me permite distinguir con claridad tus ojos. Aunque alcanzo a adivinar tus dedos a través de las sombras. Están encorvados, parecen rotos. ¿Te han hecho daño? No sé por qué insisto en hablarte, llevas semanas observándome desde el rincón sin darme respuestas.

Mi enfermedad me retiene entre estas sábanas amarillentas. Las macetas con flores, que una mañana puse en la ventana, se han secado. Ni la lluvia de la primavera las ha salvado de la fiebre nocturna. En mi cama, sudor y lágrimas. En la ventana, hojas que se parten transformándose en polvo. Como los cadáveres cuando sus huesos descarnados comienzan a desvanecerse, borrando la historia de ese cuerpo que ya no puede hablar. De la misma manera que tú, envuelta en polvo negro, no contestas a mis preguntas.

Quizás has venido a acompañarme durante mi reposo. Quizás quieres que vaya contigo. No sé qué debo hacer. ¿Esperar? La puerta de mi casa hace tiempo que no se abre. Las visitas ya no cruzan el umbral. Existo en el olvido. Quizás he muerto y esta cama es un lecho de tierra coronado por flores secas. Te has movido. Te has puesto de pie. Eres más grande de lo que imaginaba. Tu sombra alargada llega hasta el techo y tus brazos recorren las paredes. Siento que me engulles en un abrazo profundo.

No quiero dejarme llevar, pero no encuentro la manera de escapar de mi dormitorio. Tu oscuridad ha empañado la ventana e impides que el recuerdo de las flores pueda consolarme. Noto que la fiebre intenta luchar contra el frío que hiela mis venas porque te estás acercando demasiado. Cierro los ojos. Huelo a tierra húmeda. Mis huesos se rompen.

Puedo verte.

El escondite

La buscaba sin ocultar su desasosiego. La había perdido otras veces, eso era cierto, pero no recordaba otra ocasión en la que le hubiese costado tanto dar con ella. Se dejó caer exhausta y derrotada en el sofá. Había recorrido la casa, rincón a rincón, escondite tras escondite, varias veces. ¿Y si se había quedado atrapada para siempre?

Una ventana se abrió de golpe permitiendo la entrada al frío del invierno. Pedazos de hielo se introdujeron en su sangre cuando ella se protegió el rostro con los brazos. Y pese a que la escarcha se derritió en su corazón ardiente, el resto de su cuerpo se agitaba sin remedio. Sintió que no quería cerrar aquella ventana, que el viento le estaba hablando. Quizás le ayudase a rescatar a su hija de su escondrijo. Se levantó y escuchó con toda la atención de la que fue capaz.

Escuchó la voz lejana y débil de su hija, que la llamaba por fin, desde un lugar que no alcanzaba a identificar. Cerró los ojos para concentrarse mejor y, tras unos instantes,advirtió que su mano infantil le agarraba con fuerza la suya. No se atrevió a abrirlos para no entorpecer el reencuentro. El frío continuaba conquistando más y más los rincones de la casa. Pero el hielo seguía derritiéndose al entrar en sus corazones. Continuaron cogidas de la mano enfrentándose al invierno, sin miedo a asomarse por la ventana.

Los escondites no sirven para nada. Ni siquiera para jugar.

El último escalón

La oscuridad tenía manchas borrosas, recuerdos fugaces y fragmentos de sueños ininteligibles. Flotaba en la oscuridad antes de conseguir poder abrir los ojos. Tenía miedo de averiguar dónde estaba, aunque lo suponía. Se sentía confusa pero no había olvidado lo sucedido.

Sacó con esfuerzo la mano derecha que había quedado atrapada con su cadera. Una punzada de dolor le atravesó el cuerpo como un rayo hasta explotar en su cerebro. Estaba peor de lo que imaginaba. Su ansiedad aumentó de manera exponencial. Ya no sólo le preocupaba aquel lugar, sino su estado físico para poder salir de allí lo antes posible con vida.

Abrió la boca, todo lo que fue capaz, para que entrara algo de aire en sus pulmones y rozó su cuerpo con la yema de los dedos. Recordó y descubrió heridas profundas y arañazos nuevos en  brazos piernas, en el abdomen, en el cuello. Su rostro estaba hinchado, ninguno de aquellos que la amaron una vez podrían haberla reconocido. Ni ella misma podía. No le importaba eso ahora, su alma estaba demasiado castigada y no volvería a ser la mujer que era antes de entrar en esa oscuridad.

Y estaba empapada. Supuso que por su propia sangre, la que escapaba de su cuerpo buscando la ansiada libertad. Le dolía la garganta y tragar saliva era un esfuerzo que no podía exigirse. Sin embargo, lo hizo motivada por un acto reflejo. Una manera inconsciente de comenzar a digerir la penosa situación en la que se encontraba.

Continuaba tirada en la misma posición cuando escuchó un ruido. Más de uno. Eran pasos que provenían de algún lugar poco específico encima de su cabeza. Sabía lo que eso significaba y tuvo que luchar consigo misma por hacer el intento de levantarse. Si no lo lograba, la matarían.

