Confusa

Cerraba los ojos intentando concentrarse. Encontrar en algún rincón de su cerebro algo de luz y de silencio. Voces de personas invisibles y ruidos a los que no podía poner nombre se mezclaban entre sí tejiendo una tela de araña densa como la niebla. Estaba tumbada en la cama. Los ojos cerrados. Su corazón cansado e inquieto.

Su pecho desfallecía y respirar le producía un dolor profundo. Un dolor que reptaba clavando sus uñas en la carne queriendo alcanzar la garganta. El mundo se había vuelto confuso. La vida, extraña. Como si alguien la hubiese echado de un automóvil en marcha y hubiese rodado golpeándose contra el asfalto para quedar en el arcén desprotegida contra la tormenta.

Suspiraba. Cada vez con más fuerza. Pero resultaba inútil. Se ahogaba en la cama de su dormitorio envuelta en la niebla que producían sus pensamientos sin sentido.

El tiempo se había dividido en pequeñas fracciones del pasado, del presente y de un futuro imaginado. Pedazos que se amontonaban, se mezclaban y retroalimentaban dando paso a la confusión. A la realidad borrosa de la que necesitaba salir si deseaba no acabar muerta. Sabía que corría peligro si no lograba superar ese miedo que la mantenía paralizada y, al mismo tiempo, agitaba su mente hasta el extremo.

Primero despegó la cabeza de la almohada. Gimió de dolor cuando la sangre comenzó a golpear sus sienes recordándole que se había puesto en movimiento. Se mareó, pero no quiso volver a atrás. Apoyó las manos en el colchón y se sentó en la cama. Respirando profundamente para recuperar poco a poco la sensibilidad de su cuerpo. Apartó las sábanas con mucho esfuerzo e intentó mover las piernas.

No quería dejar su dormitorio. No deseaba salir y ver el sol. Arrastrando los pies y cargando con su alma, que era lo que más le pesaba, llegó al cuarto de baño. El agua fría le ayudó a concentrarse. No del todo. Lo suficiente para organizar mentalmente lo que debía hacer para llegar hasta la calle.

Diez minutos después estaba bajando las escaleras de su edificio. No era capaz de meterse en el ascensor. Las paredes se hubiesen estrechado hasta aplastarla. Así que, escalón a escalón, luchando contra sí misma en cada paso, alcanzó el hall. Con un poco más de esfuerzo regresó al mundo real.

El sol le obligó a cerrar los párpados e hizo que las voces invisibles llenaran de nuevo su cabeza. Tuvo que sujetarse la frente por el dolor y se tambaleó. Alguien la sujetó del brazo para que no cayese al suelo. Cuando recobró un mínimo de control intentó ver a la persona que le había ayudado. Pero no pudo.

Distinguía su, su pelo, sin embargo no veía su cara. Su rostro estaba tan barroso que había desaparecido. Dónde debían estar los ojos, la nariz… se  veía una mancha de color carne. Una mancha lisa, sin círculos, sin bordes. Nada.

Empujó a aquel hombre, porque eso era lo que pudo saber por su ropa, muy asustada y dio media vuelta andando ansiosa en la dirección contraria. Enseguida se cruzó con otra persona sin rostro. Y otra. Y otra más. Y todas las que le rodeaban.

Las voces invisibles clamaban en su cabeza y los ruidos eran tambores furiosos. La confusión era su dueña. Se desorientó y no era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa. Sólo miraba hacia el suelo para no toparse de frente con aquellos cuerpos sin rostro. No sabía si la miraban, si le hablaban, lo que pensaban, quiénes eran.

Alguno la llamó por su nombre. Pero la voz no era suficiente para que poder reconocerlo. Habría dado cualquier cosa por encontrarse con una cara amiga. Deambulaba por las calles sin saber qué hacer. Exhausta, encontró una gran caja de cartón en un callejón y allí pasó el día escondida. Y la noche. Aquel escondite improvisado le dio una serenidad inesperada durante esas horas.

