Alas gemelas

Este relato nace de la colaboración con Danielis. Una seguidora de mi Página de Facebook @elesconditedelacuentista. Es una jovencita venezolana entusiasta, sensible y todo un encanto. Me propuso que escribiese un cuento de miedo, dándome completa libertad, a partir de un argumento que ella había elaborado. Me fascinó la idea. Unir mis miedos con los suyos. Dos generaciones compartiendo un sentimiento universal: el terror de convertirnos en la obsesión de otra persona. Mi tema favorito por cierto. Ahí va para todos vosotros. ¡Esperamos que disfrutéis con la lectura!
Iván no tenía por costumbre quedarse en casa un sábado por la noche. Y menos cuando su madre estaba de viaje y podía hacer lo que le diera la gana. Pero por mucho que costase creerlo, allí estaba. Tumbado en el sofá, con las zapatillas sucias de deporte puestas y como única luz el resplandor que emanaba de la pantalla del televisor. Apenas podía distinguirse en la oscuridad del salón su rostro aburrido.
Todo porque sus amigos estaban estudiando, el lunes siguiente comenzaban los exámenes finales. Suspiró enfadado y se dio la vuelta para observar fijamente el techo. La televisión había dejado de interesarle. Cruzó los brazos sobre su pecho. Qué largo se le iba a hacer el fin de semana.
Cogió el móvil y revisó todos los chats para comprobar que no hubiese nadie más con ganas de charlar y aprovechar esa noche. Nada. Silencio. Resopló y optó por irse a su habitación. Llevaba horas tumbado y ya estaba harto. Entró en su dormitorio y encendió el ordenador. De acuerdo. Lo haría. Estudiaría un rato por no morir de aburrimiento.
Se metió en el grupo de la Universidad, en Facebook, y preguntó si alguien podía pasarle los esquemas para el examen de Química aplicada. Mientras contestaba alguna alma caritativa, buscó música en su ordenador. Comenzó a sonar The race de Thirty seconds to Mars a todo volumen.
La ventana de su habitación estaba medio abierta y un pájaro blanco se golpeó primero en el cristal para acabar entrando mientras cacareaba tan fuerte que la música no lograba ocultar aquellos sonidos tan molestos. Iván saltó de la silla sobresaltado y observó atemorizado al pequeño animal que se había roto un ala e intentaba despegar del suelo sin éxito. Abría su pico una y otra vez quejándose.
Era un extraño pájaro. No reconocía la especie a simple vista. Las blancas plumas se habían manchado de sangre. Lo agarró con repugnancia y sintió el ala rota en su mano derecha. Desencajada, extrañamente deformada. El ave no dejaba de agitarse y comenzó a darle fuertes picotazos en los dedos. Iván podía ver cómo se teñían de rojo sus dedos mezclándose su sangre con la del pájaro. Apretó más las manos en aquel pequeño cuerpo y notó cómo le rompía la otra ala.
Ya no soportaba más ese calvario. Gritó fuera de sí y, como si se tratase de una pelota de béisbol, lo lanzó a la calle. Cerró los ojos y esperó un instante. Terminó la canción que sonaba por los altavoces del ordenador. Al igual que el cacareo del animal. Se había callado por fin y sabía por qué. Ya sólo se escuchaban sus tensos jadeos intentando recomponerse. Acaba de matar a un pájaro. De delicadas plumas blancas. Recordó la sensación de los huesos partiéndose en las palmas de sus manos. Corrió hasta el cuarto de baño y vomitó.
Se frotó las manos enérgicamente para borrar la huella sanguinolenta de su crimen. No le dolían los cortes provocados por los picotazos. Le dolía el pecho. Al contemplarse en el espejo no le gustó lo que vio. Estaba muy demacrado y se le habían ensombrecido los ojos. Se notaba que lo había pasado francamente mal unos minutos antes. Cerró los párpados y se obligó a olvidar lo que había sucedido. Se prometió a sí mismo no asomarse por la ventana para ver al animal muerto.
Con pasos cansados, regresó a su habitación. Rozó el ratón y se iluminó la pantalla. Buscó el nombre de la especie a la que pertenecía el pájaro. No tardó en comprobar que se trataba de un mirlo blanco. No le gustó averiguar lo especial que resultaba un mirlo de ese color. Por lo extraño e inusual. De repente tuvo deseos mirar afuera para comprobar lo que ya sabía, que aquel pequeño corazón había dejado de latir simplemente por haber entrado en su dormitorio. De manera inconsciente se apretó los dedos dónde estaban las mancha de sangre hacía unos minutos. La culpa se había instalado en su cuerpo.
El aviso de un mensaje en el chat de estudiantes le sacó de su torbellino de sentimientos confusos. Ariana, una estudiante de otra clase, le mandaba los resúmenes del temario que había pedido. Agradeció tanto poder alejar de sus pensamientos al mirlo blanco que se animó a mantener con ella una conversación. No la conocía y corría el riesgo de que la chica notase el acercamiento un poco forzado pero no le importaba.
Ari, que así le pidió que la llamara, le confesó que llevaba horas estudiando y ya comenzaban a bailarle las frases del libro. Además, le parecía una tontería sacrificar de esa manera la noche del sábado. Pero sus padres eran muy estrictos y no la dejaban salir cuando llegaban los exámenes. De hecho, llevaba ya dos semanas viviendo entre la Universidad y su habitación.
Iván comprendió en las palabras de aquella chica que se encontraba tan sola como él en aquella larga noche. Rió para sí mismo al fijarse en la foto de perfil de Ari, llevaba gafas. No podía ser de otra manera, era una cerebrito en toda regla. Qué regalo tan oportuno le había brindado el destino para los exámenes finales. Y para olvidar que había un pequeño bulto de carne inerte con alas bajo su ventana. No se conocían en persona, pero habían conectado de manera virtual y él se sentía muy agradecido.
Los días siguientes transcurrieron deprisa. Estudiando con Ari a través del chat y mensajes de audio. El mirlo que mató quedó enterrado en algún lugar de su cerebro junto a otros recuerdos y trastos viejos que no quería rememorar. Ari ayudó también a este olvido necesario pues la chica supo cómo enternecerle con sus conversaciones íntimas en las que le confesaba sus secretos. Iván, por su parte, le respondía con la misma confianza. Pues entendió que Ari era de esas pocas personas honestas y leales en las que podía refugiarse.
Pasaron los finales e Iván pudo celebrarlo con sus amigos. Antes de salir hacia la fiesta, le mandó un mensaje a la chica para que se uniera a ellos. Pero Ari quería descansar. Cada vez le costaba más sobrellevar la presión de sus padres. Además, no le iban a dejar. Él, agradecido por todo lo que le había ayudado, le propuso quedar en una cafetería cercana a la Universidad la tarde siguiente. Ella le confesó que a sus padres no les gustaba que quedara con chicos que ellos no hubiesen aprobado antes.
Aunque en realidad nunca aceptaban a ninguno y ella apenas podía salir. Iván insistió. Tenía que enfrentarse a ellos. Ari tenía dudas. Sin embargo aceptó. Nada podía ser peor que estar encerrada en casa día tras día.
La diversión nocturna duró más de lo que Iván esperaba y llegó a casa a la mañana del día siguiente. Su madre le esperaba en el salón. Sentada en el mismo sofá dónde, un par de semanas antes, él se moría de aburrimiento. Su cara reflejaba mucho enfado. Pero no le importaba. Se lo había pasado demasiado bien como para permitir que se lo estropeara. No contestó a sus preguntas y calló su voz dando un portazo al meterse en su habitación.
Se quitó la ropa que olía a humo pegajoso y a alcohol. Su último pensamiento fue para Ari. Sonrió al pensar que la conocería por fin en persona. La cama le resultó muy cómoda y refrescante. Un sueño piadoso le engulló en cuestión de segundos. Tiró de él y le llevó lejos a través de un profundo túnel. Sin embargo, no todo iba a ser tan placentero en su descanso. De repente, la cavidad se transformó en otra cosa. Iván conducía su coche atravesando la oscuridad. Los faros iluminaban el asfalto haciendo destacar las líneas blancas discontinuas de la carretera.
En la radio sonaba The race de los Thirty seconds to Mars. Apretó las manos en el volante y comenzó a sudar. Pero otros sonidos se mezclaron con la canción. El precioso canto de un pájaro. Líneas blancas en el negro suelo. Pisó con fuerza el acelerador como queriendo escapar de un recuerdo “terrible. Sus manos se contrajeron intentando convertirse en unas garras y el volante comenzó a crujir. Huesos rotos. El motor rugió cuando Iván aumentó la velocidad de manera alarmante. Líneas blancas.
No supo de dónde surgió pero no puedo evitar golpear a una figura blanca que se encontraba plantada en medio de la carretera. Perdió el control del coche durante u instantes hasta que logró frenar. Gritó despavorido porque sabía que acaba de atropellar a una persona. Corrió hacia el bulto blanco que yacía inmóvil en el suelo pero, por más que lo intentaba, no lograba llegar hasta él.
Lloró impotente, apretó la mandíbula y alargó los brazos para conseguir zafarse de la fuerza invisible que le impedía socorrer a aquella persona. Se despertó con los zarandeos de su madre preocupada por los alaridos que profería. Respiró aliviado al comprobar que todo había sido una pesadilla.
Le preguntó desorientado a su madre qué hora ella. Le contestó que las doce del mediodía. Iván le confesó que había quedado por la tarde con una chica y que no quería dormir demasiado. Tenía mucho interés en conocerla. Su madre le retiró el pelo de su frente sudorosa mientras sonreía de manera maternal. Esto causó el efecto que ella deseaba y el chico volvió a conciliar el sueño. Esta vez fue plácido y reparador.
Abrió los ojos lentamente. Le dolía mucho la cabeza. Parecía como si le hubiese arrollado un tren de mercancías. Había dormido tan profundamente que sus músculos no conseguían recuperar las ganas de moverse. Miró el reloj y su corazón dio un brinco. Eran las diez de la noche. Había quedado con Ari y había faltado a la cita. Suspiró perezoso. Seguro que estaría molesta. Le había fallado. Sintió un peso sobre él que no le apetecía cargar. Al fin y al cabo se conocían desde hacía poco. Tampoco le debía nada.
Le recriminó a su madre que no le despertara. Pero ella insistió en que lo había intentado varias veces pero que él no conseguía despertarse del todo. Después de cenar la culpabilidad le reconcomía por dentro. Así que quiso asumir su responsabilidad y se sentó en el ordenador. Le escribió a su amiga un mensaje de disculpa y aguardó impaciente una respuesta. Era de madrugada y era posible que ya estuviese dormida, pero quiso intentarlo. Empezó a frotarse las manos como la noche en la que se las manchó con el mirlo herido.
Un nuevo mensaje iluminó la pantalla. Ari aceptaba sus disculpas. Se había sentido una idiota esperando en la cafetería. Viendo a compañeros suyos pasándolo bien con sus amigos mientras ella estaba sentada sola en una mesa disimulando su decepción. Iván se apresuró en llamarla por teléfono. Quiso hablar con ella para demostrarle lo importante que era para él. Que no había acudido a la cita porque se había dormido. Sólo eso. Ari le escribió que no se preocupase. Estaba cansada. Sus padres habían montado en cólera. Daba igual, estaba aliviada ahora que él le había dado explicaciones. Quedaron en verse para desayunar.
Iván entendió que Ari no quisiera seguir hablando con él. Bastante generosa había sido. Otra persona no habría sido tan comprensiva. Además, se le encogía el corazón al imaginar el conflicto que le podría haber originado con sus padres. Mañana la vería y nunca más la dejaría sola.
Apareció una noticia en el grupo de estudiantes. Una compañera de la Universidad se había suicidado esa tarde arrojándose desde de la ventana de su dormitorio. Abrió el enlace y leyó el suceso. La fotografía le dejó sin aliento. Un bulto blanco en medio de la carretera. El mismo bulto de su pesadilla. Podía adivinarse el cuerpo de la chica que vestía un camisón de tirantes. Sus brazos parecían rotos por el golpe. Parecía flotar en un charco rojo. Una alarma se disparó en su cabeza.
Bajó el cursor hasta leer el nombre de la joven. Ariana. El corazón amenazaba con pararse. Buscó en la información otra foto de la fallecida. La encontró. Esas gafas tan reconocibles. Su sonrisa tímida. Lanzó la pantalla del ordenador contra el suelo sin entender lo que estaba pasando. La pantalla se apagó y se volvió negra. Empezó a vestirse. Iba a ir al lugar del accidente. Necesitaba información, necesitaba saber.
Empezó a ponerse la chaqueta cuando la pantalla se iluminó. Ari le había mandado un mensaje al móvil. Iván, al verlo, rió descontrolado. ¿Podría haber sido todo un malentendido? Se apresuró a leerlo. Ari quería que se vieran ahora mismo. No quería esperar hasta el día siguiente. De hecho, ya estaba de camino. Iba caminando pero llegaría en unos diez minutos. Iván aceptó gustoso. Saldría a recogerla con su coche. También estaba impaciente por comprobar que se encontraba bien.
Conducía aliviado. Enamorado de aquella chica a la que nunca había visto pero que tanto conocía. La encontró tras recorrer dos manzanas. Encendió las luces de emergencia y bajó ansioso del vehículo. Ella sonrió ruborizada. Estaba preciosa. La abrazó con fuerza con miedo de perderla y se besaron unos segundos que se convirtieron en horas, en años.
Subieron al coche y salieron de la ciudad. Durmieron juntos en el asiento trasero después de aparcar cerca de la playa. Habían hablado de todo y de nada. Poco importaban ya las palabras. Sólo la piel era lo que contaba ahora su historia.
El sol apareció entre las nubes mañaneras. Iván abrió satisfecho los ojos y contempló a Ari entre sus brazos. El móvil vibró con la entrada de un mensaje de uno de sus amigos. El cadáver de la chica muerta estaría en el tanatorio al mediodía para que todo el mundo pudiese despedirse de ella antes de enterrarla. Estaban quedando todos los compañeros para acudir juntos. Iba a resultar muy duro.
Iván dijo que iría. Antes de despedirse de su amigo, le preguntó quién era la chica que se había suicidado. Él le contestó que no la conocía, no iba a su clase. Se llamaba Ari. Ariana en realidad. Era muy callada y no se relacionaba mucho pero era buena estudiante y amable con todos. No merecía morir. No estaba bien lo que había pasado. Se comentaba que los padres la tenían demasiado amarrada. Pero vete a saber… ¿No había leído la noticia en el chat?
Iván ya no le escuchaba desde hacía rato. Dejó caer su móvil al suelo. Volvió a mirar a Ari entre sus brazos. Su cerebro intentaba saber si era una casualidad, si había muerto otra Ariana o si se estaba volviendo loco. La apretó contra su pecho. Ella gimió dormida. Notaba la fragilidad de su cuerpo entre sus manos. Detectó la extrema palidez de su piel, casi era blanca.
Contrajo todavía más las manos. Sentía los huesos y percibía su debilidad. Ella se despertó y gritó por el dolor. Él estaba fuera de sí y la agarró tan fuerte como pudo sujetándola de los brazos. Ella comenzó a agitarse, intentando liberarse. Primero le dislocó el hombro derecho. Los alaridos de Ari a causa del dolor retumbaban en el interior del coche. Pero parecían lejanos para él.
Ella continuaba resistiéndose y se escuchó cómo se le quebraba el brazo. Un mirlo blanco se estrelló contra la ventanilla. Iván se distrajo y aflojó. Pero Ari no podía moverse por el dolor. Otros mirlos, decenas, comenzaron a estrellarse contra los cristales. Primero aparecieron unas grietas. Después estallaron. Los pájaros cubrieron a Iván y le picotearon desgarrando su carne, haciendo trizas su piel. El dolor lo llenaba todo. Y el blanco se manchaba de rojo.
Encontraron a Iván en el interior de su coche cerca de la playa. Nadie pudo explicar cómo pudo romperse a sí mismo los brazos y morir desangrado a causa de las heridas que se provocó. Pequeñas y centenares heridas. Tuvo que sufrir en extremo durante horas hasta entrar en shock por el dolor.
Descubrieron en su móvil abierta la página en la que apareció la noticia del suicidio de Ari. En ella se contaba que los padres de la chica habían encontrado una carta de despedida en su habitación.
Iván, abriste la ventana de mi libertad para después lanzarme al vacío con las alas rotas.
El chico debió sentirse muy culpable. De alguna manera tenía las manos manchadas de sangre.
©Danielis Tovar ©Esther Paredes Hernández
Barcelona, 18 de Marzo de 2018
Este es el argumento que me envió Danielis y en el que he basado el relato. No lo puse antes para no hacer spoiler .
“Dos personas que se conocieron en línea gracias a amigos en común. Dani y Jesús se la pasaban siempre hablando por chat. Tenían tantas cosas en común que ya se habían hecho demasiado cercanos. Jesús se identificaba perfectamente con la chica de lentes, y siempre se sentía cómodo para decirle sus problemas. Un día, quedan de acuerdo para encontrarse, conociendo así finalmente. Él ese día amanece con una pereza horrible, y no va a verla a dónde acordaron. No le avisa sino hasta que ya había pasado la hora del encuentro. Ella contesta el mensaje, nada molesta con él por dejarla plantada. Siguen hablando con su cotidianeidad. Cierto día, Jesús lee el periódico local, encontrando algo que le heló los vellos. El reporte de una chica asesinada, muerta por un accidente gracias al descuido de un conductor por la calle. Responde al nombre de Dani, y sucedió el día que se encontrarían a la hora después de lo acordado. Jesús se tensa, y en ese momento, recibe un mensaje de ella.”

