Reseña de “Buenas noches” escrita por Fernando J. Palacios (El tintero)

Emocionada y agradecida al blog “El tintero”. Un blog que ofrece precisos análisis y preciosos textos. Su autor, Fernando J. Palacios, consigue unir sabiduría y sensibilidad en sus palabras. Algo que no es fácil. Lo sé por experiencia.

https://wp.me/p9iVtc-zY

Emocionada porque la vida es capaz de ofrecerte las emociones más dolorosas y las más maravillosas al  mismo tiempo. Este año he sufrido cáncer, me he asustado y he preocupado a mucha gente; han seleccionado un cortometraje que escribí y dirigí en el Festival de Sitges por lo que he podido asistir por primera vez y encima invitada (un Festival referente para mí); he publicado un libro de relatos de terror con ilustraciones y con mis amigos de Impresum; y gracias a mi blog he conseguido abrirme a mi verdad y conocer a personas increíbles que me dan su cariño, me motivan y me enseñan a escribir y ser mejor persona. Como muestra esta reseña tan fantástica.

No sé si soy capaz de decir que el 2017 ha sido un año malo. Duro, desde luego. Intenso, por supuesto. Inolvidable, seguro. Me ha cambiado para siempre.

Esther Paredes Hernandez

1 de Diciembre de 2017

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

La libélula

La ninfa se metamorfoseó convirtiéndose en una elegante y mortal libélula. Veloz y carnívora, el mundo que existía fuera del agua había dejado de estar a salvo.

Cruzó la calle atravesando las líneas blancas pintadas en el asfalto. Había guardado las manos en los bolsillos de su chaqueta en un vano intento de aislarlas del frío. Llevaba la cabeza ligeramente agachada evitando lo máximo posible que el viento helado le rozase. Notaba los dedos de los pies fríos y las botas empezaron a resultarle extremadamente duras e incómodas. 

No importaba. Al otro lado de la carretera, en la acera de enfrente, estaba la librería que se disponía a visitar por tercera vez esa semana. Empujó la puerta de madera y cristal provocando que sonaran las campanitas que colgaban del techo y que la librera había colocado para que le avisaran de la entrada de alguien en el local. El sonido era metálico y dulce como ella, fría e irresistible a la vez.

Se dirigió al mostrador esperando con ansiedad que ella apareciera desde el interior de la trastienda. Un lugar vetado para los clientes y que alimentaba la imaginación. Llevaba noches sin dormir haciendo cábalas sobre lo que aquella magnífica mujer guardaba en el interior del local. Aunque lo que en realidad deseaba era poder descubrirla a ella en su totalidad, en su verdadero hábitat.

Escuchó cómo se acercaba y, sin poder impedirlo, su corazón comenzó a palpitar muy deprisa. Ella apartó la cortina con la mano y salió al mostrador. Le miró sonriente con sus ojos cristalinos, transparentes como el agua más pura y él no consiguió decir nada. Tragó saliva para desanudarse la garganta y consiguió, a duras penas, que surgiera de ella un hilillo de voz lo suficientemente comprensible. Preguntó si había llegado el libro que le había encargado.

Se disculpó por visitarla por tercera vez pero era urgente, lo necesitaba para mandárselo a su hermano como regalo de cumpleaños. Ella le miró fijamente unos instantes en silencio y sin dejar de sonreír. Después pronunció las palabras que él tanto ansiaba escuchar desde hacía semanas: “Pasa adentro. Ha llegado una caja de libros esta mañana y todavía no he tenido tiempo de sacarlos. Puede que tu libro esté ahí.” La mujer dio media vuelta y pasó a la trastienda sin esperar a que le contestara.

Cuando entró en el almacén, no pudo evitar abrir la boca por la sorpresa. Triplicaba el tamaño de la tienda y estaba rodeado de enormes librerías ocupadas por ejemplares raros y que parecían únicos. Había un gran ventanal por el que entraba toda la luz del sol necesaria para crear una atmósfera de ensueño. Una gran mesa central, de madera de roble, presidía aquel lugar y estaba rodeada de sillas antiguas tapizadas con telas de seda. Sobre ella, estaban colocadas dos lámparas doradas de lectura y una gran caja de cartón.

La mujer estaba de espaldas a la ventana y, a contraluz, su silueta se dibujaba espléndida. Ella adquirió tal dimensión que comenzaron temblarle las rodillas. Se conmovió al tener la certeza de que saldría de allí amándola para siempre.

Ella le indicó que se acercara. Había abierto las tapas de la caja y sacaba los libros que allí se guardaban. Él se colocó a su lado, sintiendo el roce de su brazo junto al suyo, percibiendo su calor. Revisaron, uno por uno, los ejemplares y sus manos se rozaron al encontrar el título que le había encargado para su hermano.

Él apartó la mano con rapidez, tímido, lamentando haber podido traspasar los límites. Sin embargo, ella le sujetó la mano suavemente mientras volvía a atravesarle el corazón con aquella mirada trasparente que le hacía recordar las aguas de un río. Sin saber por qué cerró los ojos y comenzó a escuchar el murmullo de un arroyo y el rumor de la brisa serpenteando entre las hojas de los árboles.  En un instante,  había dejado atrás la librería y se había trasladado a un bosque.

