¿Tienes miedo?

¿Tienes miedo? Deberías.

Buscamos sentirnos seguros en nuestro hogar. Cuando llega la noche y el silencio espeso se instala, como una niebla viva recorriendo los pasillos y los dormitorios, queremos creer que las sábanas nos protegen de garras y dientes. Como si la cama fuese un perímetro impenetrable y la lámpara de la mesita de noche, un cañón capaz de desintegrar las sombras que parecen moverse por las paredes y debajo del colchón. Entonces, bajamos la guardia y nos dormimos quedando a merced de la oscuridad que nos acaricia los tobillos, las piernas y el cabello sin pedirnos permiso.

Hace semanas que no duermo, me quedo muy quieta vigilando y normalizando mi respiración para que David crea que estoy en el mundo de los sueños. Mantengo los ojos abiertos, por si puedo distinguir algo, en la negrura del dormitorio. Esa negrura que se ha vuelto mi aliada. Las sombras duermen a mi lado, se introducen en el interior de mi marido y le obligan a cambiar.

David me lo advirtió. “¿Tienes miedo, Sara? Deberías. Algo sucede en nuestro dormitorio cuando cae la noche y aparecen las sombras. Mis manos no me obedecen, mis piernas tampoco. Surge en mi cabeza la idea de hacerte daño e imagino mil y una maneras de torturarte.” Lloré por él y por nuestro futuro juntos, pero no por mí porque no le di a la confesión de David tanta importancia como él. Mantuvimos largas conversaciones, intentando descubrir de dónde surgían esos pensamientos, de qué conflicto se nutrían. “Creo que no soy yo, son ellas, las sombras que nos visitan. Han estado ahí siempre, supongo, aunque no sé por qué las siento ahora.”

Por supuesto, pedimos ayuda a diferentes médicos, neurólogos y psiquiatras. Mi marido se sometió a pruebas e interrogatorios empujado por mi insistencia. No obtuvimos respuestas, tal y como David había predecido. Y cada noche continuó despertándome con sus gritos cargados de frustración, ira y terror. Vociferaba a entes, invisibles para mí, que no podrían obligarle a hacerme daño. Hasta que contemplé unas siluetas que se alzaban en las esquinas de la habitación y comprendí por qué David estaba al borde de un abismo.

Las sombras no tienen una forma que pueda reconocer, pero siento con claridad su rabia y su ansia de alimentarse de nosotros. David está dormido, al menos eso quiero creer. Su respiración es brusca, entrecortada y eso me pone en alerta. Ellas se han introducido por los agujeros de su nariz y sus oídos. Alarga los brazos con fuerza y agita las manos como si alguien, algo, le estuviese asfixiando. Me acerco muy preocupada e intento despertarle. “¡No me toques! ¡No quiero hacerte daño!” David no puede más, entre lágrimas, me dice que me deja, que debemos vivir separados o nos engullirá el rencor y el dolor que visitan cada día nuestro dormitorio.

¿Tienes miedo? Deberías si quieres sobrevivir a las sombras que nos asaltan durante la noche. Mientras crees que duermes en territorio seguro amurallado por la realidad. En la oscuridad, la maldad busca nuevos aliados y, si te resistes, su odio te devorará por dentro hasta que dejes de servirle. David, según creo, duerme con otra mujer y las sombras han dejado de buscarle. Conozco el motivo de su libertad: el verdadero objetivo he sido yo desde el principio. Han empezado a devorarme, no opongo resistencia a mi destrucción. Pues nadie duerme a mi lado para protegerme de mí misma.

El hombre que no esperaba

Relato ganador del 2º Premio del I Certamen Literario “Entre tus páginas y las mías”

Envuelto en un halo de espesa soledad, se sitúa tan tieso en la acera que se le puede confundir con una farola negra cualquiera. Su rostro es un trozo de cristal opaco y, si se molestaran en observarle con atención, descubrirían que no alberga luz en su interior. Con los pies clavados en el cemento, aguarda a que el semáforo le dé permiso para cruzar de una vez.