Confusa

Cerraba los ojos intentando concentrarse. Encontrar en algún rincón de su cerebro algo de luz y de silencio. Voces de personas invisibles y ruidos a los que no podía poner nombre se mezclaban entre sí tejiendo una tela de araña densa como la niebla. Estaba tumbada en la cama. Los ojos cerrados. Su corazón cansado e inquieto.

Su pecho desfallecía y respirar le producía un dolor profundo. Un dolor que reptaba clavando sus uñas en la carne queriendo alcanzar la garganta. El mundo se había vuelto confuso. La vida, extraña. Como si alguien la hubiese echado de un automóvil en marcha y hubiese rodado golpeándose contra el asfalto para quedar en el arcén desprotegida contra la tormenta.

Suspiraba. Cada vez con más fuerza. Pero resultaba inútil. Se ahogaba en la cama de su dormitorio envuelta en la niebla que producían sus pensamientos sin sentido.

El tiempo se había dividido en pequeñas fracciones del pasado, del presente y de un futuro imaginado. Pedazos que se amontonaban, se mezclaban y retroalimentaban dando paso a la confusión. A la realidad borrosa de la que necesitaba salir si deseaba no acabar muerta. Sabía que corría peligro si no lograba superar ese miedo que la mantenía paralizada y, al mismo tiempo, agitaba su mente hasta el extremo.

