El escondite

La buscaba sin ocultar su desasosiego. La había perdido otras veces, eso era cierto, pero no recordaba otra ocasión en la que le hubiese costado tanto dar con ella. Se dejó caer exhausta y derrotada en el sofá. Había recorrido la casa, rincón a rincón, escondite tras escondite, varias veces. ¿Y si se había quedado atrapada para siempre?

Una ventana se abrió de golpe permitiendo la entrada al frío del invierno. Pedazos de hielo se introdujeron en su sangre cuando ella se protegió el rostro con los brazos. Y pese a que la escarcha se derritió en su corazón ardiente, el resto de su cuerpo se agitaba sin remedio. Sintió que no quería cerrar aquella ventana, que el viento le estaba hablando. Quizás le ayudase a rescatar a su hija de su escondrijo. Se levantó y escuchó con toda la atención de la que fue capaz.

Escuchó la voz lejana y débil de su hija, que la llamaba por fin, desde un lugar que no alcanzaba a identificar. Cerró los ojos para concentrarse mejor y, tras unos instantes,advirtió que su mano infantil le agarraba con fuerza la suya. No se atrevió a abrirlos para no entorpecer el reencuentro. El frío continuaba conquistando más y más los rincones de la casa. Pero el hielo seguía derritiéndose al entrar en sus corazones. Continuaron cogidas de la mano enfrentándose al invierno, sin miedo a asomarse por la ventana.

Los escondites no sirven para nada. Ni siquiera para jugar.

Crudo

Su hijo se ha despertado en mitad de la noche. Lleva el pijama manchado de vómito. Ella comprueba que no tiene fiebre. Le pone ropa limpia y le hace un hueco en su cama porque el niño continua alterado quejándose de que le duele el estómago. Ella sabe lo que le pasa. Pero no quiere decirle nada aunque le gustaría poder compartir sus temores nocturnos con él. Recuerda en silencio mientras pasa el brazo por la cintura de su hijo.

Desde el juicio por la custodia, su padre les amenazaba veladamente día sí y día también. Les esperaba en la puerta del colegio, se lo encontraban sentado cada tarde en un banco del parque… Y lo peor, se plantaba durante horas frente a la casa, observando, inmóvil como un fantasma. Con el rostro rígido y los ojos perdidos en su propia oscuridad. En comisaría le dijeron que no podían hacer nada para impedirlo, pues él no se mostraba violento. No parecía peligroso, tan sólo un padre dolido con ganas de ver a su hijo.

Ella les explicaba que él había renunciado a cualquier contacto con el niño. Por eso estaba preocupada, porque no entendía a qué venía tanto control entonces. Su familia comenzó a acompañarles a todas partes y sus padres se trasladaron a vivir a su casa. Sin embargo, tras un año comprobando que él no se acercaba a más de doscientos metros, dieron por terminada la prevención.

A partir de entonces, ella estuvo más inquieta que nunca. Porque había pasado un año. Un largo año en el que él no había reducido un ápice la obsesión por ellos. Clavando sus ojos desde la distancia. Mostrando la negrura de su interior. La misma de la que ella quiso escapar cuando se divorció.

Se habían quedado solos otra vez y tuvo que recuperar sus hábitos de antaño. De nuevo, ella vigilaba su espalda echando mirando furtivas mientras caminaba. Revisaba la casa con un cuchillo en la mano cada vez que volvían. Incluso cuando subían al coche, no podía evitar revisar el asiento trasero. Lo peor era asomarse a la ventana y encontrarse con aquellos agujeros negros en el otro lado de la calle. Parecía que su boca desaparecía, que su nariz se volvía invisible, sólo existían sus ojos.

Tres meses.

Seis meses y dejó de comer completamente. Un nudo, creado lentamente día a día, creció en la boca de su estómago y no le permitía ingerir nada sólido. Su familia se alarmó, le recomendaron acudir a un psiquiatra. Si continuaba así la hospitalizarían. Podrían declararla incapacitada para cuidar de su hijo… Bla, bla, bla. Todo el mundo pensaba que ella era su propio problema y, por más que lo intentaba, no comprendían que él era quién la estaba consumiendo poco a poco.

