El hombre que no esperaba

Relato ganador del 2º Premio del I Certamen Literario “Entre tus páginas y las mías”

Envuelto en un halo de espesa soledad, se sitúa tan tieso en la acera que se le puede confundir con una farola negra cualquiera. Su rostro es un trozo de cristal opaco y, si se molestaran en observarle con atención, descubrirían que no alberga luz en su interior. Con los pies clavados en el cemento, aguarda a que el semáforo le dé permiso para cruzar de una vez.

Lleva las manos resguardadas en los bolsillos y aprieta contra él los brazos en un vano intento de sentir algo de calor. Tanto se contrae que pasa de ser una farola a una rama esmirriada por culpa del frío. Sus ojos de rata escudriñan con ansiedad la luz roja del semáforo y la parada de autobús situada al otro lado de la calle. Teme que su transporte llegue antes que él.

Su cálculo de experto no le falla. El autobús número 109, cuyo color rojo destaca en el gris invernal, surge de sopetón de la rotonda como si lo escupiese. Gira demasiado rápido para su gusto y para sus intenciones. Su corazón sobresaltado le pide a gritos que cruce. Pero continúa sin encenderse la luz verde.

El monstruo rojo se detiene y abre las puertas resoplando. Al fin el diminuto hombre verde se ilumina y cobra vida en el semáforo. Él también y atraviesa el carril de la avenida casi corriendo sin sacar las manos de sus bolsillos. Parece un actor cómico de los años cincuenta que camina dando zancadas y de esta guisa sube de un salto al autobús. Cierra los ojos aliviado mientras recupera el aliento. Marca un viaje en la tarjeta y las puertas se cierran a su espalda dando comienzo a su viaje.

Si ese autobús se le hubiese escapado habría llegado tarde. Y no soporta ser impuntual. Sabe bien lo duro que resulta esperar a alguien y poner tu tiempo bajo su control.  Porque las dudas te asaltan y ya no puedes dejar de pensar si esa persona ha olvidado la cita o que equivocaste el día o que se lo ha pensado mejor y no le interesas. Y entonces quizás no le interesas a ella ni a nadie. Por eso respeta el tiempo de los demás y el suyo. Ya no pierde ni un segundo esperando. Dejó de hacerlo veinticinco años atrás.

Sentado en el autobús la recuerda. Quizás es el viento helado de aquella tarde lo que le traslada hasta el pasado desprovisto ahora de vida.  A ese maldito decorado lleno de árboles negros de dedos puntiagudos que se alzaban bajo un cielo demacrado. Junto a uno de ellos, sin sombra a la que cobijarse del dolor, ella le confesó, sin mirarle a los ojos pues no podía ser de otra manera, que no se verían nunca más. Hubiese preferido morir asesinado de un balazo que tener que sentir esas palabras desgarrando su corazón. Convirtiéndole en un muerto viviente, en un caminante entre las sombras. No hubo disparo, no hubo arma piadosa, sólo unos labios rojos y suaves dando forma a unos sentimientos arrolladores. El frío del desamor penetró en su torrente sanguíneo, momificándolo, secando sus ojos y su cerebro. Su rostro se volvió opaco y su tiempo le perteneció a ella desde entonces.

Sólo ella existía.

No había nada más. Aún así la esperó de manera estúpida y acabó por consumirse. Se secó y se acartonó su piel. Unos días el mundo se encogía asfixiándole y otros, se expandía hasta que sus pies dejaban de tocar el suelo. No tuvo más remedio que inventarse un ritual para no acabar atrapado en las garras del infierno, pues entendió que la muerte conseguiría separarles sin remedio. Pensó qué podría hacer para llenar sus pulmones lo suficiente y que le permitiera seguir abriendo los ojos cada mañana. Al final, llegó a la conclusión de que solo podía hacer una cosa.