Primero despegó la cabeza de la almohada. Gimió de dolor cuando la sangre comenzó a golpear sus sienes recordándole que se había puesto en movimiento. Se mareó, pero no quiso volver a atrás. Apoyó las manos en el colchón y se sentó en la cama. Respirando profundamente para recuperar poco a poco la sensibilidad de su cuerpo. Apartó las sábanas con mucho esfuerzo e intentó mover las piernas.

No quería dejar su dormitorio. No deseaba salir y ver el sol. Arrastrando los pies y cargando con su alma, que era lo que más le pesaba, llegó al cuarto de baño. El agua fría le ayudó a concentrarse. No del todo. Lo suficiente para organizar mentalmente lo que debía hacer para llegar hasta la calle.

Diez minutos después estaba bajando las escaleras de su edificio. No era capaz de meterse en el ascensor. Las paredes se hubiesen estrechado hasta aplastarla. Así que, escalón a escalón, luchando contra sí misma en cada paso, alcanzó el hall. Con un poco más de esfuerzo regresó al mundo real.

El sol le obligó a cerrar los párpados e hizo que las voces invisibles llenaran de nuevo su cabeza. Tuvo que sujetarse la frente por el dolor y se tambaleó. Alguien la sujetó del brazo para que no cayese al suelo. Cuando recobró un mínimo de control intentó ver a la persona que le había ayudado. Pero no pudo.

Distinguía su, su pelo, sin embargo no veía su cara. Su rostro estaba tan barroso que había desaparecido. Dónde debían estar los ojos, la nariz… se  veía una mancha de color carne. Una mancha lisa, sin círculos, sin bordes. Nada.

Empujó a aquel hombre, porque eso era lo que pudo saber por su ropa, muy asustada y dio media vuelta andando ansiosa en la dirección contraria. Enseguida se cruzó con otra persona sin rostro. Y otra. Y otra más. Y todas las que le rodeaban.

Las voces invisibles clamaban en su cabeza y los ruidos eran tambores furiosos. La confusión era su dueña. Se desorientó y no era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa. Sólo miraba hacia el suelo para no toparse de frente con aquellos cuerpos sin rostro. No sabía si la miraban, si le hablaban, lo que pensaban, quiénes eran.

Alguno la llamó por su nombre. Pero la voz no era suficiente para que poder reconocerlo. Habría dado cualquier cosa por encontrarse con una cara amiga. Deambulaba por las calles sin saber qué hacer. Exhausta, encontró una gran caja de cartón en un callejón y allí pasó el día escondida. Y la noche. Aquel escondite improvisado le dio una serenidad inesperada durante esas horas.

Porque no le importaba a nadie, no veía a nadie, no estaba en su cama atrapada y las voces de su cerebro no parecían tener demasiadas ganas de conversar. Se durmió rodeada de suciedad, de charcos de agua oscura por la inmundicia y de unas ratas que buscaban comida. Ese lugar infecto resultó ser más hogar que lo que había sido su propia casa en los últimos días.

En cuanto la ciudad comenzó a despertar, ella también lo hizo. Se estiró como hacen los que han descansado bien. Alguien la sorprendió levantando el cartón con el que se escondía. Era un policía que le preguntaba si se encontraba bien. Ella fijó la mirada con esfuerzo y observó que no tenía rostro. Salió corriendo de allí pidiendo auxilio.

Encontró la manera de regresar a casa sin saber muy bien cómo pues sólo miraba el suelo. Entró en su casa con las manos temblorosas y llorando. No entendía lo que estaba sucediendo. ¿Por qué no podía reconocer el rostro de los demás?

Se metió en la ducha. Olía mal. Se había orinado encima cuando vio al policía. El agua caliente calmó sus nervios. Comenzó a sentir cierta esperanza. Quizás si se tranquilizaba, si tomaba el control sobre las voces invisibles, la confusión se alejaría y las cosas volverían a recuperar la normalidad.

Abrió la cortina de la ducha y se envolvió en una toalla. Las gotas resbalaban sobre su piel y sintió un escalofrío. Se dirigió al espejo que estaba empañado por el vapor de agua. Se observó así un instante. De esta manera veía a los demás, como si su cara fuese un espejo empañado. No le gustaba. El miedo regresó.

Se apresuró en limpiarlo con la mano. Pero no tuvo éxito. Empezó a frotar con las dos manos, con fuerza. Utilizó la toalla, el secador, sin embargo todo parecía inútil. Lo dejó estar y fue hacia su dormitorio. Entonces descubrió que su reflejo en la ventana era igual de borroso que en el baño. Allí no había vapor.

Comprobó horrorizada que, aunque ella se veía a sí misma con claridad, reflejada en los cristales era una mancha, sólo los bordes recordaban que era ella. Desnuda, salió al rellano y llamó a gritos a sus vecinos. Poco a poco fueron asomando y no daban crédito a lo que veían.

Porque no sabían qué era aquello, aquella mancha de color piel, aquel dibujo borroso que emitía palabras inconexas. Estaban paralizados, sin saber qué hacer, cerrando las puertas para que no se acercara a ellos o entrara en sus casas.

Hasta que un vecino la tocó y vio que era consistente, que se removía entre sus manos y la empujó por el hueco de la escalera.

Ella sintió como se partía su cuerpo con el fuerte golpe. Su cerebro se había detenido bruscamente tras gritar mientras caía. Los párpados ya no pesaban y echó un último vistazo a la vida, a los vecinos que se asomaban por la barandilla. Habían recuperado su rostro. Sabía quiénes eran. Sonrió porque había dejado de estar confusa.

El vecino que había lanzado a aquella cosa contra la planta baja ansió morir al descubrir que la mancha borrosa era su vecina. Pues recuperó su forma cuando su cuerpo perdió la vida.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 11 de Febrero de 2018

 

 

 

 

 

Crudo

Su hijo se ha despertado en mitad de la noche. Lleva el pijama manchado de vómito. Ella comprueba que no tiene fiebre. Le pone ropa limpia y le hace un hueco en su cama porque el niño continua alterado quejándose de que le duele el estómago. Ella sabe lo que le pasa. Pero no quiere decirle nada aunque le gustaría poder compartir sus temores nocturnos con él. Recuerda en silencio mientras pasa el brazo por la cintura de su hijo.

Desde el juicio por la custodia, su padre les amenazaba veladamente día sí y día también. Les esperaba en la puerta del colegio, se lo encontraban sentado cada tarde en un banco del parque… Y lo peor, se plantaba durante horas frente a la casa, observando, inmóvil como un fantasma. Con el rostro rígido y los ojos perdidos en su propia oscuridad. En comisaría le dijeron que no podían hacer nada para impedirlo, pues él no se mostraba violento. No parecía peligroso, tan sólo un padre dolido con ganas de ver a su hijo.

Ella les explicaba que él había renunciado a cualquier contacto con el niño. Por eso estaba preocupada, porque no entendía a qué venía tanto control entonces. Su familia comenzó a acompañarles a todas partes y sus padres se trasladaron a vivir a su casa. Sin embargo, tras un año comprobando que él no se acercaba a más de doscientos metros, dieron por terminada la prevención.

A partir de entonces, ella estuvo más inquieta que nunca. Porque había pasado un año. Un largo año en el que él no había reducido un ápice la obsesión por ellos. Clavando sus ojos desde la distancia. Mostrando la negrura de su interior. La misma de la que ella quiso escapar cuando se divorció.

Se habían quedado solos otra vez y tuvo que recuperar sus hábitos de antaño. De nuevo, ella vigilaba su espalda echando mirando furtivas mientras caminaba. Revisaba la casa con un cuchillo en la mano cada vez que volvían. Incluso cuando subían al coche, no podía evitar revisar el asiento trasero. Lo peor era asomarse a la ventana y encontrarse con aquellos agujeros negros en el otro lado de la calle. Parecía que su boca desaparecía, que su nariz se volvía invisible, sólo existían sus ojos.

Tres meses.

Seis meses y dejó de comer completamente. Un nudo, creado lentamente día a día, creció en la boca de su estómago y no le permitía ingerir nada sólido. Su familia se alarmó, le recomendaron acudir a un psiquiatra. Si continuaba así la hospitalizarían. Podrían declararla incapacitada para cuidar de su hijo… Bla, bla, bla. Todo el mundo pensaba que ella era su propio problema y, por más que lo intentaba, no comprendían que él era quién la estaba consumiendo poco a poco.

Llegó a la conclusión de que ese espionaje a la vista de todos respondía a un plan maquiavélico. Hacerle daño quitándole a su hijo quizás volviéndola loca, quizás enfermándola consumiendo su salud. Para ella fue evidente que aquello era una cuestión que debería resolverse entre ellos dos y que no había tiempo que perder. Esperaría unas semanas. La pérdida de peso le había debilitado y tenía que recuperar fuerzas.

Su hijo acababa de vomitar aquella noche porque el filete le había quedado algo crudo y le estaba costando digerirlo. Le entendía perfectamente. Durante casi dos años su estómago había estado en manos de aquel hombre fantasma que les vigilaba al otro lado de la calle. Sin embargo, para ella, por fin, el nudo ha empezado a deshacerse. Y podrá volver a comer sosegada para siempre.

El congelador está lleno de carne. Un poco mal cortados, pero los filetes lo ocupan todo. Ya no necesitá asomarse por la ventana porque aquellos ojos espesos ya no les miran. O quizás sí. Pero ahora desde el frigorífico. El hombre que les había arrebatado el apetito les alimentará durante un largo tiempo. Es cuestión de tiempo que su hijo se acostumbre.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 16 de Enero de 2018

En la cueva

En el agua de la lluvia halló la constatación de que se había salvado. Las gotas caían sobre su rostro aliviando su miedo y le hicieron saber que todavía le quedaba una oportunidad. No era capaz de apreciar que estaba rodeado por centenares de árboles desnudos de hojas y que se mostraban ante él como un ejército de lanzas apuntando hacia la tormenta desafiándola. Lanzas negras afiladas dispuestas a morir por él. Inclinó la cabeza hacia atrás, dirigiéndola hacia el cielo gris con los ojos cerrados, disfrutando de la libertad pues había logrado salir de la cueva.