Llegó a la conclusión de que ese espionaje a la vista de todos respondía a un plan maquiavélico. Hacerle daño quitándole a su hijo quizás volviéndola loca, quizás enfermándola consumiendo su salud. Para ella fue evidente que aquello era una cuestión que debería resolverse entre ellos dos y que no había tiempo que perder. Esperaría unas semanas. La pérdida de peso le había debilitado y tenía que recuperar fuerzas.

Su hijo acababa de vomitar aquella noche porque el filete le había quedado algo crudo y le estaba costando digerirlo. Le entendía perfectamente. Durante casi dos años su estómago había estado en manos de aquel hombre fantasma que les vigilaba al otro lado de la calle. Sin embargo, para ella, por fin, el nudo ha empezado a deshacerse. Y podrá volver a comer sosegada para siempre.

El congelador está lleno de carne. Un poco mal cortados, pero los filetes lo ocupan todo. Ya no necesitá asomarse por la ventana porque aquellos ojos espesos ya no les miran. O quizás sí. Pero ahora desde el frigorífico. El hombre que les había arrebatado el apetito les alimentará durante un largo tiempo. Es cuestión de tiempo que su hijo se acostumbre.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 16 de Enero de 2018

Monstruosa Navidad

Me cuesta confiar en las personas porque no soporto las mentiras y no soy muy bueno detectando la hipocresía. Durante años creí que mi madre me quería hasta que intentó matarme el día de Navidad. Si no fui capaz de detectar sus instintos asesinos hacia mí, mucho menos distinguir cuando un desconocido intenta engañarme. Así que decidí no tener amigos y dejar de lado la sociabilidad.

De todas maneras, no tengo muy claro si mi aislamiento es voluntario o una maldición. Desde que recuerdo, mi fealdad siempre ha provocado el alejamiento de los demás. Soy tan deforme que las enfermeras lloraban cuando me tenían en brazos, y lloraban también cuando me dejaban de nuevo en la cuna. Pues sabían que cuando volviesen a tenerme en su regazo seguiría siendo un monstruo. Un inocente bebé monstruoso.

Entiendo la repulsión que le provocaba a mi madre, yo mismo soy incapaz de mirarme en el espejo sin sentir un escalofrío. Sin embargo, mis emociones son como las de cualquier otro. Y mi cerebro funciona de la misma manera por lo que suelo olvidar mi drama con facilidad. Sólo recuerdo que no debo confiar en los demás cuando me veo reflejado en un cristal. Les comprendo, mi aspecto físico les empuja a tratarme con crueldad.

Como la vez en que una vieja me empujó para impedir que subiera al autobús.  O cuando un grupo de jóvenes me propinaron patadas hasta dejarme inconsciente. Por supuesto, grabaron la paliza con sus móviles y el video se convirtió en viral. Se ve que les gustó la experiencia y continuaron agrediendo a otras personas indefensas. Pero ningún video ha tenido tantas visualizaciones como el mío. Está bien ganar de vez en cuando.

Yo también me daría de golpes si coincidiera conmigo mismo en la calle. Mis ojos están cubiertos por venas demasiado hinchadas, tengo la nariz torcida, los dientes amarillos y demasiado grandes y… lo peor… mi cuerpo está cubierto por una piel escamosa, de un extraño y horrendo color verde. Ni yo soporto tocarme.

Creo que mi madre decidió acabar conmigo porque no conseguía obligarse por más tiempo a acariciar mi cara o darme los típicos abrazos maternales. La mañana de Navidad, mientras me tomaba mis cereales, agarró con fuerza uno de los cuchillos de trinchar la carne y corrió hacia a mí mientras gritaba como una loca. Recuerdo que pensé que sus alaridos sonaban a liberación. Demasiados años de dolor. Me quedé observándola con la boca abierta mientras el cereal se caía de la cuchara para refugiarse en el bol de la leche. Cerré mis ojos hinchados dispuesto a no resistirme. Mi madre es la persona a la que más he amado en mi vida.

El azar evitó que lo consiguiera. Resbaló y cayó sobre el cuchillo de cocina desgarrándose la yugular sin que yo pudiese evitarlo. Me abalancé aterrado sobre ella mientras se desangraba. Me acarició con repugnancia una última vez. Sus ojos se volvieron vidriosos y supe que me había quedado en la más absoluta soledad.

Qué me espera ahora.