Porque no le importaba a nadie, no veía a nadie, no estaba en su cama atrapada y las voces de su cerebro no parecían tener demasiadas ganas de conversar. Se durmió rodeada de suciedad, de charcos de agua oscura por la inmundicia y de unas ratas que buscaban comida. Ese lugar infecto resultó ser más hogar que lo que había sido su propia casa en los últimos días.

En cuanto la ciudad comenzó a despertar, ella también lo hizo. Se estiró como hacen los que han descansado bien. Alguien la sorprendió levantando el cartón con el que se escondía. Era un policía que le preguntaba si se encontraba bien. Ella fijó la mirada con esfuerzo y observó que no tenía rostro. Salió corriendo de allí pidiendo auxilio.

Encontró la manera de regresar a casa sin saber muy bien cómo pues sólo miraba el suelo. Entró en su casa con las manos temblorosas y llorando. No entendía lo que estaba sucediendo. ¿Por qué no podía reconocer el rostro de los demás?

Se metió en la ducha. Olía mal. Se había orinado encima cuando vio al policía. El agua caliente calmó sus nervios. Comenzó a sentir cierta esperanza. Quizás si se tranquilizaba, si tomaba el control sobre las voces invisibles, la confusión se alejaría y las cosas volverían a recuperar la normalidad.

Abrió la cortina de la ducha y se envolvió en una toalla. Las gotas resbalaban sobre su piel y sintió un escalofrío. Se dirigió al espejo que estaba empañado por el vapor de agua. Se observó así un instante. De esta manera veía a los demás, como si su cara fuese un espejo empañado. No le gustaba. El miedo regresó.

Se apresuró en limpiarlo con la mano. Pero no tuvo éxito. Empezó a frotar con las dos manos, con fuerza. Utilizó la toalla, el secador, sin embargo todo parecía inútil. Lo dejó estar y fue hacia su dormitorio. Entonces descubrió que su reflejo en la ventana era igual de borroso que en el baño. Allí no había vapor.

Comprobó horrorizada que, aunque ella se veía a sí misma con claridad, reflejada en los cristales era una mancha, sólo los bordes recordaban que era ella. Desnuda, salió al rellano y llamó a gritos a sus vecinos. Poco a poco fueron asomando y no daban crédito a lo que veían.

Porque no sabían qué era aquello, aquella mancha de color piel, aquel dibujo borroso que emitía palabras inconexas. Estaban paralizados, sin saber qué hacer, cerrando las puertas para que no se acercara a ellos o entrara en sus casas.

Hasta que un vecino la tocó y vio que era consistente, que se removía entre sus manos y la empujó por el hueco de la escalera.

Ella sintió como se partía su cuerpo con el fuerte golpe. Su cerebro se había detenido bruscamente tras gritar mientras caía. Los párpados ya no pesaban y echó un último vistazo a la vida, a los vecinos que se asomaban por la barandilla. Habían recuperado su rostro. Sabía quiénes eran. Sonrió porque había dejado de estar confusa.

El vecino que había lanzado a aquella cosa contra la planta baja ansió morir al descubrir que la mancha borrosa era su vecina. Pues recuperó su forma cuando su cuerpo perdió la vida.

©Esther Paredes Hernández

Barcelona, 11 de Febrero de 2018

 

 

 

 

 

Un extraño libro

Me hablaron de este libro varias veces en los últimos años. Recuerdo perfectamente quién fue la primera persona que lo hizo, mi amiga Sara. 

Sucedió una tarde mientras estudiábamos en la biblioteca para los parciales de Navidad. Las dos estábamos muy cansadas y no podíamos controlar los bostezos. Nos  contagiábamos la una a la otra y empezó a suponer un problema. A ella se le ocurrió parar cinco minutos y salir al pasillo para despejarnos. Así lo hicimos y, al llegar a la puerta, nos cruzamos con  un chico peculiar. Abrazaba un libro al que no presté atención  porque me sorprendió la palidez de su cara y una extrema delgadez que destacaba sus pómulos y hacía que sus ojos resultasen extrañamente grandes. Me pareció ver, asomando por una manga, restos de sangre seca como si se hubiese hecho un pequeño corte. Pero en lo que Sara se fijó fue en el ejemplar que apretaba contra su pecho huesudo con tanta determinación. Me contó, cuando él estaba lo suficientemente lejos como para no escucharla, que había leído en internet sobre esa novela. Se llamaba “La herida”.