Abrió los ojos y se puso boca arriba. La oscuridad de su mente también estaba en aquel sótano húmedo, que olía a ratas muertas y a ratas vivas que orinaban y defecaban a sus anchas entre los muebles viejos que le habían preparado a modo de  macabro dormitorio sus captores.

Aquel sótano, esa cueva sin salida en la que llevaba encerrada demasiado tiempo y que había hecho trizas su vida. Una cueva de la que había intentado escapar en más de una ocasión y por ello había sido torturada. Qué le importaba eso ahora. Qué le importaba ya nada. Estaba tirada en el último escalón de la escalera, el escalón que le alejaba definitivamente del mundo real. Del mundo en el que los demás vivían ajenos a lo que sucedía en aquel agujero profundo y mohoso. Era su última tabla de salvación.

Los pasos se escuchaban al otro lado de la puerta. No pasaría mucho tiempo hasta que uno de ellos bajase hasta ese último escalón, el más profundo de la escalera, y la agarrase del pelo para lanzarla contra el suelo. Contra el infierno. Ese último escalón era lo que la separaba del infierno. Esa hoguera eterna que la mantenía viva mientras la devoraba lentamente.

Pero se habían excedido en su último castigo. No habían medido bien la fiereza de sus mordiscos y ella había perdido mucha sangre. Echó un vistazo a su cuerpo, al escalón y comprobó que sus sospechan eran ciertas: estaba tumbada sobre un gran charco rojo.

Nada le quedaba por hacer. El sol ya se había alejado de ella para no volver. Los pájaros cruzaban los cielos en grandes bandadas buscando lugares más cálidos. Las manecillas del reloj estaban a punto de pararse y ningún relojero sería capaz de ponerlo en marcha de nuevo. No existe manera alguna de darle un portazo a la muerte.

Los pasos se detuvieron y ella prestó toda la atención que pudo mientras se esforzaba en hacer caso omiso al dolor penetrante de sus huesos y su carne desgarrada. El pomo de la puerta se movió. No lo vio, pero pudo escucharlo. Un haz de luz rasgó la oscuridad de aquella cloaca. Las sombras de sus torturadores se proyectaron en el suelo, en el infierno.

Ella ya había comprobado otras veces cómo el ser humano es capaz de transformarse en una máquina bajo el yugo del terror. Se levantó y ellos descendieron despacio los escalones sonriendo y mostrándole sus dientes. Había llegado la hora del almuerzo.

Ella, de pie y tambaleándose, gritó, soltó un alarido ronco y roto. Porque todavía estaba viva y, aunque le quedase poco tiempo, quería ser la dueña de los jirones que le quedaban de sí misma. Subió los escalones y llegó hasta ellos. Esto no les sorprendió, les gustaba precisamente porque era una luchadora, y permitieron que se les acercara a modo de divertimento. Cojeaba, sangraba pero sus ojos tenían el fuego que ellos ansiaban.

Sin embargo, ella se guardaba la última sorpresa. Desde lo alto de la escalera, saltó precipitándose y rompiéndose el cuello contra el suelo. Al menos consiguió un poco de libertad. Si debía acabar devorada por el infierno, al menos eligió cuándo.

Ellos se encogieron con violencia al sentir que su corazón estallaba al verla sin vida y rota en el fondo del sótano. Sin ella, sin el dolor de su muñeca de carne y hueso ¿cómo podrían seguir viviendo? Ellos eran alguien si ella sufría. Sin eso, no eran nada. Sólo escoria humana.

Esther Paredes Hernández

29 de Junio de 2018

 

 

 

 

 

 

 

La receta

El amor siempre se ha relacionado con la comida porque conecta directamente con el acto primitivo de sobrevivir alimentándonos. Vinculándolo además con el placer de nutrir a nuestros sentidos mientras mantenemos vivo el fuego que hacer hervir el agua y que puede acabar consumiéndonos si no conseguimos frenar los impulsos.

Él eso lo sabía bien. Aunque hacía tiempo que había admitido que no era buen cocinero, ni siquiera un pinche decente. Ella estaba decepcionada, cansada de esperar a que aprendiese, y se había puesto a cocinar sola. De vez en cuando, sólo de vez en cuando, le daba a probar un sorbo de lo que preparaba. En esas pocas ocasiones, su mujer llenaba la cuchara de madera con placer humeante y se la acercaba mientras soplaba con delicadeza formando un delicado círculo con sus suaves labios. Como cuando le besaba tiempo atrás.

Ella ponía su pequeña mano debajo de la cuchara para evitar manchar el suelo. Él se consumía por el deseo de cogerla y lanzar la cuchara lejos para poder besar esos labios ligeramente apretados. La comida habría quemado sus pechos y el dolor hubiera sido palpable abandonando su corazón por un instante. Sin embargo, su mujer no le miraba a los ojos en ningún momento. Sólo estaba pendiente de la cuchara. Compartía con él el sabor de su nueva receta nada más y nada menos, pues sólo eran migajas.