Se dejó mecer por esta visión mientras continuaba sintiendo cómo ella le cogía de la mano cada vez con más fuerza. Los sonidos bucólicos se mezclaron con un intenso zumbido provocado por el aleteo de un insecto. Le pareció notar que unas finas alas le rozaban la mejilla y abrió los ojos sorprendido y ligeramente asustado.

Continuaba estando en la trastienda y el zumbido había cesado. No se había marchado a ninguna parte. Ella le observaba curiosa y hermosa con su larga melena brillando con la luz del sol. Sin embargo, sintió una especie de repulsa repentina al tacto de su mano y la soltó con cierta brusquedad. Le dio la espalda para que no descubriese sus sentimientos.

Se apresuró a disculparse, tenía prisa y el libro que había encargado ya había llegado así que podía marcharse y dejarla desempaquetar tranquila. De nuevo, escuchó el aleteo incomprensible de antes. Giró la cabeza y descubrió aterrorizado el rostro de una libélula gigante a escasos centímetros del suyo.

Vio reflejado su horror en sus enormes ojos abultados que parecían dispuestos a tragárselo, a comérselo vivo lentamente. Gritó e intentó librarse de aquellas patas delgadas pero se le clavaban en el cuello como alambres traspasándole la piel y haciéndole sangrar. Supo que la situación se volvía crítica al percibir que sus pies empezaban a separarse del suelo.

Las dos patas delanteras de ese monstruo le sujetaban la cabeza y las otras cuatro, le habían cogido de tal manera que volaba en posición horizontal. Mientras llegaban hasta el techo, vio que la libélula abría su poderosa mandíbula dispuesto a devorarlo. Reaccionó con rapidez y le atacó a los ojos hundiendo en ellos sus dedos para destrozarlos.

Funcionó y el terrible insecto le dejó caer mientras emitía un alarido de dolor agudo y penetrante. Se golpeó contra el suelo y pudo ver, antes de incorporarse, que la mujer se acercaba a la libélula gigantesca y saltaba sobre ella mientras se la comía con una voracidad que no fue capaz de soportar. Se desmayó al ver en qué se transformaba su mandíbula al engullirla.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando se despertó. Estaba recostado sobre la mesa, junto a la caja de cartón y los libros que habían sacado antes. Ella le contó que se había desvanecido y que había estado así diez minutos. Estaba realmente preocupada. Sin esperarlo, ella le besó suavemente en los labios y él respondió con intensidad pues su contacto volvía a resultarle placentero.

Sin embargo, tuvo que detenerse porque volvía a sentirse mareado y, de nuevo, le zumbaban los oídos como si un insecto rondase a su alrededor. No quería mostrarse ante ella como un paranoico de manera que le ocultó su extraño sueño, pues esa era la explicación racional que le había dado al asunto de la libélula, y se dispuso a despedirse. 

Tras prodigarse varios besos más y concretar una cita para el día siguiente, él puso rumbo a la calle mientras la mujer le seguía con la mirada sabedora de que pronto él se convertiría en lo que ella necesitaba. Una vez estuvo sola, desplegó sus alas de libélula y recorrió la trastienda con su elegante vuelo iluminada por la luz del sol. Su fuerte aleteo removía el polvo y las motas flotaban por el almacén como si fuesen fragmentos brillantes de purpurina. Cogió un libro y se dispuso a leer.

La ninfa se metamorfoseó convirtiéndose en una elegante y mortal libélula. Veloz y carnívora, el mundo que existía fuera del agua había dejado de estar a salvo. Porque había encontrado un nuevo y joven compañero que cazaría para ella.

©Esther Paredes Hernández

30 de Diciembre de 2016

Un extraño libro

Me hablaron de este libro varias veces en los últimos años. Recuerdo perfectamente quién fue la primera persona que lo hizo, mi amiga Sara. 

Sucedió una tarde mientras estudiábamos en la biblioteca para los parciales de Navidad. Las dos estábamos muy cansadas y no podíamos controlar los bostezos. Nos  contagiábamos la una a la otra y empezó a suponer un problema. A ella se le ocurrió parar cinco minutos y salir al pasillo para despejarnos. Así lo hicimos y, al llegar a la puerta, nos cruzamos con  un chico peculiar. Abrazaba un libro al que no presté atención  porque me sorprendió la palidez de su cara y una extrema delgadez que destacaba sus pómulos y hacía que sus ojos resultasen extrañamente grandes. Me pareció ver, asomando por una manga, restos de sangre seca como si se hubiese hecho un pequeño corte. Pero en lo que Sara se fijó fue en el ejemplar que apretaba contra su pecho huesudo con tanta determinación. Me contó, cuando él estaba lo suficientemente lejos como para no escucharla, que había leído en internet sobre esa novela. Se llamaba “La herida”.

