Monstruosa Navidad

Me cuesta confiar en las personas porque no soporto las mentiras y no soy muy bueno detectando la hipocresía. Durante años creí que mi madre me quería hasta que intentó matarme el día de Navidad. Si no fui capaz de detectar sus instintos asesinos hacia mí, mucho menos distinguir cuando un desconocido intenta engañarme. Así que decidí no tener amigos y dejar de lado la sociabilidad.

De todas maneras, no tengo muy claro si mi aislamiento es voluntario o una maldición. Desde que recuerdo, mi fealdad siempre ha provocado el alejamiento de los demás. Soy tan deforme que las enfermeras lloraban cuando me tenían en brazos, y lloraban también cuando me dejaban de nuevo en la cuna. Pues sabían que cuando volviesen a tenerme en su regazo seguiría siendo un monstruo. Un inocente bebé monstruoso.

Entiendo la repulsión que le provocaba a mi madre, yo mismo soy incapaz de mirarme en el espejo sin sentir un escalofrío. Sin embargo, mis emociones son como las de cualquier otro. Y mi cerebro funciona de la misma manera por lo que suelo olvidar mi drama con facilidad. Sólo recuerdo que no debo confiar en los demás cuando me veo reflejado en un cristal. Les comprendo, mi aspecto físico les empuja a tratarme con crueldad.

Como la vez en que una vieja me empujó para impedir que subiera al autobús.  O cuando un grupo de jóvenes me propinaron patadas hasta dejarme inconsciente. Por supuesto, grabaron la paliza con sus móviles y el video se convirtió en viral. Se ve que les gustó la experiencia y continuaron agrediendo a otras personas indefensas. Pero ningún video ha tenido tantas visualizaciones como el mío. Está bien ganar de vez en cuando.

Yo también me daría de golpes si coincidiera conmigo mismo en la calle. Mis ojos están cubiertos por venas demasiado hinchadas, tengo la nariz torcida, los dientes amarillos y demasiado grandes y… lo peor… mi cuerpo está cubierto por una piel escamosa, de un extraño y horrendo color verde. Ni yo soporto tocarme.

Creo que mi madre decidió acabar conmigo porque no conseguía obligarse por más tiempo a acariciar mi cara o darme los típicos abrazos maternales. La mañana de Navidad, mientras me tomaba mis cereales, agarró con fuerza uno de los cuchillos de trinchar la carne y corrió hacia a mí mientras gritaba como una loca. Recuerdo que pensé que sus alaridos sonaban a liberación. Demasiados años de dolor. Me quedé observándola con la boca abierta mientras el cereal se caía de la cuchara para refugiarse en el bol de la leche. Cerré mis ojos hinchados dispuesto a no resistirme. Mi madre es la persona a la que más he amado en mi vida.

El azar evitó que lo consiguiera. Resbaló y cayó sobre el cuchillo de cocina desgarrándose la yugular sin que yo pudiese evitarlo. Me abalancé aterrado sobre ella mientras se desangraba. Me acarició con repugnancia una última vez. Sus ojos se volvieron vidriosos y supe que me había quedado en la más absoluta soledad.

Qué me espera ahora.

Han pasado dos días y no puedo apartarme del cuerpo inerte de mi madre. Es lo único que tengo. A ella hinchándose en medio de la cocina. En sus últimas Navidades. He dormido a su lado estas noches, agarrado a su cintura como cuando era pequeño. Ahora está rígida y tiene un tacto extraño. Observo el techo pidiendo una oportunidad más. Un último llamamiento al universo para que me la devuelva.

Siento que me desmorono, que me desmonto como las piezas de una torre de bloques infantiles, algo se ha roto dentro de mí sin remedio. Es la única persona que he tenido a mi lado. Mi piel verde se seca sin sus abrazos.

Sé que hay una vecina que escudriña a través de las ventanas. La sirena de la policía se escucha llegar desde el otro lado de la calle. No quiero que se la lleven. Por favor no soporto la idea de quedarme sin ella. El cuchillo todavía lo tiene entre los dedos. Se los voy a romper para cogerlo. No pienso permitir que nos separen. Es una crueldad que no pienso tolerar. Esta vez no lo entiendo. El mundo nunca me ha dado nada, no lo he pedido, pero no voy a dejar que me lo quiten todo, que me la quiten.

Por primera y última vez en mi vida seré el monstruo que todos creen que soy.