Un domingo por la tarde recibió una llamada que puso todo su mundo del revés. Un policía le habló despacio, con la voz forzadamente tranquila, le dijo que era su deber informarle del accidente que había sufrido su mujer. Mortal. Muerta. Hospital. Esas fueron las únicas palabras que su cerebro consiguió procesar por culpa del frío desgarrador que había congelado su cuerpo.

Muerta. Vacío. La vida sin ella se transformó en un infierno que le engullía día tras día. Un gran agujero surgió en su estómago y era una presa fácil para el dolor. De ahí nació el nudo con el que tiraban de él hacia las profundidades. Apareció una gran mancha de sudor en el colchón provocada por la tristeza de no poder escuchar respirar a su mujer a su lado. El mundo que le rodeaba cambió drásticamente hasta el punto de no poder reconocerse a sí mismo cuando se miraba en el espejo.

Pensó que no recuperaría la tranquilidad. Que su mente se volvería insaciable y le consumiría. No quería vivir así. Pero tampoco acertaba a encontrar una solución. Hasta que una salida se mostró ante él en forma de llamada telefónica. Su móvil sonó varias veces hasta que decidió contestar porque en la pantalla aparecía el nombre de su mujer y aquella llamada no pertenecía a la realidad.

Resolvió la cuestión respondiendo. Quería escucharla aunque fuese producto de su cerebro descontrolado. Al otro lado, se escuchó una respiración agitada que reconoció. Pronunció su nombre pero no consiguió que ella profiriese algo más aparte de esos jadeos profundos y extraños. La conexión se cortó dejándolo en la más absoluta oscuridad. Perdido.

Sonó, retumbando entre las paredes desnudas de su casa, el aviso de un mensaje. De nuevo, enviado desde el número de su mujer. No había palabras escritas, sino números. Sus neuronas se agitaron con ansiedad. Deseaba descifrar el enigma más que cualquier otra cosa en aquellos momentos. ¿Un mensaje encriptado? No ¿Una fecha? No ¿Un lugar? Sí. Unas coordenadas que pertenecían a un lugar situado a escasos kilómetros de su casa.

Se vistió con las manos temblorosas y con una sonrisa en la cara que parecía una mueca por la tensión que se escondía en el interior de su boca. Escasos minutos después, introdujo la llave de contacto y puso en marcha su coche dirigiéndose al lugar en el que esperaba volver a ver a su esposa muerta.

La dirección le llevó hasta lo más profundo del bosque. A una cueva que tenía la forma de una boca abierta al abismo más negro. Su móvil sonó. Apareció el nombre de su mujer. Al aceptar la llamada, reconoció las inspiraciones entrecortadas y artificiales. Esta vez dieron paso a una risita nerviosa y enloquecida. La voz juguetona y macabra de su mujer le dijo. “entra” antes de cortar.

Encendió la luz de linterna del móvil y eso hizo.Tras dejar atrás el mundo exterior, se encontró rodeado de paredes de piedra y nada más. Cerró los ojos un instante. Por primera vez, vaciló en sus intenciones y valoró la posibilidad de que allí le hubiese convocado su dolor extremo y desquiciado. No iba a encontrar a su esposa. Las dudas le envolvieron cuando algo le acarició el rostro sobresaltándolo. La luz de su móvil se apagó.

Sintió otra caricia. Fría pero que le quemaba la piel. Y percibió perfectamente que provenía de una mano. Llamó a su mujer y su nombre retumbó entre la piedra dando paso al eco. El móvil iluminó la cueva y la observó con más atención. El eco le mostró la pequeña entrada de un túnel. Debería arrastrarse por el suelo si decidía investigar hasta dónde le llevaba.

Con el móvil en la boca, comenzó a recorrerlo sin importarle lo que la tierra le hacía a sus antebrazos ni los arañazos que las piedras dibujaban en su rostro. El mismo rostro que acababa de acariciar una mano sobrenatural.

El túnel se alargaba demasiado y esto empezaba a pasarle factura. La sangre le resbalaba por la frente y le goteaba sobre sus ojos produciéndole picor mientras le nublaba su vista. La mandíbula le dolía y apenas podía sujetar el teléfono con la boca unos metros más. Los pulmones le ardían por la falta de oxígeno y se sentía muy mareado. La sangre golpeaba sus sienes con la fuerza de un martillo.

Se detuvo a descansar. Aunque más bien para morir. Aquel agujero subterráneo era una trampa mortal. Ni más ni menos. Escupió el móvil y se estiró. Apoyó la cabeza sobre su brazo izquierdo y se dispuso a abandonarse. Escuchaba su respiración exhausta y supo que le quedaba poco tiempo.

Recordó los ojos llenos de vida de su mujer, grandes y brillantes, resplandecientes. Y su mano suave cuando le cogía del brazo cuando paseaban. Y el olor de su pelo al recostarse sobre su hombro… Empezó a sentirse reconfortado por condenarse en aquella oscuridad al intentar recuperarla.

Y entonces escuchó su respiración pausada junto a él, escondida tras la pared. Sonaba como cuando ocupaba su lado de la cama. Volvían a dormir juntos compartiendo un sueño eterno. Disfrutó de su compañía aunque no pudiese verla porque habitaba en el interior de la roca.

Sintió que no era suficiente, que quería encontrar su mano y su pelo. Así que usando primero el móvil y después sus dedos, comenzó a escarbar las duras paredes del túnel. Ahora sólo escuchaba los esfuerzos que hacía por no dejarse llevar por el dolor de sus manos descarnadas que apenas conseguían separar las piedras de la tierra húmeda.

Comenzó a distinguir que la risa nerviosa de su mujer provenía de todas partes. Como una burla injusta. Y eso le enfureció. No iba a consentir que todo aquello fuese un juego. Estaba dispuesto a morir por ella si no conseguía sacarla de aquel agujero en el que estaba enterrada. Porque los separaron antes de tiempo, porque su vida no debería haber terminado tan pronto, porque ella no merecía desaparecer.

Arañó con toda su rabia, con la frustración de no haber podido protegerla y sus dedos se quedaron sin uñas mientras conseguía abrir un agujero, un camino que le ayudase a liberarla. El pequeño gusano por el que se introducía mientras sacaba tierra era más estrecho que el túnel que dejaba atrás. Y no había luz que le indicase hacia dónde se dirigía.

Su cuerpo estaba cada vez más oprimido y la sangre no recorría sus venas con libertad lo que hacía que sus extremidades se fuesen durmiendo. Esto le daba ventaja sobre el dolor que deberían producirle los cortes profundos. Cada vez que la idea de abandonar se le pasaba por la cabeza, la voz llena de locura de su mujer le animaba a seguir. Cada metro que conquistaba disminuía la distancia que le separaba de ella.

No supo cuánto tiempo había pasado ni lo que había recorrido cuando cayó al vacío. Se quedó paralizado por la sorpresa. Sin entender hacia dónde se dirigía, se golpeó contra el suelo. Continuaba a oscuras. Supo enseguida que se había roto dos costillas por lo menos. Le dolía el abdomen cuando lo hinchaba pero había más oxígeno en aquel lugar y podía respirar con menos esfuerzo al respirar. Cuando consiguió calmarse, supo que la había encontrado.

En mitad de aquella nada, apareció un punto brillante. Un diminuto rayo de luz que comenzó a crecer e iluminó la cueva en la que había caído. Sí, estaba otra vez en la cueva a la que había entrado. La luz provenía claramente del túnel que tanto sufrimiento le había causado.

De allí asomaron dos manos que se arrastraban por el suelo. Dos manos, dos brazos rígidos, una melena larga y sucia que ocultaba un rostro conocido. El cuerpo roto de su mujer, manchado de sangre y barro, le provocó pavor y tristeza a partes iguales. Se dio cuenta de que así la había enterrado: rota.

Continuaba sangrando, en una muerte infinita que la mantenía atrapada en aquel lugar. Ese cuerpo maltrecho y desnudo, gris y rojo, se incorporó tambaleándose y alzó la cabeza para que viera la sonrisa malvada con la que le despreciaba. Ella no merecía morir. Los dos lo sabían. Ella no quería morir. Él tampoco. Sólo había pretendido recuperarla pero eso que estaba temblando y retorciéndose delante de él ya no era su mujer. Era otra cosa. Ya no quedaba amor en ella. Sólo miedo y dolor.

Se acercó y le cogió de la mano. Percibió el intenso olor dulzón de la podredumbre de la carne y se sintió asqueado. Los huesos de su mujer se volvieron cuchillas que comenzaron a rasgar su piel. Ella soltó su risa siniestra. Y él entendió que iba a matarle.

No estaba dispuesto a pasar la eternidad atrapado en aquella oscuridad pegajosa como una tela de araña.  Intentó dar media vuelta para escapar. Pero ella sujetó su otra mano retorciéndola hasta partirle la muñeca y el dolor le nubló la consciencia por unos instantes. Reaccionó al sentir cómo tiraba de él para llevarle hasta las profundidades.

Clavó en ella sus uñas y sus dientes, como hiciera antes en las paredes del túnel cuando la buscaba, y la traspasó. Partiéndola en dos. Consiguió liberarse y salir de aquella cueva en la que nunca debió entrar. La noche lloraba desatando una tormenta. Y los árboles del bosque le rodeaban dispuestos a luchar por él contra la muerte.