Lleva las manos resguardadas en los bolsillos y aprieta contra él los brazos en un vano intento de sentir algo de calor. Tanto se contrae que pasa de ser una farola a una rama esmirriada por culpa del frío. Sus ojos de rata escudriñan con ansiedad la luz roja del semáforo y la parada de autobús situada al otro lado de la calle. Teme que su transporte llegue antes que él.

Su cálculo de experto no le falla. El autobús número 109, cuyo color rojo destaca en el gris invernal, surge de sopetón de la rotonda como si lo escupiese. Gira demasiado rápido para su gusto y para sus intenciones. Su corazón sobresaltado le pide a gritos que cruce. Pero continúa sin encenderse la luz verde.

El monstruo rojo se detiene y abre las puertas resoplando. Al fin el diminuto hombre verde se ilumina y cobra vida en el semáforo. Él también y atraviesa el carril de la avenida casi corriendo sin sacar las manos de sus bolsillos. Parece un actor cómico de los años cincuenta que camina dando zancadas y de esta guisa sube de un salto al autobús. Cierra los ojos aliviado mientras recupera el aliento. Marca un viaje en la tarjeta y las puertas se cierran a su espalda dando comienzo a su viaje.

Si ese autobús se le hubiese escapado habría llegado tarde. Y no soporta ser impuntual. Sabe bien lo duro que resulta esperar a alguien y poner tu tiempo bajo su control.  Porque las dudas te asaltan y ya no puedes dejar de pensar si esa persona ha olvidado la cita o que equivocaste el día o que se lo ha pensado mejor y no le interesas. Y entonces quizás no le interesas a ella ni a nadie. Por eso respeta el tiempo de los demás y el suyo. Ya no pierde ni un segundo esperando. Dejó de hacerlo veinticinco años atrás.

Sentado en el autobús la recuerda. Quizás es el viento helado de aquella tarde lo que le traslada hasta el pasado desprovisto ahora de vida.  A ese maldito decorado lleno de árboles negros de dedos puntiagudos que se alzaban bajo un cielo demacrado. Junto a uno de ellos, sin sombra a la que cobijarse del dolor, ella le confesó, sin mirarle a los ojos pues no podía ser de otra manera, que no se verían nunca más. Hubiese preferido morir asesinado de un balazo que tener que sentir esas palabras desgarrando su corazón. Convirtiéndole en un muerto viviente, en un caminante entre las sombras. No hubo disparo, no hubo arma piadosa, sólo unos labios rojos y suaves dando forma a unos sentimientos arrolladores. El frío del desamor penetró en su torrente sanguíneo, momificándolo, secando sus ojos y su cerebro. Su rostro se volvió opaco y su tiempo le perteneció a ella desde entonces.

Sólo ella existía.

No había nada más. Aún así la esperó de manera estúpida y acabó por consumirse. Se secó y se acartonó su piel. Unos días el mundo se encogía asfixiándole y otros, se expandía hasta que sus pies dejaban de tocar el suelo. No tuvo más remedio que inventarse un ritual para no acabar atrapado en las garras del infierno, pues entendió que la muerte conseguiría separarles sin remedio. Pensó qué podría hacer para llenar sus pulmones lo suficiente y que le permitiera seguir abriendo los ojos cada mañana. Al final, llegó a la conclusión de que solo podía hacer una cosa.

Así que ha pasado los últimos veinticinco años yendo en el interior de un dragón rojo de metal, escupiendo humo negro y rugiendo sobre el asfalto, hasta la casa de su princesa. Después se sienta en un banco desde dónde puede observarla sin que ella descubra su plan. Y allí la ha estado esperando mientras ha sido un testigo invisible de los besos que compartía con su nueva pareja, de cómo crecían sus hijos y la aparición de la vejez en sus ojos y en su boca. Aquellos labios jugosos que le condenaron a la horca con las palabras del adiós. Poco le ha importado sentarse bajo la lluvia o el sol feroz porque aquellas visiones son lo único que han conseguido seguir alimentando su sangre. Es un hombre que no espera nada porque la espera a ella y suyo es su tiempo.

Y así seguirá siendo hasta que un niño rompa el rostro de cristal de aquella farola cualquiera con una piedra. El rostro de un hombre que no guarda luz alguna en su pecho y que ha pasado a ser un elemento más de la ciudad.

