Puedo verte

En la esquina de mi habitación, abajo a la izquierda, puedo verte.

Agazapada, envuelta en una neblina que no me permite distinguir con claridad tus ojos. Aunque alcanzo a adivinar tus dedos a través de las sombras. Están encorvados, parecen rotos. ¿Te han hecho daño? No sé por qué insisto en hablarte, llevas semanas observándome desde el rincón sin darme respuestas.

Mi enfermedad me retiene entre estas sábanas amarillentas. Las macetas con flores, que una mañana puse en la ventana, se han secado. Ni la lluvia de la primavera las ha salvado de la fiebre nocturna. En mi cama, sudor y lágrimas. En la ventana, hojas que se parten transformándose en polvo. Como los cadáveres cuando sus huesos descarnados comienzan a desvanecerse, borrando la historia de ese cuerpo que ya no puede hablar. De la misma manera que tú, envuelta en polvo negro, no contestas a mis preguntas.

Quizás has venido a acompañarme durante mi reposo. Quizás quieres que vaya contigo. No sé qué debo hacer. ¿Esperar? La puerta de mi casa hace tiempo que no se abre. Las visitas ya no cruzan el umbral. Existo en el olvido. Quizás he muerto y esta cama es un lecho de tierra coronado por flores secas. Te has movido. Te has puesto de pie. Eres más grande de lo que imaginaba. Tu sombra alargada llega hasta el techo y tus brazos recorren las paredes. Siento que me engulles en un abrazo profundo.

No quiero dejarme llevar, pero no encuentro la manera de escapar de mi dormitorio. Tu oscuridad ha empañado la ventana e impides que el recuerdo de las flores pueda consolarme. Noto que la fiebre intenta luchar contra el frío que hiela mis venas porque te estás acercando demasiado. Cierro los ojos. Huelo a tierra húmeda. Mis huesos se rompen.

Puedo verte.

Monstruosa Navidad

Me cuesta confiar en las personas porque no soporto las mentiras y no soy muy bueno detectando la hipocresía. Durante años creí que mi madre me quería hasta que intentó matarme el día de Navidad. Si no fui capaz de detectar sus instintos asesinos hacia mí, mucho menos distinguir cuando un desconocido intenta engañarme. Así que decidí no tener amigos y dejar de lado la sociabilidad.

De todas maneras, no tengo muy claro si mi aislamiento es voluntario o una maldición. Desde que recuerdo, mi fealdad siempre ha provocado el alejamiento de los demás. Soy tan deforme que las enfermeras lloraban cuando me tenían en brazos, y lloraban también cuando me dejaban de nuevo en la cuna. Pues sabían que cuando volviesen a tenerme en su regazo seguiría siendo un monstruo. Un inocente bebé monstruoso.

Entiendo la repulsión que le provocaba a mi madre, yo mismo soy incapaz de mirarme en el espejo sin sentir un escalofrío. Sin embargo, mis emociones son como las de cualquier otro. Y mi cerebro funciona de la misma manera por lo que suelo olvidar mi drama con facilidad. Sólo recuerdo que no debo confiar en los demás cuando me veo reflejado en un cristal. Les comprendo, mi aspecto físico les empuja a tratarme con crueldad.

Como la vez en que una vieja me empujó para impedir que subiera al autobús.  O cuando un grupo de jóvenes me propinaron patadas hasta dejarme inconsciente. Por supuesto, grabaron la paliza con sus móviles y el video se convirtió en viral. Se ve que les gustó la experiencia y continuaron agrediendo a otras personas indefensas. Pero ningún video ha tenido tantas visualizaciones como el mío. Está bien ganar de vez en cuando.

Yo también me daría de golpes si coincidiera conmigo mismo en la calle. Mis ojos están cubiertos por venas demasiado hinchadas, tengo la nariz torcida, los dientes amarillos y demasiado grandes y… lo peor… mi cuerpo está cubierto por una piel escamosa, de un extraño y horrendo color verde. Ni yo soporto tocarme.

Creo que mi madre decidió acabar conmigo porque no conseguía obligarse por más tiempo a acariciar mi cara o darme los típicos abrazos maternales. La mañana de Navidad, mientras me tomaba mis cereales, agarró con fuerza uno de los cuchillos de trinchar la carne y corrió hacia a mí mientras gritaba como una loca. Recuerdo que pensé que sus alaridos sonaban a liberación. Demasiados años de dolor. Me quedé observándola con la boca abierta mientras el cereal se caía de la cuchara para refugiarse en el bol de la leche. Cerré mis ojos hinchados dispuesto a no resistirme. Mi madre es la persona a la que más he amado en mi vida.

El azar evitó que lo consiguiera. Resbaló y cayó sobre el cuchillo de cocina desgarrándose la yugular sin que yo pudiese evitarlo. Me abalancé aterrado sobre ella mientras se desangraba. Me acarició con repugnancia una última vez. Sus ojos se volvieron vidriosos y supe que me había quedado en la más absoluta soledad.

Qué me espera ahora.

Han pasado dos días y no puedo apartarme del cuerpo inerte de mi madre. Es lo único que tengo. A ella hinchándose en medio de la cocina. En sus últimas Navidades. He dormido a su lado estas noches, agarrado a su cintura como cuando era pequeño. Ahora está rígida y tiene un tacto extraño. Observo el techo pidiendo una oportunidad más. Un último llamamiento al universo para que me la devuelva.

Siento que me desmorono, que me desmonto como las piezas de una torre de bloques infantiles, algo se ha roto dentro de mí sin remedio. Es la única persona que he tenido a mi lado. Mi piel verde se seca sin sus abrazos.

Sé que hay una vecina que escudriña a través de las ventanas. La sirena de la policía se escucha llegar desde el otro lado de la calle. No quiero que se la lleven. Por favor no soporto la idea de quedarme sin ella. El cuchillo todavía lo tiene entre los dedos. Se los voy a romper para cogerlo. No pienso permitir que nos separen. Es una crueldad que no pienso tolerar. Esta vez no lo entiendo. El mundo nunca me ha dado nada, no lo he pedido, pero no voy a dejar que me lo quiten todo, que me la quiten.

