El escondite

La buscaba sin ocultar su desasosiego. La había perdido otras veces, eso era cierto, pero no recordaba otra ocasión en la que le hubiese costado tanto dar con ella. Se dejó caer exhausta y derrotada en el sofá. Había recorrido la casa, rincón a rincón, escondite tras escondite, varias veces. ¿Y si se había quedado atrapada para siempre?

Una ventana se abrió de golpe permitiendo la entrada al frío del invierno. Pedazos de hielo se introdujeron en su sangre cuando ella se protegió el rostro con los brazos. Y pese a que la escarcha se derritió en su corazón ardiente, el resto de su cuerpo se agitaba sin remedio. Sintió que no quería cerrar aquella ventana, que el viento le estaba hablando. Quizás le ayudase a rescatar a su hija de su escondrijo. Se levantó y escuchó con toda la atención de la que fue capaz.

Escuchó la voz lejana y débil de su hija, que la llamaba por fin, desde un lugar que no alcanzaba a identificar. Cerró los ojos para concentrarse mejor y, tras unos instantes,advirtió que su mano infantil le agarraba con fuerza la suya. No se atrevió a abrirlos para no entorpecer el reencuentro. El frío continuaba conquistando más y más los rincones de la casa. Pero el hielo seguía derritiéndose al entrar en sus corazones. Continuaron cogidas de la mano enfrentándose al invierno, sin miedo a asomarse por la ventana.

Los escondites no sirven para nada. Ni siquiera para jugar.

Crudo

Su hijo se ha despertado en mitad de la noche. Lleva el pijama manchado de vómito. Ella comprueba que no tiene fiebre. Le pone ropa limpia y le hace un hueco en su cama porque el niño continua alterado quejándose de que le duele el estómago. Ella sabe lo que le pasa. Pero no quiere decirle nada aunque le gustaría poder compartir sus temores nocturnos con él. Recuerda en silencio mientras pasa el brazo por la cintura de su hijo.

Desde el juicio por la custodia, su padre les amenazaba veladamente día sí y día también. Les esperaba en la puerta del colegio, se lo encontraban sentado cada tarde en un banco del parque… Y lo peor, se plantaba durante horas frente a la casa, observando, inmóvil como un fantasma. Con el rostro rígido y los ojos perdidos en su propia oscuridad. En comisaría le dijeron que no podían hacer nada para impedirlo, pues él no se mostraba violento. No parecía peligroso, tan sólo un padre dolido con ganas de ver a su hijo.

Ella les explicaba que él había renunciado a cualquier contacto con el niño. Por eso estaba preocupada, porque no entendía a qué venía tanto control entonces. Su familia comenzó a acompañarles a todas partes y sus padres se trasladaron a vivir a su casa. Sin embargo, tras un año comprobando que él no se acercaba a más de doscientos metros, dieron por terminada la prevención.

A partir de entonces, ella estuvo más inquieta que nunca. Porque había pasado un año. Un largo año en el que él no había reducido un ápice la obsesión por ellos. Clavando sus ojos desde la distancia. Mostrando la negrura de su interior. La misma de la que ella quiso escapar cuando se divorció.

Se habían quedado solos otra vez y tuvo que recuperar sus hábitos de antaño. De nuevo, ella vigilaba su espalda echando mirando furtivas mientras caminaba. Revisaba la casa con un cuchillo en la mano cada vez que volvían. Incluso cuando subían al coche, no podía evitar revisar el asiento trasero. Lo peor era asomarse a la ventana y encontrarse con aquellos agujeros negros en el otro lado de la calle. Parecía que su boca desaparecía, que su nariz se volvía invisible, sólo existían sus ojos.

Tres meses.

Seis meses y dejó de comer completamente. Un nudo, creado lentamente día a día, creció en la boca de su estómago y no le permitía ingerir nada sólido. Su familia se alarmó, le recomendaron acudir a un psiquiatra. Si continuaba así la hospitalizarían. Podrían declararla incapacitada para cuidar de su hijo… Bla, bla, bla. Todo el mundo pensaba que ella era su propio problema y, por más que lo intentaba, no comprendían que él era quién la estaba consumiendo poco a poco.

Llegó a la conclusión de que ese espionaje a la vista de todos respondía a un plan maquiavélico. Hacerle daño quitándole a su hijo quizás volviéndola loca, quizás enfermándola consumiendo su salud. Para ella fue evidente que aquello era una cuestión que debería resolverse entre ellos dos y que no había tiempo que perder. Esperaría unas semanas. La pérdida de peso le había debilitado y tenía que recuperar fuerzas.

Su hijo acababa de vomitar aquella noche porque el filete le había quedado algo crudo y le estaba costando digerirlo. Le entendía perfectamente. Durante casi dos años su estómago había estado en manos de aquel hombre fantasma que les vigilaba al otro lado de la calle. Sin embargo, para ella, por fin, el nudo ha empezado a deshacerse. Y podrá volver a comer sosegada para siempre.

El congelador está lleno de carne. Un poco mal cortados, pero los filetes lo ocupan todo. Ya no necesitá asomarse por la ventana porque aquellos ojos espesos ya no les miran. O quizás sí. Pero ahora desde el frigorífico. El hombre que les había arrebatado el apetito les alimentará durante un largo tiempo. Es cuestión de tiempo que su hijo se acostumbre.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 16 de Enero de 2018

Monstruosa Navidad

Me cuesta confiar en las personas porque no soporto las mentiras y no soy muy bueno detectando la hipocresía. Durante años creí que mi madre me quería hasta que intentó matarme el día de Navidad. Si no fui capaz de detectar sus instintos asesinos hacia mí, mucho menos distinguir cuando un desconocido intenta engañarme. Así que decidí no tener amigos y dejar de lado la sociabilidad.