Así que ha pasado los últimos veinticinco años yendo en el interior de un dragón rojo de metal, escupiendo humo negro y rugiendo sobre el asfalto, hasta la casa de su princesa. Después se sienta en un banco desde dónde puede observarla sin que ella descubra su plan. Y allí la ha estado esperando mientras ha sido un testigo invisible de los besos que compartía con su nueva pareja, de cómo crecían sus hijos y la aparición de la vejez en sus ojos y en su boca. Aquellos labios jugosos que le condenaron a la horca con las palabras del adiós. Poco le ha importado sentarse bajo la lluvia o el sol feroz porque aquellas visiones son lo único que han conseguido seguir alimentando su sangre. Es un hombre que no espera nada porque la espera a ella y suyo es su tiempo.

Y así seguirá siendo hasta que un niño rompa el rostro de cristal de aquella farola cualquiera con una piedra. El rostro de un hombre que no guarda luz alguna en su pecho y que ha pasado a ser un elemento más de la ciudad.

Cuento de Halloween II

Cuando te conocí me pediste que guardara silencio. Que no te hablara de nada ni de nadie porque tenías el objetivo de conseguir que olvidase lo que había sido mi vida hasta ese momento. Y te obedecí.

Pero lo hice porque estaba aterrada.

Nací muerta. Lo cual puede considerarse una paradoja. Pues nacer implica vida. El parto duró demasiadas horas y supongo que tiré la toalla. Decidí, a tan temprana edad, que no merecía la pena tanta lucha. Tampoco sabía lo que me perdía. Qué importaba. Sin embargo, los médicos consideraron lo contrario y, sin tener en cuenta mi opinión, me reanimaron.

Consiguieron que mi corazón latiese y llené mis pulmones de oxígeno con un sonoro llanto. Y, desde esa primera bocanada de aire, sentí que mi vida no me pertenecía, pues yo no la había pedido. Así comenzó mi andadura por este desagradecido y cruel mundo en una noche en la que la vida y la muerte se cogen de la mano para recorrer las calles. Mi nacimiento, como una broma macabra del destino, tuvo lugar en la noche de Halloween.

Durante los años posteriores, llegué a despreciar el sol que sale cada día de la misma manera, de las obligaciones que generan culpa, de las normas sociales artificiales… No entendía qué papel jugaba en este gran lienzo. El universo debería haberle dado la oportunidad a otra persona que valorara el regalo de la existencia. Y no a mí. Sentía la necesidad de compensar que me hubieran dado una segunda oportunidad como una gran losa de piedra sobre mi cabeza pero no sabía cómo. Y mi salvación llegó cuando te encontré.

Hemos pasado dos años juntos, amándonos, disfrutando de cada momento y dando valor a nuestras vidas porque tenemos esa misión. Tampoco esta vez lo he expresado correctamente. Dando valor a la Vida en el sentido más amplio de la palabra. No es difícil detectar a aquellas personas que desean desaparecer para siempre, enterrarse en la inmensidad deteniendo su corazón. Y para mí, que soy una experta, todavía es más sencillo. Sólo tengo que buscar una mirada que me recuerde a los mía. Es tan fácil que me da risa.

Una vez hemos encontrado a nuestros objetivos, les seguimos hasta sus casas y acabamos con su sufrimiento. La mayoría gritan asustados cuando adivinan que van a morir al ver el filo brillante del cuchillo. No entiendo esta rebeldía cobarde cuando se enfrentan al fin. Pero no importa, pronto sus rostros reflejan la calma que necesitaban mientras su sangre abandona sus cuerpos. Lo hace con fuerza pues se sentía atrapada en individuos que se habían convertido en muertos vivientes. Otra paradoja.

En la noche de mi cumpleaños, tumbada en la cama, sé que te obedeceré hasta el último de mis días. Que dedicaré a nuestra causa mi energía y mi talento. Sin hacerte preguntas y sin hacérmelas a mí. Ignorando lo que sea que haya aprendido hasta que te conocí. Porque me asusta demasiado perderte. Mi pecho se cierra sólo de pensarlo. Y un gran abismo vuelve a surgir bajo mis pies esperando engullirme.