Barcelona, 20 de Diciembre de 2017

Terminado a las 18:07h

 

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

El vacío que nos absorbe

Se encontraba de pie, descalza, en la terraza de su edificio. Con el viento frío meciendo su cabello negro y rodeada de sombras nocturnas producidas por la escasa luz que emitía la luna esa noche y la que emanaba de algunas ventanas de los apartamentos. Iba a saltar al vacío desde una altura de más de diez pisos.

Estaba gravemente enferma y no se lo había dicho a nadie. Desconocía lo que le estaba pasando a su cuerpo, pero sabía que algo no funcionaba bien y algo estaba acabando con ella desde su interior. Llevaba viviendo sola demasiado tiempo y no tenía ganas de luchar. Había decidido que las oportunidades se habían acabado para ella.

Así que simplemente permitió que transcurriera el tiempo mientras sentía que sus venas se secaban. Y que su estómago y sus intestinos se pudrían dentro de ella. Sencillamente se dejó caer en el gran vacío inevitable del desaliento. Ese vacío frío y oscuro en el que los cerebros melancólicos se sumergen mientras una fuerza invisible tira de ellos hacia las profundidades mortales.

Ella estaba siendo empujada con tanto ímpetu que imaginaba curvado su cuerpo maltrecho mientras veía que sus brazos y sus piernas se elevaban hacia arriba transformándose en tentáculos que se agitaban como gelatina.

Albergaba todavía, en algún rincón de su cuerpo, una minúscula esperanza. Desde luego no era consciente de que existiera, pero ahí estaba. Quizás escondida entre sus costillas o en un punto oculto entre su hígado y el páncreas. Podía suceder que si sus pies lograban tocar el fondo, consiguiera impulso para regresar a la superficie.

Sin embargo, la oportunidad llegó desde fuera. Un suceso inesperado le hizo flotar hacia arriba y le ofreció una nueva perspectiva. Fue la tarde en la que se cruzaron en el rellano y él la miró por primera vez. Con esos ojos verdes, cansados, envueltos por las arrugas de la madurez.

Fijó en ella la mirada con tanta intensidad que sintió que el corazón se le paralizaba sin que pudiera remediarlo. La magia se rompió cuando sintió dolor porque le ardía la cara. La sangre se había empeñado en arremolinarse en su cabeza como un volcán erupción.

Él se dirigió hacia su apartamento situado al lado contrario del suyo sin mostrarle ni siquiera una pequeña sonrisa educada. A partir de ese día, ella salía de casa con la necesidad de verle. De contemplarse otra vez en aquellos ojos verdes. Agotados. Tan cansados como los suyos. Quizás pudieran recuperar las fuerzas juntos.

Pero, por más que lo deseara, por más que mirara el techo de su dormitorio noche tras noche pidiendo, clamando, un encuentro fugaz, no volvió a toparse con él. Cada tarde, a la vuelta del trabajo, controlaba a todos los vecinos que pasaban por su puerta. Estaba al acecho tras la mirilla como una vieja loca.

La obsesión aceleró su deterioro físico y su jefe le insinuó que necesitaba unos días libres. Estaba mucho más delgada y demacrada. Ella aceptó. Pero sólo porque podría estar más tiempo en casa y así tener más posibilidades para poder encontrarse con él. No porque mejorar su salud fuese su objetivo.

Hora tras hora, espiando, pronto pudo conocer las costumbres de su vecino. Nunca salía de su casa. Por eso no había vuelto a cruzarse con él. Pero algunas noches recibía visitas. En intervalos de dos o tres noches, una chica llamaba a su puerta. Ella no conseguía verlas. Y de él, adivinaba su silueta recortada en el umbral de la puerta pues se quedaba a contraluz cuando les abría.

Pudo advertir con claridad la ausencia de movimiento de los protagonistas. No reaccionaban al verse. No se saludaban,  sólo existía silencio entre ellos. La chica entraba y él cerraba despacio. Nunca las vio salir por la mañana por más que estuviese haciendo guardia hasta la madrugada.

Como físicamente necesitaba descansar, por mucho que ella intentara negarse ya había sufrido algunos desvanecimientos, llegó a la conclusión de que aquellas jóvenes se le escapaban en esos períodos en los que se permitía una tregua.

Su curiosidad seguía sin estar satisfecha y continuaba sin poder estar cerca de él. Tomó una decisión pues no tenía nada que perder, así que esperó pacientemente a que llegara la noche siguiente.