De todas maneras, no tengo muy claro si mi aislamiento es voluntario o una maldición. Desde que recuerdo, mi fealdad siempre ha provocado el alejamiento de los demás. Soy tan deforme que las enfermeras lloraban cuando me tenían en brazos, y lloraban también cuando me dejaban de nuevo en la cuna. Pues sabían que cuando volviesen a tenerme en su regazo seguiría siendo un monstruo. Un inocente bebé monstruoso.

Entiendo la repulsión que le provocaba a mi madre, yo mismo soy incapaz de mirarme en el espejo sin sentir un escalofrío. Sin embargo, mis emociones son como las de cualquier otro. Y mi cerebro funciona de la misma manera por lo que suelo olvidar mi drama con facilidad. Sólo recuerdo que no debo confiar en los demás cuando me veo reflejado en un cristal. Les comprendo, mi aspecto físico les empuja a tratarme con crueldad.

Como la vez en que una vieja me empujó para impedir que subiera al autobús.  O cuando un grupo de jóvenes me propinaron patadas hasta dejarme inconsciente. Por supuesto, grabaron la paliza con sus móviles y el video se convirtió en viral. Se ve que les gustó la experiencia y continuaron agrediendo a otras personas indefensas. Pero ningún video ha tenido tantas visualizaciones como el mío. Está bien ganar de vez en cuando.

Yo también me daría de golpes si coincidiera conmigo mismo en la calle. Mis ojos están cubiertos por venas demasiado hinchadas, tengo la nariz torcida, los dientes amarillos y demasiado grandes y… lo peor… mi cuerpo está cubierto por una piel escamosa, de un extraño y horrendo color verde. Ni yo soporto tocarme.

Creo que mi madre decidió acabar conmigo porque no conseguía obligarse por más tiempo a acariciar mi cara o darme los típicos abrazos maternales. La mañana de Navidad, mientras me tomaba mis cereales, agarró con fuerza uno de los cuchillos de trinchar la carne y corrió hacia a mí mientras gritaba como una loca. Recuerdo que pensé que sus alaridos sonaban a liberación. Demasiados años de dolor. Me quedé observándola con la boca abierta mientras el cereal se caía de la cuchara para refugiarse en el bol de la leche. Cerré mis ojos hinchados dispuesto a no resistirme. Mi madre es la persona a la que más he amado en mi vida.

El azar evitó que lo consiguiera. Resbaló y cayó sobre el cuchillo de cocina desgarrándose la yugular sin que yo pudiese evitarlo. Me abalancé aterrado sobre ella mientras se desangraba. Me acarició con repugnancia una última vez. Sus ojos se volvieron vidriosos y supe que me había quedado en la más absoluta soledad.

Qué me espera ahora.

Han pasado dos días y no puedo apartarme del cuerpo inerte de mi madre. Es lo único que tengo. A ella hinchándose en medio de la cocina. En sus últimas Navidades. He dormido a su lado estas noches, agarrado a su cintura como cuando era pequeño. Ahora está rígida y tiene un tacto extraño. Observo el techo pidiendo una oportunidad más. Un último llamamiento al universo para que me la devuelva.

Siento que me desmorono, que me desmonto como las piezas de una torre de bloques infantiles, algo se ha roto dentro de mí sin remedio. Es la única persona que he tenido a mi lado. Mi piel verde se seca sin sus abrazos.

Sé que hay una vecina que escudriña a través de las ventanas. La sirena de la policía se escucha llegar desde el otro lado de la calle. No quiero que se la lleven. Por favor no soporto la idea de quedarme sin ella. El cuchillo todavía lo tiene entre los dedos. Se los voy a romper para cogerlo. No pienso permitir que nos separen. Es una crueldad que no pienso tolerar. Esta vez no lo entiendo. El mundo nunca me ha dado nada, no lo he pedido, pero no voy a dejar que me lo quiten todo, que me la quiten.

Por primera y última vez en mi vida seré el monstruo que todos creen que soy.

Barcelona, 20 de Diciembre de 2017

Terminado a las 18:07h

 

El cobijo

Dicen que el abrazo de una madre nos conecta con el amor que sentimos mientras flotamos en su vientre esperando nacer. Ese tiempo en el que disfrutamos del cobijo mágico donde se gesta nuestra existencia.

Había tachado los días del calendario los últimos meses como recordatorio de que ese último año estaba siendo una larga condena. Él se había largado de su vida dejando claro que no estaba enamorado de ella. No le tembló la voz ni se le nublaron los ojos cuando le dijo que la dejaba.

No la amaba y había descartado darle una segunda oportunidad a su relación.

La casa se llenó de ecos por culpa de los rincones deshabitados. Y por la noche, las sombras acariciaban las paredes con dedos afilados como cuchillas. El sofá pareció crecer de tamaño y ella prefirió ocupar su vieja butaca del salón por miedo a que éste se la tragara.

Comenzó a verse a sí misma como una bayeta usada, blanda y sucia. De manera que cuando le llamaban sus amigos para ir a verla o ayudarle a salir de la casa, se negaba. No soportaba que la viesen de aquella manera. Al final, dejaron de intentarlo y la dieron por perdida. Como ella había hecho consigo misma.

La falta de trato con el exterior la arrastró a una desconexión con la realidad que no le permitía conciliar el sueño, y menos en esa cama medio vacía, así que empezó a usar la butaca para eso también.