De pie

Volveré a esperar la noche. De pie. Sin tambalearme si quiera. Ansiaré que subas las escaleras cobijando las llaves en tus manos. Escucharé con atención tus pasos lentos y ruidosos, pues aparecerás arrastrando tu cuerpo.Tu vientre aplastado contra el frío suelo dejará tras de sí un camino limpio de polvo.

La luz del rellano resultará escasa. Mis ojos se esforzarán demasiado por distinguir tu silueta entre las sombras espesas y sudorosas. Alguna lágrima recorrerá mi mejilla derecha. Pero no lo percibiré pues mis pensamientos estarán contigo en el suelo deslizante.

No llegaremos a tocarnos ni a rozarnos. Nunca lo haremos. Ninguna noche se abrirá para que el agua presa llegue hasta el río. La sequía de los campos continuará hasta el final de los años.

De pie. Volveré a esperar la noche. Sujeta de la mano por la desesperanza.

Esther Paredes Hernández

11 de Junio de 2018

Monstruosa Navidad

Me cuesta confiar en las personas porque no soporto las mentiras y no soy muy bueno detectando la hipocresía. Durante años creí que mi madre me quería hasta que intentó matarme el día de Navidad. Si no fui capaz de detectar sus instintos asesinos hacia mí, mucho menos distinguir cuando un desconocido intenta engañarme. Así que decidí no tener amigos y dejar de lado la sociabilidad.

De todas maneras, no tengo muy claro si mi aislamiento es voluntario o una maldición. Desde que recuerdo, mi fealdad siempre ha provocado el alejamiento de los demás. Soy tan deforme que las enfermeras lloraban cuando me tenían en brazos, y lloraban también cuando me dejaban de nuevo en la cuna. Pues sabían que cuando volviesen a tenerme en su regazo seguiría siendo un monstruo. Un inocente bebé monstruoso.

Entiendo la repulsión que le provocaba a mi madre, yo mismo soy incapaz de mirarme en el espejo sin sentir un escalofrío. Sin embargo, mis emociones son como las de cualquier otro. Y mi cerebro funciona de la misma manera por lo que suelo olvidar mi drama con facilidad. Sólo recuerdo que no debo confiar en los demás cuando me veo reflejado en un cristal. Les comprendo, mi aspecto físico les empuja a tratarme con crueldad.

Como la vez en que una vieja me empujó para impedir que subiera al autobús.  O cuando un grupo de jóvenes me propinaron patadas hasta dejarme inconsciente. Por supuesto, grabaron la paliza con sus móviles y el video se convirtió en viral. Se ve que les gustó la experiencia y continuaron agrediendo a otras personas indefensas. Pero ningún video ha tenido tantas visualizaciones como el mío. Está bien ganar de vez en cuando.

Yo también me daría de golpes si coincidiera conmigo mismo en la calle. Mis ojos están cubiertos por venas demasiado hinchadas, tengo la nariz torcida, los dientes amarillos y demasiado grandes y… lo peor… mi cuerpo está cubierto por una piel escamosa, de un extraño y horrendo color verde. Ni yo soporto tocarme.

Creo que mi madre decidió acabar conmigo porque no conseguía obligarse por más tiempo a acariciar mi cara o darme los típicos abrazos maternales. La mañana de Navidad, mientras me tomaba mis cereales, agarró con fuerza uno de los cuchillos de trinchar la carne y corrió hacia a mí mientras gritaba como una loca. Recuerdo que pensé que sus alaridos sonaban a liberación. Demasiados años de dolor. Me quedé observándola con la boca abierta mientras el cereal se caía de la cuchara para refugiarse en el bol de la leche. Cerré mis ojos hinchados dispuesto a no resistirme. Mi madre es la persona a la que más he amado en mi vida.

El azar evitó que lo consiguiera. Resbaló y cayó sobre el cuchillo de cocina desgarrándose la yugular sin que yo pudiese evitarlo. Me abalancé aterrado sobre ella mientras se desangraba. Me acarició con repugnancia una última vez. Sus ojos se volvieron vidriosos y supe que me había quedado en la más absoluta soledad.

Qué me espera ahora.

