El escondite

La buscaba sin ocultar su desasosiego. La había perdido otras veces, eso era cierto, pero no recordaba otra ocasión en la que le hubiese costado tanto dar con ella. Se dejó caer exhausta y derrotada en el sofá. Había recorrido la casa, rincón a rincón, escondite tras escondite, varias veces. ¿Y si se había quedado atrapada para siempre?

Una ventana se abrió de golpe permitiendo la entrada al frío del invierno. Pedazos de hielo se introdujeron en su sangre cuando ella se protegió el rostro con los brazos. Y pese a que la escarcha se derritió en su corazón ardiente, el resto de su cuerpo se agitaba sin remedio. Sintió que no quería cerrar aquella ventana, que el viento le estaba hablando. Quizás le ayudase a rescatar a su hija de su escondrijo. Se levantó y escuchó con toda la atención de la que fue capaz.

Escuchó la voz lejana y débil de su hija, que la llamaba por fin, desde un lugar que no alcanzaba a identificar. Cerró los ojos para concentrarse mejor y, tras unos instantes,advirtió que su mano infantil le agarraba con fuerza la suya. No se atrevió a abrirlos para no entorpecer el reencuentro. El frío continuaba conquistando más y más los rincones de la casa. Pero el hielo seguía derritiéndose al entrar en sus corazones. Continuaron cogidas de la mano enfrentándose al invierno, sin miedo a asomarse por la ventana.

Los escondites no sirven para nada. Ni siquiera para jugar.

Un despido improcedente

La pesadilla comenzó cuando su jefe les comunicó que iba a recortar gastos para poder mantener abierto el concesionario de coches. Y eso significaba que había decidido despedir a uno de los dos empleados. Un péndulo afilado pendía sobre sus cabezas y cualquiera de ellos podía acabar con el cuello rebanado.

Era un cobarde. Siempre lo había sido. Así que no protestó, no intentó hacerle la pelota al jefe, no jugó sus cartas. De hecho, ni siquiera llegó a repartirlas. Sin embargo, se consumía viendo cómo su compañero, día tras día, le tomaba la delantera sin ningún tipo de pudor. Como cuando llevó dos dibujos que había hecho su hija: uno para el jefe y otro para él. Qué juego tan sucio utilizar a la niña para tener ventaja.

Su compañero parecía estar muy seguro de que acabaría siendo él quien conservase el empleo. Así que le miraba con desprecio, mostrándole una sonrisa llena de cinismo mientras fumaba sus asquerosos puros y le echaba el humo en la cara hasta hacerle toser. Menudo gilipollas. 

Lo peor de todo era que vivía esta angustiosa situación en soledad. No podía compartirlo con su mujer porque estaba embarazada de cuatro meses. Sabía que se desmoronaría y no soportaba verla llorar. Tenían muy pocos ahorros y no podían permitirse estar los dos sin trabajo. Era cuestión de días que su jefe les comunicara su decisión, así que optó por esperar a contárselo hasta entonces.

Una tarde, a la vuelta del concesionario, su mujer le obligó a mantener una dura conversación respecto a su hija Judith. Le contó que la niña se mostraba triste cada vez más a menudo y se retraía en su mundo con demasiada facilidad. Ella creía que uno de los motivos era su escasa, por no decir nula, relación padre-hija y le pidió que hiciese un esfuerzo.

Él, como siempre hacía, puso como excusa el horario de trabajo que apenas le dejaba tiempo para poder pasarlo con la niña. Pero ella no cedió esta vez. O arreglaba las cosas entre ellos o habría consecuencias. Le confesó que se sentía muy decepcionada. Los dos sabían que su relación no pasaba por un buen momento y que este embarazo había sido un imprevisto con el que no contaban. No iba a permitir que las cosas en casa continuaran igual.

Desde luego, no se encontraba en su mejor momento para empezar a estrechar lazos con la niña. Lo que menos le apetecía era ponerse a jugar a princesas con el problema tan grande que tenía. Pero no podía decirlo y su mujer hablaba en serio. Su matrimonio corría serio peligro si no se esforzaba con Judith.

