Crudo

Su hijo se ha despertado en mitad de la noche. Lleva el pijama manchado de vómito. Ella comprueba que no tiene fiebre. Le pone ropa limpia y le hace un hueco en su cama porque el niño continua alterado quejándose de que le duele el estómago. Ella sabe lo que le pasa. Pero no quiere decirle nada aunque le gustaría poder compartir sus temores nocturnos con él. Recuerda en silencio mientras pasa el brazo por la cintura de su hijo.

Desde el juicio por la custodia, su padre les amenazaba veladamente día sí y día también. Les esperaba en la puerta del colegio, se lo encontraban sentado cada tarde en un banco del parque… Y lo peor, se plantaba durante horas frente a la casa, observando, inmóvil como un fantasma. Con el rostro rígido y los ojos perdidos en su propia oscuridad. En comisaría le dijeron que no podían hacer nada para impedirlo, pues él no se mostraba violento. No parecía peligroso, tan sólo un padre dolido con ganas de ver a su hijo.

Ella les explicaba que él había renunciado a cualquier contacto con el niño. Por eso estaba preocupada, porque no entendía a qué venía tanto control entonces. Su familia comenzó a acompañarles a todas partes y sus padres se trasladaron a vivir a su casa. Sin embargo, tras un año comprobando que él no se acercaba a más de doscientos metros, dieron por terminada la prevención.

A partir de entonces, ella estuvo más inquieta que nunca. Porque había pasado un año. Un largo año en el que él no había reducido un ápice la obsesión por ellos. Clavando sus ojos desde la distancia. Mostrando la negrura de su interior. La misma de la que ella quiso escapar cuando se divorció.

Se habían quedado solos otra vez y tuvo que recuperar sus hábitos de antaño. De nuevo, ella vigilaba su espalda echando mirando furtivas mientras caminaba. Revisaba la casa con un cuchillo en la mano cada vez que volvían. Incluso cuando subían al coche, no podía evitar revisar el asiento trasero. Lo peor era asomarse a la ventana y encontrarse con aquellos agujeros negros en el otro lado de la calle. Parecía que su boca desaparecía, que su nariz se volvía invisible, sólo existían sus ojos.

Tres meses.

Seis meses y dejó de comer completamente. Un nudo, creado lentamente día a día, creció en la boca de su estómago y no le permitía ingerir nada sólido. Su familia se alarmó, le recomendaron acudir a un psiquiatra. Si continuaba así la hospitalizarían. Podrían declararla incapacitada para cuidar de su hijo… Bla, bla, bla. Todo el mundo pensaba que ella era su propio problema y, por más que lo intentaba, no comprendían que él era quién la estaba consumiendo poco a poco.

Llegó a la conclusión de que ese espionaje a la vista de todos respondía a un plan maquiavélico. Hacerle daño quitándole a su hijo quizás volviéndola loca, quizás enfermándola consumiendo su salud. Para ella fue evidente que aquello era una cuestión que debería resolverse entre ellos dos y que no había tiempo que perder. Esperaría unas semanas. La pérdida de peso le había debilitado y tenía que recuperar fuerzas.

Su hijo acababa de vomitar aquella noche porque el filete le había quedado algo crudo y le estaba costando digerirlo. Le entendía perfectamente. Durante casi dos años su estómago había estado en manos de aquel hombre fantasma que les vigilaba al otro lado de la calle. Sin embargo, para ella, por fin, el nudo ha empezado a deshacerse. Y podrá volver a comer sosegada para siempre.

El congelador está lleno de carne. Un poco mal cortados, pero los filetes lo ocupan todo. Ya no necesitá asomarse por la ventana porque aquellos ojos espesos ya no les miran. O quizás sí. Pero ahora desde el frigorífico. El hombre que les había arrebatado el apetito les alimentará durante un largo tiempo. Es cuestión de tiempo que su hijo se acostumbre.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 16 de Enero de 2018

Cuento de Halloween II

Cuando te conocí me pediste que guardara silencio. Que no te hablara de nada ni de nadie porque tenías el objetivo de conseguir que olvidase lo que había sido mi vida hasta ese momento. Y te obedecí.

Pero lo hice porque estaba aterrada.

Nací muerta. Lo cual puede considerarse una paradoja. Pues nacer implica vida. El parto duró demasiadas horas y supongo que tiré la toalla. Decidí, a tan temprana edad, que no merecía la pena tanta lucha. Tampoco sabía lo que me perdía. Qué importaba. Sin embargo, los médicos consideraron lo contrario y, sin tener en cuenta mi opinión, me reanimaron.