Han pasado dos días y no puedo apartarme del cuerpo inerte de mi madre. Es lo único que tengo. A ella hinchándose en medio de la cocina. En sus últimas Navidades. He dormido a su lado estas noches, agarrado a su cintura como cuando era pequeño. Ahora está rígida y tiene un tacto extraño. Observo el techo pidiendo una oportunidad más. Un último llamamiento al universo para que me la devuelva.

Siento que me desmorono, que me desmonto como las piezas de una torre de bloques infantiles, algo se ha roto dentro de mí sin remedio. Es la única persona que he tenido a mi lado. Mi piel verde se seca sin sus abrazos.

Sé que hay una vecina que escudriña a través de las ventanas. La sirena de la policía se escucha llegar desde el otro lado de la calle. No quiero que se la lleven. Por favor no soporto la idea de quedarme sin ella. El cuchillo todavía lo tiene entre los dedos. Se los voy a romper para cogerlo. No pienso permitir que nos separen. Es una crueldad que no pienso tolerar. Esta vez no lo entiendo. El mundo nunca me ha dado nada, no lo he pedido, pero no voy a dejar que me lo quiten todo, que me la quiten.

Por primera y última vez en mi vida seré el monstruo que todos creen que soy.

Barcelona, 20 de Diciembre de 2017

Terminado a las 18:07h

 

Cuento de Halloween II

Cuando te conocí me pediste que guardara silencio. Que no te hablara de nada ni de nadie porque tenías el objetivo de conseguir que olvidase lo que había sido mi vida hasta ese momento. Y te obedecí.

Pero lo hice porque estaba aterrada.

Nací muerta. Lo cual puede considerarse una paradoja. Pues nacer implica vida. El parto duró demasiadas horas y supongo que tiré la toalla. Decidí, a tan temprana edad, que no merecía la pena tanta lucha. Tampoco sabía lo que me perdía. Qué importaba. Sin embargo, los médicos consideraron lo contrario y, sin tener en cuenta mi opinión, me reanimaron.

Consiguieron que mi corazón latiese y llené mis pulmones de oxígeno con un sonoro llanto. Y, desde esa primera bocanada de aire, sentí que mi vida no me pertenecía, pues yo no la había pedido. Así comenzó mi andadura por este desagradecido y cruel mundo en una noche en la que la vida y la muerte se cogen de la mano para recorrer las calles. Mi nacimiento, como una broma macabra del destino, tuvo lugar en la noche de Halloween.

Durante los años posteriores, llegué a despreciar el sol que sale cada día de la misma manera, de las obligaciones que generan culpa, de las normas sociales artificiales… No entendía qué papel jugaba en este gran lienzo. El universo debería haberle dado la oportunidad a otra persona que valorara el regalo de la existencia. Y no a mí. Sentía la necesidad de compensar que me hubieran dado una segunda oportunidad como una gran losa de piedra sobre mi cabeza pero no sabía cómo. Y mi salvación llegó cuando te encontré.

Hemos pasado dos años juntos, amándonos, disfrutando de cada momento y dando valor a nuestras vidas porque tenemos esa misión. Tampoco esta vez lo he expresado correctamente. Dando valor a la Vida en el sentido más amplio de la palabra. No es difícil detectar a aquellas personas que desean desaparecer para siempre, enterrarse en la inmensidad deteniendo su corazón. Y para mí, que soy una experta, todavía es más sencillo. Sólo tengo que buscar una mirada que me recuerde a los mía. Es tan fácil que me da risa.

Una vez hemos encontrado a nuestros objetivos, les seguimos hasta sus casas y acabamos con su sufrimiento. La mayoría gritan asustados cuando adivinan que van a morir al ver el filo brillante del cuchillo. No entiendo esta rebeldía cobarde cuando se enfrentan al fin. Pero no importa, pronto sus rostros reflejan la calma que necesitaban mientras su sangre abandona sus cuerpos. Lo hace con fuerza pues se sentía atrapada en individuos que se habían convertido en muertos vivientes. Otra paradoja.