Por primera y última vez en mi vida seré el monstruo que todos creen que soy.

Barcelona, 20 de Diciembre de 2017

Terminado a las 18:07h

 

El cobijo

Dicen que el abrazo de una madre nos conecta con el amor que sentimos mientras flotamos en su vientre esperando nacer. Ese tiempo en el que disfrutamos del cobijo mágico donde se gesta nuestra existencia.

Había tachado los días del calendario los últimos meses como recordatorio de que ese último año estaba siendo una larga condena. Él se había largado de su vida dejando claro que no estaba enamorado de ella. No le tembló la voz ni se le nublaron los ojos cuando le dijo que la dejaba.

No la amaba y había descartado darle una segunda oportunidad a su relación.

La casa se llenó de ecos por culpa de los rincones deshabitados. Y por la noche, las sombras acariciaban las paredes con dedos afilados como cuchillas. El sofá pareció crecer de tamaño y ella prefirió ocupar su vieja butaca del salón por miedo a que éste se la tragara.

Comenzó a verse a sí misma como una bayeta usada, blanda y sucia. De manera que cuando le llamaban sus amigos para ir a verla o ayudarle a salir de la casa, se negaba. No soportaba que la viesen de aquella manera. Al final, dejaron de intentarlo y la dieron por perdida. Como ella había hecho consigo misma.

La falta de trato con el exterior la arrastró a una desconexión con la realidad que no le permitía conciliar el sueño, y menos en esa cama medio vacía, así que empezó a usar la butaca para eso también.

Sentada en ella se sentía segura. Allí le dio de mamar su madre y le hacía dormir al cobijo de su pecho y sus brazos mientras crecía. La necesidad de sentir ese amparo provocó que no se levantara de ella si no era para prepararse la comida o ir al baño.

Con el paso de los días, la comida pasó a ser innecesaria y decidió que podía orinar en una palangana. Un 12 de Noviembre dejó de moverse por la casa. Y una semana después, ya no sentía las piernas. Ni dolor. Se había convertido en un fantasma.

Pasaba el tiempo concentrada en la sensación de su tierna infancia cuando todavía podía disfrutar del cobijo de su madre. Cerraba los ojos y se mecía a sí misma mientras susurraba una canción de cuna.

Estaba serena. No necesitaba nada más. Y de esta manera fue como perdió la consciencia. La encontraron caída sobre el suelo y no reaccionaba cuando la llamaban por su nombre y la sacudían con cierta fuerza.

Despertó confusa en el hospital justo cuando una enfermera le estaba cambiando el gotero del suero. Se alegró de que hubiese abierto los ojos y le contó que estaba ingresada desde hacía dos días. Llegó a urgencias deshidratada y con una gran infección de orina que le había afectado a un riñón.

Menos mal que su madre la encontró a tiempo y llamó al hospital. Nadie pudo convencerla de que no la acompañara en la ambulancia y le estuvo sujetando la mano durante todo el trayecto. La enfermera, emocionada, le contó que después pasó la primera noche tumbada junto a ella abrazándola.

Cuando se marchó al día siguiente, les dijo a todos que siguieran cuidando de su hija. Ella debía marcharse a descansar. La enfermera continuó explicándole que nadie del personal dudaba que era una suerte tener una madre como la suya.

Ella no tenía fuerzas para hablar demasiado pero podía sonreír. Y lo hizo mientras daba media vuelta y acurrucaba las rodillas imaginándose en el regazo de su madre. No pensaba desilusionar a la enfermera explicándole que su madre llevaba muerta más de veinte años y  que no volvería a visitarla al hospital.

Suspiró y cerró los ojos para dormir por primera vez en meses. Su madre, que le había dado la vida, también se la había devuelto al mostrarle que valía mucho más que un vulgar trapo sucio. Era una mujer que merecía una segunda oportunidad.

No estaba sola.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Noviembre de 2017

Terminado a las 10:48h

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

El umbral

Llevo varios días sin dormir esperando tu vuelta. Ahora me estás mirando desde el umbral de la puerta del dormitorio y si pudiera, sonreiría. Es una crueldad agradecer que hayas regresado. Pero los sentimientos son caprichosos y no puedes hacer nada para cambiarlos.

Es una realidad que dependo de ti a todos los niveles aun siendo un desconocido para mí. Ni siquiera podría llamarte por tu nombre si lo tuvieras. Eres la sombra que me vigila desde el umbral. Una sombra que crece y se estira a medida que la luz del sol cambia según transcurren las horas. Temo en lo que te conviertes por la noche. Una figura oscura que alcanza el techo y se curva sobre mí. Cuando eso sucede, imagino que mi respiración agitada te acaricia porque tu rostro es un misterio que no me ha sido revelado y sólo contemplo oscuridad.

Una enfermedad me mantiene confinada en la cama y  no puedo escapar de esta cárcel de sábanas. Desde ella, es imposible no verte, no sentirte. Pues estás frente a mí. Observándome desde la única salida posible. Desde la puerta que podría ayudarme a escapar de estas cuatro paredes que has transformado en una cárcel. Y para asegurarte de que no pida auxilio, cosiste mis labios.

Esa fue la primera vez que me tocaste. Con dulzura y dolor a la vez. Tus dedos invisibles se volvieron agujas curvas que cosían mi carne. Descubrí que hueles a bosque húmedo. A hierba mojada tras ser bañada por la lluvia de otoño. Mis labios eran tuyos y no me resistí aunque sabía que estaba ayudándote a convertirme en tu prisionera. Desde ese día, anhelo tu vuelta. Y mientras regresas, imagino en qué se convertirán tus dedos esta vez. En afilados cuchillos, en finos taladros, en tijeras…

Las moscas se relamen a mi alrededor y sueño con larvas que están deseando nacer para empezar a devorarme. Estoy sentenciada a esta muerte lenta que tú no haces más que alargar para tu propia diversión. Pero también para la mía. Pues me siento más viva cuanto más cerca de la muerte me encuentro. Por eso te doy las gracias. Mi sangre me parece más roja que nunca; siento el dolor en cada uno de mis huesos y puedo ser consciente de todos ellos; y mis labios sellados quieren hablar lo que nunca pudieron. Tengo la boca llena de palabras que no podré pronunciar pero que existen cuando antes no llegaron ni a nacer en mi cerebro.

