El escondite

La buscaba sin ocultar su desasosiego. La había perdido otras veces, eso era cierto, pero no recordaba otra ocasión en la que le hubiese costado tanto dar con ella. Se dejó caer exhausta y derrotada en el sofá. Había recorrido la casa, rincón a rincón, escondite tras escondite, varias veces. ¿Y si se había quedado atrapada para siempre?

Una ventana se abrió de golpe permitiendo la entrada al frío del invierno. Pedazos de hielo se introdujeron en su sangre cuando ella se protegió el rostro con los brazos. Y pese a que la escarcha se derritió en su corazón ardiente, el resto de su cuerpo se agitaba sin remedio. Sintió que no quería cerrar aquella ventana, que el viento le estaba hablando. Quizás le ayudase a rescatar a su hija de su escondrijo. Se levantó y escuchó con toda la atención de la que fue capaz.

Escuchó la voz lejana y débil de su hija, que la llamaba por fin, desde un lugar que no alcanzaba a identificar. Cerró los ojos para concentrarse mejor y, tras unos instantes,advirtió que su mano infantil le agarraba con fuerza la suya. No se atrevió a abrirlos para no entorpecer el reencuentro. El frío continuaba conquistando más y más los rincones de la casa. Pero el hielo seguía derritiéndose al entrar en sus corazones. Continuaron cogidas de la mano enfrentándose al invierno, sin miedo a asomarse por la ventana.

Los escondites no sirven para nada. Ni siquiera para jugar.

Crudo

Su hijo se ha despertado en mitad de la noche. Lleva el pijama manchado de vómito. Ella comprueba que no tiene fiebre. Le pone ropa limpia y le hace un hueco en su cama porque el niño continua alterado quejándose de que le duele el estómago. Ella sabe lo que le pasa. Pero no quiere decirle nada aunque le gustaría poder compartir sus temores nocturnos con él. Recuerda en silencio mientras pasa el brazo por la cintura de su hijo.

Desde el juicio por la custodia, su padre les amenazaba veladamente día sí y día también. Les esperaba en la puerta del colegio, se lo encontraban sentado cada tarde en un banco del parque… Y lo peor, se plantaba durante horas frente a la casa, observando, inmóvil como un fantasma. Con el rostro rígido y los ojos perdidos en su propia oscuridad. En comisaría le dijeron que no podían hacer nada para impedirlo, pues él no se mostraba violento. No parecía peligroso, tan sólo un padre dolido con ganas de ver a su hijo.

Ella les explicaba que él había renunciado a cualquier contacto con el niño. Por eso estaba preocupada, porque no entendía a qué venía tanto control entonces. Su familia comenzó a acompañarles a todas partes y sus padres se trasladaron a vivir a su casa. Sin embargo, tras un año comprobando que él no se acercaba a más de doscientos metros, dieron por terminada la prevención.

A partir de entonces, ella estuvo más inquieta que nunca. Porque había pasado un año. Un largo año en el que él no había reducido un ápice la obsesión por ellos. Clavando sus ojos desde la distancia. Mostrando la negrura de su interior. La misma de la que ella quiso escapar cuando se divorció.

Se habían quedado solos otra vez y tuvo que recuperar sus hábitos de antaño. De nuevo, ella vigilaba su espalda echando mirando furtivas mientras caminaba. Revisaba la casa con un cuchillo en la mano cada vez que volvían. Incluso cuando subían al coche, no podía evitar revisar el asiento trasero. Lo peor era asomarse a la ventana y encontrarse con aquellos agujeros negros en el otro lado de la calle. Parecía que su boca desaparecía, que su nariz se volvía invisible, sólo existían sus ojos.

Tres meses.

Seis meses y dejó de comer completamente. Un nudo, creado lentamente día a día, creció en la boca de su estómago y no le permitía ingerir nada sólido. Su familia se alarmó, le recomendaron acudir a un psiquiatra. Si continuaba así la hospitalizarían. Podrían declararla incapacitada para cuidar de su hijo… Bla, bla, bla. Todo el mundo pensaba que ella era su propio problema y, por más que lo intentaba, no comprendían que él era quién la estaba consumiendo poco a poco.

Llegó a la conclusión de que ese espionaje a la vista de todos respondía a un plan maquiavélico. Hacerle daño quitándole a su hijo quizás volviéndola loca, quizás enfermándola consumiendo su salud. Para ella fue evidente que aquello era una cuestión que debería resolverse entre ellos dos y que no había tiempo que perder. Esperaría unas semanas. La pérdida de peso le había debilitado y tenía que recuperar fuerzas.

Su hijo acababa de vomitar aquella noche porque el filete le había quedado algo crudo y le estaba costando digerirlo. Le entendía perfectamente. Durante casi dos años su estómago había estado en manos de aquel hombre fantasma que les vigilaba al otro lado de la calle. Sin embargo, para ella, por fin, el nudo ha empezado a deshacerse. Y podrá volver a comer sosegada para siempre.