Había muy pocos ejemplares aunque todo eso eran suposiciones porque nadie era capaz de ofrecer una información veraz sobre la edición del libro.  Por lo que parecía, no podía encontrarse ni en bibliotecas ni en librerías. Le rodeaba un halo de misterio que ayudaba a que muchos lo buscasen con gran interés así que probablemente fuese todo una buena estrategia de marketing. Sara le confesó que no conocía personalmente a nadie que lo hubiese leído. La gente escribía opiniones en las redes sociales sobre aquella historia que te atrapaba y te ayudaba a ver la realidad tal y como era. Pero todo eso podían ser mentiras. No volvimos a cruzarnos con aquel chico nunca más. Si lo analizo objetivamente, quizás fuese normal no verlo de nuevo. Y lo más seguro que nosotras tuviésemos tan mal aspecto como él porque pasábamos horas y horas encerradas en la biblioteca y comiendo mal. Al fin y al cabo, era época de exámenes para todo el mundo, también para él. Sin embargo, ahora mismo ya no sé qué pensar.

La segunda persona que mencionó “La herida” fue mi hermano Sergio. Cuando me habló del pintoresco libro, cuyo primer capítulo se compartía por internet  y que todo el mundo se descargaba, me costó caer en la cuenta de que se trataba de la misma novela a la que se refirió Sara un año antes. Me contaba, emocionado y divertido, que no había manera de que nadie pudiese encontrar el resto de los capítulos. Así que el morbo crecía de manera imparable. Sergio tenía el capítulo en el ordenador y me dijo que esa misma noche lo iba a leer. Yo no entendía a qué venía tanto revuelo, me parecía todo desmesurado y bastante absurdo la verdad. Pero lo que estaba sucediendo era más importante de lo que imaginaba.

A la mañana siguiente, Sergio salió de casa diciendo que debía encontrar el resto del libro y que no pararía hasta encontrarlo. Mis padres y yo pensamos que era una tontería de las suyas. Pero lo cierto, es que no regresó a casa hasta dos años después. Llamó a la puerta y entró con un ejemplar completo de “La herida” en sus manos. Para entonces, mis padres estaban muy mal de salud porque había sido muy duro no tener apenas noticias de él en todo ese tiempo. Mi madre, sobre todo, ya no pudo reponerse y, a las pocas semanas, murió.

Durante el tiempo que pasó Sergio fuera de casa, la fama del libro había superado cualquier desquiciada previsión. Nadie sabe cómo, empezaron a encontrarse ejemplares por todas partes: bancos de parques, asientos  de metro, librerías, escuelas y universidades… Hasta en las salas de espera de los hospitales, allí el título resultaba una broma.

Sergio estuvo recluido en su habitación desde el principio. Sólo quería leer, una y otra vez el libro, olvidando comer, lavarse e incluso hablar con nosotros. No salió de allí ni para asistir al entierro de mi madre. Aunque casi nadie vino. Por aquel entonces, la gente ya se comportaba de manera extraña. Y se respiraba obsesión y locura en las calles. En cada esquina podías encontrarte a alguien con un ejemplar de “La herida” que lo agitaba apretándolo con fuerza con la mano,  como si fuese un predicador, y que vociferaba espantosas ideas sobre la maldad de los seres humanos que habían herido al mundo creando una gran grieta  que dejaba libre el infierno. Empecé a preocuparme al observar pequeños cortes en el cuerpo de mi hermano. Al principio, sólo aparecían en los brazos. Sin embargo, acabaron ocupando cualquier trocito de piel que quedase intacta. No sangraba demasiado, pero sospecho que se los hacía él mismo y eso me rompe el corazón. Sólo pienso que fue mejor para mi madre no vivir para verlo así. Mi padre… mi…