Tenía que admitir que apenas había mostrado interés por su hija porque todo lo relacionado con el color rosa, los vestidos brillantes o las muñecas le traían sin cuidado. Quizás si se hubiese tomado la molestia de mirarla a los ojos o de cogerla de la mano alguna vez, se hubiese percatado de que su color preferido era el amarillo (el color del sol) y que le encantaba subirse a los árboles para sentirse como los pájaros.

No la conocía en absoluto porque se la había perdido durante seis años. Se había perdido reír con sus ocurrencias locas o sus primeras caídas de la bici. No sabía muy bien por dónde empezar así que decidió imitar a su compañero de trabajo y pedirle a su hija un dibujo para ponérselo en el corcho de la oficina. Él también era capaz de jugar sucio si se lo proponía.

Judith estaba colgada boca abajo de la rama del árbol del jardín mientras canturreaba la última canción que le habían enseñado en la escuela. Su pelo castaño, mecido por el vaivén de sus movimientos, casi rozaba las puntas quemadas del césped.

Él carraspeó al llegar junto a ella y a punto estuvo de caerse por la sorpresa de verle. La niña le miró con cara de miedo, como si esperase que la regañara por alguna cosa. Se disculpó y le dijo que enseguida entraba en casa a jugar. Él le explicó que le gustaría mucho que le hiciera un dibujo para presumir en el trabajo.

A Judith se le iluminaron los ojos y una gran sonrisa mostraba la alegría que sentía en esos momentos. Apenas había terminado su frase, cuando la niña bajó del árbol y regresó al interior dispuesta a ponerse a trabajar con el lápiz y el papel. Se sorprendió de lo sencillo que había resultado relacionarse con su hija y así se lo contó a su mujer para intentar calmar sus ánimos.

Antes de cenar, la pequeña le entregó un sobre de color rosa en el que había escrito “Te quiero, papá” con un montón de soles alrededor. La niña le pidió que no lo abriese hasta que se fuesen a dormir. Sentó a la niña en sus rodillas y le agradeció el esfuerzo con un gran beso y un fuerte abrazo. De nuevo, sintió que era muy fácil quererla. Pero no lo dijo en voz alta, esta vez se lo guardó para él porque había sentido un amor sincero.

Después de cenar, su mujer se dispuso a darse una ducha y él se metió en la cama mientras la esperaba para ver juntos el dibujo de su hija. Pero no pudo aguantar la curiosidad y abrió el sobre. Extrajo con cuidado la hoja y la desplegó. Sonrió orgulloso al descubrir los bonitos trazos que había hecho la niña con mucho esmero.

Para su sorpresa, teniendo en cuenta que Judith sólo había estado en el concesionario un par de veces, no faltaban los detalles: las mesas en las que se cerraban los tratos con los clientes, las horribles plantas de tela y la puerta del despacho del jefe. Un escalofrío recorrió su cuerpo al leer las palabras que la niña había escrito y que parecían salir de la puerta entreabierta. “Dinero para papá”.

Escuchó que su mujer había terminado de ducharse y, sin saber muy bien por qué, volvió a guardar el dibujo. Aquellas letras infantiles se le habían enroscado en la garganta como el nudo de una corbata invisible. Tragó saliva con el afán de alejar la inquietud que sentía al pensar que su hija podría haber intuido sus problemas. Escondió el sobre en el cajón de su mesita de noche y se hizo el dormido para que su mujer no le preguntara por él.

La presión en el concesionario comenzó a ser insoportable. Su compañero y él apenas se cruzaban una palabra, se habían convertido en enemigos, y el jefe no salía de su despacho. Hacía un calor insoportable. Los pantalones se le humedecían en las zonas de la entrepierna y el trasero por culpa de su desgastada silla de polipiel de color negro.

No había manera de detener las gotas que le bajaban desde la frente y recorrían su rostro haciéndole molestas cosquillas. Se sentía sucio, viejo, desgastado como la silla. Era un cobarde que aguantaba estoicamente el devenir de la vida mientras ésta no le diese una buena patada en el culo para que avanzase.