Han pasado dos días y no puedo apartarme del cuerpo inerte de mi madre. Es lo único que tengo. A ella hinchándose en medio de la cocina. En sus últimas Navidades. He dormido a su lado estas noches, agarrado a su cintura como cuando era pequeño. Ahora está rígida y tiene un tacto extraño. Observo el techo pidiendo una oportunidad más. Un último llamamiento al universo para que me la devuelva.

Siento que me desmorono, que me desmonto como las piezas de una torre de bloques infantiles, algo se ha roto dentro de mí sin remedio. Es la única persona que he tenido a mi lado. Mi piel verde se seca sin sus abrazos.

Sé que hay una vecina que escudriña a través de las ventanas. La sirena de la policía se escucha llegar desde el otro lado de la calle. No quiero que se la lleven. Por favor no soporto la idea de quedarme sin ella. El cuchillo todavía lo tiene entre los dedos. Se los voy a romper para cogerlo. No pienso permitir que nos separen. Es una crueldad que no pienso tolerar. Esta vez no lo entiendo. El mundo nunca me ha dado nada, no lo he pedido, pero no voy a dejar que me lo quiten todo, que me la quiten.

Por primera y última vez en mi vida seré el monstruo que todos creen que soy.

Barcelona, 20 de Diciembre de 2017

Terminado a las 18:07h

 

Me quedaré contigo

He escuchado un crujido. Al principio he pensado que alguien caminaba sobre los tablones de madera del suelo de mi dormitorio. Pero no. El desagradable sonido provenía del interior de mi cuerpo. A mi pesar, he descubierto que mi cadera se ha partido mientras estaba dormida.

Puedo afirmar con seguridad que la pierna ha quedado inutilizada. Aunque poco me importa. Empiezo a acostumbrarme. Perdí los dos brazos de la misma manera y sé lo que va a suceder. Me siento como una muñeca a merced de una niña caprichosa que me rompe a pedazos.

Debería haber revisado con más detenimiento el pacto que sellé con mi pequeña consentida. Pero la desesperación nos conduce por serpenteantes caminos que nos aleja de nosotros mismos y nos lleva a cometer locuras. Sobre todo si es por amor.

Aunque me esfuerce, apenas recuerdo los sueños infantiles que perseguía cumplir en mi juventud. Porque cuando la enfermedad conquistó mi cuerpo y clavó su bandera, se desdibujó la razón de mi existencia en el mundo.

Desde ese momento, la muerte transformó mis sueños en pesadillas. Mi sangre se espesaba contra mi voluntad y mi corazón se apagaba con cada latido. El médico me condenó a languidecer aguardando en la cama la temible visita de la calavera.

Pero ¿quién era yo para oponer resistencia? Sólo era una enferma inútil. Mi hija se sentaba junto a la cama para dibujarme. Con sus pequeños ojos derramando tristeza, me explicaba que quería asegurarse de que aquellos dibujos le recordarían mi aspecto cuando me hubiese ido para siempre.

Después los destrozaba con rabia hasta convertirlos en pequeños trozos. A veces, incluso se los comía de tan frustrada como se sentía. Su mente inmadura no era capaz de asimilar mi desaparición.

Los brazos y la cadera rotos no son nada comparados con el dolor asfixiante de comprobar que la vida, más bien la muerte, le estaba arrebatando a mi pequeña sus sueños inocentes y no se los devolvería.

En esas ocasiones, se me rompía el corazón como si de un cristal se tratase. El pecho se me llenaba de agujas que se me clavaban por todo el cuerpo. Sentía convulsiones como si me golpeasen con martillos. ¿Qué sentido tenía mi vida? ¿Y mi sufrimiento?

Todo estaba fuera de mi control y pasé noches en vela intentando hallar el modo de quedarme con mi hija y burlar a la guadaña. Al final, dejándome llevar y aceptando la enfermedad que corría por mis venas, acabé convertida en una muñeca de plástico gigante. Dejé de existir pero no desaparecí.

Nuestro hogar es ahora como una enorme casa de muñecas y mi hija juega conmigo cuando quiere. Y no puedo quejarme, no pienso hacerlo, pues ella es la razón de mi existencia. Aunque, como todos los niños, es caprichosa y sufre rabietas de vez en cuando.