Pensó que nunca volvería a entrar en ese lugar, a acercarse hasta ese portal que conducía al abismo. Sin embargo, lo que no sabía era que le costaría mucho cumplir esa promesa. Pues en más de una noche fría, se despertaría con el profundo deseo de encontrarse de nuevo con aquello en lo que se había transformado su mujer.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 7 de Noviembre de 2017

Terminado a las 12:19h

El umbral

Llevo varios días sin dormir esperando tu vuelta. Ahora me estás mirando desde el umbral de la puerta del dormitorio y si pudiera, sonreiría. Es una crueldad agradecer que hayas regresado. Pero los sentimientos son caprichosos y no puedes hacer nada para cambiarlos.

Es una realidad que dependo de ti a todos los niveles aun siendo un desconocido para mí. Ni siquiera podría llamarte por tu nombre si lo tuvieras. Eres la sombra que me vigila desde el umbral. Una sombra que crece y se estira a medida que la luz del sol cambia según transcurren las horas. Temo en lo que te conviertes por la noche. Una figura oscura que alcanza el techo y se curva sobre mí. Cuando eso sucede, imagino que mi respiración agitada te acaricia porque tu rostro es un misterio que no me ha sido revelado y sólo contemplo oscuridad.

Una enfermedad me mantiene confinada en la cama y  no puedo escapar de esta cárcel de sábanas. Desde ella, es imposible no verte, no sentirte. Pues estás frente a mí. Observándome desde la única salida posible. Desde la puerta que podría ayudarme a escapar de estas cuatro paredes que has transformado en una cárcel. Y para asegurarte de que no pida auxilio, cosiste mis labios.

Esa fue la primera vez que me tocaste. Con dulzura y dolor a la vez. Tus dedos invisibles se volvieron agujas curvas que cosían mi carne. Descubrí que hueles a bosque húmedo. A hierba mojada tras ser bañada por la lluvia de otoño. Mis labios eran tuyos y no me resistí aunque sabía que estaba ayudándote a convertirme en tu prisionera. Desde ese día, anhelo tu vuelta. Y mientras regresas, imagino en qué se convertirán tus dedos esta vez. En afilados cuchillos, en finos taladros, en tijeras…

Las moscas se relamen a mi alrededor y sueño con larvas que están deseando nacer para empezar a devorarme. Estoy sentenciada a esta muerte lenta que tú no haces más que alargar para tu propia diversión. Pero también para la mía. Pues me siento más viva cuanto más cerca de la muerte me encuentro. Por eso te doy las gracias. Mi sangre me parece más roja que nunca; siento el dolor en cada uno de mis huesos y puedo ser consciente de todos ellos; y mis labios sellados quieren hablar lo que nunca pudieron. Tengo la boca llena de palabras que no podré pronunciar pero que existen cuando antes no llegaron ni a nacer en mi cerebro.

Cada vez que me haces daño, tras cada tortura a la que me sometes, tus ojos se vuelven culpables y crees que lo único que me separa de la libertad es poder moverme. No sé cómo explicarte que no es así. Soy una inválida postrada en la cama de su dormitorio por voluntad propia y cobijada bajo tu sombra.

Esta noche estás por fin a mi lado. No sé qué sufrimiento me has preparado. Pero estoy dispuesta a entregarte mi dolor a cambio de sentir cómo mi corazón late más vivo y consciente que nunca.

Barcelona, 24 de Septiembre de 2017

©Esther Paredes Hernández

Terminado a las 09:45h

 

Me quedaré contigo

He escuchado un crujido. Al principio he pensado que alguien caminaba sobre los tablones de madera del suelo de mi dormitorio. Pero no. El desagradable sonido provenía del interior de mi cuerpo. A mi pesar, he descubierto que mi cadera se ha partido mientras estaba dormida.

Puedo afirmar con seguridad que la pierna ha quedado inutilizada. Aunque poco me importa. Empiezo a acostumbrarme. Perdí los dos brazos de la misma manera y sé lo que va a suceder. Me siento como una muñeca a merced de una niña caprichosa que me rompe a pedazos.

Debería haber revisado con más detenimiento el pacto que sellé con mi pequeña consentida. Pero la desesperación nos conduce por serpenteantes caminos que nos aleja de nosotros mismos y nos lleva a cometer locuras. Sobre todo si es por amor.

Aunque me esfuerce, apenas recuerdo los sueños infantiles que perseguía cumplir en mi juventud. Porque cuando la enfermedad conquistó mi cuerpo y clavó su bandera, se desdibujó la razón de mi existencia en el mundo.

Desde ese momento, la muerte transformó mis sueños en pesadillas. Mi sangre se espesaba contra mi voluntad y mi corazón se apagaba con cada latido. El médico me condenó a languidecer aguardando en la cama la temible visita de la calavera.

Pero ¿quién era yo para oponer resistencia? Sólo era una enferma inútil. Mi hija se sentaba junto a la cama para dibujarme. Con sus pequeños ojos derramando tristeza, me explicaba que quería asegurarse de que aquellos dibujos le recordarían mi aspecto cuando me hubiese ido para siempre.

Después los destrozaba con rabia hasta convertirlos en pequeños trozos. A veces, incluso se los comía de tan frustrada como se sentía. Su mente inmadura no era capaz de asimilar mi desaparición.

Los brazos y la cadera rotos no son nada comparados con el dolor asfixiante de comprobar que la vida, más bien la muerte, le estaba arrebatando a mi pequeña sus sueños inocentes y no se los devolvería.

En esas ocasiones, se me rompía el corazón como si de un cristal se tratase. El pecho se me llenaba de agujas que se me clavaban por todo el cuerpo. Sentía convulsiones como si me golpeasen con martillos. ¿Qué sentido tenía mi vida? ¿Y mi sufrimiento?

Todo estaba fuera de mi control y pasé noches en vela intentando hallar el modo de quedarme con mi hija y burlar a la guadaña. Al final, dejándome llevar y aceptando la enfermedad que corría por mis venas, acabé convertida en una muñeca de plástico gigante. Dejé de existir pero no desaparecí.

Nuestro hogar es ahora como una enorme casa de muñecas y mi hija juega conmigo cuando quiere. Y no puedo quejarme, no pienso hacerlo, pues ella es la razón de mi existencia. Aunque, como todos los niños, es caprichosa y sufre rabietas de vez en cuando.

Me arrancó los brazos una tarde en la que una amiga del colegio se había burlado de sus zapatos. Y quizás hoy me ha partido la cadera porque la profesora le ha puesto demasiadas tareas para hacer en casa. Poco queda de mi cuerpo de plástico y debo tener un aspecto lastimoso desde que me cortara el pelo con sus tijeras de la escuela.

Pero tengo que aprovechar los momentos que paso con ella, mi pequeña crece muy deprisa y pronto dejará de jugar con muñecas. Y de necesitar a su madre. Entonces, sé que acabaré en el fondo de algún armario o en algún gran montón de basura. Sin embargo, seré feliz, soy feliz, porque mi vida tiene un sentido.

Mi hija entra en la habitación. Me arranca la pierna, no siento dolor, y me observa sonriendo mientras la sostiene con sus pequeñas manos. Nada nos gusta más que jugar juntas.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, martes 13 de Junio de 2017

Terminado a las 09:40h

Dentro

Dentro no había nada.

Recorrió el largo y amplio pasillo mientras revisaba, habitación por habitación, si quedaba algún resto de las personas que habían habitado aquel lugar. Ya sabía la respuesta.

La luz que penetraba desde el exterior era insuficiente para iluminar los rincones de la casa. Que, por cierto, estaba llena de ellos. Rincones sucios, orinados, que olían a ratas.

El silencio era aplastante y le reconfortaba. Ni cantos de pájaros a lo lejos ni suaves susurros del viento atravesando las ventanas rotas. Relajó la espalda y el cuello con ligeros movimientos circulares como si de un luchador se tratara.

Aquella enorme y hermosa casa estaba vacía. Como él. Se encontraba en mitad del pasillo sin mochila, sin móvil. Había cargado hasta allí con una buena maza para derribar las paredes.

Hizo crujir sus dedos. Cogió el mango de la maza y lo estranguló con fuerza dispuesto a destrozar aquella casa hermosa y maldita que se lo había arrebatado todo.

Su mujer fue la primera en encontrarla. Había salido a dar un paseo y la descubrió por casualidad. Eso es lo que los dos creyeron entonces. Le sorprendió una tormenta que apenas le permitía ver por dónde pisaba. Acabó perdida y desesperada. Al toparse con la casa, que podía servirle de refugio, se sintió muy afortunada.

Cuando el cielo se despejó, la luz comenzó a entrar por puertas y ventanas. Ella pudo admirar de inmediato la grandiosidad de los detalles decorativos de la casa. Los techos altos, los arcos que formaban las puertas y las robustas paredes. Comenzó a hacer fotos de todo lo que le llamaba la atención y regresó a nuestro hogar entusiasmada.

Al día siguiente, fueron juntos y tuvo que darle la razón: era magnífica. Hicieron más fotografías de aquel lugar compuesto por una amplia planta baja llena de habitaciones y un piso superior al que no se podía acceder porque la escalera estaba en un pésimo estado.

Por la noche, acurrucados en la cama, revisaron juntos las imágenes que habían tomado. Ella estaba agotada y se quedó dormida antes. También había estado muy callada durante la cena. Quizás el agua de la tormenta le había provocado un resfriado.

Él continuó mirando el material que habían conseguido aquella tarde. Descubrió algunas instantáneas extrañas. Se veía claramente a su esposa, cámara en mano, en el marco de la puerta de una de las habitaciones. Y junto a ella aparecía una mujer. Para ser honestos, era más bien una sombra que parecía pertenecer a un ser femenino.