Intentó no pensar en el dolor de su cuerpo. En los gusanos que estaban a punto de comérsela y que parecía que ya habían empezado a crecer en su interior. Tras las ventanas, contempló cómo el sol le decía adiós y el cielo se tornaba negro. Espeso. Como a ella le gustaba. Era como un lecho vaporoso que la estaba esperando.

Antes de abandonar su apartamento, se cepilló amorosamente su larga melena de color negro. Ese cabello suave que se enroscaba en su espalda intentando alcanzar sus piernas. Se pintó los labios y le dio fuerza a su mirada. Si iba a presentarse ante él, quería que la deseara tanto como ella.

Se acercó a la mirilla. No tuvo que esperar demasiado para ver llegar a una nueva chica. Había tenido suerte. Podía haber tenido que esperar unos días más y no pensaba que su enfermedad le permitiese tanto tiempo. La joven entró siguiendo el mismo ritual de siempre.

Cuando él cerró la puerta, salió al rellano. Llegó al apartamento y se acercó para intentar escuchar. Y lo consiguió. Del interior, se escapaban jadeos que no parecían producidos por placer, gorgoteos, pequeños gritos ahogados por golpes… Lo que estaba sucediendo allí dentro era peligroso y comenzó a aporrear la puerta con todas sus fuerzas. Los ruidos cesaron de repente y ella también se detuvo.

Tras esperar segundos, que se le hicieron eternos, él abrió la puerta y casi se desmaya del terrible olor que escapaba del interior del apartamento. Quiso dar media vuelta pero no tuvo fuerzas para escapar. Estaba frente a esos ojos que tanto amaba. Se aproximó lentamente hacia él hasta rozar su cuerpo mientras entraba.

La puerta se cerró tras ella. La casa apenas estaba iluminada. Pero eso no le importaba. Él la cogió de la mano y la llevó hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha y no había rastro de la chica. Eso tampoco le interesaba. Ahora era su turno de perderse en aquella mirada hueca, en aquel profundo vacío inevitable y dejarse llevar mecida por la brisa helada y muerta.

Aquella noche la pasaron juntos. Compartiendo lecho y sábanas con la oscuridad más temible. Engullida en un gran océano fue incapaz de darse cuenta de que la muerte se respiraba en aquel apartamento. De que los gusanos a los que ella tanto temía se arrastraban por el suelo y las moscas revoloteaban a sus anchas.

Cuando se despertó, era de madrugada y su piel estaba contraída por el frío. Él no estaba en la cama. Se vistió únicamente con su jersey y, descalza, salió de la habitación buscándole. El silencio era aplastante y comenzó a sentir que la asfixia se arremolinaba en su garganta. Algo no iba bien. Recordó a la chica.

Salió al salón y le vio de pie, observando el exterior por la ventana abierta de par en par. No se giró a mirarla en ningún momento. Parecía absorto contemplando el lienzo oscuro de la noche que comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol. Ella se acercó hasta él.

Entonces su pies pisaron algo líquido. Miró hacia abajo y vio que estaba en medio de un reguero de sangre que provenía de la cocina. Lo siguió poniendo cuidado en no mancharse más todavía pues le había provocado una sensación pegajosa y repulsiva.

Cuando entró en la cocina se llevó las manos a los ojos para evitar perder la poca cordura que le quedaba. Cuatro chicas. Cuatro cadáveres desparramados. Una de ellas se había cortado las venas sobre la mesa con tanta intensidad que asomaban los huesos a través de los cortes. Unos cortes que daban cobijo y alimento a un ejército de moscas carroñeras que entraban y salían de aquel cuerpo putrefacto con total impunidad.

Otra chica se había ahorcado y colgaba de la lámpara del techo. Su cuerpo estaba hinchado y su piel gris denotaba que estaba a punto de resquebrajarse. Probablemente, a través de las grietas los gusanos hiciesen su aparición estelar.

La tercera, se había tragado lo que parecía un cuchillo y la punta asomaba por la nuez. Apartó la mirada de su cuello. No podía mirarlo. Pero al girar la cabeza, dio con la cuarta, la última que había llegado a aquel paraíso del suicidio.

Se había dado golpes contra la pared hasta romperse el cráneo. Sus ojos muertos no mostraban ningún tipo de emoción: ni miedo ni dolor ni arrepentimiento. Ella no sabía si acababa de entender la magnitud de lo que se gestaba en aquel lugar. Regresó al salón buscando respuestas o quizás para dejar atrás ese cementerio terrible en el que los cuerpos todavía no habían sido enterrados.