Me arrancó los brazos una tarde en la que una amiga del colegio se había burlado de sus zapatos. Y quizás hoy me ha partido la cadera porque la profesora le ha puesto demasiadas tareas para hacer en casa. Poco queda de mi cuerpo de plástico y debo tener un aspecto lastimoso desde que me cortara el pelo con sus tijeras de la escuela.

Pero tengo que aprovechar los momentos que paso con ella, mi pequeña crece muy deprisa y pronto dejará de jugar con muñecas. Y de necesitar a su madre. Entonces, sé que acabaré en el fondo de algún armario o en algún gran montón de basura. Sin embargo, seré feliz, soy feliz, porque mi vida tiene un sentido.

Mi hija entra en la habitación. Me arranca la pierna, no siento dolor, y me observa sonriendo mientras la sostiene con sus pequeñas manos. Nada nos gusta más que jugar juntas.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, martes 13 de Junio de 2017

Terminado a las 09:40h

El secreto

Eran las 05:14 horas. Demasiado temprano para cualquiera. Llevaba los guantes de lana puestos pero, aún así, el frío le provocaba un dolor intenso en los nudillos. Estuvo a punto de caerse de la bicicleta por culpa de no prestar atención a la correcta sujeción del manillar.

Le quedaban un par de calles para llegar. Nunca había estado en el lugar a dónde se dirigía pero no estaba preocupado. ¿Acaso la vida no te lleva a destinos desconocidos constantemente? Al menos, esa mañana, él era quién tomaba la decisión de embarcarse en lo inexplorado. Y, de alguna manera, creer que tenía el control alejaba el malestar que provoca la incertidumbre cuando temes descubrir algo que te cambie para siempre.

Aceptar los cambios y adaptarte a ellos era una cuestión que le obsesionaba desde que era pequeño. Tuvo que apañárselas solo en casi todo, bueno, completamente en todo. Porque su padre nunca existió y su madre sólo se preocupaba por ella misma. Se vio obligado a vivir con un desasosiego continuo y desarrolló un gran olfato científico-detectivesco para poder subsistir en un mundo que no entendía. A la fuerza, se convirtió en un gran autodidacta.

Sin embargo, por mucho que lo intentó, su madre acabó marchándose de este mundo sin quererle. Y eso no era por decir. Realmente siempre le despreció. No le dio tiempo a  encontrar la fórmula perfecta para conseguir su amor.

Lo que sí que había logrado era ser un profesor de referencia para el mundo educativo. Porque ayudar a sus alumnos se había convertido en el eje de su existencia. Y brindaba una atención de calidad a niños y jóvenes para compensar la que él no había recibido. Precisamente pedaleaba a esa hora intempestiva por uno de sus alumnos.

Un chaval que le preocupaba desde el primer día. Detectó los peores síntomas posibles en cuestión de un par de clases. Por regla general, incluso cuando no miran a los ojos al profesor como muestra de chulería, se atisba la energía propia de la juventud en el brillo que desprenden los globos oculares, la medio sonrisa perpetua que se dibuja en la comisura de su boca (originando un pequeña arruga en forma de media luna perfecta) y les resulta imposible no mover ningún músculo de su cuerpo (hacen garabatos en el libro, manifiestan el Síndrome de Piernas Inquietas o juegan con el bolígrafo a modo de baqueta)

Pues bien, este chico no se movía. Nada. Cero. Una estatua. Podría decirse que parecía que estaba muerto, pero no rígido, era como un zombi fofo al que si le dabas un pequeño empujón se caía al suelo. Era el peor caso con el que se había topado.

Se convirtió en su principal objetivo. Según su criterio, una cosa era perder la partida contra tu madre y otra, muy distinta, no ser capaz de conseguir un poco de chispa vital de aquel alumno.

Así que se puso manos a la obra. Sacó su viejo bloc, en el que apuntaba hipótesis y conjeturas cada vez que se enfrentaba a un nuevo reto, y comenzó a escribir sobre el chico. Repasó los detalles que recordaba: siempre se vestía con la misma ropa (una roída sudadera gris y unos vaqueros que le quedaban cortos), no desprendía ningún tipo de olor y no le había escuchado hablar ni una sola vez.

Con los labios ligeramente apretados a causa de la preocupación, cerró el bloc y, durante unos segundos, los ojos. Sin duda era el caso más difícil que se había enfrentado hasta el momento. Tras pensar durante casi una hora, supo cuál sería su primer paso: observarle fuera del entorno en el que parecía camuflarse. Ese lugar era el aula.