Consiguieron que mi corazón latiese y llené mis pulmones de oxígeno con un sonoro llanto. Y, desde esa primera bocanada de aire, sentí que mi vida no me pertenecía, pues yo no la había pedido. Así comenzó mi andadura por este desagradecido y cruel mundo en una noche en la que la vida y la muerte se cogen de la mano para recorrer las calles. Mi nacimiento, como una broma macabra del destino, tuvo lugar en la noche de Halloween.

Durante los años posteriores, llegué a despreciar el sol que sale cada día de la misma manera, de las obligaciones que generan culpa, de las normas sociales artificiales… No entendía qué papel jugaba en este gran lienzo. El universo debería haberle dado la oportunidad a otra persona que valorara el regalo de la existencia. Y no a mí. Sentía la necesidad de compensar que me hubieran dado una segunda oportunidad como una gran losa de piedra sobre mi cabeza pero no sabía cómo. Y mi salvación llegó cuando te encontré.

Hemos pasado dos años juntos, amándonos, disfrutando de cada momento y dando valor a nuestras vidas porque tenemos esa misión. Tampoco esta vez lo he expresado correctamente. Dando valor a la Vida en el sentido más amplio de la palabra. No es difícil detectar a aquellas personas que desean desaparecer para siempre, enterrarse en la inmensidad deteniendo su corazón. Y para mí, que soy una experta, todavía es más sencillo. Sólo tengo que buscar una mirada que me recuerde a los mía. Es tan fácil que me da risa.

Una vez hemos encontrado a nuestros objetivos, les seguimos hasta sus casas y acabamos con su sufrimiento. La mayoría gritan asustados cuando adivinan que van a morir al ver el filo brillante del cuchillo. No entiendo esta rebeldía cobarde cuando se enfrentan al fin. Pero no importa, pronto sus rostros reflejan la calma que necesitaban mientras su sangre abandona sus cuerpos. Lo hace con fuerza pues se sentía atrapada en individuos que se habían convertido en muertos vivientes. Otra paradoja.

En la noche de mi cumpleaños, tumbada en la cama, sé que te obedeceré hasta el último de mis días. Que dedicaré a nuestra causa mi energía y mi talento. Sin hacerte preguntas y sin hacérmelas a mí. Ignorando lo que sea que haya aprendido hasta que te conocí. Porque me asusta demasiado perderte. Mi pecho se cierra sólo de pensarlo. Y un gran abismo vuelve a surgir bajo mis pies esperando engullirme.

Si flaqueo en algún momento y te alejas de mi lado, ansiaré que me encuentres vagando por las calles, con los ojos llenos de tristeza llamando a la muerte. Y agradeceré que vengas a mi casa para rebanar con violencia mi garganta desagradecida. Mi sangre será tuya y bañará tus pies salvadores.

Aunque eso no sucederá. Porque creo en nuestra causa y soy tu compañera. La muerte deambula ya por los portales. Es Halloween. Mi noche. Nuestra noche. Salgamos a celebrar la Vida.

Barcelona, 30 de Septiembre de 2017

Terminado a las 17:18h

 

Reseña de “Buenas noches” escrita por Fernando J. Palacios (El tintero)

Emocionada y agradecida al blog “El tintero”. Un blog que ofrece precisos análisis y preciosos textos. Su autor, Fernando J. Palacios, consigue unir sabiduría y sensibilidad en sus palabras. Algo que no es fácil. Lo sé por experiencia.

https://wp.me/p9iVtc-zY

Emocionada porque la vida es capaz de ofrecerte las emociones más dolorosas y las más maravillosas al  mismo tiempo. Este año he sufrido cáncer, me he asustado y he preocupado a mucha gente; han seleccionado un cortometraje que escribí y dirigí en el Festival de Sitges por lo que he podido asistir por primera vez y encima invitada (un Festival referente para mí); he publicado un libro de relatos de terror con ilustraciones y con mis amigos de Impresum; y gracias a mi blog he conseguido abrirme a mi verdad y conocer a personas increíbles que me dan su cariño, me motivan y me enseñan a escribir y ser mejor persona. Como muestra esta reseña tan fantástica.

No sé si soy capaz de decir que el 2017 ha sido un año malo. Duro, desde luego. Intenso, por supuesto. Inolvidable, seguro. Me ha cambiado para siempre.

