El vacío que nos absorbe

Clara había subido hasta la azotea de su edificio decidida a saltar desde una altura de diez pisos. El viento helado mecía su cabello negro y estaba envuelta por las sombras que la noche proyectaba en el cielo con el fulgor de la luna y las luces de los apartamentos. El vacío la esperaba y ella iba a permitir que la engullera.

Un mes antes, de encontrarse descalza en la terraza de su edificio dispuesta a saltar, se había despertado con la idea de que estaba muy enferma porque llevaba demasiado tiempo soportando un dolor intenso en sus huesos. Desconocía el diagnóstico de lo que sufría su cuerpo, pero tenía la certeza de que algo estaba acabando con su vida. Clara tomó la alternativa de dejarse llevar y no oponer resistencia a la enfermedad. Permitió que transcurriera el tiempo y se le secaran las venas dejándose arrastrar hacia el vacío inevitable del desaliento. Un vacío frío y oscuro en el que los cerebros melancólicos se sumergen cuando no les quedan razones por las que luchar. Permitió que la muerte pudiese ser real y que estuviese presente en su casa. Hasta que, en medio de ese camino yermo, surgió una oportunidad para ella. Se cruzó con un desconocido en el rellano y, este encuentro inesperado, le ofreció a Clara una nueva perspectiva del sendero desolador que estaba recorriendo. La sangre volvió a irrigar sus venas cuando el hombre la miró con sus inacabables ojos verdes, exhaustos y envueltos por las arrugas del sufrimiento. Clara desvió la mirada al sentirse mareada cuando su cuerpo reactivó su ritmo con una fuerza desbocada.

El hombre se dirigió hacia su apartamento situado frente al suyo sin dedicarle ninguna señal de cortesía. Clara entró con torpeza en su casa, no acertaba a meter la llave en la cerradura por la perturbación que le había provocado, y lamentó haber estado tan desconectada del mundo como para no haber sido consciente de la existencia de este nuevo vecino. ¿Cuántas veces se habrían cruzado y ella no le habría saludado? ¿Ese era el motivo de que hubiese sido tan frío? A partir de ese día, Clara salía de su casa con la necesidad de toparse con él y de contemplarse en sus ojos verdes tan agotados como los suyos. Sentía que eran muy parecidos, iguales. Elaboró la fantasía de que podrían recuperar la esperanza juntos si se conocieran. Pero, por más que deseó un encuentro, no sucedió. Su obsesión llevó a Clara a pedir unos días libres en el trabajo para tener más tiempo y poder espiar a su vecino, conocer sus costumbres y forzar un acercamiento.

La chica instaló un campamento base junto a la mirilla de su puerta. Colocó una banqueta para sentarse y una silla en la que ponía una bandeja con agua y un sándwich que no solía comerse porque lo único que le importaba era observar la casa de enfrente las horas que le permitiera su cuerpo. Después de una semana, descubrió que ese hombre no salía mucho de su apartamento y que algunas noches recibía visitas. En intervalos de dos o tres días, una chica distinta se acercó hasta la puerta de su vecino al anochecer. Él las recibía, pero no se saludaban, no se decían nada y Clara no las volvió a ver por más horas que pasara haciendo guardia. Así que su curiosidad seguía sin estar satisfecha porque lo que había conocido del comportamiento de su vecino no le había servido para poder conocerle. Un par de días le bastaron para llegar a la conclusión de que no tenía nada que perder y que debía ser más atrevida. Esperó a que llegara la siguiente noche con la ilusión de una adolescente inexperta.

Tras las ventanas, Clara contempló cómo el sol decía adiós y el cielo se iba tornando sombrío. Espeso. Antes de salir de su apartamento, se cepilló con mimo su larga melena oscura. Se pintó los labios. La chica se acercó entusiasmada a la entrada. El dolor ya no estaba presente porque sentía que la vida volvía a ella cada vez que pensaba en los ojos verdes que iba a disfrutar de nuevo. Escuchó unos pasos en el descansillo y se asomó inquieta por la mirilla. Una nueva joven llamó al timbre del apartamento de enfrente. El ritual fue el de siempre: el hombre le abrió y ella entró guardando un escrupuloso silencio. Clara no podía esperar ni un día más, necesitaba adentrarse en aquel lugar. Salió al rellano con cautela y acercó la oreja. Lo que escuchó no tenía nada que ver con lo que había imaginado que sucedía entre aquellas paredes. Percibió gritos ahogados como cuando alguien sufre algún tipo de agresión violenta. Lo que ocurría allí dentro era peligroso y comenzó a aporrear la entrada para que le abrieran. Los ruidos cesaron y ella también se detuvo. Tras unos segundos eternos, su vecino salió y Clara sintió arcadas por la podredumbre que emanaba el interior del apartamento. Aunque pronto olvidó el hedor al contemplar aquellos ojos verdes que amaba. Él se mantuvo callado y se colocó de perfil como señal de invitación. La chica cruzó hipnotizada el umbral acercándose tanto al hombre que sus cuerpos se rozaron. La casa apenas estaba iluminada y él le agarró de la mano para conducirla hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha y no había rastro de la joven que acababa de entrar. Eso tampoco le interesaba. Había llegado el momento de perderse en aquella mirada hueca de color verde, en aquel profundo vacío inevitable y dejarse llevar mecida por una brisa gélida.