Su compañero parecía una chimenea fumando sin parar sus asquerosos puros. Contaminando aún más el ambiente e impregnando su ropa de ese olor pegajoso y asqueroso. En un momento dado, cuando ya no sabía qué hacer para pasar el rato sin quedarse dormido o vomitar por el olor de los cigarros, decidió vaciar su vejiga por hacer algo de provecho.

De camino al cuarto de baño, cruzó por la puerta entreabierta del despacho de su jefe y le pareció verle contando una impresionante cantidad de dinero. De hecho, consiguió ver varios montones sobre la mesa al mirar por el rabillo del ojo. Siguió su camino hacia el baño aunque apenas sentía ya la vejiga, sólo pensaba en el dibujo de su hija. “Dinero para papá”.

Al regresar a casa por la tarde, le pidió a la niña que le hiciese otro. No tenía nada que perder. Probablemente la situación le estaba superando, porque parecía un loco pensando que su hija podía ayudarle, pero situaciones desesperadas, merecen medidas excepcionales. Además, su mujer quería que pasaran tiempo juntos ¿no?.

La pequeña, por supuesto, se mostró encantada. Él se sentó junto a ella y aprovechó para hacerle un pequeño interrogatorio, intentando averiguar cómo había sabido que su jefe guardaba tanto dinero en su despacho. Y, sobre todo, por qué había escrito que era para papá.

Ella, mientras dibujaba, se limitó a encogerse de hombros. Esta vez le pidió que imaginara el despacho de su jefe aunque la niña nunca había entrado allí. Cuando Judith le entregó el papel, no pudo abrir más los ojos. Había conseguido plasmar el despacho de su jefe a la perfección. Pero añadiendo algunos elementos que parecían ser fruto de su fantasía. Aunque sintió una especie de alarma al valorar la posibilidad de que pudiesen existir.

En la hoja se veía una pequeña caja fuerte escondida detrás de una de las horrendas plantas de tela. Era una especie de un cuadrado pequeño en la pared dónde podían guardarse muchos billetes. La niña había escrito una serie de números. Era el código de la caja fuerte. Había otro detalle que le provocó un escalofrío: una pistola sobre la mesa del despacho. Y, de nuevo, escrito del puño y letra de su pequeña Judith “Para papá”. Estas palabras estaban escritas al lado del arma.

La niña le miraba alegre como si no entendiese la envergadura del mensaje que se escondía detrás de aquel regalo. Él, asustadizo por naturaleza, lo rompió en pedazos provocando el llanto desconsolado de su hija. Su mujer, encolerizada, le desterró a dormir en el sofá por tiempo indefinido hasta que tomase una decisión sobre su matrimonio. Al llegar la noche, la familia estaba rota lo mismo que el dibujo.

La oscuridad que había invadido la casa era espesa y él no podía dormir. Volvía a sudar sin poder evitarlo. Esta vez por el nerviosismo de sentirse a merced de los demás, su jefe y su mujer iban a decidir por él su futuro sin preguntarle si tenía algo que decir al respecto. Sin embargo, quizás Judith le había proporcionado la llave sin saberlo.

Su hija le había brindado la oportunidad de ir por delante por una vez en su vida. Se levantó del sofá y fue al dormitorio de la niña. Descubrió que la pequeña había intentado pegar los pedazos del dibujo. Sus inexpertas manos no lo habían hecho demasiado bien pero podían leerse lo números de la supuesta caja fuerte que estaba oculta tras la planta de tela.

Eso era todo lo que necesitaba. Cogió una hoja en blanco y esbozó un sol enorme en el que escribió sus nombres dentro. Después besó a Judith, teniendo cuidado de no despertarla, y dejó el mensaje en una esquina de la almohada para que lo descubriera por la mañana. Después, entró en la cocina para coger un par de guantes de látex de los que utilizaba su mujer para limpiar.

Eran las dos de la madrugada cuando aparcó el coche a dos manzanas del concesionario para que nadie pudiese identificar su coche cerca del lugar. Mientras se dirigía hacia allí caminando, elaboró un pequeño plan. Iba a coger todo el dinero. Bueno, lo que necesitara en caso de despido. Tampoco quería abusar. Eso sí, estaba dispuesto a que fuese su compañero el que pareciese el culpable. Quería darle una lección a ese imbécil engreído.

