El cobijo

Dicen que el abrazo de una madre nos conecta con el amor que sentimos mientras flotamos en su vientre esperando nacer. Ese tiempo en el que disfrutamos del cobijo mágico donde se gesta nuestra existencia.

Había tachado los días del calendario los últimos meses como recordatorio de que ese último año estaba siendo una larga condena. Él se había largado de su vida dejando claro que no estaba enamorado de ella. No le tembló la voz ni se le nublaron los ojos cuando le dijo que la dejaba.

No la amaba y había descartado darle una segunda oportunidad a su relación.

La casa se llenó de ecos por culpa de los rincones deshabitados. Y por la noche, las sombras acariciaban las paredes con dedos afilados como cuchillas. El sofá pareció crecer de tamaño y ella prefirió ocupar su vieja butaca del salón por miedo a que éste se la tragara.

Comenzó a verse a sí misma como una bayeta usada, blanda y sucia. De manera que cuando le llamaban sus amigos para ir a verla o ayudarle a salir de la casa, se negaba. No soportaba que la viesen de aquella manera. Al final, dejaron de intentarlo y la dieron por perdida. Como ella había hecho consigo misma.

La falta de trato con el exterior la arrastró a una desconexión con la realidad que no le permitía conciliar el sueño, y menos en esa cama medio vacía, así que empezó a usar la butaca para eso también.

Sentada en ella se sentía segura. Allí le dio de mamar su madre y le hacía dormir al cobijo de su pecho y sus brazos mientras crecía. La necesidad de sentir ese amparo provocó que no se levantara de ella si no era para prepararse la comida o ir al baño.

Con el paso de los días, la comida pasó a ser innecesaria y decidió que podía orinar en una palangana. Un 12 de Noviembre dejó de moverse por la casa. Y una semana después, ya no sentía las piernas. Ni dolor. Se había convertido en un fantasma.

Pasaba el tiempo concentrada en la sensación de su tierna infancia cuando todavía podía disfrutar del cobijo de su madre. Cerraba los ojos y se mecía a sí misma mientras susurraba una canción de cuna.

Estaba serena. No necesitaba nada más. Y de esta manera fue como perdió la consciencia. La encontraron caída sobre el suelo y no reaccionaba cuando la llamaban por su nombre y la sacudían con cierta fuerza.

Despertó confusa en el hospital justo cuando una enfermera le estaba cambiando el gotero del suero. Se alegró de que hubiese abierto los ojos y le contó que estaba ingresada desde hacía dos días. Llegó a urgencias deshidratada y con una gran infección de orina que le había afectado a un riñón.

Menos mal que su madre la encontró a tiempo y llamó al hospital. Nadie pudo convencerla de que no la acompañara en la ambulancia y le estuvo sujetando la mano durante todo el trayecto. La enfermera, emocionada, le contó que después pasó la primera noche tumbada junto a ella abrazándola.

Cuando se marchó al día siguiente, les dijo a todos que siguieran cuidando de su hija. Ella debía marcharse a descansar. La enfermera continuó explicándole que nadie del personal dudaba que era una suerte tener una madre como la suya.

Ella no tenía fuerzas para hablar demasiado pero podía sonreír. Y lo hizo mientras daba media vuelta y acurrucaba las rodillas imaginándose en el regazo de su madre. No pensaba desilusionar a la enfermera explicándole que su madre llevaba muerta más de veinte años y  que no volvería a visitarla al hospital.

Suspiró y cerró los ojos para dormir por primera vez en meses. Su madre, que le había dado la vida, también se la había devuelto al mostrarle que valía mucho más que un vulgar trapo sucio. Era una mujer que merecía una segunda oportunidad.

No estaba sola.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 12 de Noviembre de 2017

Terminado a las 10:48h

Un cáncer y un libro

Hace seis meses me quejaba de que el cáncer había surgido en mi cuerpo y de que no había sido capaz de escribir una novela en mis 40 años. Me daba mucha rabia pensar que podía morir sin haber cumplido uno de mis sueños infantiles. Mi profesión desde hace quince años es la de guionista, sin embargo, lo que siempre había deseado era publicar un libro y no había tenido el valor para hacerlo.

Aquí tenéis el primer post de la sección “La verdad descarada”. A la que bauticé así porque las cosas se habían puesto muy serias y sólo tenía ganas de escribir desde la verdad. Quería un espacio en el que no hubiese ni un ápice de ficción y dejar aflorar mis sentimientos más profundos.

https://wordpress.com/post/estherparedes.com/3191

Pues bien, pese a la quimioterapia, pese al miedo, pese a la angustia, pese al dolor, pese a las nubes en mi cerebro… conseguí reunir los suficientes relatos (pude escoger entre todos la cantidad de veinte textos) y he publicado un libro. ¡Un libro!

De acuerdo que no es una novela, pero son cien páginas en total y me doy por satisfecha. Os lo presento. Se titula Buenas noches. Una selección de mis veinte mejores relatos de terror. Y el título se debe a que he aprendido que podemos dormir mejor si nos enfrentamos a nuestros miedos. Lo he experimentado durante la enfermedad a costa de mucho sacrificio.

 

 

Mi orgullo, mi reto conseguido, mi nuevo oxígeno. Y vosotr@s habéis tenido muchísimo que ver ayudándome con vuestro aliento, vuestros comentarios, vuestro cariño.

Podéis comprar en el blog la versión en papel (en la pestaña “compra mi libro”) y también el ebook en diferentes formatos.

Os muestro un resumen de la presentación de Buenas noches,  que organicé hace unos días ayudada por mi familia y amigos, en la que estuve rodeada por mucho amor y cariño.

 

No lo veis, pero estoy emocionada y las lágrimas asoman por mis ojos mientras tecleo. Porque sin vosotros detrás de mí, como mi ejército protector, no sé si lo habría conseguido.

Os quiero. Y para siempre. Esto ya ha empezado y, afortunadamente, ya no hay vuelta atrás.

Esther Paredes Hernández

Puedes conocerme mejor como @pasarlodemiedo en Facebook, Instagram y Twitter. Os espero!!

 

 

 

En la cueva

En el agua de la lluvia halló la constatación de que se había salvado. Las gotas caían sobre su rostro aliviando su miedo y le hicieron saber que todavía le quedaba una oportunidad. No era capaz de apreciar que estaba rodeado por centenares de árboles desnudos de hojas y que se mostraban ante él como un ejército de lanzas apuntando hacia la tormenta desafiándola. Lanzas negras afiladas dispuestas a morir por él. Inclinó la cabeza hacia atrás, dirigiéndola hacia el cielo gris con los ojos cerrados, disfrutando de la libertad pues había logrado salir de la cueva.

Un domingo por la tarde recibió una llamada que puso todo su mundo del revés. Un policía le habló despacio, con la voz forzadamente tranquila, le dijo que era su deber informarle del accidente que había sufrido su mujer. Mortal. Muerta. Hospital. Esas fueron las únicas palabras que su cerebro consiguió procesar por culpa del frío desgarrador que había congelado su cuerpo.