Compartieron sábanas con la oscuridad más temible. Engullida por un océano silencioso, Clara no fue capaz de percibir que la muerte se respiraba en aquel apartamento y que los gusanos se arrastraban por el suelo. Por primera vez en semanas, la chica no sentía el dolor incrustado en sus huesos y se quedó dormida. Cuando se despertó en la madrugada, su piel estaba contraída por el frío y eso le hizo sentirse incómoda. Buscó cobijo, pero él no estaba en la cama. Clara salió de la habitación. El silencio era aplastante y comenzó a sentir que la asfixia del peligro se arremolinaba en su garganta. Algo no iba bien. Recordó a la joven, a ella y a todas a las que no vio abandonar aquel lugar.

El hombre estaba en el salón, desnudo y tranquilo, observando por la ventana abierta de par en par. Estaba absorto contemplando el lienzo oscuro de la noche. La chica se dirigió hacia él y pisó algo pastoso con sus pies descalzos. Miró hacia abajo y vio que estaba en medio de un reguero, de lo que parecía sangre, que nacía en la cocina. Era una sensación repugnante, pero fue hacia allí porque supo que había llegado el momento de descubrir lo que de verdad ocultaban aquellas paredes. Él continuaba centrado en el vacío, no le importaba que Clara conociese la verdad.

Encontró en la cocina a cuatro chicas. A cuatro cadáveres. Una de ellas se había cortado las venas y estaba tumbada sobre la mesa; otra, se había ahorcado de la lámpara del techo; la tercera, se había clavado un cuchillo en el corazón y yacía en el suelo boca abajo; y la última, se había golpeado contra la pared hasta romperse el cráneo. Clara soltó un alarido mientras se tapaba los ojos y dio media vuelta para salir de allí. El hombre le cortó el paso y le agarró de los hombros. La observó con un agotamiento eterno y la chica apreció que una ligera sonrisa se dibujaba en sus labios. El hombre dio unos pasos hacia atrás, giró y corrió hacia la ventana para lanzarse al vacío.

Clara se quedó en shock: caminar sobre la sangre, el olor dulzón de los cuerpos en descomposición y la muerte inesperada del hombre que iba a ser su tabla de salvación, la habían sumido en una espiral de angustia de la que no podía zafarse. Solo se le ocurrió subir a la azotea y eso hizo. Necesitaba aire, necesitaba hinchar su pecho, necesitaba que la noche cayera sobre ella. Se asomó por la barandilla de la terraza y se le rompió el alma al verle sobre un charco de sangre que se expandía a lo largo de la acera, parecía que flotaba. La chica se colocó sobre la cornisa tambaleándose por el miedo, pero consiguió erguirse y quedarse cara a cara con la inmensidad y con el crepúsculo acariciándole su precioso cabello negro. Aquel hombre había sido la última esperanza a la que se había aferrado. La última oportunidad que pensó que le alejaría del dolor que la había engullido un mes antes y que la estaba matando. Viéndole en la acera supo que el espejismo había terminado y que, tal y como ella predijo una mañana al despertarse, se iba a morir y nada podría sanarla. Clara cerró los ojos, respiró hondamente y se dejó caer. La chica tardó unos segundos en estar junto a él y sus sangres se mezclaron creando un lecho amoroso.

Antes de que ningún vecino llegara hasta ellos, el cuerpo del hombre comenzó a absorber la sangre que les envolvía y se incorporó poco a poco.  El sol empezaba a asomarse con la intención de calentar las calles. Pero el cuerpo del hombre estaba frío porque estaba hueco, tan vacío por dentro como las chicas a las que invitaba a su casa y a las que liberaba de su desesperanza. Las necesitaba porque sus muertes eran vida para él. Débil, se alejó de allí.

7 Replies to “El vacío que nos absorbe”

  1. Joiel dice:

    Oscuro, intenso, calculado. Pienso en tulpas, en mitos de la Europa del Este, en silencios descriptivos. Una gran historia.

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  2. karlosmartinez1974 dice:

    Me ha gustado y sobrecogido con la misma intensidad. Gracias

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  3. A veces parezco brusco, no ha sido mi intención. Me gusta tu entrada.

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