Sentada en ella se sentía segura. Allí le dio de mamar su madre y le hacía dormir al cobijo de su pecho y sus brazos mientras crecía. La necesidad de sentir ese amparo provocó que no se levantara de ella si no era para prepararse la comida o ir al baño.

Con el paso de los días, la comida pasó a ser innecesaria y decidió que podía orinar en una palangana. Un 12 de Noviembre dejó de moverse por la casa. Y una semana después, ya no sentía las piernas. Ni dolor. Se había convertido en un fantasma.

Pasaba el tiempo concentrada en la sensación de su tierna infancia cuando todavía podía disfrutar del cobijo de su madre. Cerraba los ojos y se mecía a sí misma mientras susurraba una canción de cuna.

Estaba serena. No necesitaba nada más. Y de esta manera fue como perdió la consciencia. La encontraron caída sobre el suelo y no reaccionaba cuando la llamaban por su nombre y la sacudían con cierta fuerza.

Despertó confusa en el hospital justo cuando una enfermera le estaba cambiando el gotero del suero. Se alegró de que hubiese abierto los ojos y le contó que estaba ingresada desde hacía dos días. Llegó a urgencias deshidratada y con una gran infección de orina que le había afectado a un riñón.

Menos mal que su madre la encontró a tiempo y llamó al hospital. Nadie pudo convencerla de que no la acompañara en la ambulancia y le estuvo sujetando la mano durante todo el trayecto. La enfermera, emocionada, le contó que después pasó la primera noche tumbada junto a ella abrazándola.

Cuando se marchó al día siguiente, les dijo a todos que siguieran cuidando de su hija. Ella debía marcharse a descansar. La enfermera continuó explicándole que nadie del personal dudaba que era una suerte tener una madre como la suya.

Ella no tenía fuerzas para hablar demasiado pero podía sonreír. Y lo hizo mientras daba media vuelta y acurrucaba las rodillas imaginándose en el regazo de su madre. No pensaba desilusionar a la enfermera explicándole que su madre llevaba muerta más de veinte años y  que no volvería a visitarla al hospital.

Suspiró y cerró los ojos para dormir por primera vez en meses. Su madre, que le había dado la vida, también se la había devuelto al mostrarle que valía mucho más que un vulgar trapo sucio. Era una mujer que merecía una segunda oportunidad.

No estaba sola.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Noviembre de 2017

Terminado a las 10:48h

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

Un nuevo viaje

No sé, podría contaros que me encuentro a medio camino de olvidar el cáncer y regresar a la normalidad. Pero eso sería mentiros y me convertiría en una una hipócrita para con vosotros y también para conmigo misma. Ni voy a olvidar el cáncer ni recuperaré mi vida anterior.

La quimioterapia ha dejado secuelas en mi cuerpo que, probablemente, me acompañen para el resto de mi vida. Lo que me ha convertido en una enferma crónica. Algo que no era antes y que no esperaba que me sucediese. La percepción de mí misma, la concepción que tenía del mundo, de la vida… ha cambiado obvia e irreparablemente. Como la de muchas otras personas. No me quejo, pues estoy viva.

Sin embargo, lo que puedo contaros honestamente es que navego en el mar de la transición. En el frío océano donde te sumerges tras haber sufrido una gran crisis que hace estallar los cimientos de lo que has sido hasta ese momento. No sé quién seré a partir de ahora. Ni como incorporaré el cambio que he sufrido durante este año. No me quejo, pues estoy curada.

En este punto, en el después más inmediato, me hallo inmersa en el proceso, en el viaje a un nuevo lugar que desconozco todavía. No tengo miedo. Siempre he disfrutado con los misterios que nos aguardan tras las imponentes olas del océano agitado por la tormenta. Los cielos negros no me asustan y mucho menos las aguas oscuras.

Barcelona, 23 de Septiembre de 2017

Esther Paredes Hernández

Este sigue siendo mi nombre aunque he cambiado tanto que todavía temo mirarme al espejo.

P.D: ayer mi hijo mayor cumplió 11 años y pude comprobar que ni siquiera soy la misma madre que le ayudó nacer. 

Me quedaré contigo

He escuchado un crujido. Al principio he pensado que alguien caminaba sobre los tablones de madera del suelo de mi dormitorio. Pero no. El desagradable sonido provenía del interior de mi cuerpo. A mi pesar, he descubierto que mi cadera se ha partido mientras estaba dormida.

Puedo afirmar con seguridad que la pierna ha quedado inutilizada. Aunque poco me importa. Empiezo a acostumbrarme. Perdí los dos brazos de la misma manera y sé lo que va a suceder. Me siento como una muñeca a merced de una niña caprichosa que me rompe a pedazos.

Debería haber revisado con más detenimiento el pacto que sellé con mi pequeña consentida. Pero la desesperación nos conduce por serpenteantes caminos que nos aleja de nosotros mismos y nos lleva a cometer locuras. Sobre todo si es por amor.

Aunque me esfuerce, apenas recuerdo los sueños infantiles que perseguía cumplir en mi juventud. Porque cuando la enfermedad conquistó mi cuerpo y clavó su bandera, se desdibujó la razón de mi existencia en el mundo.

Desde ese momento, la muerte transformó mis sueños en pesadillas. Mi sangre se espesaba contra mi voluntad y mi corazón se apagaba con cada latido. El médico me condenó a languidecer aguardando en la cama la temible visita de la calavera.

Pero ¿quién era yo para oponer resistencia? Sólo era una enferma inútil. Mi hija se sentaba junto a la cama para dibujarme. Con sus pequeños ojos derramando tristeza, me explicaba que quería asegurarse de que aquellos dibujos le recordarían mi aspecto cuando me hubiese ido para siempre.