Así que se dedicó a tomar nota de sus costumbres fuera de ella el resto de la semana. Tenía la posibilidad de conocer su horario de clases y así consiguió espiarle cuando no le tocaba hacer de profesor. Pronto se sintió frustrado, pues lo que descubrió no le ayudó a avanzar en la investigación.

Daba lo mismo en qué lugar se encontrase, el chico siempre estaba sentado como si fuese un bulto de carne dejado caer sobre el trasero, con la misma mirada ausente que helaba la sangre de cualquiera y con una boca que más que cerrada, parecía estar cosida con un hilo invisible. Harto, decidió seguirle hasta su casa una tarde oscura en la que las nubes habían apagado el sol.

Disimulando para no ser descubierto, con la cabeza oculta dentro de la capucha, salió de la ciudad tras él poniendo rumbo a un grupo de edificios peligrosos situados en la periferia. Entonces tuvo claro que su personalidad cuadraba con la típica familia de pocos recursos que vive en un barrio dónde la droga es la reina. Entendía que no esperara mucho del futuro. 

La curiosidad aumentó al ver que el chico entraba en un edificio concreto. Se detuvo en la puerta y se bajó de la bicicleta mientras se quitaba la capucha para poder ver mejor. No quería dejarla aparcada fuera. Desaparecería en cuestión de segundos. Decidió adentrarse cargando con ella hasta conseguir asomarse por la escalera y determinar, más o menos, en qué apartamento se metía.

A la mañana siguiente, el director del Instituto le asaltó a la hora del almuerzo. Le dijo que había recibido una queja formal de los padres de un alumno. Según ellos, siguió a su hijo hasta su casa ayer por la tarde. Según ellos, claro, porque no era cierto ¿verdad?. El director se quedó blanco al comprobar que su profesor estrella no era capaz de negar la acusación ni con palabras ni con los ojos.

Le explicó los motivos, eso sí. Incluso se ofreció para hablar con el chaval y aclarar las cosas. Al fin y al cabo, sólo pretendía ayudarle a estar más integrado en el aula y mejorar sus notas. El director declinó el ofrecimiento. No estaban las cosas como para eso. Le recomendó que pusiera tierra por el medio y ver si así los padres se tranquilizaban hasta el punto de retirar la denuncia.

Aceptó la propuesta del director y estaba dispuesto a seguir sus indicaciones, hasta que entró en clase y le vio. Tenía un ojo morado y, claramente, el labio partido. Se sentía responsable por aquellos golpes que había recibido en el hogar familiar. No hacía falta ser muy perspicaz para sumar dos más dos. Quería ayudarle, conocerle de verdad, más que nunca. Cuando el timbre avisó de que la clase había concluido, el chico pasó junto a él. Y sin mirarle, sin apenas vocalizar, le dijo:

—En mi casa. Cinco y media de la mañana.

No se puede describir en palabras la sensación de triunfo, de júbilo que sintió. El muro que se interponía entre ese chico y el mundo había abierto un pequeño hueco para que él pudiese entrar. Para ese alumno, siempre sería aquella persona que consiguió cambiarle la vida y le brindó una oportunidad cuando nadie más creía en sus posibilidades. Pasó la noche prácticamente en vela. Mirando el techo con el corazón lleno de satisfacción.

—Mamá, ya puedes darte por jodida, lo que he conseguido gana por puntos tu desprecio.

Miró la hora en su reloj. 05:25 de la mañana. Las manos le temblaban por el frío pero también de la emoción contenida. Cargaba con una pequeña mochila en la que había metido su bloc. A modo de triunfo. Su esfuerzo había sido recompensado. Se acercaba al edificio y pudo distinguir que el chico le esperaba en la puerta.

Llegó hasta él sin poder contener una sonrisa de victoria, pero no recibió nada a cambio. El chico dio media vuelta y entró. Claramente, era una invitación para que le siguiera. Dudó qué hacer con la bicicleta. Pero el aire helado, porque el sol todavía no se había desperezado, controlaba las calles. La bicicleta no corría peligro. De todas maneras, se sintió mejor dejándola en el hall que a la intemperie.