Atravesó el parking del concesionario ocultándose entre los contenedores  de basura y los arbustos secos que rodeaban los pequeños muros. Apretaba el dibujo de su hija con una mano y con la otra, las llaves de la puerta de entrada. Volvían a sudarle las manos por culpa del látex y se sentía torpe, pero todo aquello lo hacía por su familia, por él. Tras asegurarse de que nadie pasaba por la calle, entró en el local.

Pronto encontró lo que buscaba. En la papelera de su compañero, había varias colillas de sus apestosos puros. Cogió un par y se dirigió al despacho de su jefe. Enseguida se dio cuenta de que había alguien dentro porque un halo de luz asomaba de la puerta que estaba algo abierta.

Su primer impulso fue esconderse tras una mesa sin hacer ruido. Esperó y, tras extrañarse al no escuchar ningún ruido, salió del escondrijo para acercarse al despacho. Quizás su jefe se había dejado la luz encendida al marcharse a casa.

Su mujer a varios quilómetros de allí se levantó de la cama sintiendo los ardores típicos del embarazo. Fue hacia la cocina a por un poco de agua que aliviara ese pequeño infierno desatado en la boca del estómago. Al pasar junto al dormitorio de su hija, se extrañó al descubrir que estaba encendida la luz de la mesita de noche. Abrió la puerta y encontró a Judith dibujando frenéticamente en la cama.

La llamó por su nombre y se acercó preocupada porque la pequeña no levantaba la vista del papel. Tuvo que arrancárselo de las manos para conseguir que reaccionara. Lo que vio reflejado en la hoja le puso los pelos de punta y le hizo olvidar el dolor de estómago en un segundo. Corrió al salón en busca de su marido. Aunque, en su fuero interno ya sabía que no le encontraría durmiendo en el sofá. Intentó llamarle pero pronto descubrió que había dejado su móvil sobre la mesa.

Judith fue hasta su madre que tenía la mirada agitada porque su cerebro buscaba una explicación a lo que estaba sucediendo. Decidió llamar al concesionario. El dibujo de su hija le decía que era allí dónde estaba su marido y ella, sin saber por qué, creyó que era cierto lo que se veía en esa hoja llena de manchas de color rojo sangre.

Él se dirigió al despacho con las colillas en la mano. Comprobó que era cierto que no había nadie dentro. Suspiró aliviado y colocó los restos de los puros de manera que pareciese que su compañero era el ladrón. Después, siguiendo el dibujo, tecleó los números de la caja fuerte. Sin embargo, al abrir la puerta de metal no había rastro del dinero.

No sabía qué pensar. Se sentía estúpido. Escuchó el ruido de la cisterna y el sobresalto le sacó de golpe de su ensimismamiento. El teléfono de la oficina empezó a sonar y se fijó en que había pistola dónde había indicado su hija. Pero vio algo más, una bolsa llena de billetes. Alguien se le había adelantado y todavía no se había marchado.

A partir de ese instante, los acontecimientos se precipitaron como rocas que se despeñan de las montañas. Escuchó unos pasos que se acercaban al despacho y sólo pensaba en su mujer y en su hija. Entonces recordó que el arma le estaba esperando, tal y como había escrito Judith: “Para papá”. La agarró y apuntó hacia la puerta.

Ella esperaba con ansiedad que su marido cogiera el teléfono. Sin embargo, fue su compañero de trabajo el que contestó. Y le contó una historia que no podía creer. Una mentira que también contó a la policía. Les dijo que él llevaba unos días comportándose de manera extraña y decidió vigilarle de cerca. No se equivocaba y le sorprendió robando el dinero de la caja fuerte. Al verse descubierto, cogió el arma y se suicidó.

Ese embustero no contaba con que Judith y su madre conocían la verdad. Porque el dibujo que la niña había hecho aquella noche mostraba algo muy diferente. Su padre había muerto asesinado por su compañero.

Con el paso de los años, siguieron de cerca al homicida y esperaron con paciencia una señal, una muestra de cómo acabar con él. Sin embargo, parecía que Judith ya no era capaz de evocar el futuro en sus dibujos. Había perdido ese don.