Cada vez que me haces daño, tras cada tortura a la que me sometes, tus ojos se vuelven culpables y crees que lo único que me separa de la libertad es poder moverme. No sé cómo explicarte que no es así. Soy una inválida postrada en la cama de su dormitorio por voluntad propia y cobijada bajo tu sombra.

Esta noche estás por fin a mi lado. No sé qué sufrimiento me has preparado. Pero estoy dispuesta a entregarte mi dolor a cambio de sentir cómo mi corazón late más vivo y consciente que nunca.

Barcelona, 24 de Septiembre de 2017

©Esther Paredes Hernández

Terminado a las 09:45h

 

Árbol seco

Estaba muerta. Lo sabía por todas las señales que estaba recibiendo de la Vida, del Universo, de lo que fuera.

Y no sólo porque veía a los demás seguir mirando el cielo cada día, poniéndose las gafas de sol y sonriendo a las nubes vaporosas. Sino porque había signos de continuidad para los demás excepto para ella. Estaba quieta, esperando, mecida por el viento mientras se secaba sin poder evitarlo.

En los últimos días sentía que sus brazos podían partirse de un momento a otro y que su tiempo de cordura acabaría cuando se desmembrara del todo. Su cuerpo crujía porque se moría. Sus venas estaban desapareciendo y sus raíces eran incapaces de sujetarla al mundo. Acabaría cayendo al suelo y quizás se desvaneciera para formar parte de él.

Estaba muerta. Condenada. Le había costado reconocerlo pero los indicios estaban ahí para que pudiera leerlos con facilidad, con dolorosa facilidad.

No se lo había buscado, no se lo merecía, pero iba a pasar de todas maneras. La espera era agotadora, espesa como el chocolate amargo y caliente. La conciencia viajaba a través de ella, a pesar de ella, en un vano intento de escapar.

El día y la noche significaban lo mismo. Y apenas podía recordar quién había sido en el pasado porque no sabía quién era ahora. Sólo alcanzaba a discernir el lugar en el que se encontraba.

Apareció allí una tarde mientras daba un paseo. Como solía hacer todas las semanas, al menos una vez. Ese día el cielo estaba ligeramente gris y una brisa fresca le recordó que debería haber cogido una chaqueta.

El camino lo conocía a la perfección, tanto, que podía recorrerlo con los ojos cerrados o mirando a su alrededor sin prestar atención de dónde pisaba. Lo amaba porque le llevaba hasta una pequeña arboleda formada por especímenes antiguos y gigantes en los que se sentaba a leer durante un par de horas.

Sin embargo, esa tarde ni el extraño silencio que la acompañaba le hizo temer que algo diferente, algo definitivo, iba a suceder antes de que acabara su excursión. Hasta que sus pasos le llevaron hasta los árboles secos que conformaban el bosque y lo comprendió todo sin tener la oportunidad de dar media vuelta para salvarse.

La brisa se transformó en viento y sintió miedo. Tanto, que apretó su libro con las manos hasta que sus dedos se quedaron blancos. La sangre se paralizó. Se agazapó en el cerebro y en el corazón con la esperanza de que no sucediese nada malo si se quedaba quieta. Pero no pudo evitarlo.

El pecho, las costillas se partieron como se parte un pedazo de pan duro. Al quebrarse, las hierbas se movieron. Y ella cerró los ojos esperando lo peor dejando caer el libro al suelo.

Y entonces supo que ya no podría dar más paseos. Los árboles no permitirían que regresara a casa. Sus pies se transformaron en raíces que se clavaron en el aquel suelo injusto, cruel, asesino que se había adueñado de sus sueños, de sus alegrías y que le alejaban del amor de los suyos.

Aquella tarde ella dejó de existir tal y como se conocía a sí misma para ser una árbol seco. Un árbol más de aquel bosque maldito. Muchas veces los niños jugaban a esconderse tras ella o unos enamorados compartían confidencias a sus pies, ahora raíces que intentaban alimentarse sin éxito del suelo. Incluso un chico encontró su libro, el que nunca acabó de leer, y lo disfrutó recostado en su tronco sin saber que pertenecía al árbol que le cobijaba.

Pequeños momentos de felicidad de otros en los que ella buscaba consuelo durante la larga espera. La eterna espera. Aunque el tiempo empezaba a acabarse para ella. Sentía su cuerpo seco y quebradizo.

¿Acaso el resto de árboles secos habían sido personas como ella? Lo desconocía. El viento no le hablaba, jamás lo hizo. Lo único que sabía con seguridad es que estaba muerta mientras la Vida le hablaba a los demás y guardaba silencio para ella.

Quizás si la buscas, podrías salvarla. Busca un camino, localiza el bosque que hay al final del sendero y acércate al árbol que esté más seco. Susúrrale, cógele de una de sus ramas ásperas y dile que la esperas. Que no permitirás que se rompa en pedazos y se funda como agua para terminar desapareciendo.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Junio de 2017

Terminado a las 18:12 h.

 

 

El vacío que nos absorbe

Se encontraba de pie, descalza, en la terraza de su edificio. Con el viento frío meciendo su cabello negro y rodeada de sombras nocturnas producidas por la escasa luz que emitía la luna esa noche y la que emanaba de algunas ventanas de los apartamentos. Iba a saltar al vacío desde una altura de más de diez pisos.

Estaba gravemente enferma y no se lo había dicho a nadie. Desconocía lo que le estaba pasando a su cuerpo, pero sabía que algo no funcionaba bien y algo estaba acabando con ella desde su interior. Llevaba viviendo sola demasiado tiempo y no tenía ganas de luchar. Había decidido que las oportunidades se habían acabado para ella.

Así que simplemente permitió que transcurriera el tiempo mientras sentía que sus venas se secaban. Y que su estómago y sus intestinos se pudrían dentro de ella. Sencillamente se dejó caer en el gran vacío inevitable del desaliento. Ese vacío frío y oscuro en el que los cerebros melancólicos se sumergen mientras una fuerza invisible tira de ellos hacia las profundidades mortales.