Pasó junto a los buzones hechos trizas, el ascensor que no funcionaba y subió las escaleras. Alcanzó el tercer piso y, utilizando sus ojos de detective, pronto detectó qué apartamento tenía la puerta ligeramente entreabierta. La empujó con cautela mientras pedía permiso para pasar. Nadie contestó, recibió un fuerte golpe en la cabeza como respuesta. Inconsciente, no pudo hacer nada para evitar que le arrastraran por el suelo y le llevasen hasta la habitación del fondo.

Sentía que la cabeza como si hubiera adquirido un peso de treinta quilos. Y la sangre le palpitaba en las sienes provocándole un intenso dolor. Abrió los ojos como pudo. No tenía demasiada fuerza y las punzadas de la cabeza eran demasiado intensas. Descubrió que estaba sentado en una vieja silla de barbero y atado con correas de cuero por las muñecas y los tobillos. De cada uno de los antebrazos salía una aguja que daba paso a un delgado tubo que recordaba al gotero de un hospital.

Estaba muy mareado y no conseguía centrar la visión. La escena era borrosa para él. Cerró los ojos en un vano intento de coger fuerzas y escuchó unos siseos, unos… Algo aspiraba… Fijó la vista dirigiendo la cabeza hacia el lugar del que provenía ese extraño sonido que no podía identificar. Del antebrazo derecho.

Al final del tubo, sujetándolo con las dos manos, se encontraba su alumno estrella, el chico que iba a dar sentido a su existencia, a su profesión, que le iba hacer olvidar a su madre. Y estaba absorbiendo su sangre a través del delgado conducto.

Lo hacía con cierta ansiedad, pero controlando el ritmo. Era evidente que tenía mucha experiencia. ¿Con cuántas personas habría fallado para alcanzar tal perfección? Se sentía muy débil para preguntárselo. Y ni hablar de intentar escapar o resistirse.

Entonces, escuchó el mismo sonido del brazo izquierdo. Allí se encontraba aspirando la que parecía ser la madre del chico. Físicamente se parecían mucho. Detrás de ella, amontonados contra la pared pudo distinguir unos bultos en el suelo. Cadáveres que habían sufrido la misma muerte que él. Aún conservaban los tubos en los brazos. Entonces, entró en la habitación el padre que sustituyó a la madre en el sanguinario banquete.

La luz empezó a alejarse de su cerebro. Sus últimos pensamientos los dedicó a valorar que morir así no era tan malo en realidad. Al fin y al cabo, siempre estuvo dispuesto a darlo todo por aquel chico. Y, por primera vez, pudo verle sonreír aunque fuese su propia sangre la que resbalaba por aquella barbilla monstruosa. Al menos, él contaba con una madre que le enseñaba cómo sobrevivir en este extraño mundo. Qué pena no poder escribir eso en su bloc. 

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 8 de Abril de 2017

Terminado a las 20:28 horas

La mecedora

Estaba a punto de asomarse por la puerta y descubrir lo que su marido estaba haciendo desde hacía varias noches. Pero no quería verlo.

Inmovilizada por el espanto, estaba allí de pie, con los pies descalzos en mitad de la noche. Envuelta por la oscuridad fría que se había apoderado de su casa. Un sonido rítmico la mortificaba, el vaivén de la mecedora que su marido y ella habían comprado para la habitación del bebé. Una mecedora, que ayudaría al pequeño a dormir mejor, le había arrebatado el sueño. Porque lo que le preocupaba no era que se estuviera moviendo, sino averiguar por qué su marido estaba sentado en ella. Ese era el motivo de su miedo.

Pasara lo que pasara después de esa noche, se decía a sí misma que no era culpable del grave deterioro mental de su marido. Porque estaba segura de que él no había descubierto sus mentiras. Nunca le confesó que no quería ser madre. Se limitó a evitar quedarse embarazada mientras era cómplice de las obras que se hacían en casa para tener una habitación más, la que sería para el bebé. Dos semanas más tarde, el dormitorio estaba preparado con todo lo necesario y su marido esperaba ilusionado a que llegara el momento de la magia de la fecundación. A la habitación no le faltaba el más mínimo detalle. Hasta había comprado una bonita mecedora en la que poder relajar al pequeño.