Había muy pocos ejemplares aunque todo eso eran suposiciones porque nadie era capaz de ofrecer una información veraz sobre la edición del libro.  Por lo que parecía, no podía encontrarse ni en bibliotecas ni en librerías. Le rodeaba un halo de misterio que ayudaba a que muchos lo buscasen con gran interés así que probablemente fuese todo una buena estrategia de marketing. Sara le confesó que no conocía personalmente a nadie que lo hubiese leído. La gente escribía opiniones en las redes sociales sobre aquella historia que te atrapaba y te ayudaba a ver la realidad tal y como era. Pero todo eso podían ser mentiras. No volvimos a cruzarnos con aquel chico nunca más. Si lo analizo objetivamente, quizás fuese normal no verlo de nuevo. Y lo más seguro que nosotras tuviésemos tan mal aspecto como él porque pasábamos horas y horas encerradas en la biblioteca y comiendo mal. Al fin y al cabo, era época de exámenes para todo el mundo, también para él. Sin embargo, ahora mismo ya no sé qué pensar.

La segunda persona que mencionó “La herida” fue mi hermano Sergio. Cuando me habló del pintoresco libro, cuyo primer capítulo se compartía por internet  y que todo el mundo se descargaba, me costó caer en la cuenta de que se trataba de la misma novela a la que se refirió Sara un año antes. Me contaba, emocionado y divertido, que no había manera de que nadie pudiese encontrar el resto de los capítulos. Así que el morbo crecía de manera imparable. Sergio tenía el capítulo en el ordenador y me dijo que esa misma noche lo iba a leer. Yo no entendía a qué venía tanto revuelo, me parecía todo desmesurado y bastante absurdo la verdad. Pero lo que estaba sucediendo era más importante de lo que imaginaba.

A la mañana siguiente, Sergio salió de casa diciendo que debía encontrar el resto del libro y que no pararía hasta encontrarlo. Mis padres y yo pensamos que era una tontería de las suyas. Pero lo cierto, es que no regresó a casa hasta dos años después. Llamó a la puerta y entró con un ejemplar completo de “La herida” en sus manos. Para entonces, mis padres estaban muy mal de salud porque había sido muy duro no tener apenas noticias de él en todo ese tiempo. Mi madre, sobre todo, ya no pudo reponerse y, a las pocas semanas, murió.

Durante el tiempo que pasó Sergio fuera de casa, la fama del libro había superado cualquier desquiciada previsión. Nadie sabe cómo, empezaron a encontrarse ejemplares por todas partes: bancos de parques, asientos  de metro, librerías, escuelas y universidades… Hasta en las salas de espera de los hospitales, allí el título resultaba una broma.

Sergio estuvo recluido en su habitación desde el principio. Sólo quería leer, una y otra vez el libro, olvidando comer, lavarse e incluso hablar con nosotros. No salió de allí ni para asistir al entierro de mi madre. Aunque casi nadie vino. Por aquel entonces, la gente ya se comportaba de manera extraña. Y se respiraba obsesión y locura en las calles. En cada esquina podías encontrarte a alguien con un ejemplar de “La herida” que lo agitaba apretándolo con fuerza con la mano,  como si fuese un predicador, y que vociferaba espantosas ideas sobre la maldad de los seres humanos que habían herido al mundo creando una gran grieta  que dejaba libre el infierno. Empecé a preocuparme al observar pequeños cortes en el cuerpo de mi hermano. Al principio, sólo aparecían en los brazos. Sin embargo, acabaron ocupando cualquier trocito de piel que quedase intacta. No sangraba demasiado, pero sospecho que se los hacía él mismo y eso me rompe el corazón. Sólo pienso que fue mejor para mi madre no vivir para verlo así. Mi padre… mi…

Mi hermano agoniza en su cama pues su debilidad es tan grande que apenas puede seguir latiendo su corazón. Y mi padre, que habla solo desde hace unos días, sé que está a punto de acabar el libro. Ya no come y tiene los ojos hundidos. Cuando le hablo no me mira y no suelta la novela en ningún momento. Es la tercera persona que me habla de “La herida” aunque, en su caso, apenas consigo entender lo que me dice porque balbucea y suelta frases sin sentido. Esta mañana le he descubierto en la cocina haciéndose pequeñas heridas en los brazos con un cuchillo. 

No hay programas de televisión, tampoco nadie nos habla desde la radio y los periódicos han dejado de imprimirse. Una extraña epidemia se ha extendido entre la población que no sale de sus casas y se aíslan entre ellos. Ya nadie contesta al teléfono. Hace mucho que no sé de Sara. Los predicadores se pudren en las esquinas y no se les recoge para darles sepultura. No sé qué hacer porque no entiendo a lo que me enfrento. Pero pronto lo sabré porque he encerrado a mi padre en el sótano y le he arrebatado el libro. Ha llegado el momento de cerrar las heridas y pasar página. Por primera vez en semanas, no temo llegar al final que alguien ha escrito para mí, para ti… para todos nosotros.

Esther Paredes Hernández

19 de Noviembre de 2016