Ella estaba siendo empujada con tanto ímpetu que imaginaba curvado su cuerpo maltrecho mientras veía que sus brazos y sus piernas se elevaban hacia arriba transformándose en tentáculos que se agitaban como gelatina.

Albergaba todavía, en algún rincón de su cuerpo, una minúscula esperanza. Desde luego no era consciente de que existiera, pero ahí estaba. Quizás escondida entre sus costillas o en un punto oculto entre su hígado y el páncreas. Podía suceder que si sus pies lograban tocar el fondo, consiguiera impulso para regresar a la superficie.

Sin embargo, la oportunidad llegó desde fuera. Un suceso inesperado le hizo flotar hacia arriba y le ofreció una nueva perspectiva. Fue la tarde en la que se cruzaron en el rellano y él la miró por primera vez. Con esos ojos verdes, cansados, envueltos por las arrugas de la madurez.

Fijó en ella la mirada con tanta intensidad que sintió que el corazón se le paralizaba sin que pudiera remediarlo. La magia se rompió cuando sintió dolor porque le ardía la cara. La sangre se había empeñado en arremolinarse en su cabeza como un volcán erupción.

Él se dirigió hacia su apartamento situado al lado contrario del suyo sin mostrarle ni siquiera una pequeña sonrisa educada. A partir de ese día, ella salía de casa con la necesidad de verle. De contemplarse otra vez en aquellos ojos verdes. Agotados. Tan cansados como los suyos. Quizás pudieran recuperar las fuerzas juntos.

Pero, por más que lo deseara, por más que mirara el techo de su dormitorio noche tras noche pidiendo, clamando, un encuentro fugaz, no volvió a toparse con él. Cada tarde, a la vuelta del trabajo, controlaba a todos los vecinos que pasaban por su puerta. Estaba al acecho tras la mirilla como una vieja loca.

La obsesión aceleró su deterioro físico y su jefe le insinuó que necesitaba unos días libres. Estaba mucho más delgada y demacrada. Ella aceptó. Pero sólo porque podría estar más tiempo en casa y así tener más posibilidades para poder encontrarse con él. No porque mejorar su salud fuese su objetivo.

Hora tras hora, espiando, pronto pudo conocer las costumbres de su vecino. Nunca salía de su casa. Por eso no había vuelto a cruzarse con él. Pero algunas noches recibía visitas. En intervalos de dos o tres noches, una chica llamaba a su puerta. Ella no conseguía verlas. Y de él, adivinaba su silueta recortada en el umbral de la puerta pues se quedaba a contraluz cuando les abría.

Pudo advertir con claridad la ausencia de movimiento de los protagonistas. No reaccionaban al verse. No se saludaban,  sólo existía silencio entre ellos. La chica entraba y él cerraba despacio. Nunca las vio salir por la mañana por más que estuviese haciendo guardia hasta la madrugada.

Como físicamente necesitaba descansar, por mucho que ella intentara negarse ya había sufrido algunos desvanecimientos, llegó a la conclusión de que aquellas jóvenes se le escapaban en esos períodos en los que se permitía una tregua.

Su curiosidad seguía sin estar satisfecha y continuaba sin poder estar cerca de él. Tomó una decisión pues no tenía nada que perder, así que esperó pacientemente a que llegara la noche siguiente.

Intentó no pensar en el dolor de su cuerpo. En los gusanos que estaban a punto de comérsela y que parecía que ya habían empezado a crecer en su interior. Tras las ventanas, contempló cómo el sol le decía adiós y el cielo se tornaba negro. Espeso. Como a ella le gustaba. Era como un lecho vaporoso que la estaba esperando.

Antes de abandonar su apartamento, se cepilló amorosamente su larga melena de color negro. Ese cabello suave que se enroscaba en su espalda intentando alcanzar sus piernas. Se pintó los labios y le dio fuerza a su mirada. Si iba a presentarse ante él, quería que la deseara tanto como ella.

Se acercó a la mirilla. No tuvo que esperar demasiado para ver llegar a una nueva chica. Había tenido suerte. Podía haber tenido que esperar unos días más y no pensaba que su enfermedad le permitiese tanto tiempo. La joven entró siguiendo el mismo ritual de siempre.

Cuando él cerró la puerta, salió al rellano. Llegó al apartamento y se acercó para intentar escuchar. Y lo consiguió. Del interior, se escapaban jadeos que no parecían producidos por placer, gorgoteos, pequeños gritos ahogados por golpes… Lo que estaba sucediendo allí dentro era peligroso y comenzó a aporrear la puerta con todas sus fuerzas. Los ruidos cesaron de repente y ella también se detuvo.

Tras esperar segundos, que se le hicieron eternos, él abrió la puerta y casi se desmaya del terrible olor que escapaba del interior del apartamento. Quiso dar media vuelta pero no tuvo fuerzas para escapar. Estaba frente a esos ojos que tanto amaba. Se aproximó lentamente hacia él hasta rozar su cuerpo mientras entraba.

La puerta se cerró tras ella. La casa apenas estaba iluminada. Pero eso no le importaba. Él la cogió de la mano y la llevó hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha y no había rastro de la chica. Eso tampoco le interesaba. Ahora era su turno de perderse en aquella mirada hueca, en aquel profundo vacío inevitable y dejarse llevar mecida por la brisa helada y muerta.

Aquella noche la pasaron juntos. Compartiendo lecho y sábanas con la oscuridad más temible. Engullida en un gran océano fue incapaz de darse cuenta de que la muerte se respiraba en aquel apartamento. De que los gusanos a los que ella tanto temía se arrastraban por el suelo y las moscas revoloteaban a sus anchas.

Cuando se despertó, era de madrugada y su piel estaba contraída por el frío. Él no estaba en la cama. Se vistió únicamente con su jersey y, descalza, salió de la habitación buscándole. El silencio era aplastante y comenzó a sentir que la asfixia se arremolinaba en su garganta. Algo no iba bien. Recordó a la chica.

