Puedo verte

En la esquina de mi habitación, abajo a la izquierda, puedo verte.

Agazapada, envuelta en una neblina que no me permite distinguir con claridad tus ojos. Aunque alcanzo a adivinar tus dedos a través de las sombras. Están encorvados, parecen rotos. ¿Te han hecho daño? No sé por qué insisto en hablarte, llevas semanas observándome desde el rincón sin darme respuestas.

Mi enfermedad me retiene entre estas sábanas amarillentas. Las macetas con flores, que una mañana puse en la ventana, se han secado. Ni la lluvia de la primavera las ha salvado de la fiebre nocturna. En mi cama, sudor y lágrimas. En la ventana, hojas que se parten transformándose en polvo. Como los cadáveres cuando sus huesos descarnados comienzan a desvanecerse, borrando la historia de ese cuerpo que ya no puede hablar. De la misma manera que tú, envuelta en polvo negro, no contestas a mis preguntas.

Quizás has venido a acompañarme durante mi reposo. Quizás quieres que vaya contigo. No sé qué debo hacer. ¿Esperar? La puerta de mi casa hace tiempo que no se abre. Las visitas ya no cruzan el umbral. Existo en el olvido. Quizás he muerto y esta cama es un lecho de tierra coronado por flores secas. Te has movido. Te has puesto de pie. Eres más grande de lo que imaginaba. Tu sombra alargada llega hasta el techo y tus brazos recorren las paredes. Siento que me engulles en un abrazo profundo.

No quiero dejarme llevar, pero no encuentro la manera de escapar de mi dormitorio. Tu oscuridad ha empañado la ventana e impides que el recuerdo de las flores pueda consolarme. Noto que la fiebre intenta luchar contra el frío que hiela mis venas porque te estás acercando demasiado. Cierro los ojos. Huelo a tierra húmeda. Mis huesos se rompen.

Puedo verte.

El último escalón

La oscuridad tenía manchas borrosas, recuerdos fugaces y fragmentos de sueños ininteligibles. Flotaba en la oscuridad antes de conseguir poder abrir los ojos. Tenía miedo de averiguar dónde estaba, aunque lo suponía. Se sentía confusa pero no había olvidado lo sucedido.

Sacó con esfuerzo la mano derecha que había quedado atrapada con su cadera. Una punzada de dolor le atravesó el cuerpo como un rayo hasta explotar en su cerebro. Estaba peor de lo que imaginaba. Su ansiedad aumentó de manera exponencial. Ya no sólo le preocupaba aquel lugar, sino su estado físico para poder salir de allí lo antes posible con vida.

Abrió la boca, todo lo que fue capaz, para que entrara algo de aire en sus pulmones y rozó su cuerpo con la yema de los dedos. Recordó y descubrió heridas profundas y arañazos nuevos en  brazos piernas, en el abdomen, en el cuello. Su rostro estaba hinchado, ninguno de aquellos que la amaron una vez podrían haberla reconocido. Ni ella misma podía. No le importaba eso ahora, su alma estaba demasiado castigada y no volvería a ser la mujer que era antes de entrar en esa oscuridad.

Y estaba empapada. Supuso que por su propia sangre, la que escapaba de su cuerpo buscando la ansiada libertad. Le dolía la garganta y tragar saliva era un esfuerzo que no podía exigirse. Sin embargo, lo hizo motivada por un acto reflejo. Una manera inconsciente de comenzar a digerir la penosa situación en la que se encontraba.

Continuaba tirada en la misma posición cuando escuchó un ruido. Más de uno. Eran pasos que provenían de algún lugar poco específico encima de su cabeza. Sabía lo que eso significaba y tuvo que luchar consigo misma por hacer el intento de levantarse. Si no lo lograba, la matarían.

Abrió los ojos y se puso boca arriba. La oscuridad de su mente también estaba en aquel sótano húmedo, que olía a ratas muertas y a ratas vivas que orinaban y defecaban a sus anchas entre los muebles viejos que le habían preparado a modo de  macabro dormitorio sus captores.

Aquel sótano, esa cueva sin salida en la que llevaba encerrada demasiado tiempo y que había hecho trizas su vida. Una cueva de la que había intentado escapar en más de una ocasión y por ello había sido torturada. Qué le importaba eso ahora. Qué le importaba ya nada. Estaba tirada en el último escalón de la escalera, el escalón que le alejaba definitivamente del mundo real. Del mundo en el que los demás vivían ajenos a lo que sucedía en aquel agujero profundo y mohoso. Era su última tabla de salvación.