Se metió en la ducha y abrió pronto el grifo buscando el calor del agua pues sentía que su cuerpo estaba demasiado frío ese día. Pronto una cortina de líquido tibio le acarició el rostro como una mano femenina invisible que le tranquilizaba. Cerró los ojos para poder sentirlo y así estuvo hasta que reunió las fuerzas necesarias para ir a buscarla.

Su mujer estaba en la cocina y lo que estaba preparando olía de maravilla. Y ella también. Su piel reaccionó con intensidad cuando sus sentidos se desbordaron con la mezcla de los perfumes. Rocas, árboles, nubes, sol, flores silvestres, ella rozando el mango del cuchillo y partiendo, desgarrando y cortando todo lo que caía en sus manos.

Él tenía el pelo húmedo y pensó que por eso le dolía tanto la cabeza de repente. Respiró hondo y se acercó hasta ella con una forzada sonrisa. Su mujer le daba la espalda porque trabajaba concentrada. No le importaba, sabía que tendría el gesto serio como últimamente.

—Vaya, por fin te has levantado.

—¿Qué hora es?

—Casi mediodía.

—Huele de maravilla. ¿Es una nueva receta?

—Sí. Creo que por fin he encontrado la mejor.

—¿Puedo probarla?

—Todavía no.

Se hizo un silencio espeso y vacío. Sólo el sonido del reloj marcaba el ritmo de la guerra sanguinaria que se estaba librando entre ellos. Ya no quedaba un resquicio de piedad. Él se limitó a quedarse junto a su mujer. Respirando como podía tras ella. Se consoló imaginando que sus alientos se unían en algún lugar mientras se elevaban hasta el techo de la cocina.

—Ya está. He terminado.

—¿Me dejas probarlo ahora?

Ella continuaba de espaldas y no contestó. Escuchó que alguien abría la puerta de la casa y se sobresaltó. Nadie aparte de ellos tenía la llave para entrar.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

La voz de su mujer retumbaba en la entrada, en el pasillo. A él se le hizo un nudo en la garganta mientras agudizaba el oído, la vista, intentando ver quién había entrado en su casa y por qué parecía ser su mujer.

—Cariño ¿sigues en la cama? Qué bien huele ¿qué estás cocinando?

Él no conseguía entender lo que estaba ocurriendo porque esa voz, esa manera de hablar inconfundible, la conocía desde hacía más de veinticinco años.

—Voy a ducharme ¿vale?

Volvió de nuevo la vista hacia la espalda de su mujer que continuaba cocinando como si nada. Decidió no decirle nada hasta comprobar por él mismo que todo era fruto de su imaginación agitada. Escuchó el agua de la ducha y entró en el cuarto de baño. Detrás de la cortina podía adivinar la silueta de su mujer. Se acercó despacio y abrió ligeramente la cortina. Allí estaba ella: magnífica, fuerte. Se giró hacia él y le sonrió.

—¡Cierra, por favor, que entra el frío!

Él obedeció y regresó a la cocina más confundido todavía. Albergaba la esperanza de no encontrar a nadie allí, pero su mujer seguía enfrascada en la nueva receta. La observó manteniendo la distancia porque comenzó a tenerle miedo. Su mente, su alma era incapaz de entender cómo era posible que estuviera dándose una ducha y en la cocina al mismo tiempo.

Sintió una pena profunda, un desasosiego estremecedor, y tuvo la necesidad de colocarse junto a ella al lado de aquel fuego que acababa de apagar. Estaban a punto de alimentarse con lo que había cocinado. Pudo observar cómo su mujer, que continuaba sin darse la vuelta, agarraba el cuchillo cuando ya no quedaba nada más que cortar y respiraba con bocanadas irregulares. Tenía la cabeza ligeramente agachada hacia adelante y el pelo le cubría gran parte del rostro.

Dio un respingo cuando escuchó que ella también cerraba el grifo de la ducha al otro lado de la casa. El tiempo pasó demasiado rápido y el pasillo se llenó de los pasos de su mujer que se asomó por la puerta de la cocina.

—Bueno, estoy muerta de hambre. ¿Podemos comer ya?

Él la vio en el umbral por el rabillo del ojo porque no podía apartar los ojos de su mujer que comenzaba a girarse sin soltar el cuchillo. Contempló aterrorizado la rabia y el miedo en sus ojos profundos e interminables. Ella gritó de rabia mientras le asestaba furiosas puñaladas y le despedazaba para siempre.

También gritó desde el umbral de la puerta de la cocina mientras era testigo de cómo su marido se hacía pedazos, se desmembraba a sí mismo en pequeñas partes para ser cocinado a fuego lento.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 30 de Abril de 2018

Terminado a las 09:29 horas.

