66… 6

Relato finalista del “VI CONCURSO RELATO BREVE PROJECTE 
LOC/AJUNTAMENT DE CORNELLÀ”

 Tú y yo hablamos un día de ello. Cuando todavía éramos amigas. Recuerdo que el sol me hacía daño en la frente porque llevábamos demasiado tiempo metidas en el mar. Pero es que hacía un calor infernal y el agua se había convertido en nuestro paraíso particular.

Te comenté, es cierto que con algunos adornos porque no era capaz de enfrentarme a la verdad reflejada en tus ojos, que iba a marcharme. 

—¿De dónde te vas? —Querías parecer divertida, pero sonabas preocupada.

—De la vida. De la vida entera—. Frunciste el ceño y dejaste de jugar con el agua. Se acabaron los disimulos. Guardaste silencio intentando controlar el enfado. Estabas harta de mis promesas débiles.

—¿Quieres morir? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

—No, no quiero morir. Me voy de la vida que he tenido hasta ahora. Dejo a mi marido.

Y con aquellas palabras, permití que mi corazón saliese a flote para que se aliviara con la frescura del mar y que pudiera mecerse junto a nuestros cuerpos como la madera rota de un naufragio.

Han pasado cinco años desde aquella tarde de confesiones. Cinco años desde que quisiera romper la soga que me mantenía secuestrada en la oscuridad. Cautiva del demonio que me tenía entre sus garras y que apenas me había dejado sangre con la que alimentar mi cuerpo. Y mi alma.

Los números son una parte importante de mi vida. Le conocí en el año 1991 y nos casamos en el 2002. Fue algo casual, pero me gustaba pensar que eran números especiales, una señal de que debíamos estar juntos.

Ya que nos ponemos a conversar, ¿y si hablamos de números de verdad?

Uno: la primera vez que vi cómo la sangre se deslizaba por mi cuerpo después de que me golpeara en la nariz para hacerme callar. En ese instante se detuvo mi corazón y me transformé en un cristal que se llena de grietas como telas de araña. Ya había pasado la fase de hacerme sentir como una puta, como una mierda, como una imbécil. Aislada de todos. Me rompió la nariz con tanta fuerza que no lograron volver a ponerla recta. Empezó fuerte, con ganas. Y supo que me había poseído y no opondría resistencia.

Al demonio no le sirves muerta desde el principio. Experimenta el placer destruyéndote poco a poco como un muñeco de trapo al que le sacas el algodón que rellena su interior.  El muñeco está cada vez más blando y vacío y cada vez puedes apretarlo con más fuerza.

Dos: no podía gritar. Me había enseñado a no hacerlo. Sólo podía esperar a que terminara y esforzarme para no decepcionarle de nuevo. Su madre me explicaba que era un ser especial, que amaba de verdad, con todas sus fuerzas. Que su padre no le había tratado bien y merecía mi comprensión porque su alma estaba maltrecha. Al mal, lo que es del mal y sus padres habían desatado el infierno en su hogar. Le habían dado su poder en forma de alas negras que ahora alimentaba con mi carne.

No puedo ni quiero recordar las manifestaciones demoníacas que he soportado. Si lo hago, sé que iré al puente más cercano para saltar al vacío. A veces, la muerte parece la única opción que consigue acabar con el miedo. Sus dientes dispuestos a despedazarme. Esos ojos llenos de rabia y violencia. Esas manos como cuchillas que pueden desgarrar mi piel y romper mis huesos. 

Tres: regresaba del hospital en autobús. Eran las tres de la tarde. Me habían retenido en Urgencias para hacerme entender que debía denunciar los malos tratos. La última paliza me había provocado una hemorragia en el riñón derecho. No lo hice.

Tenía la cabeza apoyada en el cristal de la ventanilla y me protegía el vientre con los brazos. El suave movimiento del autobús me mecía a la vez que me recordaba que no quedaba un rincón en mi cuerpo que no estuviera maltrecho. Cerré los ojos, las lágrimas se desbordaron e imaginé que yo era una madre protectora que abrazaba a mi yo herido. Yo todavía era alguien.

Me quedé dormida y abrí los ojos cuando el autobús se acercaba a la última parada. No tenía prisa por regresar a casa. Aquel apartamento infecto no era mi hogar, sino mi fosa. En aquel trayecto se había despertado un pequeño fuego en mi corazón al sentir mi propio abrazo, mi único consuelo. En algún rincón de mi ser quedaba algo de la mujer que era antes de conocerle y decidí escapar realizando un exorcismo.

Al llegar, él estaba durmiendo la borrachera en el sofá. No me permitía tener teléfono móvil, pero no me hacía falta. Te llamé, amiga mía, y aceptaste quedar conmigo al día siguiente. Y,  metidas en el mar como si me estuviese bautizando de nuevo, te confesé mis planes. Te necesitaba para convencerme de que iba en serio. Y para que el mundo no me recordase como una víctima callada si moría en el intento.

Cuatro: nunca he pasado de aquí. Por eso hemos dejado de ser amigas. Cinco años. Sé que no eres capaz de verme porque te duelen mis heridas que ya no cicatrizan. Pero queda poco, de verdad, falta muy poco para que me vaya de mi vida. Y te buscaré para mecernos en el mar como aves que descansan de un largo camino en busca de un lugar mejor en el que vivir. Quizás a las seis de la tarde de un seis de junio porque, como sabes, los números son importantes en mi vida. Y para el demonio, también.

18 comentarios sobre “66… 6

  1. Te leo siempre y me compre tu libro, nunca comento, pero es que este relato me puso los pelos de punta y el corazón en un puño, escribes genial.

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