Los pasos se escuchaban al otro lado de la puerta. No pasaría mucho tiempo hasta que uno de ellos bajase hasta ese último escalón, el más profundo de la escalera, y la agarrase del pelo para lanzarla contra el suelo. Contra el infierno. Ese último escalón era lo que la separaba del infierno. Esa hoguera eterna que la mantenía viva mientras la devoraba lentamente.

Pero se habían excedido en su último castigo. No habían medido bien la fiereza de sus mordiscos y ella había perdido mucha sangre. Echó un vistazo a su cuerpo, al escalón y comprobó que sus sospechan eran ciertas: estaba tumbada sobre un gran charco rojo.

Nada le quedaba por hacer. El sol ya se había alejado de ella para no volver. Los pájaros cruzaban los cielos en grandes bandadas buscando lugares más cálidos. Las manecillas del reloj estaban a punto de pararse y ningún relojero sería capaz de ponerlo en marcha de nuevo. No existe manera alguna de darle un portazo a la muerte.

Los pasos se detuvieron y ella prestó toda la atención que pudo mientras se esforzaba en hacer caso omiso al dolor penetrante de sus huesos y su carne desgarrada. El pomo de la puerta se movió. No lo vio, pero pudo escucharlo. Un haz de luz rasgó la oscuridad de aquella cloaca. Las sombras de sus torturadores se proyectaron en el suelo, en el infierno.

Ella ya había comprobado otras veces cómo el ser humano es capaz de transformarse en una máquina bajo el yugo del terror. Se levantó y ellos descendieron despacio los escalones sonriendo y mostrándole sus dientes. Había llegado la hora del almuerzo.

Ella, de pie y tambaleándose, gritó, soltó un alarido ronco y roto. Porque todavía estaba viva y, aunque le quedase poco tiempo, quería ser la dueña de los jirones que le quedaban de sí misma. Subió los escalones y llegó hasta ellos. Esto no les sorprendió, les gustaba precisamente porque era una luchadora, y permitieron que se les acercara a modo de divertimento. Cojeaba, sangraba pero sus ojos tenían el fuego que ellos ansiaban.

Sin embargo, ella se guardaba la última sorpresa. Desde lo alto de la escalera, saltó precipitándose y rompiéndose el cuello contra el suelo. Al menos consiguió un poco de libertad. Si debía acabar devorada por el infierno, al menos eligió cuándo.

Ellos se encogieron con violencia al sentir que su corazón estallaba al verla sin vida y rota en el fondo del sótano. Sin ella, sin el dolor de su muñeca de carne y hueso ¿cómo podrían seguir viviendo? Ellos eran alguien si ella sufría. Sin eso, no eran nada. Sólo escoria humana.

Esther Paredes Hernández

29 de Junio de 2018

 

 

 

 

 

 

 

El vacío que nos absorbe

Se encontraba de pie, descalza, en la terraza de su edificio. Con el viento frío meciendo su cabello negro y rodeada de sombras nocturnas producidas por la escasa luz que emitía la luna esa noche y la que emanaba de algunas ventanas de los apartamentos. Iba a saltar al vacío desde una altura de más de diez pisos.

Estaba gravemente enferma y no se lo había dicho a nadie. Desconocía lo que le estaba pasando a su cuerpo, pero sabía que algo no funcionaba bien y algo estaba acabando con ella desde su interior. Llevaba viviendo sola demasiado tiempo y no tenía ganas de luchar. Había decidido que las oportunidades se habían acabado para ella.

Así que simplemente permitió que transcurriera el tiempo mientras sentía que sus venas se secaban. Y que su estómago y sus intestinos se pudrían dentro de ella. Sencillamente se dejó caer en el gran vacío inevitable del desaliento. Ese vacío frío y oscuro en el que los cerebros melancólicos se sumergen mientras una fuerza invisible tira de ellos hacia las profundidades mortales.

Ella estaba siendo empujada con tanto ímpetu que imaginaba curvado su cuerpo maltrecho mientras veía que sus brazos y sus piernas se elevaban hacia arriba transformándose en tentáculos que se agitaban como gelatina.

Albergaba todavía, en algún rincón de su cuerpo, una minúscula esperanza. Desde luego no era consciente de que existiera, pero ahí estaba. Quizás escondida entre sus costillas o en un punto oculto entre su hígado y el páncreas. Podía suceder que si sus pies lograban tocar el fondo, consiguiera impulso para regresar a la superficie.