Salió al salón y le vio de pie, observando el exterior por la ventana abierta de par en par. No se giró a mirarla en ningún momento. Parecía absorto contemplando el lienzo oscuro de la noche que comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol. Ella se acercó hasta él.

Entonces su pies pisaron algo líquido. Miró hacia abajo y vio que estaba en medio de un reguero de sangre que provenía de la cocina. Lo siguió poniendo cuidado en no mancharse más todavía pues le había provocado una sensación pegajosa y repulsiva.

Cuando entró en la cocina se llevó las manos a los ojos para evitar perder la poca cordura que le quedaba. Cuatro chicas. Cuatro cadáveres desparramados. Una de ellas se había cortado las venas sobre la mesa con tanta intensidad que asomaban los huesos a través de los cortes. Unos cortes que daban cobijo y alimento a un ejército de moscas carroñeras que entraban y salían de aquel cuerpo putrefacto con total impunidad.

Otra chica se había ahorcado y colgaba de la lámpara del techo. Su cuerpo estaba hinchado y su piel gris denotaba que estaba a punto de resquebrajarse. Probablemente, a través de las grietas los gusanos hiciesen su aparición estelar.

La tercera, se había tragado lo que parecía un cuchillo y la punta asomaba por la nuez. Apartó la mirada de su cuello. No podía mirarlo. Pero al girar la cabeza, dio con la cuarta, la última que había llegado a aquel paraíso del suicidio.

Se había dado golpes contra la pared hasta romperse el cráneo. Sus ojos muertos no mostraban ningún tipo de emoción: ni miedo ni dolor ni arrepentimiento. Ella no sabía si acababa de entender la magnitud de lo que se gestaba en aquel lugar. Regresó al salón buscando respuestas o quizás para dejar atrás ese cementerio terrible en el que los cuerpos todavía no habían sido enterrados.

Él, que continuaba en la ventana, la observó cansado pero pudo ver que una ligera sonrisa se dibujaba en su boca por primera vez. Entonces, agarró con las manos el marco y saltó sin que ella tuviese tiempo para impedirlo. Pudo escuchar como su cabeza se rompía contra el pavimento como si fuese una fruta podrida.

Ella gritó haciendo temblar el edificio aunque no iba a servir para nada. Ya no volvería a verse en esos ojos verdes ni a dejarse llevar en las corrientes nocturnas que la llevaban al vacío más cruel. O quizás sí.

Subió a la azotea. Cuando se asomó hacia abajo, él ya estaba sumergiéndose en un charco de sangre que se expandía con rapidez. Sus gritos habían alertado a los vecinos y las sirenas de la policía y la ambulancia se aproximaban. El tiempo apremiaba.

Caminó lentamente hasta el mismo borde. Se subió al muro tambaleándose hasta conseguir erguirse y quedar cara a cara con la inmensidad. Con lo poco que quedaba de aquella noche fría acariciándole su precioso cabello negro. Cerró los ojos y se dejó caer.

Fueron unos pocos segundos los que tardó en estar junto a él. Pronto sus sangres se mezclaron creando un nuevo lecho. Antes de que nadie llegase hasta ellos, el cuerpo de él comenzó a absorber toda la sangre que les envolvía. La suya y la de ella. Y se incorporó despacio. 

Tambaleándose, se alejó de allí. El sol comenzaba a calentar las calles. Aunque su cuerpo estaba frío como la muerte.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 24 de Abril de 2017

Terminado a las 19:31 horas

 

El secreto

Eran las 05:14 horas. Demasiado temprano para cualquiera. Llevaba los guantes de lana puestos pero, aún así, el frío le provocaba un dolor intenso en los nudillos. Estuvo a punto de caerse de la bicicleta por culpa de no prestar atención a la correcta sujeción del manillar.

Le quedaban un par de calles para llegar. Nunca había estado en el lugar a dónde se dirigía pero no estaba preocupado. ¿Acaso la vida no te lleva a destinos desconocidos constantemente? Al menos, esa mañana, él era quién tomaba la decisión de embarcarse en lo inexplorado. Y, de alguna manera, creer que tenía el control alejaba el malestar que provoca la incertidumbre cuando temes descubrir algo que te cambie para siempre.

Aceptar los cambios y adaptarte a ellos era una cuestión que le obsesionaba desde que era pequeño. Tuvo que apañárselas solo en casi todo, bueno, completamente en todo. Porque su padre nunca existió y su madre sólo se preocupaba por ella misma. Se vio obligado a vivir con un desasosiego continuo y desarrolló un gran olfato científico-detectivesco para poder subsistir en un mundo que no entendía. A la fuerza, se convirtió en un gran autodidacta.

Sin embargo, por mucho que lo intentó, su madre acabó marchándose de este mundo sin quererle. Y eso no era por decir. Realmente siempre le despreció. No le dio tiempo a  encontrar la fórmula perfecta para conseguir su amor.

Lo que sí que había logrado era ser un profesor de referencia para el mundo educativo. Porque ayudar a sus alumnos se había convertido en el eje de su existencia. Y brindaba una atención de calidad a niños y jóvenes para compensar la que él no había recibido. Precisamente pedaleaba a esa hora intempestiva por uno de sus alumnos.

Un chaval que le preocupaba desde el primer día. Detectó los peores síntomas posibles en cuestión de un par de clases. Por regla general, incluso cuando no miran a los ojos al profesor como muestra de chulería, se atisba la energía propia de la juventud en el brillo que desprenden los globos oculares, la medio sonrisa perpetua que se dibuja en la comisura de su boca (originando un pequeña arruga en forma de media luna perfecta) y les resulta imposible no mover ningún músculo de su cuerpo (hacen garabatos en el libro, manifiestan el Síndrome de Piernas Inquietas o juegan con el bolígrafo a modo de baqueta)

Pues bien, este chico no se movía. Nada. Cero. Una estatua. Podría decirse que parecía que estaba muerto, pero no rígido, era como un zombi fofo al que si le dabas un pequeño empujón se caía al suelo. Era el peor caso con el que se había topado.

Se convirtió en su principal objetivo. Según su criterio, una cosa era perder la partida contra tu madre y otra, muy distinta, no ser capaz de conseguir un poco de chispa vital de aquel alumno.