Él, que continuaba en la ventana, la observó cansado pero pudo ver que una ligera sonrisa se dibujaba en su boca por primera vez. Entonces, agarró con las manos el marco y saltó sin que ella tuviese tiempo para impedirlo. Pudo escuchar como su cabeza se rompía contra el pavimento como si fuese una fruta podrida.

Ella gritó haciendo temblar el edificio aunque no iba a servir para nada. Ya no volvería a verse en esos ojos verdes ni a dejarse llevar en las corrientes nocturnas que la llevaban al vacío más cruel. O quizás sí.

Subió a la azotea. Cuando se asomó hacia abajo, él ya estaba sumergiéndose en un charco de sangre que se expandía con rapidez. Sus gritos habían alertado a los vecinos y las sirenas de la policía y la ambulancia se aproximaban. El tiempo apremiaba.

Caminó lentamente hasta el mismo borde. Se subió al muro tambaleándose hasta conseguir erguirse y quedar cara a cara con la inmensidad. Con lo poco que quedaba de aquella noche fría acariciándole su precioso cabello negro. Cerró los ojos y se dejó caer.

Fueron unos pocos segundos los que tardó en estar junto a él. Pronto sus sangres se mezclaron creando un nuevo lecho. Antes de que nadie llegase hasta ellos, el cuerpo de él comenzó a absorber toda la sangre que les envolvía. La suya y la de ella. Y se incorporó despacio. 

Tambaleándose, se alejó de allí. El sol comenzaba a calentar las calles. Aunque su cuerpo estaba frío como la muerte.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 24 de Abril de 2017

Terminado a las 19:31 horas

 

Navidad en rojo

Si nadie le había visto nunca ¿por qué todos pensaban que Santa Claus era un viejo regordete y bonachón al que le gustaba vestir con terciopelo rojo?

Ella pensaba en él como un anciano decrépito de piel acartonada y cubierto de arrugas. Con manos alargadas y dedos finos como ramas negras. De dientes amarillentos y una lengua áspera. Un ser que entraba por la noche a hurtadillas para vigilar las maldades infantiles. Si su aspecto era una incógnita, ella tenía todo el derecho del mundo para imaginárselo como le viniera en gana. Al fin y al cabo, Santa Claus pertenecía a toda la humanidad.

Había llegado la Nochebuena y estaba sola en casa pues no tenía ningún interés en celebrar la Navidad. Sin embargo, era imposible escapar de ella del todo así que había decorado el árbol sin las luces de colores como señal de rebeldía. Para pasar la noche lo más distraída posible, se había preparado una buena dosis de películas, llenado su despensa de bolsas de snacks y la nevera de refrescos. Había encendido sólo la lámpara de lectura y algunas bonitas velas doradas. Llevaba puesto el pijama de cuadros rojos y, encima, una esponjosa bata de color beige. Renunciar a la Nochebuena no significaba dar la espalda al confort hogareño.

Cogió un bol amarillo y lo llenó de palomitas de microondas. Sacó del frigorífico una botella de dos litros y medio de coca-cola y un gran vaso de color naranja del armario de la cocina. Caminó arrastrando las pantuflas acolchadas y se sentó en el sofá. Cruzó las piernas, adoptando la posición de un profesor de yoga, y agarró el mando. Seleccionó el clásico “Que bello es vivir” y pulsó el play. En unos segundos, el título aparecía en la pantalla de su televisor y surgían las primeras imágenes en blanco y negro. Con emoción, cubrió sus rodillas con su suave manta roja y empezó a comerse las palomitas de maíz.

Después de una hora, el bol estaba vacío y el sofá estaba cubierto de pañuelos de papel húmedos después de secar lágrimas y mocos. No quería reconocerlo pero estaba más triste de lo que quería admitir. No debería haber empezado la noche con esa película. La sustituyó por los Gremlins, otro clásico.

Sin embargo, fue una decisión terrible que le llevó a acordarse de él. De la primera vez que fueron al cine, precisamente a ver esta película. Otra vez se puso a llorar, esta vez por los recuerdos de un amor imposible.