El congelador está lleno de carne. Un poco mal cortados, pero los filetes lo ocupan todo. Ya no necesitá asomarse por la ventana porque aquellos ojos espesos ya no les miran. O quizás sí. Pero ahora desde el frigorífico. El hombre que les había arrebatado el apetito les alimentará durante un largo tiempo. Es cuestión de tiempo que su hijo se acostumbre.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 16 de Enero de 2018

Monstruosa Navidad

Me cuesta confiar en las personas porque no soporto las mentiras y no soy muy bueno detectando la hipocresía. Durante años creí que mi madre me quería hasta que intentó matarme el día de Navidad. Si no fui capaz de detectar sus instintos asesinos hacia mí, mucho menos distinguir cuando un desconocido intenta engañarme. Así que decidí no tener amigos y dejar de lado la sociabilidad.

De todas maneras, no tengo muy claro si mi aislamiento es voluntario o una maldición. Desde que recuerdo, mi fealdad siempre ha provocado el alejamiento de los demás. Soy tan deforme que las enfermeras lloraban cuando me tenían en brazos, y lloraban también cuando me dejaban de nuevo en la cuna. Pues sabían que cuando volviesen a tenerme en su regazo seguiría siendo un monstruo. Un inocente bebé monstruoso.

Entiendo la repulsión que le provocaba a mi madre, yo mismo soy incapaz de mirarme en el espejo sin sentir un escalofrío. Sin embargo, mis emociones son como las de cualquier otro. Y mi cerebro funciona de la misma manera por lo que suelo olvidar mi drama con facilidad. Sólo recuerdo que no debo confiar en los demás cuando me veo reflejado en un cristal. Les comprendo, mi aspecto físico les empuja a tratarme con crueldad.

Como la vez en que una vieja me empujó para impedir que subiera al autobús.  O cuando un grupo de jóvenes me propinaron patadas hasta dejarme inconsciente. Por supuesto, grabaron la paliza con sus móviles y el video se convirtió en viral. Se ve que les gustó la experiencia y continuaron agrediendo a otras personas indefensas. Pero ningún video ha tenido tantas visualizaciones como el mío. Está bien ganar de vez en cuando.

Yo también me daría de golpes si coincidiera conmigo mismo en la calle. Mis ojos están cubiertos por venas demasiado hinchadas, tengo la nariz torcida, los dientes amarillos y demasiado grandes y… lo peor… mi cuerpo está cubierto por una piel escamosa, de un extraño y horrendo color verde. Ni yo soporto tocarme.

Creo que mi madre decidió acabar conmigo porque no conseguía obligarse por más tiempo a acariciar mi cara o darme los típicos abrazos maternales. La mañana de Navidad, mientras me tomaba mis cereales, agarró con fuerza uno de los cuchillos de trinchar la carne y corrió hacia a mí mientras gritaba como una loca. Recuerdo que pensé que sus alaridos sonaban a liberación. Demasiados años de dolor. Me quedé observándola con la boca abierta mientras el cereal se caía de la cuchara para refugiarse en el bol de la leche. Cerré mis ojos hinchados dispuesto a no resistirme. Mi madre es la persona a la que más he amado en mi vida.

El azar evitó que lo consiguiera. Resbaló y cayó sobre el cuchillo de cocina desgarrándose la yugular sin que yo pudiese evitarlo. Me abalancé aterrado sobre ella mientras se desangraba. Me acarició con repugnancia una última vez. Sus ojos se volvieron vidriosos y supe que me había quedado en la más absoluta soledad.

Qué me espera ahora.

Han pasado dos días y no puedo apartarme del cuerpo inerte de mi madre. Es lo único que tengo. A ella hinchándose en medio de la cocina. En sus últimas Navidades. He dormido a su lado estas noches, agarrado a su cintura como cuando era pequeño. Ahora está rígida y tiene un tacto extraño. Observo el techo pidiendo una oportunidad más. Un último llamamiento al universo para que me la devuelva.

Siento que me desmorono, que me desmonto como las piezas de una torre de bloques infantiles, algo se ha roto dentro de mí sin remedio. Es la única persona que he tenido a mi lado. Mi piel verde se seca sin sus abrazos.

Sé que hay una vecina que escudriña a través de las ventanas. La sirena de la policía se escucha llegar desde el otro lado de la calle. No quiero que se la lleven. Por favor no soporto la idea de quedarme sin ella. El cuchillo todavía lo tiene entre los dedos. Se los voy a romper para cogerlo. No pienso permitir que nos separen. Es una crueldad que no pienso tolerar. Esta vez no lo entiendo. El mundo nunca me ha dado nada, no lo he pedido, pero no voy a dejar que me lo quiten todo, que me la quiten.

Por primera y última vez en mi vida seré el monstruo que todos creen que soy.

Barcelona, 20 de Diciembre de 2017

Terminado a las 18:07h

 

El cobijo

Dicen que el abrazo de una madre nos conecta con el amor que sentimos mientras flotamos en su vientre esperando nacer. Ese tiempo en el que disfrutamos del cobijo mágico donde se gesta nuestra existencia.