Así que se puso manos a la obra. Sacó su viejo bloc, en el que apuntaba hipótesis y conjeturas cada vez que se enfrentaba a un nuevo reto, y comenzó a escribir sobre el chico. Repasó los detalles que recordaba: siempre se vestía con la misma ropa (una roída sudadera gris y unos vaqueros que le quedaban cortos), no desprendía ningún tipo de olor y no le había escuchado hablar ni una sola vez.

Con los labios ligeramente apretados a causa de la preocupación, cerró el bloc y, durante unos segundos, los ojos. Sin duda era el caso más difícil que se había enfrentado hasta el momento. Tras pensar durante casi una hora, supo cuál sería su primer paso: observarle fuera del entorno en el que parecía camuflarse. Ese lugar era el aula.

Así que se dedicó a tomar nota de sus costumbres fuera de ella el resto de la semana. Tenía la posibilidad de conocer su horario de clases y así consiguió espiarle cuando no le tocaba hacer de profesor. Pronto se sintió frustrado, pues lo que descubrió no le ayudó a avanzar en la investigación.

Daba lo mismo en qué lugar se encontrase, el chico siempre estaba sentado como si fuese un bulto de carne dejado caer sobre el trasero, con la misma mirada ausente que helaba la sangre de cualquiera y con una boca que más que cerrada, parecía estar cosida con un hilo invisible. Harto, decidió seguirle hasta su casa una tarde oscura en la que las nubes habían apagado el sol.

Disimulando para no ser descubierto, con la cabeza oculta dentro de la capucha, salió de la ciudad tras él poniendo rumbo a un grupo de edificios peligrosos situados en la periferia. Entonces tuvo claro que su personalidad cuadraba con la típica familia de pocos recursos que vive en un barrio dónde la droga es la reina. Entendía que no esperara mucho del futuro. 

La curiosidad aumentó al ver que el chico entraba en un edificio concreto. Se detuvo en la puerta y se bajó de la bicicleta mientras se quitaba la capucha para poder ver mejor. No quería dejarla aparcada fuera. Desaparecería en cuestión de segundos. Decidió adentrarse cargando con ella hasta conseguir asomarse por la escalera y determinar, más o menos, en qué apartamento se metía.

A la mañana siguiente, el director del Instituto le asaltó a la hora del almuerzo. Le dijo que había recibido una queja formal de los padres de un alumno. Según ellos, siguió a su hijo hasta su casa ayer por la tarde. Según ellos, claro, porque no era cierto ¿verdad?. El director se quedó blanco al comprobar que su profesor estrella no era capaz de negar la acusación ni con palabras ni con los ojos.

Le explicó los motivos, eso sí. Incluso se ofreció para hablar con el chaval y aclarar las cosas. Al fin y al cabo, sólo pretendía ayudarle a estar más integrado en el aula y mejorar sus notas. El director declinó el ofrecimiento. No estaban las cosas como para eso. Le recomendó que pusiera tierra por el medio y ver si así los padres se tranquilizaban hasta el punto de retirar la denuncia.

Aceptó la propuesta del director y estaba dispuesto a seguir sus indicaciones, hasta que entró en clase y le vio. Tenía un ojo morado y, claramente, el labio partido. Se sentía responsable por aquellos golpes que había recibido en el hogar familiar. No hacía falta ser muy perspicaz para sumar dos más dos. Quería ayudarle, conocerle de verdad, más que nunca. Cuando el timbre avisó de que la clase había concluido, el chico pasó junto a él. Y sin mirarle, sin apenas vocalizar, le dijo:

—En mi casa. Cinco y media de la mañana.

No se puede describir en palabras la sensación de triunfo, de júbilo que sintió. El muro que se interponía entre ese chico y el mundo había abierto un pequeño hueco para que él pudiese entrar. Para ese alumno, siempre sería aquella persona que consiguió cambiarle la vida y le brindó una oportunidad cuando nadie más creía en sus posibilidades. Pasó la noche prácticamente en vela. Mirando el techo con el corazón lleno de satisfacción.

—Mamá, ya puedes darte por jodida, lo que he conseguido gana por puntos tu desprecio.

Miró la hora en su reloj. 05:25 de la mañana. Las manos le temblaban por el frío pero también de la emoción contenida. Cargaba con una pequeña mochila en la que había metido su bloc. A modo de triunfo. Su esfuerzo había sido recompensado. Se acercaba al edificio y pudo distinguir que el chico le esperaba en la puerta.

Llegó hasta él sin poder contener una sonrisa de victoria, pero no recibió nada a cambio. El chico dio media vuelta y entró. Claramente, era una invitación para que le siguiera. Dudó qué hacer con la bicicleta. Pero el aire helado, porque el sol todavía no se había desperezado, controlaba las calles. La bicicleta no corría peligro. De todas maneras, se sintió mejor dejándola en el hall que a la intemperie.

Pasó junto a los buzones hechos trizas, el ascensor que no funcionaba y subió las escaleras. Alcanzó el tercer piso y, utilizando sus ojos de detective, pronto detectó qué apartamento tenía la puerta ligeramente entreabierta. La empujó con cautela mientras pedía permiso para pasar. Nadie contestó, recibió un fuerte golpe en la cabeza como respuesta. Inconsciente, no pudo hacer nada para evitar que le arrastraran por el suelo y le llevasen hasta la habitación del fondo.

Sentía que la cabeza como si hubiera adquirido un peso de treinta quilos. Y la sangre le palpitaba en las sienes provocándole un intenso dolor. Abrió los ojos como pudo. No tenía demasiada fuerza y las punzadas de la cabeza eran demasiado intensas. Descubrió que estaba sentado en una vieja silla de barbero y atado con correas de cuero por las muñecas y los tobillos. De cada uno de los antebrazos salía una aguja que daba paso a un delgado tubo que recordaba al gotero de un hospital.

Estaba muy mareado y no conseguía centrar la visión. La escena era borrosa para él. Cerró los ojos en un vano intento de coger fuerzas y escuchó unos siseos, unos… Algo aspiraba… Fijó la vista dirigiendo la cabeza hacia el lugar del que provenía ese extraño sonido que no podía identificar. Del antebrazo derecho.