Muerta. Vacío. La vida sin ella se transformó en un infierno que le engullía día tras día. Un gran agujero surgió en su estómago y era una presa fácil para el dolor. De ahí nació el nudo con el que tiraban de él hacia las profundidades. Apareció una gran mancha de sudor en el colchón provocada por la tristeza de no poder escuchar respirar a su mujer a su lado. El mundo que le rodeaba cambió drásticamente hasta el punto de no poder reconocerse a sí mismo cuando se miraba en el espejo.

Pensó que no recuperaría la tranquilidad. Que su mente se volvería insaciable y le consumiría. No quería vivir así. Pero tampoco acertaba a encontrar una solución. Hasta que una salida se mostró ante él en forma de llamada telefónica. Su móvil sonó varias veces hasta que decidió contestar porque en la pantalla aparecía el nombre de su mujer y aquella llamada no pertenecía a la realidad.

Resolvió la cuestión respondiendo. Quería escucharla aunque fuese producto de su cerebro descontrolado. Al otro lado, se escuchó una respiración agitada que reconoció. Pronunció su nombre pero no consiguió que ella profiriese algo más aparte de esos jadeos profundos y extraños. La conexión se cortó dejándolo en la más absoluta oscuridad. Perdido.

Sonó, retumbando entre las paredes desnudas de su casa, el aviso de un mensaje. De nuevo, enviado desde el número de su mujer. No había palabras escritas, sino números. Sus neuronas se agitaron con ansiedad. Deseaba descifrar el enigma más que cualquier otra cosa en aquellos momentos. ¿Un mensaje encriptado? No ¿Una fecha? No ¿Un lugar? Sí. Unas coordenadas que pertenecían a un lugar situado a escasos kilómetros de su casa.

Se vistió con las manos temblorosas y con una sonrisa en la cara que parecía una mueca por la tensión que se escondía en el interior de su boca. Escasos minutos después, introdujo la llave de contacto y puso en marcha su coche dirigiéndose al lugar en el que esperaba volver a ver a su esposa muerta.

La dirección le llevó hasta lo más profundo del bosque. A una cueva que tenía la forma de una boca abierta al abismo más negro. Su móvil sonó. Apareció el nombre de su mujer. Al aceptar la llamada, reconoció las inspiraciones entrecortadas y artificiales. Esta vez dieron paso a una risita nerviosa y enloquecida. La voz juguetona y macabra de su mujer le dijo. “entra” antes de cortar.

Encendió la luz de linterna del móvil y eso hizo.Tras dejar atrás el mundo exterior, se encontró rodeado de paredes de piedra y nada más. Cerró los ojos un instante. Por primera vez, vaciló en sus intenciones y valoró la posibilidad de que allí le hubiese convocado su dolor extremo y desquiciado. No iba a encontrar a su esposa. Las dudas le envolvieron cuando algo le acarició el rostro sobresaltándolo. La luz de su móvil se apagó.

Sintió otra caricia. Fría pero que le quemaba la piel. Y percibió perfectamente que provenía de una mano. Llamó a su mujer y su nombre retumbó entre la piedra dando paso al eco. El móvil iluminó la cueva y la observó con más atención. El eco le mostró la pequeña entrada de un túnel. Debería arrastrarse por el suelo si decidía investigar hasta dónde le llevaba.

Con el móvil en la boca, comenzó a recorrerlo sin importarle lo que la tierra le hacía a sus antebrazos ni los arañazos que las piedras dibujaban en su rostro. El mismo rostro que acababa de acariciar una mano sobrenatural.

El túnel se alargaba demasiado y esto empezaba a pasarle factura. La sangre le resbalaba por la frente y le goteaba sobre sus ojos produciéndole picor mientras le nublaba su vista. La mandíbula le dolía y apenas podía sujetar el teléfono con la boca unos metros más. Los pulmones le ardían por la falta de oxígeno y se sentía muy mareado. La sangre golpeaba sus sienes con la fuerza de un martillo.

Se detuvo a descansar. Aunque más bien para morir. Aquel agujero subterráneo era una trampa mortal. Ni más ni menos. Escupió el móvil y se estiró. Apoyó la cabeza sobre su brazo izquierdo y se dispuso a abandonarse. Escuchaba su respiración exhausta y supo que le quedaba poco tiempo.

Recordó los ojos llenos de vida de su mujer, grandes y brillantes, resplandecientes. Y su mano suave cuando le cogía del brazo cuando paseaban. Y el olor de su pelo al recostarse sobre su hombro… Empezó a sentirse reconfortado por condenarse en aquella oscuridad al intentar recuperarla.

Y entonces escuchó su respiración pausada junto a él, escondida tras la pared. Sonaba como cuando ocupaba su lado de la cama. Volvían a dormir juntos compartiendo un sueño eterno. Disfrutó de su compañía aunque no pudiese verla porque habitaba en el interior de la roca.

Sintió que no era suficiente, que quería encontrar su mano y su pelo. Así que usando primero el móvil y después sus dedos, comenzó a escarbar las duras paredes del túnel. Ahora sólo escuchaba los esfuerzos que hacía por no dejarse llevar por el dolor de sus manos descarnadas que apenas conseguían separar las piedras de la tierra húmeda.

Comenzó a distinguir que la risa nerviosa de su mujer provenía de todas partes. Como una burla injusta. Y eso le enfureció. No iba a consentir que todo aquello fuese un juego. Estaba dispuesto a morir por ella si no conseguía sacarla de aquel agujero en el que estaba enterrada. Porque los separaron antes de tiempo, porque su vida no debería haber terminado tan pronto, porque ella no merecía desaparecer.

Arañó con toda su rabia, con la frustración de no haber podido protegerla y sus dedos se quedaron sin uñas mientras conseguía abrir un agujero, un camino que le ayudase a liberarla. El pequeño gusano por el que se introducía mientras sacaba tierra era más estrecho que el túnel que dejaba atrás. Y no había luz que le indicase hacia dónde se dirigía.

Su cuerpo estaba cada vez más oprimido y la sangre no recorría sus venas con libertad lo que hacía que sus extremidades se fuesen durmiendo. Esto le daba ventaja sobre el dolor que deberían producirle los cortes profundos. Cada vez que la idea de abandonar se le pasaba por la cabeza, la voz llena de locura de su mujer le animaba a seguir. Cada metro que conquistaba disminuía la distancia que le separaba de ella.

No supo cuánto tiempo había pasado ni lo que había recorrido cuando cayó al vacío. Se quedó paralizado por la sorpresa. Sin entender hacia dónde se dirigía, se golpeó contra el suelo. Continuaba a oscuras. Supo enseguida que se había roto dos costillas por lo menos. Le dolía el abdomen cuando lo hinchaba pero había más oxígeno en aquel lugar y podía respirar con menos esfuerzo al respirar. Cuando consiguió calmarse, supo que la había encontrado.

En mitad de aquella nada, apareció un punto brillante. Un diminuto rayo de luz que comenzó a crecer e iluminó la cueva en la que había caído. Sí, estaba otra vez en la cueva a la que había entrado. La luz provenía claramente del túnel que tanto sufrimiento le había causado.