Apagó la tele y escuchó a los vecinos de al lado cantando villancicos para celebrar la Nochebuena. Y, por un instante, sus vidas se fundieron con la suya. Imaginaba que ellos eran su familia  y que no estaba sola aquella noche tan larga. La estrategia mental pronto dejó de funcionar y el desánimo se apoderó de ella de nuevo. Maldijo a Santa Claus por ser el origen del desapego que sentía por la Navidad.

Ella desconocía los motivos pero en su infancia nunca le regaló lo que le pedía en aquellas largas cartas escritas con caligrafía infantil. Y eso que se esforzó siempre por portarse bien en la escuela, por obedecer a sus padres y querer a sus hermanos. Sin embargo no hubo deseos concedidos para ella debajo del árbol. Su padre no dejó el alcohol, su madre no recuperó las ganas de vivir y sus hermanos no entendieron que merecían un futuro mejor… Deseaba con todas sus fuerzas un hogar feliz y Santa no se lo concedió.

Así que abandonó la esperanza  de tener una familia con la que celebrar las Navidades, con la que sentirse a salvo. Y apartó definitivamente la ilusión después de que el amor de su vida la dejara. Desde que se marchó, comenzó a vagar por la ciudad como un alma en pena. Pasando las noches en vela porque el corazón le dolía con cada palpitación hueca que nacía de un recuerdo suyo.

La pena pesaba demasiado y ya no soportaba más la alegría de sus vecinos así que les gritó, golpeando la pared, para que dejaran de cantar y de restregarle su felicidad. Pero resultó inútil, aunque no le sorprendió, al fin y al cabo ¿quién iba a escuchar sus deseos? ¿Santa Claus?

Pero necesitaba intentarlo una vez más. Porque se sentía al borde del abismo esa noche. Quizás podría probar una última Nochebuena. Así que decidió escribir unas líneas en el único pañuelo de papel que le queda seco. “Por favor, quiero que vuelva a casa. Quiero que esté conmigo esta noche.” No firmó la carta, Santa no necesitaba que lo hiciera porque sabía quién la escribía, él lo sabe todo ¿no?

Abrió la ventana, cerró los ojos mientras un ligero viento helado acariciaba sus párpados y dejó que el pañuelo se alejase hacia el cielo transportado por una corriente de aire como si se tratara de una paloma blanca. Pensó que Santa Claus la escucharía y que, por una vez en su vida, le llevaría el regalo que había pedido. Para que estuviera orgulloso de ella, colocó las lucecitas alrededor del árbol y las encendió. Comenzaron a parpadear como pequeños estallidos de alegría.

Entró en su habitación y, tras dejar la puerta entreabierta, se metió en la cama con una agradable esperanza en su interior. Escuchaba de fondo, ahora animada, las canciones de sus vecinos que traspasaban las paredes. Tumbada, se quedó de lado mirando el reloj de la mesita. Eran las once y media de la noche. Pensó en su carta atravesando las nubes y llegando hasta el trineo mágico de Santa que estaría acercándose a la ciudad. Vale, la había mandado en el último momento pero la magia no sabía de tiempos ni de límites. Se quedó dormida sin darse cuenta.

Una ventana se cerró en el salón, un poco más fuerte de lo normal, y se despertó. El reloj marcaba ahora las dos de la madrugada. Estaba segura de que Santa Claus había entrado en su casa. ¿Cuál era el ritual? ¿Debía quedarse en la cama hasta que fuese por la mañana y descubrir su regalo junto al árbol?

Pero estaba impaciente así que se sentó en el borde. Pudo escuchar con claridad cómo Santa depositaba varios paquetes en el suelo. Esto la desconcertó un poco. Y también la enfureció porque, de nuevo, había vuelto a fallarle y no le había concedido el regalo que había pedido. Salió al salón dispuesta a aclarar las cosas cuando distinguió la sombra de un ser encorvado que llegaba hasta el techo y que tenía la consistencia de un árbol muerto al que han cubierto con una sábana de terciopelo rojo sangre.

Santa Claus salió como una exhalación por la ventana dejando la casa en silencio tras él. Ella corrió siguiéndole y se asomó a la calle sin encontrarle. Miró hacia el cielo y nada, no había rastro de aquel viejo decrépito ni de su trineo hortera. Mientras volvía a sentirse defraudada, se percató de que los pies se le humedecían y eso le hizo prestar atención al suelo. Algo le estaba mojando los calcetines. Se dio cuenta de que había, por lo menos, cinco paquetes de diferentes tamaños. Se acercó y agarró uno mediano. Notó que un líquido se escapaba entre el papel brillante oscureciendo la cinta roja que lo rodeaba.