Sin embargo, la oportunidad llegó desde fuera. Un suceso inesperado le hizo flotar hacia arriba y le ofreció una nueva perspectiva. Fue la tarde en la que se cruzaron en el rellano y él la miró por primera vez. Con esos ojos verdes, cansados, envueltos por las arrugas de la madurez.

Fijó en ella la mirada con tanta intensidad que sintió que el corazón se le paralizaba sin que pudiera remediarlo. La magia se rompió cuando sintió dolor porque le ardía la cara. La sangre se había empeñado en arremolinarse en su cabeza como un volcán erupción.

Él se dirigió hacia su apartamento situado al lado contrario del suyo sin mostrarle ni siquiera una pequeña sonrisa educada. A partir de ese día, ella salía de casa con la necesidad de verle. De contemplarse otra vez en aquellos ojos verdes. Agotados. Tan cansados como los suyos. Quizás pudieran recuperar las fuerzas juntos.

Pero, por más que lo deseara, por más que mirara el techo de su dormitorio noche tras noche pidiendo, clamando, un encuentro fugaz, no volvió a toparse con él. Cada tarde, a la vuelta del trabajo, controlaba a todos los vecinos que pasaban por su puerta. Estaba al acecho tras la mirilla como una vieja loca.

La obsesión aceleró su deterioro físico y su jefe le insinuó que necesitaba unos días libres. Estaba mucho más delgada y demacrada. Ella aceptó. Pero sólo porque podría estar más tiempo en casa y así tener más posibilidades para poder encontrarse con él. No porque mejorar su salud fuese su objetivo.

Hora tras hora, espiando, pronto pudo conocer las costumbres de su vecino. Nunca salía de su casa. Por eso no había vuelto a cruzarse con él. Pero algunas noches recibía visitas. En intervalos de dos o tres noches, una chica llamaba a su puerta. Ella no conseguía verlas. Y de él, adivinaba su silueta recortada en el umbral de la puerta pues se quedaba a contraluz cuando les abría.

Pudo advertir con claridad la ausencia de movimiento de los protagonistas. No reaccionaban al verse. No se saludaban,  sólo existía silencio entre ellos. La chica entraba y él cerraba despacio. Nunca las vio salir por la mañana por más que estuviese haciendo guardia hasta la madrugada.

Como físicamente necesitaba descansar, por mucho que ella intentara negarse ya había sufrido algunos desvanecimientos, llegó a la conclusión de que aquellas jóvenes se le escapaban en esos períodos en los que se permitía una tregua.

Su curiosidad seguía sin estar satisfecha y continuaba sin poder estar cerca de él. Tomó una decisión pues no tenía nada que perder, así que esperó pacientemente a que llegara la noche siguiente.

Intentó no pensar en el dolor de su cuerpo. En los gusanos que estaban a punto de comérsela y que parecía que ya habían empezado a crecer en su interior. Tras las ventanas, contempló cómo el sol le decía adiós y el cielo se tornaba negro. Espeso. Como a ella le gustaba. Era como un lecho vaporoso que la estaba esperando.

Antes de abandonar su apartamento, se cepilló amorosamente su larga melena de color negro. Ese cabello suave que se enroscaba en su espalda intentando alcanzar sus piernas. Se pintó los labios y le dio fuerza a su mirada. Si iba a presentarse ante él, quería que la deseara tanto como ella.

Se acercó a la mirilla. No tuvo que esperar demasiado para ver llegar a una nueva chica. Había tenido suerte. Podía haber tenido que esperar unos días más y no pensaba que su enfermedad le permitiese tanto tiempo. La joven entró siguiendo el mismo ritual de siempre.

Cuando él cerró la puerta, salió al rellano. Llegó al apartamento y se acercó para intentar escuchar. Y lo consiguió. Del interior, se escapaban jadeos que no parecían producidos por placer, gorgoteos, pequeños gritos ahogados por golpes… Lo que estaba sucediendo allí dentro era peligroso y comenzó a aporrear la puerta con todas sus fuerzas. Los ruidos cesaron de repente y ella también se detuvo.

Tras esperar segundos, que se le hicieron eternos, él abrió la puerta y casi se desmaya del terrible olor que escapaba del interior del apartamento. Quiso dar media vuelta pero no tuvo fuerzas para escapar. Estaba frente a esos ojos que tanto amaba. Se aproximó lentamente hacia él hasta rozar su cuerpo mientras entraba.