De allí asomaron dos manos que se arrastraban por el suelo. Dos manos, dos brazos rígidos, una melena larga y sucia que ocultaba un rostro conocido. El cuerpo roto de su mujer, manchado de sangre y barro, le provocó pavor y tristeza a partes iguales. Se dio cuenta de que así la había enterrado: rota.

Continuaba sangrando, en una muerte infinita que la mantenía atrapada en aquel lugar. Ese cuerpo maltrecho y desnudo, gris y rojo, se incorporó tambaleándose y alzó la cabeza para que viera la sonrisa malvada con la que le despreciaba. Ella no merecía morir. Los dos lo sabían. Ella no quería morir. Él tampoco. Sólo había pretendido recuperarla pero eso que estaba temblando y retorciéndose delante de él ya no era su mujer. Era otra cosa. Ya no quedaba amor en ella. Sólo miedo y dolor.

Se acercó y le cogió de la mano. Percibió el intenso olor dulzón de la podredumbre de la carne y se sintió asqueado. Los huesos de su mujer se volvieron cuchillas que comenzaron a rasgar su piel. Ella soltó su risa siniestra. Y él entendió que iba a matarle.

No estaba dispuesto a pasar la eternidad atrapado en aquella oscuridad pegajosa como una tela de araña.  Intentó dar media vuelta para escapar. Pero ella sujetó su otra mano retorciéndola hasta partirle la muñeca y el dolor le nubló la consciencia por unos instantes. Reaccionó al sentir cómo tiraba de él para llevarle hasta las profundidades.

Clavó en ella sus uñas y sus dientes, como hiciera antes en las paredes del túnel cuando la buscaba, y la traspasó. Partiéndola en dos. Consiguió liberarse y salir de aquella cueva en la que nunca debió entrar. La noche lloraba desatando una tormenta. Y los árboles del bosque le rodeaban dispuestos a luchar por él contra la muerte.

Pensó que nunca volvería a entrar en ese lugar, a acercarse hasta ese portal que conducía al abismo. Sin embargo, lo que no sabía era que le costaría mucho cumplir esa promesa. Pues en más de una noche fría, se despertaría con el profundo deseo de encontrarse de nuevo con aquello en lo que se había transformado su mujer.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 7 de Noviembre de 2017

Terminado a las 12:19h

La sed

Desde que soy consciente no he experimentado que las personas se percataran de mi presencia cuando me cruzaba en su camino. Incluso probé a ir desnuda por la calle en un par de ocasiones. Sin éxito. Invisible. De manera que hace una semana decidí que no tenía porqué seguir viviendo ni un día más en esa soledad no merecida y comencé a planear mi suicidio. Pero no pensaba matarme de cualquier manera, quería que reflejara los años de condena a la que había sido sometida sin ningún motivo. Sentía sed de venganza. Una sed profunda que no sabía si podría satisfacerse con mi muerte pero debía intentarlo. Por mí.

Tras considerar durante varias horas el arma que utilizaría, acabé comprando por internet un cuchillo de una recomendadísima marca japonesa. Encargué el más grande que encontré en su página web. Visualicé que tendría un filo que me degollaría con sólo rozar mi piel. Que dibujaría una línea perfecta y mortal como si mi cuello fuese pescado crudo de textura mantecosa.

Había decidido suicidarme en medio de la plaza más concurrida de la ciudad. Seguro que una vez muerta me pisotearían y caminarían sobre mí como si fuese basura. Pero no me importaría, una vez muerta ya no sería consciente de su desdén.

No quería morir sola. Eso era todo. Por mucho que la sed de justicia me hiciese sentir como si ardiese por dentro,  lo cierto es que necesitaba percibir el calor humano cerca de mí para reunir el valor suficiente para cumplir mi plan y degollarme correctamente. No cabía la posibilidad de quedar malherida. La meta era la muerte.

Salí de casa con el cuchillo en la mano y la piel de gallina pues no quise vestirme de otra cosa que no fuera con odio y abandono. Sabía que no era necesario esconder el arma porque nadie iba a mirarme. Una vez que llegué a la plaza me situé en el centro. Me gustó sentirme como una gran actriz en su espectáculo final. La actuación más sublime. Sin embargo, como era de esperar, ni un ojo me prestó atención y ya se sabe que sin público no hay actuación.

El sol se reflejó en el cuchillo y experimenté un escalofrío. Por primera vez, el miedo me hizo vacilar. Desnuda, temblando, no contaba con más apoyo que el afilado metal que podía quitarme la vida. Llevaba la muerte entre mis dedos.

Les observé suplicante y me acerqué a ellos pues no deseaba morir, pero tras su conocida ignorancia recordé que no podía continuar viviendo de aquella manera. Así que alcé el cuchillo y grité con toda la furia que pude hasta que se me quebraron las cuerdas vocales.

Entonces las personas que paseaban por la plaza empezaron a girarse hacia donde yo estaba y me miraron. Uno a uno, fueron abriendo los ojos y las bocas de par en par, aterrados porque habían descubierto a una mujer desnuda con un cuchillo en la mano. ¡Qué maravilloso momento! En aquel instante empecé a existir para ellos ¡yo era real! Gritamos todos juntos, con un terror compartido, asustados por el cambio.

Pero pensé que quizás ya era tarde. Para ellos y para mí. La sed se volvió más fuerte, secando mis emociones, mis ojos. Y me hizo entender que el plan había dado un giro inesperado. Que en realidad la historia no había hecho más que empezar. Y corrí hacia ellos rebanando aquellas gargantas desagradecidas mientras me miraban. Esta vez sí que me veían.

Y su sangre calma mi sed desde entonces y hasta siempre.

©Esther Paredes Hernández

Valencia, 13 de Octubre de 2017

Terminado a las 13:49

El umbral

Llevo varios días sin dormir esperando tu vuelta. Ahora me estás mirando desde el umbral de la puerta del dormitorio y si pudiera, sonreiría. Es una crueldad agradecer que hayas regresado. Pero los sentimientos son caprichosos y no puedes hacer nada para cambiarlos.

Es una realidad que dependo de ti a todos los niveles aun siendo un desconocido para mí. Ni siquiera podría llamarte por tu nombre si lo tuvieras. Eres la sombra que me vigila desde el umbral. Una sombra que crece y se estira a medida que la luz del sol cambia según transcurren las horas. Temo en lo que te conviertes por la noche. Una figura oscura que alcanza el techo y se curva sobre mí. Cuando eso sucede, imagino que mi respiración agitada te acaricia porque tu rostro es un misterio que no me ha sido revelado y sólo contemplo oscuridad.

Una enfermedad me mantiene confinada en la cama y  no puedo escapar de esta cárcel de sábanas. Desde ella, es imposible no verte, no sentirte. Pues estás frente a mí. Observándome desde la única salida posible. Desde la puerta que podría ayudarme a escapar de estas cuatro paredes que has transformado en una cárcel. Y para asegurarte de que no pida auxilio, cosiste mis labios.