Las luces del árbol le permitieron reconocer que los paquetes contenían algo que se estaba deshaciendo y que había una gran mancha alrededor del árbol. Con el regalo en las manos todavía, se acercó al interruptor y encendió la lámpara grande del techo. Entonces se puso a temblar, de una manera tan incontrolable que el paquete se le cayó al suelo produciendo un sonido hueco. Del golpe, y también por lo mojado que estaba, se rompió, prácticamente se deshizo mostrando lo que contenía. Lanzó un alarido al comprender que Santa Claus había satisfecho su petición.

Horrorizada por el descubrimiento, desgarró el papel del resto de los bultos brillantes. Con todo lo que sacó pudo montar, como si de un puzzle se tratara, el cuerpo inerte del amor de su vida.

Entre la sangre y los pedazos de papel de regalo apareció su pañuelo de papel manchado de rojo con un mensaje para ella: “Hubiera preferido entregar el regalo en mejor estado. La próxima vez manda antes la carta. Tu regalo se ha resistido y no tenía tiempo para negociaciones. Es para ti, disfrútalo. Atentamente, Santa Claus”

Esther Paredes Hernández

24 de Diciembre de 2016

El túnel

Resultaba cómico lo que estaba pasando, aunque no tuviese ninguna gracia en realidad. Pero no podía dejar de pensar que todo lo sucedido respondía a una broma macabra que alguien o algo había preparado expresamente para él.

La gente le miraba fijamente en aquel túnel subterráneo sucio, viejo y mal iluminado. ¿Con cuántas personas se habría cruzado mientras lo recorría? ¿Cincuenta? ¿Cien? Pues todas ellas le observaban serias y asqueadas, así era cómo le miraban. Vale, sí, sólo durante unos segundos y después volvían a lo suyo… pero ¿por qué?

Todo había comenzado al bajar las escaleras de la estación de metro cuando volvía a casa. Marcó un viaje en la tarjeta de transporte y caminó rápido para llegar al largo túnel, que le llevaría hasta su andén, lo antes posible. Enseguida se percató de que todos con los que se cruzaba le observaban descaradamente con gran desprecio. Pensó que podría ser porque tenía la cara manchada o la ropa o que olía mal… Sin embargo, no descubrió nada que pudiese despertar esa animadversión, no disimulada, en los demás.

Mirada tras mirada, después de muchos ojos molestos, empezó a sentir que las paredes de aquel maldito túnel encogían y que la luz amarillenta se convertía en una soga invisible que se arremolinaba lentamente en su garganta secándole la boca. Decidió caminar más rápido, casi llegó a correr, intentando divisar el final del túnel. Pero no había manera. Con el corazón encogido y latiendo demasiado deprisa, descubrió que, por más que se apresurase, siempre parecía estar en el mismo punto. Empezó a dolerle el pecho pues ya no soportaba que tantas personas le examinaran con esa rabia contenida, con esa dureza, una y otra vez. Se vio obligado a detenerse para recuperar el aliento y decidió dar la espalda a los transeúntes quedándose quieto de cara a la pared. Tenía a pocos centímetros las sucias baldosas, de color indefinido por la suciedad y la atmósfera negruzca del metro, y las líneas que se dibujan en ellas fruto de los líquidos hediondos que las recorrían. Pero prefería toda esta inmundicia a tener que ver la cara de nadie más. Resultó cómo esperaba: consiguió serenarse y recuperar el aliento que tanto necesitaba si no quería que alguna vena del cerebro le estallara o le explotara su corazón agotado.

Recuperada cierta calma, ideó un pequeño plan. Caminaría de cara a la pared. Tenía la intuición que, de esta manera, recorrería los metros que le separaban del andén sin tener más complicaciones puesto que, si no les veía, no le molestaban. Se entusiasmó y no pudo reprimir un pequeño grito de triunfo. Pronto, pronto se subiría al tren y volvería a casa. Y, una vez se sintiese a salvo, la pesadilla quedaría atrás. Empezó a dar pasos laterales y se pegó a las paredes intentando alejarse lo máximo posible de las personas con las que se cruzaba. Las palmas de las manos se iban volviendo negras y la ropa se le manchaba con la humedad que bajaba desde el techo, pero no le importaba. Sólo estaba centrado en comprobar que su instinto no le había fallado y que conseguiría llegar a la salida del túnel. Así que miró de reojo para comprobar que esta vez sí que avanzaba cuando la vio. Cerca de él había una mujer de cara a la pared, con los brazos caídos a los lados, que se balanceaba ligeramente hacia adelante y hacia atrás mientras balbuceaba palabras que él no alcanzaba a escuchar. Se acercó horrorizado, todo lo deprisa que le permitía caminar de lado, y se colocó junto a ella, brazo con brazo. Parecían dos niños traviesos castigados por su profesor del colegio.