Esther Paredes Hernandez

1 de Diciembre de 2017

El cobijo

Dicen que el abrazo de una madre nos conecta con el amor que sentimos mientras flotamos en su vientre esperando nacer. Ese tiempo en el que disfrutamos del cobijo mágico donde se gesta nuestra existencia.

Había tachado los días del calendario los últimos meses como recordatorio de que ese último año estaba siendo una larga condena. Él se había largado de su vida dejando claro que no estaba enamorado de ella. No le tembló la voz ni se le nublaron los ojos cuando le dijo que la dejaba.

No la amaba y había descartado darle una segunda oportunidad a su relación.

La casa se llenó de ecos por culpa de los rincones deshabitados. Y por la noche, las sombras acariciaban las paredes con dedos afilados como cuchillas. El sofá pareció crecer de tamaño y ella prefirió ocupar su vieja butaca del salón por miedo a que éste se la tragara.

Comenzó a verse a sí misma como una bayeta usada, blanda y sucia. De manera que cuando le llamaban sus amigos para ir a verla o ayudarle a salir de la casa, se negaba. No soportaba que la viesen de aquella manera. Al final, dejaron de intentarlo y la dieron por perdida. Como ella había hecho consigo misma.

La falta de trato con el exterior la arrastró a una desconexión con la realidad que no le permitía conciliar el sueño, y menos en esa cama medio vacía, así que empezó a usar la butaca para eso también.

Sentada en ella se sentía segura. Allí le dio de mamar su madre y le hacía dormir al cobijo de su pecho y sus brazos mientras crecía. La necesidad de sentir ese amparo provocó que no se levantara de ella si no era para prepararse la comida o ir al baño.

Con el paso de los días, la comida pasó a ser innecesaria y decidió que podía orinar en una palangana. Un 12 de Noviembre dejó de moverse por la casa. Y una semana después, ya no sentía las piernas. Ni dolor. Se había convertido en un fantasma.

Pasaba el tiempo concentrada en la sensación de su tierna infancia cuando todavía podía disfrutar del cobijo de su madre. Cerraba los ojos y se mecía a sí misma mientras susurraba una canción de cuna.

Estaba serena. No necesitaba nada más. Y de esta manera fue como perdió la consciencia. La encontraron caída sobre el suelo y no reaccionaba cuando la llamaban por su nombre y la sacudían con cierta fuerza.

Despertó confusa en el hospital justo cuando una enfermera le estaba cambiando el gotero del suero. Se alegró de que hubiese abierto los ojos y le contó que estaba ingresada desde hacía dos días. Llegó a urgencias deshidratada y con una gran infección de orina que le había afectado a un riñón.

Menos mal que su madre la encontró a tiempo y llamó al hospital. Nadie pudo convencerla de que no la acompañara en la ambulancia y le estuvo sujetando la mano durante todo el trayecto. La enfermera, emocionada, le contó que después pasó la primera noche tumbada junto a ella abrazándola.

Cuando se marchó al día siguiente, les dijo a todos que siguieran cuidando de su hija. Ella debía marcharse a descansar. La enfermera continuó explicándole que nadie del personal dudaba que era una suerte tener una madre como la suya.

Ella no tenía fuerzas para hablar demasiado pero podía sonreír. Y lo hizo mientras daba media vuelta y acurrucaba las rodillas imaginándose en el regazo de su madre. No pensaba desilusionar a la enfermera explicándole que su madre llevaba muerta más de veinte años y  que no volvería a visitarla al hospital.

Suspiró y cerró los ojos para dormir por primera vez en meses. Su madre, que le había dado la vida, también se la había devuelto al mostrarle que valía mucho más que un vulgar trapo sucio. Era una mujer que merecía una segunda oportunidad.

No estaba sola.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Noviembre de 2017

Terminado a las 10:48h

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

En la cueva

En el agua de la lluvia halló la constatación de que se había salvado. Las gotas caían sobre su rostro aliviando su miedo y le hicieron saber que todavía le quedaba una oportunidad. No era capaz de apreciar que estaba rodeado por centenares de árboles desnudos de hojas y que se mostraban ante él como un ejército de lanzas apuntando hacia la tormenta desafiándola. Lanzas negras afiladas dispuestas a morir por él. Inclinó la cabeza hacia atrás, dirigiéndola hacia el cielo gris con los ojos cerrados, disfrutando de la libertad pues había logrado salir de la cueva.