Después los destrozaba con rabia hasta convertirlos en pequeños trozos. A veces, incluso se los comía de tan frustrada como se sentía. Su mente inmadura no era capaz de asimilar mi desaparición.

Los brazos y la cadera rotos no son nada comparados con el dolor asfixiante de comprobar que la vida, más bien la muerte, le estaba arrebatando a mi pequeña sus sueños inocentes y no se los devolvería.

En esas ocasiones, se me rompía el corazón como si de un cristal se tratase. El pecho se me llenaba de agujas que se me clavaban por todo el cuerpo. Sentía convulsiones como si me golpeasen con martillos. ¿Qué sentido tenía mi vida? ¿Y mi sufrimiento?

Todo estaba fuera de mi control y pasé noches en vela intentando hallar el modo de quedarme con mi hija y burlar a la guadaña. Al final, dejándome llevar y aceptando la enfermedad que corría por mis venas, acabé convertida en una muñeca de plástico gigante. Dejé de existir pero no desaparecí.

Nuestro hogar es ahora como una enorme casa de muñecas y mi hija juega conmigo cuando quiere. Y no puedo quejarme, no pienso hacerlo, pues ella es la razón de mi existencia. Aunque, como todos los niños, es caprichosa y sufre rabietas de vez en cuando.

Me arrancó los brazos una tarde en la que una amiga del colegio se había burlado de sus zapatos. Y quizás hoy me ha partido la cadera porque la profesora le ha puesto demasiadas tareas para hacer en casa. Poco queda de mi cuerpo de plástico y debo tener un aspecto lastimoso desde que me cortara el pelo con sus tijeras de la escuela.

Pero tengo que aprovechar los momentos que paso con ella, mi pequeña crece muy deprisa y pronto dejará de jugar con muñecas. Y de necesitar a su madre. Entonces, sé que acabaré en el fondo de algún armario o en algún gran montón de basura. Sin embargo, seré feliz, soy feliz, porque mi vida tiene un sentido.

Mi hija entra en la habitación. Me arranca la pierna, no siento dolor, y me observa sonriendo mientras la sostiene con sus pequeñas manos. Nada nos gusta más que jugar juntas.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, martes 13 de Junio de 2017

Terminado a las 09:40h

Un despido improcedente

La pesadilla comenzó cuando su jefe les comunicó que iba a recortar gastos para poder mantener abierto el concesionario de coches. Y eso significaba que había decidido despedir a uno de los dos empleados. Un péndulo afilado pendía sobre sus cabezas y cualquiera de ellos podía acabar con el cuello rebanado.

Era un cobarde. Siempre lo había sido. Así que no protestó, no intentó hacerle la pelota al jefe, no jugó sus cartas. De hecho, ni siquiera llegó a repartirlas. Sin embargo, se consumía viendo cómo su compañero, día tras día, le tomaba la delantera sin ningún tipo de pudor. Como cuando llevó dos dibujos que había hecho su hija: uno para el jefe y otro para él. Qué juego tan sucio utilizar a la niña para tener ventaja.

Su compañero parecía estar muy seguro de que acabaría siendo él quien conservase el empleo. Así que le miraba con desprecio, mostrándole una sonrisa llena de cinismo mientras fumaba sus asquerosos puros y le echaba el humo en la cara hasta hacerle toser. Menudo gilipollas. 

Lo peor de todo era que vivía esta angustiosa situación en soledad. No podía compartirlo con su mujer porque estaba embarazada de cuatro meses. Sabía que se desmoronaría y no soportaba verla llorar. Tenían muy pocos ahorros y no podían permitirse estar los dos sin trabajo. Era cuestión de días que su jefe les comunicara su decisión, así que optó por esperar a contárselo hasta entonces.

Una tarde, a la vuelta del concesionario, su mujer le obligó a mantener una dura conversación respecto a su hija Judith. Le contó que la niña se mostraba triste cada vez más a menudo y se retraía en su mundo con demasiada facilidad. Ella creía que uno de los motivos era su escasa, por no decir nula, relación padre-hija y le pidió que hiciese un esfuerzo.

Él, como siempre hacía, puso como excusa el horario de trabajo que apenas le dejaba tiempo para poder pasarlo con la niña. Pero ella no cedió esta vez. O arreglaba las cosas entre ellos o habría consecuencias. Le confesó que se sentía muy decepcionada. Los dos sabían que su relación no pasaba por un buen momento y que este embarazo había sido un imprevisto con el que no contaban. No iba a permitir que las cosas en casa continuaran igual.

Desde luego, no se encontraba en su mejor momento para empezar a estrechar lazos con la niña. Lo que menos le apetecía era ponerse a jugar a princesas con el problema tan grande que tenía. Pero no podía decirlo y su mujer hablaba en serio. Su matrimonio corría serio peligro si no se esforzaba con Judith.

Tenía que admitir que apenas había mostrado interés por su hija porque todo lo relacionado con el color rosa, los vestidos brillantes o las muñecas le traían sin cuidado. Quizás si se hubiese tomado la molestia de mirarla a los ojos o de cogerla de la mano alguna vez, se hubiese percatado de que su color preferido era el amarillo (el color del sol) y que le encantaba subirse a los árboles para sentirse como los pájaros.

No la conocía en absoluto porque se la había perdido durante seis años. Se había perdido reír con sus ocurrencias locas o sus primeras caídas de la bici. No sabía muy bien por dónde empezar así que decidió imitar a su compañero de trabajo y pedirle a su hija un dibujo para ponérselo en el corcho de la oficina. Él también era capaz de jugar sucio si se lo proponía.