Aquella extraña silueta oscura sólo aparecía en las fotografías tomadas en esa habitación en concreto. Y se le veía tan próxima a su mujer que prácticamente estaba sobre ella. De hecho, en la última, parecía sujetarle del hombro y estar hablándole al oído.

Él olvidó conscientemente ese hallazgo, que le ponía los pelos de punta, porque ella pasó dos días con fiebre y no quiso sacar las cosas de quicio para no molestarla en ese estado. A veces, nuestros propios miedos pueden desvelar verdades que necesitan salir a la luz por muy horribles que sean. Prefirió mirar hacia otro lado y no volver a ver aquella sombra que se cernía sobre su mujer y que, de alguna manera, había empezado a cambiarla.

Durante ese estado febril, ella conversaba con alguien en la oscuridad del dormitorio. Delirios justificó él. Gimoteaba en sueños y, en más de una ocasión, se despertó en medio de alarmantes alaridos llenos de terror. Delirios.

Pocos días después de que se recuperara, su mujer llegó a casa con los brazos llenos de sangre y la mirada perdida. Él, alarmado, llamó a la policía. Ella no recordaba gran cosa, tan sólo que había vuelto a la vieja casa y después, sin saber cómo, estaba frente a su marido manchada de sangre. Cuando le limpiaron los brazos descubrieron que la sangre era suya y que procedía de unos profundos cortes que formaban la palabra Vuelve en sendos antebrazos.

Ella estaba confusa y muy preocupada. Le daba pavor no poder acordarse de lo que había sucedido durante las horas que pasó en interior de aquella casa. Pero él, aconsejado por la policía, le convenció de que todavía estaba débil por la fiebre y que lo mejor sería no volver a ese lugar que tanto parecía impresionarla.

Después del suceso, su mujer acudió a un terapeuta por iniciativa propia y, tras unas pocas sesiones, todo quedó olvidado. O eso quiso creer él. Una noche se despertó y ella no estaba en la cama. Tras buscarla por toda la casa, supo muy bien dónde debía buscarla. Le daba miedo admitirlo, pero la amaba y su obligación era salvarla de sí misma o de aquella sombra malvada que ansiaba arrebatársela.

Dejó el coche en la entrada del sendero. Las hierbas altas y los árboles curvados no le permitían llegar con él hasta la puerta. La noche era fría pero no lo notaba. Sólo pensaba en encontrarla a salvo y que no fuese tarde. Cogió la linterna y comenzó a gritar el nombre de su mujer. Silencio. Estaba temblando y apretaba tanto la mandíbula que podría haber roto sus dientes con sólo un poco más de fuerza.

Entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación en la que las fotografías habían mostrado aquella figura. Y allí estaba su mujer. Desnuda. Envuelta en la más absoluta oscuridad. Llevaba en las manos gran tornillo retorcido y oxidado con el que escribía algo en su piel.

Corrió hacia ella y vio que había trazado la palabra Vuelve, esta vez, por todo su cuerpo. Incluso había pintado este mensaje por las paredes también desnudas y con su propia sangre.

Él intentó quitarle el tornillo de las manos. Pero ella se resistía. Con los ojos opacos. Porque su mente estaba a quilómetros de allí. No se hallaba en aquel lugar y él no se sentía capaz de averiguar dónde estaba atrapada.

Ella soltó un alarido y le dio un empujón que le hizo caer hacia atrás. El tiempo justo para que se clavara el tornillo en los ojos hasta destrozarlos. Con el cuerpo y el rostro ensangrentados comenzó a caminar lentamente hacia él. Se movía con los brazos extendidos y una expresión extraña en la boca. Él no pudo soportar más horror y apagó la linterna.

Escuchó que se detenía a escasos pasos de él y que caía desplomada en el suelo. Encendió la linterna y la vio en el suelo con el tornillo clavado en la yugular. Estaba agonizando delante de él. Las piernas se agitaban con los últimos movimientos previos a la muerte.

Y acabó todo.

Vuelve.

Tardó un tiempo en darse cuenta de que el mensaje era para él. A él era a quién esperaba ese terror nocturno en aquella casa que se lo había quitado todo por ser un cobarde. Pero ya no. Y eso era lo que había hecho, regresar.

Dio el primer mazazo en una de las paredes en las que todavía había restos de la sangre de su mujer. La pared gritó. La casa entera gritó. Pero él no se detuvo y golpeó de nuevo. Quería que saliera. Quería verla.

Sintió que alguien ponía su mano inerte y helada en su hombro. Clavándole las uñas hasta rasgarle la carne. No le importaba el dolor. Ya no. Giró el rostro hacia ella y se encontró cara a cara con sus ojos enrojecidos, enloquecidos, con la fiereza de la venganza. Ella abrió su boca llena de gusanos y él levantó la maza. La oscuridad se cernió sobre él como un remolino.

Semanas después, una pareja de excursionistas encontró su cuerpo desnudo tirado en el suelo del amplio pasillo. Hinchado. Gris. En un lecho de sangre seca. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y era evidente que había muerto a causa de un fuerte golpe en la cabeza que le había destrozado el rostro.

Lo que no entendieron fue lo que parecía ser una especie de mensaje que había intentado escribir antes de morir. No vuel_

Debatieron, aquella noche mientras intentaban alejar el horror que habían descubierto, si ese pobre hombre habría intentando advertir a quién le encontrara de que no volvieran a aquella casa.

Pero lo hicieron. Primero, ella regresó. Y, más tarde, cuando ella apareció desangrada, él.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 13 de Mayo de 2017

Terminado a las 19:45 h

El vacío que nos absorbe

Se encontraba de pie, descalza, en la terraza de su edificio. Con el viento frío meciendo su cabello negro y rodeada de sombras nocturnas producidas por la escasa luz que emitía la luna esa noche y la que emanaba de algunas ventanas de los apartamentos. Iba a saltar al vacío desde una altura de más de diez pisos.

Estaba gravemente enferma y no se lo había dicho a nadie. Desconocía lo que le estaba pasando a su cuerpo, pero sabía que algo no funcionaba bien y algo estaba acabando con ella desde su interior. Llevaba viviendo sola demasiado tiempo y no tenía ganas de luchar. Había decidido que las oportunidades se habían acabado para ella.

Así que simplemente permitió que transcurriera el tiempo mientras sentía que sus venas se secaban. Y que su estómago y sus intestinos se pudrían dentro de ella. Sencillamente se dejó caer en el gran vacío inevitable del desaliento. Ese vacío frío y oscuro en el que los cerebros melancólicos se sumergen mientras una fuerza invisible tira de ellos hacia las profundidades mortales.

Ella estaba siendo empujada con tanto ímpetu que imaginaba curvado su cuerpo maltrecho mientras veía que sus brazos y sus piernas se elevaban hacia arriba transformándose en tentáculos que se agitaban como gelatina.

Albergaba todavía, en algún rincón de su cuerpo, una minúscula esperanza. Desde luego no era consciente de que existiera, pero ahí estaba. Quizás escondida entre sus costillas o en un punto oculto entre su hígado y el páncreas. Podía suceder que si sus pies lograban tocar el fondo, consiguiera impulso para regresar a la superficie.

Sin embargo, la oportunidad llegó desde fuera. Un suceso inesperado le hizo flotar hacia arriba y le ofreció una nueva perspectiva. Fue la tarde en la que se cruzaron en el rellano y él la miró por primera vez. Con esos ojos verdes, cansados, envueltos por las arrugas de la madurez.

Fijó en ella la mirada con tanta intensidad que sintió que el corazón se le paralizaba sin que pudiera remediarlo. La magia se rompió cuando sintió dolor porque le ardía la cara. La sangre se había empeñado en arremolinarse en su cabeza como un volcán erupción.

Él se dirigió hacia su apartamento situado al lado contrario del suyo sin mostrarle ni siquiera una pequeña sonrisa educada. A partir de ese día, ella salía de casa con la necesidad de verle. De contemplarse otra vez en aquellos ojos verdes. Agotados. Tan cansados como los suyos. Quizás pudieran recuperar las fuerzas juntos.

Pero, por más que lo deseara, por más que mirara el techo de su dormitorio noche tras noche pidiendo, clamando, un encuentro fugaz, no volvió a toparse con él. Cada tarde, a la vuelta del trabajo, controlaba a todos los vecinos que pasaban por su puerta. Estaba al acecho tras la mirilla como una vieja loca.

La obsesión aceleró su deterioro físico y su jefe le insinuó que necesitaba unos días libres. Estaba mucho más delgada y demacrada. Ella aceptó. Pero sólo porque podría estar más tiempo en casa y así tener más posibilidades para poder encontrarse con él. No porque mejorar su salud fuese su objetivo.

Hora tras hora, espiando, pronto pudo conocer las costumbres de su vecino. Nunca salía de su casa. Por eso no había vuelto a cruzarse con él. Pero algunas noches recibía visitas. En intervalos de dos o tres noches, una chica llamaba a su puerta. Ella no conseguía verlas. Y de él, adivinaba su silueta recortada en el umbral de la puerta pues se quedaba a contraluz cuando les abría.

Pudo advertir con claridad la ausencia de movimiento de los protagonistas. No reaccionaban al verse. No se saludaban,  sólo existía silencio entre ellos. La chica entraba y él cerraba despacio. Nunca las vio salir por la mañana por más que estuviese haciendo guardia hasta la madrugada.

Como físicamente necesitaba descansar, por mucho que ella intentara negarse ya había sufrido algunos desvanecimientos, llegó a la conclusión de que aquellas jóvenes se le escapaban en esos períodos en los que se permitía una tregua.