Un domingo por la tarde recibió una llamada que puso todo su mundo del revés. Un policía le habló despacio, con la voz forzadamente tranquila, le dijo que era su deber informarle del accidente que había sufrido su mujer. Mortal. Muerta. Hospital. Esas fueron las únicas palabras que su cerebro consiguió procesar por culpa del frío desgarrador que había congelado su cuerpo.

Muerta. Vacío. La vida sin ella se transformó en un infierno que le engullía día tras día. Un gran agujero surgió en su estómago y era una presa fácil para el dolor. De ahí nació el nudo con el que tiraban de él hacia las profundidades. Apareció una gran mancha de sudor en el colchón provocada por la tristeza de no poder escuchar respirar a su mujer a su lado. El mundo que le rodeaba cambió drásticamente hasta el punto de no poder reconocerse a sí mismo cuando se miraba en el espejo.

Pensó que no recuperaría la tranquilidad. Que su mente se volvería insaciable y le consumiría. No quería vivir así. Pero tampoco acertaba a encontrar una solución. Hasta que una salida se mostró ante él en forma de llamada telefónica. Su móvil sonó varias veces hasta que decidió contestar porque en la pantalla aparecía el nombre de su mujer y aquella llamada no pertenecía a la realidad.

Resolvió la cuestión respondiendo. Quería escucharla aunque fuese producto de su cerebro descontrolado. Al otro lado, se escuchó una respiración agitada que reconoció. Pronunció su nombre pero no consiguió que ella profiriese algo más aparte de esos jadeos profundos y extraños. La conexión se cortó dejándolo en la más absoluta oscuridad. Perdido.

Sonó, retumbando entre las paredes desnudas de su casa, el aviso de un mensaje. De nuevo, enviado desde el número de su mujer. No había palabras escritas, sino números. Sus neuronas se agitaron con ansiedad. Deseaba descifrar el enigma más que cualquier otra cosa en aquellos momentos. ¿Un mensaje encriptado? No ¿Una fecha? No ¿Un lugar? Sí. Unas coordenadas que pertenecían a un lugar situado a escasos kilómetros de su casa.

Se vistió con las manos temblorosas y con una sonrisa en la cara que parecía una mueca por la tensión que se escondía en el interior de su boca. Escasos minutos después, introdujo la llave de contacto y puso en marcha su coche dirigiéndose al lugar en el que esperaba volver a ver a su esposa muerta.

La dirección le llevó hasta lo más profundo del bosque. A una cueva que tenía la forma de una boca abierta al abismo más negro. Su móvil sonó. Apareció el nombre de su mujer. Al aceptar la llamada, reconoció las inspiraciones entrecortadas y artificiales. Esta vez dieron paso a una risita nerviosa y enloquecida. La voz juguetona y macabra de su mujer le dijo. “entra” antes de cortar.

Encendió la luz de linterna del móvil y eso hizo.Tras dejar atrás el mundo exterior, se encontró rodeado de paredes de piedra y nada más. Cerró los ojos un instante. Por primera vez, vaciló en sus intenciones y valoró la posibilidad de que allí le hubiese convocado su dolor extremo y desquiciado. No iba a encontrar a su esposa. Las dudas le envolvieron cuando algo le acarició el rostro sobresaltándolo. La luz de su móvil se apagó.

Sintió otra caricia. Fría pero que le quemaba la piel. Y percibió perfectamente que provenía de una mano. Llamó a su mujer y su nombre retumbó entre la piedra dando paso al eco. El móvil iluminó la cueva y la observó con más atención. El eco le mostró la pequeña entrada de un túnel. Debería arrastrarse por el suelo si decidía investigar hasta dónde le llevaba.

Con el móvil en la boca, comenzó a recorrerlo sin importarle lo que la tierra le hacía a sus antebrazos ni los arañazos que las piedras dibujaban en su rostro. El mismo rostro que acababa de acariciar una mano sobrenatural.

El túnel se alargaba demasiado y esto empezaba a pasarle factura. La sangre le resbalaba por la frente y le goteaba sobre sus ojos produciéndole picor mientras le nublaba su vista. La mandíbula le dolía y apenas podía sujetar el teléfono con la boca unos metros más. Los pulmones le ardían por la falta de oxígeno y se sentía muy mareado. La sangre golpeaba sus sienes con la fuerza de un martillo.