Judith estaba colgada boca abajo de la rama del árbol del jardín mientras canturreaba la última canción que le habían enseñado en la escuela. Su pelo castaño, mecido por el vaivén de sus movimientos, casi rozaba las puntas quemadas del césped.

Él carraspeó al llegar junto a ella y a punto estuvo de caerse por la sorpresa de verle. La niña le miró con cara de miedo, como si esperase que la regañara por alguna cosa. Se disculpó y le dijo que enseguida entraba en casa a jugar. Él le explicó que le gustaría mucho que le hiciera un dibujo para presumir en el trabajo.

A Judith se le iluminaron los ojos y una gran sonrisa mostraba la alegría que sentía en esos momentos. Apenas había terminado su frase, cuando la niña bajó del árbol y regresó al interior dispuesta a ponerse a trabajar con el lápiz y el papel. Se sorprendió de lo sencillo que había resultado relacionarse con su hija y así se lo contó a su mujer para intentar calmar sus ánimos.

Antes de cenar, la pequeña le entregó un sobre de color rosa en el que había escrito “Te quiero, papá” con un montón de soles alrededor. La niña le pidió que no lo abriese hasta que se fuesen a dormir. Sentó a la niña en sus rodillas y le agradeció el esfuerzo con un gran beso y un fuerte abrazo. De nuevo, sintió que era muy fácil quererla. Pero no lo dijo en voz alta, esta vez se lo guardó para él porque había sentido un amor sincero.

Después de cenar, su mujer se dispuso a darse una ducha y él se metió en la cama mientras la esperaba para ver juntos el dibujo de su hija. Pero no pudo aguantar la curiosidad y abrió el sobre. Extrajo con cuidado la hoja y la desplegó. Sonrió orgulloso al descubrir los bonitos trazos que había hecho la niña con mucho esmero.

Para su sorpresa, teniendo en cuenta que Judith sólo había estado en el concesionario un par de veces, no faltaban los detalles: las mesas en las que se cerraban los tratos con los clientes, las horribles plantas de tela y la puerta del despacho del jefe. Un escalofrío recorrió su cuerpo al leer las palabras que la niña había escrito y que parecían salir de la puerta entreabierta. “Dinero para papá”.

Escuchó que su mujer había terminado de ducharse y, sin saber muy bien por qué, volvió a guardar el dibujo. Aquellas letras infantiles se le habían enroscado en la garganta como el nudo de una corbata invisible. Tragó saliva con el afán de alejar la inquietud que sentía al pensar que su hija podría haber intuido sus problemas. Escondió el sobre en el cajón de su mesita de noche y se hizo el dormido para que su mujer no le preguntara por él.

La presión en el concesionario comenzó a ser insoportable. Su compañero y él apenas se cruzaban una palabra, se habían convertido en enemigos, y el jefe no salía de su despacho. Hacía un calor insoportable. Los pantalones se le humedecían en las zonas de la entrepierna y el trasero por culpa de su desgastada silla de polipiel de color negro.

No había manera de detener las gotas que le bajaban desde la frente y recorrían su rostro haciéndole molestas cosquillas. Se sentía sucio, viejo, desgastado como la silla. Era un cobarde que aguantaba estoicamente el devenir de la vida mientras ésta no le diese una buena patada en el culo para que avanzase.

Su compañero parecía una chimenea fumando sin parar sus asquerosos puros. Contaminando aún más el ambiente e impregnando su ropa de ese olor pegajoso y asqueroso. En un momento dado, cuando ya no sabía qué hacer para pasar el rato sin quedarse dormido o vomitar por el olor de los cigarros, decidió vaciar su vejiga por hacer algo de provecho.

De camino al cuarto de baño, cruzó por la puerta entreabierta del despacho de su jefe y le pareció verle contando una impresionante cantidad de dinero. De hecho, consiguió ver varios montones sobre la mesa al mirar por el rabillo del ojo. Siguió su camino hacia el baño aunque apenas sentía ya la vejiga, sólo pensaba en el dibujo de su hija. “Dinero para papá”.

Al regresar a casa por la tarde, le pidió a la niña que le hiciese otro. No tenía nada que perder. Probablemente la situación le estaba superando, porque parecía un loco pensando que su hija podía ayudarle, pero situaciones desesperadas, merecen medidas excepcionales. Además, su mujer quería que pasaran tiempo juntos ¿no?.

La pequeña, por supuesto, se mostró encantada. Él se sentó junto a ella y aprovechó para hacerle un pequeño interrogatorio, intentando averiguar cómo había sabido que su jefe guardaba tanto dinero en su despacho. Y, sobre todo, por qué había escrito que era para papá.

Ella, mientras dibujaba, se limitó a encogerse de hombros. Esta vez le pidió que imaginara el despacho de su jefe aunque la niña nunca había entrado allí. Cuando Judith le entregó el papel, no pudo abrir más los ojos. Había conseguido plasmar el despacho de su jefe a la perfección. Pero añadiendo algunos elementos que parecían ser fruto de su fantasía. Aunque sintió una especie de alarma al valorar la posibilidad de que pudiesen existir.

En la hoja se veía una pequeña caja fuerte escondida detrás de una de las horrendas plantas de tela. Era una especie de un cuadrado pequeño en la pared dónde podían guardarse muchos billetes. La niña había escrito una serie de números. Era el código de la caja fuerte. Había otro detalle que le provocó un escalofrío: una pistola sobre la mesa del despacho. Y, de nuevo, escrito del puño y letra de su pequeña Judith “Para papá”. Estas palabras estaban escritas al lado del arma.