Hasta que Daniel, el pequeño de la casa que nunca conoció a su padre, aprendió a hacer trazos en las hojas de un viejo bloc. Unos dibujos que plasmaban cómo podían vengarle. Y así lo hicieron en honor a un padre que dio la vida por ellos.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 26 de Mayo de 2017

Terminado a las 11:49 h

El secreto

Eran las 05:14 horas. Demasiado temprano para cualquiera. Llevaba los guantes de lana puestos pero, aún así, el frío le provocaba un dolor intenso en los nudillos. Estuvo a punto de caerse de la bicicleta por culpa de no prestar atención a la correcta sujeción del manillar.

Le quedaban un par de calles para llegar. Nunca había estado en el lugar a dónde se dirigía pero no estaba preocupado. ¿Acaso la vida no te lleva a destinos desconocidos constantemente? Al menos, esa mañana, él era quién tomaba la decisión de embarcarse en lo inexplorado. Y, de alguna manera, creer que tenía el control alejaba el malestar que provoca la incertidumbre cuando temes descubrir algo que te cambie para siempre.

Aceptar los cambios y adaptarte a ellos era una cuestión que le obsesionaba desde que era pequeño. Tuvo que apañárselas solo en casi todo, bueno, completamente en todo. Porque su padre nunca existió y su madre sólo se preocupaba por ella misma. Se vio obligado a vivir con un desasosiego continuo y desarrolló un gran olfato científico-detectivesco para poder subsistir en un mundo que no entendía. A la fuerza, se convirtió en un gran autodidacta.

Sin embargo, por mucho que lo intentó, su madre acabó marchándose de este mundo sin quererle. Y eso no era por decir. Realmente siempre le despreció. No le dio tiempo a  encontrar la fórmula perfecta para conseguir su amor.

Lo que sí que había logrado era ser un profesor de referencia para el mundo educativo. Porque ayudar a sus alumnos se había convertido en el eje de su existencia. Y brindaba una atención de calidad a niños y jóvenes para compensar la que él no había recibido. Precisamente pedaleaba a esa hora intempestiva por uno de sus alumnos.

Un chaval que le preocupaba desde el primer día. Detectó los peores síntomas posibles en cuestión de un par de clases. Por regla general, incluso cuando no miran a los ojos al profesor como muestra de chulería, se atisba la energía propia de la juventud en el brillo que desprenden los globos oculares, la medio sonrisa perpetua que se dibuja en la comisura de su boca (originando un pequeña arruga en forma de media luna perfecta) y les resulta imposible no mover ningún músculo de su cuerpo (hacen garabatos en el libro, manifiestan el Síndrome de Piernas Inquietas o juegan con el bolígrafo a modo de baqueta)

Pues bien, este chico no se movía. Nada. Cero. Una estatua. Podría decirse que parecía que estaba muerto, pero no rígido, era como un zombi fofo al que si le dabas un pequeño empujón se caía al suelo. Era el peor caso con el que se había topado.

Se convirtió en su principal objetivo. Según su criterio, una cosa era perder la partida contra tu madre y otra, muy distinta, no ser capaz de conseguir un poco de chispa vital de aquel alumno.

Así que se puso manos a la obra. Sacó su viejo bloc, en el que apuntaba hipótesis y conjeturas cada vez que se enfrentaba a un nuevo reto, y comenzó a escribir sobre el chico. Repasó los detalles que recordaba: siempre se vestía con la misma ropa (una roída sudadera gris y unos vaqueros que le quedaban cortos), no desprendía ningún tipo de olor y no le había escuchado hablar ni una sola vez.

Con los labios ligeramente apretados a causa de la preocupación, cerró el bloc y, durante unos segundos, los ojos. Sin duda era el caso más difícil que se había enfrentado hasta el momento. Tras pensar durante casi una hora, supo cuál sería su primer paso: observarle fuera del entorno en el que parecía camuflarse. Ese lugar era el aula.

Así que se dedicó a tomar nota de sus costumbres fuera de ella el resto de la semana. Tenía la posibilidad de conocer su horario de clases y así consiguió espiarle cuando no le tocaba hacer de profesor. Pronto se sintió frustrado, pues lo que descubrió no le ayudó a avanzar en la investigación.