Se detuvo a descansar. Aunque más bien para morir. Aquel agujero subterráneo era una trampa mortal. Ni más ni menos. Escupió el móvil y se estiró. Apoyó la cabeza sobre su brazo izquierdo y se dispuso a abandonarse. Escuchaba su respiración exhausta y supo que le quedaba poco tiempo.

Recordó los ojos llenos de vida de su mujer, grandes y brillantes, resplandecientes. Y su mano suave cuando le cogía del brazo cuando paseaban. Y el olor de su pelo al recostarse sobre su hombro… Empezó a sentirse reconfortado por condenarse en aquella oscuridad al intentar recuperarla.

Y entonces escuchó su respiración pausada junto a él, escondida tras la pared. Sonaba como cuando ocupaba su lado de la cama. Volvían a dormir juntos compartiendo un sueño eterno. Disfrutó de su compañía aunque no pudiese verla porque habitaba en el interior de la roca.

Sintió que no era suficiente, que quería encontrar su mano y su pelo. Así que usando primero el móvil y después sus dedos, comenzó a escarbar las duras paredes del túnel. Ahora sólo escuchaba los esfuerzos que hacía por no dejarse llevar por el dolor de sus manos descarnadas que apenas conseguían separar las piedras de la tierra húmeda.

Comenzó a distinguir que la risa nerviosa de su mujer provenía de todas partes. Como una burla injusta. Y eso le enfureció. No iba a consentir que todo aquello fuese un juego. Estaba dispuesto a morir por ella si no conseguía sacarla de aquel agujero en el que estaba enterrada. Porque los separaron antes de tiempo, porque su vida no debería haber terminado tan pronto, porque ella no merecía desaparecer.

Arañó con toda su rabia, con la frustración de no haber podido protegerla y sus dedos se quedaron sin uñas mientras conseguía abrir un agujero, un camino que le ayudase a liberarla. El pequeño gusano por el que se introducía mientras sacaba tierra era más estrecho que el túnel que dejaba atrás. Y no había luz que le indicase hacia dónde se dirigía.

Su cuerpo estaba cada vez más oprimido y la sangre no recorría sus venas con libertad lo que hacía que sus extremidades se fuesen durmiendo. Esto le daba ventaja sobre el dolor que deberían producirle los cortes profundos. Cada vez que la idea de abandonar se le pasaba por la cabeza, la voz llena de locura de su mujer le animaba a seguir. Cada metro que conquistaba disminuía la distancia que le separaba de ella.

No supo cuánto tiempo había pasado ni lo que había recorrido cuando cayó al vacío. Se quedó paralizado por la sorpresa. Sin entender hacia dónde se dirigía, se golpeó contra el suelo. Continuaba a oscuras. Supo enseguida que se había roto dos costillas por lo menos. Le dolía el abdomen cuando lo hinchaba pero había más oxígeno en aquel lugar y podía respirar con menos esfuerzo al respirar. Cuando consiguió calmarse, supo que la había encontrado.

En mitad de aquella nada, apareció un punto brillante. Un diminuto rayo de luz que comenzó a crecer e iluminó la cueva en la que había caído. Sí, estaba otra vez en la cueva a la que había entrado. La luz provenía claramente del túnel que tanto sufrimiento le había causado.

De allí asomaron dos manos que se arrastraban por el suelo. Dos manos, dos brazos rígidos, una melena larga y sucia que ocultaba un rostro conocido. El cuerpo roto de su mujer, manchado de sangre y barro, le provocó pavor y tristeza a partes iguales. Se dio cuenta de que así la había enterrado: rota.

Continuaba sangrando, en una muerte infinita que la mantenía atrapada en aquel lugar. Ese cuerpo maltrecho y desnudo, gris y rojo, se incorporó tambaleándose y alzó la cabeza para que viera la sonrisa malvada con la que le despreciaba. Ella no merecía morir. Los dos lo sabían. Ella no quería morir. Él tampoco. Sólo había pretendido recuperarla pero eso que estaba temblando y retorciéndose delante de él ya no era su mujer. Era otra cosa. Ya no quedaba amor en ella. Sólo miedo y dolor.

Se acercó y le cogió de la mano. Percibió el intenso olor dulzón de la podredumbre de la carne y se sintió asqueado. Los huesos de su mujer se volvieron cuchillas que comenzaron a rasgar su piel. Ella soltó su risa siniestra. Y él entendió que iba a matarle.