La puerta se cerró tras ella. La casa apenas estaba iluminada. Pero eso no le importaba. Él la cogió de la mano y la llevó hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha y no había rastro de la chica. Eso tampoco le interesaba. Ahora era su turno de perderse en aquella mirada hueca, en aquel profundo vacío inevitable y dejarse llevar mecida por la brisa helada y muerta.

Aquella noche la pasaron juntos. Compartiendo lecho y sábanas con la oscuridad más temible. Engullida en un gran océano fue incapaz de darse cuenta de que la muerte se respiraba en aquel apartamento. De que los gusanos a los que ella tanto temía se arrastraban por el suelo y las moscas revoloteaban a sus anchas.

Cuando se despertó, era de madrugada y su piel estaba contraída por el frío. Él no estaba en la cama. Se vistió únicamente con su jersey y, descalza, salió de la habitación buscándole. El silencio era aplastante y comenzó a sentir que la asfixia se arremolinaba en su garganta. Algo no iba bien. Recordó a la chica.

Salió al salón y le vio de pie, observando el exterior por la ventana abierta de par en par. No se giró a mirarla en ningún momento. Parecía absorto contemplando el lienzo oscuro de la noche que comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol. Ella se acercó hasta él.

Entonces su pies pisaron algo líquido. Miró hacia abajo y vio que estaba en medio de un reguero de sangre que provenía de la cocina. Lo siguió poniendo cuidado en no mancharse más todavía pues le había provocado una sensación pegajosa y repulsiva.

Cuando entró en la cocina se llevó las manos a los ojos para evitar perder la poca cordura que le quedaba. Cuatro chicas. Cuatro cadáveres desparramados. Una de ellas se había cortado las venas sobre la mesa con tanta intensidad que asomaban los huesos a través de los cortes. Unos cortes que daban cobijo y alimento a un ejército de moscas carroñeras que entraban y salían de aquel cuerpo putrefacto con total impunidad.

Otra chica se había ahorcado y colgaba de la lámpara del techo. Su cuerpo estaba hinchado y su piel gris denotaba que estaba a punto de resquebrajarse. Probablemente, a través de las grietas los gusanos hiciesen su aparición estelar.

La tercera, se había tragado lo que parecía un cuchillo y la punta asomaba por la nuez. Apartó la mirada de su cuello. No podía mirarlo. Pero al girar la cabeza, dio con la cuarta, la última que había llegado a aquel paraíso del suicidio.

Se había dado golpes contra la pared hasta romperse el cráneo. Sus ojos muertos no mostraban ningún tipo de emoción: ni miedo ni dolor ni arrepentimiento. Ella no sabía si acababa de entender la magnitud de lo que se gestaba en aquel lugar. Regresó al salón buscando respuestas o quizás para dejar atrás ese cementerio terrible en el que los cuerpos todavía no habían sido enterrados.

Él, que continuaba en la ventana, la observó cansado pero pudo ver que una ligera sonrisa se dibujaba en su boca por primera vez. Entonces, agarró con las manos el marco y saltó sin que ella tuviese tiempo para impedirlo. Pudo escuchar como su cabeza se rompía contra el pavimento como si fuese una fruta podrida.

Ella gritó haciendo temblar el edificio aunque no iba a servir para nada. Ya no volvería a verse en esos ojos verdes ni a dejarse llevar en las corrientes nocturnas que la llevaban al vacío más cruel. O quizás sí.

Subió a la azotea. Cuando se asomó hacia abajo, él ya estaba sumergiéndose en un charco de sangre que se expandía con rapidez. Sus gritos habían alertado a los vecinos y las sirenas de la policía y la ambulancia se aproximaban. El tiempo apremiaba.

Caminó lentamente hasta el mismo borde. Se subió al muro tambaleándose hasta conseguir erguirse y quedar cara a cara con la inmensidad. Con lo poco que quedaba de aquella noche fría acariciándole su precioso cabello negro. Cerró los ojos y se dejó caer.

Fueron unos pocos segundos los que tardó en estar junto a él. Pronto sus sangres se mezclaron creando un nuevo lecho. Antes de que nadie llegase hasta ellos, el cuerpo de él comenzó a absorber toda la sangre que les envolvía. La suya y la de ella. Y se incorporó despacio. 

Tambaleándose, se alejó de allí. El sol comenzaba a calentar las calles. Aunque su cuerpo estaba frío como la muerte.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 24 de Abril de 2017

Terminado a las 19:31 horas