Esa fue la primera vez que me tocaste. Con dulzura y dolor a la vez. Tus dedos invisibles se volvieron agujas curvas que cosían mi carne. Descubrí que hueles a bosque húmedo. A hierba mojada tras ser bañada por la lluvia de otoño. Mis labios eran tuyos y no me resistí aunque sabía que estaba ayudándote a convertirme en tu prisionera. Desde ese día, anhelo tu vuelta. Y mientras regresas, imagino en qué se convertirán tus dedos esta vez. En afilados cuchillos, en finos taladros, en tijeras…

Las moscas se relamen a mi alrededor y sueño con larvas que están deseando nacer para empezar a devorarme. Estoy sentenciada a esta muerte lenta que tú no haces más que alargar para tu propia diversión. Pero también para la mía. Pues me siento más viva cuanto más cerca de la muerte me encuentro. Por eso te doy las gracias. Mi sangre me parece más roja que nunca; siento el dolor en cada uno de mis huesos y puedo ser consciente de todos ellos; y mis labios sellados quieren hablar lo que nunca pudieron. Tengo la boca llena de palabras que no podré pronunciar pero que existen cuando antes no llegaron ni a nacer en mi cerebro.

Cada vez que me haces daño, tras cada tortura a la que me sometes, tus ojos se vuelven culpables y crees que lo único que me separa de la libertad es poder moverme. No sé cómo explicarte que no es así. Soy una inválida postrada en la cama de su dormitorio por voluntad propia y cobijada bajo tu sombra.

Esta noche estás por fin a mi lado. No sé qué sufrimiento me has preparado. Pero estoy dispuesta a entregarte mi dolor a cambio de sentir cómo mi corazón late más vivo y consciente que nunca.

Barcelona, 24 de Septiembre de 2017

©Esther Paredes Hernández

Terminado a las 09:45h

 

Árbol seco

Estaba muerta. Lo sabía por todas las señales que estaba recibiendo de la Vida, del Universo, de lo que fuera.

Y no sólo porque veía a los demás seguir mirando el cielo cada día, poniéndose las gafas de sol y sonriendo a las nubes vaporosas. Sino porque había signos de continuidad para los demás excepto para ella. Estaba quieta, esperando, mecida por el viento mientras se secaba sin poder evitarlo.

En los últimos días sentía que sus brazos podían partirse de un momento a otro y que su tiempo de cordura acabaría cuando se desmembrara del todo. Su cuerpo crujía porque se moría. Sus venas estaban desapareciendo y sus raíces eran incapaces de sujetarla al mundo. Acabaría cayendo al suelo y quizás se desvaneciera para formar parte de él.

Estaba muerta. Condenada. Le había costado reconocerlo pero los indicios estaban ahí para que pudiera leerlos con facilidad, con dolorosa facilidad.

No se lo había buscado, no se lo merecía, pero iba a pasar de todas maneras. La espera era agotadora, espesa como el chocolate amargo y caliente. La conciencia viajaba a través de ella, a pesar de ella, en un vano intento de escapar.

El día y la noche significaban lo mismo. Y apenas podía recordar quién había sido en el pasado porque no sabía quién era ahora. Sólo alcanzaba a discernir el lugar en el que se encontraba.

Apareció allí una tarde mientras daba un paseo. Como solía hacer todas las semanas, al menos una vez. Ese día el cielo estaba ligeramente gris y una brisa fresca le recordó que debería haber cogido una chaqueta.

El camino lo conocía a la perfección, tanto, que podía recorrerlo con los ojos cerrados o mirando a su alrededor sin prestar atención de dónde pisaba. Lo amaba porque le llevaba hasta una pequeña arboleda formada por especímenes antiguos y gigantes en los que se sentaba a leer durante un par de horas.

Sin embargo, esa tarde ni el extraño silencio que la acompañaba le hizo temer que algo diferente, algo definitivo, iba a suceder antes de que acabara su excursión. Hasta que sus pasos le llevaron hasta los árboles secos que conformaban el bosque y lo comprendió todo sin tener la oportunidad de dar media vuelta para salvarse.

La brisa se transformó en viento y sintió miedo. Tanto, que apretó su libro con las manos hasta que sus dedos se quedaron blancos. La sangre se paralizó. Se agazapó en el cerebro y en el corazón con la esperanza de que no sucediese nada malo si se quedaba quieta. Pero no pudo evitarlo.

El pecho, las costillas se partieron como se parte un pedazo de pan duro. Al quebrarse, las hierbas se movieron. Y ella cerró los ojos esperando lo peor dejando caer el libro al suelo.

Y entonces supo que ya no podría dar más paseos. Los árboles no permitirían que regresara a casa. Sus pies se transformaron en raíces que se clavaron en el aquel suelo injusto, cruel, asesino que se había adueñado de sus sueños, de sus alegrías y que le alejaban del amor de los suyos.

Aquella tarde ella dejó de existir tal y como se conocía a sí misma para ser una árbol seco. Un árbol más de aquel bosque maldito. Muchas veces los niños jugaban a esconderse tras ella o unos enamorados compartían confidencias a sus pies, ahora raíces que intentaban alimentarse sin éxito del suelo. Incluso un chico encontró su libro, el que nunca acabó de leer, y lo disfrutó recostado en su tronco sin saber que pertenecía al árbol que le cobijaba.

Pequeños momentos de felicidad de otros en los que ella buscaba consuelo durante la larga espera. La eterna espera. Aunque el tiempo empezaba a acabarse para ella. Sentía su cuerpo seco y quebradizo.

¿Acaso el resto de árboles secos habían sido personas como ella? Lo desconocía. El viento no le hablaba, jamás lo hizo. Lo único que sabía con seguridad es que estaba muerta mientras la Vida le hablaba a los demás y guardaba silencio para ella.

Quizás si la buscas, podrías salvarla. Busca un camino, localiza el bosque que hay al final del sendero y acércate al árbol que esté más seco. Susúrrale, cógele de una de sus ramas ásperas y dile que la esperas. Que no permitirás que se rompa en pedazos y se funda como agua para terminar desapareciendo.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 28 de Junio de 2017

Terminado a las 18:12 h.

 

 

Me quedaré contigo

He escuchado un crujido. Al principio he pensado que alguien caminaba sobre los tablones de madera del suelo de mi dormitorio. Pero no. El desagradable sonido provenía del interior de mi cuerpo. A mi pesar, he descubierto que mi cadera se ha partido mientras estaba dormida.

Puedo afirmar con seguridad que la pierna ha quedado inutilizada. Aunque poco me importa. Empiezo a acostumbrarme. Perdí los dos brazos de la misma manera y sé lo que va a suceder. Me siento como una muñeca a merced de una niña caprichosa que me rompe a pedazos.

Debería haber revisado con más detenimiento el pacto que sellé con mi pequeña consentida. Pero la desesperación nos conduce por serpenteantes caminos que nos aleja de nosotros mismos y nos lleva a cometer locuras. Sobre todo si es por amor.

Aunque me esfuerce, apenas recuerdo los sueños infantiles que perseguía cumplir en mi juventud. Porque cuando la enfermedad conquistó mi cuerpo y clavó su bandera, se desdibujó la razón de mi existencia en el mundo.

Desde ese momento, la muerte transformó mis sueños en pesadillas. Mi sangre se espesaba contra mi voluntad y mi corazón se apagaba con cada latido. El médico me condenó a languidecer aguardando en la cama la temible visita de la calavera.