Su curiosidad seguía sin estar satisfecha y continuaba sin poder estar cerca de él. Tomó una decisión pues no tenía nada que perder, así que esperó pacientemente a que llegara la noche siguiente.

Intentó no pensar en el dolor de su cuerpo. En los gusanos que estaban a punto de comérsela y que parecía que ya habían empezado a crecer en su interior. Tras las ventanas, contempló cómo el sol le decía adiós y el cielo se tornaba negro. Espeso. Como a ella le gustaba. Era como un lecho vaporoso que la estaba esperando.

Antes de abandonar su apartamento, se cepilló amorosamente su larga melena de color negro. Ese cabello suave que se enroscaba en su espalda intentando alcanzar sus piernas. Se pintó los labios y le dio fuerza a su mirada. Si iba a presentarse ante él, quería que la deseara tanto como ella.

Se acercó a la mirilla. No tuvo que esperar demasiado para ver llegar a una nueva chica. Había tenido suerte. Podía haber tenido que esperar unos días más y no pensaba que su enfermedad le permitiese tanto tiempo. La joven entró siguiendo el mismo ritual de siempre.

Cuando él cerró la puerta, salió al rellano. Llegó al apartamento y se acercó para intentar escuchar. Y lo consiguió. Del interior, se escapaban jadeos que no parecían producidos por placer, gorgoteos, pequeños gritos ahogados por golpes… Lo que estaba sucediendo allí dentro era peligroso y comenzó a aporrear la puerta con todas sus fuerzas. Los ruidos cesaron de repente y ella también se detuvo.

Tras esperar segundos, que se le hicieron eternos, él abrió la puerta y casi se desmaya del terrible olor que escapaba del interior del apartamento. Quiso dar media vuelta pero no tuvo fuerzas para escapar. Estaba frente a esos ojos que tanto amaba. Se aproximó lentamente hacia él hasta rozar su cuerpo mientras entraba.

La puerta se cerró tras ella. La casa apenas estaba iluminada. Pero eso no le importaba. Él la cogió de la mano y la llevó hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha y no había rastro de la chica. Eso tampoco le interesaba. Ahora era su turno de perderse en aquella mirada hueca, en aquel profundo vacío inevitable y dejarse llevar mecida por la brisa helada y muerta.

Aquella noche la pasaron juntos. Compartiendo lecho y sábanas con la oscuridad más temible. Engullida en un gran océano fue incapaz de darse cuenta de que la muerte se respiraba en aquel apartamento. De que los gusanos a los que ella tanto temía se arrastraban por el suelo y las moscas revoloteaban a sus anchas.

Cuando se despertó, era de madrugada y su piel estaba contraída por el frío. Él no estaba en la cama. Se vistió únicamente con su jersey y, descalza, salió de la habitación buscándole. El silencio era aplastante y comenzó a sentir que la asfixia se arremolinaba en su garganta. Algo no iba bien. Recordó a la chica.

Salió al salón y le vio de pie, observando el exterior por la ventana abierta de par en par. No se giró a mirarla en ningún momento. Parecía absorto contemplando el lienzo oscuro de la noche que comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol. Ella se acercó hasta él.

Entonces su pies pisaron algo líquido. Miró hacia abajo y vio que estaba en medio de un reguero de sangre que provenía de la cocina. Lo siguió poniendo cuidado en no mancharse más todavía pues le había provocado una sensación pegajosa y repulsiva.

Cuando entró en la cocina se llevó las manos a los ojos para evitar perder la poca cordura que le quedaba. Cuatro chicas. Cuatro cadáveres desparramados. Una de ellas se había cortado las venas sobre la mesa con tanta intensidad que asomaban los huesos a través de los cortes. Unos cortes que daban cobijo y alimento a un ejército de moscas carroñeras que entraban y salían de aquel cuerpo putrefacto con total impunidad.

Otra chica se había ahorcado y colgaba de la lámpara del techo. Su cuerpo estaba hinchado y su piel gris denotaba que estaba a punto de resquebrajarse. Probablemente, a través de las grietas los gusanos hiciesen su aparición estelar.

La tercera, se había tragado lo que parecía un cuchillo y la punta asomaba por la nuez. Apartó la mirada de su cuello. No podía mirarlo. Pero al girar la cabeza, dio con la cuarta, la última que había llegado a aquel paraíso del suicidio.

Se había dado golpes contra la pared hasta romperse el cráneo. Sus ojos muertos no mostraban ningún tipo de emoción: ni miedo ni dolor ni arrepentimiento. Ella no sabía si acababa de entender la magnitud de lo que se gestaba en aquel lugar. Regresó al salón buscando respuestas o quizás para dejar atrás ese cementerio terrible en el que los cuerpos todavía no habían sido enterrados.

Él, que continuaba en la ventana, la observó cansado pero pudo ver que una ligera sonrisa se dibujaba en su boca por primera vez. Entonces, agarró con las manos el marco y saltó sin que ella tuviese tiempo para impedirlo. Pudo escuchar como su cabeza se rompía contra el pavimento como si fuese una fruta podrida.

Ella gritó haciendo temblar el edificio aunque no iba a servir para nada. Ya no volvería a verse en esos ojos verdes ni a dejarse llevar en las corrientes nocturnas que la llevaban al vacío más cruel. O quizás sí.

Subió a la azotea. Cuando se asomó hacia abajo, él ya estaba sumergiéndose en un charco de sangre que se expandía con rapidez. Sus gritos habían alertado a los vecinos y las sirenas de la policía y la ambulancia se aproximaban. El tiempo apremiaba.

Caminó lentamente hasta el mismo borde. Se subió al muro tambaleándose hasta conseguir erguirse y quedar cara a cara con la inmensidad. Con lo poco que quedaba de aquella noche fría acariciándole su precioso cabello negro. Cerró los ojos y se dejó caer.

Fueron unos pocos segundos los que tardó en estar junto a él. Pronto sus sangres se mezclaron creando un nuevo lecho. Antes de que nadie llegase hasta ellos, el cuerpo de él comenzó a absorber toda la sangre que les envolvía. La suya y la de ella. Y se incorporó despacio. 

Tambaleándose, se alejó de allí. El sol comenzaba a calentar las calles. Aunque su cuerpo estaba frío como la muerte.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 24 de Abril de 2017

Terminado a las 19:31 horas

 

La libélula

La ninfa se metamorfoseó convirtiéndose en una elegante y mortal libélula. Veloz y carnívora, el mundo que existía fuera del agua había dejado de estar a salvo.

Cruzó la calle atravesando las líneas blancas pintadas en el asfalto. Había guardado las manos en los bolsillos de su chaqueta en un vano intento de aislarlas del frío. Llevaba la cabeza ligeramente agachada evitando lo máximo posible que el viento helado le rozase. Notaba los dedos de los pies fríos y las botas empezaron a resultarle extremadamente duras e incómodas. 

No importaba. Al otro lado de la carretera, en la acera de enfrente, estaba la librería que se disponía a visitar por tercera vez esa semana. Empujó la puerta de madera y cristal provocando que sonaran las campanitas que colgaban del techo y que la librera había colocado para que le avisaran de la entrada de alguien en el local. El sonido era metálico y dulce como ella, fría e irresistible a la vez.

Se dirigió al mostrador esperando con ansiedad que ella apareciera desde el interior de la trastienda. Un lugar vetado para los clientes y que alimentaba la imaginación. Llevaba noches sin dormir haciendo cábalas sobre lo que aquella magnífica mujer guardaba en el interior del local. Aunque lo que en realidad deseaba era poder descubrirla a ella en su totalidad, en su verdadero hábitat.

Escuchó cómo se acercaba y, sin poder impedirlo, su corazón comenzó a palpitar muy deprisa. Ella apartó la cortina con la mano y salió al mostrador. Le miró sonriente con sus ojos cristalinos, transparentes como el agua más pura y él no consiguió decir nada. Tragó saliva para desanudarse la garganta y consiguió, a duras penas, que surgiera de ella un hilillo de voz lo suficientemente comprensible. Preguntó si había llegado el libro que le había encargado.

Se disculpó por visitarla por tercera vez pero era urgente, lo necesitaba para mandárselo a su hermano como regalo de cumpleaños. Ella le miró fijamente unos instantes en silencio y sin dejar de sonreír. Después pronunció las palabras que él tanto ansiaba escuchar desde hacía semanas: “Pasa adentro. Ha llegado una caja de libros esta mañana y todavía no he tenido tiempo de sacarlos. Puede que tu libro esté ahí.” La mujer dio media vuelta y pasó a la trastienda sin esperar a que le contestara.

Cuando entró en el almacén, no pudo evitar abrir la boca por la sorpresa. Triplicaba el tamaño de la tienda y estaba rodeado de enormes librerías ocupadas por ejemplares raros y que parecían únicos. Había un gran ventanal por el que entraba toda la luz del sol necesaria para crear una atmósfera de ensueño. Una gran mesa central, de madera de roble, presidía aquel lugar y estaba rodeada de sillas antiguas tapizadas con telas de seda. Sobre ella, estaban colocadas dos lámparas doradas de lectura y una gran caja de cartón.

La mujer estaba de espaldas a la ventana y, a contraluz, su silueta se dibujaba espléndida. Ella adquirió tal dimensión que comenzaron temblarle las rodillas. Se conmovió al tener la certeza de que saldría de allí amándola para siempre.

Ella le indicó que se acercara. Había abierto las tapas de la caja y sacaba los libros que allí se guardaban. Él se colocó a su lado, sintiendo el roce de su brazo junto al suyo, percibiendo su calor. Revisaron, uno por uno, los ejemplares y sus manos se rozaron al encontrar el título que le había encargado para su hermano.