Si flaqueo en algún momento y te alejas de mi lado, ansiaré que me encuentres vagando por las calles, con los ojos llenos de tristeza llamando a la muerte. Y agradeceré que vengas a mi casa para rebanar con violencia mi garganta desagradecida. Mi sangre será tuya y bañará tus pies salvadores.

Aunque eso no sucederá. Porque creo en nuestra causa y soy tu compañera. La muerte deambula ya por los portales. Es Halloween. Mi noche. Nuestra noche. Salgamos a celebrar la Vida.

Barcelona, 30 de Septiembre de 2017

Terminado a las 17:18h

 

El umbral

Llevo varios días sin dormir esperando tu vuelta. Ahora me estás mirando desde el umbral de la puerta del dormitorio y si pudiera, sonreiría. Es una crueldad agradecer que hayas regresado. Pero los sentimientos son caprichosos y no puedes hacer nada para cambiarlos.

Es una realidad que dependo de ti a todos los niveles aun siendo un desconocido para mí. Ni siquiera podría llamarte por tu nombre si lo tuvieras. Eres la sombra que me vigila desde el umbral. Una sombra que crece y se estira a medida que la luz del sol cambia según transcurren las horas. Temo en lo que te conviertes por la noche. Una figura oscura que alcanza el techo y se curva sobre mí. Cuando eso sucede, imagino que mi respiración agitada te acaricia porque tu rostro es un misterio que no me ha sido revelado y sólo contemplo oscuridad.

Una enfermedad me mantiene confinada en la cama y  no puedo escapar de esta cárcel de sábanas. Desde ella, es imposible no verte, no sentirte. Pues estás frente a mí. Observándome desde la única salida posible. Desde la puerta que podría ayudarme a escapar de estas cuatro paredes que has transformado en una cárcel. Y para asegurarte de que no pida auxilio, cosiste mis labios.

Esa fue la primera vez que me tocaste. Con dulzura y dolor a la vez. Tus dedos invisibles se volvieron agujas curvas que cosían mi carne. Descubrí que hueles a bosque húmedo. A hierba mojada tras ser bañada por la lluvia de otoño. Mis labios eran tuyos y no me resistí aunque sabía que estaba ayudándote a convertirme en tu prisionera. Desde ese día, anhelo tu vuelta. Y mientras regresas, imagino en qué se convertirán tus dedos esta vez. En afilados cuchillos, en finos taladros, en tijeras…

Las moscas se relamen a mi alrededor y sueño con larvas que están deseando nacer para empezar a devorarme. Estoy sentenciada a esta muerte lenta que tú no haces más que alargar para tu propia diversión. Pero también para la mía. Pues me siento más viva cuanto más cerca de la muerte me encuentro. Por eso te doy las gracias. Mi sangre me parece más roja que nunca; siento el dolor en cada uno de mis huesos y puedo ser consciente de todos ellos; y mis labios sellados quieren hablar lo que nunca pudieron. Tengo la boca llena de palabras que no podré pronunciar pero que existen cuando antes no llegaron ni a nacer en mi cerebro.

Cada vez que me haces daño, tras cada tortura a la que me sometes, tus ojos se vuelven culpables y crees que lo único que me separa de la libertad es poder moverme. No sé cómo explicarte que no es así. Soy una inválida postrada en la cama de su dormitorio por voluntad propia y cobijada bajo tu sombra.

Esta noche estás por fin a mi lado. No sé qué sufrimiento me has preparado. Pero estoy dispuesta a entregarte mi dolor a cambio de sentir cómo mi corazón late más vivo y consciente que nunca.

Barcelona, 24 de Septiembre de 2017

©Esther Paredes Hernández

Terminado a las 09:45h

 

Dentro

Dentro no había nada.

Recorrió el largo y amplio pasillo mientras revisaba, habitación por habitación, si quedaba algún resto de las personas que habían habitado aquel lugar. Ya sabía la respuesta.