Pero ¿quién era yo para oponer resistencia? Sólo era una enferma inútil. Mi hija se sentaba junto a la cama para dibujarme. Con sus pequeños ojos derramando tristeza, me explicaba que quería asegurarse de que aquellos dibujos le recordarían mi aspecto cuando me hubiese ido para siempre.

Después los destrozaba con rabia hasta convertirlos en pequeños trozos. A veces, incluso se los comía de tan frustrada como se sentía. Su mente inmadura no era capaz de asimilar mi desaparición.

Los brazos y la cadera rotos no son nada comparados con el dolor asfixiante de comprobar que la vida, más bien la muerte, le estaba arrebatando a mi pequeña sus sueños inocentes y no se los devolvería.

En esas ocasiones, se me rompía el corazón como si de un cristal se tratase. El pecho se me llenaba de agujas que se me clavaban por todo el cuerpo. Sentía convulsiones como si me golpeasen con martillos. ¿Qué sentido tenía mi vida? ¿Y mi sufrimiento?

Todo estaba fuera de mi control y pasé noches en vela intentando hallar el modo de quedarme con mi hija y burlar a la guadaña. Al final, dejándome llevar y aceptando la enfermedad que corría por mis venas, acabé convertida en una muñeca de plástico gigante. Dejé de existir pero no desaparecí.

Nuestro hogar es ahora como una enorme casa de muñecas y mi hija juega conmigo cuando quiere. Y no puedo quejarme, no pienso hacerlo, pues ella es la razón de mi existencia. Aunque, como todos los niños, es caprichosa y sufre rabietas de vez en cuando.

Me arrancó los brazos una tarde en la que una amiga del colegio se había burlado de sus zapatos. Y quizás hoy me ha partido la cadera porque la profesora le ha puesto demasiadas tareas para hacer en casa. Poco queda de mi cuerpo de plástico y debo tener un aspecto lastimoso desde que me cortara el pelo con sus tijeras de la escuela.

Pero tengo que aprovechar los momentos que paso con ella, mi pequeña crece muy deprisa y pronto dejará de jugar con muñecas. Y de necesitar a su madre. Entonces, sé que acabaré en el fondo de algún armario o en algún gran montón de basura. Sin embargo, seré feliz, soy feliz, porque mi vida tiene un sentido.

Mi hija entra en la habitación. Me arranca la pierna, no siento dolor, y me observa sonriendo mientras la sostiene con sus pequeñas manos. Nada nos gusta más que jugar juntas.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, martes 13 de Junio de 2017

Terminado a las 09:40h

Un despido improcedente

La pesadilla comenzó cuando su jefe les comunicó que iba a recortar gastos para poder mantener abierto el concesionario de coches. Y eso significaba que había decidido despedir a uno de los dos empleados. Un péndulo afilado pendía sobre sus cabezas y cualquiera de ellos podía acabar con el cuello rebanado.

Era un cobarde. Siempre lo había sido. Así que no protestó, no intentó hacerle la pelota al jefe, no jugó sus cartas. De hecho, ni siquiera llegó a repartirlas. Sin embargo, se consumía viendo cómo su compañero, día tras día, le tomaba la delantera sin ningún tipo de pudor. Como cuando llevó dos dibujos que había hecho su hija: uno para el jefe y otro para él. Qué juego tan sucio utilizar a la niña para tener ventaja.

Su compañero parecía estar muy seguro de que acabaría siendo él quien conservase el empleo. Así que le miraba con desprecio, mostrándole una sonrisa llena de cinismo mientras fumaba sus asquerosos puros y le echaba el humo en la cara hasta hacerle toser. Menudo gilipollas. 

Lo peor de todo era que vivía esta angustiosa situación en soledad. No podía compartirlo con su mujer porque estaba embarazada de cuatro meses. Sabía que se desmoronaría y no soportaba verla llorar. Tenían muy pocos ahorros y no podían permitirse estar los dos sin trabajo. Era cuestión de días que su jefe les comunicara su decisión, así que optó por esperar a contárselo hasta entonces.

Una tarde, a la vuelta del concesionario, su mujer le obligó a mantener una dura conversación respecto a su hija Judith. Le contó que la niña se mostraba triste cada vez más a menudo y se retraía en su mundo con demasiada facilidad. Ella creía que uno de los motivos era su escasa, por no decir nula, relación padre-hija y le pidió que hiciese un esfuerzo.

Él, como siempre hacía, puso como excusa el horario de trabajo que apenas le dejaba tiempo para poder pasarlo con la niña. Pero ella no cedió esta vez. O arreglaba las cosas entre ellos o habría consecuencias. Le confesó que se sentía muy decepcionada. Los dos sabían que su relación no pasaba por un buen momento y que este embarazo había sido un imprevisto con el que no contaban. No iba a permitir que las cosas en casa continuaran igual.

Desde luego, no se encontraba en su mejor momento para empezar a estrechar lazos con la niña. Lo que menos le apetecía era ponerse a jugar a princesas con el problema tan grande que tenía. Pero no podía decirlo y su mujer hablaba en serio. Su matrimonio corría serio peligro si no se esforzaba con Judith.

Tenía que admitir que apenas había mostrado interés por su hija porque todo lo relacionado con el color rosa, los vestidos brillantes o las muñecas le traían sin cuidado. Quizás si se hubiese tomado la molestia de mirarla a los ojos o de cogerla de la mano alguna vez, se hubiese percatado de que su color preferido era el amarillo (el color del sol) y que le encantaba subirse a los árboles para sentirse como los pájaros.

No la conocía en absoluto porque se la había perdido durante seis años. Se había perdido reír con sus ocurrencias locas o sus primeras caídas de la bici. No sabía muy bien por dónde empezar así que decidió imitar a su compañero de trabajo y pedirle a su hija un dibujo para ponérselo en el corcho de la oficina. Él también era capaz de jugar sucio si se lo proponía.

Judith estaba colgada boca abajo de la rama del árbol del jardín mientras canturreaba la última canción que le habían enseñado en la escuela. Su pelo castaño, mecido por el vaivén de sus movimientos, casi rozaba las puntas quemadas del césped.

Él carraspeó al llegar junto a ella y a punto estuvo de caerse por la sorpresa de verle. La niña le miró con cara de miedo, como si esperase que la regañara por alguna cosa. Se disculpó y le dijo que enseguida entraba en casa a jugar. Él le explicó que le gustaría mucho que le hiciera un dibujo para presumir en el trabajo.

A Judith se le iluminaron los ojos y una gran sonrisa mostraba la alegría que sentía en esos momentos. Apenas había terminado su frase, cuando la niña bajó del árbol y regresó al interior dispuesta a ponerse a trabajar con el lápiz y el papel. Se sorprendió de lo sencillo que había resultado relacionarse con su hija y así se lo contó a su mujer para intentar calmar sus ánimos.

Antes de cenar, la pequeña le entregó un sobre de color rosa en el que había escrito “Te quiero, papá” con un montón de soles alrededor. La niña le pidió que no lo abriese hasta que se fuesen a dormir. Sentó a la niña en sus rodillas y le agradeció el esfuerzo con un gran beso y un fuerte abrazo. De nuevo, sintió que era muy fácil quererla. Pero no lo dijo en voz alta, esta vez se lo guardó para él porque había sentido un amor sincero.