En la noche de mi cumpleaños, tumbada en la cama, sé que te obedeceré hasta el último de mis días. Que dedicaré a nuestra causa mi energía y mi talento. Sin hacerte preguntas y sin hacérmelas a mí. Ignorando lo que sea que haya aprendido hasta que te conocí. Porque me asusta demasiado perderte. Mi pecho se cierra sólo de pensarlo. Y un gran abismo vuelve a surgir bajo mis pies esperando engullirme.

Si flaqueo en algún momento y te alejas de mi lado, ansiaré que me encuentres vagando por las calles, con los ojos llenos de tristeza llamando a la muerte. Y agradeceré que vengas a mi casa para rebanar con violencia mi garganta desagradecida. Mi sangre será tuya y bañará tus pies salvadores.

Aunque eso no sucederá. Porque creo en nuestra causa y soy tu compañera. La muerte deambula ya por los portales. Es Halloween. Mi noche. Nuestra noche. Salgamos a celebrar la Vida.

Barcelona, 30 de Septiembre de 2017

Terminado a las 17:18h

 

El umbral

Llevo varios días sin dormir esperando tu vuelta. Ahora me estás mirando desde el umbral de la puerta del dormitorio y si pudiera, sonreiría. Es una crueldad agradecer que hayas regresado. Pero los sentimientos son caprichosos y no puedes hacer nada para cambiarlos.

Es una realidad que dependo de ti a todos los niveles aun siendo un desconocido para mí. Ni siquiera podría llamarte por tu nombre si lo tuvieras. Eres la sombra que me vigila desde el umbral. Una sombra que crece y se estira a medida que la luz del sol cambia según transcurren las horas. Temo en lo que te conviertes por la noche. Una figura oscura que alcanza el techo y se curva sobre mí. Cuando eso sucede, imagino que mi respiración agitada te acaricia porque tu rostro es un misterio que no me ha sido revelado y sólo contemplo oscuridad.

Una enfermedad me mantiene confinada en la cama y  no puedo escapar de esta cárcel de sábanas. Desde ella, es imposible no verte, no sentirte. Pues estás frente a mí. Observándome desde la única salida posible. Desde la puerta que podría ayudarme a escapar de estas cuatro paredes que has transformado en una cárcel. Y para asegurarte de que no pida auxilio, cosiste mis labios.

Esa fue la primera vez que me tocaste. Con dulzura y dolor a la vez. Tus dedos invisibles se volvieron agujas curvas que cosían mi carne. Descubrí que hueles a bosque húmedo. A hierba mojada tras ser bañada por la lluvia de otoño. Mis labios eran tuyos y no me resistí aunque sabía que estaba ayudándote a convertirme en tu prisionera. Desde ese día, anhelo tu vuelta. Y mientras regresas, imagino en qué se convertirán tus dedos esta vez. En afilados cuchillos, en finos taladros, en tijeras…

Las moscas se relamen a mi alrededor y sueño con larvas que están deseando nacer para empezar a devorarme. Estoy sentenciada a esta muerte lenta que tú no haces más que alargar para tu propia diversión. Pero también para la mía. Pues me siento más viva cuanto más cerca de la muerte me encuentro. Por eso te doy las gracias. Mi sangre me parece más roja que nunca; siento el dolor en cada uno de mis huesos y puedo ser consciente de todos ellos; y mis labios sellados quieren hablar lo que nunca pudieron. Tengo la boca llena de palabras que no podré pronunciar pero que existen cuando antes no llegaron ni a nacer en mi cerebro.

Cada vez que me haces daño, tras cada tortura a la que me sometes, tus ojos se vuelven culpables y crees que lo único que me separa de la libertad es poder moverme. No sé cómo explicarte que no es así. Soy una inválida postrada en la cama de su dormitorio por voluntad propia y cobijada bajo tu sombra.

Esta noche estás por fin a mi lado. No sé qué sufrimiento me has preparado. Pero estoy dispuesta a entregarte mi dolor a cambio de sentir cómo mi corazón late más vivo y consciente que nunca.

Barcelona, 24 de Septiembre de 2017

©Esther Paredes Hernández

Terminado a las 09:45h

 

Árbol seco

Estaba muerta. Lo sabía por todas las señales que estaba recibiendo de la Vida, del Universo, de lo que fuera.