Había tachado los días del calendario los últimos meses como recordatorio de que ese último año estaba siendo una larga condena. Él se había largado de su vida dejando claro que no estaba enamorado de ella. No le tembló la voz ni se le nublaron los ojos cuando le dijo que la dejaba.

No la amaba y había descartado darle una segunda oportunidad a su relación.

La casa se llenó de ecos por culpa de los rincones deshabitados. Y por la noche, las sombras acariciaban las paredes con dedos afilados como cuchillas. El sofá pareció crecer de tamaño y ella prefirió ocupar su vieja butaca del salón por miedo a que éste se la tragara.

Comenzó a verse a sí misma como una bayeta usada, blanda y sucia. De manera que cuando le llamaban sus amigos para ir a verla o ayudarle a salir de la casa, se negaba. No soportaba que la viesen de aquella manera. Al final, dejaron de intentarlo y la dieron por perdida. Como ella había hecho consigo misma.

La falta de trato con el exterior la arrastró a una desconexión con la realidad que no le permitía conciliar el sueño, y menos en esa cama medio vacía, así que empezó a usar la butaca para eso también.

Sentada en ella se sentía segura. Allí le dio de mamar su madre y le hacía dormir al cobijo de su pecho y sus brazos mientras crecía. La necesidad de sentir ese amparo provocó que no se levantara de ella si no era para prepararse la comida o ir al baño.

Con el paso de los días, la comida pasó a ser innecesaria y decidió que podía orinar en una palangana. Un 12 de Noviembre dejó de moverse por la casa. Y una semana después, ya no sentía las piernas. Ni dolor. Se había convertido en un fantasma.

Pasaba el tiempo concentrada en la sensación de su tierna infancia cuando todavía podía disfrutar del cobijo de su madre. Cerraba los ojos y se mecía a sí misma mientras susurraba una canción de cuna.

Estaba serena. No necesitaba nada más. Y de esta manera fue como perdió la consciencia. La encontraron caída sobre el suelo y no reaccionaba cuando la llamaban por su nombre y la sacudían con cierta fuerza.

Despertó confusa en el hospital justo cuando una enfermera le estaba cambiando el gotero del suero. Se alegró de que hubiese abierto los ojos y le contó que estaba ingresada desde hacía dos días. Llegó a urgencias deshidratada y con una gran infección de orina que le había afectado a un riñón.

Menos mal que su madre la encontró a tiempo y llamó al hospital. Nadie pudo convencerla de que no la acompañara en la ambulancia y le estuvo sujetando la mano durante todo el trayecto. La enfermera, emocionada, le contó que después pasó la primera noche tumbada junto a ella abrazándola.

Cuando se marchó al día siguiente, les dijo a todos que siguieran cuidando de su hija. Ella debía marcharse a descansar. La enfermera continuó explicándole que nadie del personal dudaba que era una suerte tener una madre como la suya.

Ella no tenía fuerzas para hablar demasiado pero podía sonreír. Y lo hizo mientras daba media vuelta y acurrucaba las rodillas imaginándose en el regazo de su madre. No pensaba desilusionar a la enfermera explicándole que su madre llevaba muerta más de veinte años y  que no volvería a visitarla al hospital.

Suspiró y cerró los ojos para dormir por primera vez en meses. Su madre, que le había dado la vida, también se la había devuelto al mostrarle que valía mucho más que un vulgar trapo sucio. Era una mujer que merecía una segunda oportunidad.

No estaba sola.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Noviembre de 2017

Terminado a las 10:48h

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

Un nuevo viaje

No sé, podría contaros que me encuentro a medio camino de olvidar el cáncer y regresar a la normalidad. Pero eso sería mentiros y me convertiría en una una hipócrita para con vosotros y también para conmigo misma. Ni voy a olvidar el cáncer ni recuperaré mi vida anterior.

La quimioterapia ha dejado secuelas en mi cuerpo que, probablemente, me acompañen para el resto de mi vida. Lo que me ha convertido en una enferma crónica. Algo que no era antes y que no esperaba que me sucediese. La percepción de mí misma, la concepción que tenía del mundo, de la vida… ha cambiado obvia e irreparablemente. Como la de muchas otras personas. No me quejo, pues estoy viva.

Sin embargo, lo que puedo contaros honestamente es que navego en el mar de la transición. En el frío océano donde te sumerges tras haber sufrido una gran crisis que hace estallar los cimientos de lo que has sido hasta ese momento. No sé quién seré a partir de ahora. Ni como incorporaré el cambio que he sufrido durante este año. No me quejo, pues estoy curada.

En este punto, en el después más inmediato, me hallo inmersa en el proceso, en el viaje a un nuevo lugar que desconozco todavía. No tengo miedo. Siempre he disfrutado con los misterios que nos aguardan tras las imponentes olas del océano agitado por la tormenta. Los cielos negros no me asustan y mucho menos las aguas oscuras.

Barcelona, 23 de Septiembre de 2017

Esther Paredes Hernández

Este sigue siendo mi nombre aunque he cambiado tanto que todavía temo mirarme al espejo.

P.D: ayer mi hijo mayor cumplió 11 años y pude comprobar que ni siquiera soy la misma madre que le ayudó nacer.