Después de cenar, su mujer se dispuso a darse una ducha y él se metió en la cama mientras la esperaba para ver juntos el dibujo de su hija. Pero no pudo aguantar la curiosidad y abrió el sobre. Extrajo con cuidado la hoja y la desplegó. Sonrió orgulloso al descubrir los bonitos trazos que había hecho la niña con mucho esmero.

Para su sorpresa, teniendo en cuenta que Judith sólo había estado en el concesionario un par de veces, no faltaban los detalles: las mesas en las que se cerraban los tratos con los clientes, las horribles plantas de tela y la puerta del despacho del jefe. Un escalofrío recorrió su cuerpo al leer las palabras que la niña había escrito y que parecían salir de la puerta entreabierta. “Dinero para papá”.

Escuchó que su mujer había terminado de ducharse y, sin saber muy bien por qué, volvió a guardar el dibujo. Aquellas letras infantiles se le habían enroscado en la garganta como el nudo de una corbata invisible. Tragó saliva con el afán de alejar la inquietud que sentía al pensar que su hija podría haber intuido sus problemas. Escondió el sobre en el cajón de su mesita de noche y se hizo el dormido para que su mujer no le preguntara por él.

La presión en el concesionario comenzó a ser insoportable. Su compañero y él apenas se cruzaban una palabra, se habían convertido en enemigos, y el jefe no salía de su despacho. Hacía un calor insoportable. Los pantalones se le humedecían en las zonas de la entrepierna y el trasero por culpa de su desgastada silla de polipiel de color negro.

No había manera de detener las gotas que le bajaban desde la frente y recorrían su rostro haciéndole molestas cosquillas. Se sentía sucio, viejo, desgastado como la silla. Era un cobarde que aguantaba estoicamente el devenir de la vida mientras ésta no le diese una buena patada en el culo para que avanzase.

Su compañero parecía una chimenea fumando sin parar sus asquerosos puros. Contaminando aún más el ambiente e impregnando su ropa de ese olor pegajoso y asqueroso. En un momento dado, cuando ya no sabía qué hacer para pasar el rato sin quedarse dormido o vomitar por el olor de los cigarros, decidió vaciar su vejiga por hacer algo de provecho.

De camino al cuarto de baño, cruzó por la puerta entreabierta del despacho de su jefe y le pareció verle contando una impresionante cantidad de dinero. De hecho, consiguió ver varios montones sobre la mesa al mirar por el rabillo del ojo. Siguió su camino hacia el baño aunque apenas sentía ya la vejiga, sólo pensaba en el dibujo de su hija. “Dinero para papá”.

Al regresar a casa por la tarde, le pidió a la niña que le hiciese otro. No tenía nada que perder. Probablemente la situación le estaba superando, porque parecía un loco pensando que su hija podía ayudarle, pero situaciones desesperadas, merecen medidas excepcionales. Además, su mujer quería que pasaran tiempo juntos ¿no?.

La pequeña, por supuesto, se mostró encantada. Él se sentó junto a ella y aprovechó para hacerle un pequeño interrogatorio, intentando averiguar cómo había sabido que su jefe guardaba tanto dinero en su despacho. Y, sobre todo, por qué había escrito que era para papá.

Ella, mientras dibujaba, se limitó a encogerse de hombros. Esta vez le pidió que imaginara el despacho de su jefe aunque la niña nunca había entrado allí. Cuando Judith le entregó el papel, no pudo abrir más los ojos. Había conseguido plasmar el despacho de su jefe a la perfección. Pero añadiendo algunos elementos que parecían ser fruto de su fantasía. Aunque sintió una especie de alarma al valorar la posibilidad de que pudiesen existir.

En la hoja se veía una pequeña caja fuerte escondida detrás de una de las horrendas plantas de tela. Era una especie de un cuadrado pequeño en la pared dónde podían guardarse muchos billetes. La niña había escrito una serie de números. Era el código de la caja fuerte. Había otro detalle que le provocó un escalofrío: una pistola sobre la mesa del despacho. Y, de nuevo, escrito del puño y letra de su pequeña Judith “Para papá”. Estas palabras estaban escritas al lado del arma.

La niña le miraba alegre como si no entendiese la envergadura del mensaje que se escondía detrás de aquel regalo. Él, asustadizo por naturaleza, lo rompió en pedazos provocando el llanto desconsolado de su hija. Su mujer, encolerizada, le desterró a dormir en el sofá por tiempo indefinido hasta que tomase una decisión sobre su matrimonio. Al llegar la noche, la familia estaba rota lo mismo que el dibujo.

La oscuridad que había invadido la casa era espesa y él no podía dormir. Volvía a sudar sin poder evitarlo. Esta vez por el nerviosismo de sentirse a merced de los demás, su jefe y su mujer iban a decidir por él su futuro sin preguntarle si tenía algo que decir al respecto. Sin embargo, quizás Judith le había proporcionado la llave sin saberlo.

Su hija le había brindado la oportunidad de ir por delante por una vez en su vida. Se levantó del sofá y fue al dormitorio de la niña. Descubrió que la pequeña había intentado pegar los pedazos del dibujo. Sus inexpertas manos no lo habían hecho demasiado bien pero podían leerse lo números de la supuesta caja fuerte que estaba oculta tras la planta de tela.

Eso era todo lo que necesitaba. Cogió una hoja en blanco y esbozó un sol enorme en el que escribió sus nombres dentro. Después besó a Judith, teniendo cuidado de no despertarla, y dejó el mensaje en una esquina de la almohada para que lo descubriera por la mañana. Después, entró en la cocina para coger un par de guantes de látex de los que utilizaba su mujer para limpiar.

Eran las dos de la madrugada cuando aparcó el coche a dos manzanas del concesionario para que nadie pudiese identificar su coche cerca del lugar. Mientras se dirigía hacia allí caminando, elaboró un pequeño plan. Iba a coger todo el dinero. Bueno, lo que necesitara en caso de despido. Tampoco quería abusar. Eso sí, estaba dispuesto a que fuese su compañero el que pareciese el culpable. Quería darle una lección a ese imbécil engreído.

Atravesó el parking del concesionario ocultándose entre los contenedores  de basura y los arbustos secos que rodeaban los pequeños muros. Apretaba el dibujo de su hija con una mano y con la otra, las llaves de la puerta de entrada. Volvían a sudarle las manos por culpa del látex y se sentía torpe, pero todo aquello lo hacía por su familia, por él. Tras asegurarse de que nadie pasaba por la calle, entró en el local.

Pronto encontró lo que buscaba. En la papelera de su compañero, había varias colillas de sus apestosos puros. Cogió un par y se dirigió al despacho de su jefe. Enseguida se dio cuenta de que había alguien dentro porque un halo de luz asomaba de la puerta que estaba algo abierta.

Su primer impulso fue esconderse tras una mesa sin hacer ruido. Esperó y, tras extrañarse al no escuchar ningún ruido, salió del escondrijo para acercarse al despacho. Quizás su jefe se había dejado la luz encendida al marcharse a casa.