La niña le miraba alegre como si no entendiese la envergadura del mensaje que se escondía detrás de aquel regalo. Él, asustadizo por naturaleza, lo rompió en pedazos provocando el llanto desconsolado de su hija. Su mujer, encolerizada, le desterró a dormir en el sofá por tiempo indefinido hasta que tomase una decisión sobre su matrimonio. Al llegar la noche, la familia estaba rota lo mismo que el dibujo.

La oscuridad que había invadido la casa era espesa y él no podía dormir. Volvía a sudar sin poder evitarlo. Esta vez por el nerviosismo de sentirse a merced de los demás, su jefe y su mujer iban a decidir por él su futuro sin preguntarle si tenía algo que decir al respecto. Sin embargo, quizás Judith le había proporcionado la llave sin saberlo.

Su hija le había brindado la oportunidad de ir por delante por una vez en su vida. Se levantó del sofá y fue al dormitorio de la niña. Descubrió que la pequeña había intentado pegar los pedazos del dibujo. Sus inexpertas manos no lo habían hecho demasiado bien pero podían leerse lo números de la supuesta caja fuerte que estaba oculta tras la planta de tela.

Eso era todo lo que necesitaba. Cogió una hoja en blanco y esbozó un sol enorme en el que escribió sus nombres dentro. Después besó a Judith, teniendo cuidado de no despertarla, y dejó el mensaje en una esquina de la almohada para que lo descubriera por la mañana. Después, entró en la cocina para coger un par de guantes de látex de los que utilizaba su mujer para limpiar.

Eran las dos de la madrugada cuando aparcó el coche a dos manzanas del concesionario para que nadie pudiese identificar su coche cerca del lugar. Mientras se dirigía hacia allí caminando, elaboró un pequeño plan. Iba a coger todo el dinero. Bueno, lo que necesitara en caso de despido. Tampoco quería abusar. Eso sí, estaba dispuesto a que fuese su compañero el que pareciese el culpable. Quería darle una lección a ese imbécil engreído.

Atravesó el parking del concesionario ocultándose entre los contenedores  de basura y los arbustos secos que rodeaban los pequeños muros. Apretaba el dibujo de su hija con una mano y con la otra, las llaves de la puerta de entrada. Volvían a sudarle las manos por culpa del látex y se sentía torpe, pero todo aquello lo hacía por su familia, por él. Tras asegurarse de que nadie pasaba por la calle, entró en el local.

Pronto encontró lo que buscaba. En la papelera de su compañero, había varias colillas de sus apestosos puros. Cogió un par y se dirigió al despacho de su jefe. Enseguida se dio cuenta de que había alguien dentro porque un halo de luz asomaba de la puerta que estaba algo abierta.

Su primer impulso fue esconderse tras una mesa sin hacer ruido. Esperó y, tras extrañarse al no escuchar ningún ruido, salió del escondrijo para acercarse al despacho. Quizás su jefe se había dejado la luz encendida al marcharse a casa.

Su mujer a varios quilómetros de allí se levantó de la cama sintiendo los ardores típicos del embarazo. Fue hacia la cocina a por un poco de agua que aliviara ese pequeño infierno desatado en la boca del estómago. Al pasar junto al dormitorio de su hija, se extrañó al descubrir que estaba encendida la luz de la mesita de noche. Abrió la puerta y encontró a Judith dibujando frenéticamente en la cama.

La llamó por su nombre y se acercó preocupada porque la pequeña no levantaba la vista del papel. Tuvo que arrancárselo de las manos para conseguir que reaccionara. Lo que vio reflejado en la hoja le puso los pelos de punta y le hizo olvidar el dolor de estómago en un segundo. Corrió al salón en busca de su marido. Aunque, en su fuero interno ya sabía que no le encontraría durmiendo en el sofá. Intentó llamarle pero pronto descubrió que había dejado su móvil sobre la mesa.

Judith fue hasta su madre que tenía la mirada agitada porque su cerebro buscaba una explicación a lo que estaba sucediendo. Decidió llamar al concesionario. El dibujo de su hija le decía que era allí dónde estaba su marido y ella, sin saber por qué, creyó que era cierto lo que se veía en esa hoja llena de manchas de color rojo sangre.

Él se dirigió al despacho con las colillas en la mano. Comprobó que era cierto que no había nadie dentro. Suspiró aliviado y colocó los restos de los puros de manera que pareciese que su compañero era el ladrón. Después, siguiendo el dibujo, tecleó los números de la caja fuerte. Sin embargo, al abrir la puerta de metal no había rastro del dinero.

No sabía qué pensar. Se sentía estúpido. Escuchó el ruido de la cisterna y el sobresalto le sacó de golpe de su ensimismamiento. El teléfono de la oficina empezó a sonar y se fijó en que había pistola dónde había indicado su hija. Pero vio algo más, una bolsa llena de billetes. Alguien se le había adelantado y todavía no se había marchado.

A partir de ese instante, los acontecimientos se precipitaron como rocas que se despeñan de las montañas. Escuchó unos pasos que se acercaban al despacho y sólo pensaba en su mujer y en su hija. Entonces recordó que el arma le estaba esperando, tal y como había escrito Judith: “Para papá”. La agarró y apuntó hacia la puerta.

Ella esperaba con ansiedad que su marido cogiera el teléfono. Sin embargo, fue su compañero de trabajo el que contestó. Y le contó una historia que no podía creer. Una mentira que también contó a la policía. Les dijo que él llevaba unos días comportándose de manera extraña y decidió vigilarle de cerca. No se equivocaba y le sorprendió robando el dinero de la caja fuerte. Al verse descubierto, cogió el arma y se suicidó.