No estaba dispuesto a pasar la eternidad atrapado en aquella oscuridad pegajosa como una tela de araña.  Intentó dar media vuelta para escapar. Pero ella sujetó su otra mano retorciéndola hasta partirle la muñeca y el dolor le nubló la consciencia por unos instantes. Reaccionó al sentir cómo tiraba de él para llevarle hasta las profundidades.

Clavó en ella sus uñas y sus dientes, como hiciera antes en las paredes del túnel cuando la buscaba, y la traspasó. Partiéndola en dos. Consiguió liberarse y salir de aquella cueva en la que nunca debió entrar. La noche lloraba desatando una tormenta. Y los árboles del bosque le rodeaban dispuestos a luchar por él contra la muerte.

Pensó que nunca volvería a entrar en ese lugar, a acercarse hasta ese portal que conducía al abismo. Sin embargo, lo que no sabía era que le costaría mucho cumplir esa promesa. Pues en más de una noche fría, se despertaría con el profundo deseo de encontrarse de nuevo con aquello en lo que se había transformado su mujer.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 7 de Noviembre de 2017

Terminado a las 12:19h

La sed

Desde que soy consciente no he experimentado que las personas se percataran de mi presencia cuando me cruzaba en su camino. Incluso probé a ir desnuda por la calle en un par de ocasiones. Sin éxito. Invisible. De manera que hace una semana decidí que no tenía porqué seguir viviendo ni un día más en esa soledad no merecida y comencé a planear mi suicidio. Pero no pensaba matarme de cualquier manera, quería que reflejara los años de condena a la que había sido sometida sin ningún motivo. Sentía sed de venganza. Una sed profunda que no sabía si podría satisfacerse con mi muerte pero debía intentarlo. Por mí.

Tras considerar durante varias horas el arma que utilizaría, acabé comprando por internet un cuchillo de una recomendadísima marca japonesa. Encargué el más grande que encontré en su página web. Visualicé que tendría un filo que me degollaría con sólo rozar mi piel. Que dibujaría una línea perfecta y mortal como si mi cuello fuese pescado crudo de textura mantecosa.

Había decidido suicidarme en medio de la plaza más concurrida de la ciudad. Seguro que una vez muerta me pisotearían y caminarían sobre mí como si fuese basura. Pero no me importaría, una vez muerta ya no sería consciente de su desdén.

No quería morir sola. Eso era todo. Por mucho que la sed de justicia me hiciese sentir como si ardiese por dentro,  lo cierto es que necesitaba percibir el calor humano cerca de mí para reunir el valor suficiente para cumplir mi plan y degollarme correctamente. No cabía la posibilidad de quedar malherida. La meta era la muerte.

Salí de casa con el cuchillo en la mano y la piel de gallina pues no quise vestirme de otra cosa que no fuera con odio y abandono. Sabía que no era necesario esconder el arma porque nadie iba a mirarme. Una vez que llegué a la plaza me situé en el centro. Me gustó sentirme como una gran actriz en su espectáculo final. La actuación más sublime. Sin embargo, como era de esperar, ni un ojo me prestó atención y ya se sabe que sin público no hay actuación.

El sol se reflejó en el cuchillo y experimenté un escalofrío. Por primera vez, el miedo me hizo vacilar. Desnuda, temblando, no contaba con más apoyo que el afilado metal que podía quitarme la vida. Llevaba la muerte entre mis dedos.

Les observé suplicante y me acerqué a ellos pues no deseaba morir, pero tras su conocida ignorancia recordé que no podía continuar viviendo de aquella manera. Así que alcé el cuchillo y grité con toda la furia que pude hasta que se me quebraron las cuerdas vocales.

Entonces las personas que paseaban por la plaza empezaron a girarse hacia donde yo estaba y me miraron. Uno a uno, fueron abriendo los ojos y las bocas de par en par, aterrados porque habían descubierto a una mujer desnuda con un cuchillo en la mano. ¡Qué maravilloso momento! En aquel instante empecé a existir para ellos ¡yo era real! Gritamos todos juntos, con un terror compartido, asustados por el cambio.

Pero pensé que quizás ya era tarde. Para ellos y para mí. La sed se volvió más fuerte, secando mis emociones, mis ojos. Y me hizo entender que el plan había dado un giro inesperado. Que en realidad la historia no había hecho más que empezar. Y corrí hacia ellos rebanando aquellas gargantas desagradecidas mientras me miraban. Esta vez sí que me veían.

Y su sangre calma mi sed desde entonces y hasta siempre.

©Esther Paredes Hernández

Valencia, 13 de Octubre de 2017

Terminado a las 13:49