Su mujer a varios quilómetros de allí se levantó de la cama sintiendo los ardores típicos del embarazo. Fue hacia la cocina a por un poco de agua que aliviara ese pequeño infierno desatado en la boca del estómago. Al pasar junto al dormitorio de su hija, se extrañó al descubrir que estaba encendida la luz de la mesita de noche. Abrió la puerta y encontró a Judith dibujando frenéticamente en la cama.

La llamó por su nombre y se acercó preocupada porque la pequeña no levantaba la vista del papel. Tuvo que arrancárselo de las manos para conseguir que reaccionara. Lo que vio reflejado en la hoja le puso los pelos de punta y le hizo olvidar el dolor de estómago en un segundo. Corrió al salón en busca de su marido. Aunque, en su fuero interno ya sabía que no le encontraría durmiendo en el sofá. Intentó llamarle pero pronto descubrió que había dejado su móvil sobre la mesa.

Judith fue hasta su madre que tenía la mirada agitada porque su cerebro buscaba una explicación a lo que estaba sucediendo. Decidió llamar al concesionario. El dibujo de su hija le decía que era allí dónde estaba su marido y ella, sin saber por qué, creyó que era cierto lo que se veía en esa hoja llena de manchas de color rojo sangre.

Él se dirigió al despacho con las colillas en la mano. Comprobó que era cierto que no había nadie dentro. Suspiró aliviado y colocó los restos de los puros de manera que pareciese que su compañero era el ladrón. Después, siguiendo el dibujo, tecleó los números de la caja fuerte. Sin embargo, al abrir la puerta de metal no había rastro del dinero.

No sabía qué pensar. Se sentía estúpido. Escuchó el ruido de la cisterna y el sobresalto le sacó de golpe de su ensimismamiento. El teléfono de la oficina empezó a sonar y se fijó en que había pistola dónde había indicado su hija. Pero vio algo más, una bolsa llena de billetes. Alguien se le había adelantado y todavía no se había marchado.

A partir de ese instante, los acontecimientos se precipitaron como rocas que se despeñan de las montañas. Escuchó unos pasos que se acercaban al despacho y sólo pensaba en su mujer y en su hija. Entonces recordó que el arma le estaba esperando, tal y como había escrito Judith: “Para papá”. La agarró y apuntó hacia la puerta.

Ella esperaba con ansiedad que su marido cogiera el teléfono. Sin embargo, fue su compañero de trabajo el que contestó. Y le contó una historia que no podía creer. Una mentira que también contó a la policía. Les dijo que él llevaba unos días comportándose de manera extraña y decidió vigilarle de cerca. No se equivocaba y le sorprendió robando el dinero de la caja fuerte. Al verse descubierto, cogió el arma y se suicidó.

Ese embustero no contaba con que Judith y su madre conocían la verdad. Porque el dibujo que la niña había hecho aquella noche mostraba algo muy diferente. Su padre había muerto asesinado por su compañero.

Con el paso de los años, siguieron de cerca al homicida y esperaron con paciencia una señal, una muestra de cómo acabar con él. Sin embargo, parecía que Judith ya no era capaz de evocar el futuro en sus dibujos. Había perdido ese don.

Hasta que Daniel, el pequeño de la casa que nunca conoció a su padre, aprendió a hacer trazos en las hojas de un viejo bloc. Unos dibujos que plasmaban cómo podían vengarle. Y así lo hicieron en honor a un padre que dio la vida por ellos.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 26 de Mayo de 2017

Terminado a las 11:49 h

Dentro

Dentro no había nada.

Recorrió el largo y amplio pasillo mientras revisaba, habitación por habitación, si quedaba algún resto de las personas que habían habitado aquel lugar. Ya sabía la respuesta.

La luz que penetraba desde el exterior era insuficiente para iluminar los rincones de la casa. Que, por cierto, estaba llena de ellos. Rincones sucios, orinados, que olían a ratas.

El silencio era aplastante y le reconfortaba. Ni cantos de pájaros a lo lejos ni suaves susurros del viento atravesando las ventanas rotas. Relajó la espalda y el cuello con ligeros movimientos circulares como si de un luchador se tratara.

Aquella enorme y hermosa casa estaba vacía. Como él. Se encontraba en mitad del pasillo sin mochila, sin móvil. Había cargado hasta allí con una buena maza para derribar las paredes.

Hizo crujir sus dedos. Cogió el mango de la maza y lo estranguló con fuerza dispuesto a destrozar aquella casa hermosa y maldita que se lo había arrebatado todo.

Su mujer fue la primera en encontrarla. Había salido a dar un paseo y la descubrió por casualidad. Eso es lo que los dos creyeron entonces. Le sorprendió una tormenta que apenas le permitía ver por dónde pisaba. Acabó perdida y desesperada. Al toparse con la casa, que podía servirle de refugio, se sintió muy afortunada.

Cuando el cielo se despejó, la luz comenzó a entrar por puertas y ventanas. Ella pudo admirar de inmediato la grandiosidad de los detalles decorativos de la casa. Los techos altos, los arcos que formaban las puertas y las robustas paredes. Comenzó a hacer fotos de todo lo que le llamaba la atención y regresó a nuestro hogar entusiasmada.

Al día siguiente, fueron juntos y tuvo que darle la razón: era magnífica. Hicieron más fotografías de aquel lugar compuesto por una amplia planta baja llena de habitaciones y un piso superior al que no se podía acceder porque la escalera estaba en un pésimo estado.

Por la noche, acurrucados en la cama, revisaron juntos las imágenes que habían tomado. Ella estaba agotada y se quedó dormida antes. También había estado muy callada durante la cena. Quizás el agua de la tormenta le había provocado un resfriado.

Él continuó mirando el material que habían conseguido aquella tarde. Descubrió algunas instantáneas extrañas. Se veía claramente a su esposa, cámara en mano, en el marco de la puerta de una de las habitaciones. Y junto a ella aparecía una mujer. Para ser honestos, era más bien una sombra que parecía pertenecer a un ser femenino.

Aquella extraña silueta oscura sólo aparecía en las fotografías tomadas en esa habitación en concreto. Y se le veía tan próxima a su mujer que prácticamente estaba sobre ella. De hecho, en la última, parecía sujetarle del hombro y estar hablándole al oído.

Él olvidó conscientemente ese hallazgo, que le ponía los pelos de punta, porque ella pasó dos días con fiebre y no quiso sacar las cosas de quicio para no molestarla en ese estado. A veces, nuestros propios miedos pueden desvelar verdades que necesitan salir a la luz por muy horribles que sean. Prefirió mirar hacia otro lado y no volver a ver aquella sombra que se cernía sobre su mujer y que, de alguna manera, había empezado a cambiarla.

Durante ese estado febril, ella conversaba con alguien en la oscuridad del dormitorio. Delirios justificó él. Gimoteaba en sueños y, en más de una ocasión, se despertó en medio de alarmantes alaridos llenos de terror. Delirios.