Ese embustero no contaba con que Judith y su madre conocían la verdad. Porque el dibujo que la niña había hecho aquella noche mostraba algo muy diferente. Su padre había muerto asesinado por su compañero.

Con el paso de los años, siguieron de cerca al homicida y esperaron con paciencia una señal, una muestra de cómo acabar con él. Sin embargo, parecía que Judith ya no era capaz de evocar el futuro en sus dibujos. Había perdido ese don.

Hasta que Daniel, el pequeño de la casa que nunca conoció a su padre, aprendió a hacer trazos en las hojas de un viejo bloc. Unos dibujos que plasmaban cómo podían vengarle. Y así lo hicieron en honor a un padre que dio la vida por ellos.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 26 de Mayo de 2017

Terminado a las 11:49 h

El secreto

Eran las 05:14 horas. Demasiado temprano para cualquiera. Llevaba los guantes de lana puestos pero, aún así, el frío le provocaba un dolor intenso en los nudillos. Estuvo a punto de caerse de la bicicleta por culpa de no prestar atención a la correcta sujeción del manillar.

Le quedaban un par de calles para llegar. Nunca había estado en el lugar a dónde se dirigía pero no estaba preocupado. ¿Acaso la vida no te lleva a destinos desconocidos constantemente? Al menos, esa mañana, él era quién tomaba la decisión de embarcarse en lo inexplorado. Y, de alguna manera, creer que tenía el control alejaba el malestar que provoca la incertidumbre cuando temes descubrir algo que te cambie para siempre.

Aceptar los cambios y adaptarte a ellos era una cuestión que le obsesionaba desde que era pequeño. Tuvo que apañárselas solo en casi todo, bueno, completamente en todo. Porque su padre nunca existió y su madre sólo se preocupaba por ella misma. Se vio obligado a vivir con un desasosiego continuo y desarrolló un gran olfato científico-detectivesco para poder subsistir en un mundo que no entendía. A la fuerza, se convirtió en un gran autodidacta.

Sin embargo, por mucho que lo intentó, su madre acabó marchándose de este mundo sin quererle. Y eso no era por decir. Realmente siempre le despreció. No le dio tiempo a  encontrar la fórmula perfecta para conseguir su amor.

Lo que sí que había logrado era ser un profesor de referencia para el mundo educativo. Porque ayudar a sus alumnos se había convertido en el eje de su existencia. Y brindaba una atención de calidad a niños y jóvenes para compensar la que él no había recibido. Precisamente pedaleaba a esa hora intempestiva por uno de sus alumnos.

Un chaval que le preocupaba desde el primer día. Detectó los peores síntomas posibles en cuestión de un par de clases. Por regla general, incluso cuando no miran a los ojos al profesor como muestra de chulería, se atisba la energía propia de la juventud en el brillo que desprenden los globos oculares, la medio sonrisa perpetua que se dibuja en la comisura de su boca (originando un pequeña arruga en forma de media luna perfecta) y les resulta imposible no mover ningún músculo de su cuerpo (hacen garabatos en el libro, manifiestan el Síndrome de Piernas Inquietas o juegan con el bolígrafo a modo de baqueta)

Pues bien, este chico no se movía. Nada. Cero. Una estatua. Podría decirse que parecía que estaba muerto, pero no rígido, era como un zombi fofo al que si le dabas un pequeño empujón se caía al suelo. Era el peor caso con el que se había topado.

Se convirtió en su principal objetivo. Según su criterio, una cosa era perder la partida contra tu madre y otra, muy distinta, no ser capaz de conseguir un poco de chispa vital de aquel alumno.

Así que se puso manos a la obra. Sacó su viejo bloc, en el que apuntaba hipótesis y conjeturas cada vez que se enfrentaba a un nuevo reto, y comenzó a escribir sobre el chico. Repasó los detalles que recordaba: siempre se vestía con la misma ropa (una roída sudadera gris y unos vaqueros que le quedaban cortos), no desprendía ningún tipo de olor y no le había escuchado hablar ni una sola vez.

Con los labios ligeramente apretados a causa de la preocupación, cerró el bloc y, durante unos segundos, los ojos. Sin duda era el caso más difícil que se había enfrentado hasta el momento. Tras pensar durante casi una hora, supo cuál sería su primer paso: observarle fuera del entorno en el que parecía camuflarse. Ese lugar era el aula.

Así que se dedicó a tomar nota de sus costumbres fuera de ella el resto de la semana. Tenía la posibilidad de conocer su horario de clases y así consiguió espiarle cuando no le tocaba hacer de profesor. Pronto se sintió frustrado, pues lo que descubrió no le ayudó a avanzar en la investigación.

Daba lo mismo en qué lugar se encontrase, el chico siempre estaba sentado como si fuese un bulto de carne dejado caer sobre el trasero, con la misma mirada ausente que helaba la sangre de cualquiera y con una boca que más que cerrada, parecía estar cosida con un hilo invisible. Harto, decidió seguirle hasta su casa una tarde oscura en la que las nubes habían apagado el sol.

Disimulando para no ser descubierto, con la cabeza oculta dentro de la capucha, salió de la ciudad tras él poniendo rumbo a un grupo de edificios peligrosos situados en la periferia. Entonces tuvo claro que su personalidad cuadraba con la típica familia de pocos recursos que vive en un barrio dónde la droga es la reina. Entendía que no esperara mucho del futuro. 

La curiosidad aumentó al ver que el chico entraba en un edificio concreto. Se detuvo en la puerta y se bajó de la bicicleta mientras se quitaba la capucha para poder ver mejor. No quería dejarla aparcada fuera. Desaparecería en cuestión de segundos. Decidió adentrarse cargando con ella hasta conseguir asomarse por la escalera y determinar, más o menos, en qué apartamento se metía.