Mi hermano agoniza en su cama pues su debilidad es tan grande que apenas puede seguir latiendo su corazón. Y mi padre, que habla solo desde hace unos días, sé que está a punto de acabar el libro. Ya no come y tiene los ojos hundidos. Cuando le hablo no me mira y no suelta la novela en ningún momento. Es la tercera persona que me habla de “La herida” aunque, en su caso, apenas consigo entender lo que me dice porque balbucea y suelta frases sin sentido. Esta mañana le he descubierto en la cocina haciéndose pequeñas heridas en los brazos con un cuchillo. 

No hay programas de televisión, tampoco nadie nos habla desde la radio y los periódicos han dejado de imprimirse. Una extraña epidemia se ha extendido entre la población que no sale de sus casas y se aíslan entre ellos. Ya nadie contesta al teléfono. Hace mucho que no sé de Sara. Los predicadores se pudren en las esquinas y no se les recoge para darles sepultura. No sé qué hacer porque no entiendo a lo que me enfrento. Pero pronto lo sabré porque he encerrado a mi padre en el sótano y le he arrebatado el libro. Ha llegado el momento de cerrar las heridas y pasar página. Por primera vez en semanas, no temo llegar al final que alguien ha escrito para mí, para ti… para todos nosotros.

Esther Paredes Hernández

19 de Noviembre de 2016

 

El túnel

Resultaba cómico lo que estaba pasando, aunque no tuviese ninguna gracia en realidad. Pero no podía dejar de pensar que todo lo sucedido respondía a una broma macabra que alguien o algo había preparado expresamente para él.

La gente le miraba fijamente en aquel túnel subterráneo sucio, viejo y mal iluminado. ¿Con cuántas personas se habría cruzado mientras lo recorría? ¿Cincuenta? ¿Cien? Pues todas ellas le observaban serias y asqueadas, así era cómo le miraban. Vale, sí, sólo durante unos segundos y después volvían a lo suyo… pero ¿por qué?

Todo había comenzado al bajar las escaleras de la estación de metro cuando volvía a casa. Marcó un viaje en la tarjeta de transporte y caminó rápido para llegar al largo túnel, que le llevaría hasta su andén, lo antes posible. Enseguida se percató de que todos con los que se cruzaba le observaban descaradamente con gran desprecio. Pensó que podría ser porque tenía la cara manchada o la ropa o que olía mal… Sin embargo, no descubrió nada que pudiese despertar esa animadversión, no disimulada, en los demás.

Mirada tras mirada, después de muchos ojos molestos, empezó a sentir que las paredes de aquel maldito túnel encogían y que la luz amarillenta se convertía en una soga invisible que se arremolinaba lentamente en su garganta secándole la boca. Decidió caminar más rápido, casi llegó a correr, intentando divisar el final del túnel. Pero no había manera. Con el corazón encogido y latiendo demasiado deprisa, descubrió que, por más que se apresurase, siempre parecía estar en el mismo punto. Empezó a dolerle el pecho pues ya no soportaba que tantas personas le examinaran con esa rabia contenida, con esa dureza, una y otra vez. Se vio obligado a detenerse para recuperar el aliento y decidió dar la espalda a los transeúntes quedándose quieto de cara a la pared. Tenía a pocos centímetros las sucias baldosas, de color indefinido por la suciedad y la atmósfera negruzca del metro, y las líneas que se dibujan en ellas fruto de los líquidos hediondos que las recorrían. Pero prefería toda esta inmundicia a tener que ver la cara de nadie más. Resultó cómo esperaba: consiguió serenarse y recuperar el aliento que tanto necesitaba si no quería que alguna vena del cerebro le estallara o le explotara su corazón agotado.