Alas gemelas

Este relato nace de la colaboración con Danielis. Una seguidora de mi Página de Facebook @elesconditedelacuentista. Es una jovencita venezolana entusiasta, sensible y todo un encanto. Me propuso que escribiese un cuento de miedo, dándome completa libertad, a partir de un argumento que ella había elaborado. Me fascinó la idea. Unir mis miedos con los suyos. Dos generaciones compartiendo un sentimiento universal: el terror de convertirnos en la obsesión de otra persona. Mi tema favorito por cierto. Ahí va para todos vosotros. ¡Esperamos que disfrutéis con la lectura!
Iván no tenía por costumbre quedarse en casa un sábado por la noche. Y menos cuando su madre estaba de viaje y podía hacer lo que le diera la gana. Pero por mucho que costase creerlo, allí estaba. Tumbado en el sofá, con las zapatillas sucias de deporte puestas y como única luz el resplandor que emanaba de la pantalla del televisor. Apenas podía distinguirse en la oscuridad del salón su rostro aburrido.
Todo porque sus amigos estaban estudiando, el lunes siguiente comenzaban los exámenes finales. Suspiró enfadado y se dio la vuelta para observar fijamente el techo. La televisión había dejado de interesarle. Cruzó los brazos sobre su pecho. Qué largo se le iba a hacer el fin de semana.
Cogió el móvil y revisó todos los chats para comprobar que no hubiese nadie más con ganas de charlar y aprovechar esa noche. Nada. Silencio. Resopló y optó por irse a su habitación. Llevaba horas tumbado y ya estaba harto. Entró en su dormitorio y encendió el ordenador. De acuerdo. Lo haría. Estudiaría un rato por no morir de aburrimiento.
Se metió en el grupo de la Universidad, en Facebook, y preguntó si alguien podía pasarle los esquemas para el examen de Química aplicada. Mientras contestaba alguna alma caritativa, buscó música en su ordenador. Comenzó a sonar The race de Thirty seconds to Mars a todo volumen.
La ventana de su habitación estaba medio abierta y un pájaro blanco se golpeó primero en el cristal para acabar entrando mientras cacareaba tan fuerte que la música no lograba ocultar aquellos sonidos tan molestos. Iván saltó de la silla sobresaltado y observó atemorizado al pequeño animal que se había roto un ala e intentaba despegar del suelo sin éxito. Abría su pico una y otra vez quejándose.
Era un extraño pájaro. No reconocía la especie a simple vista. Las blancas plumas se habían manchado de sangre. Lo agarró con repugnancia y sintió el ala rota en su mano derecha. Desencajada, extrañamente deformada. El ave no dejaba de agitarse y comenzó a darle fuertes picotazos en los dedos. Iván podía ver cómo se teñían de rojo sus dedos mezclándose su sangre con la del pájaro. Apretó más las manos en aquel pequeño cuerpo y notó cómo le rompía la otra ala.
Ya no soportaba más ese calvario. Gritó fuera de sí y, como si se tratase de una pelota de béisbol, lo lanzó a la calle. Cerró los ojos y esperó un instante. Terminó la canción que sonaba por los altavoces del ordenador. Al igual que el cacareo del animal. Se había callado por fin y sabía por qué. Ya sólo se escuchaban sus tensos jadeos intentando recomponerse. Acaba de matar a un pájaro. De delicadas plumas blancas. Recordó la sensación de los huesos partiéndose en las palmas de sus manos. Corrió hasta el cuarto de baño y vomitó.
Se frotó las manos enérgicamente para borrar la huella sanguinolenta de su crimen. No le dolían los cortes provocados por los picotazos. Le dolía el pecho. Al contemplarse en el espejo no le gustó lo que vio. Estaba muy demacrado y se le habían ensombrecido los ojos. Se notaba que lo había pasado francamente mal unos minutos antes. Cerró los párpados y se obligó a olvidar lo que había sucedido. Se prometió a sí mismo no asomarse por la ventana para ver al animal muerto.
Con pasos cansados, regresó a su habitación. Rozó el ratón y se iluminó la pantalla. Buscó el nombre de la especie a la que pertenecía el pájaro. No tardó en comprobar que se trataba de un mirlo blanco. No le gustó averiguar lo especial que resultaba un mirlo de ese color. Por lo extraño e inusual. De repente tuvo deseos mirar afuera para comprobar lo que ya sabía, que aquel pequeño corazón había dejado de latir simplemente por haber entrado en su dormitorio. De manera inconsciente se apretó los dedos dónde estaban las mancha de sangre hacía unos minutos. La culpa se había instalado en su cuerpo.
El aviso de un mensaje en el chat de estudiantes le sacó de su torbellino de sentimientos confusos. Ariana, una estudiante de otra clase, le mandaba los resúmenes del temario que había pedido. Agradeció tanto poder alejar de sus pensamientos al mirlo blanco que se animó a mantener con ella una conversación. No la conocía y corría el riesgo de que la chica notase el acercamiento un poco forzado pero no le importaba.
Ari, que así le pidió que la llamara, le confesó que llevaba horas estudiando y ya comenzaban a bailarle las frases del libro. Además, le parecía una tontería sacrificar de esa manera la noche del sábado. Pero sus padres eran muy estrictos y no la dejaban salir cuando llegaban los exámenes. De hecho, llevaba ya dos semanas viviendo entre la Universidad y su habitación.
Iván comprendió en las palabras de aquella chica que se encontraba tan sola como él en aquella larga noche. Rió para sí mismo al fijarse en la foto de perfil de Ari, llevaba gafas. No podía ser de otra manera, era una cerebrito en toda regla. Qué regalo tan oportuno le había brindado el destino para los exámenes finales. Y para olvidar que había un pequeño bulto de carne inerte con alas bajo su ventana. No se conocían en persona, pero habían conectado de manera virtual y él se sentía muy agradecido.