La luz que penetraba desde el exterior era insuficiente para iluminar los rincones de la casa. Que, por cierto, estaba llena de ellos. Rincones sucios, orinados, que olían a ratas.

El silencio era aplastante y le reconfortaba. Ni cantos de pájaros a lo lejos ni suaves susurros del viento atravesando las ventanas rotas. Relajó la espalda y el cuello con ligeros movimientos circulares como si de un luchador se tratara.

Aquella enorme y hermosa casa estaba vacía. Como él. Se encontraba en mitad del pasillo sin mochila, sin móvil. Había cargado hasta allí con una buena maza para derribar las paredes.

Hizo crujir sus dedos. Cogió el mango de la maza y lo estranguló con fuerza dispuesto a destrozar aquella casa hermosa y maldita que se lo había arrebatado todo.

Su mujer fue la primera en encontrarla. Había salido a dar un paseo y la descubrió por casualidad. Eso es lo que los dos creyeron entonces. Le sorprendió una tormenta que apenas le permitía ver por dónde pisaba. Acabó perdida y desesperada. Al toparse con la casa, que podía servirle de refugio, se sintió muy afortunada.

Cuando el cielo se despejó, la luz comenzó a entrar por puertas y ventanas. Ella pudo admirar de inmediato la grandiosidad de los detalles decorativos de la casa. Los techos altos, los arcos que formaban las puertas y las robustas paredes. Comenzó a hacer fotos de todo lo que le llamaba la atención y regresó a nuestro hogar entusiasmada.

Al día siguiente, fueron juntos y tuvo que darle la razón: era magnífica. Hicieron más fotografías de aquel lugar compuesto por una amplia planta baja llena de habitaciones y un piso superior al que no se podía acceder porque la escalera estaba en un pésimo estado.

Por la noche, acurrucados en la cama, revisaron juntos las imágenes que habían tomado. Ella estaba agotada y se quedó dormida antes. También había estado muy callada durante la cena. Quizás el agua de la tormenta le había provocado un resfriado.

Él continuó mirando el material que habían conseguido aquella tarde. Descubrió algunas instantáneas extrañas. Se veía claramente a su esposa, cámara en mano, en el marco de la puerta de una de las habitaciones. Y junto a ella aparecía una mujer. Para ser honestos, era más bien una sombra que parecía pertenecer a un ser femenino.

Aquella extraña silueta oscura sólo aparecía en las fotografías tomadas en esa habitación en concreto. Y se le veía tan próxima a su mujer que prácticamente estaba sobre ella. De hecho, en la última, parecía sujetarle del hombro y estar hablándole al oído.

Él olvidó conscientemente ese hallazgo, que le ponía los pelos de punta, porque ella pasó dos días con fiebre y no quiso sacar las cosas de quicio para no molestarla en ese estado. A veces, nuestros propios miedos pueden desvelar verdades que necesitan salir a la luz por muy horribles que sean. Prefirió mirar hacia otro lado y no volver a ver aquella sombra que se cernía sobre su mujer y que, de alguna manera, había empezado a cambiarla.

Durante ese estado febril, ella conversaba con alguien en la oscuridad del dormitorio. Delirios justificó él. Gimoteaba en sueños y, en más de una ocasión, se despertó en medio de alarmantes alaridos llenos de terror. Delirios.

Pocos días después de que se recuperara, su mujer llegó a casa con los brazos llenos de sangre y la mirada perdida. Él, alarmado, llamó a la policía. Ella no recordaba gran cosa, tan sólo que había vuelto a la vieja casa y después, sin saber cómo, estaba frente a su marido manchada de sangre. Cuando le limpiaron los brazos descubrieron que la sangre era suya y que procedía de unos profundos cortes que formaban la palabra Vuelve en sendos antebrazos.

Ella estaba confusa y muy preocupada. Le daba pavor no poder acordarse de lo que había sucedido durante las horas que pasó en interior de aquella casa. Pero él, aconsejado por la policía, le convenció de que todavía estaba débil por la fiebre y que lo mejor sería no volver a ese lugar que tanto parecía impresionarla.