Pocos días después de que se recuperara, su mujer llegó a casa con los brazos llenos de sangre y la mirada perdida. Él, alarmado, llamó a la policía. Ella no recordaba gran cosa, tan sólo que había vuelto a la vieja casa y después, sin saber cómo, estaba frente a su marido manchada de sangre. Cuando le limpiaron los brazos descubrieron que la sangre era suya y que procedía de unos profundos cortes que formaban la palabra Vuelve en sendos antebrazos.

Ella estaba confusa y muy preocupada. Le daba pavor no poder acordarse de lo que había sucedido durante las horas que pasó en interior de aquella casa. Pero él, aconsejado por la policía, le convenció de que todavía estaba débil por la fiebre y que lo mejor sería no volver a ese lugar que tanto parecía impresionarla.

Después del suceso, su mujer acudió a un terapeuta por iniciativa propia y, tras unas pocas sesiones, todo quedó olvidado. O eso quiso creer él. Una noche se despertó y ella no estaba en la cama. Tras buscarla por toda la casa, supo muy bien dónde debía buscarla. Le daba miedo admitirlo, pero la amaba y su obligación era salvarla de sí misma o de aquella sombra malvada que ansiaba arrebatársela.

Dejó el coche en la entrada del sendero. Las hierbas altas y los árboles curvados no le permitían llegar con él hasta la puerta. La noche era fría pero no lo notaba. Sólo pensaba en encontrarla a salvo y que no fuese tarde. Cogió la linterna y comenzó a gritar el nombre de su mujer. Silencio. Estaba temblando y apretaba tanto la mandíbula que podría haber roto sus dientes con sólo un poco más de fuerza.

Entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación en la que las fotografías habían mostrado aquella figura. Y allí estaba su mujer. Desnuda. Envuelta en la más absoluta oscuridad. Llevaba en las manos gran tornillo retorcido y oxidado con el que escribía algo en su piel.

Corrió hacia ella y vio que había trazado la palabra Vuelve, esta vez, por todo su cuerpo. Incluso había pintado este mensaje por las paredes también desnudas y con su propia sangre.

Él intentó quitarle el tornillo de las manos. Pero ella se resistía. Con los ojos opacos. Porque su mente estaba a quilómetros de allí. No se hallaba en aquel lugar y él no se sentía capaz de averiguar dónde estaba atrapada.

Ella soltó un alarido y le dio un empujón que le hizo caer hacia atrás. El tiempo justo para que se clavara el tornillo en los ojos hasta destrozarlos. Con el cuerpo y el rostro ensangrentados comenzó a caminar lentamente hacia él. Se movía con los brazos extendidos y una expresión extraña en la boca. Él no pudo soportar más horror y apagó la linterna.

Escuchó que se detenía a escasos pasos de él y que caía desplomada en el suelo. Encendió la linterna y la vio en el suelo con el tornillo clavado en la yugular. Estaba agonizando delante de él. Las piernas se agitaban con los últimos movimientos previos a la muerte.

Y acabó todo.

Vuelve.

Tardó un tiempo en darse cuenta de que el mensaje era para él. A él era a quién esperaba ese terror nocturno en aquella casa que se lo había quitado todo por ser un cobarde. Pero ya no. Y eso era lo que había hecho, regresar.

Dio el primer mazazo en una de las paredes en las que todavía había restos de la sangre de su mujer. La pared gritó. La casa entera gritó. Pero él no se detuvo y golpeó de nuevo. Quería que saliera. Quería verla.

Sintió que alguien ponía su mano inerte y helada en su hombro. Clavándole las uñas hasta rasgarle la carne. No le importaba el dolor. Ya no. Giró el rostro hacia ella y se encontró cara a cara con sus ojos enrojecidos, enloquecidos, con la fiereza de la venganza. Ella abrió su boca llena de gusanos y él levantó la maza. La oscuridad se cernió sobre él como un remolino.

Semanas después, una pareja de excursionistas encontró su cuerpo desnudo tirado en el suelo del amplio pasillo. Hinchado. Gris. En un lecho de sangre seca. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y era evidente que había muerto a causa de un fuerte golpe en la cabeza que le había destrozado el rostro.

Lo que no entendieron fue lo que parecía ser una especie de mensaje que había intentado escribir antes de morir. No vuel_

Debatieron, aquella noche mientras intentaban alejar el horror que habían descubierto, si ese pobre hombre habría intentando advertir a quién le encontrara de que no volvieran a aquella casa.

Pero lo hicieron. Primero, ella regresó. Y, más tarde, cuando ella apareció desangrada, él.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 13 de Mayo de 2017

Terminado a las 19:45 h

Cuando Stephen King me salvó la vida

En esta etapa de la madurez, Stephen King ha vuelto a salvarme la vida. Sí, sí, ya lo hizo antes.

Por la manera en la que transcurrió mi infancia, no tuve más remedio que acostumbrarme a vivir con el miedo. Un miedo que se ha instalado en mi estructura emocional y con el que he tenido que aprender a convivir. Aunque, como bien sabéis el miedo tiene una y mil caras, de manera que todavía lidio con temores nuevos.

Por ejemplo, nunca me había preocupado de manera especial la enfermedad. La muerte sí, como a todos. Pero no la enfermedad. Siempre he cuidado de mi salud como norma. Y, sin embargo, ya veis, no podemos adivinar lo que nos depara la vida.

Empecé a leer a Stephen King en un momento crucial de mi infancia. Y me ayudó a evadirme experimentando con sus personajes diferentes formas de enfrentarnos a nuestros terrores. Ellos, como yo, tenían miedo y no se avergonzaban. Me salvó la vida de manera metafórica,  consiguió rescatar mi cerebro y alejarlo de cualquier otro camino más oscuro que pudiese haber elegido.

Decidí, entonces, escribir una novela por él. En su honor. Como una especie de agradecimiento por la catarsis que había experimentado. Sin embargo, ya sabéis que me he quedado en la línea de salida. Pero por poco tiempo. Creo que, en esta ocasión, hay demasiado en juego. Ahora la verdad es tan descarada que resulta ridícula.

Me percibo tan distinta a la de hace unos meses que, de alguna manera, siento que debo recorrer un camino diferente. Aunque me empeñe, he dejado de ser la que era. Por eso reviso el pasado. Porque para poder volver a construirme necesito saber qué cojo y qué dejo de estos cuarenta años.

Su célebre frase (dependiendo del traductor de inglés que escojas) “El momento más espantoso es siempre justo antes de empezar” Es mi nuevo lema. De hecho, la he pegado en mi pared con un vinilo que encargué por internet. De nuevo, este escritor, este símbolo para mí que roza el absurdo, ha regresado a mi cotidianidad a modo de segunda oportunidad, de una especie de segunda vuelta.

Porque empiezo a ser como uno de sus personajes que lucha por no perder la cordura, por no dejar que la oscuridad lo abarque todo. No es desánimo, no es depresión, es encontrarte en la fría zona abisal más tremenda. Y a eso hay que llamarlo con otro nombre.

Tengo miedo y tengo que experimentarlo, desarrollarlo y ver a dónde quiere llevarme. Stephen me acompaña en el viaje… por segunda vez.

Esther Paredes Hernandez

Barcelona, 27 de Abril de 2017