Daba lo mismo en qué lugar se encontrase, el chico siempre estaba sentado como si fuese un bulto de carne dejado caer sobre el trasero, con la misma mirada ausente que helaba la sangre de cualquiera y con una boca que más que cerrada, parecía estar cosida con un hilo invisible. Harto, decidió seguirle hasta su casa una tarde oscura en la que las nubes habían apagado el sol.

Disimulando para no ser descubierto, con la cabeza oculta dentro de la capucha, salió de la ciudad tras él poniendo rumbo a un grupo de edificios peligrosos situados en la periferia. Entonces tuvo claro que su personalidad cuadraba con la típica familia de pocos recursos que vive en un barrio dónde la droga es la reina. Entendía que no esperara mucho del futuro. 

La curiosidad aumentó al ver que el chico entraba en un edificio concreto. Se detuvo en la puerta y se bajó de la bicicleta mientras se quitaba la capucha para poder ver mejor. No quería dejarla aparcada fuera. Desaparecería en cuestión de segundos. Decidió adentrarse cargando con ella hasta conseguir asomarse por la escalera y determinar, más o menos, en qué apartamento se metía.

A la mañana siguiente, el director del Instituto le asaltó a la hora del almuerzo. Le dijo que había recibido una queja formal de los padres de un alumno. Según ellos, siguió a su hijo hasta su casa ayer por la tarde. Según ellos, claro, porque no era cierto ¿verdad?. El director se quedó blanco al comprobar que su profesor estrella no era capaz de negar la acusación ni con palabras ni con los ojos.

Le explicó los motivos, eso sí. Incluso se ofreció para hablar con el chaval y aclarar las cosas. Al fin y al cabo, sólo pretendía ayudarle a estar más integrado en el aula y mejorar sus notas. El director declinó el ofrecimiento. No estaban las cosas como para eso. Le recomendó que pusiera tierra por el medio y ver si así los padres se tranquilizaban hasta el punto de retirar la denuncia.

Aceptó la propuesta del director y estaba dispuesto a seguir sus indicaciones, hasta que entró en clase y le vio. Tenía un ojo morado y, claramente, el labio partido. Se sentía responsable por aquellos golpes que había recibido en el hogar familiar. No hacía falta ser muy perspicaz para sumar dos más dos. Quería ayudarle, conocerle de verdad, más que nunca. Cuando el timbre avisó de que la clase había concluido, el chico pasó junto a él. Y sin mirarle, sin apenas vocalizar, le dijo:

—En mi casa. Cinco y media de la mañana.

No se puede describir en palabras la sensación de triunfo, de júbilo que sintió. El muro que se interponía entre ese chico y el mundo había abierto un pequeño hueco para que él pudiese entrar. Para ese alumno, siempre sería aquella persona que consiguió cambiarle la vida y le brindó una oportunidad cuando nadie más creía en sus posibilidades. Pasó la noche prácticamente en vela. Mirando el techo con el corazón lleno de satisfacción.

—Mamá, ya puedes darte por jodida, lo que he conseguido gana por puntos tu desprecio.

Miró la hora en su reloj. 05:25 de la mañana. Las manos le temblaban por el frío pero también de la emoción contenida. Cargaba con una pequeña mochila en la que había metido su bloc. A modo de triunfo. Su esfuerzo había sido recompensado. Se acercaba al edificio y pudo distinguir que el chico le esperaba en la puerta.

Llegó hasta él sin poder contener una sonrisa de victoria, pero no recibió nada a cambio. El chico dio media vuelta y entró. Claramente, era una invitación para que le siguiera. Dudó qué hacer con la bicicleta. Pero el aire helado, porque el sol todavía no se había desperezado, controlaba las calles. La bicicleta no corría peligro. De todas maneras, se sintió mejor dejándola en el hall que a la intemperie.

Pasó junto a los buzones hechos trizas, el ascensor que no funcionaba y subió las escaleras. Alcanzó el tercer piso y, utilizando sus ojos de detective, pronto detectó qué apartamento tenía la puerta ligeramente entreabierta. La empujó con cautela mientras pedía permiso para pasar. Nadie contestó, recibió un fuerte golpe en la cabeza como respuesta. Inconsciente, no pudo hacer nada para evitar que le arrastraran por el suelo y le llevasen hasta la habitación del fondo.