Después del suceso, su mujer acudió a un terapeuta por iniciativa propia y, tras unas pocas sesiones, todo quedó olvidado. O eso quiso creer él. Una noche se despertó y ella no estaba en la cama. Tras buscarla por toda la casa, supo muy bien dónde debía buscarla. Le daba miedo admitirlo, pero la amaba y su obligación era salvarla de sí misma o de aquella sombra malvada que ansiaba arrebatársela.

Dejó el coche en la entrada del sendero. Las hierbas altas y los árboles curvados no le permitían llegar con él hasta la puerta. La noche era fría pero no lo notaba. Sólo pensaba en encontrarla a salvo y que no fuese tarde. Cogió la linterna y comenzó a gritar el nombre de su mujer. Silencio. Estaba temblando y apretaba tanto la mandíbula que podría haber roto sus dientes con sólo un poco más de fuerza.

Entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación en la que las fotografías habían mostrado aquella figura. Y allí estaba su mujer. Desnuda. Envuelta en la más absoluta oscuridad. Llevaba en las manos gran tornillo retorcido y oxidado con el que escribía algo en su piel.

Corrió hacia ella y vio que había trazado la palabra Vuelve, esta vez, por todo su cuerpo. Incluso había pintado este mensaje por las paredes también desnudas y con su propia sangre.

Él intentó quitarle el tornillo de las manos. Pero ella se resistía. Con los ojos opacos. Porque su mente estaba a quilómetros de allí. No se hallaba en aquel lugar y él no se sentía capaz de averiguar dónde estaba atrapada.

Ella soltó un alarido y le dio un empujón que le hizo caer hacia atrás. El tiempo justo para que se clavara el tornillo en los ojos hasta destrozarlos. Con el cuerpo y el rostro ensangrentados comenzó a caminar lentamente hacia él. Se movía con los brazos extendidos y una expresión extraña en la boca. Él no pudo soportar más horror y apagó la linterna.

Escuchó que se detenía a escasos pasos de él y que caía desplomada en el suelo. Encendió la linterna y la vio en el suelo con el tornillo clavado en la yugular. Estaba agonizando delante de él. Las piernas se agitaban con los últimos movimientos previos a la muerte.

Y acabó todo.

Vuelve.

Tardó un tiempo en darse cuenta de que el mensaje era para él. A él era a quién esperaba ese terror nocturno en aquella casa que se lo había quitado todo por ser un cobarde. Pero ya no. Y eso era lo que había hecho, regresar.

Dio el primer mazazo en una de las paredes en las que todavía había restos de la sangre de su mujer. La pared gritó. La casa entera gritó. Pero él no se detuvo y golpeó de nuevo. Quería que saliera. Quería verla.

Sintió que alguien ponía su mano inerte y helada en su hombro. Clavándole las uñas hasta rasgarle la carne. No le importaba el dolor. Ya no. Giró el rostro hacia ella y se encontró cara a cara con sus ojos enrojecidos, enloquecidos, con la fiereza de la venganza. Ella abrió su boca llena de gusanos y él levantó la maza. La oscuridad se cernió sobre él como un remolino.

Semanas después, una pareja de excursionistas encontró su cuerpo desnudo tirado en el suelo del amplio pasillo. Hinchado. Gris. En un lecho de sangre seca. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y era evidente que había muerto a causa de un fuerte golpe en la cabeza que le había destrozado el rostro.

Lo que no entendieron fue lo que parecía ser una especie de mensaje que había intentado escribir antes de morir. No vuel_

Debatieron, aquella noche mientras intentaban alejar el horror que habían descubierto, si ese pobre hombre habría intentando advertir a quién le encontrara de que no volvieran a aquella casa.

Pero lo hicieron. Primero, ella regresó. Y, más tarde, cuando ella apareció desangrada, él.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 13 de Mayo de 2017

Terminado a las 19:45 h