A la mañana siguiente, el director del Instituto le asaltó a la hora del almuerzo. Le dijo que había recibido una queja formal de los padres de un alumno. Según ellos, siguió a su hijo hasta su casa ayer por la tarde. Según ellos, claro, porque no era cierto ¿verdad?. El director se quedó blanco al comprobar que su profesor estrella no era capaz de negar la acusación ni con palabras ni con los ojos.

Le explicó los motivos, eso sí. Incluso se ofreció para hablar con el chaval y aclarar las cosas. Al fin y al cabo, sólo pretendía ayudarle a estar más integrado en el aula y mejorar sus notas. El director declinó el ofrecimiento. No estaban las cosas como para eso. Le recomendó que pusiera tierra por el medio y ver si así los padres se tranquilizaban hasta el punto de retirar la denuncia.

Aceptó la propuesta del director y estaba dispuesto a seguir sus indicaciones, hasta que entró en clase y le vio. Tenía un ojo morado y, claramente, el labio partido. Se sentía responsable por aquellos golpes que había recibido en el hogar familiar. No hacía falta ser muy perspicaz para sumar dos más dos. Quería ayudarle, conocerle de verdad, más que nunca. Cuando el timbre avisó de que la clase había concluido, el chico pasó junto a él. Y sin mirarle, sin apenas vocalizar, le dijo:

—En mi casa. Cinco y media de la mañana.

No se puede describir en palabras la sensación de triunfo, de júbilo que sintió. El muro que se interponía entre ese chico y el mundo había abierto un pequeño hueco para que él pudiese entrar. Para ese alumno, siempre sería aquella persona que consiguió cambiarle la vida y le brindó una oportunidad cuando nadie más creía en sus posibilidades. Pasó la noche prácticamente en vela. Mirando el techo con el corazón lleno de satisfacción.

—Mamá, ya puedes darte por jodida, lo que he conseguido gana por puntos tu desprecio.

Miró la hora en su reloj. 05:25 de la mañana. Las manos le temblaban por el frío pero también de la emoción contenida. Cargaba con una pequeña mochila en la que había metido su bloc. A modo de triunfo. Su esfuerzo había sido recompensado. Se acercaba al edificio y pudo distinguir que el chico le esperaba en la puerta.

Llegó hasta él sin poder contener una sonrisa de victoria, pero no recibió nada a cambio. El chico dio media vuelta y entró. Claramente, era una invitación para que le siguiera. Dudó qué hacer con la bicicleta. Pero el aire helado, porque el sol todavía no se había desperezado, controlaba las calles. La bicicleta no corría peligro. De todas maneras, se sintió mejor dejándola en el hall que a la intemperie.

Pasó junto a los buzones hechos trizas, el ascensor que no funcionaba y subió las escaleras. Alcanzó el tercer piso y, utilizando sus ojos de detective, pronto detectó qué apartamento tenía la puerta ligeramente entreabierta. La empujó con cautela mientras pedía permiso para pasar. Nadie contestó, recibió un fuerte golpe en la cabeza como respuesta. Inconsciente, no pudo hacer nada para evitar que le arrastraran por el suelo y le llevasen hasta la habitación del fondo.

Sentía que la cabeza como si hubiera adquirido un peso de treinta quilos. Y la sangre le palpitaba en las sienes provocándole un intenso dolor. Abrió los ojos como pudo. No tenía demasiada fuerza y las punzadas de la cabeza eran demasiado intensas. Descubrió que estaba sentado en una vieja silla de barbero y atado con correas de cuero por las muñecas y los tobillos. De cada uno de los antebrazos salía una aguja que daba paso a un delgado tubo que recordaba al gotero de un hospital.

Estaba muy mareado y no conseguía centrar la visión. La escena era borrosa para él. Cerró los ojos en un vano intento de coger fuerzas y escuchó unos siseos, unos… Algo aspiraba… Fijó la vista dirigiendo la cabeza hacia el lugar del que provenía ese extraño sonido que no podía identificar. Del antebrazo derecho.

Al final del tubo, sujetándolo con las dos manos, se encontraba su alumno estrella, el chico que iba a dar sentido a su existencia, a su profesión, que le iba hacer olvidar a su madre. Y estaba absorbiendo su sangre a través del delgado conducto.

Lo hacía con cierta ansiedad, pero controlando el ritmo. Era evidente que tenía mucha experiencia. ¿Con cuántas personas habría fallado para alcanzar tal perfección? Se sentía muy débil para preguntárselo. Y ni hablar de intentar escapar o resistirse.

Entonces, escuchó el mismo sonido del brazo izquierdo. Allí se encontraba aspirando la que parecía ser la madre del chico. Físicamente se parecían mucho. Detrás de ella, amontonados contra la pared pudo distinguir unos bultos en el suelo. Cadáveres que habían sufrido la misma muerte que él. Aún conservaban los tubos en los brazos. Entonces, entró en la habitación el padre que sustituyó a la madre en el sanguinario banquete.

La luz empezó a alejarse de su cerebro. Sus últimos pensamientos los dedicó a valorar que morir así no era tan malo en realidad. Al fin y al cabo, siempre estuvo dispuesto a darlo todo por aquel chico. Y, por primera vez, pudo verle sonreír aunque fuese su propia sangre la que resbalaba por aquella barbilla monstruosa. Al menos, él contaba con una madre que le enseñaba cómo sobrevivir en este extraño mundo. Qué pena no poder escribir eso en su bloc. 

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 8 de Abril de 2017

Terminado a las 20:28 horas