Y no sólo porque veía a los demás seguir mirando el cielo cada día, poniéndose las gafas de sol y sonriendo a las nubes vaporosas. Sino porque había signos de continuidad para los demás excepto para ella. Estaba quieta, esperando, mecida por el viento mientras se secaba sin poder evitarlo.

En los últimos días sentía que sus brazos podían partirse de un momento a otro y que su tiempo de cordura acabaría cuando se desmembrara del todo. Su cuerpo crujía porque se moría. Sus venas estaban desapareciendo y sus raíces eran incapaces de sujetarla al mundo. Acabaría cayendo al suelo y quizás se desvaneciera para formar parte de él.

Estaba muerta. Condenada. Le había costado reconocerlo pero los indicios estaban ahí para que pudiera leerlos con facilidad, con dolorosa facilidad.

No se lo había buscado, no se lo merecía, pero iba a pasar de todas maneras. La espera era agotadora, espesa como el chocolate amargo y caliente. La conciencia viajaba a través de ella, a pesar de ella, en un vano intento de escapar.

El día y la noche significaban lo mismo. Y apenas podía recordar quién había sido en el pasado porque no sabía quién era ahora. Sólo alcanzaba a discernir el lugar en el que se encontraba.

Apareció allí una tarde mientras daba un paseo. Como solía hacer todas las semanas, al menos una vez. Ese día el cielo estaba ligeramente gris y una brisa fresca le recordó que debería haber cogido una chaqueta.

El camino lo conocía a la perfección, tanto, que podía recorrerlo con los ojos cerrados o mirando a su alrededor sin prestar atención de dónde pisaba. Lo amaba porque le llevaba hasta una pequeña arboleda formada por especímenes antiguos y gigantes en los que se sentaba a leer durante un par de horas.

Sin embargo, esa tarde ni el extraño silencio que la acompañaba le hizo temer que algo diferente, algo definitivo, iba a suceder antes de que acabara su excursión. Hasta que sus pasos le llevaron hasta los árboles secos que conformaban el bosque y lo comprendió todo sin tener la oportunidad de dar media vuelta para salvarse.

La brisa se transformó en viento y sintió miedo. Tanto, que apretó su libro con las manos hasta que sus dedos se quedaron blancos. La sangre se paralizó. Se agazapó en el cerebro y en el corazón con la esperanza de que no sucediese nada malo si se quedaba quieta. Pero no pudo evitarlo.

El pecho, las costillas se partieron como se parte un pedazo de pan duro. Al quebrarse, las hierbas se movieron. Y ella cerró los ojos esperando lo peor dejando caer el libro al suelo.

Y entonces supo que ya no podría dar más paseos. Los árboles no permitirían que regresara a casa. Sus pies se transformaron en raíces que se clavaron en el aquel suelo injusto, cruel, asesino que se había adueñado de sus sueños, de sus alegrías y que le alejaban del amor de los suyos.

Aquella tarde ella dejó de existir tal y como se conocía a sí misma para ser una árbol seco. Un árbol más de aquel bosque maldito. Muchas veces los niños jugaban a esconderse tras ella o unos enamorados compartían confidencias a sus pies, ahora raíces que intentaban alimentarse sin éxito del suelo. Incluso un chico encontró su libro, el que nunca acabó de leer, y lo disfrutó recostado en su tronco sin saber que pertenecía al árbol que le cobijaba.

Pequeños momentos de felicidad de otros en los que ella buscaba consuelo durante la larga espera. La eterna espera. Aunque el tiempo empezaba a acabarse para ella. Sentía su cuerpo seco y quebradizo.

¿Acaso el resto de árboles secos habían sido personas como ella? Lo desconocía. El viento no le hablaba, jamás lo hizo. Lo único que sabía con seguridad es que estaba muerta mientras la Vida le hablaba a los demás y guardaba silencio para ella.

Quizás si la buscas, podrías salvarla. Busca un camino, localiza el bosque que hay al final del sendero y acércate al árbol que esté más seco. Susúrrale, cógele de una de sus ramas ásperas y dile que la esperas. Que no permitirás que se rompa en pedazos y se funda como agua para terminar desapareciendo.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Junio de 2017

Terminado a las 18:12 h.