Ella no se inmutó con su presencia y continuó hablando para sí misma de manera mecánica. Él observó que tenía los ojos cerrados, con los párpados muy apretados como cuando tenemos miedo y no queremos ver lo que tanto nos asusta. Él le preguntó qué le pasaba. Que si a ella también le miraban mal los demás. Pero la mujer no reaccionó. Entonces, la analizó con detenimiento y descubrió que estaba muy demacrada, que su pelo estaba muy sucio y húmedo por el sudor y que su ropa se había ennegrecido por el aire denso que se acumulaba en el túnel. Sintió pánico al pensar que ella estaba allí desde hacía mucho más tiempo que él y que no había conseguido escapar. ¿Correría la misma suerte entonces? No pensaba darse por vencido y, pasándole el brazo por la espalda, la agarró intentando transmitirle seguridad. Ella no opuso resistencia así que comenzaron a caminar de lado juntos. Poco a poco, dando pasos a trompicones, él vio de soslayo que se acercaban, por fin, a la boca arqueada del final del túnel. Animado, le contó al oído su descubrimiento y entonces ella despertó. De repente. Dejando salir un grito profundo en el que se mezclaban todo el horror y el frenesí que había acumulado. Logró zafarse de su brazo y corrió desesperada, tapándose la cara para no mirar de frente al resto de los pasajeros. Él no pudo detenerla y, pocos segundos después, escuchó el alarido de aquella pobre mujer muriendo destrozada en los raíles al ser atropellada por el metro que pasaba en esos instantes.

Él se quedó sin fuerzas y volvió a colocarse frente a todos aquellos que recorrían el túnel y que le miraban de esa manera tan horrible. No se habían alterado tras la muerte de esa pobre mujer enloquecida. Seguían transitando por el túnel como autómatas, sin mostrar otro sentimiento que el desprecio que le dedicaban. El metro asesino no se detuvo, no fue hasta allí personal de seguridad y todo siguió como si nada. Se puso, otra vez, de cara a la pared y cerró los ojos con fuerza para intentar alejar el miedo y la tristeza que le envolvían. Y empezó a balbucear una frase que acabó convirtiéndose en una especie de mantra para él: si no les veo, no están.

Dos días más tarde, una joven estudiante le rodeará con su brazo, situándose junto a él de espaldas a la gente, y le preguntará cuánto tiempo lleva allí y por qué todos les miran con tanto menosprecio. Sin embargo, él ya no podrá escucharla pues su cordura estará demasiado lejos como para darle una respuesta que tenga  sentido. Tan sólo soltará una gran carcajada pues todo le parecerá una gran broma que alguien o algo ha planeado para él.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 5 de Noviembre de 2016

La mecedora

Estaba a punto de asomarse por la puerta y descubrir lo que su marido estaba haciendo desde hacía varias noches. Pero no quería verlo.

Inmovilizada por el espanto, estaba allí de pie, con los pies descalzos en mitad de la noche. Envuelta por la oscuridad fría que se había apoderado de su casa. Un sonido rítmico la mortificaba, el vaivén de la mecedora que su marido y ella habían comprado para la habitación del bebé. Una mecedora, que ayudaría al pequeño a dormir mejor, le había arrebatado el sueño. Porque lo que le preocupaba no era que se estuviera moviendo, sino averiguar por qué su marido estaba sentado en ella. Ese era el motivo de su miedo.

Pasara lo que pasara después de esa noche, se decía a sí misma que no era culpable del grave deterioro mental de su marido. Porque estaba segura de que él no había descubierto sus mentiras. Nunca le confesó que no quería ser madre. Se limitó a evitar quedarse embarazada mientras era cómplice de las obras que se hacían en casa para tener una habitación más, la que sería para el bebé. Dos semanas más tarde, el dormitorio estaba preparado con todo lo necesario y su marido esperaba ilusionado a que llegara el momento de la magia de la fecundación. A la habitación no le faltaba el más mínimo detalle. Hasta había comprado una bonita mecedora en la que poder relajar al pequeño.