Los días siguientes transcurrieron deprisa. Estudiando con Ari a través del chat y mensajes de audio. El mirlo que mató quedó enterrado en algún lugar de su cerebro junto a otros recuerdos y trastos viejos que no quería rememorar. Ari ayudó también a este olvido necesario pues la chica supo cómo enternecerle con sus conversaciones íntimas en las que le confesaba sus secretos. Iván, por su parte, le respondía con la misma confianza. Pues entendió que Ari era de esas pocas personas honestas y leales en las que podía refugiarse.
Pasaron los finales e Iván pudo celebrarlo con sus amigos. Antes de salir hacia la fiesta, le mandó un mensaje a la chica para que se uniera a ellos. Pero Ari quería descansar. Cada vez le costaba más sobrellevar la presión de sus padres. Además, no le iban a dejar. Él, agradecido por todo lo que le había ayudado, le propuso quedar en una cafetería cercana a la Universidad la tarde siguiente. Ella le confesó que a sus padres no les gustaba que quedara con chicos que ellos no hubiesen aprobado antes.
Aunque en realidad nunca aceptaban a ninguno y ella apenas podía salir. Iván insistió. Tenía que enfrentarse a ellos. Ari tenía dudas. Sin embargo aceptó. Nada podía ser peor que estar encerrada en casa día tras día.
La diversión nocturna duró más de lo que Iván esperaba y llegó a casa a la mañana del día siguiente. Su madre le esperaba en el salón. Sentada en el mismo sofá dónde, un par de semanas antes, él se moría de aburrimiento. Su cara reflejaba mucho enfado. Pero no le importaba. Se lo había pasado demasiado bien como para permitir que se lo estropeara. No contestó a sus preguntas y calló su voz dando un portazo al meterse en su habitación.
Se quitó la ropa que olía a humo pegajoso y a alcohol. Su último pensamiento fue para Ari. Sonrió al pensar que la conocería por fin en persona. La cama le resultó muy cómoda y refrescante. Un sueño piadoso le engulló en cuestión de segundos. Tiró de él y le llevó lejos a través de un profundo túnel. Sin embargo, no todo iba a ser tan placentero en su descanso. De repente, la cavidad se transformó en otra cosa. Iván conducía su coche atravesando la oscuridad. Los faros iluminaban el asfalto haciendo destacar las líneas blancas discontinuas de la carretera.
En la radio sonaba The race de los Thirty seconds to Mars. Apretó las manos en el volante y comenzó a sudar. Pero otros sonidos se mezclaron con la canción. El precioso canto de un pájaro. Líneas blancas en el negro suelo. Pisó con fuerza el acelerador como queriendo escapar de un recuerdo “terrible. Sus manos se contrajeron intentando convertirse en unas garras y el volante comenzó a crujir. Huesos rotos. El motor rugió cuando Iván aumentó la velocidad de manera alarmante. Líneas blancas.
No supo de dónde surgió pero no puedo evitar golpear a una figura blanca que se encontraba plantada en medio de la carretera. Perdió el control del coche durante u instantes hasta que logró frenar. Gritó despavorido porque sabía que acaba de atropellar a una persona. Corrió hacia el bulto blanco que yacía inmóvil en el suelo pero, por más que lo intentaba, no lograba llegar hasta él.
Lloró impotente, apretó la mandíbula y alargó los brazos para conseguir zafarse de la fuerza invisible que le impedía socorrer a aquella persona. Se despertó con los zarandeos de su madre preocupada por los alaridos que profería. Respiró aliviado al comprobar que todo había sido una pesadilla.
Le preguntó desorientado a su madre qué hora ella. Le contestó que las doce del mediodía. Iván le confesó que había quedado por la tarde con una chica y que no quería dormir demasiado. Tenía mucho interés en conocerla. Su madre le retiró el pelo de su frente sudorosa mientras sonreía de manera maternal. Esto causó el efecto que ella deseaba y el chico volvió a conciliar el sueño. Esta vez fue plácido y reparador.
Abrió los ojos lentamente. Le dolía mucho la cabeza. Parecía como si le hubiese arrollado un tren de mercancías. Había dormido tan profundamente que sus músculos no conseguían recuperar las ganas de moverse. Miró el reloj y su corazón dio un brinco. Eran las diez de la noche. Había quedado con Ari y había faltado a la cita. Suspiró perezoso. Seguro que estaría molesta. Le había fallado. Sintió un peso sobre él que no le apetecía cargar. Al fin y al cabo se conocían desde hacía poco. Tampoco le debía nada.
Le recriminó a su madre que no le despertara. Pero ella insistió en que lo había intentado varias veces pero que él no conseguía despertarse del todo. Después de cenar la culpabilidad le reconcomía por dentro. Así que quiso asumir su responsabilidad y se sentó en el ordenador. Le escribió a su amiga un mensaje de disculpa y aguardó impaciente una respuesta. Era de madrugada y era posible que ya estuviese dormida, pero quiso intentarlo. Empezó a frotarse las manos como la noche en la que se las manchó con el mirlo herido.
Un nuevo mensaje iluminó la pantalla. Ari aceptaba sus disculpas. Se había sentido una idiota esperando en la cafetería. Viendo a compañeros suyos pasándolo bien con sus amigos mientras ella estaba sentada sola en una mesa disimulando su decepción. Iván se apresuró en llamarla por teléfono. Quiso hablar con ella para demostrarle lo importante que era para él. Que no había acudido a la cita porque se había dormido. Sólo eso. Ari le escribió que no se preocupase. Estaba cansada. Sus padres habían montado en cólera. Daba igual, estaba aliviada ahora que él le había dado explicaciones. Quedaron en verse para desayunar.
Iván entendió que Ari no quisiera seguir hablando con él. Bastante generosa había sido. Otra persona no habría sido tan comprensiva. Además, se le encogía el corazón al imaginar el conflicto que le podría haber originado con sus padres. Mañana la vería y nunca más la dejaría sola.