Recuperada cierta calma, ideó un pequeño plan. Caminaría de cara a la pared. Tenía la intuición que, de esta manera, recorrería los metros que le separaban del andén sin tener más complicaciones puesto que, si no les veía, no le molestaban. Se entusiasmó y no pudo reprimir un pequeño grito de triunfo. Pronto, pronto se subiría al tren y volvería a casa. Y, una vez se sintiese a salvo, la pesadilla quedaría atrás. Empezó a dar pasos laterales y se pegó a las paredes intentando alejarse lo máximo posible de las personas con las que se cruzaba. Las palmas de las manos se iban volviendo negras y la ropa se le manchaba con la humedad que bajaba desde el techo, pero no le importaba. Sólo estaba centrado en comprobar que su instinto no le había fallado y que conseguiría llegar a la salida del túnel. Así que miró de reojo para comprobar que esta vez sí que avanzaba cuando la vio. Cerca de él había una mujer de cara a la pared, con los brazos caídos a los lados, que se balanceaba ligeramente hacia adelante y hacia atrás mientras balbuceaba palabras que él no alcanzaba a escuchar. Se acercó horrorizado, todo lo deprisa que le permitía caminar de lado, y se colocó junto a ella, brazo con brazo. Parecían dos niños traviesos castigados por su profesor del colegio.

Ella no se inmutó con su presencia y continuó hablando para sí misma de manera mecánica. Él observó que tenía los ojos cerrados, con los párpados muy apretados como cuando tenemos miedo y no queremos ver lo que tanto nos asusta. Él le preguntó qué le pasaba. Que si a ella también le miraban mal los demás. Pero la mujer no reaccionó. Entonces, la analizó con detenimiento y descubrió que estaba muy demacrada, que su pelo estaba muy sucio y húmedo por el sudor y que su ropa se había ennegrecido por el aire denso que se acumulaba en el túnel. Sintió pánico al pensar que ella estaba allí desde hacía mucho más tiempo que él y que no había conseguido escapar. ¿Correría la misma suerte entonces? No pensaba darse por vencido y, pasándole el brazo por la espalda, la agarró intentando transmitirle seguridad. Ella no opuso resistencia así que comenzaron a caminar de lado juntos. Poco a poco, dando pasos a trompicones, él vio de soslayo que se acercaban, por fin, a la boca arqueada del final del túnel. Animado, le contó al oído su descubrimiento y entonces ella despertó. De repente. Dejando salir un grito profundo en el que se mezclaban todo el horror y el frenesí que había acumulado. Logró zafarse de su brazo y corrió desesperada, tapándose la cara para no mirar de frente al resto de los pasajeros. Él no pudo detenerla y, pocos segundos después, escuchó el alarido de aquella pobre mujer muriendo destrozada en los raíles al ser atropellada por el metro que pasaba en esos instantes.

Él se quedó sin fuerzas y volvió a colocarse frente a todos aquellos que recorrían el túnel y que le miraban de esa manera tan horrible. No se habían alterado tras la muerte de esa pobre mujer enloquecida. Seguían transitando por el túnel como autómatas, sin mostrar otro sentimiento que el desprecio que le dedicaban. El metro asesino no se detuvo, no fue hasta allí personal de seguridad y todo siguió como si nada. Se puso, otra vez, de cara a la pared y cerró los ojos con fuerza para intentar alejar el miedo y la tristeza que le envolvían. Y empezó a balbucear una frase que acabó convirtiéndose en una especie de mantra para él: si no les veo, no están.

Dos días más tarde, una joven estudiante le rodeará con su brazo, situándose junto a él de espaldas a la gente, y le preguntará cuánto tiempo lleva allí y por qué todos les miran con tanto menosprecio. Sin embargo, él ya no podrá escucharla pues su cordura estará demasiado lejos como para darle una respuesta que tenga  sentido. Tan sólo soltará una gran carcajada pues todo le parecerá una gran broma que alguien o algo ha planeado para él.

Esther Paredes Hernández

Barcelona, 5 de Noviembre de 2016