La noche en la que todo empezó, ella estaba inmersa en un sueño profundo y le costó entender qué era lo que se escuchaba al otro lado del pasillo. Pero pronto dedujo que era el sonido rítmico de la mecedora. Miró a su lado y comprobó que estaba sola en la cama. Tuvo un presentimiento extraño que le aceleró el corazón. Prestó mucha atención y alcanzó a oír a su marido susurrando una nana con una voz mecánica y fría. Sintió una punzada de miedo y dolor pero se obligó a dormirse. Se mintió con la misma intensidad con la que engañaba a su marido. No estaba pasando, no estaba sucediendo nada.

Varias noches después, volvió a despertarse de madrugada. Esta vez, por el sollozo de un bebé. Tuvo que abrir los ojos de par en par para asegurarse de que, efectivamente, un niño lloraba en algún lugar de la casa. Buscó a su marido pero, de nuevo, no estaba. El bebé seguía gimiendo sin consuelo y ella creyó identificar que venía de la habitación infantil… pero eso no era posible. Escuchó cómo su marido susurraba algo que conseguía calmarle. El silencio volvió a adueñarse de la noche. Su marido salió al pasillo y regresó al dormitorio. Ella fingió estar dormida mientras se acostaba a su lado intentando no despertarla. Después, él se aproximó despacio y le cogió de la mano de manera amorosa. Esa noche ella no pudo dormir. Quería preguntarle qué estaba pasando pero no estaba preparada para escuchar la respuesta.

Así que la noche siguiente esperó, con los ojos mirando al techo en medio de la negra madrugada, a que se repitiese. Y no se equivocaba. El ritual nocturno comenzó con el llanto del bebé, después su marido se levantó de la cama, pronto se escuchó el vaivén de la mecedora al ritmo de la canción de cuna susurrada y mecánica y…gorgoteos infantiles agradecidos por la atención amorosa del padre. No podía soportarlo otra vez, así que decidió comprobar por sí misma que no eran imaginaciones suyas. Aunque las piernas le pesaban como si fuesen de piedra, se levantó y fue hacía la habitación que tanto temía. Y allí, en medio del pasillo, seguía con el dilema de si estaba segura de querer descubrir la verdad. Fingiendo seguridad, se asomó para averiguar cómo era ese bebé que habitaba en la casa cuando llegaba la noche y que sólo parecía ser real para su marido. Ese bebé que nunca iba a nacer porque ella no estaba dispuesta a permitirlo.

Dio el primer paso hacia la puerta entreabierta. Y la empujó despacio. La sangre le bombeaba en la cabeza a la velocidad que marcaba la mecedora que cada vez se movía con una rapidez más enfurecida. Entonces, el bebé comenzó a llorar muy fuerte y se vio obligada a taparse los oídos porque el sonido era demasiado penetrante, como un fino taladro que le perforaba el cerebro. Cerró los ojos porque el dolor era insoportable. Una mano se puso en su hombro y se le escapó un alarido profundo. Escuchó la voz de su marido como un eco apagado al principio. Poco a poco supo que la estaba llamando mientras la abrazaba. Abrió los ojos. La luz de la habitación estaba encendida y no era su marido el que ocupaba la mecedora. Ella se mecía hacia adelante y hacia atrás con un bulto entre los brazos del tamaño de un recién nacido. Su marido le preguntaba preocupado qué estaba haciendo allí. Ella dejó caer el bulto al suelo que resultó ser un rulo hecho con una de las mantitas que habían comprado. Se quedó quieta mientras intentaba aclarar sus borrosos pensamientos. Pero no podía.

Su marido la llevó, sujeta por la cintura, hasta su dormitorio y la metió en la cama con suavidad. Ella le contó lo que había estado pasando las últimas noches. Él, como pudo, le explicó que no había sucedido así, en realidad era ella la que iba al cuarto del bebé. Pero eso no tenía sentido. Sin embargo, los ojos de su marido, preocupados y ansiosos por obtener respuestas, le obligaron plantearse que quizás le estuviese diciendo la verdad. Entonces, ella le miró muy seria. Tragó saliva y sintió cómo le dolía la garganta. Le confesó que no quería ser madre.

Dos semanas después, había un nuevo despacho en casa y una mecedora se vendía en una página de muebles de segunda mano.

Y ella dejó de levantarse por las noches.

 

 

© Esther Paredes Hernández

Barcelona, 18 de Septiembre de 2016