Apareció una noticia en el grupo de estudiantes. Una compañera de la Universidad se había suicidado esa tarde arrojándose desde de la ventana de su dormitorio. Abrió el enlace y leyó el suceso. La fotografía le dejó sin aliento. Un bulto blanco en medio de la carretera. El mismo bulto de su pesadilla. Podía adivinarse el cuerpo de la chica que vestía un camisón de tirantes. Sus brazos parecían rotos por el golpe. Parecía flotar en un charco rojo. Una alarma se disparó en su cabeza.
Bajó el cursor hasta leer el nombre de la joven. Ariana. El corazón amenazaba con pararse. Buscó en la información otra foto de la fallecida. La encontró. Esas gafas tan reconocibles. Su sonrisa tímida. Lanzó la pantalla del ordenador contra el suelo sin entender lo que estaba pasando. La pantalla se apagó y se volvió negra. Empezó a vestirse. Iba a ir al lugar del accidente. Necesitaba información, necesitaba saber.
Empezó a ponerse la chaqueta cuando la pantalla se iluminó. Ari le había mandado un mensaje al móvil. Iván, al verlo, rió descontrolado. ¿Podría haber sido todo un malentendido? Se apresuró a leerlo. Ari quería que se vieran ahora mismo. No quería esperar hasta el día siguiente. De hecho, ya estaba de camino. Iba caminando pero llegaría en unos diez minutos. Iván aceptó gustoso. Saldría a recogerla con su coche. También estaba impaciente por comprobar que se encontraba bien.
Conducía aliviado. Enamorado de aquella chica a la que nunca había visto pero que tanto conocía. La encontró tras recorrer dos manzanas. Encendió las luces de emergencia y bajó ansioso del vehículo. Ella sonrió ruborizada. Estaba preciosa. La abrazó con fuerza con miedo de perderla y se besaron unos segundos que se convirtieron en horas, en años.
Subieron al coche y salieron de la ciudad. Durmieron juntos en el asiento trasero después de aparcar cerca de la playa. Habían hablado de todo y de nada. Poco importaban ya las palabras. Sólo la piel era lo que contaba ahora su historia.
El sol apareció entre las nubes mañaneras. Iván abrió satisfecho los ojos y contempló a Ari entre sus brazos. El móvil vibró con la entrada de un mensaje de uno de sus amigos. El cadáver de la chica muerta estaría en el tanatorio al mediodía para que todo el mundo pudiese despedirse de ella antes de enterrarla. Estaban quedando todos los compañeros para acudir juntos. Iba a resultar muy duro.
Iván dijo que iría. Antes de despedirse de su amigo, le preguntó quién era la chica que se había suicidado. Él le contestó que no la conocía, no iba a su clase. Se llamaba Ari. Ariana en realidad. Era muy callada y no se relacionaba mucho pero era buena estudiante y amable con todos. No merecía morir. No estaba bien lo que había pasado. Se comentaba que los padres la tenían demasiado amarrada. Pero vete a saber… ¿No había leído la noticia en el chat?
Iván ya no le escuchaba desde hacía rato. Dejó caer su móvil al suelo. Volvió a mirar a Ari entre sus brazos. Su cerebro intentaba saber si era una casualidad, si había muerto otra Ariana o si se estaba volviendo loco. La apretó contra su pecho. Ella gimió dormida. Notaba la fragilidad de su cuerpo entre sus manos. Detectó la extrema palidez de su piel, casi era blanca.
Contrajo todavía más las manos. Sentía los huesos y percibía su debilidad. Ella se despertó y gritó por el dolor. Él estaba fuera de sí y la agarró tan fuerte como pudo sujetándola de los brazos. Ella comenzó a agitarse, intentando liberarse. Primero le dislocó el hombro derecho. Los alaridos de Ari a causa del dolor retumbaban en el interior del coche. Pero parecían lejanos para él.
Ella continuaba resistiéndose y se escuchó cómo se le quebraba el brazo. Un mirlo blanco se estrelló contra la ventanilla. Iván se distrajo y aflojó. Pero Ari no podía moverse por el dolor. Otros mirlos, decenas, comenzaron a estrellarse contra los cristales. Primero aparecieron unas grietas. Después estallaron. Los pájaros cubrieron a Iván y le picotearon desgarrando su carne, haciendo trizas su piel. El dolor lo llenaba todo. Y el blanco se manchaba de rojo.
Encontraron a Iván en el interior de su coche cerca de la playa. Nadie pudo explicar cómo pudo romperse a sí mismo los brazos y morir desangrado a causa de las heridas que se provocó. Pequeñas y centenares heridas. Tuvo que sufrir en extremo durante horas hasta entrar en shock por el dolor.
Descubrieron en su móvil abierta la página en la que apareció la noticia del suicidio de Ari. En ella se contaba que los padres de la chica habían encontrado una carta de despedida en su habitación.
Iván, abriste la ventana de mi libertad para después lanzarme al vacío con las alas rotas.
El chico debió sentirse muy culpable. De alguna manera tenía las manos manchadas de sangre.
©Danielis Tovar ©Esther Paredes Hernández
Barcelona, 18 de Marzo de 2018
Este es el argumento que me envió Danielis y en el que he basado el relato. No lo puse antes para no hacer spoiler .
“Dos personas que se conocieron en línea gracias a amigos en común. Dani y Jesús se la pasaban siempre hablando por chat. Tenían tantas cosas en común que ya se habían hecho demasiado cercanos. Jesús se identificaba perfectamente con la chica de lentes, y siempre se sentía cómodo para decirle sus problemas. Un día, quedan de acuerdo para encontrarse, conociendo así finalmente. Él ese día amanece con una pereza horrible, y no va a verla a dónde acordaron. No le avisa sino hasta que ya había pasado la hora del encuentro. Ella contesta el mensaje, nada molesta con él por dejarla plantada. Siguen hablando con su cotidianeidad. Cierto día, Jesús lee el periódico local, encontrando algo que le heló los vellos. El reporte de una chica asesinada, muerta por un accidente gracias al descuido de un conductor por la calle. Responde al nombre de Dani, y sucedió el día que se encontrarían a la hora después de lo acordado. Jesús se tensa, y en ese momento, recibe un mensaje de ella.”