Al final del tubo, sujetándolo con las dos manos, se encontraba su alumno estrella, el chico que iba a dar sentido a su existencia, a su profesión, que le iba hacer olvidar a su madre. Y estaba absorbiendo su sangre a través del delgado conducto.

Lo hacía con cierta ansiedad, pero controlando el ritmo. Era evidente que tenía mucha experiencia. ¿Con cuántas personas habría fallado para alcanzar tal perfección? Se sentía muy débil para preguntárselo. Y ni hablar de intentar escapar o resistirse.

Entonces, escuchó el mismo sonido del brazo izquierdo. Allí se encontraba aspirando la que parecía ser la madre del chico. Físicamente se parecían mucho. Detrás de ella, amontonados contra la pared pudo distinguir unos bultos en el suelo. Cadáveres que habían sufrido la misma muerte que él. Aún conservaban los tubos en los brazos. Entonces, entró en la habitación el padre que sustituyó a la madre en el sanguinario banquete.

La luz empezó a alejarse de su cerebro. Sus últimos pensamientos los dedicó a valorar que morir así no era tan malo en realidad. Al fin y al cabo, siempre estuvo dispuesto a darlo todo por aquel chico. Y, por primera vez, pudo verle sonreír aunque fuese su propia sangre la que resbalaba por aquella barbilla monstruosa. Al menos, él contaba con una madre que le enseñaba cómo sobrevivir en este extraño mundo. Qué pena no poder escribir eso en su bloc. 

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 8 de Abril de 2017

Terminado a las 20:28 horas

Una tarde cualquiera

Eran las cinco de la tarde y había recogido a su hija del colegio. Era la primera vez que lo hacía en dos años. Acababa de perder el trabajo y, de repente, tenía todo el tiempo del mundo para pasarlo con ella. Lo que le había pasado debería haberle hecho sentir mal, sin embargo, era feliz como ya no recordaba. Y todo porque podía disfrutar de su pequeña. Su hija se lanzó a abrazarla en cuanto la vio pese a las protestas de la profesora por haberse salido de la fila. Pero a ninguna de las dos les preocupaba la maestra pues sólo querían aprovechar ese gran momento que les pertenecía por derecho propio.

Sacó el bocadillo del bolso, le quitó el papel que lo envolvía y se lo dio a la niña para que fuera merendando mientras llegaban al parque en el que habían previsto pasar la tarde. Caminaba sin poder evitar sonreír. Se sentía relajada y notaba el calor que se alojaba en su pecho al ver a su hija saltando y cantando mientras se comía el bocadillo. Recorrieron un par de calles y llegaron al camino de tierra que indicaba la entrada del parque.

La pequeña corrió hacia el tobogán en el que jugaban dos niños y ella supuso que eran amigos suyos. Así que se sentó en el banco que quedaba más cercano y que ocupaba un anciano que se protegía con un abrigo de lana gris y un sombrero negro. Parecía muy tranquilo y no apartaba la vista del tobogán. Ella supuso que era el abuelo de alguno de los niños con los que estaba jugando su hija.

Intentó entablar conversación con el viejo rompiendo el hielo hablando el frío que hacía esa tarde. Él no respondió, ni siquiera hizo un gesto que evidenciara que la había escuchado. Pero ella insistió en continuar hablándole con amabilidad. Con esa temperatura y tanta humedad era cuestión de tiempo que los niños empezaran a resfriarse. El anciano ni parpadeó. Seguía mirando fijamente a los tres pequeños. Esta vez se sintió algo avergonzada y optó por guardar silencio. No quería molestarle. Decidió pasar el tiempo con el libro que había cogido de casa. Cuando llegó el momento de irse, llamó a su hija y se despidió educadamente de él. El viejo no dijo nada y ella tampoco lo esperaba.

Las dos salieron del parque, recorriendo el camino de tierra, cogidas de la mano. Intentó sonsacarle a la niña información sobre el anciano, pero la pequeña estaba muy cansada y no tenía ganas de hablar. Acabó por llevarla en brazos durante todo el trayecto olvidándose del viejo del parque por completo.

Y no volvió a pensar en él hasta que le encontró en el mismo banco al día siguiente. Vestido con su característico abrigo gris y el sombrero negro. Su hija se reunió con sus amigos y ella aprovechó para intentar conversar con él. Así que le preguntó directamente cuál de los dos niños era su nieto. El anciano se mantuvo impasible y ella tomó la decisión de cogerle del antebrazo por si lo que pasaba es que estaba algo sordo.

Al tocarle, sintió ganas de vomitar. Bajo la manga de lana se escondía una masa hinchada y fofa que desprendía un olor asqueroso. Sorprendida no pudo reprimir alejarse y se cambió de banco. El viejo no se movió. Esa tarde, y esa noche, sí que pensó en él. Mucho. Durante horas estuvo analizando qué podía explicar lo que había sentido y qué le había empujado a salir huyendo de su lado.

A la tarde siguiente, no se sentó junto a él. Le apenaba no ser capaz de entender que era un señor mayor y que probablemente no pudiese cuidar de sí mismo demasiado bien. Pero no era sólo aquel olor, aquel cuerpo blando, era otra cosa mucho más profunda lo que le apartaba de él, una sensación como de… como de muerte. Sintió un nudo en la garganta. No le gustaba pensar así de aquel pobre anciano. Recordaba a sus abuelos, en cuánto les quiso y cuántas veces cuidaron de ella. Sin embargo, no conseguía controlar ese sentimiento que le espantaba y no tuvo el deseo de mirarle otra vez. Se limitó a quedarse observando a su hija mientras transcurría la tarde.

Los niños hacían turnos para deslizarse por el tobogán. Le tocaba a su pequeña cuando se tropezó con el último peldaño de la escalera y se cayó. La pequeña gritó al darse un fuerte golpe contra el suelo y empezó a llorar. Antes de que pudiese llegar hasta ella, el anciano se había levantado del banco y la había recogido. La niña se abrazó a él y se calmó. No parecía percibir nada extraño, en un instante, ya estaba reunida con sus amigos lanzándose otra vez por la rampa como si nada.