Él apartó la mano con rapidez, tímido, lamentando haber podido traspasar los límites. Sin embargo, ella le sujetó la mano suavemente mientras volvía a atravesarle el corazón con aquella mirada trasparente que le hacía recordar las aguas de un río. Sin saber por qué cerró los ojos y comenzó a escuchar el murmullo de un arroyo y el rumor de la brisa serpenteando entre las hojas de los árboles.  En un instante,  había dejado atrás la librería y se había trasladado a un bosque.

Se dejó mecer por esta visión mientras continuaba sintiendo cómo ella le cogía de la mano cada vez con más fuerza. Los sonidos bucólicos se mezclaron con un intenso zumbido provocado por el aleteo de un insecto. Le pareció notar que unas finas alas le rozaban la mejilla y abrió los ojos sorprendido y ligeramente asustado.

Continuaba estando en la trastienda y el zumbido había cesado. No se había marchado a ninguna parte. Ella le observaba curiosa y hermosa con su larga melena brillando con la luz del sol. Sin embargo, sintió una especie de repulsa repentina al tacto de su mano y la soltó con cierta brusquedad. Le dio la espalda para que no descubriese sus sentimientos.

Se apresuró a disculparse, tenía prisa y el libro que había encargado ya había llegado así que podía marcharse y dejarla desempaquetar tranquila. De nuevo, escuchó el aleteo incomprensible de antes. Giró la cabeza y descubrió aterrorizado el rostro de una libélula gigante a escasos centímetros del suyo.

Vio reflejado su horror en sus enormes ojos abultados que parecían dispuestos a tragárselo, a comérselo vivo lentamente. Gritó e intentó librarse de aquellas patas delgadas pero se le clavaban en el cuello como alambres traspasándole la piel y haciéndole sangrar. Supo que la situación se volvía crítica al percibir que sus pies empezaban a separarse del suelo.

Las dos patas delanteras de ese monstruo le sujetaban la cabeza y las otras cuatro, le habían cogido de tal manera que volaba en posición horizontal. Mientras llegaban hasta el techo, vio que la libélula abría su poderosa mandíbula dispuesto a devorarlo. Reaccionó con rapidez y le atacó a los ojos hundiendo en ellos sus dedos para destrozarlos.

Funcionó y el terrible insecto le dejó caer mientras emitía un alarido de dolor agudo y penetrante. Se golpeó contra el suelo y pudo ver, antes de incorporarse, que la mujer se acercaba a la libélula gigantesca y saltaba sobre ella mientras se la comía con una voracidad que no fue capaz de soportar. Se desmayó al ver en qué se transformaba su mandíbula al engullirla.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando se despertó. Estaba recostado sobre la mesa, junto a la caja de cartón y los libros que habían sacado antes. Ella le contó que se había desvanecido y que había estado así diez minutos. Estaba realmente preocupada. Sin esperarlo, ella le besó suavemente en los labios y él respondió con intensidad pues su contacto volvía a resultarle placentero.

Sin embargo, tuvo que detenerse porque volvía a sentirse mareado y, de nuevo, le zumbaban los oídos como si un insecto rondase a su alrededor. No quería mostrarse ante ella como un paranoico de manera que le ocultó su extraño sueño, pues esa era la explicación racional que le había dado al asunto de la libélula, y se dispuso a despedirse. 

Tras prodigarse varios besos más y concretar una cita para el día siguiente, él puso rumbo a la calle mientras la mujer le seguía con la mirada sabedora de que pronto él se convertiría en lo que ella necesitaba. Una vez estuvo sola, desplegó sus alas de libélula y recorrió la trastienda con su elegante vuelo iluminada por la luz del sol. Su fuerte aleteo removía el polvo y las motas flotaban por el almacén como si fuesen fragmentos brillantes de purpurina. Cogió un libro y se dispuso a leer.

La ninfa se metamorfoseó convirtiéndose en una elegante y mortal libélula. Veloz y carnívora, el mundo que existía fuera del agua había dejado de estar a salvo. Porque había encontrado un nuevo y joven compañero que cazaría para ella.

©Esther Paredes Hernández

30 de Diciembre de 2016

La mecedora

Estaba a punto de asomarse por la puerta y descubrir lo que su marido estaba haciendo desde hacía varias noches. Pero no quería verlo.

Inmovilizada por el espanto, estaba allí de pie, con los pies descalzos en mitad de la noche. Envuelta por la oscuridad fría que se había apoderado de su casa. Un sonido rítmico la mortificaba, el vaivén de la mecedora que su marido y ella habían comprado para la habitación del bebé. Una mecedora, que ayudaría al pequeño a dormir mejor, le había arrebatado el sueño. Porque lo que le preocupaba no era que se estuviera moviendo, sino averiguar por qué su marido estaba sentado en ella. Ese era el motivo de su miedo.

Pasara lo que pasara después de esa noche, se decía a sí misma que no era culpable del grave deterioro mental de su marido. Porque estaba segura de que él no había descubierto sus mentiras. Nunca le confesó que no quería ser madre. Se limitó a evitar quedarse embarazada mientras era cómplice de las obras que se hacían en casa para tener una habitación más, la que sería para el bebé. Dos semanas más tarde, el dormitorio estaba preparado con todo lo necesario y su marido esperaba ilusionado a que llegara el momento de la magia de la fecundación. A la habitación no le faltaba el más mínimo detalle. Hasta había comprado una bonita mecedora en la que poder relajar al pequeño.

La noche en la que todo empezó, ella estaba inmersa en un sueño profundo y le costó entender qué era lo que se escuchaba al otro lado del pasillo. Pero pronto dedujo que era el sonido rítmico de la mecedora. Miró a su lado y comprobó que estaba sola en la cama. Tuvo un presentimiento extraño que le aceleró el corazón. Prestó mucha atención y alcanzó a oír a su marido susurrando una nana con una voz mecánica y fría. Sintió una punzada de miedo y dolor pero se obligó a dormirse. Se mintió con la misma intensidad con la que engañaba a su marido. No estaba pasando, no estaba sucediendo nada.

Varias noches después, volvió a despertarse de madrugada. Esta vez, por el sollozo de un bebé. Tuvo que abrir los ojos de par en par para asegurarse de que, efectivamente, un niño lloraba en algún lugar de la casa. Buscó a su marido pero, de nuevo, no estaba. El bebé seguía gimiendo sin consuelo y ella creyó identificar que venía de la habitación infantil… pero eso no era posible. Escuchó cómo su marido susurraba algo que conseguía calmarle. El silencio volvió a adueñarse de la noche. Su marido salió al pasillo y regresó al dormitorio. Ella fingió estar dormida mientras se acostaba a su lado intentando no despertarla. Después, él se aproximó despacio y le cogió de la mano de manera amorosa. Esa noche ella no pudo dormir. Quería preguntarle qué estaba pasando pero no estaba preparada para escuchar la respuesta.

Así que la noche siguiente esperó, con los ojos mirando al techo en medio de la negra madrugada, a que se repitiese. Y no se equivocaba. El ritual nocturno comenzó con el llanto del bebé, después su marido se levantó de la cama, pronto se escuchó el vaivén de la mecedora al ritmo de la canción de cuna susurrada y mecánica y…gorgoteos infantiles agradecidos por la atención amorosa del padre. No podía soportarlo otra vez, así que decidió comprobar por sí misma que no eran imaginaciones suyas. Aunque las piernas le pesaban como si fuesen de piedra, se levantó y fue hacía la habitación que tanto temía. Y allí, en medio del pasillo, seguía con el dilema de si estaba segura de querer descubrir la verdad. Fingiendo seguridad, se asomó para averiguar cómo era ese bebé que habitaba en la casa cuando llegaba la noche y que sólo parecía ser real para su marido. Ese bebé que nunca iba a nacer porque ella no estaba dispuesta a permitirlo.

Dio el primer paso hacia la puerta entreabierta. Y la empujó despacio. La sangre le bombeaba en la cabeza a la velocidad que marcaba la mecedora que cada vez se movía con una rapidez más enfurecida. Entonces, el bebé comenzó a llorar muy fuerte y se vio obligada a taparse los oídos porque el sonido era demasiado penetrante, como un fino taladro que le perforaba el cerebro. Cerró los ojos porque el dolor era insoportable. Una mano se puso en su hombro y se le escapó un alarido profundo. Escuchó la voz de su marido como un eco apagado al principio. Poco a poco supo que la estaba llamando mientras la abrazaba. Abrió los ojos. La luz de la habitación estaba encendida y no era su marido el que ocupaba la mecedora. Ella se mecía hacia adelante y hacia atrás con un bulto entre los brazos del tamaño de un recién nacido. Su marido le preguntaba preocupado qué estaba haciendo allí. Ella dejó caer el bulto al suelo que resultó ser un rulo hecho con una de las mantitas que habían comprado. Se quedó quieta mientras intentaba aclarar sus borrosos pensamientos. Pero no podía.

Su marido la llevó, sujeta por la cintura, hasta su dormitorio y la metió en la cama con suavidad. Ella le contó lo que había estado pasando las últimas noches. Él, como pudo, le explicó que no había sucedido así, en realidad era ella la que iba al cuarto del bebé. Pero eso no tenía sentido. Sin embargo, los ojos de su marido, preocupados y ansiosos por obtener respuestas, le obligaron plantearse que quizás le estuviese diciendo la verdad. Entonces, ella le miró muy seria. Tragó saliva y sintió cómo le dolía la garganta. Le confesó que no quería ser madre.

Dos semanas después, había un nuevo despacho en casa y una mecedora se vendía en una página de muebles de segunda mano.

Y ella dejó de levantarse por las noches.

 

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 18 de Septiembre de 2016