Confusa

Cerraba los ojos intentando concentrarse. Encontrar en algún rincón de su cerebro algo de luz y de silencio. Voces de personas invisibles y ruidos a los que no podía poner nombre se mezclaban entre sí tejiendo una tela de araña densa como la niebla. Estaba tumbada en la cama. Los ojos cerrados. Su corazón cansado e inquieto.

Su pecho desfallecía y respirar le producía un dolor profundo. Un dolor que reptaba clavando sus uñas en la carne queriendo alcanzar la garganta. El mundo se había vuelto confuso. La vida, extraña. Como si alguien la hubiese echado de un automóvil en marcha y hubiese rodado golpeándose contra el asfalto para quedar en el arcén desprotegida contra la tormenta.

Suspiraba. Cada vez con más fuerza. Pero resultaba inútil. Se ahogaba en la cama de su dormitorio envuelta en la niebla que producían sus pensamientos sin sentido.

El tiempo se había dividido en pequeñas fracciones del pasado, del presente y de un futuro imaginado. Pedazos que se amontonaban, se mezclaban y retroalimentaban dando paso a la confusión. A la realidad borrosa de la que necesitaba salir si deseaba no acabar muerta. Sabía que corría peligro si no lograba superar ese miedo que la mantenía paralizada y, al mismo tiempo, agitaba su mente hasta el extremo.

Primero despegó la cabeza de la almohada. Gimió de dolor cuando la sangre comenzó a golpear sus sienes recordándole que se había puesto en movimiento. Se mareó, pero no quiso volver a atrás. Apoyó las manos en el colchón y se sentó en la cama. Respirando profundamente para recuperar poco a poco la sensibilidad de su cuerpo. Apartó las sábanas con mucho esfuerzo e intentó mover las piernas.

No quería dejar su dormitorio. No deseaba salir y ver el sol. Arrastrando los pies y cargando con su alma, que era lo que más le pesaba, llegó al cuarto de baño. El agua fría le ayudó a concentrarse. No del todo. Lo suficiente para organizar mentalmente lo que debía hacer para llegar hasta la calle.