Sentía que la cabeza como si hubiera adquirido un peso de treinta quilos. Y la sangre le palpitaba en las sienes provocándole un intenso dolor. Abrió los ojos como pudo. No tenía demasiada fuerza y las punzadas de la cabeza eran demasiado intensas. Descubrió que estaba sentado en una vieja silla de barbero y atado con correas de cuero por las muñecas y los tobillos. De cada uno de los antebrazos salía una aguja que daba paso a un delgado tubo que recordaba al gotero de un hospital.

Estaba muy mareado y no conseguía centrar la visión. La escena era borrosa para él. Cerró los ojos en un vano intento de coger fuerzas y escuchó unos siseos, unos… Algo aspiraba… Fijó la vista dirigiendo la cabeza hacia el lugar del que provenía ese extraño sonido que no podía identificar. Del antebrazo derecho.

Al final del tubo, sujetándolo con las dos manos, se encontraba su alumno estrella, el chico que iba a dar sentido a su existencia, a su profesión, que le iba hacer olvidar a su madre. Y estaba absorbiendo su sangre a través del delgado conducto.

Lo hacía con cierta ansiedad, pero controlando el ritmo. Era evidente que tenía mucha experiencia. ¿Con cuántas personas habría fallado para alcanzar tal perfección? Se sentía muy débil para preguntárselo. Y ni hablar de intentar escapar o resistirse.

Entonces, escuchó el mismo sonido del brazo izquierdo. Allí se encontraba aspirando la que parecía ser la madre del chico. Físicamente se parecían mucho. Detrás de ella, amontonados contra la pared pudo distinguir unos bultos en el suelo. Cadáveres que habían sufrido la misma muerte que él. Aún conservaban los tubos en los brazos. Entonces, entró en la habitación el padre que sustituyó a la madre en el sanguinario banquete.

La luz empezó a alejarse de su cerebro. Sus últimos pensamientos los dedicó a valorar que morir así no era tan malo en realidad. Al fin y al cabo, siempre estuvo dispuesto a darlo todo por aquel chico. Y, por primera vez, pudo verle sonreír aunque fuese su propia sangre la que resbalaba por aquella barbilla monstruosa. Al menos, él contaba con una madre que le enseñaba cómo sobrevivir en este extraño mundo. Qué pena no poder escribir eso en su bloc. 

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 8 de Abril de 2017

Terminado a las 20:28 horas

La mecedora

Estaba a punto de asomarse por la puerta y descubrir lo que su marido estaba haciendo desde hacía varias noches. Pero no quería verlo.

Inmovilizada por el espanto, estaba allí de pie, con los pies descalzos en mitad de la noche. Envuelta por la oscuridad fría que se había apoderado de su casa. Un sonido rítmico la mortificaba, el vaivén de la mecedora que su marido y ella habían comprado para la habitación del bebé. Una mecedora, que ayudaría al pequeño a dormir mejor, le había arrebatado el sueño. Porque lo que le preocupaba no era que se estuviera moviendo, sino averiguar por qué su marido estaba sentado en ella. Ese era el motivo de su miedo.

Pasara lo que pasara después de esa noche, se decía a sí misma que no era culpable del grave deterioro mental de su marido. Porque estaba segura de que él no había descubierto sus mentiras. Nunca le confesó que no quería ser madre. Se limitó a evitar quedarse embarazada mientras era cómplice de las obras que se hacían en casa para tener una habitación más, la que sería para el bebé. Dos semanas más tarde, el dormitorio estaba preparado con todo lo necesario y su marido esperaba ilusionado a que llegara el momento de la magia de la fecundación. A la habitación no le faltaba el más mínimo detalle. Hasta había comprado una bonita mecedora en la que poder relajar al pequeño.