¿Cómo podía su hija no percibir ese olor dulzón y pegajoso de… de carne muerta? Pero debía darle las gracias así que se le acercó y lo hizo controlando las náuseas a duras penas. El viejo la miró en silencio con unos ojos que no la reconocían. Ella insistió y le preguntó su nombre. El anciano le contestó que no recordaba cuál era y regresó a su banco recuperando la costumbre de observar a los niños en silencio. Decidió seguirle para continuar hablando, hasta que consiguiera captar su atención, y no desistir por culpa del mal olor. De nuevo, le preguntó cómo se llamaba. Sin mirarla, le contestó que lo había olvidado. Ella quiso saber con quién iba al parque cada tarde y él levantó el dedo hacia el tobogán señalando a los niños. Después de eso, no consiguió que le dijera nada más y ella se sentó en otro banco porque ya no podía más.

Pero su hija sí tenía información para ella. De camino a casa, la niña quiso hablar de la caída del tobogán. Su amigo Sergio, por fin sabía cómo se llamaba, la había empujado porque quería tirarse antes que ella pero no era su turno. Después de aclarar quién era Sergio de los dos niños, le preguntó el nombre del otro amigo suyo. La niña no le entendía. Ella le describió a los dos amigos con los que jugaba y la pequeña le dijo que siempre jugaba con Sergio y nadie más.

-Entonces ¿Sergio es el nieto del abuelito que te ha ayudado a levantarte?

-Mamá, tú me has recogido del suelo.

Pasó la noche en vela y, sin saber por qué, sintió el fuerte impulso de dormir con su hija. Estaba asustada pero no sabía qué era lo que le preocupaba exactamente. Tenía la sensación de que algo iba a pasar. Quizás perder el trabajo de una manera tan repentina le había afectado más de lo que le gustaría admitir y le hacía temer que, detrás de cada esquina, le esperaba un peligro oculto que desconocía.

La tarde posterior se presentó extremadamente fría y ella hubiese preferido no pasarla en el parque. Pero no consiguió frenar a su hija que echó a correr en cuando vio a sus dos amigos en el tobogán. Ella estaba temblando. El frío le calaba hasta las huesos. Y empeoró al distinguir el abrigo gris y el sombrero negro en el banco. Una repentina rabia se adueñó de ella y fue directamente a por su hija.

Cogió a la niña, intentando disimular su ansiedad, y se acercaron al viejo. La colocó junto a él y señalándole preguntó quién era. Él contestó sin mirarlas que no recordaba su nombre mientras su hija le aseguraba que allí no había nadie más que ellas. Sin soltarle del brazo, y ya sin poder controlar el nerviosismo, regresaron al tobogán. Allí la pequeño le juró y perjuró que sólo estaba su amigo Sergio. La agarró de los dos brazos y la puso frente a ella, muy cerca, porque había perdido la paciencia y se había enfadado. No le gustaba que le mintiera y le gritó que parara. La niña se puso a llorar asustada al no entender lo que su madre le decía. Apareció la madre de Sergio y le lanzó una mirada preocupada mientras cogía a su hijo de la mano y salían del parque.

Les observó alejarse sintiéndose avergonzada y culpable. Pero se dio la vuelta y allí seguía el anciano observando al otro niño invisible deslizándose por la rampa. La tarde había terminado de repente y el cielo se había vuelto negro. Las farolas se encendieron y era hora de regresar a casa. Pero no podían irse, no hasta que aclarase lo que estaba pasando. Le pidió disculpas a su hija y le pidió, por favor, que no volviese al tobogán, lo mejor sería que fuese a los columpios. Cuando vio que estaba distraída se acercó al viejo. Tiritando por el frío y con las manos en los bolsillos en un intento absurdo de sentirse protegida.

Al sentarse junto a él detectó claramente que el olor que desprendía era mucho más pestilente que antes. Incluso, ahora que se fijaba más, vio que el color de su piel no era normal y parecía hincharse poco a poco. Le pidió, por favor, que le explicara quién era. La boca le temblaba tanto que temió que no le hubiese entendido. Pero pronto comprobó que sí y el anciano señaló a su nieto fantasma. Ella observó al niño detenidamente y cayó en la cuenta de que siempre hacía lo mismo, que una y otra vez subía y bajaba por el tobogán, nada más. No recordaba que hubiese hablado con Sergio o con su hija. Entonces el anciano se levantó y abrió los ojos y la boca de una manera antinatural y excesiva. Gritando tan fuerte que el suelo retumbó y se agitaron los árboles. Pero sólo ella le escuchó. Todos pensaban que se había levantado un viento enérgico que arrancaba las hojas secas de las ramas.

El viejo gritaba mientras señalaba a su hija que se columpiaba muy fuerte y estaba llegando demasiado arriba. Sintió que debía correr hacia ella y así lo hizo con el corazón en la garganta. Mientras se acercaba, vio horrorizada que una de las cadenas se rompía haciendo que su pequeña saliese despedida. Su cuerpo sacó una fuerza inesperada y llegó a tiempo para cogerla. La niña lloró en sus brazos y ella lloró también porque tenía la certeza de que el anciano le había salvado la vida. Le buscó con la mirada pero ya no estaba en el banco. Ni el niño en el tobogán. No le importaba. Tan sólo quería seguir abrazada a su hija mientras el resto de padres y niños se acercaban preocupados por ellas. Todos llegaron a la conclusión de que esa tarde podría haber acabado en tragedia.

Nunca más volvió a ver al viejo en el parque y eso que lo deseaba con todas sus fuerzas pues se había convertido en su ángel de la guarda. Incluso estaba dispuesta a tolerar su mal olor y a limitarse a estar sentada a su lado en silencio. Buscó durante años reconocer su característico abrigo gris y su sombrero negro. Lamentaba profundamente no haber podido conocer su historia. Así que, por su nieto y por él, siempre se sentó en su banco respetando el lugar que él ocupaba y observaba fijamente a los niños que jugaban en el tobogán. Por si acaso.

Esther Paredes Hernández

27 de Noviembre de 2016