El escondite

La buscaba sin ocultar su desasosiego. La había perdido otras veces, eso era cierto, pero no recordaba otra ocasión en la que le hubiese costado tanto dar con ella. Se dejó caer exhausta y derrotada en el sofá. Había recorrido la casa, rincón a rincón, escondite tras escondite, varias veces. ¿Y si se había quedado atrapada para siempre?

Una ventana se abrió de golpe permitiendo la entrada al frío del invierno. Pedazos de hielo se introdujeron en su sangre cuando ella se protegió el rostro con los brazos. Y pese a que la escarcha se derritió en su corazón ardiente, el resto de su cuerpo se agitaba sin remedio. Sintió que no quería cerrar aquella ventana, que el viento le estaba hablando. Quizás le ayudase a rescatar a su hija de su escondrijo. Se levantó y escuchó con toda la atención de la que fue capaz.

Escuchó la voz lejana y débil de su hija, que la llamaba por fin, desde un lugar que no alcanzaba a identificar. Cerró los ojos para concentrarse mejor y, tras unos instantes,advirtió que su mano infantil le agarraba con fuerza la suya. No se atrevió a abrirlos para no entorpecer el reencuentro. El frío continuaba conquistando más y más los rincones de la casa. Pero el hielo seguía derritiéndose al entrar en sus corazones. Continuaron cogidas de la mano enfrentándose al invierno, sin miedo a asomarse por la ventana.

Los escondites no sirven para nada. Ni siquiera para jugar.

El arte de la comprensión

La comprensión y la empatía deberían considerarse un arte. Pues existen personas que nacen con un talento natural y otras, aprenden con el tiempo.

La comprensión, como disciplina artística, tiene la facultad de poseer diferentes interpretaciones individuales y distintos niveles de conocimiento. Eso explicaría las limitaciones de algunas personas que consiguen logros de principiante.

Por ejemplo, reaccionan con facilidad ante el dolor que sufrimos a causa de la quimioterapia y el miedo a morir. En contra, tras la cura (que no es sinónimo de recuperación) esperan de nosotros que, de un chasquido, nuestras emociones y nuestro cerebro funcionen al ritmo estándar del mundo.

No es así. Ni siquiera sé si llegaré a recuperar ese tempo social establecido. Tampoco siento la necesidad de hacerlo. Pero, por favor, os pido comprensión y empatía si no soy la de antes, si soy otra nueva Esther que intenta fusionar el pasado y el presente, la salud y la enfermedad. No me hagáis sentir que debería haber superado el trauma en dos meses. Porque no es así y no es justo.

Soy fuerte y no me pasa nada. Sólo intento mantenerme a flote en mi propio océano de emociones. Y no tiene nada que ver con los demás. Estoy subida en mi barco. No es tan difícil de entender a no ser que quieras ser un principiante.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 13 de Enero de 2018

Soy Tres

Antes de todo, antes del cáncer, siempre me percibía a mí misma como cuerpo y mente. Creed si os digo que los cuidaba a los dos por igual. Los mimaba, los ponía a trabajar, a desarrollarse… Cierto es que no vigilaba demasiado su felicidad, pero sí su fortaleza y su salud. Qué ilusa. Durante estos largos meses, he aprendido lo esencial que es el elemento de la felicidad.

Todos aquellos que me acompañais en este proceso me habéis enseñado que no estoy compuesta por dos partes, sino por tres. Había olvidado, ni siquiera recuerdo la última vez que la sentí, la importancia de mi alma. De aquello que soy por esencia, aquello que une cuerpo y mente, aquello que me hace ser única; que nos distingue a los unos de los otros dándonos una forma especial e individual.

Durante la quimioterapia ha sido mi alma finalmente la que me ha rescatado. Pues ni mi cuerpo ni mi mente estaban fuertes para afrontar la enfermedad. Y gracias a vuestros comentarios, que visualizaban mi espíritu y me recordaban que seguía ahí en alguna parte, he sido capaz de soportar el dolor y el miedo al lograr recuperar mi alma poco a poco.

Y, por fin, me he convertido en tres. Creo que esta conclusión es el aprendizaje que he alcanzado en esta dura prueba.

Quiero que sepáis que ya me han puesto la sesión número seis y mi quimioterapia ha concluido. Pronto sabré si estoy limpia o no.

Mi linfoma suele repetirse y durante dos años debo ponerme una medicación (más goteros) para intentar retrasar su aparición. Estoy preocupada, no os lo negaré, pero mi espíritu es más fuerte y determinado que antes y voy a buscar y trabajar su felicidad. No pienso olvidarme de ello, por vosotros y por mí. Creo que os y me lo debo por tener la posibilidad de estar viva.

En nada me cojo vacaciones de quimio y de cáncer. Al menos, un par de semanas. Pasaré de escribir en el blog para hacerlo en mis blocs. Como antes, como cuando tenía 15 años. En aquellos tiempos puedo recordar ciertos momentos de felicidad que calentaba mi alma que pienso rememorar.

A la vuelta, compartimos emociones como siempre ¡y cuentos de miedo!. Pues ya formáis parte de mi recuperación y también de mi supervivencia.

Esther.