Diez minutos después estaba bajando las escaleras de su edificio. No era capaz de meterse en el ascensor. Las paredes se hubiesen estrechado hasta aplastarla. Así que, escalón a escalón, luchando contra sí misma en cada paso, alcanzó el hall. Con un poco más de esfuerzo regresó al mundo real.

El sol le obligó a cerrar los párpados e hizo que las voces invisibles llenaran de nuevo su cabeza. Tuvo que sujetarse la frente por el dolor y se tambaleó. Alguien la sujetó del brazo para que no cayese al suelo. Cuando recobró un mínimo de control intentó ver a la persona que le había ayudado. Pero no pudo.

Distinguía su, su pelo, sin embargo no veía su cara. Su rostro estaba tan barroso que había desaparecido. Dónde debían estar los ojos, la nariz… se  veía una mancha de color carne. Una mancha lisa, sin círculos, sin bordes. Nada.

Empujó a aquel hombre, porque eso era lo que pudo saber por su ropa, muy asustada y dio media vuelta andando ansiosa en la dirección contraria. Enseguida se cruzó con otra persona sin rostro. Y otra. Y otra más. Y todas las que le rodeaban.

Las voces invisibles clamaban en su cabeza y los ruidos eran tambores furiosos. La confusión era su dueña. Se desorientó y no era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa. Sólo miraba hacia el suelo para no toparse de frente con aquellos cuerpos sin rostro. No sabía si la miraban, si le hablaban, lo que pensaban, quiénes eran.

Alguno la llamó por su nombre. Pero la voz no era suficiente para que poder reconocerlo. Habría dado cualquier cosa por encontrarse con una cara amiga. Deambulaba por las calles sin saber qué hacer. Exhausta, encontró una gran caja de cartón en un callejón y allí pasó el día escondida. Y la noche. Aquel escondite improvisado le dio una serenidad inesperada durante esas horas.

Porque no le importaba a nadie, no veía a nadie, no estaba en su cama atrapada y las voces de su cerebro no parecían tener demasiadas ganas de conversar. Se durmió rodeada de suciedad, de charcos de agua oscura por la inmundicia y de unas ratas que buscaban comida. Ese lugar infecto resultó ser más hogar que lo que había sido su propia casa en los últimos días.

En cuanto la ciudad comenzó a despertar, ella también lo hizo. Se estiró como hacen los que han descansado bien. Alguien la sorprendió levantando el cartón con el que se escondía. Era un policía que le preguntaba si se encontraba bien. Ella fijó la mirada con esfuerzo y observó que no tenía rostro. Salió corriendo de allí pidiendo auxilio.

Encontró la manera de regresar a casa sin saber muy bien cómo pues sólo miraba el suelo. Entró en su casa con las manos temblorosas y llorando. No entendía lo que estaba sucediendo. ¿Por qué no podía reconocer el rostro de los demás?

Se metió en la ducha. Olía mal. Se había orinado encima cuando vio al policía. El agua caliente calmó sus nervios. Comenzó a sentir cierta esperanza. Quizás si se tranquilizaba, si tomaba el control sobre las voces invisibles, la confusión se alejaría y las cosas volverían a recuperar la normalidad.

Abrió la cortina de la ducha y se envolvió en una toalla. Las gotas resbalaban sobre su piel y sintió un escalofrío. Se dirigió al espejo que estaba empañado por el vapor de agua. Se observó así un instante. De esta manera veía a los demás, como si su cara fuese un espejo empañado. No le gustaba. El miedo regresó.

Se apresuró en limpiarlo con la mano. Pero no tuvo éxito. Empezó a frotar con las dos manos, con fuerza. Utilizó la toalla, el secador, sin embargo todo parecía inútil. Lo dejó estar y fue hacia su dormitorio. Entonces descubrió que su reflejo en la ventana era igual de borroso que en el baño. Allí no había vapor.

Comprobó horrorizada que, aunque ella se veía a sí misma con claridad, reflejada en los cristales era una mancha, sólo los bordes recordaban que era ella. Desnuda, salió al rellano y llamó a gritos a sus vecinos. Poco a poco fueron asomando y no daban crédito a lo que veían.

Porque no sabían qué era aquello, aquella mancha de color piel, aquel dibujo borroso que emitía palabras inconexas. Estaban paralizados, sin saber qué hacer, cerrando las puertas para que no se acercara a ellos o entrara en sus casas.

Hasta que un vecino la tocó y vio que era consistente, que se removía entre sus manos y la empujó por el hueco de la escalera.

Ella sintió como se partía su cuerpo con el fuerte golpe. Su cerebro se había detenido bruscamente tras gritar mientras caía. Los párpados ya no pesaban y echó un último vistazo a la vida, a los vecinos que se asomaban por la barandilla. Habían recuperado su rostro. Sabía quiénes eran. Sonrió porque había dejado de estar confusa.

El vecino que había lanzado a aquella cosa contra la planta baja ansió morir al descubrir que la mancha borrosa era su vecina. Pues recuperó su forma cuando su cuerpo perdió la vida.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 11 de Febrero de 2018