La noche en la que todo empezó, ella estaba inmersa en un sueño profundo y le costó entender qué era lo que se escuchaba al otro lado del pasillo. Pero pronto dedujo que era el sonido rítmico de la mecedora. Miró a su lado y comprobó que estaba sola en la cama. Tuvo un presentimiento extraño que le aceleró el corazón. Prestó mucha atención y alcanzó a oír a su marido susurrando una nana con una voz mecánica y fría. Sintió una punzada de miedo y dolor pero se obligó a dormirse. Se mintió con la misma intensidad con la que engañaba a su marido. No estaba pasando, no estaba sucediendo nada.

Varias noches después, volvió a despertarse de madrugada. Esta vez, por el sollozo de un bebé. Tuvo que abrir los ojos de par en par para asegurarse de que, efectivamente, un niño lloraba en algún lugar de la casa. Buscó a su marido pero, de nuevo, no estaba. El bebé seguía gimiendo sin consuelo y ella creyó identificar que venía de la habitación infantil… pero eso no era posible. Escuchó cómo su marido susurraba algo que conseguía calmarle. El silencio volvió a adueñarse de la noche. Su marido salió al pasillo y regresó al dormitorio. Ella fingió estar dormida mientras se acostaba a su lado intentando no despertarla. Después, él se aproximó despacio y le cogió de la mano de manera amorosa. Esa noche ella no pudo dormir. Quería preguntarle qué estaba pasando pero no estaba preparada para escuchar la respuesta.

Así que la noche siguiente esperó, con los ojos mirando al techo en medio de la negra madrugada, a que se repitiese. Y no se equivocaba. El ritual nocturno comenzó con el llanto del bebé, después su marido se levantó de la cama, pronto se escuchó el vaivén de la mecedora al ritmo de la canción de cuna susurrada y mecánica y…gorgoteos infantiles agradecidos por la atención amorosa del padre. No podía soportarlo otra vez, así que decidió comprobar por sí misma que no eran imaginaciones suyas. Aunque las piernas le pesaban como si fuesen de piedra, se levantó y fue hacía la habitación que tanto temía. Y allí, en medio del pasillo, seguía con el dilema de si estaba segura de querer descubrir la verdad. Fingiendo seguridad, se asomó para averiguar cómo era ese bebé que habitaba en la casa cuando llegaba la noche y que sólo parecía ser real para su marido. Ese bebé que nunca iba a nacer porque ella no estaba dispuesta a permitirlo.

Dio el primer paso hacia la puerta entreabierta. Y la empujó despacio. La sangre le bombeaba en la cabeza a la velocidad que marcaba la mecedora que cada vez se movía con una rapidez más enfurecida. Entonces, el bebé comenzó a llorar muy fuerte y se vio obligada a taparse los oídos porque el sonido era demasiado penetrante, como un fino taladro que le perforaba el cerebro. Cerró los ojos porque el dolor era insoportable. Una mano se puso en su hombro y se le escapó un alarido profundo. Escuchó la voz de su marido como un eco apagado al principio. Poco a poco supo que la estaba llamando mientras la abrazaba. Abrió los ojos. La luz de la habitación estaba encendida y no era su marido el que ocupaba la mecedora. Ella se mecía hacia adelante y hacia atrás con un bulto entre los brazos del tamaño de un recién nacido. Su marido le preguntaba preocupado qué estaba haciendo allí. Ella dejó caer el bulto al suelo que resultó ser un rulo hecho con una de las mantitas que habían comprado. Se quedó quieta mientras intentaba aclarar sus borrosos pensamientos. Pero no podía.

Su marido la llevó, sujeta por la cintura, hasta su dormitorio y la metió en la cama con suavidad. Ella le contó lo que había estado pasando las últimas noches. Él, como pudo, le explicó que no había sucedido así, en realidad era ella la que iba al cuarto del bebé. Pero eso no tenía sentido. Sin embargo, los ojos de su marido, preocupados y ansiosos por obtener respuestas, le obligaron plantearse que quizás le estuviese diciendo la verdad. Entonces, ella le miró muy seria. Tragó saliva y sintió cómo le dolía la garganta. Le confesó que no quería ser madre.

Dos semanas después, había un nuevo despacho en casa y una mecedora se vendía en una página de muebles de segunda mano.

Y ella dejó de levantarse por las noches.

 

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 18 de Septiembre de 2016