La noche en la que todo empezó, ella estaba inmersa en un sueño profundo y le costó entender qué era lo que se escuchaba al otro lado del pasillo. Pero pronto dedujo que era el sonido rítmico de la mecedora. Miró a su lado y comprobó que estaba sola en la cama. Tuvo un presentimiento extraño que le aceleró el corazón. Prestó mucha atención y alcanzó a oír a su marido susurrando una nana con una voz mecánica y fría. Sintió una punzada de miedo y dolor pero se obligó a dormirse. Se mintió con la misma intensidad con la que engañaba a su marido. No estaba pasando, no estaba sucediendo nada.

Varias noches después, volvió a despertarse de madrugada. Esta vez, por el sollozo de un bebé. Tuvo que abrir los ojos de par en par para asegurarse de que, efectivamente, un niño lloraba en algún lugar de la casa. Buscó a su marido pero, de nuevo, no estaba. El bebé seguía gimiendo sin consuelo y ella creyó identificar que venía de la habitación infantil… pero eso no era posible. Escuchó cómo su marido susurraba algo que conseguía calmarle. El silencio volvió a adueñarse de la noche. Su marido salió al pasillo y regresó al dormitorio. Ella fingió estar dormida mientras se acostaba a su lado intentando no despertarla. Después, él se aproximó despacio y le cogió de la mano de manera amorosa. Esa noche ella no pudo dormir. Quería preguntarle qué estaba pasando pero no estaba preparada para escuchar la respuesta.

Así que la noche siguiente esperó, con los ojos mirando al techo en medio de la negra madrugada, a que se repitiese. Y no se equivocaba. El ritual nocturno comenzó con el llanto del bebé, después su marido se levantó de la cama, pronto se escuchó el vaivén de la mecedora al ritmo de la canción de cuna susurrada y mecánica y…gorgoteos infantiles agradecidos por la atención amorosa del padre. No podía soportarlo otra vez, así que decidió comprobar por sí misma que no eran imaginaciones suyas. Aunque las piernas le pesaban como si fuesen de piedra, se levantó y fue hacía la habitación que tanto temía. Y allí, en medio del pasillo, seguía con el dilema de si estaba segura de querer descubrir la verdad. Fingiendo seguridad, se asomó para averiguar cómo era ese bebé que habitaba en la casa cuando llegaba la noche y que sólo parecía ser real para su marido. Ese bebé que nunca iba a nacer porque ella no estaba dispuesta a permitirlo.

Dio el primer paso hacia la puerta entreabierta. Y la empujó despacio. La sangre le bombeaba en la cabeza a la velocidad que marcaba la mecedora que cada vez se movía con una rapidez más enfurecida. Entonces, el bebé comenzó a llorar muy fuerte y se vio obligada a taparse los oídos porque el sonido era demasiado penetrante, como un fino taladro que le perforaba el cerebro. Cerró los ojos porque el dolor era insoportable. Una mano se puso en su hombro y se le escapó un alarido profundo. Escuchó la voz de su marido como un eco apagado al principio. Poco a poco supo que la estaba llamando mientras la abrazaba. Abrió los ojos. La luz de la habitación estaba encendida y no era su marido el que ocupaba la mecedora. Ella se mecía hacia adelante y hacia atrás con un bulto entre los brazos del tamaño de un recién nacido. Su marido le preguntaba preocupado qué estaba haciendo allí. Ella dejó caer el bulto al suelo que resultó ser un rulo hecho con una de las mantitas que habían comprado. Se quedó quieta mientras intentaba aclarar sus borrosos pensamientos. Pero no podía.

Su marido la llevó, sujeta por la cintura, hasta su dormitorio y la metió en la cama con suavidad. Ella le contó lo que había estado pasando las últimas noches. Él, como pudo, le explicó que no había sucedido así, en realidad era ella la que iba al cuarto del bebé. Pero eso no tenía sentido. Sin embargo, los ojos de su marido, preocupados y ansiosos por obtener respuestas, le obligaron plantearse que quizás le estuviese diciendo la verdad. Entonces, ella le miró muy seria. Tragó saliva y sintió cómo le dolía la garganta. Le confesó que no quería ser madre.

Dos semanas después, había un nuevo despacho en casa y una mecedora se vendía en una página de muebles de segunda mano.

Y ella dejó de levantarse por las noches.

 

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 18 de Septiembre de 2016